Cartas 199 a 220
Cta 199 A sor María de San José
20-30 de octubre de 1896
J.M.J.T.
¿Robar tiempo al sueño1, hermanito2 bribón? ¡No, y mil veces no...!
No me extraño de los combates del hermanito, sino sólo de que desperdicie sus
escasas fuerzas entregando las armas al primer cabo furriel que encuentre en el
camino, y de que hasta lo persiga por las escaleras del cuartel para obligarle a
coger hasta la última pieza de su armadura.
¿Qué hay, entonces, de extraño en que un fuerte rayo de sol (normalmente
soportado con valentía), al caer sobre el hermanito desarmado, le abrase y le
produzca fiebre...?
[vº] Como castigo, su hermanito lo condena a encerrarse en la cárcel del amor y a
dormir como un bendito; pero antes, tendrá que usar, esta noche, el instrumento de
penitencia musical3... Si no lo hace, el hermanito sufrirá.
(Y sobre todo, ¡nada de robar tiempo al sueño! ¡Mañana trabajaremos de firme las
dos juntas4...!
NOTAS Cta 199
1 Para trabajar en la ropería; ver n. 4.
2 [En el original «p. f.»] abreviatura de «petit frère» [«hermanito»]. El otro
«hermanito» es Teresa; cf Cta 195.
3 Es decir, cantar.
4 Sin duda, para estirar la ropa todavía húmeda, lo cual servía de planchado.
Cta 200 A sor María de San José
Finales de octubre (?) de 1896
J.M.J.T.
Todo va bien, el niñito es un valiente que merece unas charreteras doradas. Pero
que nunca más se rebaje a combatir con piedrezuelas1, eso es indigno de él... Su
arma debe ser «la caridad».
Lo demás también va bien, pues el niñito se burla de Don Satanás y sigue
durmiendo sobre el corazón del Gran General... Junto a ese corazón se aprende a
ser valientes, y sobre todo a confiar. La metralla, el ruido del cañón, ¿qué puede
significar todo eso cuando nos conduce el General...?
NOTAS Cta 200
1 Probable alusión al incidente de «las escaleras del cuartel» (Cta 199).
Cta 201 Al P. Roulland
J.M.J.T.
Carmelo de Lisieux 1 de noviembre de 1896
Hermano:
Su interesante misiva, que llegó bajo el patrocinio de todos los santos, me ha
producido una gran alegría. Le agradezco que me trate como a una verdadera
hermana. Con la gracia de Jesús espero hacerme digna de ese título que tanto me
gusta.
Le agradezco también que nos haya enviado «El alma de un misionero»1. Este libro
me ha resultado muy interesante y me ha permitido seguirlo a usted durante su
largo viaje. La vida del P. Nempon tiene un título muy apropiado: revela muy bien
el alma de un misionero, o, mejor aún, el alma de todo apóstol verdaderamente
digno de ese nombre.
Me dice (en la carta escrita en Marsella) que pida a Nuestro Señor que aleje de
usted la cruz de que lo nombren director de un seminario, y también la de volver a
Francia. Comprendo que esa perspectiva no sea de su agrado; pido a Jesús con toda
el alma que se digne dejarle desempeñar su laborioso apostolado tal como su alma
siempre lo soñó. Sin embargo, añado con usted: «Que se haga la voluntad de
Dios». Sólo en ella se encuentra el descanso, y fuera de esa amorosa voluntad no
haríamos nada, ni para Jesús ni para las almas.
No acierto a decirle, hermano mío, lo feliz que me siento al verlo tan enteramente
abandonado en manos de sus superiores. Me parece que eso es una prueba evidente
de que un día mis deseos se verán hechos realidad, es decir, que usted sea un gran
santo.
Permítame confiarle un secreto que acaba de revelarme la hoja en que me escribió
las fechas más memorables de su vida.
El 8 de septiembre de 1890, su vocación misionera fue salvada por María, la Reina
de los apóstoles y los mártires2; ese mismo día una humilde carmelita se convertía
en esposa del Rey de los cielos. Al dar al mundo un eterno adiós, su único objetivo
era el de salvar almas, sobre todo almas de apóstoles. Y pidió muy especialmente a
Jesús, su Esposo divino, un alma apostólica: al no poder ser ella sacerdote, quería
que, en su lugar, un sacerdote recibiese las gracias del Señor, que tuviese las
mismas aspiraciones y los mismos deseos que ella...
Hermano mío, usted conoce a la indigna carmelita que hizo esta oración. ¿No
piensa usted, igual que yo, que nuestra unión, confirmada el día de su ordenación
sacerdotal, comenzó el día 8 de septiembre...?
[1vº] Yo pensaba que sólo en el cielo llegaría a encontrarme con el apóstol, con el
hermano que había pedido a Jesús; pero mi amado Salvador, levantando un poco el
velo misterioso que oculta los secretos de la eternidad, se ha dignado darme la
alegría de conocer, ya desde el destierro, al hermano de mi alma y de trabajar con
él por la salvación de los pobres infieles.
¡Ah, qué grande es mi gratitud cuando pienso en las delicadezas de Jesús...! ¿Qué
nos tendrá reservado en el cielo, si su amor nos dispensa ya aquí abajo tan
deliciosas sorpresas?
Comprendo mejor que nunca que hasta los más pequeños acontecimientos de
nuestra vida están dirigidos por Dios, que es él quien inspira y quien colma
nuestros deseos... Cuando nuestra Madre me propuso convertirme en su auxiliar, le
confieso, hermano, que vacilé3. Pensando en las virtudes de las santas carmelitas
que me rodean, me pareció que nuestra Madre habría servido mejor a sus intereses
espirituales eligiendo para usted a cualquier otra hermana, y no a mí. Sólo el
pensamiento de que Jesús no tendría en cuenta mis obras imperfectas, sino mi
buena voluntad, me hizo aceptar el honor de compartir sus trabajos apostólicos. Yo
no sabía entonces que era Nuestro Señor quien me había escogido, él que se sirve
de los instrumentos más débiles para hacer maravillas... Yo no sabía que desde
hacía seis años tenía un hermano que se preparaba para ser misionero. Ahora que
este hermano es verdaderamente apóstol suyo, Jesús me revela este misterio, sin
duda para aumentar todavía más en mi corazón el deseo de amarle y de hacerle
amar.
¿Sabe usted, querido hermano, que si el Señor continúa escuchando mi oración,
obtendrá una gracia que su humildad le impide solicitar? Esta gracia incomparable,
usted ya lo adivina, es el martirio... Sí, tengo la esperanza de que, después de
largos años pasados en medio de los trabajos apostólicos, después de haber dado a
Jesús amor por amor, usted acabará dándole también sangre por sangre...
