Sta. Teresita de Lisieux

Cartas 236 a 258

Cta 236 A sor María de la Trinidad

 

2 de junio de 1897

Dios quiere que soportes sola tu prueba1, y lo demuestra de muchas maneras...

Pero, querida m.2, ¡¡¡yo sufro contigo...!!! y te quiero mucho...

[vº] No te preocupes, mañana por la mañana iré a verte unos minutos, y al día

siguiente del lavado iré contigo a las hostias3.

 

NOTAS Cta 236

1 Sor María de la Trinidad no dejó ninguna aclaración al respecto.

2 Abreviatura de «muñeca»; cf Cta 249; CA 22.9.4.

3 A la oficina donde se hacían las hostias.

 

 

 

Cta 237 A la madre Inés de Jesús

 

2 de junio de 1897

No, la palomita no quiere dejar a su Madrecita1. Quiere seguir volando y

descansando en el mundo fascinante [vº] de su corazón.

Mañana le daré las gracias a mi Madrecita, no le digo nada esta noche para no

hacerle estallar el corazón y porque es demasiado tarde. El bebé2 se va a dormir.

 

NOTAS Cta 237

1 La madre Inés acababa de escribirle: «¡Angelito mío! Ya no tengo palabras para

expresarte mi cariño. No te enfades conmigo, mira qué tristes se pusieron los

apóstoles cuando Jesús les dijo que iba a dejarlos pronto... Sí, pero... una vez que

pasó el golpe, volvieron llenos de alegría... Así ocurrirá con la Madrecita. (...)

Levántate, paloma querida, el invierno ya ha pasado para ti, la fuente de tus

lágrimas se ha secado, vete a gustar los hechizos de la primavera del amor.

«Y sobre todo, no me contestes, eso me rompería el corazón» (LC 183,

2(?)/6/1897).

2 Sobre esta expresión cf UC pp. 374-376. Volverá a aparecer en Cta 254, 255,

257.

 

 

Cta 238 A Leonia1

 

3 de junio de 1897

Querida hermanita, ¡qué hermoso es pensar que un día seguiremos juntas al

Cordero durante toda la eternidad...!

Recuerdo del 3 de junio de 1897


 

 

 

Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

rel. carm. ind.

 

NOTAS Cta 238

1 Dedicatoria al dorso de una estampa.

 

 

Cta 239 A la madre Inés de Jesús1

 

3 de junio (?) de 1897

Tengo que caminar hasta mi último momento, - que marcará el final de mi

tormento, -como el pobre judío errante2.

 

NOTAS Cta 239

1 Teresa responde a estas líneas de la madre Inés: «No puedo decirte todo lo que

ocurre en mi alma respecto a ti. ¡Es inefable! ¿Podré hablarte durante un cuarto de

hora, a pesar de tus paseos vagabundos?» (LC 184, 3(?)/6/1897).

2 Endecha del Judío Errante, estrofa 22; cf Cta 217, nota 5.

 

 

 

Cta 240 A sor María de la Trinidad

 

3 (?) de junio de 1897

J.M.J.T.

Florecita querida de Jesús, lo he comprendido todo muy bien. No hace falta que me

digas nada más. El ojito que hay en tu cáliz me está indicando lo que debo pensar

de esa florecita que eres tú1... Estoy muy contenta y muy reconfortada, pero ya no

hay que tener ganas de comer de la tierra. Lo que tiene que hacer la miosotis es

abrir, o, mejor, elevar su corola para que el Pan de los ángeles venga, como un

rocío divino, a fortalecerla y a darle todo lo que le falta2.

Buenas noches, pobre florecilla, ¡y créeme que te quiero mucho más de lo que tú te

puedes imaginar...!

 

NOTAS Cta 240

1 Este billete desarrolla el simbolismo de la miosotis, que tanto le gustaba a sor

María de la Trinidad (cf Cta 187). Se comprende aquí que la sola mirada de la

novicia ya le decía a Teresa en qué estado de ánimo se encontraba aquélla.

2 Sor María de la Trinidad quería privarse de la comunión en castigo por una falta.

 

 

 

Cta 241 A sor Marta de Jesús

 

Junio de 1897 (?)

J.M.J.T.


 

 

 

Querida hermanita, sí, lo he comprendido todo... Pido a Jesús que haga lucir sobre

tu alma el sol de su gracia. No, no temas decirle que le amas, aun cuando no le

sientas. Ese es el modo de obligar a Jesús a socorrerte y a que te lleve como a un

niñito que es demasiado débil para caminar.

Es una prueba muy grande verlo todo negro. Pero eso no depende en absoluto de ti.

Tú haz lo que puedas. Despega tu corazón de las preocupaciones de la tierra, y

sobre todo de las criaturas; y luego ten la seguridad de que Jesús hará lo demás. El

no permitirá que caigas en el temido lodazal... Consuélate, hermanita querida, que

en el cielo ya no lo verás todo negro, sino todo blanco... Sí, todo estará revestido

de la blancura divina de nuestro Esposo, el Lirio de los valles. Juntas le

seguiremos adondequiera que vaya... Aprovechémonos del breve instante de la

vida..., agrademos juntas a Jesús, salvémosle almas con nuestros sacrificios... Y

sobre todo, seamos pequeñas, tan pequeñas que todo el mundo pueda pisarnos con

sus pies1, sin siquiera aparentar que lo notamos y que sufrimos por ello...

Hasta pronto, hermanita querida, me alegro de verte...

 

NOTAS Cta 241

1 Cf Im III,13,3 y Or 20 del 16/7/1897.

 

 

 

Cta 242 A sor María de la Trinidad

 

J.M.J.T.

Jesús + 6 de junio de 1897

Querida hermanita:

Tu hermosa cartita me alegró el alma. Ya veo que no me he equivocado al pensar

que Dios te llama a ser una gran santa, aún siendo pequeña y siéndolo cada día

más.

Comprendo muy bien que sientas no poder hablarme, pero puedes estar segura de

que también yo sufro por no poder hacerlo, y que nunca como ahora he

comprendido que tú ocupas un lugar inmenso en mi corazón...

Algo que me alegra mucho es comprobar que la tristeza no te quita el buen humor:

no he podido [vº] por menos de reírme al leer el final de tu carta: ¿de modo que así

te burlas de mí? ¿Quién te ha hablado de mis escritos1? ¿A qué infolios te refieres?

Ya veo que sueltas una mentira para sacar la verdad. Bueno, algún día la sabrás, si

no es en la tierra, será en el cielo; pero seguro que no te preocupará demasiado,

pues entonces tendremos otras cosas en que pensar...

¿Quieres saber si estoy contenta de ir al paraíso? Lo estaría enormemente si fuese a

ir, pero... para ello no cuento con la enfermedad, es una conductora muy lenta. Sólo

cuento ya con el amor. Pídele a Jesús que todas las oraciones que se hacen por mí

sirvan para aumentar el fuego que ha de consumirme...

