Sta. Teresita de Lisieux

Parte e

1 de agosto

1.8.1

A propósito de la gracia tan señalada que había recibido tiempo atrás,

cuando su misal se cerró sobre una estampa de Nuestro Señor crucificado,


 

 

 

de la que sobresalía sólo una mano. Me repitió lo que se había dicho a sí

misma en aquella ocasión:

No quiero dejar que se pierda esa sangre preciosa. Pasaré mi vida

recogiéndola para las almas.

1.8.2

Durante Maitines, a propósito del manuscrito de su vida:

Después de mi muerte, no habrá que hablar a nadie de mi manuscrito

antes de que se publique; únicamente a nuestra Madre habrá que hablar

de él. Si no lo haces así, el demonio te tenderá más de una trampa para

echar a perder la obra de Dios..., ¡una obra muy importante (*)!

(*) En las Novissima Verba se añade (la autenticidad de este texto es

dudosa):

Algunos días más tarde, le había yo pedido que releyera un pasaje de su

manuscrito que me parecía incompleto, y la encontré con los ojos

arrasados en lágrimas. Al preguntarle el porqué, me respondió con

sencillez angelical:

«Lo que he vuelto a leer en este cuaderno es realmente mi alma... Estas

páginas, Madre, harán mucho bien. Más tarde, gracias a ellas, se conocerá

mejor la ternura de Dios...».

Y añadió, con tono inspirado:

«Sí, lo sé muy bien, todo el mundo me amará...». [Cf UC, II, Anexos, p.

243. N. del T.]

1.8.3

¡... Ahora ya no escribiré más<2>!

1.8.4

¡Qué enferma estoy...! Porque ya ves..., contigo...

Porque no podía ya hablarme.

1.8.5

... Estoy totalmente entregada a su voluntad, esperaré todo lo que él

quiera.

1.8.6

¡Qué bien ha hecho el Señor en decirnos: «En la casa de mi Padre hay

muchas estancias!».

(Hizo este comentario a propósito de un sacerdote muy mortificado que

sufría unas picazones insoportables y se privaba incluso de aliviarlas.)

Yo prefiero mortificarme de otra manera, y no en cosas tan molestas; no

hubiera sido capaz de contenerme de ese modo.

1.8.7

Se había originado un disgusto a propósito del hielo<3>, y yo había llorado.

Le pregunté si había actuado mal, y para consolarme me dijo:

¡Tú eres siempre un encanto!

1.8.8

¿Piensas en tus hermanos misioneros?


 

 

 

Pensaba mucho en ellos; pero desde que estoy enferma, ya no pienso en

casi nada.

1.8.9

Uno de esos misioneros<4> le había prometido celebrar por ella una Misa

el día de Navidad de 1896. Y me contaba la decepción que sufrió al

enterarse de que no había podido decirla ese día.

¡... Y yo que me había unido a él tan contenta a la misma hora! ¡No hay

nada seguro en la tierra!

 

 

 

2 de agosto

2.8.1

Me encantaría guardar tu corazón, como el de la madre Genoveva.

Haz lo que quieras.

Yo había cambiado de opinión, porque me repugnaba mucho hacer una

cosa así, y se lo dije. Se puso un poco triste. Yo adiviné su pensamiento:

nos privaríamos de un consuelo que ella no nos daría milagrosamente,

pues sabía que no se iba a conservar incorrupta. Finalmente me dijo:

Cambias mucho de opinión, Madrecita; lo he observado muchas veces a lo

largo de mi vida...

2.8.2

Habíamos hablado juntas, íntimamente, del poco caso que muchas veces

se hace de la virtud escondida.

... Eso es algo que me ha llamado la atención en la vida de N.P. san Juan

de la Cruz, de quien decían: «¡Fray Juan de la Cruz! ¡Pero si es un

religioso mediocre!»<5>.

2.8.3

No tengo grandes deseos del cielo; simplemente estaré muy contenta de ir

allá.

2.8.4

De mí no podrán decir: «Muere porque no muere»<6>. Ya te lo he dicho:

por inclinación natural, sí, el cielo; pero la gracia ha adquirido en mi alma

un gran dominio sobre la naturaleza, y ahora sólo puedo repetirle a Dios:

Quiero seguir viviendo largo tiempo en la tierra,

si ése es tu deseo, mi Señor.

Quiero seguirte al cielo,

si te complace a ti.

El fuego de la patria,

que es el Amor,

sin cesar me consume.

¿Qué me importa la vida? ¿Qué me importa la muerte?

¡Amarte a ti es mi única alegría!<7>.

2.8.5

A sor Genoveva:


 

 

 

Todo pasa en este mundo mortal<8>, incluso el «bebé». Pero él volverá.

Sor Genoveva estaba besando los pies del crucifijo.

Tú no sigues la doctrina del «bebé». Bésalo enseguida en las dos mejillas

y déjate besar por él.

2.8.6

Experimento una vivísima alegría no sólo cuando me consideran

imperfecta las demás, sino sobre todo cuando yo misma me veo así. Esto

supera a todos los elogios, que me desagradan.

 

 

 

3 de agosto

3.8.1

¿Cómo has logrado llegar a esa paz inalterable que posees?