Mientras escribo estas líneas, me estoy dando cuenta de que le llegarán en el mes
de enero, mes en que la gente se intercambia deseos de felicidad. Y creo que los de
esta su hermanita van a ser únicos en su género... A decir verdad, al mundo unos
deseos como éstos le parecerán una locura, pero para nosotros el mundo ya no
cuenta, «nosotros somos ciudadanos del cielo»4 y nuestro único deseo es el de
asemejarnos a nuestro adorable Maestro, a quien el mundo no quiso conocer
porque se anonadó a sí mismo tomando la forma y la condición de esclavo.
Hermano querido, ¡feliz usted que sigue tan de cerca el ejemplo de Jesús...! Al
saber que ha adoptado la forma de vestir de los chinos, pienso espontáneamente en
nuestro Salvador que se revistió de nuestra pobre humanidad y que se hizo
semejante a uno de nosotros a fin de rescatar nuestras almas para la eternidad.
Tal vez le parezca que soy una niña, pero no importa: le confieso que he cometido
un pecado de envidia al leer que se iba a cortar los cabellos y sustituirlos por una
trenza china. No es ésta última lo que deseo tener, sino simplemente un
mechoncito de esos cabellos que ya no van a servir para nada. Seguramente, usted
me preguntará, [2rº] riendo, lo que voy a hacer con él. Pues muy sencillo, esos
cabellos serán para mí reliquias cuando usted esté en el cielo con la palma del
martirio en la mano. Sin duda le parecerá que me adelanto mucho a los
acontecimientos; lo que pasa es que yo sé que ésa es la única manera de lograr mi
objetivo, pues a la hora de repartir sus reliquias su hermanita (sólo conocida como
tal por Jesús5) será seguramente olvidada. Estoy completamente segura de se está
riendo de mí, pero no me importa. Si acepta pagar con «los cabellos de un futuro
mártir» esta recreación que le estoy proporcionando, quedaré bien recompensada.
El 25 de diciembre no dejaré de enviarle a mi ángel de la guarda para que deposite
mis intenciones junto a la hostia que usted consagrará6. Le agradezco desde lo más
profundo del corazón ese detalle de ofrecer por nuestra Madre y por mí su Misa de
la aurora; mientras usted está en el altar, nosotras estaremos cantando los Maitines
de Navidad que preceden inmediatamente a la Misa de Gallo.
Hermano mío, no se ha equivocado al decir que seguramente mis intenciones
serían «agradecerle a Jesús este día de gracias, único entre todos». Pero no fue ese
día cuando recibí la gracia de la vocación religiosa. Como Nuestro Señor quería
para sí solo mi primera mirada, se dignó pedirme el corazón desde la cuna, si
puedo expresarme así.
Es cierto que la noche de Navidad de 1886 fue, realmente, decisiva para mi
vocación; pero si quiero calificarla con mayor claridad, la deberé llamar: la noche
de mi conversión7. En esa noche bendita, de la cual está escrito que esclarece las
delicias del mismo Dios, Jesús, que se hacía niño por mi amor, se dignó sacarme
de los pañales y de las imperfecciones de la niñez y me transformó de tal suerte
que ni yo misma me reconocía. Sin este cambio, yo hubiera seguido todavía
muchos años en el mundo. Santa Teresa, que decía a sus hijas. «Quiero que no
seáis mujeres en nada, sino que en todo igualéis a los hombres fuertes»8, santa
Teresa no hubiera querido reconocerme por hija suya si el Señor no me hubiese
revestido de su fuerza divina, si no me hubiese armado él mismo para la guerra.
Le prometo, hermano, encomendar a Jesús de manera especial a la joven de la que
me habla y que encuentra obstáculos en su vocación. Me compadezco
sinceramente de su sufrimiento, pues sé por experiencia cuán amargo es no poder
responder inmediatamente a la llamada de Dios. Le deseo que no se vea obligada,
como yo, a ir hasta Roma... Porque seguramente usted no sepa que su hermana
tuvo la audacia de hablar al Papa9... Sin embargo, es verdad, y si no hubiese tenido
ese atrevimiento, tal vez estaría todavía en el mundo.
Jesús ha dicho que «el reino de los cielos sufre violencia y sólo los violentos lo
arrebatan». Lo mismo me ocurrió a mí con el reino del Carmelo. Antes de ser la
prisionera de Jesús, tuve que viajar muy lejos para conquistar la prisión que yo
prefería a todos los palacios de la tierra. La verdad es que no me apetecía lo más
mínimo hacer un viaje para mi recreo personal, y cuando mi incomparable padre
me propuso llevarme a Jerusalén si quería retrasar [2vº] dos o tres meses mi
entrada en el Carmelo, no vacilé en escoger el descanso a la sombra de aquel a
quien había deseado (a pesar del atractivo natural que me empujaba a visitar los
lugares santificados por la vida del Salvador). Comprendía que, verdaderamente,
vale más un día pasado en la casa del Señor que mil en cualquier otra parte.
Tal vez, hermano, desee usted saber cuál era el obstáculo que encontraba para la
realización de mi vocación. El obstáculo no era otro que mi juventud. Nuestro
Padre superior10 se negó terminantemente a recibirme antes de los 21 años,
diciendo que una niña de 15 años no estaba capacitada para saber a qué se
comprometía. Su forma de actuar era prudente, y no dudo de que, al probarme,
estaba cumpliendo la voluntad de Dios que quería hacerme conquistar la fortaleza
del Carmelo a punta de espada. Tal vez, también, Jesús permitió al demonio
obstaculizar una vocación que no debía, creo yo, ser del gusto de ese miserable
privado de amor, como lo llamaba nuestra santa Madre11.
Gracias a Dios, todos sus ardides se volvieron contra él y no sirvieron más que
para hacer más clamorosa la victoria de una niña. Si fuese a contarle todos los
detalles del combate que tuve que sostener, necesitaría mucho tiempo, tinta y
papel. Contados por una pluma hábil, creo que esos detalles podrían resultarle
interesantes, pero la mía no sabe darle encanto y atractivo a un relato largo. Le
pido, pues, perdón por haberle quizás aburrido ya.
Me prometió, hermano, seguir diciendo cada mañana en el altar: «Dios mío, abrasa
a mi hermana en tu amor». Le estoy profundamente agradecida, y no tengo
dificultad en asegurarle que acepto y aceptaré siempre sus condiciones12. Todo lo
que pido a Jesús para mí, lo pido también para usted; y cuando ofrezco mi flaco
amor al Amado, me permito la libertad de ofrecerle a la vez también el suyo.
