Sta. Teresita de Lisieux

Cartas 221 a 235

Cta 221 Al P. Roulland

 

Jesús + 19 de marzo de 1897

Querido hermano:

Nuestra madre acaba de entregarme sus cartas, no obstante estar en cuaresma

(tiempo durante el cual no se escribe en el Carmelo). Y me ha dado permiso para

contestarle hoy, pues mucho nos tememos que nuestra carta de noviembre haya ido

a visitar las profundidades del río Azul. Las de usted, fechadas en septiembre,

hicieron una feliz travesía y vinieron a alegrar a su Madre y a su hermanita en la

fiesta de Todos los Santos. La del 20 de enero nos llegó bajo la protección de san

José. Y ya que usted sigue mi ejemplo escribiéndome en todas las líneas, no quiero

perder yo esta buena costumbre, que, no obstante, hace que mi mala letra sea

todavía más difícil de descifrar...


 

 

 

¡Ay, cuándo llegará el día en que no tengamos ya necesidad de tinta ni de papel

para comunicarnos nuestros pensamientos...! Usted, hermano, a punto estuvo de ir

a visitar ese país encantado donde es posible hacerse comprender sin escribir e

incluso sin hablar1; doy gracias a Dios con toda el alma por haberle dejado en el

campo de batalla para que pueda ganar para él numerosas victorias. Ya sus

sufrimientos han salvado muchas almas. San Juan de la Cruz dijo: "Es más

precioso (...) un [1vº] poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia,

(...) que todas esas otras obras juntas"2. Si eso es así, ¡cuán provechosos para la

Iglesia han de ser sus sufrimientos y sus pruebas, dado que sólo por amor a Jesús

usted los sufre con alegría!

Verdaderamente, hermano, no puedo compadecerlo, pues se cumplen en usted

estas palabras de la Imitación de Cristo: "Cuando el sufrimiento te parezca dulce y

lo ames por amor a Jesucristo, habrás hallado el paraíso en la tierra"3. Este paraíso

es, en verdad, el del misionero y el de la carmelita. La alegría que los mundanos

buscan en medio de los placeres no es más que una sombra fugitiva; pero nuestra

alegría, la que buscamos y saboreamos en los trabajos y en los sufrimientos, es una

realidad extremadamente dulce, un disfrute anticipado de la felicidad del cielo.

Su carta, toda ella impregnada de santa alegría, se me ha hecho muy interesante.

Siguiendo su ejemplo, me reí de buena gana a costa de su cocinero, al que veo

desfondando su olla... También su tarjeta de visita4 me ha divertido mucho; no sé

ni siquiera de qué lado volverla, me parezco a un niño que quiere leer un libro

poniéndolo al revés.

Pero volviendo a su cocinero, ¿creerá que en Carmelo también nosotras tenemos a

veces aventuras divertidas? El Carmelo, al igual que el Su-Tchuen, es un país

extraño al mundo, donde uno pierde sus costumbres más primitivas. Lo voy a

poner un ejemplo. Una persona caritativa nos regaló hace poco una pequeña

langosta bien atada en una cesta. Seguramente hacía mucho tiempo que no se

había visto en el monasterio semejante maravilla. Sin embargo, nuestra buena

hermana cocinera se acordó de que había que poner en agua al animalito para

cocerlo. Y así lo hizo, lamentando tener que someter a tamaña crueldad a una

inocente criatura. La inocente criatura parecía dormida y [2rº] y se dejaba manejar

a capricho; pero en cuanto sintió el calor, su dulzura se cambió en furia y,

consciente de su inocencia, no pidió permiso a nadie para saltar en mitad de la

cocina, pues su caritativo verdugo no había puesto la tapa a la olla. La pobre

hermana se arma enseguida de unas tenazas y corre tras la langosta que da saltos

desesperados. La lucha continúa por mucho tiempo, hasta que la cocinera, cansada

de luchar y todavía armada de sus tenazas, se va toda desconsolada a buscar a

nuestra Madre y le declara que la langosta está endemoniada. Su aspecto era aún

más elocuente que sus palabras (¡pobre criaturilla -parecía decir-, tan dulce y tan

inocente hace un momento, y ahora endemoniada! ¡Verdaderamente, no hay que

creer en los cumplidos de las criaturas!). Nuestra Madre no pudo menos de echarse

a reír al escuchar las declaraciones del severo juez que pedía justicia, se dirigió

inmediatamente a la cocina, cogió la langosta -que, al no haber hecho voto de

obediencia, opuso alguna resistencia- y, metiéndola de nuevo en su prisión, se fue,


 

 

 

no sin antes haber cerrado bien la puerta, es decir la tapa. Por la noche, en la

recreación, toda la comunidad rió hasta las lágrimas a cuenta de la langosta

endemoniada, y al día siguiente todas pudimos saborear un bocado. La persona que

quería regalarnos no erró el blanco, pues la famosa langosta, o. mejor dicho, su

historia, nos servirá más de una vez de festín, no ya en el refectorio, pero sí en la

recreación.

Tal vez mi historieta no le parezca a usted muy divertida, pero puedo asegurarle

que, si hubiese asistido al espectáculo, no habría podido conservar su gravedad...

En fin, hermano, si le aburro, le ruego que me perdone. Ahora voy a hablar más en

serio.

Después de su partida, he leído la vida de varios misioneros (en mi carta, que

quizás no haya recibido, le daba las gracias por la vida del P. Nempon). He leído,

[2vº] entre otras, la de Teófano Vénard5, que me interesó y me emocionó mucho

más de lo que pueda decir. Bajo esta impresión, he compuesto algunas estrofas,

totalmente personales; no obstante, se las envío6, pues nuestra Madre me ha dicho

que cree que estos versos le agradarán a mi hermano de Su-Tchuen. La penúltima

estrofa requiere algunas explicaciones: en ella digo que partiría feliz para Tonkín si

Dios se dignase llamarme allá. Tal vez esto le sorprenda, ¿pues no es acaso un

sueño el que una carmelita piense en partir para Tonkín? Pues bien, no, no es un

sueño, y hasta puedo asegurarle que si Jesús no viene pronto a buscarme para el

Carmelo del cielo, algún día partiré para el de Hanoi, pues ahora en esa ciudad hay

un Carmelo, fundado hace poco por el de Saigón. Usted ha visitado hace poco este

último, y sabe bien que en Cochinchina una Orden como la nuestra no puede

sostenerse sin vocaciones francesas; pero, por desgracia, las vocaciones son muy

escasas, y con frecuencia las superioras no quieren dejar partir a las hermanas que

a su entender pueden prestar servicios en la propia comunidad. Así, nuestra Madre,

en su juventud, se vio impedida, por la voluntad de su superior, de ir a ayudar al

Carmelo de Saigón. No soy yo quien deba lamentarlo, antes bien doy gracias a

Dios por haber inspirado tan acertadamente bien a su representante; pero pienso

que los deseos de las madres se realizan a veces en los hijos7, y no me sorprendería

de ir yo a la rivera infiel a orar y a sufrir como nuestra Madre hubiese querido

hacerlo... Hay que confesar, no obstante, que las noticias que nos envían de Tonkín

no son nada tranquilizadoras: a finales del año pasado, entraron unos ladrones en el

pobre monasterio y penetraron en la celda de la priora, que no se despertó, pero a

la mañana siguiente no encontró a su lado el crucifijo (por la noche, el crucifijo de

una carmelita descansa siempre junto a su cabeza, sujeto a la almohada), un

pequeño armario estaba roto y el poco dinero que constituía todo el tesoro material

de la comunidad había desaparecido. Los Carmelos de Francia, [3rº] conmovidos

por la miseria del de Hanoi, se unieron para proporcionarle los medios de levantar

un muro de clausura lo bastante elevado para impedir que los ladrones entren en el

monasterio.