Me he olvidado de mí y he procurado no buscarme a mí misma en nada.

3.8.2

Le decía yo que mucho tenía que haber luchado ella para llegar a ser

perfecta.

No, la cosa no va por ahí... (*)

Las Novissima Verba añaden (la autenticidad de este texto es dudosa):

Y un poco más tarde:

«La santidad no consiste en tal o cual práctica. Consiste en una

disposición del corazón que nos vuelve humildes y pequeños en los brazos

de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados hasta la audacia en

su bondad de Padre» [Cf UC, II, Anexos, p. 251. N. del T.].

3.8.3

Se había disgustado con una hermana y me dijo con semblante grave y

tierno a la vez:

Te lo digo francamente: necesito verte cerca de mí en los últimos días de

mi vida.

3.8.4

Hermanitas queridas, rezad por los pobres moribundos. ¡Si supierais lo

que se sufre! ¡Qué poco basta para perder la paciencia! Hay que ser

caritativa con todas, sean quienes sean... Yo no lo hubiera creído antes.

3.8.5

Le hablaba yo de la mortificación con instrumentos de penitencia.

... En ese campo hay que ser muy moderadas, pues con frecuencia me

mezcla en ello más de inclinación natural que de otra cosa (*).

(*) Las Novissima Verba añaden:

En otra ocasión me había dicho acerca de esto:

En la vida del beato Enrique Suson me llamó la atención un pasaje

referente a las penitencias corporales. Había hecho algunas espantosas,

que arruinaron su salud, cuando se le apareció un ángel que le dijo que

dejara de hacerlas, y añadió: «Hasta ahora sólo has combatido como


 

 

 

simple soldado, hoy te voy a armar caballero». E hizo comprender al santo

la superioridad del combate espiritual sobre las mortificaciones corporales.

Pues bien, Madrecita, Dios no me ha querido a mí de simple soldado, yo

he sido armada enseguida caballero, y partí para la guerra contra mí

misma en el campo del espíritu por medio de la abnegación y de los

pequeños sacrificios escondidos; y en este combate oscuro, en que la

naturaleza no tiene parte alguna, he hallado la paz y la humildad [cf CA, II,

Anexos, p. 253].

3.8.6

A nosotras tres:

Hay que poner mucho cuidado en la regularidad. Después de una visita en

el locutorio, no os detengáis para hablar entre vosotras, pues eso sería

como estar en la propia casa, donde no se priva una de nada.

Y volviéndose hacia mí:

Eso, Madre, es lo más acertado.

3.8.7

¡Si supieras qué doloridos tengo los hombros!

Te pondremos guata.

No, no me quitéis esta pequeña cruz.

3.8.8

Hace mucho tiempo que sufro, pero antes eran pequeños sufrimientos;

desde el 28 de julio los sufrimientos son grandes.

3.8.9

Estábamos desorientadas ante el curso de la enfermedad, y una de

nosotras le dijo: «Entonces, ¿de qué morirás?».

Pues moriré de muerte... ¿No le dijo Dios a Adán de qué moriría cuando le

dijo: «Morirás de muerte?». Sencillamente así.

 

 

 

4 de agosto

4.8.1

Esta noche he tenido muchas pesadillas, unas pesadillas espantosas; pero

en el peor momento, tú te acercabas a mí y ya no tenía miedo.

4.8.2

... no, no me creo una gran santa. Me creo una santa muy pequeña. Pero

pienso que Dios ha querido poner en mí algunas cosas que me hacen bien

a mí y a los demás<9>.

4.8.3

Le habían traído un manojo de espigas. Separó la más bonita y me dijo:

Madre, esta espiga es la imagen de mi alma: Dios me ha cargado de

gracias para mí y para el bien de otros...

Luego, temiendo haber tenido un pensamiento de orgullo <10>:

¡Cómo me gustaría ser humillada y maltratada para ver si poseo realmente

la humildad del corazón...! Con todo, cuando en otras ocasiones me


 

 

 

humillaban, me sentía muy feliz... Sí, me parece que soy humilde... Dios

me enseña la verdad. Sé muy bien que todo viene de él.

4.8.4

¡Qué fácil es desalentarse cuando uno está muy enfermo...! ¡Y qué bien

comprendo que yo me desalentaría si no tuviese fe! O mejor, si no amase

a Dios.

4.8.5

Sólo en el cielo veremos la verdad de todas las cosas. En la tierra es

imposible. Por ejemplo, en la misma Sagrada Escritura, ¿no resulta triste

ver tantas diferencias de traducción? Si yo hubiese sido sacerdote, habría

aprendido el hebreo y el griego, y no me habría contentado con el latín, y

así habría podido conocer el verdadero texto dictado por el Espíritu Santo.

4.8.6

Me quedé dormida un segundo durante la oración. Y soñé que hacían falta

soldados para una guerra.

Tú dijiste: Hay que manda a sor Teresa del Niño Jesús. Yo respondí que

hubiera preferido mucho más que fuera para una guerra santa. Finalmente,

partí, lo mismo.

