Cartas 259 a 266
Cta 259 A sor Genoveva
J.M.J.T.
22 de julio de 1897
Fiesta de Sta. María Magdalena
Jesús +
«Que el justo me golpee por compasión hacia los pecadores, pero que ungüento del
impío no perfume mi cabeza».
Yo sólo puedo ser golpeada y probada por los justos, pues todas mis hermanas son
gratas a Dios. Es menos amargo ser golpeada por un pecador que por un justo; pero
por compasión hacia los pecadores y para obtener su conversión, [vº] yo te pido,
Dios mío, ser golpeada en su favor por las almas justas que me rodean. Te pido
también que el ungüento de las alabanzas, tan dulce para la naturaleza, no perfume
mi cabeza, es decir, mi espíritu, haciéndome creer que tengo unas virtudes que
apenas he practicado algunas veces.
¡Oh, Jesús!, tu nombre es como ungüento derramado, y en ese divino perfume
quiero yo bañarme toda entera, lejos de la mirada de las criaturas...
Cta 260 A los señores Guérin
24-25 (?) de julio de 1897
J.M.J.T.
Teresita agradece mucho a su tía querida la preciosa carta que le ha enviado; y le
da gracias también a su tío querido por el deseo que tenía de escribirle; y a su
hermanita Leonia, que la embelesa por su abandono y por su cariño a toda prueba.
Teresita envía regalos a todos los suyos (¡por desgracia, unas flores tan efímeras
como ella...!)
(Importantísimas explicaciones para la distribución de las flores):
Va un pensamiento para mi tío y otro pensamiento para mi tía (sin contar todos los
que brotan para ellos en el jardincito de mi corazón).
Los dos capullos de rosa son para Juana y Francis, y el que va solo es para Leonia.
Junto con las flores, Teresita quisiera enviar a sus queridos familiares todos los
frutos del Espíritu Santo, ¡y muy especialmente el de la Alegría!
Cta 261 Al abate Bellière
J.M.J.T.
Jesús + 26 de julio de 1897
Querido hermanito:
¡Cómo me ha gustado su carta1! Si Jesús escuchó sus plegarias y por ellas prolongó
mi destierro, también escuchó, en su amor, las mías, puesto que usted está
resignado a perder «mi presencia y mi acción sensible», como dice.
Déjeme, hermanito, que le diga una cosa: Dios le tiene reservadas a su alma
sorpresas muy agradables. Su alma, así me lo escribe, «está poco acostumbrada a
las cosas sobrenaturales»; pues yo, que para algo soy su hermanita, le prometo
hacerle saborear, después de mi partida para la vida eterna, la dicha que puede
experimentarse al sentir cerca de sí a un alma amiga. Ya no será esta
correspondencia, más o menos espaciada, siempre demasiado incompleta y que
usted parece echar en falta, sino una conversación fraterna que maravillará a los
ángeles, una conversación que las criaturas no podrán censurar porque estará
escondida para ellas.
¡Y qué estupendo me parecerá verme libre de estos despojos mortales que me
harían ver a mi hermanito como a un extraño y como a un indiferente, si por un
imposible me encontrase delante de él entre muchas personas...! Por favor,
hermano, no imite a los hebreos, que añoraban «las cebollas de Egipto». [1vº]
Demasiado le he servido, de un tiempo acá, esas hortalizas que hacen llorar si las
acercamos sin cocer a los ojos.
Ahora mi sueño es compartir con usted «el maná escondido» (Apocalipsis) que el
Todopoderoso prometió dar «al vencedor». Este maná celestial le atrae a usted
menos que las «cebollas de Egipto» sólo porque está escondido; pero estoy segura
de que, en cuanto yo pueda ofrecerle un alimento totalmente espiritual, no echará
ya más en falta el que le habría dado si me hubiese quedado todavía mucho tiempo
en la tierra.
Sí, su alma es demasiado grande para apegarse a ningún consuelo de aquí abajo.