 

NOTAS Cta 221


 

 

 

1 En su carta del 20 de enero, contaba así el P. Roulland su llegada a la misión:

«Como usted lo ha hecho, voy a escribir en todas las líneas para no desperdiciar

papel. Y con el permiso de nuestra Madre, le diré dos palabras nada más sobre mi

querido Su-Tchuen oriental. Llego a las fronteras de esta provincia, recito el Te

Deum y ofrezco a Dios todo lo que soy y lo que tengo; pienso en santa Teresa, que

decía: o padecer, o morir. ¿Por qué han venido estas palabras a mi mente? No tardé

en tener la explicación. Le contaré lo ocurrido, y verá cómo me da la razón. En

cuanto acabé de hacer mi ofrenda, tuve que acostarme. Después de dos días,

bajamos a Kouy-Fou, a casa de un compañero. Mi malestar iba en aumento, así que

llamamos al médico chino, pues europeos aquí no hay más que el Padre. Se me

declara incapaz de continuar el viaje; adiós, pues, a mis compañeros de viaje. Diez

días después se declara la fiebre, una fiebre muy alta, especie de tributo que tengo

que pagar al clima. Me paso diez días delirando, pero, al parecer, lo que dije sólo

fueron cosas de hacer reír. El primer médico me desahucia; viene un segundo

médico, que había sido perseguido por la fe, y me administra una fuerte dosis de

quinina. La fiebre, que, si es continua, suele ser mortal, en mí se hace periódica y

comienza a notarse una mejoría. Hoy estoy ya casi curado. Estos fueron los

hechos. Y ésta es mi conclusión: a la oración de las personas que se preocupan por

mí, y sobre todo a las suyas, debo yo el no haber cantado mi Nunc dimittis al llegar

a mi misión. (...) Le había dicho que el día de Navidad celebraría un Misa a su

intención, y ése día estaba en cama. Cumpliré mi promesa lo antes que pueda» (LC

173).

2 CE 29,2.

3 Im II,12,11; cf CA 29.5.

4 «Tarjeta de visita» escrita en caracteres chinos.

5 Vie et correspondance de J. Théophane Vénard. Esta lectura está en el origen de

una de las «grandes amistades» de Teresa. De ella dimanará un verdadero consuelo

y un motivo de aliento para la carmelita enferma y moribunda; cf CA 21/26.5.1.

6 Poesía A Teófano Vénard (PN 47, 2/2/1897).

7 Cf Ms C 9vº/10rº.

8 SANTA TERESA DE JESÚS, C 3,6.

9 «Usted desea que una de las niñitas que yo bautice se llame María (Ma ly ia)

Teresa (Te le sa). Elija uno de los dos nombres, pues los chinos sólo se ponen uno»

(LC 173). Teresa había expresado este deseo en su carta del 27 ó 28/7/1896, que no

se conserva, cf CG p. 874.

10 Cf Cta 189, n. 4.

 

 

 

Cta 222 A la madre Inés de Jesús

 

19 de marzo de 1897

J.M.J.T.


 

 

 

Gracias, Madrecita. ¡Sí, Jesús te ama y yo también...! El te da pruebas de ello todos

los días, y yo no... Sí, pero cuando yo esté allá arriba, será como si mi bracito se

alargase, y mi Madrecita tendrá noticias de ello.

 

 

 

Cta 222 bis Al señor Guérin

 

3 de abril de 1897

Teresa del Niño Jesús, que es la más pequeña de todas, ¡¡¡pero no la que tiene

menos amor!!!

Eso no es verdad, es la fiebre que tengo todos los días a las 3, hora militar.

Teresita

Nuestro Padre2 desea que Teresa Pougheol entre aquí en plan de prueba.

 

NOTAS Cta 222 bis

1 Teresa puso su firma y esta nota en una carta de sor María de la Eucaristía a su

padre; cf LD en CG p. 967.

2 El canónigo Maupas, superior.

 

 

 

Cta 223 A la madre Inés de Jesús

 

4-5 de abril de 1897

Temo haber hecho sufrir a mi Madrecita1. Sin embargo, ¡la quiero! ¡Sí! Pero no

puedo decirle todo lo que pienso, tendrá que adivinarlo ella.

 

NOTAS Cta 223

1 Desconocemos por qué.

 

 

 

Cta 224 Al abate Bellière

 

J.M.J.T.

25 de abril de 1897

Alleluia

Querido Hermanito1:

Mi pluma, o, más bien, mi corazón se niega a llamarle en adelante «señor abate», y

nuestra Madre me ha dicho que, al escribirle, puedo utilizar el mismo nombre que

empleo cuando le hablo de usted a Jesús. Creo parece que nuestro divino Salvador

se ha dignado unir nuestras almas para trabajar por la salvación de los pecadores,

como unió en otro tiempo la del venerable Padre de la Colombière y la de la beata

Margarita María. Hace poco leía en la vida de esta santa2: «Un día, al acercarme a

Nuestro Señor para recibirle en la sagrada comunión, me mostró su Sagrado

Corazón como una hoguera ardiente, y otros dos corazones (el suyo y el del Padre


 

 

 

de la Colombière) que iban a unirse y a abismarse en él, y me dijo: Así es como mi

amor puro une a estos tres corazones para siempre. Me dio a entender también que

esta unión era toda ella para su gloria, y que, por eso, quería que fuéramos los dos

como hermano y hermana, participantes por igual de los bienes espirituales. Y

como yo le representase al Señor mi pobreza y la desigualdad que había entre un

sacerdote de tan gran virtud y una pobre pecadora como yo, me dijo: [1vº] Las

riquezas infinitas de mi Corazón lo suplirán todo y lo igualarán todo».

Tal vez, hermano mío, la comparación no le parezca acertada. Es verdad que usted

no es aún un Padre de la Colombière, pero no dudo que algún día usted será, como

él, un verdadero apóstol de Cristo. En cuanto a mí, ni siquiera me pasa por el

pensamiento la idea de compararme con la beata Margarita María; simplemente,

me limito a constatar el hecho de que Jesús me ha escogido para ser la hermana de

uno de sus apóstoles, y las palabras que aquella santa amante de su Corazón le

dirigía por humildad se las repito yo con toda verdad. Por eso, espero que sus

riquezas infinitas suplirán todo lo que a mí me falta para llevar a cabo la obra que

me confía.

