Sta. Teresita de Lisieux

Cartas 185 a 198

Cta 185 A sor Genoveva1

 

24 de febrero-27 de marzo de 1896

(Al recto, en góticas:)

POSUIT SIGNUM IN FACIEM MEAM...!2

Santa Inés, v. m.

(Al dorso:)

Recuerdo del más hermoso de los días... Del día que encierra y confirma todas las

gracias de que Jesús y María colmaron a su amada Celina...

Por amor, Celina apretará en adelante contra su corazón las espinas del sufrimiento

y del desprecio. Pero no tiene miedo, pues sabe por experiencia que María puede

cambiar en leche la sangre que se escapa de las heridas producidas por el amor...

Con la mano izquierda, Celina aprieta las espinas, pero con la derecha no cesa de

abrazar a Jesús, el divino ramillete de mirra que descansa sobre su corazón.

Sólo para él engendrará Celina almas, regará con sus lágrimas las semillas y Jesús

estará siempre feliz de llevar manojos de lirios en sus manos...

Los cuatro querubines, cuyas alas apenas rozaron la tierra3, acuden y contemplan

embelesados a su hermana querida; acercándose a ella, esperan participar de los

méritos de sus sufrimientos, y, a cambio, proyectan sobre ella el resplandor

inmaculado de la inocencia y de todos los dones que el Señor les prodigó

gratuitamente.

24 de febrero-17 de marzo de 1896.

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

rel.carm.ind.

 

NOTAS Cta 185

1 Estampa-recuerdo para su profesión y su toma de velo.

2 «Puso su señal en mi rostro»: responsorio del Oficio de santa Inés, recogido por

el Ceremonial para la imposición del velo. Cf PN 26,7.

3 Los hermanitos y hermanitas de que hablaba en la Cta 182.

 

 

 

SEPTIMO PERÍODO


 

 

 

NUEVO PRIORATO DE LA MADRE MARÍA DE GONZAGA

(21 de marzo de 1896-30 de septiembre de 1897)

 

Cta 186 A Leonia

 

11 de abril de 1896

J.M.J.T.

Querida Leonia:

Tu hermanita más pequeña no puede tampoco dejar de decirte cuánto te quiere y

cómo se acuerda de ti, sobre todo en este día de tu santo.

No tengo nada para regalarte, ni siquiera una estampa. Pero no, digo mal, te

ofreceré mañana la divina Realidad, a Jesús-Hostia, TU ESPOSO y el mío...

Querida hermanita, ¡qué hermoso es poder las cinco llamar a Jesús «nuestro

Amado»! Pero ¿qué será cuando le veamos en el cielo y le sigamos a todas partes,

cantando el mismo cántico, el que sólo a las vírgenes les está permitido repetir...?

[vº] Entonces comprenderemos el valor del sufrimiento y de las pruebas, y

repetiremos como Jesús: «Verdaderamente, era necesario que nos probase el

sufrimiento para hacernos entrar en la gloria».

Hermanita querida, no puedo decirte todos los profundos pensamientos referentes a

ti que encierra mi corazón. Lo único que quiero repetirte es esto: «que te quiero mil

veces más tiernamente de los que se quieren las hermanas normales y corrientes,

ya que yo puedo amarte con el Corazón de nuestro Esposo celestial».

En él vivimos de la misma vida, y en él seguiré siendo por toda la eternidad

Tu hermana más pequeña,

Teresa del Niño Jesús

rel. carm. ind.

 

 

 

Cta 187 A sor María de la Trinidad

 

30 de abril de 1896

Querida hermanita:

Quisiera tener flores inmortales para ofrecerte en recuerdo de este hermoso día1,

pero sólo en el cielo nunca se marchitarán las flores... Estas miosotis, al menos, te

dirán que en el corazón de tu hermanita quedará siempre grabado el recuerdo del

día en que Jesús te dio el beso de una unión que debe terminarse, o, mejor,

consumarse en el cielo...

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

rel. carm.

 

NOTAS Cta 187

1 La profesión de sor María de la Trinidad, el 30 de abril de 1896. Este billete fue

colocado sobre el lecho de la joven profesa, que Teresa había cubierto de miosotis.

«Me figuro ser Juana de Arco asistiendo a la coronación de Carlos VII», dirá


 

 

 

Teresa de esta profesión (Circular de sor María de la Trinidad, p. 7). De hecho, la

perseverancia de la joven carmelita fue, en gran medida, obra suya.

 

 

 

Cta 188 A sor María de la Trinidad

 

7 de mayo de 1896

(En el anverso:)

Padecer y ser despreciada por amor1

(En el reverso:)

Pensamientos de nuestro Padre san Juan de la Cruz:

Cuando la afición [a las criaturas] es puramente espiritual, creciendo ella, crece la

de Dios, y cuanto más se acuerda de ella, tanto más se acuerda de Dios y le da gana

de Dios, y creciendo en lo uno crece en lo otro.

Tal es el que anda enamorado de Dios, que no pretende ganancia ni premio, sino

sólo perderlo todo y a sí mismo en su voluntad por Dios.

A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y

deja tu condición2.

Recuerdo del 7 de mayo, del año de gracia de 18963. Obsequiado a mi querida

hermanita María de la Trinidad y de la Santa Faz.

Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

rel. carm. ind.

 

NOTAS Cta 188

1 Palabras de san Juan de la Cruz (cf Cta 81 [y Ms A n. 340]), con la adición de

Teresa: «por amor». Los textos de esta carta 188 figuran en una estampa del Santo.

2 Sentencias 129, 130 y 70, extraídas de las Maximes et Avis spirituels de notre

Bienheureux Père Saint Jean de la Croix, uno de los pocos libros que Teresa tuvo

al alcance de su mano. [En realidad, en los escritos del Santo, esos tres textos se

encuentran: el primero, en Noche Oscura 1,4,7; el segundo, en Cántico Espiritual

(B), 29,11; y el tercero, en Dichos de Luz y amor, 60. N. del T.]

3 Toma de velo de sor María de la Trinidad.

 

 

 

Cta 189 Al P. Roulland

 

J.M.J.T.

23 de junio de 1896

Jesús + Carmelo de Lisieux

Reverendo Padre:

He pensado que le daría una alegría a nuestra Madre regalándole para el 21 de

junio, que es su santo, un corporal y un purificador con una palia, para que ella

tuviese el gusto de enviárselo a usted para el día 291. A esta venerada Madre le

debo la dicha íntima de estar unida a usted por los lazos apostólicos de la oración y


 

 

 

la mortificación; por eso le pido, Reverendo Padre, que me ayude en el altar a

pagar mi deuda de gratitud.

