Parte j
SOR MARÍA DE LA EUCARISTÍA
11 de Julio
Cuando tengas tentaciones contra la caridad, te aconsejo que leas este
capítulo de la Imitación: «De cómo se han de soportar los defectos
ajenos». Verás cómo tus tentaciones se desvanecen. Siempre me ha
ayudado mucho; es muy bueno y muy verdadero <17>.
18 de julio
Le pedía que, cuando estuviera en el cielo, me alcanzara muchas gracias,
y me respondió:
Cuando esté en el cielo, haré muchas cosas, grandes cosas... Es
imposible que no sea Dios mismo quien me da este deseo, ¡y estoy segura
de que me escuchará! Y además, cuando esté allá arriba, te seguiré de
cerca...
Y como le dijese que a lo mejor me daba miedo:
¿Te da miedo el ángel de la guarda...? Sin embargo, te sigue de continuo.
Bueno, pues yo te seguiré lo mismo, ¡y mucho más de cerca todavía!, no
te dejaré pasar ni una...
Julio
Siempre que se razona un poquito sobre lo que dice la madre priora, se le
da a Dios un poquito de pena; y se le da mucha pena cuando se razona
mucho, aunque sea interiormente.
2 de agosto
No encuentro ningún placer natural en que me quieran y me mimen, pero
lo encuentro muy grande en que me humillen. Cuando hago alguna
tontería que me humilla y me hace ver lo que soy, entonces sí que siento
un placer natural y experimento una verdadera alegría, como la que tú
experimentarás cuando te sientes amada.
11 de septiembre
Tendrías que hacerte muy dulce: nunca palabras duras, tono duro, nunca
adoptes una expresión dura. Sé siempre dulce.
Por ejemplo, ayer le diste un disgusto a sor XXX; un momento después,
otra hermana hizo lo mismo. ¿Y qué pasó...? ¡Pues que acabó llorando...!
Si tú no la hubieses tratado con dureza, habría aceptado mejor el segundo
disgusto, que le hubiera pasado desapercibido. Pero dos disgustos tan
seguidos la sumieron en un estado de tristeza muy grande; mientras que si
tú hubieses sido tierna con ella, nada de eso habría ocurrido.
*
Un día me hizo prometer que sería santa. Me preguntó si hacía progresos,
y yo le contesté: Te prometo ser santa cuando tú te hayas ido al cielo; en
ese momento pondré manos a la obra con toda el alma.
No, no esperes hasta entonces _me contestó_. Comienza ahora mismo. El
mes que precedió a mi entrada en el Carmelo se me ha quedado grabado
como un dulce recuerdo. Al principio, me decía a mí misma, como tú
ahora: «Seré santa cuando esté en el Carmelo; mientras tanto, no pienso
molestarme». Pero Dios me hizo ver el valor del tiempo, e hice todo lo
contrario de lo que pensaba. Quise prepararme para entrar, siendo muy
fiel. Y fue ése uno de los meses más hermosos de mi vida.
Créeme, nunca esperes a mañana para empezar a ser santa.
SOR MARÍA DE LA TRINIDAD
Abril
Me contó la siguiente anécdota, que ocurrió cinco meses antes de su
muerte:
Una tarde, vino la enfermera a ponerme una botella de agua caliente a los
pies y tintura de yodo en el pecho. Yo estaba consumida por la fiebre y una
sed ardiente me devoraba. Mientras soportaba esos remedios, no pude por
menos de quejarme a Nuestro Señor: «Jesús mío, le dije, tú eres testigo
de que estoy ardiendo, ¡y encima me traen calor y fuego! ¡Si en vez de
todo eso, me diesen medio vaso de agua...! ¡Jesús mío, tu hijita tiene
mucha sed! Pero, no obstante, se siente feliz de encontrar la ocasión de
que le falte lo necesario, a fin de parecerse más a ti y salvar almas». Al
poco, me dejó la enfermera, y yo ya no contaba con volverla a ver hasta el
día siguiente por la mañana, cuando, con gran sorpresa de mi parte, volvió
pocos minutos después trayéndome una bebida refrescante... ¡Qué bueno
es nuestro Jesús! ¡Y qué dulce confiar en él! <18>.