Tiene que vivir por anticipado en el cielo, pues Jesús nos dijo: «Donde está tu
tesoro, allí está tu corazón». ¿Y no es Jesús su único tesoro? Pues si él está en el
cielo, allí debe morar su corazón. Y se lo digo con toda sencillez, querido
hermanito: me parece que le va a ser más fácil vivir con Jesús cuando yo esté ya
junto a él para siempre.
Muy mal tiene que conocerme para temer que una relación detallada de sus faltas
pueda disminuir el cariño que siento por su alma. Créame, hermano, que no
necesitaré «tapar con la mano la boca a Jesús». Hace ya mucho tiempo que tiene
olvidadas sus infidelidades, y sólo tiene presentes sus deseos de perfección para
alegrar su corazón. Se lo ruego, no se arrastre a sus pies, siga ese «primer impulso
que lo lleva a sus brazos». [2rº] Ese es su sitio, y en esta carta he comprobado más
aún que en las demás que le está prohibido ir al cielo por otro camino que no sea el
de su pobre hermanita.
Estoy completamente de acuerdo con usted: «al Corazón de Dios le entristecen
más las mil pequeñas indelicadezas de sus amigos que las faltas, incluso graves,
que cometen las personas del mundo». Pero, querido hermanito, yo pienso que eso
es sólo cuando los suyos, sin darse cuenta de sus continuas indelicadezas, hacen de
ellas una costumbre y no le piden perdón; sólo entonces Jesús puede decir aquellas
palabras conmovedoras que la Iglesia pone en nuestra boca durante la semana
santa: «Esas llagas que veis en mis manos son las que me hicieron en casa de mis
amigos». Pero cuando sus amigos, después de cada indelicadeza, vienen a pedirle
perdón echándose en sus brazos, Jesús se estremece de alegría y dice a los ángeles
lo que el padre del hijo pródigo dijo a sus criados: «Sacad enseguida el mejor traje,
y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y hagamos una fiesta».
Sí, hermano mío, ¡qué poco conocida es la bondad y el amor misericordioso de
Jesús...! Es cierto que, para gozar de estos tesoros, hay que humillarse, reconocer la
propia nada, y eso es lo que muchas almas no quieren hacer. Pero, hermanito, ésa
no es su manera de actuar. Por eso el camino de la confianza sencilla y amorosa
está hecho a la medida para usted. Yo quisiera que usted fuese muy llano con Dios,
pero también... conmigo. ¿Le sorprende la frase? Lo digo, [2vº] querido hermanito,
porque me pide perdón «por su indiscreción», consistente en desear saber si en el
mundo esta su hermana se llamaba Genoveva. A mí esa pregunta me parece
completamente natural, y para demostrárselo voy a darle algunos detalles acerca de
mi familia, pues no ha sido bien informado.
Dios me dio un padre y una madre más dignos del cielo que [de] la tierra. Pidieron
al Señor que les diese muchos hijos y que los tomara para sí. Su deseo fue
escuchado: cuatro angelitos volaron al cielo, y las 5 hijas que quedaron en la arena
tomaron por esposo a Jesús. Mi padre, como un nuevo Abraham, subió por tres
veces, con un valor heroico, la montaña del Carmelo para inmolar a Dios lo que
tenía de más querido. Primero fueron las dos mayores; después la tercera de sus
hijas2, por consejo de su director y conducida por nuestro incomparable padre, hizo
una prueba en un convento de la Visitación (Dios se contentó con la aceptación;
más tarde volvió al mundo, donde vive como si estuviera en el claustro). Al
Escogido de Dios no le quedaban ya más que dos hijas, una de 18 años y la otra de
14. Esta «Teresita», le pidió volar al Carmelo, lo que obtuvo sin dificultad de su
buen padre, que llevó su condescendencia hasta acompañarla primero a Bayeux y
después a Roma, con el fin de remover los obstáculos que retardaban la inmolación
de la que él llamaba su reina. Y una vez que la condujo al puerto, dijo a la única
hija que le quedaba3: «Si quieres seguir el ejemplo de tus hermanas, tienes mi
consentimiento, no te preocupes por mí». El ángel que debía sostener la ancianidad
de ese santo le contestó que, después de su partida para el cielo, ella volaría
también hacia el claustro, lo que llenó de alegría a quien no vivía ya más que para
Dios4.