Me siento muy indigna de estar especialmente asociada a uno de los misioneros de

nuestro adorable Jesús; pero como la obediencia me confía esta dulce tarea2, estoy

segura de que mi celestial Esposo suplirá mis pobres méritos (sobre los que no me

apoyo lo más mínimo) y de que escuchará los deseos de mi corazón, fecundando su

apostolado. Me sentiré verdaderamente feliz de trabajar con usted por la salvación

de las almas. Para eso me hice carmelita: al no poder ser misionera por la acción,

quise serlo por el amor y la penitencia como santa Teresa, mi seráfica Madre... Le

ruego, Reverendo Padre, que pida para mí a Jesús, el día en que se digne bajar del

cielo por vez primera al conjuro de su voz, que le pida que me abrase con el fuego

de su amor para que luego pueda yo ayudarle a usted a encenderlo en los

corazones3.

Hace tiempo que deseaba conocer a un apóstol que quisiese pronunciar mi nombre

en el altar el día de su primera Misa... Deseaba prepararle yo misma los lienzos

sagrados y la blanca hostia destinada a ocultar al Rey del Cielo... Ese Dios de

bondad ha querido hacer realidad mi sueño y mostrarme una vez más cómo le

gusta colmar los deseos de las almas que le aman sólo a él.

Si no temiese ser indiscreta, le pediría también, Reverendo Padre, que tuviese cada

día en el altar un [vº] recuerdo para mí... Cuando el océano le separe de Francia, al

mirar la palia que tan gustosamente he pintado, recuerde que en la montaña del

Carmelo un alma ruega sin cesar al divino Prisionero del amor por el éxito de su

gloriosa conquista.

Desearía, Reverendo Padre, que nuestra unión apostólica sólo fuese conocida por

Jesús4, y pido una de sus primeras bendiciones para quien se sentirá feliz de

llamarse eternamente

Su indigna hermanita en Jesús-Hostia

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

rel. carm. ind.

 

NOTAS Cta 189

1 Fecha de la primera Misa del P. Roulland, ordenado el 28 de junio.

2 Cf Ms C 33vº, 32rº y CA 8.7.16.

3 Cf PN 17,10; 24,17; 35,5; 47,5; RP 4,4vº.

4 La madre María de Gonzaga había pedido a Teresa que guardase secreto respecto

a esta correspondencia. Para la comunidad, el P. Roulland es «el misionero de

nuestra Madre» (Cf Cta 221).

 

 

 

Cta 190 A la madre María de Gonzaga

 

J.M.J.T.

29 de junio de 1896

Leyenda de un pequeño corderito1.


 

 

 

En una risueña y fértil pradera vivía feliz una pastora. Amaba a su rebaño con toda

la ternura de su corazón, y las ovejas y los corderos querían también a su pastora2...

Pero la felicidad perfecta no se encuentra en este valle de lágrimas. Un día, el

hermoso cielo azul de la pradera se cubrió de nubes, y la pastora se puso triste; ya

no encontraba alegría en cuidar a su rebaño y, ¿habrá que decirlo?, a su espíritu se

asomó el pensamiento de alejarse de él para siempre3... Felizmente, amaba todavía

a un corderito, muchas veces le tomaba entre sus brazos, le acariciaba y, como si el

cordero fuese su igual, la pastora le confiaba sus penas y a veces lloraba con él...

El pobrecito, al ver llorar a su pastora, se afligía y buscaba en vano en su

corazoncito la forma de consolar a su pastora, a la que amaba más que a sí mismo.

Una tarde, el corderito se durmió a los pies de su pastora, y entonces la pradera...

las nubes... todo desapareció de su vista. Se encontró en una campiña infinitamente

más amplia y más hermosa. En medio de un rebaño más blanco que la nieve divisó

a un Pastor resplandeciente de gloria y de serena majestad... El pobre cordero no se

atrevía a acercarse, pero el buen Pastor, el divino Pastor, vino hacia él, lo sentó en

su regazo, lo beso como antes hacía su dulce pastora..., y le dijo: «Corderito, ¿por

qué brillan las lágrimas en tus ojos? ¿Por qué tu pastora, a quien yo amo, vierte

tantas lágrimas...? Habla, que yo quiero consolaros a los dos».

«Si lloro -respondió el cordero-, es sólo porque veo llorar a mi pastora querida.

Escucha, Pastor divino, el motivo de sus lágrimas. En otro tiempo ella se creía

amada por su querido rebaño y habría dado su vida por hacerlo feliz; pero un día,

por orden tuya, se vio obligada a ausentarse durante algunos años. A su vuelta, le

pareció que ya no reconocía el mismo espíritu que ella tanto había amado en sus

ovejas. [1vº] Tú sabes, Señor, que tú mismo has dado al rebaño el poder y la

libertad de elegir a su pastora. Pues bien, en vez de verse elegida por unanimidad

como otras veces, sólo después de siete votaciones fue colocado en sus manos el

cayado4... Tú, que antaño lloraste en nuestra tierra, ¿no comprendes cómo debe de

sufrir el corazón de mi pastora querida...?

(El buen Pastor sonrió, e inclinándose sobre el cordero:) «Sí, dijo, lo comprendo...,

pero que se consuele tu pastora. Soy yo quien, no sólo ha permitido, sino quien ha

querido la gran prueba que tanto la ha hecho sufrir». «¿Es posible, Jesús?, replicó

el corderito. Yo pensaba que tú eras tan bueno, tan dulce... ¿No podías haber dado

a otra el cayado, como lo deseaba mi Madre querida5? O si querías volverlo a

poner a toda costa en sus manos, ¿por qué no haberlo hecho a la primera

votación...?» «¿Que por qué, corderito? ¡Porque amo a tu pastora! Durante toda su

vida la he guardado con celoso cuidado, y ella había sufrido ya mucho por mí en su

alma y en su corazón; pero aún le faltaba esta prueba exquisita que acabo de

enviarle después de habérsela preparado desde toda la eternidad».

«Ya veo, Señor, que tú no sabes cuál es la pena mayor de mi pastora..., o que no

quieres confiármela... También tú piensas que el espíritu primitivo de nuestro

rebaño está desapareciendo..., ¿cómo no lo va a pensar mi pastora...? ¡Son tantas

las pastoras que deploran esos mismos desastres en sus apriscos...!»

«Es cierto, respondió Jesús, el espíritu del mundo se infiltra aun en medio de las

más apartadas praderas, pero es fácil equivocarse en el discernimiento de las


 

 

 

intenciones. Yo, que lo veo todo y que conozco hasta los pensamientos más

secretos, te digo: el rebaño de tu pastora me es muy querido entre todos los demás,

y no ha hecho más que servirme de instrumento para llevar a cabo mi obra de

santificación en el alma de tu Madre querida».