No, yo no hubiera tenido miedo de ir a la guerra. ¡Qué feliz hubiera partido,

por ejemplo, en tiempos de las cruzadas para combatir a los herejes! ¡Ya

lo creo! ¡No hubiera tenido miedo a toparme con una bala!

4.8.7

¿Es posible que yo, que deseaba el martirio <11>, me muera en una cama?

4.8.8

¿Y cómo llevas ahora tu vidita?

¡Mi vidita es sufrir, y nada más! No puedo decir: Dios mío, esto por la

Iglesia, Dios mío, esto por Francia... etc.... Dios sabe muy bien lo que tiene

que hacer con ello; yo se lo he dado todo por complacerle. Además, me

cansaría demasiado diciéndole: dale esto a Pedro, dale esto a Pablo. Sólo

lo hago de inmediato cuando me lo pide alguna hermana, y luego ya no

vuelvo a pensar en ello. Cuando rezo por mis hermanos misioneros, no

ofrezco mis sufrimientos, sino que digo simplemente: Dios mío, dales a

ellos todo lo que deseo para mí.

 

 

 

5 de agosto

5.8.1

Hacía mucho calor, y el sacristán nos compadecía por llevar hábitos

gruesos.

En el cielo Dios nos recompensará por haber llevado por su amor hábitos

gruesos en la tierra.

5.8.2

Al comprobar que ya casi no podía moverse:


 

 

 

David decía en los salmos: «Soy como el saltamontes, que cambia

continuamente de lugar». ¡Pues yo no puedo decir lo mismo! Me gustaría

pasearme, pero estoy atada de pies y manos.

5.8.3

...Cuando los santos hayan cerrado tras de mí la puerta del cielo, cantarán:

Por fin te tenemos,

ratoncito gris,

por fin te tenemos

y te retendremos.

(Una cancioncilla que le vino a la memoria.)

5.8.4

Sor María del Sagrado Corazón le dijo que, a su muerte, los ángeles

vendrían acompañando a Nuestro Señor, y que ella los vería

resplandecientes de luz y de hermosura <12>.

... Ninguna de esas imaginaciones me hace el menor bien, sólo puedo vivir

de la verdad. Precisamente por eso, nunca he deseado tener visiones. En

la tierra no se puede ver el cielo ni a los ángeles tal como son. Yo prefiero

esperar a después de la muerte.

5.8.5

Durante las Vísperas, Madrecita, he pensado que tú eres mi sol.

5.8.6

Me quedé dormida y soñé que tú te inclinabas sobre mí para darme un

beso; yo quise devolvértelo, pero de pronto me desperté, toda extrañada

de que mi beso cayera en el vacío.

5.8.7

Su cama no había sido colocada todavía en medio de la enfermería, sino

al fondo, en un ángulo. Para celebrar al día siguiente, de agosto, la fiesta

de la Transfiguración de Nuestro Señor, habíamos cogido del coro la Santa

Faz, que a ella le gustaba mucho, y habíamos colgado el cuadro, rodeado

de flores y de luces, a su derecha, en la pared. Me dijo, mirando la imagen:

¡Qué bien hizo Nuestro Señor en bajar los ojos al dejarnos su retrato!

Como los ojos son el espejo del alma, si hubiésemos entrevisto su alma

habríamos muerto de alegría.

¡Y cuánto bien me ha hecho esa Santa Faz a lo largo de mi vida! Cuando

componía mi cántico «Vivir de amor», me ayudó a hacerlo con gran

facilidad. Durante el silencio de la noche, escribí de memoria las quince

estrofas que había compuesto, sin borrador, durante el día. Ese día, al ir al

refectorio después del examen de conciencia, acababa de componer la

estrofa:

Vivir de amor es enjugar tu rostro,

es de los pecadores alcanzar el perdón <13>.

Al pasar junto a ella, se le repetí con gran amor. Y mirándola, lloré de

amor.

5.8.8


 

 

 

Yo repito, como Job: «Pero la mañana no espero llegar a la noche, y por la

noche no espero volver a ver la mañana».

5.8.9

... Estas palabras de Isaías. «¿Quién creyó nuestro anuncio?... Lo vimos

sin belleza ni esplendor...» etc. <14>, han constituido todo el fondo de mi

devoción a la Santa Faz, o, por mejor decirlo, el fondo de toda mi piedad.

También yo deseaba estar sin belleza, pisar sola el vino en lagar, ignorada

por todas las criaturas...

5.8.10

A propósito de una confidencia que yo le había hecho, me dijo:

Una madre priora siempre debería hacer pensar que ella está libre de toda

pena. ¡Hace tanto bien y proporciona tanta fortaleza no hablar en absoluto

de las propias penas! Por ejemplo, hay que evitar expresarse así: Tú

tienes, sí, problemas y dificultades, pero yo tengo los mismos que tú y

muchos más, etc.

 

 

 

6 de agosto

6.8.1

Había esperado morir durante la noche, y por la mañana me dijo:

Me he pasado toda la noche acechando, como la niña de la canción del

zapatito de Navidad <15>...

No he dejado de mirar a la Santa Faz... He rechazado muchas

tentaciones... ¡Y he hecho muchos actos de fe...!