Mayo
Ayer, el canto de la «Rosa deshojada» me trajo a la memoria un grato
recuerdo. La madre María Enriqueta, del Carmelo de París, avenida de
Mesina, me había pedido que pidiera a santa Teresa del Niño Jesús que le
compusiese una poesía sobre este tema. Como el tema respondía a los
sentimientos de nuestra querida santa, puso en ello toda el alma. La madre
Enriqueta quedó muy contenta; únicamente me escribió diciéndome que le
faltaba una última estrofa explicando que, a la hora de la muerte, Dios
recogerá esos pétalos deshojados para formar con ellos una rosa preciosa
que brillará por toda la eternidad. Entonces sor Teresa del Niño Jesús me
dijo:
Que esa buena Madre haga ella misma esa estrofa como quiera, pues yo
no me siento inspirada en absoluto para hacerlo. Mi deseo es ser
deshojada por siempre jamás, para alegrar a Dios. ¡Y punto... <19>!
Junio
Tengo siempre presentes los tres largos meses de agonía de nuestro
Angel (...) Tenía prohibición de hablarle, bajo el pretexto de que, al ser
joven, ¡podía contraer su enfermedad! (Sin embargo, yo estaba segura de
todo lo contrario, pues sor Teresa del Niño Jesús me había asegurado que
nadie cogería su enfermedad, que así se lo había pedido a Dios.) Las
noticias sobre su salud eran cada día más tristes; yo me ahogaba de
pena... Un día que salí a tomar el aire a la huerta, la vi en su coche de
enferma, debajo de los castaños. Estaba sola, y me hizo señas de que me
acercase: "No, le dije, pueden vernos, y no tengo permiso". Entré en la
ermita de Santa Faz, donde me eché a llorar. Al levantar la cabeza, vi con
sorpresa a mi hermanita sor Teresa del Niño Jesús sentada en un tronco
de árbol a mi lado. Me dijo:
Yo no tengo prohibido acercarme a ti, y aunque tuviese que morir, quiero
consolarte.
Me secó las lágrimas, apoyando mi cabeza sobre su pecho. Le supliqué
que volviera al coche, pues estaba temblando de fiebre:
Sí, pero antes tienes que sonreírme.
Lo hice inmediatamente, por miedo a que se pusiese peor, y la ayudé a
llegar hasta el coche <20>.
*
Yo sentía mucha pena de verla enferma, y le repetía con frecuencia: «¡Qué
triste es la vida!». Pero ella me corregía inmediatamente, diciendo:
¡La vida no es triste! Al contrario, es muy alegre. Si dijeses: «El destierro
es triste», te entendería. Se comete un error al dar el nombre de vida a lo
que tiene que acabar. Sólo se puede dar de verdad ese nombre a las
cosas del cielo, a lo que nunca jamás morirá; y bajo este aspecto, la vida
no es triste, es alegre, muy alegre <21>.
Julio_agosto
Un día de fiesta, en el refectorio, se habían olvidado de ponerme el postre.
Después de comer, fui a la enfermería, a ver a sor Teresa del Niño Jesús,
y al encontrar allí a mi vecina de mesa, le di a entender bastante
sutilmente que se habían olvidado de mí. Cuando me oyó sor Teresa del
Niño Jesús, me obligó a que fuera yo misma a decírselo a la hermana
encargada del refectorio, y como yo le suplicaba que no me obligase a
eso:
No, _me dijo_, ésa será tu penitencia, no eres digna de los sacrificios que
Dios te pide. El te pedía que te privaras del postre, pues fue él quien
permitió que se olvidaran de ti. Te creía suficientemente generosa para
hacer ese sacrificio, ¡y tú has defraudado sus esperanzas viniendo a
reclamarlo!
Puedo decir que la lección dio frutos y que me curé para siempre de querer
volver a las andadas <22>.
Agosto
Esto me trae a la memoria el recuerdo de un momento de intimidad con mi
hermanita sor Teresa del Niño Jesús. Fue, poco más o menos, un mes
antes de su muerte. Toda la comunidad estaba triste, y yo ciertamente no
le iba a la zaga a nadie en la pena. Fui a verla a la enfermería y descubrí al
pie de la cama un gran balón rojo que habían traído para que se
entretuviese. Aquel balón me despertó las ganas de jugar, y no pude por
menos de decirle: «¡Cómo me gustaría jugar con él!». Ella sonrió, pero
como su debilidad era tan grande que no podía soportar el menor ruido,
me dijo:
Ponte detrás de mí mientras no haya nadie, y juega con él; yo cerraré los
ojos para que el ruido no me aturda.