Al igual que Josué, usted combate en la llanura, y yo soy su pequeño Moisés, y mi
corazón está elevado incesantemente hacia el cielo para alcanzar la victoria. Mas
¡qué digno de compasión sería mi hermano si Jesús mismo no sostuviese los brazos
de su Moisés...! Pero con la ayuda de la oración que usted dirige por mí a diario al
divino Prisionero del Amor, espero que nunca será digno de compasión, y que,
después de esta vida, durante la cual los dos habremos sembrado juntos con
lágrimas, nos volveremos a encontrar, felices, llevando gavillas en las manos.
Me ha gustado mucho el sermoncito que usted dirige a nuestra Madre exhortándola
a permanecer aún en la tierra; no es largo, pero, como usted dice, no tiene réplica.
Ya veo que no le costará mucho convencer a sus oyentes cuando predica, y espero
que recoja y ofrezca al Señor una abundante cosecha de almas.
Veo que se me termina el papel, lo cual me obliga a poner fin a mis garabatos.
Quiero, no obstante, decirle que celebraré fielmente todos sus aniversarios. Le
tendré un cariño muy especial al 3 de julio, ya que en ese día usted recibió a Jesús
por primera vez y en esa misma fecha yo recibí a Jesús de su mano y asistí a su
primera Misa en el Carmelo.
Bendiga, hermano, a su indigna hermana,
Teresa del Niño Jesús
rel. carm. ind.
[2vºtv] Encomiendo a sus oraciones a un joven seminarista que quiere ser
misionero. Su vocación acaba de ser puesta a prueba por causa del servicio
militar13.
NOTAS Cta 201
1 Vie du P. Nempon, Missionnaire apostolique du Tonkin occidental, por G.
Monteuuis (Victor Retaux et Fils, Paris 1895).
2 E. P. Roulland testimoniará más tarde: «El 8 de septiembre de 1890, tenía dudas
acerca de mi vocación y de mi entrada en el seminario mayor. Mientras oraba en la
capilla de Nuestra Señora de la Liberación, me sentí súbita y definitivamente
seguro». Ese mismo día hacía Teresa su profesión en el Carmelo.
3 Cf Ms C 33rº.
4 Citado en Im I, 8, Réflexions.
5 Cf Cta 189, n. 4.
6 El 26 de septiembre, el P. Roulland escribía a Teresa: «El 25 de diciembre
envíeme sus intenciones. Las adivino: agradecerá al Señor este día de gracias único
entre todos, probablemente el día en que Dios la llamó a usted al Carmelo» (LC
171). La enfermedad impidió al misionero celebrar esta Misa de Navidad; cf CA
1.8.9.
7 Cf Ms A 44vº/45rº.
8 SANTA TERESA DE JESÚS, C 8. [Las palabras genuinas de la Santa son: «...es
muy de mujeres, y no querría yo, hijas mías, lo fueseis en nada, ni lo parecieseis,
sino varones fuertes». Y la cita se encuentra en el cap. 7, nº 8. N. del T.]
9 Cf Cta 36 y Ms A 63rº.
10 El canónigo Delatroëtte.
11 Esa expresión no es de Teresa de Jesús, sino de san Francisco de Sales. Cf RP
7,1rº e infra n. 6.
12 Durante la travesía, en agosto-septiembre de 1896, el P. Roulland había leído un
cuaderno de poesías compuestas por Teresa. Y le escribe al respecto: «Le ruego,
hermana, que deposite con frecuencia a los pies de Jesús, en nombre de su
hermano, algunos de los sentimientos que abrasan su corazón. Con esta condición
yo seguiré diciendo todas las mañanas: «Dios mío, abrasa a mi hermana en tu
amor»» (LC 171).
13 El abate Bellière.
Cta 202 A la señora de Guérin
J.M.J.T.
Jesús + 16 de noviembre de 1896
Querida tía:
Es muy triste para su hijita tener que confiar a una fría pluma la misión de
expresarle los sentimientos de su corazón... Tal vez me diga, sonriendo: «Pero,
Teresita de mi alma, ¿me los expresarías más fácilmente con palabras...?» Querida
tía, tengo que confesarlo, no, es verdad, no encuentro palabras que puedan expresar
satisfactoriamente los deseos de mi corazón. El poeta que se atrevió a decir:
«Lo que bien se concibe claramente se enuncia;
para expresarlo,
las palabras acuden fácilmente»1,
ese poeta, digo, ¡¡¡no sentía seguramente lo que yo [1vº] siento en lo hondo de mi
alma...!!!
Por suerte, tengo para consolarme al profundo P. Faber; él comprendía bien que las
palabras y las frases de aquí abajo no son capaces de expresar los sentimientos del
corazón, y que los corazones llenos son los que se encierran más en sí mismos.
Querida tía, voy a aburrirla con mis citas, tanto más cuanto que las cartas de mis
cuatro hermanas2 están ahí para desmentir mis palabras. De todas formas, querida
tía, puede estar segura de que, a pesar de toda su elocuencia, ellas no la quieren
más que yo, aunque yo no sepa decírselo en términos escogidos... Si ahora no me
cree, un día, cuando estemos todos reunidos en el cielo, comprobará cómo la más
pequeña de sus hijas no lo era en cariño y en gratitud y que sólo era la más
pequeña en edad y en sabiduría.
Le ruego, querida tía, que pida a Dios que yo crezca en sabiduría, como [2rº] el
divino Niño Jesús. No es eso precisamente lo que hago, se lo aseguro;
pregúnteselo, si no, a nuestra querida Mariíta de la Eucaristía, y ella le dirá que no
miento. Cada día que pasa soy más torpe, y eso que pronto hará ya nueve años que
estoy en la casa del Señor. Debería estar, pues, ya muy avanzada en los caminos de
la perfección, pero estoy todavía al pie de la escalera. Eso no me desalienta, y
estoy tan alegre como la cigarra; estoy siempre cantando, igual que ella, esperando
participar al final de mi vida de las riquezas de mis hermanas, que son mucho más
generosas que la hormiga. Espero también, querida tía, ocupar un buen sitio en el
banquete celestial, y le diré por qué: cuando los santos y los ángeles sepan que yo
tengo el honor de ser su hijita, no querrán darme el disgusto de colocarme lejos de
usted... Así, gracias a sus virtudes, gozaré de los bienes eternos. La verdad es que
nací con buena estrella y mi corazón se deshace de gratitud hacia Dios, que me ha
dado unos parientes [2vº] como no hay otros en la tierra.