«Señor, yo te aseguro que mi pastora no comprende todo eso que me estás

diciendo... ¿Y cómo lo va a comprender, si nadie juzga las cosas [2rº] de esa forma

en que tú me las acabas de mostrar...? Conozco ovejas que hacen sufrir mucho a mi

pastora con sus razonamientos a ras de tierra6... Jesús, ¿por qué no comunicas a

esas ovejas los secretos que me confías a mí? ¿Por qué no hablas tú al corazón de

mi pastora...?»

«Si le hablase, su prueba desaparecería, y su corazón se llenaría de una alegría tan

grande, que nunca le habría parecido tan ligero el cayado... Pero no quiero quitarle

su prueba, sólo quiero que comprenda la verdad y que reconozca que su cruz le

viene del cielo y no de la tierra».

«Señor, entonces háblale tú a mi pastora. ¿Cómo quieres que comprenda la verdad,

si a su alrededor sólo escucha la mentira...?»

«Corderito, ¿no eres tú el preferido de tu pastora...? Pues entonces repítele las

palabras que he hablado a tu corazón».

«Lo haré, Jesús. Pero preferiría que dieses ese encargo a una de las ovejas cuyos

razonamientos están a ras de tierra... Yo soy tan pequeño..., es tan débil mi voz...,

¿cómo me va a creer mi pastora...?»

«Tu pastora sabe bien que a mí me gusta esconder mis secretos a los sabios y a los

entendidos y que se los revelo a los más pequeños, a los simples corderos, cuya

lana blanca no se ha manchado con el polvo del camino... Ella te creerá, y si

todavía corren lágrimas de sus ojos, esas lágrimas no tendrán ya la misma

amargura y embellecerán su alma con el austero resplandor del sufrimiento amado

y recibido con gratitud».

«Te entiendo, Jesús. Pero hay todavía un misterio que quisiera penetrar. Dime, por

favor, por qué has escogido precisamente a las ovejas queridas de mi pastora para

probarla... Si hubieses escogido ovejas extrañas, la prueba hubiese sido más

suave...»

Entonces el buen Pastor, mostrando al cordero sus pies, sus manos y su corazón

hermoseados con luminosas llagas, respondió: «Mira estas llagas, ¡son [2vº] las

que recibí en casa de los que me amaban...! Por eso son tan bellas y gloriosas, y su

resplandor arrobará de alegría a los ángeles y a los santos por toda la eternidad...

«Tu pastora se pregunta que ha hecho para alejar de sí a sus ovejas. ¿Y yo?, ¿qué le

había hecho yo a mi pueblo? , ¿en qué lo había ofendido...7?

«Tu pastora tiene, pues, que alegrarse de tomar parte en mis dolores... Si le quito

los apoyos humanos, ¡es para llenar yo solo su amante corazón...!

«Dichoso el que pone en mí su apoyo; es como si pusiera peldaños en su corazón

para elevarse hasta el cielo8. Fíjate bien, corderito..., no digo separarse por

completo de las criaturas, despreciar su amor y sus atenciones, sino, al contrario,

aceptarlas para darme gusto a mí, servirse de ellas como de otros tantos peldaños,

porque alejarse de las criaturas no serviría más que para una cosa: para caminar y


 

 

 

extraviarse por los senderos de la tierra... Para elevarse, es necesario posar el pie

sobre los peldaños de las criaturas y no apegarse más que a mí... ¿Entiendes,

corderito...?»

«Así lo creo, Señor, pero sobre todo siento que tus palabras son la verdad, pues

ponen paz y alegría en mi pobre corazón. ¡Y ojalá puedan penetrar suavemente en

el gran corazón de mi pastora...!

«Jesús, antes de volver a su lado, tengo que hacerte una súplica... No nos dejes

languidecer mucho tiempo en la tierra del destierro, llámanos a los gozos de la

pradera celestial donde conducirás eternamente a nuestro querido rebañito a través

de senderos floreados.»

«Querido corderito (respondió el buen Pastor), escucharé tu petición. Pronto, sí,

pronto9 tomaré a la pastora y a su cordero, y entonces bendeciréis por toda la

eternidad el venturoso sufrimiento que os habrá merecido tan gran felicidad, ¡y yo

mismo enjugaré todas las lágrimas de vuestros ojos...!»

 

NOTAS Cta 190

1 Desde la laboriosa elección del 21 de marzo, la madre María de Gonzaga sufre

por la actitud de algunas hermanas. Teresa recoge, a su pesar, las confidencias, las

quejas y las lágrimas de su priora. Y sirviéndose de una parábola, intenta hacerle

comprender «que su cruz le viene del cielo y no de la tierra».

2 Es fácil repartir los papeles: la pastora es María de Gonzaga; las ovejas, las

hermanas profesas; los corderos, las jóvenes hermanas del noviciado; el corderito,

Teresa. Cf Ms C 3vº.

3 La madre María de Gonzaga había pensado, sin duda, en dimitir e irse a otro

Carmelo.

4 Se trata, evidentemente, de los siete escrutinios que se necesitaron para que

saliese por fin una mayoría suficiente de votos.

5 ¿Tal vez la madre María de Gonzaga había deseado la reelección de la madre

Inés?

6 Ningún documento nos ha permitido identificar a las religiosas aquí aludidas.

7 Cita bíblica, recogida en los Improperios del Viernes Santo.

8 Esta sentencia estaba escrita en la pared, al pie de la escalera que Teresa subía a

diario para ir a su celda. Cf también PN 30.

9 Cf Ms B 2rº: «Dime si Dios me dejará mucho tiempo en la tierra... ¿Vendrá

pronto a buscarme?» (...) «Sí, pronto, pronto... Te lo prometo».

 

 

 

Cta 191 A Leonia

 

J.M.J.T.

Jesús + 12 de julio de 1896

Querida Leonia:

Habría respondido a tu preciosa carta el domingo pasado, si me la hubiesen dado;

pero somos cinco, y ya sabes que yo soy la más pequeña1..., por lo que estoy


 

 

 

expuesta a no ver las cartas sino mucho después que las demás, o incluso a no

verlas en absoluto... Hasta el viernes no pude ver tu carta; por eso, querida

hermanita, no me he retrasado por mi culpa...

¡Si supieras lo feliz que me siento de verte con tan buenas disposiciones2... No me

sorprende que el pensamiento de la muerte te resulte tan dulce, ya tú no estás

apegada a nada en la tierra.