[vºtv] Me parece que no vas a poder leerme, lo siento2, pero sólo disponía de unos

minutos.


 

 

 

NOTAS Cta 242

1 La reanudación de la biografía de Teresa (Ms C). La madre Inés había obtenido

para ello el consentimiento de la madre María de Gonzaga en la noche del 2 al 3 de

junio.

2 Cf Cta 232, nota 2.

 

 

Cta 243 A sor Genoveva1

 

J.M.J.T.

7 de junio de 1897

Queridísima hermanita, no busquemos nunca lo que parece grande a los ojos de las

criaturas. Salomón, el rey más sabio que hubo jamás en la tierra, después de

observar todos los afanes que ocupan a los hombres bajo el sol, la pintura, la

escultura y todas las demás artes, comprendió que todas esas cosas estaban

carcomidas por la envidia recíproca, y exclamó que no eran más que vanidad y

aflicción de espíritu...

La sola cosa que nadie envidia es el último lugar. Este último lugar es, pues lo

único que no es vanidad y aflicción de espíritu...

[vº] Sin embargo, «el hombre no es dueño de su camino», y a veces comprobamos

con sorpresa que estamos deseando lo que brilla. Entonces, coloquémonos

humildemente entre los imperfectos, considerémonos almas pequeñas a las que

Dios tiene que sostener a cada instante. Cuando él nos ve profundamente

convencidas de nuestra nada, nos tiende la mano; pero si seguimos tratando de

hacer algo grande, aunque sea so pretexto de celo, Jesús nos deja solas. «Cuando

parece que voy a tropezar, tu misericordia, Señor, me sostiene» (Salmo XCIII). Sí,

basta con humillarse, con soportar serenamente las propias imperfecciones. ¡He ahí

la verdadera santidad2!

Cojámonos de la mano, hermanita querida, y corramos al último lugar... Nadie

vendrá a disputárnoslo...

 

NOTAS Cta 243

1 Sor Genoveva fotografió a su hermana en este 7 de junio, lunes de Pentecostés. A

pesar de su agotamiento, Teresa tuvo que posar durante mucho tiempo para

satisfacer las exigencias de Celina. Esta (según una tradición oral) se impacientó.

Este billete parece ser una respuesta a las quejas que le había expresado la novicia.

2 Cf Ms C 2vº, escrito en estos mismos días. Sor María de la Trinidad comenta así

esta frase de la Cta 243: «¿Qué santo canonizado ha hablado nunca así? «Nosotras,

me decía, no somos santos que lloremos nuestros pecados; nosotras nos alegramos

de que nuestros pecados sirvan para glorificar la misericordia de Dios» (Billete a la

madre Inés, 8/3/1925).


 

 

 

Cta 244 Al abate Bellière1

 

J.M.J.T.

9 de junio de 1897

Querido hermanito:

Esta mañana recibí su carta2, y aprovecho un momento en que la enfermera está

ausente para escribirle unas últimas palabras de adiós; cuando las reciba, ya habré

dejado el destierro... Su hermanita estará unida a su Jesús para siempre; entonces

podrá alcanzarle gracias y volar con usted a las lejanas misiones.

¡Qué contenta estoy de morir, querido hermanito...! Sí, estoy contenta, no porque

vaya a verme libre de los sufrimientos de aquí abajo (al contrario, el sufrimiento es

la única cosa que me parece deseable en este valle de lágrimas), sino porque veo

muy claro que ésa es la voluntad de Dios.

Nuestra Madre querría retenerme en la tierra. En este momento se está diciendo

por mí un novenario de misas a Nuestra Señora de las Victorias3, que ya me curó

una vez en mi niñez4; pero creo que el milagro que ahora haga no va ser otro que

[vº] el de consolar a nuestra Madre, que me ama tan tiernamente.

Querido hermanito, en el momento de comparecer delante de Dios, comprendo

mejor que nunca que sólo una cosa es necesaria: trabajar únicamente por él y no

hacer nada por uno mismo ni por las criaturas.

Jesús quiere adueñarse por entero de su corazón, quiere que sea usted un gran

santo. Para ello tendrá que sufrir mucho, pero también ¡qué alegría inundará su

alma cuando llegue al momento feliz de su entrada en la vida eterna...!

Hermano mío, pronto iré a ofrecer su amor a todos sus amigos del cielo y a

pedirles que le protejan. Quisiera decirle, querido hermanito, un montón de cosas

que comprendo ahora que estoy a las puertas de la eternidad. Pero no muero: entro

en la vida, y todo lo que no puedo decirle aquí abajo se lo haré entender desde lo

alto de los cielos...

Hasta Dios, hermanito, rece por su hermanita que le dice: Hasta pronto, ¡hasta

vernos en el cielo...!

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

rel. carm. ind

 

NOTAS Cta 244

1 Este billete no fue enviado, debido sin duda a una mejoría pasajera. Teresa

desarrollará algunas de esas ideas en Cta 253.

2 Cf Cta 247, nota 1.

3 Santuario de París, muy querido por los Martin y los Guérin; cf Ms C 8rº y UC p.

608s.

4 El 13 de mayo de 1883; cf Ms A 30rº,


 

 

 

Cta 245 A la madre Inés de Jesús, sor María del Sgdo. Corazón y sor

Genoveva1

 

Junio (?) de 1897

Al verso

arriba: No lloréis por mí, pues estoy en el cielo con el Cordero y las vírgenes

santas...2.

abajo: Veo lo que creí.

Poseo lo que esperé.

Estoy unida a Aquel a quien amé

con toda mi capacidad de amar3.

A ambos lados: Un poquito de este puro amor más provecho hace a la Iglesia que

todas esas otras obras juntas4. Por eso es gran negocio para el alma ejercitar en esta

vida los actos de amor, porque, consumándose en breve, no se detengan mucho acá

o allá sin ver a Dios5 (San Juan de la Cruz).

Al dorso

Nada encuentro en la tierra que me haga feliz; mi corazón es demasiado grande,

nada de lo que en este mundo se llama felicidad puede llenarlo. Mi pensamiento

vuela hacia la eternidad, ¡el tiempo va a terminarse...! Mi corazón está sosegado,

como un lago tranquilo o un cielo sereno. No añoro la vida de este mundo, mi

corazón tiene sed de las aguas de la vida eterna... Un poco más, y mi alma dejará la

tierra, concluirá su destierro, terminará su lucha... ¡Subo al cielo... llego a la

patria..., consigo la victoria...! Voy a entrar en la morada de los elegidos, voy a ver

bellezas que el ojo del hombre nunca vio, a escuchar armonías que el oído nunca

escuchó, a gozar de alegrías que el corazón nunca gustó... ¡He llegado a esta hora

que todas nosotras tanto hemos deseado...! Es gran verdad que el Señor escoge a

los pequeños para confundir a los grandes de este mundo... No me apoyo en mis

propias fuerzas, sino en las fuerzas de Aquel que en la cruz venció el poder del

infierno. Soy una flor primaveral que el dueño del jardín corta para recrearse...