Yo también puedo decir: «Miré a la derecha, me fijé, y no había nadie que

me conociera...». Quiero decir: nadie que conociera el momento de mi

muerte... Me imagino la derecha como el lado donde tú estás con respecto

a mí.

Miró luego la estatua de la Santísima Virgen y cantó suavemente:

¿Cuándo llegará, mi tierna madre,

sí, cuándo llegará el hermoso día

en que, desde el destierro de esta tierra,

alce mi vuelo a la eternal morada? <16>

6.8.2

El intenso dolor del costado había cesado durante la noche. El Sr. de

Cornière, al auscultarla, la encontró igual de mal, pero ella dudaba de la

proximidad de su muerte.

Estoy como un pobre Robinson en su isla. Hasta que no me prometieron

nada, estaba desterrada, es verdad, pero no pensaba en abandonar mi

isla. Pero un buen día me anuncian la llegada segura de un navío que

pronto me conducirá a mi patria. Entonces me quedo en la playa, miro a lo

lejos, no dejo de mirar..., y, al no ver aparecer nada en el horizonte, me

digo: ¡Me han engañado! ¡No voy a irme!

6.8.3


 

 

 

Me enseñó, en el breviario del Sagrado Corazón, estas palabras de

Nuestro Señor a la beata Margarita María, que ella había encontrado allí al

azar el día de la Ascensión:

«La cruz es el lecho de mis esposas, en ella te haré consumar las delicias

de mi amor».

Y me contó que, un día, una hermana había abierto al azar ese mismo

libro y que, al toparse con un pasaje muy exigente, le había pedido que

probase ella también. Y se encontró con estas palabras:

«Abandónate en mí <17>...».

6.8.4

... No puedo apoyarme en nada, en ninguna de mis obras, para tener

confianza. Por ejemplo, me habría gustado poder decirme a mí misma: he

cumplido con todos mis oficios de difuntos. Pero esta pobreza fue para mí

una verdadera luz, una verdadera gracia. Pensé que en toda mi vida nunca

había podido pagar, una sola de mis deudas para con Dios, pero que, si

quería, esto podía ser para mí una verdadera riqueza y una fuerza. Y

entonces hice esta oración: Dios mío, te suplico que pagues tú la deuda

que tengo contraída con las almas del purgatorio; pero hazlo a lo Dios,

para que de ese modo sea infinitamente mejor que si yo hubiese rezado

mis oficios de difuntos. Y me acordé con gran dulzura de estas palabras

del cántico de san Juan de la Cruz: «Y toda deuda paga» <18>. Yo siempre

las había aplicado al amor... Sé que esta gracia no se puede expresar con

palabras... ¡Es demasiado exquisita para ello! ¡Se siente una paz tan

grande al saberse uno tan absolutamente pobre y al no contar más que

con Dios!

6.8.5

¡... Ay, qué pocas son las religiosas perfectas!, las que no hacen las cosas

por hacerlas y de cualquier manera, diciéndose a sí mismas: «a fin de

cuentas, no estoy obligada a esto...; no hay mayor mal en hablar aquí, en

darme gusto en esto...». ¡Qué raras son las que lo hacen todo lo mejor

posible! Y sin embargo, son las más felices. Por ejemplo, el silencio:

¡cuánto bien hace al alma, cuántas faltas de caridad evita y cuántos

disgustos de toda clase! Hablo en especial del silencio porque es el punto

en que más se falta!

6.8.6

¡Qué ufana me sentía cuando hacia de hebdomadaria en el Oficio divino y

rezaba bien alto las oraciones en medio del coro!. Porque pensaba que el

sacerdote rezaba en la Misa esas mismas oraciones y que yo tenía, igual

que él, el derecho de rezar en voz alta ante el Santísimo Sacramento, de

dar las bendiciones y las absoluciones, y de leer el Evangelio cuando

hacía de primera cantora.

... Pero tengo que decir que el oficio divino ha sido, al mismo tiempo, mi

dicha y mi martirio, por el gran deseo que tenía de recitarlo y bien y de no

cometer faltas; y a veces me ocurría que, después de haber previsto un


 

 

 

minuto antes lo que tenía que decir, lo dejaba pasar sin abrir la boca a

causa de una distracción del todo involuntaria. Sin embargo, no creo que

se pueda desear más de lo que yo lo he deseado recitar con toda

perfección el oficio divino y asistir a él en el coro.

... Disculpo mucho a las hermanas que tienen olvidos o que se equivocan.

6.8.7

Sor San Estanislao, primera enfermera, la había dejado sola durante todo

el tiempo de Vísperas, dejando la puerta y la ventana de la enfermería

abiertas; la corriente de aire era muy fuerte. Al encontrarla nuestra Madre

en este estado, mostró su descontento y pidió explicaciones (*). Ella me

dijo:

Yo conté a nuestra Madre la verdad. Pero al hablar, me vino al

pensamiento una expresión más caritativa de la que iba a emplear y que,

por otra parte, seguramente no estaba mal; seguí mi inspiración, y Dios me

recompensó con una gran paz interior.