Te aseguro que Dios es mucho mejor de lo que piensas. El se conforma con una

mirada, con un suspiro de amor... Y creo que la perfección es algo muy fácil de

practicar, pues he comprendido que [1vº] lo único que hay que hacer es ganar a

Jesús por el corazón... Fíjate en un niñito que acaba de disgustar a su madre

montando en cólera o desobedeciéndola: si se mete en un rincón con aire

enfurruñado y grita por miedo a ser castigado, lo más seguro es que su mamá no le

perdonará su falta; pero si va a tenderle sus bracitos sonriendo y diciéndole:

«Dame un beso, no lo volveré a hacer», ¿no lo estrechará su madre tiernamente

contra su corazón, y olvidará sus travesuras infantiles...? Sin embargo, ella sabe

muy bien que su pequeño volverá a las andadas en la primera ocasión; pero no

importa: si vuelve a ganarla otra vez por el corazón, nunca será castigado3...

Ya en tiempos de la ley del temor, antes de la venida de Nuestro Señor, decía ya el

profeta Isaías, hablando en nombre del Rey del cielo: «¿Podrá una madre olvidarse

de su hijo...? Pues aunque ella se olvide de su hijo, yo no os olvidaré jamás». ¡Qué

encantadora promesa! Y nosotros, que vivimos en la ley del amor, ¿no vamos a

aprovecharnos de los amorosos anticipos que [2rº] nos da nuestro Esposo...?

¡Cómo vamos a temer a quien se deja prender en uno de los cabellos que vuelan

sobre nuestro cuello...!

Sepamos, pues, hacer prisionero a este Dios que se hace mendigo de nuestro amor.

Al decirnos que un solo cabello puede obrar este prodigio, nos está mostrando que

los más pequeños actos, hechos por amor, cautivan su corazón... Si hubiera que

hacer grandes cosas, ¡cuán dignos de lástima seríamos...! ¡Pero qué dichosas

somos, ya que Jesús se deja prendar por las más pequeñas...!

No son pequeños sacrificios lo que te falta, querida Leonia, ¿no está tu vida tejida

de ellos...? Me alegro de verte ante semejante tesoro, y sobre todo de pensar que

sabes aprovecharte de él, no sólo para ti, sino también para las almas... ¡Es tan

hermoso ayudar a Jesús con nuestros pequeños sacrificios, ayudarle a salvar las

almas que él rescató al precio de su sangre y que sólo esperan nuestra ayuda para

no caer en el abismo...!

[2vº] Me parece que si nuestros sacrificios son cabellos que hechizan a Jesús,

nuestras alegrías lo son también. Para ello, basta con no encerrarse en una

felicidad egoísta, sino ofrecer a nuestro esposo las pequeñas alegrías que él

siembra en el camino de la vida para cautivar nuestras almas y elevarlas hasta sí...

Pensaba escribir hoy a nuestra tía, pero no tengo tiempo, lo haré el domingo que

viene. Dile, por favor, cuánto la quiero, y a nuestro tío también. Me acuerdo

también mucho de Juana y de Francis.

Me pides noticias acerca de mi salud4. Pues bien, querida hermanita, ya no toso

absolutamente nada. ¿Estás contenta...? Pero eso no le impedirá a Dios tomarme


 

 

 

cuando quiera. Como hago todo lo que puedo por ser un niño pequeñito, no tengo

que hacer ningún preparativo. Jesús mismo deberá pagar todos los gastos del viaje

y el precio de la entrada en el cielo...

Adiós, hermanita querida. Creo que te quiero cada día más...

Tu hermanita

Teresa del Niño Jesús

rel. carm.

[2vºtv] Sor Genoveva está muy contenta con tu carta; te contestará la próxima vez.

Las cinco te mandamos un abrazo...

 

NOTAS Cta 191

1 Cf CA 2.9.4: «¡Así de importante en la familia!».

2 Leonia escribía el 1 de julio: «¡Si supieras cuánto pienso siempre en ti y cuán

dulce me es tu recuerdo! Me acerca a Dios, y comprendo tus deseos de ir pronto a

verlo para perderte eternamente en Él. También yo lo deseo como tú, me gusta oír

hablar de la muerte y no entiendo a la gente que ama esta vida de sufrimiento y de

muerte continua.

«Tú, querida mía, estás lista para ir a ver a Dios, y seguro que serás bien recibida.

Pero yo, ¡pobre de mí!, llegaré con las manos vacías. Sin embargo, tengo la

temeridad de no tener miedo, ¿lo puedes entender? Es algo increíble, lo sé, y estoy

de acuerdo, pero no puedo evitarlo» (LC 164).

3 Cf Cta 258, que retoma y desarrolla esta comparación.

4 Leonia le preguntaba: «¿Qué tal estás, hermanita querida? Sólo en este tema no

me fío de ti, pues siempre me dices que estás bien, o que estás mejor, y yo no creo

absolutamente nada de eso. Cuando me escribas, sobre todo, dime llanamente la

verdad» (LC 164).

 

 

 

Cta 192 A la señora de Guérin

 

J.M.J.T.

Jesús + 16 de julio de 1896

Querida tía:

Hubiera querido ser la primera en dirigirme a usted; pero ya sólo me queda el dulce

y grato deber de agradecerle la hermosa carta que he recibido. ¡Qué buena es usted,

querida tía, al acordarse de su Teresita! Pero le aseguro que no está tratando con

una ingrata...

Quisiera contarle algo nuevo, pero, por más que me devano los sesos, no me sale

absolutamente nada más que el cariño que siento por mis familiares queridos..., y

eso dista mucho de ser nuevo, pues es tan viejo como yo...

Me pide, querida tía, que le dé noticias de mi salud como a [1vº] una mamá, y lo

voy a hacer así. Pero si le digo que estoy de maravilla, no me va a creer; por eso,

cederé la palabra al célebre doctor de Cornière1, al cual tuve el insigne honor de ser

presentada ayer en el locutorio. Este ilustre personaje, después de haberme


 

 

 

honrado con una mirada, declaró que: «¡Tenía buena cara...!» Esta declaración no

me impidió pensar que pronto se me permitiría «ir al cielo con los angelitos»2, no

por causa de mi salud, sino por causa de otra declaración que hoy hizo en la capilla

del Carmelo el señor abate Lechêne... Tras habernos presentado los ilustres

orígenes de nuestra sagrada Orden, y habernos comparado con el profeta Elías

luchando con los profetas de Baal, declaró «que iban a empezar de nuevo unos

tiempos parecidos a los de la persecución de Baal». Nos parecía estar volando ya

hacia el martirio...