Todas nosotras somos flores plantadas en esta tierra y que Dios corta a su tiempo,

un poco antes o un poco después... ¡Yo, pequeño efémero, me voy la primera! Un

día, nos encontraremos en el paraíso y gozaremos de la verdadera felicidad...!

(Teresa del Niño Jesús copió los pensamientos del angelical mártir Teófano

Vénard)6.

 

NOTAS Cta 245

1 Textos escritos por Teresa en una estampa, como recuerdo de despedida.

2 Adaptación de la tercera lectura de Maitines de la segunda fiesta de santa Inés

(28 de enero).

3 Antífona del cántico Benedictus de ese mismo oficio.

4 SAN JUAN DE LA CRUZ, cf Cta 221, nota 2; Ms B 4vº; Or 12 rº.

5 ID, Ll 2,34. Esta frase cierra el tercer pasaje que Teresa había señalado con una

cruz en el ejemplar que guardaba como libro de cabecera durante su enfermedad.

Cf UC pp. 149-422; Prières, p. 121).


 

 

 

6 Copiado de la correspondencia que escribió el mártir durante su encarcelamiento,

entre el arresto (30/11/1860) y la decapitación (2/2/1861). Teresa había copiado

éstos y otros pasajes en su libreta de apuntes. Al transcribirlos para sus hermanas,

introdujo algunas mínimas variantes, apropiadas a su propio caso.

 

 

 

Cta 246 A sor María de la Trinidad

 

13 de junio de 1897

Que el divino Niño Jesús encuentre en tu alma una morada totalmente perfumada

por las rosas del amor; que encuentre también en ella la lámpara ardiente de la

caridad fraterna1, que hará entrar en calor a sus miembrecitos helados y que

alegrará su corazoncito haciéndole olvidar la ingratitud de las almas que no le

aman lo suficiente.

Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

r.c.i.

(13 de junio de 1897)2

 

NOTAS Cta 246

1 Cf Ms C 11vº y s., palabras escritas alrededor del 12-15 de junio; especialmente

12rº.

2 Domingo de la Santísima Trinidad, onomástico de sor María de la Trinidad. Este

texto estaba escrito al dorso de una estampa.

 

 

 

Cta 247 Al abate Belliére

 

J.M.J.T.

Carmelo de Lisieux

21 de junio de 1897

Jesús +

Querido hermanito:

He dado gracias a Nuestro Señor con usted por la gracia tan señalada que se dignó

concederle el día de Pentecostés1. En esa misma hermosa fiesta (hace 10 años)

obtuve yo, no de mi director sino de mi padre, el permiso para hacerme apóstol en

el Carmelo2. Un motivo más de parecido entre nuestras almas.

Por favor, querido hermanito, ni se le ocurra nunca pensar que «me aburre o me

distrae" hablándome mucho de usted. ¿Cómo iba a ser posible que una hermana no

tuviese interés por todo lo que se refiere a su hermano? Y en cuanto a distraerme,

no tiene nada que temer: sus cartas, por el contrario, me unen más a Dios al

hacerme [1vº] contemplar de cerca las maravillas de su misericordia y de su amor.

A veces Jesús quiere «revelar sus secretos a los más pequeños". Prueba de ello es

que, después de haber leído su primera carta del 15 de oct. del 95, yo pensé lo

mismo que su director: usted no puede ser un santo a medias, tendrá que serlo del


 

 

 

todo o no serlo en absoluto. Comprendí que usted debía de tener un alma valiente,

y por eso me sentí feliz de ser su hermana.

No crea que me asusta al hablarme de «sus años más hermosos desperdiciados".

Agradezco a Jesús que lo haya mirado con una mirada de amor como en otro

tiempo miró al joven del Evangelio. Usted, más afortunado que él, ha respondido

fielmente a la llamada del Maestro y lo ha dejado todo para seguirlo, y en la edad

más hermosa de la vida, a los 18 años...

Usted, hermano, igual que yo, puede cantar las misericordias del Señor3, que

brillan en usted en todo su esplendor... Usted ama a san Agustín y santa María

Magdalena, esas almas a las que «se les han perdonado muchos pecados [2rº]

porque amaron mucho". También yo les amo, amo su arrepentimiento, y sobre

todo... ¡su amorosa audacia4! Cuando veo a Magdalena adelantarse, en presencia

de los numerosos invitados, y regar con sus lágrimas los pies de su Maestro

adorado, a quien toca por primera vez, siento que su corazón ha comprendido los

abismos de amor y de misericordia del corazón de Jesús y que, por más pecadora

que sea, ese corazón de amor está dispuesto, no sólo a perdonarla, sino incluso a

prodigarle los favores de su intimidad divina y a elevarla hasta las cumbres más

altas de la contemplación.

Querido hermanito, desde que se me ha concedido a mí también comprender el

amor del corazón de Jesús, le confieso que él ha desterrado todo temor de mi

corazón. El recuerdo de mis faltas me humilla y me lleva a no apoyarme nunca en

mi propia fuerza, que no es más que debilidad; pero sobre todo, ese recuerdo me

habla de misericordia y de amor. Cuando uno arroja sus faltas, con una confianza

enteramente filial, en la hoguera devoradora del Amor, [2vº], ¿cómo no van a ser

consumidas para siempre5?

Sé que ha habido santos que pasaron su vida practicando asombrosas

mortificaciones para expiar sus pecados. Pero, ¿qué quiere?, «en la casa del Padre

celestial hay muchas estancias". Lo dijo Jesús, y por eso yo sigo el camino que él

me traza. Procuro no preocuparme ya de mí misma en nada y dejar en sus manos lo

que él quiera obrar en mi alma, pues no he elegido una vida de austeridad para

expiar mis faltas sino las de los demás.

Acabo de releer estas líneas, y me pregunto si usted me entenderá, porque me he

explicado muy mal. No crea que censuro el arrepentimiento que usted tiene de sus

faltas y sus deseos de expiarlas. En absoluto, ¡estoy muy lejos de hacerlo! Pero

mire, ahora que somos dos, el trabajo se hará más rápidamente (y a mí, a mi estilo,

me cundirá más el trabajo que a usted); por eso espero que algún día Jesús lo hará

caminar por el mismo camino que a mí6.