Los Cuadernos verdes precisan:

Una de las enfermeras la había dejado durante todo el tiempo de Vísperas

expuesta a una corriente de aire. Sor Teresa del Niño Jesús le había

hecho señas de que cerrase la puerta. En lugar de entenderlo así, la

hermana creyó que la enferma pedía una manta, y se la puso sobre los

pies. Teresa trató de hablar, pero respiraba con tanto ahogo que tampoco

pudo hacerse comprender, y la buena de la hermana le trajo otra manta,

una almohada, etc., creyendo que tenía frío. La pobrecita se asfixiaba,

pero ya no trató de seguir explicándose.

Al volver de Vísperas, sor xxx, al darse cuenta de la corriente de aire y del

ahogo de la mansa enferma bajo el peso de todas aquellas mantas,

expresó en voz alta su enojo. Vino nuestra Madre y pidió una explicación a

sor Teresa del Niño Jesús, quien en esta ocasión dio pruebas tanto de

caridad como de paciencia [Cf UC, II, Anexos, p. 274].

6.8.8

Por la noche, durante Maitines, le pregunté qué entendía ella por «ser

siempre una niñita <20> delante de Dios». Me respondió:

Es reconocer la propia nada y esperarlo todo de Dios, como un niñito lo

espera todo de su padre; es no preocuparse por nada, ni siquiera por

ganar dinero. Hasta en las casas de los pobres se da al niño todo lo que

necesita; pero en cuanto se hace mayor, su padre se niega ya a

alimentarlo y le dice. Ahora trabaja, ya puedes arreglártelas tú solito.

Precisamente por no oír eso, yo no he querido hacerme mayor,

sintiéndome incapaz de ganarme la vida, la vida eterna del cielo. Así que

seguí siendo pequeñita, sin otra ocupación que la de recoger flores <21>, las

flores del amor y del sacrificio, y ofrecérselas a Dios para su recreo.

Ser pequeño es también no atribuirse a sí mismo las virtudes que se

practican, creyéndose capaz de algo <22>, sino reconocer que Dios pone

ese tesoro en la mano de su hijito para que se sirva de él cuando lo


 

 

 

necesite; pero es siempre el tesoro de Dios. Por último, es no desanimarse

por las propias faltas <23>, pues los niños caen a menudo, pero son

demasiado pequeños para hacerse mucho daño.

 

 

 

7 de agosto

7.8.1

Sor X., que se ha salido <24>, quería hacerme sus confidencias, aunque yo

ya no soy priora.

... Ni se te ocurra escucharla, aunque fuese como un ángel.

Serías muy desdichada, porque no cumpliría así con tu deber. Sería una

debilidad que, ciertamente, desagradaría a Dios.

7.8.2

¡Qué poco amado es Dios en la tierra...! Incluso por los sacerdotes y los

religiosos... No, Dios no es muy amado...

7.8.3

Me enseñó la fotografía de Nuestra Señora de las Victorias en la que había

pegado la florecita que la había dado papá en los Buissonnets el día que

ella le comunicó su vocación <25>. La raíz estaba desprendida, y el Niño

Jesús parece que la tiene en la mano y le sonríe, igual que la Santísima

Virgen.

... El que la florecita haya perdido la raíz te está diciendo que yo estoy ya

en el cielo... Por eso los dos me tratan tan amablemente... (la Santísima

Virgen y el Niño Jesús.)

7.8.4

Si fuese infiel, si cometiese la más pequeña infidelidad, sé que lo pagaría

con turbaciones espantosas y ya no podría aceptar la muerte. Por eso, no

ceso de decirle a Dios: «Dios mío, por favor, líbrame de la desgracia de ser

infiel».

¿A qué infidelidad te refieres?

A alimentar voluntariamente un pensamiento de orgullo. Si, por ejemplo,

me dijese a mí misma: He adquirido tal virtud y estoy segura de poder

practicarla. Pues eso sería apoyarse en las propias fuerzas, y cuando se

hace eso, se corre el peligro de caer al abismo. Pero si soy humilde, si soy

siempre pequeñita, tendré el derecho de hacer pequeñas travesuras hasta

el día de mi muerte sin ofender a Dios. Mira a los niños: están siempre

rompiendo cosas, rasgándolas, cayéndose, a pesar de querer muchísimo a

sus padres. Cuando yo caigo de esa manera, compruebo todavía más mi

propia nada y me digo a mí misma: ¿Qué no haría yo, a qué extremos no

llegaría si me apoyase en mis propias fuerzas...?

Comprendo muy bien que san Pedro cayera. El pobre san Pedro confiaba

en sí mismo, en vez de confiar únicamente en la fuerza de Dios. Y saco

para mí la conclusión de que si yo dijera: «Dios mío, tú sabes que te amo


 

 

 

demasiado para detenerme en un solo pensamiento contra la fe», mis

tentaciones se harían más violentas y ciertamente sucumbiría a ellas.

Estoy convencida de que si san Pedro hubiese dicho humildemente a

Jesús: «Concédeme fuerzas para seguirte hasta la muerte», las habría

obtenido inmediatamente.

Estoy convencida también de que Nuestro Señor no hablaba más a sus

discípulos con sus enseñanzas y con su presencia sensible, de lo que hoy

nos habla a nosotros con las inspiraciones de su gracia. Él podía muy bien

haber dicho a san Pedro: Pídeme fuerzas para cumplir lo que quieres.