Y como soy una pobre cigarra, querida tiíta, que no tiene más que sus cantos (y
que, además, por ser su voz muy poco melodiosa3, sólo puede cantar en lo hondo
de su corazón), cantaré mi canción más hermosa el día de su santo, y trataré de
hacerlo con un acento tan conmovedor, que los santos, compadecidos de mi
miseria, me darán tesoros de gracias que estaré encantada de ofrecerle. Tampoco
me olvidaré de festejar con las riquezas de los santos a mi querida abuelita; y ellos
serán tan generosos, que mi corazón no tendrá nada más que desear, y le aseguro,
tía, que no es poco decir, pues mis deseos son muy grandes.
A mi tío le pido que le dé a usted un abrazo muy tierno de mi parte. Si Francis,
Juana y Leonia quieren hacer otro tanto, cantaré una tonadilla para agradecérselo
(y ni que decir tiene que no olvidaré a mi tío en mi alegre canción).
Perdóneme, tía querida, que le diga tantas cosas sin pies ni cabeza, y créame que la
quiero con todo el corazón.
Teresa del Niño Jesús
rel. carm. ind.
NOTAS Cta 202
1 BOILEAU, Art poétique.
2 Sus tres hermanas y su prima, María Guérin.
3 ¿Habrá que concluir de ahí que Teresa no tenía buena voz? Es bastante probable;
cf CG p. 917+e.
Cta 203 A la madre Inés de Jesús1
4 de diciembre de 1896
J.M.J.T.
¡Mi Madrecita es todo un encanto...! Si ella no sabe lo que es, yo sí lo sé muy bien,
¡y la QUIERO...! Sí, ¡pero qué puro es mi cariño...! Es el de una hija que admira la
humildad de su madre. ¡Tú me haces mayor bien que todos los libros del mundo...!
NOTAS Cta 203
1 Se puede suponer que este billete fue escrito tras el incidente del vegigatorio
relatado en los Cuadernos verdes; cf UCII, p. 42.
Cta 204 A la madre Inés de Jesús
18 de diciembre de 1896
La Santísima Virgen está tan contenta de tener un borriquillo y una criadita, que
los hace correr de derecha a izquierda para divertirse1. Por eso, no es de maravillar
que la Madrecita caiga algunas veces...
Sí, pero2 cuando el Niño Jesús sea mayor y no tenga ya necesidad de aprender «el
humilde oficio de tendero»3, preparará un lugarcito para la Madrecita en su reino
que no es de este mundo, y entonces será él quien «irá y vendrá para servirla».
Y más de uno tendrá que levantarse para mirar a la que no tuvo otra ambición que
la de ser el borriquillo del Niño Jesús.
NOTAS Cta 204
1 Teresa hace aquí alusión a todas las vueltas que el oficio de ecónoma hacía dar a
la madre Inés. Varias expresiones de este billete están tomadas de la vida de sor
María de San Pedro, de Tours, a quien la madre Inés tenía gran devoción.
2 Expresión característica de Teresa durante sus últimos meses; cf UC pp. 346s.
3 Reminiscencia de un villancico de Auvernia que les gustaba cantar en los
Buissonnets.
Cta 205 A sor María de San José
Diciembre (?) de 1896
¡Qué lástima pasar el tiempo aburrida como una ostra, en vez de quedarse dormida
sobre el corazón de Jesús...!
Si la noche le da miedo al niñito, si se queja de no ver al que le lleva, que cierre los
ojos, que haga VOLUNTARIAMENTE el sacrificio que le piden, y luego a esperar
el sueño... Quedándose así, tranquilo, la noche, a la que ya no mirará, no podrá
asustarlo, y pronto la calma, si no la alegría, [vº] renacerá en su corazón.
¿Es demasiado pedirle al niñito que cierre los ojos..., que no luche contra las
quimeras de la noche...? No, no es demasiado, y el niñito va a abandonarse, va a
creer que lo lleva Jesús, va a aceptar el no verlo y va a dejar muy lejos ese miedo
estéril a ser infiel (miedo impropio de un niño).
(Un embajador)
Cta 206 A sor María de san José
Diciembre (?) de 1896
El pequeño E.1 no tiene ganas de saltar de la navecilla, sino que sigue en ella para
mostrar el cielo al niñito. Quiere que todas sus miradas y todas sus delicadezas
sean para Jesús. Por eso estará muy contento si ve que el niñito se priva de
consuelos demasiado infantiles e indignos de un misionero y de un guerrero... Yo
quiero mucho a mi niñito, y Jesús lo quiere todavía más.
NOTAS Cta 206
1 El pequeño Embajador; cf Cta 205.
Cta 207 A sor Genoveva
Diciembre (?) de 1896
J.M.J.T.
¡Pobre, pobre1, no hay que entristecerse porque el Sr. T.2 haya caído en la
trampa...! Cuando le salgan alas3, por más que le tiendan lazos, no caerá en ellos,
ni tú tampoco, pobre S.4. El te tenderá la mano, te pegará dos alitas blancas y las
dos juntas volaremos muy alto y muy lejos; iremos incluso hasta Saigón5 batiendo
nuestras alitas plateadas... Es lo mejor que podremos [vº] hacer por él, pues Jesús
quiere que seamos dos querubines y no dos fundadoras. En este momento, esto es
así; si él cambia de idea, cambiaremos también nosotras, ¡eso es todo...!
NOTAS Cta 207
1 Uno de los sobrenombres de sor Genoveva, sacado de una copla que se cantaba
en los Buissonnets.
2 «Señor Totó»; cf Cta 179, n. 1,
3 Después de su muerte.
4 «Señorita Lili».
5 Al Carmelo de Saigón, que pide «fundadoras» para el de Hanoi recientemente
fundado. Poco antes, según parece, sor Genoveva había pensado en esa partida
para Asia, para ella misma y para Teresa. Véase su billete inédito (LC 172 bis), en
Lettres: Une course de géant, p. 481.
Cta 208 A sor Genoveva1
Invierno 1896-1897
J.M.J.T.
Te suplico con toda humildad que dispenses mañana2 al pobre Sr. de usar la
estufita... Pero también te suplico que procures que se despierte para las Horas3.
Teme que su papel4 no sirva para nada, pues la encargada de despertar está
acostumbrada a ver a la Señorita venir a almohazar al Sr. todas las mañanas para
sacarlo suavemente de sus sueños5.
No te aflijas, pobre Señorita, de tener que llevar tacitas a diestro y siniestro6. Un
día será Jesús quien «irá y vendrá para servirte» a ti, y ese día llegará pronto.
NOTAS Cta 208
1 Este billete y los dos siguientes traen de nuevo a escena al «Sr. Totó» y a la
Señorita Lili».
2 Infiernillo de brasas, que la madre María de Gonzaga había obligado a usar a
Teresa durante el invierno 1896-1897. Sor Genoveva, en su calidad de segunda
enfermera, estaba autorizada para «dispensar» o no a su hermana.