Cogí encantada el balón, y le sacaba tanto gusto al juego, que Teresita
parpadeaba una y otra vez por verme sin aparentarlo y no podía contener
la risa. Entonces le dije: «¡No soporto estar triste tanto tiempo! ¡Ya no
puedo más! Me vienen tentaciones de distraerme, ganas de jugar a la
trompa que me regalaste por Navidad; pero si alguien me ve, es capaz de
escandalizarse y de decir que no tengo corazón».
No, no _me respondió_, yo misma te mando coger la trompa e ir a jugar
durante una hora en el desván del noviciado. Allí nadie te oirá, y si alguien
se da cuenta le dirás que te lo he mandado yo. Vete ya, me gusta mucho
pensar que vas a divertirte <23>.
*
Cuando esté en el cielo _me dijo_, tendréis que llenar a menudo mis
manos de oraciones y de sacrificios, para darme el gusto de arrojarlos en
lluvia de gracias sobre las almas <24>.
Septiembre
Ocho días antes de su muerte, yo había estado llorando durante toda la
recreación de la noche, pensando en su próxima partida. Ella se dio cuenta
y me dijo:
Has estado llorando. ¿Lo has hecho en la concha <25>?
No podía mentirle..., y mi confesión la entristeció. Continuó:
Me voy a morir, y no me quedaré tranquila respecto a ti si no me prometes
que vas a seguir fielmente mi consejo. Lo considero de capital importancia
para tu alma.
No tuve más remedio que rendirme, y le di mi palabra, pidiéndole sin
embargo, como una gracia, permiso para llorar libremente su muerte <26>.
*
El día de su muerte, después de Vísperas, fui a la enfermería, donde
encontré a las Sierva de Dios sosteniendo, con ánimo invencible, las
últimas luchas de la más terrible agonía. Tenía las manos completamente
amoratadas, las juntaba angustiosamente y exclamaba con una voz que la
sobreexcitación de un intenso sufrimiento hacía clara y fuerte:
¡Dios mío..., ten compasión de mí...! ¡María, venid en mi ayuda...! ¡Ay, Dios
mío, cuánto sufro...! El cáliz está lleno... ¡Lleno hasta los bordes...! ¡Nunca
voy a saber morir...!
_ ¡Animo!, le dijo nuestra Madre, estás llegando al final. Un poco más y
todo habrá terminado.
_ ¡No, Madre, todavía no ha terminado...! Estoy segura de que seguiré
sufriendo así durante meses.
_ Y si fuera la voluntad de Dios dejarte así un largo tiempo en la cruz, ¿lo
aceptarías?
Con un acento de extraordinario heroísmo contestó:
¡Lo acepto!
Y su cabeza volvió a caer sobre la almohada con una expresión tan
tranquila y resignada, que no podíamos contener las lágrimas. Era
exactamente idéntica a una mártir a la espera de nuevos suplicios. Yo
abandoné la enfermería, incapaz de soportar por más tiempo tan doloroso
espectáculo. Ya sólo volví con la comunidad para los últimos momentos, y
fui testigo de su hermosa y prolongada mirada extática en el momento en
que murió, el jueves 30 de septiembre de 1897 a las 7 de la tarde <27>.
SOR TERESA DE SAN AGUSTÍN
Junio
_ Dime si has tenido luchas interiores.
_ Pues sí, las he tenido. Tenía un temperamento nada fácil; no lo parecía,
pero yo lo sabía muy bien. Y puedo asegurarle que no he pasado un solo
día sin sufrir, ni uno solo.
_ Pues creen que no los has tenido.
_ ¡Ay, los juicios de las criaturas! Si no ven, no creen <28>.
*
_ Hay hermanas que piensan que sufrirás los espantos de la muerte.
_ Todavía no han llegado. Si llegan, los soportaré; pero si los sufro, no
bastarán para purificarme, no pasarán de ser una simple lejía... Lo que
necesito es el fuego del amor <29>.
SOR MARÍA DE LOS ÁNGELES
La madre Inés de Jesús le decía, un día en que la comunidad estaba
reunida en torno a su lecho: «¿Y si arrojaras flores a la comunidad?».
No, mamaíta _respondió_, no me pidas eso, por favor; no quiero arrojar
flores a las criaturas. Quiero, sí, arrojárselas a la Santísima Virgen y a san
José, pero no a las demás criaturas <30>.
*
Algunos días antes de la muerte de la Sierva de Dios, habían llevado la
cama, que tenía ruedas, al claustro.