¡Qué dicha, tiíta querida, si toda [2rº] nuestra familia fuese al cielo el mismo día!

Me parece verla sonreír..., tal vez piense que no nos está reservado este honor... Lo

que sí es cierto es que, todos juntos o uno después de otro, un día dejaremos el

desierto por la patria, y entonces nos alegraremos de todas esas cosas, cuyo premio

será el cielo3... Tanto de haber tomado la poción el día de visita, como de haber ido

a Maitines a pesar de nuestra cara triste, o de haber cazado conejos4 o recogido la

avena...

Con gran pesar de mi parte, me estoy dando cuenta de que esta noche no logro

decir nada que tenga sentido. Seguro que se debe a que deseaba escribir muchas

cosas a mi tiíta, a quien tanto quiero... Gracias a Dios, sor María de la Eucaristía va

a suplir mi pobreza, y esto es lo único que me consuela en mi extrema indigencia...

Seguimos juntas en el mismo oficio5 [2vº] y nos entendemos muy bien. Le aseguro

que a ninguna de las dos nos ataca la melancolía. Tenemos que poner mucho

cuidado en no decir palabras inútiles, porque, después de cada frase útil, se

presenta siempre alguna frasecilla divertida que hay que dejar para la recreación.

Querida tía, salude, por favor, a todos los queridos habitantes de La Musse, en

especial a mi querido tío, a quien le encargo que le dé un abrazo muy fuerte de mi

parte.

Su hijita que la quiere,

Teresa del Niño Jesús

rel. carm. ind.

 

NOTAS Cta 192

1 El médico de la comunidad.

2 Cf PN 34: «Arrojar flores», poesía del 28 de junio.

3 Alusión a una canción humorística compuesta unos días antes por sor María de la

Eucaristía (cf «Poésies supplémentaires», PS 4).

4 Esto se refiere a Francis, hábil cazador.

5 En la sacristía.

 

 

 

Cta 193 Al P. Roulland

 

J.M.J.T.

Carmelo de Lisieux 30 de julio de 1896

Jesús +


 

 

 

Hermano:

¿Verdad que me va a permitir no darle en adelante otro nombre, ya que Jesús se ha

dignado unirnos con los lazos del apostolado? Me encanta pensar que, desde toda

la eternidad, Nuestro Señor ha concebido esta unión, llamada a salvarle almas, y

que me ha creado para ser su hermana...

Ayer recibimos sus cartas; y nuestra Madre le introdujo a usted con gran alegría en

la clausura. Me ha dado permiso para conservar la fotografía de mi hermano1; lo

cual es un privilegio del todo especial, pues una carmelita no tiene ni siquiera los

retratos de sus familiares más cercanos. Pero nuestra Madre sabe bien que el de

usted, lejos de recordarme el mundo y los afectos terrenos, elevará mi alma a

regiones más altas y la hará olvidarse de sí misma para gloria de Dios y salvación

de las almas. De esta manera, hermano mío, mientras yo atravieso el mar en su

compañía, usted se quedará junto a mí, muy escondido en nuestra pobre celda...

Todo lo que me rodea me evoca su recuerdo. He colocado el mapa de Su-Tchuen

en la pared del lugar donde trabajo, y la estampa que me regaló3 descansa siempre

sobre mi corazón en el libro de los evangelios que nunca me abandona. La metí al

azar, y cayó en este pasaje: «El que deje todo por seguirme, recibirá cien veces más

en este mundo y en la edad futura la vida eterna». Estas palabras de Jesús se han

[1vº] realizado ya en usted, puesto que me dice: «Parto feliz».

Entiendo que esa alegría será totalmente espiritual: es imposible dejar a su padre, a

su madre, a su patria sin sentir los desgarros de la separación... Yo, hermano mío,

sufro con usted, ofrezco con usted su gran sacrificio, y pido a Jesús que derrame

sus abundantes consuelos sobre sus queridos padres, en espera de la unión celestial

donde los veremos alegrarse de su gloria, la cual, secando para siempre sus

lágrimas, los colmará de alegría por toda una eternidad feliz...

Esta noche, en la oración, he meditado unos pasajes de Isaías que me han parecido

tan apropiados para usted, que no puedo dejar de copiárselos:

«Ensancha el espacio de tus tiendas..., porque te extenderás a derecha e izquierda,

tu descendencia heredará naciones y poblará ciudades desiertas... Alza la vista y

mira a tu alrededor: todos ésos se reúnen y vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a

tus hijas las traen en brazos de todas partes. Entonces lo verás, radiante de alegría,

palpitará y se ensanchará tu corazón porque volcarán sobre ti las riquezas del mar y

te traerán los tesoros de las naciones».

¿No es ése el céntuplo que Jesús prometió? Usted también puede exclamar: «El

Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado

para anunciar su palabra, para curar los corazones desgarrados, para anunciar la

liberación a los cautivos y consolar a los afligidos... Desbordo de gozo con el

Señor, porque me ha vestido un traje de salvación y me ha cubierto con un manto

de liberación. Como la tierra hace germinar la semilla, así el Señor hará germinar

para mí su justicia y su gloria ante las naciones... Mi pueblo será un pueblo de

justos, serán el renuevo que yo planté... Iré a las islas más remotas, a los que nunca

oyeron hablar del Señor. Y anunciaré su gloria a las naciones y se las ofreceré

como ofrenda a mi Dios».


 

 

 

Si quisiera copiar todos los pasajes que más hondo me han llegado, necesitaría

mucho tiempo. Termino, pero antes quisiera pedirle algo. Cuando tenga usted un

momento libre, me gustaría que me escribiese las fechas más importantes de su

vida; así, podría unirme a usted de manera más especial para agradecer a Dios las

gracias que le ha concedido.

Adiós, hermano mío..., la distancia nunca podrá separar nuestras almas, y la muerte

misma hará más íntima nuestra unión. Si voy pronto al cielo, pediré permiso a

Jesús para ir a visitarlo a Su-tchuen y proseguiremos juntos nuestro apostolado.

Mientras tanto, estaré unida siempre a usted por la oración, y pido a Nuestro Señor

que no me deje nunca gozar mientras usted esté sufriendo. Incluso quisiera que mi

hermano tuviese siempre los consuelos y yo las pruebas. Tal vez esto sea

egoísmo..., pero creo que no, porque mi única arma es el amor y el sufrimiento, y

la espada de usted es la de la palabra3 y los trabajos apostólicos.

Adiós una vez más, hermano. Dígnese bendecir a la que Jesús le ha dado por

hermana,

Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz

rel. carm. ind.