3 El Oficio de las Horas menores, que en invierno se rezaba a las siete de la
mañana.
4 Las hermanas que estaban dispensadas de levantarse por la mañana con la
comunidad dejaban colgado un papel en el pestillo de la celda. Para la segunda
llamada, hacia las siete menos veinte, una religiosa golpeaba a las puertas provistas
de ese papel.
5 Sor Genoveva friccionaba a Teresa con una faja de crin. Cf CA 27.7.17.
6 A las hermanas enfermas.
Cta 209 A sor Genoveva
Invierno 1896-1897 (?)
No te olvides de despertar mañana al Sr. T., pobre Srta. L. humillada por todos1,
pero AMADA por Jesús y por el Sr. T.
NOTAS Cta 209
1 Sor Genoveva ha señalado que sus «defectos (la) tenían en una constante
humillación», pues, dice ella misma, «con mi temperamento impetuoso me sucedía
con frecuencia tener pequeñas salidas de tono con las hermanas, salidas de tono
que después me dolían mucho a causa de mi gran amor propio.
Cta 210 A sor Genoveva
Invierno 1896-1897 (?)
¿Quieres fijarte mañana por la mañana si el Sr. Totó ha oído las tablillas1...?
NOTAS Cta 210
1 Instrumento de madera provisto de una especie de matraca, que se agitaba en los
claustros y pasillos para el primer turno de levantarse, a las 6 menos cuarto de la
mañana en invierno.
Cta 211 A sor Genoveva1
24 de diciembre de 1896
Navidad 1896
Hijita querida:
Si supieras cómo alegras mi corazón y el de mi pequeño Jesús, ¡qué feliz serías...!
Pero no lo sabes, no lo ves, y tu alma está triste. Quisiera [1vº/2rº] poder
consolarte; si no lo hago, es porque conozco el valor del sufrimiento y de la
angustia del corazón. Hija mía querida, si supieras qué hundida estaba yo en la
amargura al ver a mi tierno esposo san José volver triste hacia mí sin haber
encontrado posada...
Si aceptas soportar en paz la prueba de no agradarte a ti misma2, me darás un dulce
asilo. Es verdad que sufrirás, pues estarás a la puerta de tu propia casa; pero no
temas, cuanto más pobre seas, más te amará Jesús. E irá lejos, muy lejos, para
buscarte3 si a veces te extravías un poco. Le gusta más verte tropezar en la noche
con las piedras del camino que caminar en plano día por una ruta esmaltada de
flores que podrían retrasar tu marcha. Te quiero, Celina mía, te quiero mucho más
de lo que puedes imaginarte...
[2vº] Me alegro de verte desear grandes cosas y te las estoy preparando todavía
mayores... Un día vendrás con tu Teresa al cielo, te sentarás en el regazo de mi
amado Jesús4 y yo también te tomaré en mis brazos y te colmaré de caricias,
porque soy tu madre, tu mamá querida.
(María, la Reina de los ángeles5)
NOTAS Cta 211
1 El sobre llevaba esta dirección: «Envío de la Santísima Virgen a mi hija querida
sin asilo en tierra extranjera».
2 Cf Cta 109, n. 1.
3 Cf Im II,11,4.
4 El «regazo de Jesús» o el «regazo de Dios»: sitio codiciado por Totó y Lili para
cuando estén en el paraíso; Cf UC pp. 520 y 526.
5 Cf Cta 192 y su nota 2.
Cta 212 A sor María de la Trinidad1
24 de diciembre de 1896
Noche de Navidad de 1896
Mi querida esposa2:
¡Qué contento estoy de ti...! Durante todo el año me has divertido mucho jugando a
los bolos3. He disfrutado tanto, que la corte celestial estaba sorprendida y
encantada; más de un querubín llegó a preguntarme por qué no lo había hecho
niño..., y más de uno también me preguntó si la [1vº] melodía de su arpa no me
agradaba más que tu risa cantarina cuando haces caer un bolo con la bola de tu
amor. Yo les contesté a mis querubines que no debían apenarse por no ser niños,
pues un día podrían jugar contigo en las praderas del cielo; y les dije que sí, que tu
sonrisa era para mí más dulce que sus melodías, porque tú sólo podías jugar y
sonreír [2rº] sufriendo y olvidándote de ti misma.
Querida esposa mía, tengo algo que pedirte, ¿me lo negarás...? No, tú me amas
demasiado para eso. Pues bien, voy a confesarte que me gustaría cambiar de juego.
Los bolos me divierten mucho, sí; pero ahora quisiera jugar al trompo, y, si
quieres, tú serás mi trompo. Te doy uno como modelo; ya ves que no es bonito,
quien no sepa usarlo lo rechazará a puntapiés, pero [2vº] un niño saltará de alegría
al verlo y dirá: «¡Qué divertido que es! ¡Puede estar girando todo el día sin
pararse!»4
Yo, el Niño Jesús, te quiero, aunque no tengas encantos, y te pido que estés
siempre girando para divertirme... Pero para hacer que el trompo gire, hacen falta
latigazos... Pues bien, deja que tus hermanas te presten este servicio, y muéstrate
agradecida con las que sean más asiduas en no dejarte aminorar la marcha. Y
cuando me haya divertido ya bastante contigo, te llevaré allá arriba y allí podremos
jugar sin sufrir...
(Tu hermanito Jesús)
NOTAS Cta 212
1 Sor María de Trinidad explica así el origen de esta carta: «La Sierva de Dios
seguía las inclinaciones naturales de mi alma para conducirla a Jesús. (...) En esa
época, como yo tenía un carácter muy infantil, me servía de un método bastante
original para practicar la virtud: la de divertir al Niño Jesús jugando con él a toda
clase de juegos espirituales. Sor Teresa del Niño Jesús me animó a ello con la carta
siguiente...».
2 Quien habla es el Niño Jesús. El sobre llevaba esta dirección: «Personal. A mi
pequeña y querida esposa Jugadora de Bolos en la montaña del Carmelo».
3 Estos bolos, explica sor María de la Trinidad, «yo me los representaba de todos
los tamaños y de todos los colores, para personificar a las almas que quería
conquistar».
4 Teresa recoge las palabras de su novicia, de algunos días antes: «En el mes de
diciembre de 1896, las novicias recibieron, a beneficio de las misiones, diversas
chucherías para un árbol de Navidad. Y hete aquí que en el fondo del cajón se
encontró por casualidad (...) un trompo. Mis compañeras dijeron: «¡Qué cosa tan
fea! ¿Para qué puede servir esto?» Yo, que conocía bien el juego, cogí el trompo
exclamando: «¡Pero si es muy divertido! ¡Puede estar girando un día entero sin
pararse a fuerza de buenos latigazos!» Y allí mismo me comprometí a hacerles una
demostración que las dejó asombradas. Sor Teresa del Niño Jesús me observaba
sin decir nada» (Recuerdos de sor María de la Trinidad).