Perdón, querido hermanito, no sé lo que me pasa hoy, pues realmente digo lo que

no quisiera decir. No me queda ya sitio para contestar a su [2vºtv] carta. Lo haré en

otra ocasión. Gracias por las fechas. Ya he festejado sus 23 años7. Ruego por sus

queridos padres, a los que Dios se llevó ya de este mundo, y no olvido a la madre a

la que tanto ama8.

Su indigna hermanita,


 

 

 

T. del Niño Jesús de la Santa Faz

rel. carm. ind.

 

NOTAS Cta 247

1 El 7 de junio, lunes de Pentecostés, el abate Bellière escribía a Teresa: «Ayer, mi

muy querida hermana, a la misma hora en que el Espíritu Santo descendía sobre los

apóstoles con su luz y con su fuerza, recibía yo sus órdenes de labios de mi

Director. Dicho de otra manera, recibía una confirmación casi decisiva de mi

vocación y escuchaba esto: Usted tiene una vocación seria, en la que yo creo

firmemente y en la cual Dios manifiesta de manera singular su Providencia. Por

mil ocasiones de perderse, Dios le ha concedido diez mil de salvarse. Es más, él

quiere que sea misionero. El camino está abierto, vaya.

«Y voy a partir, querida hermanita. Pasaré estas vacaciones con mi familia, y el 1

de octubre llegaré a Argel para hacer el noviciado en Maison-Carrée con los Padres

Blancos. (...) Si más tarde me ocurre sentir desmayo o desaliento, (...) sabré,

hermana, que usted está cerca de mí con su caridad fraternal, y no será ése el

menor sostén de mi pobre alma. Usted me ha prometido que, incluso después del

destierro, estará a mi lado, y no tengo miedo.

«Adoremos a Dios, hermana mía, ayúdeme a darle gracias. Yo menos que nadie,

créame, merecía este honor, en el que no puedo pensar si no es temblando, y este

amor de Dios me asusta un poco. Sin embargo, quiero que venza la confianza y

entregarme sin reservas, que, por otra parte, es lo que me han pedido. El Padre me

ha dicho: Tiene que entregarse enteramente a Dios, que se lo pide todo. Usted no

puede estar a su servicio sólo a medias; o es un buen sacerdote, o no es nada. Estos

son también mis sentimientos y quiero darme sin cálculos (...)

«Usted me decía no hace mucho: «Siento que nuestras almas fueron hechas para

comprenderse». También a mí me lo parece, y, como soy un poco supersticioso

respecto a la Providencia, no puedo dejar de establecer algunas semejanzas (pero

también ¡cuántas diferencias!).

«Permítame transmitirle algunas con toda sencillez. Unos mismos deseos: almas,

apostolado... -usted es ante todo un apóstol, creo yo-. Esa necesidad de entrega a

una causa santa. (...)

«Siendo aún muy joven, usted, querida hermanita, se vio privada de las caricias de

una madre. Pues ya ve, yo no llegué a conocer a la mía; es más, ella murió por

causa mía. Hasta los 10 ó los 11 años yo ignoraba esta desgracia, pues estaba

recibiendo de una tía el afecto y las caricias que yo creía eran caricias de una

madre, tan dulces y bienhechoras eran para mí. Por eso siempre llamé «madre» a

esta hermana de mi madre, y mi corazón sufrirá [al separarme de ella] tanto como

hubiese sufrido si me despidiese de mi madre para ir al lejano apostolado. (...)

«No me sorprendería que tuviésemos también las mismas devociones. A mí me ha

convertido el Sagrado Corazón, después de muchas necedades y cobardías. Los

años más hermosos de la vida, los que más ama Jesús, yo los he despilfarrado,

sacrificando al mundo y a sus locuras los «talentos» que Dios me había prestado.

Pero la Santísima Virgen, Nuestra Señora de la Liberación, a la que usted


 

 

 

seguramente conoce, me ha ayudado también mucho. San José me ha recibido en

su guardia de honor. Y espero mucho de la amistad de los santos Pablo, Agustín,

Mauricio, Luis Gonzaga, Francisco Javier, y de las santas Juana de Arco, Celina e

Inés (a quienes usted ha cantado), Genoveva, que era una valiente y cuya fiesta

está enmarcada entre su nacimiento de usted y su bautismo (3 de enero), Teresa,

sobre todo desde que sé que es la santa patrona de mi querida hermanita, María

Magdalena, la pecadora a la que Jesús llegó a amar tanto. (...)

«¡Cómo debo de aburrirla y distraerla, mi valiente y querida hermanita, con toda

esta palabrería en la que me parece que hablo de mí más de la cuenta! Perdóneme.

La verdad, se lo aseguro, es que soy un miserable, y gracias a que usted está ahí

Dios me sigue amando todavía. Estoy seguro de que se lo recompensará, y así se lo

pido ardientemente.

«Mi muy querida y genial hermanita, yo seré para siempre su agradecido, aunque

indigno hermano,

M. Barthélemy Bellière

«No tenga miedo, hermana mía, estoy demasiado celoso de la gracia de Dios que

me concede el favor de sus cartas, para que ningún profano penetre en su secreto»

(LC 186, 7/6/1897).

2 El 29 de mayo de 1887; cf Ms A 50rº.

3 Tema fundamental del Ms A, que se retoma al principio del Ms C, en curso de

redacción.

4 Cf Ms C 36vº.

5 Cf CA 11.7.6 y CG p. 1022+g.

6 El 15 de julio, el abate Bellière escribía a este respecto: «¿Sabe que me abre

horizontes nuevos? En su última carta, especialmente, encuentro una serie de

reflexiones sobre la misericordia de Jesús, sobre la familiaridad a que él nos invita,

sobre la sencillez en las relaciones del alma con nuestro gran Dios, que hasta el

presente no me habían conmovido mayormente, sin duda porque nadie me las

había presentado con esa sencillez y esa unción que su corazón prodiga. Y pienso

como usted. Pero yo sólo llego imperfectamente a esa sencillez exquisita que me

parece asombrosa, porque soy un pobre orgulloso y me apoyo todavía demasiado

en las cosas creadas.

«No, querida hermanita, no se ha explicado mal, tiene toda la razón. He

comprendido bien sus ideas. Y como usted dice tan bien y tan acertadamente, ya

que en la práctica somos dos, me fío enteramente de Nuestro Señor y de usted, que

es el camino más seguro. Todo lo que me dice lo considero como proveniente del

mismo Jesús, tengo plena confianza en usted y me acomodo a su estilo, que

quisiera hacer mío» (LC 188, 15/7/1897).

7 El 10 de junio.

8 Su tía, la señora Barthélemy.

 

 

 

Cta 248 A Leonia


 

 

 

Finales de junio (?) de 1897

J.M.J.T.

Mi querida Leonia:

Me emocionó a más no poder tu rapidez en complacerme. Te lo agradezco de todo

corazón y estoy encantada de la colcha que me has hecho. Es exactamente como yo

la quería...