Pero una vida tan hermosa debía ser coronada con una prueba digna de ella. Poco
tiempo después de mi partida, el padre a quien tan merecidamente amábamos
sufrió un ataque de parálisis en las piernas, que se repitió varias veces; pero no
podía quedarse todo ahí, pues entonces la prueba habría sido demasiado suave, ya
que aquel heroico patriarca se había ofrecido a Dios como víctima5. Por eso la
parálisis cambió su curso y afectó a la cabeza venerable de la víctima que el Señor
había aceptado...
Ya no me queda espacio para contarle algunos detalles conmovedores. Sólo quiero
decirle que tuvimos que beber el cáliz hasta las heces y separarnos de nuestro
adorado padre durante tres años, confiándole a manos religiosas, pero extrañas.
[2vºtv] Él aceptó esta prueba, aun comprendiendo toda la humillación que
entrañaba, y llevó su heroísmo hasta no querer que pidiésemos su curación.
[2rºtv] Hasta Dios, querido hermanito, espero volver a escribirle si el temblor de
mi mano no va en aumento, pues me he visto obligada a escribir la carta en varias
veces.
Su hermanita, no «Genoveva», sino «Teresa» del Niño Jesús de la Santa Faz.
NOTAS Cta 261
1 Una carta larga y de una gran confianza, de la que entresacamos algunos
párrafos: «Mi santa y querida hermanita: ¡Lo he logrado! ¡Y qué fácil ha sido!
Tengo su fotografía (...) A pesar de que haya «adoptado un aire solemne», como
usted dice, querida hermana, yo la he encontrado igualita a como la conocía, muy
buena, muy cariñosa, y -sí, sí- sonriente, diga usted lo que diga. Gracias por su
condescendencia al darme esta alegría de tenerla casi realmente junto a mí, siempre
conmigo. ¿Qué será cuando su propia alma anime esos rasgos, sonriéndole a la mía
y viviendo de su vida? Eso será ya el cielo. ¿Y aún encontraré yo la manera de ser
desdichado? ¿Cómo puede ser posible el menor sufrimiento cuando un rincón del
cielo ilumina toda una vida? Pero, ¿sabe una cosa?, tengo miedo a que Jesús le
cuente todas las penas que yo le he causado, toda mi miseria, y que entonces se
enfríe su cariño. ¡Si supiera lo miserable que soy...! Si llega a ocurrir eso, ciérrele
la boca desde el primer momento y venga, pues sin usted yo no puedo mantenerme
en pie. (...) ¿Así que va a embarcarse conmigo para Africa? Primero, al noviciado
(...) Y después de tres años, saldremos para el desierto, seremos misioneros. Allí
usted se encontrará como pez en el agua. No nos faltará el sufrimiento, pero
entonces yo seré su representante, porque usted ya no sufrirá. (...)
«Doy gracias a Jesús que ha querido dejarla un poco más entre nosotros. ¡Sí, cierto,
cómo nos ama! Yo le he rezado mucho, le he exigido, le he gritado, y él se ha
dejado vencer por nuestro dolor y nuestras lágrimas. Sin embargo, yo estaba
resignado. En un primer momento la impetuosidad del dolor se desahogó en voz
alta, luego vino la calma, y al final acabé pensando como usted. Sí, es bueno que se
vaya. Además, así estará más cerca de mí. Pero mire una cosa: su presencia -o al
menos su acción- ya no será sensible como ahora, y yo, que estoy poco
acostumbrado a las cosas sobrenaturales, no logro hacerme a la idea de que usted
estará realmente más presente en mi acción. No importa, ya no protesto, estoy
preparado para su partida, quizás en parte debido a que no me parece tan
inminente, ya que usted aún sigue viva.