 

NOTAS Cta 193

1 Teresa conservará esta foto en su escritorio, cf CG pp. 877s+a.

2 Estampa-recuerdo de su ordenación.

3 Citado en la Regla del Carmelo.

 

 

Cta 194 A sor María de San José1

 

(Fragmento)

8-17 de septiembre (?) de 1896

(...) Estoy encantada con el niñito2, y el que lo lleva en brazos está más encantado

todavía que yo...

¡Qué hermosa es la vocación del niñito! No es sólo una misión la que tiene que

evangelizar, sino todas las misiones3. ¿Y cómo lo hará...? Amando, durmiendo,

ARROJANDO FLORES a Jesús mientras él duerme. Entonces, Jesús tomará esas

flores, y, comunicándoles un valor inapreciable, las arrojará a su vez, y las hará

volar sobre todas las riberas del mundo y salvará a las almas con las flores, con el

amor del niñito, que no verá nada, ¡pero que seguirá sonriendo incluso a través de

sus lágrimas...! (Un niño misionero y guerrero, ¡qué maravilla!)

 

NOTAS Cta 194

1 Los billetes de Teresa a sor María de San José no están fechados. Para su

datación aproximada, cf CG p. 886.

2 Sor María de San José.

3 Cf Ms B 3rº. Nótense los numerosos puntos de contacto de este billete y el

siguiente con el Ms B.


 

 

 

 

 

 

Cta 195 A sor María de San José

 

(Fragmentos)

8-17 de septiembre (?) de 1896

J.M.J.T.

El hermanito1 piensa igual que el niñito...

El martirio más doloroso y el más AMOROSO es el nuestro, pues sólo Jesús lo ve.

Nunca será revelado a las criaturas en la tierra; pero cuando el Cordero abra el

libro de la vida, ¡cuál no será el asombro en la corte celestial al oír proclamar,

junto al nombre de los misioneros y de los mártires, el de unos pobres niñitos que

nunca hicieron hazañas deslumbrantes...!

(...) [vº] Sigo cuidando las tocas2, que están muy enfermas.

 

NOTAS Cta 195

1 Teresa.

2 Griñones de tela blanca.

 

 

Cta 196 A sor María del Sagrado Corazón1

 

13 (?) de septiembre de 1896

J.M.J.T.

[1rº]

Jesús +

¡Querida hermana!, me pides que te deje un recuerdo de mis ejercicios espirituales,

unos ejercicios que quizás sean los últimos...

Puesto que nuestra Madre lo permite, me alegro de ponerme a conversar contigo

que eres dos veces mi hermana; contigo, que me prestaste tu voz cuando yo no

podía hablar, prometiendo en mi nombre que no quería servir más que a Jesús...

Querida madrinita, aquella niña que tú ofreciste al Señor es la que te habla esta

noche2, la que te ama como sólo una hija sabe amar a su madre... Sólo en el cielo

conocerás toda la gratitud de que rebosa mi corazón...

Hermana querida, tú querrías escuchar los secretos que Jesús confía a tu hijita. Yo

sé que esos secretos te los confía también a ti, pues fuiste tú quien me enseñó a

acoger las enseñanzas divinas. Sin embargo, trataré de balbucir algunas palabras,

aunque siento que a la palabra humana le resulta imposible expresar ciertas cosas

que el corazón del hombre apenas si puede vislumbrar...

No creas que estoy nadando entre consuelos. No, mi consuelo es no tenerlo en la

tierra. Sin mostrarse, sin hacerme oír su voz, Jesús me instruye en secreto; no lo

hace sirviéndose de libros, pues no entiendo lo que leo. Pero a veces viene a

consolarme una frase como la que he encontrado al final de la oración (después de

haber aguantado en el silencio y en la sequedad): «Este es el maestro que te doy, él


 

 

 

te enseñará todo lo que debes hacer. Quiero hacerte leer en el libro de la vida,

donde está contenida la ciencia del Amor»3.

¡La ciencia del Amor! ¡Sí, estas palabras resuenan dulcemente en los oídos de mi

alma! No deseo otra ciencia. Después de haber dado por ella todas mis riquezas,

me parece, como a la esposa del Cantar de los Cantares, que no he dado nada

todavía... Comprendo tan bien que, fuera del amor, no hay nada que pueda

hacernos gratos a Dios, que ese amor es el único bien que ambiciono.

Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa hoguera

divina. Este camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en brazos

de su padre... «El que sea pequeñito, que venga a mí», dijo el Espíritu Santo por

boca de Salomón. Y ese mismo Espíritu de amor dijo también que «a los pequeños

se les compadece y perdona». Y, en su nombre, el profeta Isaías nos revela que en

el último día «el Señor apacentará como un pastor a su rebaño, reunirá a los

corderitos y los estrechará contra su pecho». Y como si todas esas promesas no

bastaran, el mismo profeta, cuya mirada inspirada se hundía ya en las

profundidades de la eternidad, exclama en nombre del Señor: «Como una madre

acaricia a su hijo, así os consolaré yo, os llevaré en brazos y sobre mis rodillas os

acariciaré».

Sí, madrina querida, ante un lenguaje como éste, sólo cabe callar y llorar de

agradecimiento [1vº] y de amor... Si todas las almas débiles e imperfectas sintieran

lo que siente la más pequeña de todas las almas, el alma de tu Teresita, ni una sola

perdería la esperanza de llegar a la cima de la montaña del amor, pues Jesús no

pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud, como dijo en el salmo

XLIX: «No aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños, pues las

fieras de la selva son mías y hay miles de bestias en mis montes; conozco todos los

pájaros del cielo... Si tuviera hambre, no te lo diría, pues el orbe y cuanto lo llena

es mío. ¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de cabritos?... Ofrece a Dios

sacrificios de alabanza y de acción de gracias».

He aquí, pues, todo lo que Jesús exige de nosotros. No tiene necesidad de nuestras

obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que declara que no tiene

necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en mendigar un poco de agua a la

Samaritana. Tenía sed... Pero al decir: «Dame de beber», lo que estaba pidiendo el

Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor...

Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús está sediento. Entre los discípulos

del mundo, sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus propios discípulos

¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él sin reservas, que

comprendan toda la ternura de su amor infinito!