Mañana ofreceré por ti la comunión...

Te quiero y te abrazo. Tu hermanita,

Teresa del Niño Jesús

rel. carm. ind.

 

 

Cta 249 A sor María de la Trinidad1

 

(Fragmentos)

Mediados de julio (?) de 1897

J.M.J.T.

Querida hermanita:

No quiero que estés triste. Sabes bien qué perfección sueño yo para tu alma,

(...)

Compadezco tu debilidad (...), contigo hay que decir enseguida lo que se piensa.

(...)

enfermería, debería haberte hecho comprender que te sería más difícil conseguir

permiso para venir después de Maitines

(...)

el demonio se aleja

Ahora no me

(...)

comprendido tu lucha y te habría consolado bondadosamente si no lo hubieses

dicho en voz alta, sino que

(...)

Adiós, pobre m.2, a quien tendré que llevar muy pronto al cielo. Quiero tenerlo

todo entero

 

NOTAS Cta 249

1 Un día -cuenta la interesada- en que ya no podía más de pena y de luchas porque

me tenían alejada de ella (de Teresa) como si fuese una extraña, fui a la enfermería

y desahogué mis quejas delante de una de sus hermanas (...). Mi amarga queja

apenó a la Sierva de Dios, que me despidió reprochándome severamente mi falta

de virtud. ¡Por la noche, me hizo llegar este billete! (Cf CG p. 1024).

2 «Muñeca»; cf Cta 136, nota 2.


 

 

 

Cta 250 A sor María de San José

 

Julio (?) de 1897

J.M.J.T.

Espero que sor Genoveva te haya consolado1. El pensamiento de que ya no estás

triste hace desaparecer mi tristeza... ¡Y que felices seremos en el cielo! Allí

participaremos de las perfecciones divinas y podremos dar a todo el mundo sin

vernos obligados a dejar sin nada a nuestros amigos más queridos...

Dios ha [vº] hecho bien en no darnos este poder en la tierra, pues quizás no

hubiéramos querido abandonarla. Y además, ¡nos hace tanto bien reconocer que

sólo él es perfecto, que sólo él debe bastarnos cuando quita la rama que sostiene al

pajarillo! ¡El pájaro tiene alas, está hecho para volar2!

 

NOTAS Cta 250

1 Seguramente, de no poder entrar en la enfermería, ¿de la que sor Genoveva era la

«guardiana»?

2 La rama es evidentemente Teresa, y el pájaro sor María de San José. Esta sufrirá

por tener que conformarse con raras y silenciosas visitas a la enfermería. Cf UC p.

479.

 

 

 

Cta 251 A sor Marta de Jesús

 

Junio-julio (?) de 1897

J.M.J.T.

La pequeña esposa de Jesús no tiene que estar triste, pues Jesús lo estaría también.

Debe cantar siempre en su corazón el cántico del amor. Tiene que olvidar sus

pequeñas penas para consolar las grandes penas de su Esposo...

Hermanita querida, no seas una chiquilla triste pensando ver que no te

comprenden, que te juzgan mal, que te olvidan, sino ríete de todo el mundo

procurando actuar como las demás [vº], o, mejor, tratándote a ti misma como

[dices que] te tratan las demás, es decir, olvidándote de todo lo que no es Jesús y

olvidándoTE a ti misma por su amor...

Hermanita querida, no me digas que eso es difícil. Si te hablo así, la culpa es tuya:

me has dicho que amas mucho a Jesús, y al alma que ama nada le parece

imposible1...

Puedes estar segura de que tu billetito me ha agradado mucho2...

 

NOTAS Cta 251

1 Cf Im III,5.4.

2 Cf CA 15.6.2 y 8.7.6.


 

 

 

Cta 252 A la madre Inés de Jesús

 

13 de julio de 1897

Te quiero mucho, mamaíta, ¡pronto lo verás! ¡Sí, sí...!

 

 

Cta 253 Al abate Bellière1

 

J.M.J.T.

Jesús + 13 de julio de 1897

Querido hermanito:

Cuando lea estas letras, quizás yo no esté ya en la tierra, sino en el seno de las

delicias eternas. No conozco el futuro, pero puedo decirle con seguridad que el

Esposo está a la puerta. Se necesitaría un milagro para retenerme en el destierro, y

no creo que Jesús haga ese milagro inútil.

Querido hermanito, ¡qué contenta estoy de morir! Sí, estoy contenta, no por verme

libre de los sufrimientos de aquí abajo (al contrario, el sufrimiento unido al amor es

lo único que me parece deseable en este valle de lágrimas). [1vº] Estoy contenta de

morir porque veo que ésa es la voluntad de Dios y porque seré mucho más útil que

aquí abajo a las almas que amo, y muy especialmente a la suya.

En su última carta a nuestra Madre me pedía que le escribiese a menudo durante

las vacaciones. Si el Señor quiere prolongar todavía algunas semanas más mi

peregrinación y nuestra Madre lo permite, podría garabatearle aún algunas palabras

como éstas. Pero lo más probable es que haga algo más que escribirle a mi querido

hermanito, incluso más que hablarle el lenguaje fastidioso de la tierra: estaré muy

cerca de él, veré todo lo que [2rº] necesita y no dejaré en paz a Dios hasta que me

conceda todo lo que quiero... Cuando mi hermanito querido parta para Africa, yo le

seguiré, y no ya con el pensamiento o con la oración: mi alma estará siempre con

él, y su fe le hará descubrir la presencia de una hermanita que Jesús le dio, no para

que le sirviera de apoyo durante apenas dos años, sino hasta el último día de su

vida.

Todas estas promesas, hermano, tal vez puedan parecerle un tanto quiméricas; sin

embargo, debe empezar a saber que Dios siempre me ha tratado como a una niña

mimada. Es verdad que su cruz me ha acompañado desde la cuna, [2vº] pero Jesús

me ha hecho amar apasionadamente esa cruz y me ha hecho siempre desear lo que

él quería darme2. ¿Va a empezar entonces en el cielo a no colmar ya mis deseos?

La verdad, no puedo creerlo, y le digo: «Pronto, hermanito, estaré cerca de usted".

Se lo suplico, pida mucho por mí, ¡necesito tanto las oraciones en este momento!

Pero sobre todo, pida por nuestra Madre; ella quisiera retenerme todavía mucho

tiempo aquí abajo, y para conseguirlo esta venerada Madre ha mandado decir un

novenario de Misas a Nuestra Señora de las Victorias que ya me curó en la niñez;

pero yo, sabiendo que el milagro no se realizará, he pedido y alcanzado de la

Santísima Virgen que ella consuele un poco el corazón de mi Madre, o, mejor, que

le haga consentir en que Jesús me lleve al cielo.