[Me dice], «hermanita, que se siente feliz de saber que he entrado en el Amor por
el camino de la confianza. Creo, igual que usted, que ése es el único camino que
puede conducir al puerto. En mis relaciones con los hombres nunca he hecho nada
por temor. Nunca pude obedecer a la fuerza; los castigos de los profesores me
dejaban frío, mientras que las reprensiones hechas con cariño y con dulzura hacían
que se me saltasen las lágrimas y me inducían a pedir disculpas y a hacer promesas
que ordinariamente cumplía. Con Dios me ocurría casi lo mismo. Si me
presentaban a un Dios airado, con la mano siempre armada para descargarla, me
entraba el desaliento y no hacía nada. Pero si miro a Jesús esperando
pacientemente mi regreso y concediéndome una nueva gracia después de haberle
pedido yo perdón por una nueva falta, me siento vencido y reanudo la marcha. Lo
que ahora a veces me retiene no es Jesús, sino yo mismo: tengo vergüenza de mí
mismo y, en vez de arrojarme en los brazos de este amigo, apenas me atrevo a
arrastrarme a sus pies. Con frecuencia, un primer impulso me lanza a sus brazos,
pero me detengo enseguida a la vista de mi miseria, y no me atrevo. Dígame,
hermanita, ¿me equivoco? Pienso que al Corazón de Dios le entristecen mucho
más las mil pequeñas cobardías e indelicadezas que le hacen sus amigos, que otras
faltas, incluso graves, que escapan al control de la naturaleza. Usted me comprende
y me hará generoso, irreprochable con Jesús.
«(...) Gracias a usted y a su familia supe yo que había un Carmelo en Lisieux. Unos
compañeros míos de Lisieux hablaban un día entre ellos de una tal familia Martin
que había dado tres hijas al Carmelo, y de otros parientes más lejanos. Una de las
hijas había entrado a los 15 quince años, y otra después de haber cuidado de una
manera admirable hasta el final al afortunado de su padre. Yo me encontraba
presente, y más tarde, cuando pensé en pedir una hermana al Carmelo, buscando
adónde podría dirigirme, me acordé de que había un Carmelo en Lisieux. Y ya ve
qué coincidencia: su hermana me recibió y usted, la única de la que yo había oído
hablar, me fue dada por hermana. Cuando recibí sus «fechas», me impresionaron
las semejanzas, y saqué algunas conclusiones. ¿Me he equivocado? ¿No es usted la
que en el mundo se llamaba la señorita Genoveva Martin? Le pido perdón por mi
indiscreción, pero usted me ha enseñado a no tener nada oculto. Eso es. Sin
embargo, una vez más perdón». (LC 191, 21/7/1897).
2 Leonia.
3 Celina.
4 Cf en Histoire d'un âme (ed. 1989, p. 347, nota 23) el añadido de la madre Inés:
«Ven (dijo), vamos juntos ante el Santísimo Sacramento para dar gracias al Señor
por las gracias que ha concedido a nuestra familia y por el honor que hace
escogiendo a sus esposas en mi casa. Sí, (...) si yo tuviese algo mejor, me
apresuraría a ofrecérselo». Ese algo mejor ¡era él mismo! Y el Señor lo aceptó
como hostia de holocausto, lo probó como al oro en el crisol y lo encontró digno de
sí. (Sb 3, 6).
5 Ibid., p. 347, nota 19: «Madre mía, ¿te acuerdas de ese día, de esa visita al
locutorio en que nos dijo: «Hijas, vengo de Alençon, donde he recibido en la
iglesia de Nuestra Señora gracias tan grandes y tales consuelos, que he hecho esta
oración: ¡Dios mío, es demasiado! Sí, soy demasiado feliz, no se puede ir al cielo
así, quiero sufrir algo por ti. Y me he ofrecido...»? La palabra víctima expiró en sus
labios, no se atrevió a pronunciarla delante de nosotras, pero nosotras
comprendimos».