Hermana querida, ¡dichosas nosotras que comprendemos los íntimos secretos de

nuestro Esposo! Si tú quisieras escribir todo lo que sabes acerca de ellos, ¡qué

bellas páginas podríamos leer! Pero ya lo sé, tú prefieres guardar «los secretos del

Rey» en el fondo de tu corazón, mientras que a mí me dices «que es bueno publicar

las obras del Altísimo». Creo que tienes razón en guardar silencio, y sólo por

complacerte escribo yo estas líneas, pues siento mi impotencia para expresar con

palabras de la tierra los secretos del cielo; y además, aunque escribiera páginas y


 

 

 

más páginas, seguiría teniendo la impresión de no haber empezado todavía... Hay

tal diversidad de horizontes, matices tan infinitamente variados, que sólo la paleta

del Pintor celestial podrá proporcionarme, después de la noche de esta vida, los

colores apropiados para pintar las maravillas que él descubre a los ojos de mi alma.

Hermana querida, me pedías que te escribiera mi sueño y mi «doctrinita», como tú

las llamas... Lo he hecho en las páginas que siguen4; pero tan mal, que me parece

imposible que consigas entender nada. Tal vez mis expresiones te parezcan

exageradas... Perdóname, ello se debe a mi estilo demasiado confuso. Te aseguro

que en mi pobre alma no hay exageración alguna: en ella todo es sereno y

reposado...

(Al escribir, me dirijo a Jesús; así me resulta más fácil expresar mis

pensamientos... Lo cual, ¡ay!, no impide que vayan horriblemente expresados.)

 

NOTAS Cta 196

1 Esta carta constituye la primera parte del Manuscrito B (1rº/vº).

2 Sor María del Sagrado Corazón acababa de enviarle este billete: «Querida

hermanita: te escribo, no porque tenga algo que decirte, sino para tener yo algo de

ti. De ti, que estás tan cerca de Dios. De ti, que eres su esposa privilegiada a quien

confía todos sus secretos... Son muy dulces los secretos de Jesús con Teresa, y yo

quisiera volverlos a escuchar. Escríbeme unas letras, quizás éstos sean tus últimos

ejercicios espirituales, pues Jesús debe tener ya ganas de cortar su racimo dorado

(...) Nuestra Madre me ha dado permiso para que me contestes a vuelta de correo»

(LC 169, 13/9/1896). Teresa contesta, sin duda, esa misma noche.

3 Petit bréviaire du Sacré-Coeur de Jésus, p. 58.

4 Las «páginas que siguen» designan los cuatro folios del Ms B propiamente

dicho, escritos el 8 de septiembre. Las expresiones empleadas al final de esta carta

muestran con total evidencia que ésta fue escrita después de la «segunda parte» del

Ms B.

 

 

 

Cta 197 A sor María del Sagrado Corazón

 

J.M.J.T.

Jesús + 17 de septiembre de 1896

Querida hermana:

No encuentro la menor dificultad en responderte1... ¿Cómo puedes preguntarme si

puedes tú amar a Dios como le amo yo...?

Si hubieses entendido la historia de mi pajarillo, no me harías esa pregunta. Mis

deseos de martirio no son nada, no son ellos los que me dan la confianza ilimitada

que siento en mi corazón. A decir verdad, son las riquezas espirituales las que

hacen injusto al hombre cuando se apoya en ellas con complacencia, creyendo que

son algo grande2...

Esos deseos son un consuelo que Jesús concede a veces a las almas débiles como la

mía (y de estas almas hay muchas); pero cuando no da este consuelo, es una gracia


 

 

 

privilegiada. Recuerda aquellas palabras del Padre3: «Los mártires sufrieron con

alegría, y el Rey de los mártires sufrió con tristeza». Sí, Jesús dijo: «Padre, aparta

de mí este cáliz». Hermana querida, ¿cómo puedes decir, después de esto, que mis

deseos son la señal de mi amor...? No, yo sé muy bien que no es esto, en modo

alguno, lo que le agrada a Dios en mi pobre alma. Lo que le agrada es verme amar

mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia...

Este es mi único tesoro. Madrina querida, ¿por qué este tesoro no va a ser también

el tuyo...?

¿No estás dispuesta a sufrir todo lo que Dios quiera? Yo sé muy bien que sí. Pues

entonces, si deseas sentir alegría o atractivo por el sufrimiento, es tu propio

consuelo lo que buscas, pues cuando se ama una cosa desaparece el dolor4. Te

aseguro que si fuésemos las dos juntas al martirio con las disposiciones que hoy

tenemos, tú tendrías un gran mérito y yo no tendría ninguno, a menos que Jesús

tuviese a bien cambiar mis disposiciones.

Hermana querida, comprende a tu hijita, por favor. Comprende que para amar a

Jesús, para ser su víctima de amor5, cuanto más débil se es, sin deseos ni virtudes,

más cerca se está de las operaciones de este Amor consumidor y transformante6...

Con el solo deseo de ser víctima ya basta; pero es necesario aceptar ser siempre

pobres y sin fuerzas, y eso es precisamente lo difícil, pues «al verdadero pobre de

espíritu ¿quién lo encontrará? Hay que buscarle muy lejos», dijo el salmista7... No

dijo que hay que buscarlo entre las almas grandes, sino «muy lejos», es decir, en la

bajeza, en la nada... Mantengámonos, pues, muy lejos de todo lo que brilla,

amemos nuestra pequeñez, deseemos no sentir nada. Entonces seremos pobres de

espíritu y Jesús irá a [vº], buscarnos, por lejos que nos encontremos, y nos

transformará en llamas de amor... ¡Ay, cómo quisiera hacerte comprender lo que

yo siento...! La confianza, y nada más que la confianza, puede conducirnos al

amor... El temor ¿no conduce a la justicia... (1)?

Ya que sabemos el camino, corramos juntas. Sí, siento que Jesús quiere

concedernos las mismas gracias a las dos, que quiere darnos gratuitamente su

cielo.

Hermanita querida, si no me comprendes, es que eres un alma demasiado grande...,

o, mejor, es que yo me explico mal, pues estoy segura de que Dios no te daría el

deseo de ser POSEIDA por él, por su Amor misericordioso, si no te tuviera

reservada esa gracia... O mejor dicho, ya te la ha concedido, puesto que te has

entregado a El, puesto que deseas ser consumida por El, y Dios nunca da deseos

que no pueda convertir en realidad...

Dan las 9 y tengo que dejarte8. ¡Cuántas cosas quisiera decirte! Pero Jesús mismo

te hará comprender todo lo que yo no acierto a escribir...

Te quiero con toda la ternura de mi corazoncito de hija AGRADECIDA.

Teresa del Niño Jesús

rel. carm. ind.

(1) A la justicia severa, tal como se la presentan a los pecadores; pero no es ésta la

justicia que Jesús usará con los que le aman9.