 

 

 

[2rtv] Hasta Dios, hermanito, hasta pronto, hasta que volvamos a vernos en el

hermoso cielo.

T. del Niño Jesús y de la Santa Faz

rel. carm.

 

NOTAS Cta 253

1 Esta carta retoma varias ideas del billete de despedida del 9 de junio (Cta 244),

que no fue enviado.

2 Cf CA 13.7.15, frase idéntica a la de ese día, y Ms C 31rº; cf UC p. 400.

 

 

 

Cta 254 Al P. Roulland

 

J.M.J.T.

Carmelo de Lisieux

14 de julio de 1897

Jesús +

Hermano:

Me dice en su última carta (que me ha gustado mucho): «Soy como un bebé que

está aprendiendo a hablar"1. Pues bien, desde hace cinco o seis semanas, también

yo soy como un bebé, pues sólo vivo de leche2, pero pronto iré a sentarme en el

banquete celestial, pronto iré a apagar mi sed en las aguas de la vida eterna. Para

cuando usted reciba esta carta, seguramente yo habré dejado ya la tierra. El Señor,

en su infinita misericordia, me habrá abierto ya su reino y podré disponer de sus

tesoros para prodigarlos a las almas que amo.

Puede estar seguro, hermano, de que su hermanita mantendrá sus promesas, y que

su alma, libre ya del peso de su envoltura mortal, volará feliz hacia las lejanas

regiones que usted está evangelizando. Lo sé, hermano mío: le voy a ser mucho

más útil en el cielo que en la tierra; por eso vengo, feliz, a anunciarle mi ya

próxima entrada en esa bienaventurada ciudad, segura de que usted compartirá mi

alegría y dará gracias al Señor por darme los medios de ayudarlo a usted más

eficazmente en sus tareas apostólicas.

Tengo la confianza de que no voy a estar inactiva en el cielo. Mi deseo es seguir

trabajando por la Iglesia y por las almas. Así se lo pido a Dios, y estoy segura de

que me va a escuchar. ¿No están los ángeles continuamente ocupados de nosotros,

sin dejar nunca de contemplar el rostro de Dios y de abismarse en el océano sin

orillas del amor3? ¿Por qué no me va a permitir Jesús a mí imitarlos?

Ya ve, hermano, que si abandono el campo de batalla, no es con el deseo egoísta de

irme a descansar. El pensamiento de la felicidad eterna apenas si hace estremecerse

a mi corazón: desde hace mucho tiempo, el sufrimiento se ha convertido en mi

cielo aquí en la tierra, y realmente me cuesta entender cómo voy a poder

aclimatarme a un país en el que reina la alegría sin mezcla alguna de tristeza. Será

necesario que Jesús transforme mi alma y le dé capacidad para gozar; de lo

contrario, no podré soportar las delicias eternas.


 

 

 

Lo que me atrae hacia la patria del cielo, es la llamada del Señor, es la esperanza

de poder amarle al fin tanto como he deseado, y el pensamiento de que podré

hacerle amar por una multitud de almas que lo bendecirán eternamente.

Hermano mío, ya no va a tener tiempo para hacerme sus encargos para el cielo,

pero los adivino. Además, sólo tiene que decírmelos muy bajito, y yo le escucharé

y llevaré fielmente sus mensajes al Señor, a nuestra Madre Inmaculada, a los

ángeles y a los santos que usted ama. Yo pediré para usted la palma del martirio y

estaré cerca de usted sosteniéndole la mano para que pueda recoger sin esfuerzo

esa palma gloriosa, y luego volaremos juntos jubilosos a la patria celestial,

rodeados de todas las almas que usted ha conquistado.

Adiós, hermano, rece mucho por su hermanita, rece por nuestra Madre, a cuyo

corazón sensible y maternal le cuesta tanto aceptar mi partida. Cuento con usted

para consolarla.

Soy, para toda la eternidad, su hermanita

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

rel. carm. ind.

 

NOTAS Cta 254

1 «Aquí estoy como un bebé, sin saber hablar y aprendiendo la lengua en una

familia cristiana», escribía el P. Roulland a Teresa (LC 178, 29/4/1897).

2 Desde la semana de Pentecostés Teresa sigue un régimen lácteo.

3 Cf ARMINJON, op. cit., p. 302 y CA 17.7.

 

 

 

Cta 255 A los señores Guérin

 

J.M.J.T.

Jesús 16 de julio de 1897

Mis queridos tíos:

Me siento enormemente feliz de poder demostrarles que su Teresita no ha

abandonado todavía el destierro, pues sé que esto les llenará de alegría. Sin

embargo, creo, queridos familiares, que su alegría será todavía mucho mayor

cuando, en vez de leer unas pocas líneas trazadas con mano temblorosa, sientan mi

alma cerca de la suya.

Sí, estoy segura de que Dios me permitirá derramar a manos llenas sus gracias

sobre ustedes y sobre mi hermanita Juana y su Francis. Escogeré para ellos el

querubín más hermoso del cielo [1vº] y pediré a Jesús que se lo regale a Juana para

que llegue a ser «un gran pontífice y un gran santo"1. Si no soy escuchada, mi

querida hermanita tendrá realmente que renunciar al deseo de ser madre aquí en la

tierra, pero podrá alegrarse pensando que en el cielo «el Señor le dará el gozo de

ver que es madre de muchos hijos"2, como lo prometió el Espíritu Santo al cantar

por boca del rey profeta esas palabras que acabo de escribir. Esos hijos serán las

almas que su sacrificio, aceptado con entereza, hará nacer a la vida de la gracia;

pero confío que le podré alcanzar mi querubín, es decir, un alma que sea su copia


 

 

 

fiel, pues un querubín no va a querer desterrarse ni siquiera para recibir las dulces

caricias de una madre...

Me doy cuenta de que no voy a tener espacio en esta carta para decir todo lo que

quisiera. [2rº] Quería, queridos tíos, contarles detalladamente mi comunión de esta

mañana3, que ustedes hicieron que fuese tan emocionante, o, mejor dicho, tan

triunfante, con sus ramos de flores. Dejo que mi querida hermanita sor M. de la

Eucaristía les cuente los detalles, y sólo quiero decirles que ella cantó antes de la

comunión una coplilla que yo había compuesto para esta mañana4. Cuando Jesús

estuvo en mi corazón, volvió a cantar esta estrofa de «Vivir de amor": ¡Morir de

amor, dulcísimo martirio! No acierto a decirles lo digna y hermosa que era su voz.

Me había prometido no llorar por complacerme, y mis esperanzas se vieron

rebasadas. Jesús debió escuchar y comprender perfectamente lo que espero de él, y

eso era justamente lo yo que quería...