Me alegro enormemente de que Dios se haya servido de mis pobres versos para

hacerle un poco de provecho. Me hubiera avergonzado de enviárselos si no hubiese

recordado que una hermana no debe ocultar nada a su hermano. Y usted los ha

acogido y juzgado, ciertamente, con un corazón fraternal... Seguramente que se

habrá sorprendido de volver a encontrar «Vivir de amor». No era mi intención

enviársela dos veces. Ya había empezado a copiarla cuando me acordé de que

usted ya la tenía, y era demasiado tarde para volverme atrás.

Querido Hermanito, debo confesarle que en su carta hay algo que me ha apenado,

y es que usted no me conoce como soy en realidad. Es cierto que, para encontrar

almas grandes, hay que venir al Carmelo: al igual que en las selvas vírgenes,

germinan en él flores de un aroma y de un brillo desconocidos para el mundo.

Jesús, en su misericordia, ha querido que, entre esas flores, crezcan otras más

pequeñas. Nunca podré agradecérselo bastante, pues, [2rº] gracias a esa

condescendencia, yo, pobre flor sin brillo alguno, me encuentro en el mismo jardín

que esas rosas, mis hermanas. Por favor, hermano mío, créame: Dios no le ha dado

por hermana a un alma grande, sino a una muy pequeñita e imperfecta.

No crea que sea humildad lo que me impide reconocer los dones de Dios; yo sé

que él ha hecho en mí grandes cosas, y así lo canto, feliz, todos los días3. Recuerdo

con frecuencia que aquel a quien más se le ha perdonado debe amar más; por eso

procuro que mi vida sea un acto de amor, y no me preocupo en absoluto por ser un

alma pequeña, al contrario, me alegro de serlo. Y ése es el motivo por el que me

atrevo a esperar que «mi destierro será breve»4. Pero no es porque esté preparada,

creo que nunca lo estaré si el Señor no se digna, él mismo, transformarme. Él

puede hacerlo en un instante, y después de todas las gracias de que me ha colmado,

espero también ésta de su misericordia infinita.

Me dice, hermano mío, que pida para usted la gracia del martirio. Esta gracia la he

pedido muchas veces para mí, pero no soy digna de ella, y verdaderamente se

puede decir con san Pablo: No es cosa del que quiere o del que corre, sino de Dios


 

 

 

que es misericordioso5. Y como el Señor parece no querer concederme otro

martirio que el del amor, espero que me permita recoger, gracias a usted, esa otra

palma que los dos ambicionamos.

Veo, gustosa, que Dios nos ha dado las mismas inclinaciones y los mismos deseos.

Le he hecho sonreír, querido hermanito, con el cántico «Mis armas». Pues bien, le

haré sonreír de nuevo diciéndole que [2vº] desde mi niñez he soñado con combatir

en los campos de batalla... Cuando comencé a estudiar la historia de Francia, el

relato de las hazañas de Juana de Arco me entusiasmaba; sentía en mi corazón el

deseo y el ánimo de imitarla; me parecía que el Señor me destinaba a mí también a

grandes cosas6. Y no me engañaba. Sólo que, en lugar de una voz del cielo

invitándome al combate, yo escuché en el fondo de mi alma una voz más suave y

más fuerte todavía: la del Esposo de las vírgenes, que me llamaba a otras hazañas y

a conquistas más gloriosas. Y en la soledad del Carmelo he comprendido que mi

misión no era la de hacer coronar a un rey mortal, sino la de hacer amar al Rey del

cielo, la de someterle el reino de los corazones.

Es hora de terminar, y, sin embargo, todavía tengo que darle las gracias por las

fechas que me ha enviado; me gustaría que añadiese también los años, pues no sé

su edad. Para que disculpe mi simplicidad, le envío las fechas importantes de mi

vida; lo hago también con la intención de que en esos días benditos estemos más

especialmente unidos por medio de la oración y la acción de gracias.

Si Dios me concede una ahijadita, me sentiré feliz de responder a su deseo,

dándole por protectores a la Santísima Virgen, a san José y a mi santa patrona.

En fin, querido hermanito, termino pidiéndole que disculpe mis interminables

garabatos y lo deshilvanado de mi carta.

En el Sagrado Corazón de Jesús, soy para toda la eternidad

Su indigna hermanita,

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

rel. carm. ind.

[2rºtv] (Quede bien entendido, ¿no?, que nuestras relaciones permanecerán

secretas. Nadie, excepto su director, debe conocer la unión que Jesús ha

establecido entre nuestras almas.)

 

NOTAS Cta 224

1 El abate Bellière acaba de escribir una larga carta, para Pascua, a la madre María

de Gonzaga y a Teresa. Transcribimos aquí algunos párrafos de su carta a ésta

última: «Mi buena y muy querida hermanita: (...) Aquí me tiene también usted para

decirle la enorme alegría que me dio con las poesías que tuvo la bondad de

copiarme. Han tenido que quitarle mucho tiempo de recreación, y casi casi le pido

perdón por haber sido la causa de todo ese trabajo. Sin embargo, no quiero insistir

demasiado, porque realmente me han gustado mucho. No espere, querida hermana,

que se las alabe; ni siquiera se me ocurre, pues creo con toda razón que me

quedaría muy por debajo de lo que realmente merecen. Sólo le digo que me he

sentido encantado y feliz. Y esto no son simples cumplidos que le dirijo, sino la

expresión de lo que siento. Usted las compuso para las carmelitas, pero los ángeles


 

 

 

deben cantar con usted, y los hombres, por burdos que sean, como yo, encuentran

un auténtico placer al leer y cantar esta poesía que nace del corazón. Todas me han

gustado, y tal vez en especial: «Mi cántico de hoy», «A T. Vénard» (¡y con

razón!), «Acuérdate», «A mi ángel de la guarda», etc. Perdón, me estoy dando

cuenta de que las nombraría todas. Sí, todas me gustan y me parecen preciosas.