Cta 262 A sor Genoveva
3 de agosto de 1897
¡Dios mío, qué bueno eres con la pequeña víctima de tu Amor misericordioso! Ni
siquiera ahora que añades el sufrimiento exterior a las pruebas de mi alma1, puedo
decir: «Me cercaban olas mortales», sino que exclamo agradecida: «Aunque
camine por las cañadas oscuras de la muerte, nada temo, porque tú, Señor, vas
conmigo2».
(A mi queridísima hermanita sor Genoveva de Santa Teresa)
3 de agosto de 1897 - Salmo 22, 4
NOTAS Cta 262
1 Cf CA 3.8.8: «Desde el 28 de julio, los sufrimientos son grandes».
2 Cf Ms A 3rº/vº, donde este texto se citaba en futuro.
Cta 263 Al abate Bellière
J.M.J.T.
Carmelo de Lisieux
Jesús + 10 de agosto de 1897
Querido hermanito:
Ahora sí estoy a punto de partir. He recibido mi pasaporte para el cielo, y ha sido
mi padre querido quien me ha alcanzado esta gracia: el 29, me dio la garantía de
que pronto iré a reunirme con él1. Al día siguiente, el médico, extrañado de los
progresos que en dos días había hecho la enfermedad, le dijo a nuestra Madre que
había llegado el momento de satisfacer mis deseos, administrándome la unción de
los enfermos. Así pues, el 30 tuve esa dicha, y también la de ver que Jesús Hostia,
a quien recibí en viático para mi largo viaje, dejaba el sagrario para venir a mí...
Ese Pan del cielo me ha fortalecido: ya ve, parece que mi peregrinación no quiere
acabarse; pero lejos de quejarme, me alegro de que Dios me permita sufrir un poco
más por su amor. ¡Y qué dulce es abandonarse entre sus brazos, sin temores ni
deseos!
Le confieso, hermanito, que usted y yo no entendemos el cielo de la misma
manera2. Usted piensa que, al participar yo de justicia y de la santidad de Dios, no
podré disculpar sus faltas, como lo hacía en la tierra. ¿No se está olvidando de que
participaré también de la misericordia infinita del Señor? Yo creo que los
bienaventurados tienen una enorme compasión de nuestras miserias: se acuerdan
de que cuando eran frágiles y mortales como nosotros, cometieron las mismas
faltas que nosotros y sostuvieron los mismos combates3, y su cariño fraternal es
todavía [vº] mayor que el que nos tuvieron en la tierra, y por eso no dejan de
protegernos y de orar por nosotros.
Ahora, hermanito querido, voy a hablarle de la herencia que recogerá después de
mi muerte. Esta es la parte que nuestra Madre le dará:
1º. El relicario que recibí el día de mi toma de hábito, y que desde entonces nunca
se ha separado de mí.
2º. Un pequeño crucifijo, al que le tengo un cariño incomparablemente mayor que
al grande, pues el que tengo ahora no es el primero que me dieron. En el Carmelo
nos cambian de vez en cuando los objetos de piedad, lo cual es una buena medida
para impedir que nos apeguemos a ellos.
Vuelvo al pequeño crucifijo. No es bonito, la cara de Cristo ha desaparecido casi
por completo; no se sorprenderá cuando sepa que, desde la edad de 13 años, este
recuerdo de una de mis hermanas4 me ha seguido a todas partes. Sobre todo en mi
viaje a Italia ese crucifijo fue precioso para mí. Lo hice tocar a todas las reliquias
insignes que tuve la dicha de venerar y cuyo número me sería imposible decir;
además, fue bendecido por el Santo Padre. Desde que estoy enferma, tengo casi
siempre entre las manos este querido crucifijo, y cuando lo miro pienso con gran
alegría que, después de recibir mis besos, irá a buscar los de mi hermanito.
En eso, pues, consistirá su herencia. Además, nuestra Madre le dará la última
estampa que he pintado5.
Voy a terminar, querido hermanito, por donde debería haber empezado: dándole
las gracias por el gran placer que me ha dado al enviarme su fotografía.