Pero no lo hizo así, porque quería hacerle ver su debilidad, y porque, antes

de gobernar a toda la Iglesia, que está llena de pecadores, le convenía

experimentar en su propia carne lo poco que puede el hombre sin la ayuda

de Dios.

... Antes de su caída, Nuestro Señor le dijo: «Cuando te recobres, da

firmeza a tus hermanos». Con lo cual quería decirle: Persuádeles con tu

propia experiencia de la debilidad de las fuerzas humanas.

7.8.5

Yo quisiera que estuvieses siempre a mi lado, tú eres mi sol <26>.

 

 

 

8 de agosto

8.8.1

Le decía que más tarde yo pregonaría sus virtudes.

Sólo a Dios hay que pregonar, pues en mi pequeña nada nada hay que

pregonar <27>.

8.8.2

Estaba mirando al cielo por la ventana de la enfermería, y sor María del

Sagrado Corazón le dijo: «¡Con cuánto amor miras al cielo!». En ese

momento estaba más fatigada y sólo contestó con una sonrisa. Más tarde

me confió lo que había pensado:

Ella cree que miro el firmamento pensando en el cielo de verdad. Pero no

es así: es simplemente porque admiro el cielo material; el otro está cada

vez más cerrado para mí. Pero inmediatamente después me dije a mí

misma con gran paz: Sí, es una gran verdad que miro al cielo por amor; sí,

lo miro por amor a Dios, puesto que, desde mi ofrenda <28>, todo lo que

hago, mis gestos, mis miradas, todo lo hago por amor.

8.8.3

Hoy he estado pensando en mi vida pasada y en el acto de valor que

realicé en aquella Navidad <29>, y me vino a la memoria la alabanza

tributada a Judit: «Has obrado varonilmente y tu corazón se ha

fortalecido». Muchas almas dicen: No tengo fuerzas para realizar tal

sacrificio. Pues que hagan lo que yo hice: un gran sacrificio. Dios nunca

niega esta primera gracia que da el valor para actuar; después, el corazón

se fortalece y vamos de victoria en victoria.


 

 

 

8.8.4

Si Nuestro Señor y la Santísima Virgen no hubiesen asistido a banquetes,

yo nunca habría entendido la costumbre de invitar a los amigos a comer.

Me parecía que, para comer, habría que ocultarse, o por lo menos hacerlo

en familia. Invitarse sí, pero sólo para conversar, para contarse viajes,

recuerdos, en fin, para cosas del espíritu.

Siempre me dieron mucha lástima las personas que servían en los

grandes banquetes. Si, por desgracia, les sucedía que dejaban caer

algunas gotas sobre el mantel o sobre alguno de los comensales, veía al

ama de casa mirarles severamente, mientras los pobrecillos enrojecían de

vergüenza; y yo me decía interiormente: Estas diferencias que existen en

la tierra entre amos y criados ¡qué bien prueban que hay un cielo en el que

cada cual será colocado según su valía interior y en el que todos

estaremos sentados al banquete del Padre de familia! Y entonces ¡qué

Servidor tendremos, pues Jesús dijo que él mismo "se pondrá a servirnos"!

Ese será el momento en que sobre todo los pobres y los pequeños se

verán ampliamente recompensados de sus humillaciones.

 

 

 

9 de agosto

9.8.1

Yo decía de ella: ¡Nuestro guerrero está derribado!

Yo no soy un guerrero que haya combatido con armas de la tierra, sino con

«la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios». Por eso, la

enfermedad no ha podido derribarme, y ayer tarde, sin ir más lejos, me

serví de mi espada con una novicia. Le dije: Moriré con las armas en la

mano <30>.

9.8.2

A propósito de su manuscrito:

Habrá en él para todos los gustos, excepto para los que van por caminos

extraordinarios.

9.8.3

Has vuelto a ser para mí lo que eras en mi niñez... ¡Me es imposible decir

lo que eres para mí!

9.8.4

Le decían que era una santa:

No, no soy una santa; yo nunca he realizado las acciones de los santos.

Soy un alma muy pequeña a la que Dios ha colmado de gracias, eso es lo

que soy. Lo que digo es la verdad, ya lo veréis en el cielo.

 

 

 

10 de agosto

10.8.1


 

 

 

Estaba mirando la estampa de Teófano Vénard, prendida con alfileres en

la cortina de su lecho. Esa estampa representaba al misionero señalando

el cielo con el dedo.

¿Crees que me conoce? Mira lo que me enseña... Hubiera podido muy

bien no adoptar esa postura...

10.8.2

Le decían que las almas que habían llegado, como ella, al amor perfecto

podían ver su propia hermosura <31>, y que ella pertenecía a ese número.

¿Qué hermosura...? Yo no veo, en absoluto, mi hermosura; lo único que

veo son las gracias que he recibido de Dios. Estáis muy equivocadas, no

sabéis que yo no soy más que un huesecito <32> ..., que una pepita

insignificante...

(Vinieron a molestarme y no pude escuchar la explicación que siguió.)