Gracias, sencilla pero muy sinceramente, por su bondad. Usted sabe captar todos

los matices, la dulzura de las sacristanas del Carmelo, y, junto a ella, los acentos

viriles del guerrero en «Mis armas» Me gusta verla hablar de la lanza, del casco, de

la coraza, del atleta, y me sonrío al imaginármela armada de esa manera. Sin

embargo, Juana de Arco, -a quien usted tanto ama, y a la que yo mismo invoco a

diario bajo ese título con el que la he saludado al final del cántico: ¡SANTA Juana

de Francia!-, Juana de Arco llevó también esas mismas armas que usted canta y

que son sin duda alguna su adorno más hermoso. Yo, hermana, soy y seguiré

siendo fiel a la breve oración que usted me ha indicado; es algo sagrado para mí, y

la rezaré siempre, incluso aunque... su destierro sea breve. Ya le había adivinado el

pensamiento, hermana mía: en el Cántico del Amor había subrayado este verso:

«Mi destierro, así lo espero, será corto», y este otro: «Siento que mi destierro va a

acabar». Comprendo sus deseos y su impaciencia: usted, hermanita, está ya lista

para entrar en el cielo, y su Esposo Jesús puede en cualquier momento extender la

mano que la colocará en el trono de la gloria; usted está impaciente, como la

esposa del Cantar de los Cantares. «Atráeme» hacia ti, dice, arrojándose a los pies

de su Amado, totalmente consumida por la llama que la devora. Al estudiar y

meditar este libro del Cantar de los Cantares, yo lo aplicaba a la carmelita y a su

Esposo Jesús, y sin duda por eso lo he escrito ahora en ese sentido de manera casi

natural, y por eso también han venido a caer juntos algunos versos de «Vivir de

amor» y otros varios. Y tiene usted mucha razón cuando me dice que a mí no me

está permitido cantar como usted. No, la verdad es que no, pues antes tengo que

lograr, con un duro trabajo y una verdadera penitencia, que Dios olvide un pasado

de pecado, y después hacer algo por Dios, trabajar en su viña. Antes de paladear

los honores, Juana de Arco conoció los trabajos, y yo tengo que expiar mucho más

que ningún otro. Y si alguna vez llego a conseguirlo, entonces le diré: Hermana

mía, pídale a Dios que yo sucumba de dolor, pídale -¿por qué no?- que muera

mártir (!). Este ha sido el sueño de toda mi vida. Antes, ambicionaba morir por

Francia; hoy, por Dios, y usted lo sabe: «Si morir por su príncipe es una ilustre

suerte», «cuando uno muere por su Dios, ¡cuál será la muerte!». (...)

«Le agradezco también sus intenciones como madrina, ¿pero no querrá también

dar nombre, en recuerdo suyo, al pequeño Beduino, en el caso de que el 1º sea una

niña? Le ruego que tenga esta amabilidad». (LC 177, 17-18/4/1897).

2 Texto que Teresa sacó de un Bulletin du Sacré-Coeur de diciembre de 1896; cf

Vie et Oeuvres de la Bienheureuse Marguerite-Marie Alacoque. Sa vie inédite par

les Contemporaines, Poussièlgue, 1867, t. 2, p. 347.

3 Cf Ms C 4rº.

4 Poesía Vivir de amor (PN 17, estr. 9), del 26/2/1895.

5 Ms A 2rº.


 

 

 

6 Cf Ms A 32rº.

 

 

 

Cta 225 A sor Ana del Sgdo. Corazón

 

J.M.J.T.

Jesús + 2 de mayo, Fiesta del Buen Pastor, de 1897

Queridísima hermana:

Seguro que le va a sorprender mucho recibir carta mía. Para que me perdone que

vaya a turbar el silencio de su soledad, le diré a qué se debe que tenga el gusto de

escribirle. La última vez que tuve conferencia espiritual con nuestra madre,

hablamos de usted y de ese querido Carmelo de Saigón. Y nuestra Madre me dijo

que, si quería, podía escribirle. Acepté esta proposición con alegría y aprovecho la

licencia1 del Buen Pastor para conversar un momento con usted.

Espero, querida hermana, que no me haya ol[1vº]vidado; yo me acuerdo mucho de

usted, recuerdo feliz los años que pasé en su compañía, y usted sabe que para una

carmelita recordar a una persona a la que ama es orar por ella. Pido a Dios que la

llene de sus gracias y que aumente cada día en su corazón su santo amor, aunque

no dudo que usted posee ya ese amor en un grado eminente. El ardiente sol de

Saigón no es nada en comparación con el fuego que arde en su alma. Por favor,

hermana, pida a Jesús que yo también le ame y le haga amar. Quisiera amarle, no

con un amor normal y corriente, sino como los santos, que hacían locuras por él.

¡Pero qué lejos estoy de parecerme a ellos...! Pídale también a Jesús que yo haga

siempre su voluntad; por hacerla, estoy dispuesta a atravesar el mundo2..., ¡estoy

dispuesta incluso a morir!

El silencio3 va a terminar de un momento a otro, tengo que poner fin a mi carta y

veo que [2rº] aún no le he dicho nada interesante; por suerte, están ahí las cartas de

nuestras Madres, que le darán todas las noticias de este nuestro Carmelo. Nuestra

licencia ha sido muy corta, pero si no le molesta, ya iré otro día a pasar un rato más

largo con usted.

Querida hermana, dé mis filiales y respetuosos saludos a la Reverenda Madre4. No

me conoce, pero yo oigo hablar mucho de ella a nuestra Madre, la quiero y pido a

Jesús que la consuele en sus trabajos.

La dejo ya, querida hermana, quedando muy unida a usted en el Corazón de Jesús.

En él me siento feliz de llamarme siempre

Su más pequeña hermanita,

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

rel. carm. ind.

 

NOTAS Cta 225

1 Día de recreo extraordinario durante el cual las hermana tenían permiso -

«licencia»- para hablar libremente unas con otras.

2 «Para ir a Cochinchina»; cf CA 21/26.5.2.

3 Hora de siesta libre, desde mediodía hasta la 1 en verano.


 

 

 

4 Madre María de Jesús, que había sucedido a la madre Filomena de la Inmaculada

Concepción, fundadora procedente de Lisieux en 1861.

 

 

 

Cta 226 Al P. Roulland

 

J.M.J.T.

Jesús + 9 de mayo de 1897

Hermano:

He recibido con alegría, o, mejor, con emoción las reliquias que ha tenido a bien

enviarme1. Su carta es casi una carta de despedida para el cielo. Al leerla, me

parecía estar escuchando el relato de los sufrimientos de sus antepasados en el

apostolado.

En esta tierra, en la que todo cambia, sólo una cosa se mantiene estable: el

comportamiento del Rey del cielo respecto a sus amigos. Desde que él levantó el

estandarte de la cruz, a su sombra deben todos combatir y alcanzar la victoria. «La

vida de todo misionero es fecunda en cruces», decía T. Vénard, y también: «La

verdadera felicidad consiste en sufrir. Y para vivir, tenemos que morir».

Hermano mío, los comienzos de su apostolado están marcados con el sello de la

cruz, el Señor lo trata como a un privilegiado. Él quiere afianzar su reinado en las

almas mucho más por la persecución y el sufrimiento que por medio de brillantes

predicaciones. Usted dice: «Yo soy todavía un niñito que no sabe hablar»2. El P.

Mazel, que fue ordenado sacerdote el mismo día que usted, tampoco sabía hablar,

y, sin embargo, ya recogió la palma3...

¡Cuán por encima de los nuestros están los pensamientos de Dios...! Al conocer la

muerte de este misionero, al que yo oía nombrar por primera vez, me sentí movida

a invocarle, me parecía verlo en el cielo en el glorioso coro de los mártires. Sí, lo

sé, a los ojos de los hombres su martirio no lleva nombre de tal; pero a los ojos de

Dios, ese sacrificio sin gloria no es menos fecundo que los de los primeros

cristianos que confesaron su fe ante los tribunales. La persecución ha cambiado de

forma, los apóstoles de Cristo no han cambiado de sentimientos; por eso su divino

Maestro no cambiará tampoco sus recompensas, a menos que no sea para

aumentarlas en comparación con la gloria que se les niega aquí abajo.