[vºtv] Hasta Dios, querido hermanito. Que él nos conceda la gracia de amarlo y de
salvarle almas. Este es el deseo que formula su indigna hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
r.c.i.
(Me convertí en su hermana por elección.)
[rºtv] Le felicito por su nueva dignidad. El 25, día en que celebro el santo de mi
padre querido, tendré la dicha de festejar también a mi hermano Luis de Francia6.
NOTAS Cta 263
1 El 29 de julio, tercer aniversario de la muerte del señor Martin.
2 El 5 de agosto, el abate Bellière le escribía: «Querida hermanita: En verdad,
estoy dispuesto a todo lo que el Maestro quiera de mí. Tanto más cuanto que creo
plenamente en sus palabras de usted y en sus proyectos para la otra vida. De todas
maneras, querida hermanita, diga usted lo que diga, las «cebollas crudas» eran un
manjar delicioso del que nunca me saciaba.
«Qué duda cabe de que Jesús es el Tesoro, pero yo lo encontraba en usted, y así se
me hacía más asequible. Y en adelante él seguirá viniendo a mí por medio de
usted, ¿no es cierto? Quiero decir que yo TODO lo espero de usted, tanto en el
cielo como aquí en la tierra; y que mi confianza será lo suficientemente fuerte
como para esperar, cuando lo necesite, una acción directa y manifiesta de esa alma
amiga a la que Jesús hizo hermana de la mía en estrechísima unión.
«Querida, queridísima hermanita, la conozco lo suficiente como para saber que
nunca mis miserias lograrían frenar su cariño aquí en la tierra; pero en el cielo, al
participar de la Divinidad, usted adquirirá las prerrogativas de la justicia, de la
santidad..., y entonces cualquier mancha se convertirá para usted en objeto de
horror. He ahí la razón de mis temores. Pero como espero que allí seguirá siendo
una niña mimada, hará lo que hubiera deseado en la tierra para mí. Así lo creo y así
lo espero. También espero de usted esa confianza amorosa que aún me falta y que
deseo ardientemente, pues pienso que con ella uno es plenamente feliz aquí abajo y
no se le hace demasiado largo el destierro.
«¡Qué buena es usted, querida hermanita, con esa sencillez y esa apertura que me
encantan y me confunden! Estoy tan poco acostumbrado a encontrar eso entre los
hombres, que a veces me quedo casi atónito, aunque con una enorme alegría. (...)
¿Querrá decirme también cómo se ha convertido usted en hermana mía? ¿Por
elección o por sorteo?» (LC 193, 5/8/1897).
3 Pensamientos parecidos en ARMINJON, op. cit., pp. 310s.
4 Leonia.
5 Ver Cta 266.
6 Nombre que el abate Bellière había tomado recientemente en la Tercera Orden
franciscana.
Cta 264 A sor María de la Trinidad1
A mi querida hermanita,
en recuerdo de sus 23 años.
12 de agosto de 1897.
Que tu vida sea toda ella de humildad y de amor,
para que puedas ir pronto adonde voy yo:
¡a los brazos de Jesús...!
Tu hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
NOTAS Cta 264
1 Líneas a lápiz al dorso de una estampa de la Sagrada Familia.
Cta 265 A sor María de la Eucaristía1
22 de agosto de 1897
A mi querida hermanita sor María de la Eucaristía, en recuerdo de sus 27 años.
T. del Niño Jesús
NOTAS Cta 265
1 Líneas a lápiz al dorso de una estampa que representa a san Antonio de Padua.
Cta 266 Al abate Belliére1
25 de agosto de 1897
Anverso:
Yo no puedo tener miedo a un Dios que se ha hecho tan pequeño por mí... ¡Yo lo
amo...! ¡Pues él es sólo amor y misericordia!
Al dorso:
Ultimo recuerdo de un alma hermana de la suya.
T. del N. J.
NOTAS Cta 266
1 Dedicatoria a lápiz, al dorso de una estampa, la última que pintó Teresa, en
mayo-junio; cf Cta 263.
FIN DE LAS CARTAS