10.8.3

Con semblante alegre y simpático, mirando el retrato de Teófano Vénard:

¡Ah..., pero...!

¡Por qué dices: ¡Ah..., pero...!, preguntó sor Genoveva.

Porque cada vez que lo miro, me mira también él a mí; y además, parece

espiarme por el rabillo del ojo con aire maliciosillo.

10.8.4

Le enseñaban una fotografía de Juana de Arco en su prisión <33>.

También a mí me animan los santos en mi prisión. Me dicen: Mientras

estés entre rejas, no puedes cumplir tu misión; pero más tarde, después de

tu muerte, llegará la hora de sus trabajos y de tus conquistas.

10.8.5

Pienso en las palabras de san Ignacio de Antioquía: «También yo he de

ser triturada por el sufrimiento para convertirme en trigo de Dios» <34>.

10.8.6

Durante Maitines:

¡Si supieras lo que eres para mí! Pero siempre te estoy diciendo lo mismo.

10.8.7

Le hablaba yo del cielo, de Nuestro Señor, de la Santísima Virgen, que

están allí en cuerpo y alma.

Lanzó un profundo suspiro y esta exclamación:

¡Ay...!

¿Quieres darme a entender con eso que estás sufriendo mucho a causa

de tu prueba <35>?

¡Sí...! ¡Que ame tanto tanto a Dios y a la Santísima Virgen, y tenga estos

pensamientos...! Pero no me detengo en ellos.

 

 

 

11 de agosto

11.8.1


 

 

 

... Siempre me ha parecido, Madrecita, que te tomas demasiado a pechos

la labor.

(A propósito del lavado.)

11.8.2

Le decía que después de su muerte seríamos muy buenas y que la

comunidad se renovaría.

«... Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda

infecundo; pero si muere, da mucho fruto».

11.8.3

No esperaba sufrir así; sufro como un niñito.

... No quisiera pedir nunca a Dios mayores sufrimientos. Si él hace que

sean mayores, los soportaré gustosa y alegre, pues vendrán de su mano.

Pero soy demasiado pequeña para tener fuerzas por mí misma. Si pidiese

sufrimientos, serían sufrimientos míos, y tendría que soportarlos yo sola, y

yo nunca he podido hacer nada sola.

11.8.4

... La Santísima Virgen no tiene una Santísima Virgen a quien amar; es

menos feliz que nosotras <36>.

(Ya me había dicho eso mismo en otra ocasión en la recreación.)

11.8.5

Muchas veces rezo a los santos sin ser escuchada; pero cuanto más

sordos parecen a mis ruegos, más los amo.

¿Por qué?

Porque he deseado no ver a Dios ni a los santos y vivir en la noche de la

fe, con mucha mayor intensidad con que otros desean ver y comprender

<37>.

11.8.6

Nos había contado una gran cantidad de cosas sobre la época de la gripe

<38>. Cuando acabó, le dije: ¡Cuánto trabajo te has tomado! ¡Y qué atenta y

simpática que has sido! Seguro que toda esa alegría no es sincera, pues

estás sufriendo enormemente en el alma y en el cuerpo.

Riéndose:

Yo no «finjo» nunca, no soy como la mujer de Jeroboam <39>.

 

 

12 de agosto

12.8.1

(Comulgó.)

«...Adiós, hermanas queridas, parto para un largo viaje».

(Alusión a mi «partida» para mi retiro de profesión.)

12.8.2

Mirando la fotografía del P. Bellière vestido de soldado:

A ese soldado de aire tan marcial, yo le doy consejos como a una niña...

Le señalo el camino del amor y la confianza <40>.


 

 

 

12.8.3

Desde lo de la espiga, siento más bajamente de mí misma. ¡Pero qué

grande es la nueva gracia que recibí esta mañana, cuando el sacerdote

comenzó a rezar el Confiteor antes de darme la comunión y todas las

hermanas lo continuaron. Veía a Jesús a punto de entregarse a mí, y

aquella confesión me parecía una humillación absolutamente necesaria.

«Yo confieso ante Dios todopoderoso, ante la bienaventurada Virgen María

y ante todos los santos, que he pecado mucho...». Sí, me decía en mi

interior, hacen bien en pedir perdón por mí en este momento a Dios y a

todos los santos... Al igual que el publicano, yo me sentía una gran

pecadora. ¡Y Dios me parecía tan misericordioso! Era enormemente

conmovedor dirigirse a toda la corte celestial para obtener por su

intercesión el perdón de Dios. Poco me faltó para llorar, y cuando la

sagrada hostia se posó sobre mis labios me sentí profundamente

emocionada.

... ¡Qué fantástico haber experimentado aquello en el Confiteor! Creo que

se debió a la situación actual de mi espíritu: ¡me siento tan miserable! Mi

confianza no ha disminuido, al contrario; y «miserable» no es la palabra

exacta, pues soy rica en todos los tesoros divinos; pero precisamente por

eso, me humillo más. Cuando pienso en todas las gracias que Dios me ha

concedido, tengo que contenerme para no derramar incesantes lágrimas

de gratitud.