[2vº] Ya sé que mis hermanas les han hablado de mi alegría. Es verdad que soy

como un pinzón, excepto cuando tengo fiebre; por suerte, la fiebre sólo viene a

visitarme al anochecer, a la hora en que los pinzones duermen, con la cabeza

escondida bajo el ala. No estaría tan alegre como estoy si Dios no me enseñase que

la única alegría posible en la tierra es cumplir su voluntad. Un día creo estar a las

puertas del cielo, al ver el aire consternado del Sr. de Cornière, y al día siguiente se

va muy contento, diciendo: Estás en vías de curación... Lo que pienso yo (pobre

niñito de leche5) es que no me curaré, pero que podría ir tirando así todavía mucho

tiempo.

Hasta Dios, queridos tíos, sólo en el cielo podré expresarles todo mi cariño;

mientras vaya tirando, mi lápiz será incapaz de hacerlo.

Su hijita,

T. del Niño Jesús

r.c.i.

 

NOTAS Cta 255

1 Cf Cta 152, nota 2.

2 Cf Cta 178, nota 6.

3 Cf CA 15.7.3 y UC p. 631.

4 «Tú que conoces mi infinita nada» (PS ; UC p. 398.

5 Cf Cta 254, nota 2.

 

 

 

Cta 256 A sor Marta de Jesús

 

16 (?) de julio de 1897

J.M.J.T.

Querida hermanita:

En este momento me acuerdo de que no te he felicitado el cumpleaños1. Créeme

que este olvido me parte el corazón, tenía mucha ilusión por hacerlo: quería


 

 

 

regalarte la oración sobre la humildad2. Aún no he terminado de copiarla, pero

pronto la tendrás.

Tu gemela3, que no puede dormirse sin [vº] enviarte este billete,

Teresa del Niño Jesús

rel. carm. ind.

 

NOTAS Cta 256

1 Ese día 16 de julio sor Marta cumplía treinta y dos años.

2 «Oración para obtener la humildad», compuesta por Teresa (Or 20).

3 Teresa y Marta son casi gemelas de profesión, con una diferencia de apenas

quince días: 8 y 23 de septiembre de 1890.

 

 

 

Cta 257 A Leonia

 

J.M.J.T.

Jesús + 17 de julio de 1897

Querida Leonia:

Me siento feliz de poder conversar contigo una vez más. Hace unos días no

pensaba volver a tener ya este consuelo en la tierra, pero parece que Dios quiere

prolongar un poco más mi destierro. No me aflijo por ello, pues no quisiera entrar

en el cielo ni un minuto antes por mi propia voluntad. La única felicidad que hay

en la tierra es esforzarnos por encontrar siempre deliciosa la porción que Jesús nos

ofrece, y la tuya es muy bella, querida [vº] hermanita: si quieres ser santa, a ti te

resultará muy fácil, pues en lo hondo de tu corazón el mundo no es nada para ti. Tú

puedes, por tanto, igual que nosotras, ocuparte de «la única cosa necesaria", es

decir, que, aun entregándote con entusiasmo a las obras exteriores, tu único

objetivo sea: agradar a Jesús y unirte más íntimamente a él.

Quieres que en el cielo ruegue por ti al Sagrado Corazón. Puedes estar segura de

que no me olvidaré de darle tus encargos y de pedirle encarecidamente todo lo que

necesites para llegar a ser una gran santa.

Hasta Dios, hermana querida. Yo quisiera que el pensamiento de mi entrada en el

cielo te llenase de alegría, ya que allí podré amarte todavía más.

Tu hermanita,

T. del Niño Jesús

[vºtv] Ya te escribiré más despacio otra vez, ahora no puedo, pues el bebé necesita

irse a dormir1.

 

NOTAS Cta 257

1 Cf CG p. 1037+c.

 

 

 

Cta 258 Al abate Bellière


 

 

 

18 de julio de 1897

Jesús +

Mi pobre y querido hermanito:

Su dolor me llega al alma1, pero mire qué bueno es Jesús, que permite que pueda

volver a escribirle para tratar de consolarle, y seguro que no será la última vez.

Nuestro buen Salvador escucha sus quejas y sus oraciones, y por eso me deja

todavía en la tierra. No crea que me aflijo por ello. No, querido hermanito; al

contrario, pues en esta forma de obrar de Jesús veo cuánto le quiere a usted...

No cabe duda que me he explicado mal en mi última cartita, ya que me dice,

queridísimo hermanito, que «no le pida esa alegría que yo siento al acercarse la

Felicidad". Si por unos instantes pudiera usted leer en mi alma, ¡qué sorprendido

quedaría2! El pensamiento de la felicidad del cielo no sólo no me produce ninguna

alegría, sino que a veces incluso me pregunto cómo voy a poder ser feliz sin sufrir.

Jesús, sin duda, cambiará mi naturaleza; de lo contrario, echaré de menos el

sufrimiento y este valle de lágrimas. Nunca he pedido a Dios morir joven, [1vº] me

habría parecido cobardía; pero él ha querido darme, desde mi más tierna infancia,

la íntima convicción de que mi carrera aquí abajo sería corta. Así pues, lo único

que constituye toda mi alegría es el pensamiento de hacer la voluntad de Dios.

Querido hermanito, ¡cómo me gustaría verter en su alma el bálsamo del consuelo!

Pero lo único que puedo es hacer mías las palabras de Jesús en la última cena. No

creo que se ofenda, pues soy su esposa y, por consiguiente, sus bienes son míos3.

Le digo, pues, como él decía a sus íntimos: «Me voy a mi Padre. Pero por haberos

dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, lo que os digo es la

verdad: os conviene que yo me vaya. Vosotros ahora sentís tristeza, pero volveré a

veros, y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría".

Sí, estoy segura: después de mi entrada en la vida, la tristeza de mi querido

hermanito se cambiará en una alegría serena que ninguna criatura podrá

arrebatarle.

Estoy segura: tenemos que ir al cielo por el mismo camino, por el del sufrimiento

unido al amor. Cuando llegue a puerto, querido hermanito de mi alma, le enseñaré

cómo navegar por el mar tempestuoso del mundo con el abandono y el amor de un

niño que sabe que su Padre lo ama [2rº] y no puede dejarlo solo en la hora del

peligro.

¡Cómo me gustaría hacerle comprender la ternura del Corazón de Jesús y lo que él

espera de usted! Su carta del día 144 hizo que mi corazón se estremeciera de

alegría: comprendí mejor que nunca hasta qué punto nuestras almas son gemelas,

pues también la suya está llamada a elevarse hacia Dios por el ASCENSOR del

amor, en vez de tener que subir la dura escalera del temor... No me extraña en

absoluto que el trato familiar con Jesús le parezca algo difícil de realizar, no se

puede llegar a ello en un día; pero estoy segura de que le ayudaré mucho más a

caminar por este camino deleitoso cuando me vea liberada de mi envoltura mortal,

y que pronto podrá decir con san Agustín: «El amor es el peso que me arrastra5".