Cta 213 Al abate Bellière
J.M.J.T.
Carmelo de Lisieux 26 de diciembre de 1896
Señor abate:
Hubiese querido contestarle antes, pero la Regla del Carmelo no permite escribir ni
recibir cartas durante el tiempo de adviento. Sin embargo, nuestra Madre me
permitió, por excepción, leer la suya, comprendiendo que usted necesitaba ser
ayudado especialmente con la oración.
Le aseguro, señor abate, que hago todo lo que está en mis manos para alcanzarle
las gracias que necesita; y esas gracias ciertamente le serán concedidas, pues
Nuestro Señor no nos pide nunca sacrificios superiores a nuestras fuerzas1. Es
cierto que a veces Nuestro Salvador nos hace sentir toda la amargura del cáliz que
presenta a nuestro espíritu. Y cuando pide el sacrificio de todo lo que nos es más
querido en este mundo, es imposible, a no ser por una gracia especialísima, no
exclamar como él en el huerto de la agonía: "¡Padre, aparta de mí este cáliz!... Pero
que [1vº] no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Es muy consolador pensar que Jesús, el Dios fuerte2, conoció nuestras debilidades
y tembló a la vista del cáliz amargo, ese cáliz que poco antes había deseado tan
ardientemente beber...
Señor abate, verdaderamente es hermosa la parte que le ha tocado, pues Nuestro
Señor la escogió para sí y fue el primero en mojar sus labios en la copa que a usted
le ofrece.
Un santo ha dicho: ¡El mayor honor que Dios puede hacer a un alma no es darle
mucho, sino pedirle mucho3! Jesús lo trata, pues, como a un privilegiado. Quiere
que usted comience ya su misión y que por medio del sufrimiento le salve ya
almas. ¿No fue por el sufrimiento y por la muerte como él mismo redimió al
mundo...? Yo sé que usted aspira a sacrificar su vida por el divino Maestro, pero el
martirio del corazón no es menos fecundo que el derramamiento de sangre, y este
martirio es desde ahora ya el suyo. Tengo, pues, mucha razón al decir que es
hermosa la parte que le ha tocado y que es digna de un apóstol de Cristo.
Señor abate, usted viene a buscar consolaciones junto a la que Jesús le ha dado por
hermana, y tiene derecho a hacerlo. Y ya que nuestra Reverenda Madre me da
permiso para escribirle, quisiera responder a la grata misión que se me ha confiado;
pero siento que el medio más seguro para lograrlo es orar y sufrir...
[2rº] Trabajemos juntos en la salvación de las almas, no tenemos más que el único
día de esta vida para salvarlas y dar así al Señor pruebas de nuestro amor. El
mañana de este día será la eternidad, y entonces Jesús le devolverá centuplicadas
las alegrías tan dulces y legítimas que usted hoy le sacrifica. Él conoce el alcance
de su sacrificio, él sabe que el sufrimiento de sus seres queridos aumenta aún más
el suyo propio. Pero él también sufrió este martirio: por salvar nuestras almas,
abandonó a su Madre, vio a la Virgen Inmaculada de pie junto a la cruz con el
corazón traspasado por una espada de dolor. Pero eso, espero que nuestro divino
Salvador consuele a su madre de usted, y así se lo pido encarecidamente. Si a
quienes usted va a abandonar por su amor, el divino Maestro les dejase entrever la
gloria que le tiene reservada, la multitud de almas que formarán su cortejo en el
cielo, se verían ya recompensados del enorme sacrificio que su alejamiento les va a
producir.
Nuestra Madre sigue enferma, aunque de unos días a esta parte se encuentra un
poco mejor; espero que el divino Niño Jesús le devuelva las fuerzas, que ella
gastará en su servicio. Esta Madre venerada le envía esa estampa de san Francisco
de Asís, que le enseñará la forma de encontrar la alegría en medio de las pruebas y
las luchas de la vida.
Espero, señor abate, que [2rº] siga rezando por mí, que no soy un ángel, como
usted parece creer, sino un pobre carmelita cargada de imperfecciones, que, sin
embargo, a pesar de su pobreza, tiene igual que usted el deseo de trabajar por la
gloria de Dios.
Sigamos unidos por la oración junto al pesebre de Jesús.
Su indigna hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
rel. carm. ind.
NOTAS Cta 213
1 El 28 de noviembre de 1896, el abate Bellière escribía a Teresa: «El Maestro me
envía una dura prueba, como hace con los que ama. Y yo soy muy débil. Dentro de
unos días me enviará seguramente al Seminario de Misiones Africanas. Mi deseo
se va a ver al fin realizado. Pero tengo que luchar mucho, tengo que romper con
grandes y muy queridos afectos y con hábitos de bienestar que me resultan también
muy queridos y agradables. Todo un pasado risueño y feliz que me tienta todavía
fuertemente. Necesito fuerzas, queridísima hermana» (LC 172). Se conserva el
sumario de la respuesta de Teresa en borrador, que muestra su manera de actuar (cf
CG p. 934).
2 Versículo que se repite con frecuencia en la liturgia de Navidad.
3 P. Pichon; cf Cta 172.
Cta 214 A sor Genoveva
3 de enero de 1897 (?)
¡¡Feliz día de tu santo..!!
El Sr. Totó desea un feliz onomástico a la Señorita Lilí1.
NOTAS Cta 214
1 Observa sor Genoveva: «Este billete me lo ofrecía un bebé, en colores intensos, y
que llevaba una florecita».
Cta 215 A sor María del Sdo. Corazón
Comienzos de 1897
J.M.J.T.
¡¡¡Jesús te ama con todo su corazón, y yo también, madrina querida...!
Teresa del Niño Jesús
rel. carm.
Cta 216 A la madre Inés de Jesús
J.M.J.T.
Jesús + 9 de enero de 1897
Querida Madrecita, si supieras cómo me emociona ver cuánto me quieres... Nunca
podré demostrarte mi gratitud aquí en la tierra... Espero irme pronto allá arriba1. Y
puesto que "Si hay un cielo, es para mí"2, seré rica, tendré todos los tesoros de
Dios, y él mismo será mi bien, y entonces podré devolverte centuplicado todo lo
que te debo. ¡Qué alegría de sólo pensarlo...! Me duele mucho recibir siempre y
nunca dar.