No comprendo, hermano, cómo puede usted dudar de su entrada inmediata en el

cielo si los infieles le quitasen la vida [1vº]. Yo sé que hay que estar muy puros

para comparecer ante el Dios de toda santidad, pero sé también que el Señor es

infinitamente justo. Y esta justicia, que asusta a tantas almas, es precisamente lo

que constituye el motivo de mi alegría y de mi confianza. Ser justo no es sólo

ejercer la severidad para castigar a los culpables, es también reconocer las

intenciones rectas y recompensar la virtud. Yo espero tanto de la justicia de Dios

como de su misericordia. Precisamente porque es justo, «es compasivo y

misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Pues él conoce nuestra masa, se

acuerda de que somos barro. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el

Señor ternura por sus fieles...»4. Al escuchar, hermano, estas hermosas y


 

 

 

consoladoras palabras del profeta rey, ¿cómo dudar de que Dios pueda abrir las

puertas de su reino a esos hijos suyos que lo han amado hasta sacrificarlo todo por

él, que no sólo han dejado su familia y su patria para darle a conocer y hacerlo

amar, sino que incluso desean entregar su vida por el que aman...? ¡Jesús tenía

mucha razón cuando decía que no hay amor más grande que ése!

¿Cómo, pues, se va a dejar vencer él en generosidad? ¿Cómo va a purificar en las

llamas del purgatorio a unas almas que viven consumidas por el fuego del amor

divino? Es cierto que ninguna vida humana está exenta de faltas, que sólo la

Virgen Inmaculada se presenta absolutamente pura delante de la Majestad divina.

¡Y qué alegría pensar que esta Virgen es nuestra Madre! Puesto que ella nos ama y

conoce nuestra debilidad, ¿qué podemos temer?

¡Cuántas frases para expresar mi pensamiento, o, más bien, para no llegar a

hacerlo! Sencillamente quería decir que me parece que todos los misioneros son

mártires de deseo y de voluntad, y que, por consiguiente, ni uno solo debería ir al

purgatorio. Si en el momento de comparecer ante Dios aún queda en su alma

alguna huella de la debilidad humana, la Santísima Virgen les obtendrá la gracia de

hacer una acto de amor perfecto y después les entregará la palma y la corona que

tan bien han merecido.

Esto es, hermano mío, lo que yo pienso acerca de la justicia de Dios. Mi camino es

todo él de confianza y de amor, y no comprendo a las almas que tienen miedo de

tan tierno amigo. A veces, cuando [2rº] leo ciertos tratados espirituales en los que

la perfección se presenta rodeada de mil estorbos y mil trabas y circundada de una

multitud de ilusiones, mi pobre espíritu se fatiga muy pronto, cierro el docto libro

que me quiebra la cabeza y me diseca el corazón y tomo en mis manos la Sagrada

Escritura. Entonces todo me parece luminoso, una sola palabra abre a mi alma

horizontes infinitos, la perfección me parece fácil: veo que basta con reconocer la

propia nada y abandonarse como un niño en los brazos de Dios.

Dejando para las grandes almas y para los espíritus elevados esos brillantes libros

que yo no puedo comprender, y menos aún poner en práctica, me alegro de ser

pequeña, pues sólo los niños y los que se hacen como ellos serán admitidos al

banquete celestial. Me alegro enormemente de que en el reino de Dios haya

muchas moradas, porque si no hubiese más que ésa cuya descripción y cuyo

camino me parecen incomprensibles, yo no podría entrar en él. No obstante, no

quisiera estar muy alejada de la de usted; espero que Dios, en consideración a sus

méritos, me conceda la gracia de participar de su gloria, de igual modo que aquí en

la tierra la hermana de un conquistador, aunque carezca de dones naturales,

participa, a pesar de su pobreza, de los honores tributados a su hermano.

El primer acto de su ministerio en China me ha parecido encantador. El alma cuyos

despojos mortales usted bendijo ha tenido, ¿cómo no?, que sonreírle y prometerle

su protección, lo mismo que a los suyos. ¡Cuánto le agradezco que me cuente entre

ellos! Estoy también profundamente emocionada y agradecida por el recuerdo que

usted tiene de mis queridos padres en la santa Misa. Espero que estén ya en

posesión del cielo, hacia el que tendían todos sus actos y deseos. Eso no me impide

rezar por ellos, pues creo que las almas de los bienaventurados reciben gran gloria


 

 

 

con las oraciones que se hacen a su intención y de las que ellas pueden disponer en

favor de otras almas que sufran.

Si, como creo, mi padre y mi madre están el cielo, deben de mirar y bendecir al

hermano que Jesús me ha dado. ¡Habían deseado tanto tener un hijo misionero...!

Me han contado que, antes de nacer yo, mis padres esperaban que al fin su deseo

iba por fin a realizarse. Si hubiesen podido penetrar el velo del futuro, habrían

visto que, en efecto, por medio de mí, su deseo se haría realidad. Puesto que un

misionero se ha convertido en hermano mío, él es también su hijo, y en sus

oraciones ya no pueden separar al hermano de su indigna hermana.

[2vº] Usted, hermano, reza por mis padres, que están ya en el cielo, y yo rezo con

frecuencia por los suyos, que están todavía en la tierra. Es éste un deber muy dulce

para mí, y le prometo cumplirlo siempre fielmente, incluso si dejo el destierro, e

incluso entonces tal vez más, pues conoceré mejor las gracias que necesiten. Y

luego, cuando terminen su carrera aquí en la tierra, yo vendré a buscarlos en

nombre de usted y los introduciré en el cielo. ¡Qué dulce será la vida de familia

que gozaremos durante toda la eternidad! Mientras esperamos esta bienaventurada

eternidad, que dentro de poco tiempo se abrirá para nosotros, pues la vida no es

más que un día, trabajemos juntos por la salvación de las almas. Yo bien poca cosa

puedo hacer, o, mejor, absolutamente nada si estuviese sola. Lo que me consuela es

pensar que a su lado puedo servir para algo. En efecto, el cero por sí solo no tiene

valor, pero colocado junto a la unidad se hace poderoso, ¡con tal de que se lo

coloque en el lugar debido, detrás y no delante...! Y ahí precisamente es donde

Jesús me ha colocado a mí, y espero estar ahí siempre, siguiéndole a usted de lejos

con la oración y el sacrificio.

Si hiciese caso al corazón, no terminaría hoy la carta; pero van a tocar a final del

silencio5 y tengo que llevar la carta a nuestra Madre, que la está esperando. Le

ruego, pues, hermano, que envíe su bendición a este cero que Dios ha colocado a

su lado.

Sor Teresa del Niño Jesús de la Sta. F.

rel. carm. ind.