Sor María del Sagrado Corazón, jardinera del patio, que estaba a su lado,
le dijo: «Mira este retoño de rododendro que se está muriendo, voy a
arrancarlo».
Sor María del Sagrado Corazón _le contestó, con voz lastimera y
suplicante_, no te entiendo... Te pido por mí, que voy a morir, que
perdones la vida a ese pobre rododendro.
Tuvo que seguir insistiendo, pero su deseo fue respetado <31>.
SOR AMADA DE JESÚS
En los últimos días de septiembre de 1897, en que la debilidad de nuestra
querida Santa no le permitía ya moverse, tuvimos que colocarla
momentáneamente en una cama provisoria, para arreglar su cama de
enferma. Viendo el apuro de las enfermeras, que temían hacerle daño,
dijo:
Creo que sor Amada de Jesús podría cogerme fácilmente en brazos. Es
alta y fuerte, y muy tierna con las enfermas.
Llamamos, pues, a la hermana, que levantó a la santa enfermita como si
fuese una ligera carga, sin darle la menor sacudida. En aquel momento,
con los brazos alrededor de su cuello, nuestro ángel le dio las gracias con
tal sonrisa de cariñosa gratitud, que la hermana no olvidó nunca aquella
sublime sonrisa. Y hasta llegó a ser para ella una especie de
compensación por el pesar que sintió de haber sido la única que no oyó la
campana de la enfermería que convocaba a las hermanas en el momento
supremo de la muerte más bella que jamás se vio en el Carmelo de Lisieux
<32>.
ANÓNIMO
Le preguntaban bajo qué nombre habría que invocarla cuando estuviese
en el cielo.
Me llamaréis Teresita, respondió humildemente <33>.
NOTAS A OTRAS CONVERSACIONES DE TERESA
1 Este texto y los dos siguientes figuran en los Cuadernos verdes, en los
días 21/26 de mayo; cf UC II, p. 42 y 44.
2 PA p. 199 (UC p. 371).
2ª UC p. 382.
3 NPPA Esperanza del cielo (UC II, p. 516).
4 Novissima Verba, 17 de julio (UC II, p. 179-180).
5 NPPA, Su prueba contra la fe (UC p. 449).
6 NPPA, Templanza (UC p. 459).
7 Cuadernos verdes, 30 de agosto (UC II, p. 374).
8 NPPA, Humildad. Un ejemplo de su desprecio de sí misma (UC p. 573s).
9 PA p. 306.
10 PO p. 305 (UC p. 539s, Varia 4).
11 Para la fuente de este texto y de los seis siguientes, cf UC p. 514, Varia
3 y 5 (texto en p. 536-540).
12 CMG II p. 73 (UC II, p. 592).
13 Cf UC p 554, Varia 2 (el texto, p. 565).
14 PO p. 249 (UC p. 372).
15 NPPO 1908, p. 14 (UC p. 572).
16 PA p. 245 (UC p. 566).
17 Cf UC p. 697.
18 NPPA (Cuaderno rojo, pp. 21-22; cf UC p. 702s..
19 Billete de sor María de la Trinidad a la madre Inés de Jesús, del 17 de
enero de 1935.
20 Carta a la madre Inés de Jesús, del 27 de noviembre de 1934 (UC p.
699).
21 Histoire d'une âme, 1907, p. 296 (UC p. 700).
22 NPPA (Cuaderno rojo, p. 48); UC p. 700.
23 Carta a la madre Inés de Jesús, Viernes Santo 1906 (UC p. 700s).
24 NPPA (Cuaderno rojo, p. 102); UC p. 506.
25 Una concha de mejillón que Teresa utilizaba para sus trabajos de
pintura. Había mandado a su novicia, sor María de la Trinidad, que cada
vez que le vinieran ganas de llorar recogiera en ella las lágrimas.
26 Conseils et Souvenirs, de la Histoire d'une âme, 1899, pp. 280-281 (UC
p. 701).
27 PO p. 472 (UC II, p. 581s).
28 Souvenirs d’une sainte amitié, p. 12; UC p. 706.
29 Ibid. (UC p. 354).
30 PO p. 415 (UC p. 708).
31 Hojas sueltas añadidas al NPPA (UC p. 466s).
32 Circular de sor Amada de Jesús, 17 de enero de 1930; cf PO p. 573 y
PA p. 408 (UC p. 481s).
33 Conseils et Souvenirs , de la Histoire d'une âme, 1953, p. 248.
FIN DE «ÚLTIMAS CONVERSACIONES»