Hubiera querido no ver correr las lágrimas de mi Madrecita, pero me ha encantado
ver el buen fruto que esas lágrimas produjeron, fue algo fantástico.
No, yo guardo rencor a nadie cuando miran a mi Madrecita con malos ojos, pues
tengo muy claro que las hermanas no son más que instrumentos puestos ahí adrede
por Jesús para que el camino de la Madrecita (al igual que el de Teresita) se
parezca al que Él escogió para sí cuando fue peregrino en la tierra de destierro...
Entonces su rostro estaba escondido, [vº], nadie lo reconocía, era objeto de
desprecios... Mi Madrecita no es objeto de desprecios, ¡pero qué pocos la
reconocen desde que Jesús ha escondido su rostro3...!
¡Qué hermosa, Madre mía, es la parte que te toca...! Es verdaderamente digna de ti,
la privilegiada de nuestra familia; de ti, que nos muestras el camino como esa
golondrina que vemos siempre a la cabeza de sus compañeras y que traza en el aire
la ruta que debe conducirlas a su nueva patria.
¡Ojalá sepas comprender el cariño de TU hijita que quisiera decirte tantas tantas
cosas!
NOTAS Cta 216
1 Primera alusión explícita a su muerte próxima en la correspondencia de Teresa.
2 Probable alusión a este verso de SOUMET: «¿Para quién serían los cielos si no
fuesen para mí?» (Jeanne d'Arc martyre). La variante introducida por Teresa: «Si
hay un cielo» es una alusión velada a su prueba de la fe. Cf RP 3, 22rº/vº, que
atribuye erróneamente este verso a d'Avrigny.
3 Es decir, desde que la madre Inés ya no es priora.
Cta 217 A sor María de San José
Enero de 1897 (?)
J.M.J.T.
¡Preciosas las coplillas...! ¡Qué mezquindad ir a mendigar a casas de otros2
teniendo llena la propia bolsa!
Pero lo que no es mezquindad es dormir, ser amables y alegres; éste el "humilde
oficio del tendero"3, que nunca puede cerrar la tienda, ni siquiera los domingos y
las fiestas, es decir, los días que Jesús se reserva para probar nuestras almas...
Canta como un pinzón tus graciosos coplas4, que yo, como pobre gorrioncillo,
gimo en mi rincón, cantando como el judío errante: "La muerte no puede nada
contra mí, lo sé muy bien5..."
[vº] Ya no oigo hablar del famoso mantel6, ¿se sigue hablando aún de él?
NOTAS Cta 217
1 Coplillas compuestas por sor María de San José.
2 La propia Teresa, a quien sor María de San José le había pedido que le
compusiese una poesía.
3 Cf Cta 204, n. 3.
4 Alusión a la voz armoniosa de sor María de San José.
5 Endecha del Judío Errante, 15ª estrofa.
6 Trabajo del arreglo de la ropa, del que estaban encargadas las roperas: sor María
de San José y Teresa.
Cta 218 Al Hermano Simeón
J.M.J.T.
Carmelo de Lisieux, 27 de enero de 1897
Jesús +
Señor Director:
Me siento feliz de unirme a mi hermana sor Genoveva para darle las gracias por la
preciosa gracia que consiguió para nuestro Carmelo1.
No sé cómo expresarle mi gratitud; por eso, quiero, a los pies de Nuestro Señor,
mostrarle con mis pobres oraciones cómo me ha conmovido su bondad para con
nosotras...
A mi alegría se ha mezclado un sentimiento de tristeza al saber que su salud se
había quebrantado. Por eso, pido a Jesús con todo el corazón que prolongue el
mayor tiempo posible su vida, tan preciosa para la Iglesia. Yo sé que nuestro
divino Maestro debe de tener prisa [1vº] por coronarle en el cielo; pero espero que
lo deje todavía en el destierro para que, trabajando por su gloria como lo ha hecho
desde su juventud, el peso inmenso de sus méritos supla al de otras almas que se
presentarán ante Dios con las manos vacías.
Yo me atrevo a esperar, queridísimo Hermano, ser una de esas almas afortunadas
que participarán de sus méritos. Creo que mi carrera aquí abajo no va a ser larga...
Cuando comparezca ante mi amado Esposo, no tendré para ofrecerle más que mis
deseos; pero si usted me ha precedido ya en la patria, espero que venga a mi
encuentro y que presente en mi favor el mérito de sus obras, tan fecundas... Ya ve
que sus carmelitas nunca pueden escribirle sin pedirle algún favor y sin apelar su
generosidad...
Señor Director, usted es tan poderoso para nosotras en la tierra, nos ha obtenido ya
tantas veces la bendición [2rº] del Santo Padre León XIII, que no puedo dejar de
pensar que en el cielo Dios le dará un enorme poder sobre su corazón. Le suplico
que no me olvide ante él si tiene la dicha de verlo ante que yo... Lo único que le
ruego que pida para mi alma es la gracia de amar a Jesús y de hacerle amar todo lo
que pueda.
Si el Señor viene a buscarme a mí primero, le prometo orar por sus intenciones y
por todas las personas que usted ama. De todas formas, yo no espero a estar en el
cielo para hacer esta oración: desde ahora me siento ya feliz de poder probarle así
mi profunda gratitud.
En el Sagrado Corazón de Jesús, me sentiré siempre dichosa, señor Director, de
llamarme
Su humilde y agradecida carmelita,
Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
rel. carm. ind.
NOTAS Cta 218
1 La bendición del Santo Padre para el Carmelo, con ocasión de las bodas de oro
de la más anciana de las carmelitas, sor San Estanislao.
Cta 219 A la madre Inés de Jesús
22 de febrero de 1897
Querida Madrecita, te has roto la nariz... Sí, pero ¡LA TIENES LARGA...!
Siempre te quedará suficiente, mientras que la mía, si la rompo, no me quedará
nada2...
¡Qué felices somos de saber reírnos de todo...! Sí, sí..., en esto no hay peros...
NOTAS Cta 219
1 Contrariedad cuyas circunstancias ignoramos.
2 Sobre la nariz larga de la madre Inés, cf CA 8.7.5, y sobre la «nariz pequeña» de
Teresa cf CA 31.7.3.
Cta 220 Al abate Bellière
(Carmelo de Lisieux) Miércoles noche
24 de febrero de 1897
Jesús +
Señor abate:
Antes de entrar en el silencio de la santa cuarentena1, quiero añadir unas letras a la
carta de nuestra venerada Madre para darle las gracias por la que usted me envió el
mes pasado2.