Quisiera tratar de hacerle comprender con una comparación muy sencilla6 cómo

ama Jesús a las almas que confían en él, aun cuando sean imperfectas.


 

 

 

Supongamos que un padre tiene dos hijos traviesos y desobedientes, y que, al ir a

castigarlos, ve que uno de ellos se echa a temblar y se aleja de él aterrorizado,

llevando en el corazón el sentimiento de que merece ser castigado; y que su

hermano, por el contrario, se arroja en los brazos de su padre diciendo que lamenta

haberlo disgustado, que lo quiere y que, para demostrárselo, será bueno en

adelante; si, además, este hijo pide a su padre [2vº] que lo castigue con un beso, yo

no creo que el corazón de ese padre afortunado pueda resistirse a la confianza filial

de su hijo, cuya sinceridad y amor conoce. Sin embargo, no ignora que su hijo

volverá a caer más de una vez en las mismas faltas, pero está dispuesto a

perdonarle siempre si su hijo le vuelve a ganar una y otra vez por el corazón...

Sobre el primer hijo, querido hermanito, no le digo nada, usted mismo

comprenderá si su padre podrá amarle tanto y tratarle con la misma indulgencia

que al otro...

¿Pero por qué hablarle de la vida de confianza y de amor? Me explico tan mal, que

tendré que esperar al cielo para hablarle de esta vida tan feliz. Lo que yo quería

hoy hacer era consolarlo. ¡Qué feliz me sentiría si usted aceptase mi muerte como

la acepta la madre Inés de Jesús! Usted seguramente no sabe que ella es dos veces

mi hermana y que es quien me hizo de madre en mi niñez. Nuestra Madre temía

mucho que su temperamento sensible y el gran cariño que me tiene le hiciesen muy

amarga mi partida. Ha ocurrido lo contrario: habla de mi muerte como de una

fiesta, y eso es un gran consuelo para mí. Por favor, querido hermanito, trate de

convencerse, como ella, de que, en vez de perderme, me va a encontrar y de que

ya nunca lo abandonaré. Y pida esta misma gracia para la Madre, a quien usted

ama y a quien yo amo aún más que usted, pues es mi Jesús visible.

Le daría gustosa lo que me pide7 si no hubiese hecho voto de pobreza; pero, por

haberlo hecho, no puedo disponer ni siquiera de una estampa. La única que puede

complacerle es nuestra Madre, y sé que ella [2vºtv] cumplirá sus deseos.

Precisamente en vista de la proximidad de mi muerte, una hermana me ha hecho

una fotografía el día del santo de [1vºtv] nuestra Madre. Las novicias, al verme,

exclamaron que había adoptado un aire solemne8, por lo visto ordinariamente estoy

más sonriente. Pero, créame, hermanito, que si mi foto no le sonríe, mi [2rºtv] alma

no cesará de sonreírle cuando esté cerca de usted.

Hasta Dios, mi querido y muy amado hermano. Esté seguro de que por toda la

eternidad seré su verdadera hermanita,

T. del Niño Jesús

r.c.i.

 

NOTAS Cta 258

1 Tras recibir la carta 253 y otra carta «desolada» de la madre María de Gonzaga,

el abate Bellière escribía a esta última: «¡Vaya!, estoy llorando como cuando nos

golpea una gran desgracia» (17/7/1897). Y dirigía a Teresa esta carta llena de

dolor: «¡Pobre hermanita mía, qué golpe para mi pobre corazón! ¡Estaba tan poco

preparado para eso! No le pida la alegría que usted siente al acercarse la Felicidad:

sigue atado a su pesada cadena y remachado fuertemente a su cruz. Usted va a


 

 

 

partir, querida hermanita, y él se queda solo una vez más. Sin madre, sin familia, se

había concentrado en la caridad de su hermana, había convertido en dulce

costumbre esa santa intimidad, era feliz (sí, muy feliz) al sentir cerca de sí esa

mano amiga que lo consolaba, lo fortalecía o lo levantaba. Avanzaba sonriente por

el camino de la cruz porque ya no se sentía solo. Era feliz y esperaba con

impaciencia el momento de lanzarse al desierto, porque tenía la confianza de que

iba a ser apoyado. El único afecto terreno que le quedaba lo iba a romper, contando

para compensarlo con el que Jesús le había brindado en la persona de un ángel de

la tierra. Y he aquí que Jesús le quita este bien en el momento en que más parecía

desearlo. ¡Qué duro es esto y qué penoso para un alma mal afianzada en Dios! Sin

embargo, ¡fiat! ¡fiat!, ya que usted, hermana, va a ser feliz para siempre. Sí, es

justo, y yo soy un egoísta. Parta, hermanita, no haga esperar más a Jesús, que está

impaciente por llevársela. Déjeme a mí batallar, llevar la cruz, caer bajo su peso y

morirme de pena. Usted, sin embargo, estará allí a mi lado, me lo ha prometido y

cuento con ello; ésta es mi última esperanza para el presente y para el porvenir.

Usted estará conmigo, cerca de mí; su alma guiará la mía, le hablará y la consolará,

a menos que Jesús, enfadado por mis quejas, no lo quiera así. Pero usted,

hermanita, su niña mimada, convertida en su esposa y reina con él, ganará mi causa

y me atraerá hacia él en el último día, usted sabrá por qué camino, por el más

rápido, el martirio, si él lo quiere. - A pesar de todo, doy gracias al Maestro: con

esta nueva lección, él me enseña a desapegarme de todo lo que es pasajero y a no

poner los ojos más que en él.

«Parta, pues, querida hermanita de Dios, y hermanita mía también. Dígale a Jesús

que yo quisiera amarle, mucho, con todo mi ser. Enséñeme a amarle como usted.

Dígale a María que la quiero con toda el alma. A mis santos, a los que usted ya

conoce, dígales también mi amor. Y usted, que va a convertirse en mi santa

predilecta, usted, hermanita mía, ¡bendígame y sálveme (...)!» (LC 189,

17/7/1897).

2 La prueba de la fe, que Teresa padece desde hace quince meses, no afloja: «Todo

carga sobre el cielo» (CA 3.7.3).

3 Cf Ms C 34vº.

4 Del 15 de julio en realidad; véase Cta 247, nota 6.

5 SAN AGUSTÍN, Confesiones, 13, 9.

6 Cf Cta 191.

7 El abate Bellière escribía también a Teresa el 17 de julio: «Déjeme, por favor,

alguna cosa suya, el crucifijo, si quiere» (LC 189).

8 Visage de Thérèse de Lisieux, nº 43, foto tercera del 7 de junio. Teresa se

enderezó para dominar su agotamiento; cf Cta 243, nota 1.

 


 
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