... Creo que las lágrimas que derramé esta mañana eran lágrimas de

contrición perfecta. ¡Y qué difícil es producir una misma esa clase de

sentimientos! Es el Espíritu Santo quien los da, él, «que sopla donde

quiere».

12.8.4

Le hablábamos de las resistencias que en otro tiempo había opuesto

cuando le insistíamos en que se cuidase, en que no se levantase a la

misma hora que la comunidad, en que no fuese a Maitines. Nos dijo:

Vosotras no me comprendíais cuando yo insistía en que sí; pero lo hacía

porque veía muy claro que con ello se trataba de influenciar a nuestra

Madre. Yo quería decir a nuestra Madre toda la verdad, a fin de que ella

decidiera libremente. Os aseguro que si ella me hubiese pedido, por propia

iniciativa, incluso no ir a Misa, ni a comulgar, ni al Oficio divino, habría

obedecido con gran docilidad.

12.8.5

Es increíble: ahora que ya no puedo comer, me apetece toda clase de

cosas sabrosas. Por ejemplo, pollo, chuletas, arroz con acederas de los

domingos, atún <41>...

12.8.6

... Podrás decir de mí: «No vivía en este mundo, sino en el cielo, donde

estaba su tesoro».


 

 

 

 

 

13 de agosto

13.8

Le dije un pensamiento sobre el cielo, que había tenido durante

Completas.

... Yo ya sólo tengo luces para ver mi nada. Y eso me hace mayor bien que

las luces sobre la fe.

 

 

 

14 de agosto

14.8

(Comunión)

... Muchas pequeñas cruces durante la jornada... ¡Ay, cuánto trabajo os

doy!

Durante Maitines le dije: Has tenido muchos sufrimientos hoy.

Sí, pero como me gustan... Todo lo que Dios me da me gusta.

 

 

 

15 de agosto

15.8.1

(Comunión)

Le recordaba yo lo que dice san Juan de la Cruz sobre la muerte de las

almas transformadas en amor <42>. Suspiró y me dijo:

Habrá que decir que donde se dan «el gozo y los transportes» es en el

fondo de mi alma. Pero eso no animaría tanto a las almas si se pensase

que no he sufrido mucho.

¡Ya veo que estás muy angustiada! Y sin embargo, hace un mes me

decías cosas tan bellas sobre la muerte de amor...

Pues lo que entonces te decía, volvería a decírtelo también ahora.

15.8.2

Se ahogaba mucho, y como el ahogo iba en aumento me dijo:

¡No sé qué será de mí!

¿Y te preocupa lo que será de ti?

Con acento inefable y con una sonrisa:

No, no...

15.8.3

Durante el silencio <43> soñé que me decías: Cuando venga la comunidad,

va a cansarte mucho que todas las hermanas te miren y te obliguen a

decirles algo a cada una. Y que yo te respondía: Sí, pero cuando esté allá

arriba, descansaré de todo.

15.8.4

Anteanoche le pedí a la Santísima Virgen no toser, para que sor Genoveva

pudiera dormir <44>, pero añadí: Si no lo haces, te querré todavía más.

15.8.5


 

 

 

Nuestras nuevas campanas tocaban a Vísperas; abrí la puerta para las

oyera bien y le dije: Escucha cómo suenan nuestras flamantes campanas.

Después de escucharlas:

¡No demasiado flamantes todavía <45>!

15.8.6

Dios me da el valor en proporción a mis sufrimientos. Creo que de

momento no podría soportar más, pero no tengo miedo, pues si los

sufrimientos aumentan, Dios aumentará al mismo tiempo mi valor.

15.8.7

Me pregunto cómo puede Dios contenerse tanto tiempo sin tomarme...

... Además, ¡se diría que quiere hacerme creer que no existe el cielo...!

... Y todos los santos, a los que tanto quiero, ¿dónde se han «metido...?».

... No, no finjo, la verdad es que no entiendo ni jota. Pero, en fin..., tendré

que cantar muy fuerte en mi corazón:

«Después de la muerte la vida es inmortal» <46>;

de lo contrario, nada tendría sentido...

15.8.8

Después de Maitines estaba agotada, y cuando nos disponíamos a mullirle

las almohadas nos dijo:

Ahora haced de mí lo que queráis.

 

 

 

16 de agosto

16.8.1

Ya no podía hablar, de débil y sofocada que estaba.

¡No... poder... ya hablarte... ni siquiera... a ti...! ¡Ay, si pudieran saberlo...!

¡Si no amase a Dios...! Sí, pero...

16.8.2

En el locutorio no se debe hablar de cualquier cosa, por ejemplo del

aderezo personal y de vestidos...

16.8.3

«Tú no tendrás una «Teresita» que venga a buscarte».

Sonrió, y mirando la estatua de la Santísima Virgen y la estampa de

Teófano Vénard, me las señaló una tras otra con el dedo.

16.8.4

Los ángeles no pueden sufrir, no son tan afortunados como yo. ¡Pero qué

maravillados quedarían si sufriesen y sintiesen lo que yo siento...! Sí, se

quedarían atónitos, pues yo misma lo estoy.

16.8.5

Durante Maitines, se despertó de repente, y mirándome con una dulce

sonrisa:

¡Madrecita linda!


 
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