Si a usted le consuela pensar que en el Carmelo una hermana ora por usted sin
cesar, mi gratitud hacia Nuestro Señor no es menor que la suya, pues él me ha dado
un hermanito destinado por él a ser su sacerdote y su apóstol... Verdaderamente,
sólo en el cielo sabrá usted cuánto le quiero. Siento que nuestras almas fueron
hechas para comprenderse. Esa su prosa, que usted llama "ruda y pobre", me revela
que Jesús ha puesto en su corazón unas aspiraciones que sólo concede a las almas
que él llama a la más alta santidad. Puesto que él mismo me ha elegido para ser su
hermana, espero que no mirará mi debilidad, o, mejor dicho, que se servirá de esta
misma debilidad para llevar a cabo su obra, pues al Dios fuerte le gusta mostrar su
poder sirviéndose de lo que no es nada.
Unidas a él, nuestras almas podrán salvarle [1vº] muchas almas, pues el buen Jesús
ha dicho: ""Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, mi
Padre del cielo se lo concederá". Y lo que nosotros le pedimos es trabajar por su
gloria, amarle y hacerle amar... ¿Cómo no van a ser bendecidas nuestra unión y
nuestra plegaria?
Señor abate, ya que el cántico sobre el amor3 le ha gustado, nuestra Madre me ha
dicho que le copie algunos más, pero no los recibirá hasta dentro de algunas
semanas, porque tengo pocos momentos libres, incluso los domingos, debido a mi
oficio de sacristana. Estas pobres poesías le revelarán, no lo que soy, sino lo que
quisiera y debiera ser... Al componerlas, he atendido más al fondo que a la forma.
Por eso, no siempre se respetan las reglas de la versificación, pues lo que buscaba
era expresar mis sentimientos (o, mejor, los sentimientos de una carmelita) a fin de
responder a los deseos de mis hermanas. Esos versos responden mejor a la
sensibilidad de una religiosa que a la de un seminarista; no obstante, espero que le
gusten. ¿No es acaso su alma la prometida del Cordero de Dios y no será pronto su
esposa, el día bendito de su ordenación de subdiácono?
Le agradezco, señor abate, el haberme escogido para madrina del primer niño que
tenga el gozo de bautizar4. Me toca, pues, a mí escoger el nombre de mi futuro
ahijado. Quiero darle por protectores a la Santísima Virgen, a san José y a san
Mauricio, patrono de mi querido hermanito. Es cierto que ese niño no existe
todavía más que en el pensamiento de Dios, pero ya ruego por [2rº] él y cumplo
por adelantado mis deberes de madrina. También ruego por todas las almas que le
van a ser confiadas, y sobre todo pido a Jesús que hermosee la suya con toda clase
de virtudes, en especial con su amor.
Me dice usted que reza también mucho por su hermana. Ya que me hace esta
caridad, me gustaría mucho que rezase todos los días esta oración en la que se
encierran todos mis deseos: "Padre misericordioso, en el nombre de nuestro buen
Jesús, de la Virgen María y de los santos, te suplico que abrases a mi hermana en
tu Espíritu de amor y que le concedas la gracia de hacerte amar mucho5..."
Usted me ha prometido rezar por mí durante toda su vida, que, sin duda, será más
larga que la mía, y no le será dado cantar como a mí: "Mi destierro, lo espero, será
breve6..."; pero tampoco le estará permitido olvidarse de su promesa. Si el Señor
me lleva pronto con él, le pido que continúe rezando todos los días esa breve
oración, pues en el cielo desearé lo mismo que deseo ahora en la tierra: amar a
Jesús y hacerle amar.
Señor abate, debo de parecerle muy rara, y quizás hasta lamente tener una hermana
que, al parecer, quiere ir gozar del descanso eterno y dejarlo a usted solo
trabajando... Pero tranquilícese, que lo único que deseo es la voluntad de Dios, y le
confieso que si en el cielo no pudiese seguir trabajando por su gloria, preferiría el
destierro a la patria.
Desconozco el futuro, pero si Jesús convierte en realidad [2vº] mis
presentimientos, le prometo seguir siendo su hermanita allá en el cielo. Nuestra
unión, lejos de romperse, se hará más estrecha; allí ya no habrá ni clausura ni rejas,
y mi alma podrá volar con usted a las lejanas misiones. Nuestros papeles seguirán
siendo los mismos: el suyo, las armas apostólicas, el mío, la oración y el amor...
Señor abate, me doy cuenta de que me estoy olvidando del tiempo, es ya tarde y
dentro de unos minutos tocarán al Oficio divino7; sin embargo, tengo que hacerle
todavía una petición. Me gustaría que me escribiese las fechas importantes de su
vida, a fin de poderme unir a usted de una manera muy especial para agradecerle a
nuestro Salvador las gracias que le ha otorgado.
En el Sagrado Corazón de Jesús Hostia, que pronto será expuesto a nuestra
adoración8, me siento dichosa de poder llamarme siempre:
Su menor y humilde hermanita,
Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
rel. carm. ind.
NOTAS Cta 220
1 La cuaresma, que comenzaba el 3 de marzo.
2 Transcribimos aquí algunos pasajes de esa carta: «Mi muy querida hermana en
N.S. La bondad que Dios usa conmigo es realmente conmovedora, y la que a usted
le ha concedido actúa profundamente en mi alma, que se siente plenamente
reconfortada por las atenciones que su caridad le inspira. Cada vez que me llega un
poco de la piedad de que se vive en el Carmelo, siento que soy mejor y quisiera
amar a Jesús como ahí lo aman. Usted, hermana, lo tenía en el corazón cuando
compuso ese cántico de amor que tuvo a bien enviarme. En él se respira un aliento
divino que hace a uno puro y fuerte. (...) Yo quisiera poder cantar como usted,
querida hermana, para poder decirle a Jesús los sentimientos que los suyos me
inspiran. Pero él es tan bueno, que se digna también aceptar mi ruda y pobre prosa.
Su corazón es tan tierno, que no presta demasiada atención a las formas y su gracia
baja siempre a nosotros. Sí, sí, hermana, «Vivamos de amor»» (LC 174,
31/1/1897).
3 Su poesía Vivir de amor, del 26 de febrero de 1895.
4 El abate Bellière está seguro ya de que partirá para Africa en octubre: «El
próximo año será un año de noviciado, de preparación inmediata, y después = Dios
y el trabajo. Cuando bautice a mi primer negrito, pediré a vuestra Madre que sea
usted la madrina, pues será suyo ya que usted lo habrá conquistado para Dios más
que yo» (LC 174).
5 Cf una petición parecida al P. Roulland, Cta 189.
6 Poesía Vivir de amor, estr. 9.
7 Oficio de Maitines, a las 9 de la noche.
8 Por los tres días llamados de las Cuarenta Horas.