 

NOTAS Cta 226

1 El 24 de febrero, el P. Roulland escribía a Teresa: «Querida hermana: no le

escribo por extenso porque estoy a punto de subir a Tchoug-Kin, ni siquiera

respondo a su larga carta que me ha hecho mucho bien. Sólo quiero enviarle unas

reliquias de un futuro mártir. Ya dejé también unas a mis padres el día que

abandoné a mi familia; se las envié desde Shangai. ¿Por qué no enviarle también

alguna a mi hermana? En este momento no estamos en peligro inminente de morir,

pero el día menos pensado podemos recibir una cuchillada; no seríamos mártires

en el sentido propio de la palabra, pero si dirigimos bien nuestra intención -por

ejemplo, diciendo: Dios mío, por tu amor hemos venido aquí, acepta el sacrificio

de nuestra vida y convierte a las almas-, ¿no es cierto que seríamos lo bastante

mártires como para ir al cielo...? (...) En fin, estamos en manos de Dios, y si los

bandidos me asesinan y no soy digno de entrar inmediatamente en el cielo, usted


 

 

 

me sacará del purgatorio e iré a esperarla en el paraíso. (...) Me dice usted,

hermana, que ofrece a Jesús mi amor junto con el suyo; pues bien, en la santa Misa

yo ofrezco el suyo con el mío después de la comunión. Estoy seguro de que Jesús,

al ver esta ofrenda, me perdonará por el poco amor que yo le tengo a él. En el

memento de los difuntos pienso en sus padres ya difuntos» (LC 175, 24/2/1897).

2 El P. Roulland estaba aprendiendo el chino; cf su carta a Teresa del 20 de enero

de 1897: «¿Cuándo haré mi primer bautismo, mi primera conversión?

Desgraciadamente, no soy más que un niñito, no sabe hablar. Voy a pasar varios

meses con una familia cristiana para aprender la lengua, las costumbres, etc., y

luego el apostolado con un antiguo compañero de abordo» (LC 173).

3 El 1 de mayo acaban de enterarse en el Carmelo de Lisieux del asesinato de este

misionero de veintiséis años, perpetrado por unos bandidos por ser europeo; cf CA

1.5.2.

4 Cf Ms A 3vº y 76rº.

5 Cf Cta 225, nota 3.

 

 

 

Cta 227 A sor Genoveva

 

13 de mayo de 1897

Jesús está contento de su Celina, a quien se entregó por vez primera hace 13 años1.

Está más orgulloso de lo que él obra en su alma, [vº] de su pequeñez y de su

pobreza, que de haber creado los millones de soles y la inmensidad de los cielos...

 

NOTAS Cta 227

1 En realidad diecisiete años (13/5/1880); cf Ms A 25rº.

 

 

 

Cta 228 A sor Genoveva

 

abril-mayo de 1897 (?)

J.M.J.T.

Temo que nuestra Madre no esté contenta, está preocupada con las fricciones1,

sobre todo las de la espalda.

Si el Sr. Clodion2 viene el domingo a agitar en mi espalda su larga cabellera, se

preguntará por que no hemos hecho lo que él dijo... Quizás fuera preferible esperar

al lunes. En fin, Pobre, Pobre3, haz lo que te parezca mejor, mañana todo estará

listo. Y sobre todo, no hables a este pobre Sr4. Actúa como creas mejor, y recuerda

que debemos ser ricas, ¡muy ricas las dos5...!

 

NOTAS Cta 228

1 Cf Cta 208, nota 5.

2 Sobrenombre del Dr. Cornière; cf UC p. 636.

3 Cf Cta 207, nota 1.


 

 

 

4 «Sr. Totó» (Teresa). Sor Genoveva le daba las fricciones por la mañana, antes del

rezo de Prima, durante el tiempo del silencio de Regla.

5 Cf CR, p. 212s.

 

 

 

Cta 229 A la madre Inés de Jesús

 

23 de mayo de 1897

J.M.J.T.

Mucho me temo haber hecho sufrir a mi Madrecita1... Yo, que quisiera ser su

alegría, veo que soy, por el contrario, su dolor...

Sí, pero... cuando esté lejos de esta triste tierra, donde las flores se marchitan y los

pájaros se van, yo estaré muy cerca de mi Madre querida, del ángel que Jesús envió

delante de mí para prepararme el camino, la senda que conduce al cielo, el

ascensor2 que debía elevarme sin cansancios hacia las regiones infinitas del amor...

Sí, estaré cerquita de ella, y sin dejar la Patria, pues no seré yo la que baje, sino

que será mi Madrecita la que suba adonde yo esté... ¡Ah!, si yo supiera expresar

como ella lo que pienso, si supiera decirle cómo rebosa mi corazón de gratitud y de

amor hacia ella, creo que sería ya su alegría aun antes de alejarme de esta triste

tierra.

Madrecita querida, todo el bien que has hecho a mi alma, a Jesús se lo has hecho,

pues él dijo: «Lo que hicisteis al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo

hicisteis...» ¡Y el más pequeño soy yo...!3

 

NOTAS Cta 229

1 Desconocemos el motivo; seguramente a causa de su estado de salud.

2 Primera vez que aparece esta palabra en la pluma de Teresa. El Ms C 3rº

desarrollará pronto el tema del ascensor; cf CG p. 989+c.

3 Esta fue la respuesta de la madre Inés a este billete: «En el mismo momento en

que iba a tomar la pluma para exhalar un suspiro, recibí tus letras, ¡mi ángel

querido! Esto ha hecho desbordar mi vasito. Sí, pero... ha hecho también que se

produjera una especie de cambio físico, pues el vasito, lleno de agua muy amarga,

sólo pudo ya rebosar en el acto un licor muy dulce y muy suave. Poco antes yo me

decía a mí misma: me gustaría que, antes de partir, mi ángel me dijese lo que hará

por mí allá arriba en el cielo, necesito tener éste entre mis consuelos, ¡y mira por

dónde sus letras vienen a decirme justamente eso! Pues bien, ahora puedes ya

morir, yo sé que allá arriba seguirás ocupándote de tu Madrecita; muérete ya

enseguida para que mi corazón no tenga ya aquí abajo ningún apoyo, para que todo

lo que amo esté ya allá arriba. Ya ves, mientras escribo esto me he puesto a

derramar gruesas lágrimas y ya no veo..., no sé lo que hoy me está pasando,

NUNCA había estado tan segura de tu final cercano. ¡Pobre angelito, o, mejor,

feliz angelito, si supieras lo que allí te está esperando! ¡Sí, qué bien recibida vas a

ser!, ¡qué fiesta para toda la asamblea de los santos! ¡Qué tiernamente te estrechará

contra su corazón la Virgen Inmaculada! Serás como un niñito al que todos querrán


 

 

 

pasarse de uno a otro para mecerlo y acariciarlo; y luego los santos inocentes irán,

orgullosos, a tomarte de la mano, y te enseñarán a servirte de tus alas, y te

enseñarán a jugar con ellos. ¡Pídeles que me dejen un lugarcito a mí también entre

sus filas!» (LC 179, 23/5/1897).

 

 

 

Cta 230 A la madre Inés de Jesús

 

28 de mayo de 1897

J.M.J.T.