 

 

 

NOTAS Cta 197

1 Esta «contestación» de Teresa representa una puntualización importante en su

doctrina. Es, pues, indispensable, leer entero el billete que le había escrito sor

María del Sagrado Corazón después de recibir el Ms B: «Hermanita querida, he

leído tus páginas ardientes de amor a Jesús. Tu madrinita se siente felicísima de

poseer este tesoro y está muy agradecida a su hijita querida por haberle desvelado

así los secretos de su alma. ¿Y qué puedo yo decirte acerca de estas líneas

marcadas con el sello del amor? Tan sólo una palabra, que me concierne a mí

personalmente. Como el joven del Evangelio, también se apodera de mí un

sentimiento de tristeza ante tus deseos extraordinarios de martirio. Ahí está, bien

clara, la prueba de tu amor. Sí, tú estás en posesión del amor. ¿Pero yo...? No,

jamás me harás creer que yo podré llegar a esa meta tan deseada. Pues yo temo

todo lo que tú amas.

«Y te voy a dar una prueba bien clara de que yo no amo a Jesús como tú. Tú dices

que no haces nada, que eres sólo un pobre y endeble pajarillo. ¿Pero tus deseos no

cuentan nada para ti? Para Dios sí, para Dios cuentan tanto como las obras.

«No puedo decirte nada más. Comencé estas líneas esta mañana, y no he tenido ni

un minuto para terminarlas. Ahora son las cinco. Me gustaría que le dijeses por

escrito a tu madrinita si puede ella amar a Jesús como tú. Pero dos palabras nada

más, pues con lo que tengo ya me basta para labrar mi dicha y mi aflicción. Mi

dicha, al ver hasta qué punto eres amada y privilegiada; mi aflicción, al presentir el

deseo de Jesús de cortar su querida florecita. Al leer esas líneas, que no son de la

tierra sino un eco del corazón de Dios, me entraron ganas de llorar... ¿Quieres que

te diga una cosa? Pues bien, tú estás poseída por Dios; pero lo que se dice

absolutamente poseída..., como los malvados lo están por el maligno

«También yo desearía estar poseída así por Jesús. Pero te quiero tanto, que, a fin de

cuentas, me alegro de ver que tú eres más privilegiada que yo.

«Unas letras para tu madrinita» (LC 170, 17/9/1896).

2 Cf Im II, 11, 5.

3 El P. Pichon, retiro de octubre de 1887 en el Carmelo de Lisieux, charla del día

7º.

4 Cf SAN AGUSTÍN, De bono viduitatis.

5 Sor María de Sagrado Corazón fue la tercera, después de Teresa y de Celina, que

hizo su ofrenda al Amor misericordioso, durante el verano de 1895. Cf CG p.

896s.+f y Prières, p. 87s.

6 Esta afirmación hay que situarla en el contexto de Cta 196 y 197, y

especialmente en el del Ms B: «Es mi misma debilidad la que me da la audacia de

ofrecerme» (3vº). Estamos aquí en el mismo corazón del caminito».

7 En realidad, Im II, 11, 4, citando a Pr 31,10.

8 Para ir al oficio de Maitines.

9 Nota añadida por Teresa. En el texto (1), tachó «a la justicia».


 

 

 

Cta 198 Al abate Bellière

 

J.M.J.T.

Jesús + Carmelo de Lisieux,

21 de octubre de 1896

Señor abate:

Como nuestra Reverenda Madre está enferma, me ha confiado a mí la misión de

contestar a su carta. Lamento que usted se vea privado de las santas palabras que

nuestra Madre le habría dirigido, pero me siento feliz de ser su intérprete y de

comunicarle su alegría de saber la obra que Nuestro Señor acaba de operar en su

alma. Ella continuará rezando para que él lleve en usted a su término su obra

divina.

Pienso que es inútil decirle, señor abate, hasta qué punto comparto yo también la

dicha de nuestra Madre. Su carta del mes de julio me había apenado mucho1.

Atribuyendo a mi poco fervor los combates que usted estaba librando, no cesaba de

implorar para usted el auxilio maternal de la dulce Reina de los apóstoles. Por eso,

mi consuelo fue muy grande al recibir, como ramo de flores para mi santo, la

certeza de que mis pobres oraciones [vº] habían sido escuchadas2...

Ahora que ha pasado la tormenta, doy gracias a Dios por haberle hecho pasar por

ella, pues en los libros sagrados leemos estas hermosas palabras: «Dichoso el

hombre que ha soportado la prueba», y también: «Quien no ha sido probado, poco

sabe...». En efecto, cuando Jesús llama a un alma a dirigir y a salvar a multitud de

otras almas, es muy necesario que le haga experimentar las tentaciones y las

pruebas de la vida. Y ya que a usted le ha concedido la gracia de salir victorioso de

la lucha, espero, señor abate, que el buen Jesús hará realidad sus grandes deseos.

Yo le pido que usted sea, no solamente un buen misionero, sino un santo

totalmente abrasado de amor a Dios y a las almas. Y le suplico que me alcance

también a mí ese amor, a fin de poder ayudarlo en su labor apostólica. Usted sabe

que una carmelita que no fuese apóstol se apartaría de la meta de su vocación3 y

dejaría de ser hija de la seráfica santa Teresa, la cual habría dado con gusto mil

vidas por salvar una sola alma4.

No dudo, señor abate, que querrá unir también sus oraciones a las mías para que

Nuestro Señor cure a nuestra venerada Madre.

En los corazones sagrados de Jesús y de María, me sentiré siempre dichosa de

llamarme

Su indigna hermanita

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

rel. carm. ind.

 

NOTAS Cta 198

1 El 21/7/1896, Mauricio Bellière había enviado desde Caen, donde había entrado

en el cuartel en noviembre de 1895, un mensaje desesperado a la priora del

Carmelo: «Estoy sumergido en una situación lamentable, y es preciso a toda costa


 

 

 

que mi querida hermana, Teresa del Niño Jesús, me saque de ella; es preciso que

haga violencia al cielo» (CG p. 871).

2 El 14 de octubre, víspera de la fiesta de santa Teresa de Jesús, el abate Bellière

escribía a la madre María de Gonzaga: «Gracias, Madre, por el auxilio que me

prestó en un momento de angustia. La tormenta ya ha pasado, ha retornado la

calma, y el pobre soldado ha vuelto a ser el seminarista de antes». Y añadía en un

papel, hablando de Teresa: «Mañana es su santo» (CG p. 903).

3 Cf SANTA TERESA DE JESÚS, C 3,10.

4 Ibid. 1,2. Teresa copió esta frase en el rollo que tenía en la mano para la

fotografía de julio de 1896 (VTL nº 29; cf CG p. 873+e). Y la volvió a usar en esa

misma época en PN 35, estr. 4.

 


 
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