Querida Madrecita:

Tu hijita ha vuelto a derramar hace un momento dulces lágrimas; lágrimas de

arrepentimiento, pero más aún de gratitud y de amor... ¡Sí, esta noche te he

demostrado mi virtud, mis TESOROS de paciencia...! ¡¡¡Yo, que predico tan bien

a las demás!!! Me alegro de que hayas visto mi imperfección1. ¡Sí, cuánto bien me

hace el haber sido mala...! Tú no reprendiste a tu hijita, y, sin embargo, se lo

merecía; pero la niña está ya acostumbrada a eso, tu dulzura le dice mucho más

que las palabras severas, tú eres para ella la imagen de la misericordia de Dios.

Sí, pero... sor San Juan Bautista es, por el contrario, ordinariamente, la imagen de

la severidad de Dios. Pues bien, acabo de encontrarme con ella, y, en vez de pasar

fríamente a mi lado, me ha abrazado, diciéndome (exactamente como si yo hubiese

sido la criatura más linda del mundo): «¡Pobre hermanita, me has dado lástima, no

quiero cansarte, he obrado mal, etc., etc.» Yo, que sentía en mi corazón una

contrición perfecta, no acababa de creerme que no me hiciese ningún reproche. Sé

muy bien que, en el fondo, le debo de parecer imperfecta, y si me ha hablado así es

porque cree que me voy a morir; pero no importa, no he oído salir de su boca más

que palabras dulces y tiernas, y por eso he pensado que ella es muy buena y yo

muy mala...

Al volver a mi celda, me preguntaba qué pensaría Jesús de mí, y al instante me

acordé de aquellas palabras que un día dirigió a la mujer adúltera: «¿Ninguno te ha

condenado?» Y yo, con lágrimas en los ojos, le contesté: «Ninguno, Señor... Ni mi

Madrecita, imagen de tu ternura, ni mi hermana sor San Juan B., imagen de tu

justicia, y sé muy bien que puedo irme en paz ¡porque tú tampoco me

condenarás...!»

Madrecita, ¿por qué será Jesús tan bueno conmigo? ¿Por qué no me riñe nunca...?

¡Sí, verdaderamente es como para morir de gratitud y de amor...!

[vº] Estoy mucho más contenta de haber sido imperfecta que si, sostenida por la

gracia, hubiese sido un modelo de bondad... ¡Me hace tanto bien ver que Jesús es

siempre tan dulce y tan tierno conmigo...! Sí, desde ahora lo reconozco: sí, todas

mis esperanzas se verán colmadas; sí, el Señor hará en nosotras maravillas que

rebasarán infinitamente nuestros inmensos deseos...

Madrecita, Jesús hace bien en esconderse, en no hablarme más que de tarde en

tarde, y esto «a través de las rejas» (Cant. de los Cant.), pues siento claramente que

no podría soportar más, que mi corazón estallaría, incapaz de contener tanta


 

 

 

felicidad... Tú, dulce eco de mi alma, tú comprenderás que esta noche el vaso de la

misericordia divina se ha desbordado sobre mí..., tú comprenderás que has sido y

serás siempre el ángel encargado de guiarme y de anunciarme las misericordias del

Señor...

Tu insignificante hija,

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

rel. carm. ind.

 

NOTAS Cta 230

1 La madre Inés presenta así los hechos: «Un día (estaba ya enferma de continuo),

vino una hermana a pedirle su ayuda inmediata para un trabajo de pintura. Yo

estaba presente, y por más que objeté que estaba con fiebre y extremadamente

cansada, la hermana insistía. Entonces en el rostro de Teresa apareció su tensión

interior. Por la noche me escribió estas líneas».

 

 

 

Cta 231 A la madre Inés de Jesús

 

30 de mayo de 1897

J.M.J.T.

No sufras, Madrecita querida, porque parezca que tu hijita te haya ocultado algo. Y

digo parezca, porque tú sabes muy bien que si te ha ocultado una esquinita del

sobre1, jamás te ocultó una sola línea de la carta, pues ¿quién conoce mejor que tú

esta cartita que tanto amas? A las demás se les puede perfectamente enseñar el

sobre por todos los lados, pues no pueden ver más que eso, ¡¡¡pero a ti...!!!

Ahora ya sabes, Madrecita, que fue el Viernes Santo2 cuando Jesús empezó a

rasgar un poco el sobre de tu cartita. ¿¡No estás contenta de que él se disponga a

leer esta carta que tú estás escribiendo desde hace 24 años!? Si supieses qué bien

sabrá ella decirle tu amor por toda la eternidad3...

 

NOTAS Cta 231

1 Sor María del Sagrado Corazón anota: «Había ocultado a la madre Inés de Jesús,

que ya no era priora en esa época, el vómito de sangre que había tenido».

2 El 3 de abril de 1896.

3 Mientras Teresa escribía el billete que acabamos de leer, la madre Inés trazaba

estas líneas: «Mi pobre angelito querido: Seguro que te he hecho sufrir. Y sin

embargo, te aseguro que considero una gracia de Dios para mí el saber lo que te

ocurrió, pues, si me hubiese enterado de esos detalles después de tu muerte, creo

que nunca me habría consolado. Tengo un temperamento tan extraño, que siempre

habría pensado que, debido a mis luchas, tú te habías escondido de mí y, por tanto,

habría creído ya para siempre que nuestra intimidad, tan dulce y tan ENTERA a

mis ojos durante tu vida, no lo era tanto como yo suponía. ¿Qué quieres que haga?,

yo no soy dueña de estas impresiones dolorosas, es éste el punto débil de mi

carácter. Por eso, ¡cuántas gracias le doy a Dios por la recreación de esta noche! Sí,


 

 

 

comprendo que me ama y que tiene compasión de mi pobre corazón. No me

importa sufrir las luchas que sean durante tu vida, pero después todos los recuerdos

que tenga de ti tienen que ser agradables y no tengo que enterarme de nada nuevo.

No me parece mal que no me digan las cosas en el momento, pero ten compasión

de mi debilidad maternal y, otra vez, pide que me lo digan todo. La verdad,

angelito mío, es que tienes una extraña Madrecita... Fíjate, durante Completas su

corazón se parecía a un auténtico abismo de amargura, y de un género del todo

especial, de un género que yo nunca había experimentado todavía. ¡Qué lástima me

da de Dios cuando las almas no tienen confianza en él! Este es mayor ultraje que se

puede hacer a la ternura de un padre. En tu caso, ángel querido, tus razones eran

TOTALMENTE DE TERNURA. Sí, no lo dudo. Y termino este billetito

diciéndole una vez más a Jesús: ¡Gracias!, has tenido compasión de mi debilidad;

no, no hubiese podido soportar una cosa así después de la muerte de mi angelito,

me habría muerto de dolor...

«Y sobre todo, no te atormentes, pues lo he adivinado todo» (LC 180, 30/5/1897).

 

 

 

Cta 232 A la madre Inés de Jesús

 

30 de mayo de 1897

(2º billete) J.M.J.T.

Deposité mi primer billetito en manos de sor Genoveva1 a la vez que ella me daba

el tuyo. Ahora lamento2 haber echado mi misiva al «correo», pues voy a tener que

pagar portes dobles para decirte que comprendo tu pena. Yo deseaba seguramente

más que tú no ocultarte nada, pero me pareció que era mejor esperar. Si he obrado

mal, perdóname, y créeme que nunca dejé de tener confianza en ti. ¡Te quiero

demasiado para eso...!

Me alegro mucho de que lo hayas adivinado tú sola. No recuerdo haber ocultado

ninguna otra cosa del sobre a mi Madrecita, y le suplico que después de mi muerte

no crea lo que puedan decirle.

Sí, Madrecita, la carta es tuya, y te pido por favor que sigas escribiéndola hasta el

día en que Jesús rasgue totalmente el sobrecito que tantos pesares te ha causado

desde que fue formado3.

 

NOTAS Cta 232

1 El billete 231 que sor Genoveva le había pasado en su calidad de enfermera.

2 [En el original francés: «gai raigrette», N. del T.] en lugar de «Je regrette»:

transcripción fonética que hace alusión a la pronunciación del P. Baillon, confesor

extraordinario de la comunidad, que decía a sus penitentes: «Raigrettez-vous» [en

vez de «Regrettez-vous». N. del T.].

3 Nuevo desentendimiento: mientras Teresa escribe su «2º billete», la madre Inés

está escribiendo a su vez el suyo: «Aún sigo temiendo, angelito mío, haberte

apenado con mi desafortunado billetito. El tuyo, por el contrario, ¡es tan tierno!

Pídele a Jesús que me haga como tú.


 

 

 

«Pronto te escaparás lejos de la tierra, y mi corazón en el fondo se estremece con

una alegría sobrenatural; mientras mis ojos derraman lágrimas, interiormente me

siento transportada por un sentimiento indecible de felicidad. ¡Oh, blanca paloma,

ya ha llegado la hora de que el Dueño del palomar te vuelva a poner en el sitio que

te corresponde! Ya es hora de que los angelitos no se vean privados por más

tiempo de tu compañía. Ya es hora de que Dios reciba nueva gloria con tu entrada

en la patria celestial. Después de eso, yo quiero sufrir en la tierra todo lo que Dios

quiera, quiero gemir yo también como una tórtola lastimera desterrada en los valles

de esta tierra, quiero para mí las lágrimas. Sí, soy MUY FELIZ, por fin mi angelito

va a volver a su país, va a prepararle un sitio a su Madrecita, y la hará santa, y le

enseñará desde allá arriba a dominar sus tensiones tan desoladoras, y le

proporcionará toda clase de bienes, al vivir ella ya para siempre en tan gran

abundancia...

«Jesús mío, ¡te amo! También yo iré pronto a verte; mientras tanto, te envío TODO

LO QUE AMO» (LC 181, 30/5/1897).

 

 

 

Cta 233 A la madre Inés de Jesús

 

1 de junio de 1897

J.M.J.T.

¡Es demasiado emocionante, demasiado melodioso...! ¡Prefiero callarme a tratar en

vano de cantar lo que está ocurriendo en mi alma...! ¡Gracias, Madrecita1...!

 

NOTAS Cta 233

1 Con esas pocas palabras, Teresa respondía a un billete de la madre Inés, del que

transcribimos aquí una parte: «Esta noche he rezado todo el rosario de rodillas ante

la Santísima Virgen del mes de María, y me parece que, al terminarlo, la Virgen

tenía una sonrisa muy especial. Angelito mío, creo que, si rezas por mí, voy a

empezar realmente una vida nueva, creo que he recibido una gracia muy grande.

No quiero tampoco entristecerme si nuestra Madre te rechaza, la Santísima Virgen

me ha hecho comprender que las más hermosas vidas de los santos no valen lo que

un acto de obediencia y de renuncia. Incluso aunque nuestra Madre, después de tu

muerte, rasgase tu vida, me parece que, si estoy como esta noche, no sentiría nada

más que una atracción más fuerte hacia el cielo. Volaría más alto, eso es todo: Mas

allá de las nubes, el cielo es siempre azul. Pisamos las riberas en las que reina

Dios...

«No sufras por mí, nuestra unión nunca ha sido más íntima, no, lo sé. Esta noche,

junto a la Santísima Virgen, había una velita muy luminosa que se estaba

consumiendo, y la cera formaba, a un lado, la auténtica figura de un corderito

suplicante. Y pensé que tú eras la luz y que ese corderito era yo, que, apoyándome

en tu claridad y volviendo mis ojos hacia María, alcanzaría su compasión. No sé lo

que te estoy diciendo, ángel querido. Mi corazón y mi alma, toda mi persona es un

mundo esta noche. Espero que me comprendas y que, después de tu partida de este


 

 

 

valle de lágrimas, vuelvas muchas veces a embellecer este mundo nuestro, a

pasearte por él con los angelitos, y a convertirlo, con un soplo luminoso, en un

pequeño sol...» (LC 182, 31/5/1897).

 

 

 

Cta 234 A sor María de la Eucaristía

 

J.M.J.T.

2 de junio de 1897

A mi hermanita querida1, recuerdo del hermoso día en que el Esposo de su alma se

dignó poner su señal en la frente2 que se dispone a coronar un día ante todos los

elegidos...

En otra ocasión, el cielo se reunió el 2 de junio para contemplar este misterio de

amor: Jesús, el dulce Jesús de la Eucaristía, entregándose por primera vez a María3.

Hoy está de nuevo ahí ese hermoso cielo, compuesto de ángeles y de santos, está

ahí contemplando, extasiado, cómo María se entrega a Jesús ante el mundo,

extrañado ante un sacrificio que no entiende. ¡Ah!, si hubiese comprendido la

mirada que Jesús posó sobre María el día de su primera visita, comprendería

también la señal misteriosa que ella quiere recibir hoy de quien la hirió de amor...

Ya no es el velo vaporoso de pliegues nevados el que envolverá a María de la

Eucaristía; es un velo oscuro, que recuerda a la esposa de Jesús que está desterrada

y que su Esposo no es un Esposo que la va a llevar a fiestas, sino a la montaña del

Calvario. De ahora en adelante, María ya no debe mirar nada aquí abajo, nada más

que al Dios misericordioso, al Jesús de la EUCARISTIA...

La pequeña

Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz

rel. carm. ind.

 

NOTAS Cta 234

1 En su imposición de velo.

2 Alusión a uno de los responsorios de la ceremonia, tomado del oficio litúrgico de

santa Inés.

3 María Guérin había hecho la primera comunión el 2 de junio de 1881.

 

 

Cta 235 A sor María de la Eucaristía1

 

2 de junio de 1897

Recuerdo del hermoso día de la imposición de velo a mi hermanita querida: 2 de

junio de 1897.

Que el Niño Jesús de Teresa acaricie siempre a María de la Eucaristía.

 

NOTAS Cta 235

1 Estampa adjunta al billete anterior.


 
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