Sta. Teresita de Lisieux

Parte g

31.8.6

Una de nosotras decía: "¡Qué ahogada está! Podría muy bien morir hoy".

¡Qué felicidad!

31.8.7

Por la tarde. Me decían que estaba dormida; ella abrió los ojos y me dijo:

Que no. Acércate, ¡me gusta tanto verte!

31.8.8

¡Qué necesidad tengo de ver las maravillas del cielo! Ya nada me

impresiona en la tierra.

31.8.9

Durante Maitines:

¡Es increíble cómo se han realizado todas mis esperanzas! Cuando leía a

san Juan de la Cruz <71>, le pedía a Dios que obrase en mí lo que él dice,

es decir, lo mismo que si llegara a la vejez; en una palabra, que me

consumara rápidamente en el amor. ¡Y he sido escuchada!

31.8.10

Tras haber mirado largamente la estatua de la Santísima Virgen:

... ¿Quién hubiera podido inventar a la Santísima Virgen?

31.8.11

A mí:

... Si es verdad que tú me quieres, ¡cuánto te quiero yo también a ti!

31.8.12

Me contó que en otro tiempo, para mortificarse, mientras comía pensaba

en cosas repugnantes.

... Pero después, me pareció más sencillo ofrecerle a Dios lo que me

gustaba.

31.8.13

Hace un rato quise darme un auténtico banquete: tomé un grano de uva y

un sorbito de vino, y se los ofrecí a la Santísima Virgen. Luego hice lo

mismo con el Niño Jesús, y se acabó mi banquete.

 

 

 

NOTAS

Agosto

Las hemoptisis diarias cesan el 5 de agosto. A partir de esa fecha, su

estado, caracterizado por una fuerte opresión, se estabiliza. El domingo 15

marcará una nueva fase en la enfermedad. En el costado izquierdo

comienza a asentarse un dolor agudo. Al estar ausente el médico de

cabecera, el 17 de agosto se llama al Dr. La Néele, quien comprueba que

«la tuberculosis ha llegado al último grado» (UC p. 669). El 22 de agosto,

se produce un nuevo agravamiento.

El gráfico médico de este mes se refleja en el período correspondiente del

Cuaderno amarillo. La primera quincena aparece como una continuidad de

julio: alusiones al manuscrito y a la misión futura de la carmelita, recuerdos


 

 

 

biográficos, reflexiones de orden doctrinal precisando el «caminito».

Luego, a partir del 15, declina notablemente la resistencia de Teresa. Lo

que de ahí en adelante nos van a pintar las Ultimas Conversaciones será a

la gran enferma: a una enferma heroica.

Hay que verla sufriendo, sonriendo, ahogándose, llorando. En cada gesto,

en cada palabra, vemos a Teresa dar toda la talla de su amor. Los últimos

días del mes están marcados por declaraciones de angustia física que

dejan traslucir un sufrimiento extremo. En esa misma época, la prueba

espiritual dura todavía.

En este contexto, se aprecia mejor la fuerza de voluntad de una Teresa

que nos dejó cinco autógrafos escritos a lápiz, el último de los cuales la

larga y última carta al abata Bellière, del 10 de agosto (Cta 262-266).

1 En la catedral de San Pedro; cf Ms A 45vº. — En NV 1.8.1, la madre Inés

sitúa esta gracia en el mes de julio de 1887.

2 En su Manuscrito C, inconcluso.

3 Que desde el 7 de julio se utilizaba contra las hemoptisis.

4 El P. Roulland; cf Cta 221, nota 1.

5 Biografía y cita no identificadas.

6 SAINTE THERESE D'AVILA, Poésie-Glose [SANTA TERESA, Obras

Completas, 7ª ed. Burgos, Monte Carmelo, 1994, «Poesías» 1, p. 1324. N.

del T.]; cf 4.9.7.

7 Cf el texto original en PN 45,7.

8 Reminiscencia de un cántico a san José: «La gloria humana es pasajera.

Todo pasa en este mundo mortal», cf UC p. 523.

9 Cf 9.8.4; 3.9.2.

10 Cf 12.8.3.

11 Sobre este deseo, cf, entre otros, Ms A 61rº; Ms B 3rº; Cta 132, 192,

197, 224; PN 35,10; RP 6,11vº; Or 2; etc.

12 Cf 4.6.1; y la nota 70 del mes de julio,

13 Cf PN 17,11.

14 Cf Cta 108.

15 Canción de O. Pradère, melodía utilizada para PN 23.

16 Cántico titulado «Suspiros de un desterrado».

17 Estas palabras aparecen en las pp. 39 y 7 del opúsculo que se cita en

la Cta 196, n. 3.

18 Llama de amor viva, canc. 2ª, verso 5.

19 Hebdomadaria: hermana que presidía el oficio coral durante una

semana.

20 Cf Ms B 3vº/4vº; Ms C 3rº; Cta 178, 226, 261; PN 11,3; PN 13,5; 24,9;

31,4; 36,3; 45,4; 54,6; RP 7, estr. final; Or 14; CA 27.5.5.

21 Cf Ms B 4rº/vº; Cta 194; PN 34.

22 Cf 7.8.4; Cta 259; SANTA TERESA DE JESÚS, C, c. 40. [Así en la

edición francesa. En el texto original de la Santa, C 38, passim. N. del T.]

23 Cf Ms B 5rº; Ms C 31rº; Cta 143, 202; Or 7 y 20; CA 5.7.1; 7.8.4; etc.


 

 

 

24 Sor María de San José, que salió en 1909.

25 Cf 7.6.2; Ms A 50vº; Or 21, documento.

26 Cf 5.8.5.

27 Cf 6.8.8; 7.8.4; 13.8.1; Ms C 2rº; Cta 197; PN 53,1.

28 Cf Or 6.

29 En 1886; cf Ms A 45rº; Cta 201.

30 Cf PN 48,5 final.

31 Cf Ll 1,6,31.

32 Cf Cta 147, 2rº/vº.

33 Fotografía de Teresa en el papel de Juana de Arco consolada por santa

Catalina (VTL nº 14); cf RP 3,19vº; y Récréations, p. 334.

34 En su Carta a los Romanos, 4,1.

35 La madre Inés señaló en otra parte (NPPA): «Una noche, en la

enfermería, se encontraba más inclinada que de costumbre a hablarme de

sus sufrimientos. Nunca hasta entonces se había desahogado conmigo de

esta manera sobre este punto. Hasta entonces yo sólo conocía su prueba

vagamente.

«¡Si supieses —me dijo— los horribles pensamientos que me acosan! Pide

mucho por mí, para que no haga caso al demonio que quiere convencerme

de tantas mentiras. El razonamiento de los peores materialistas se impone

a mi espíritu: algún día, la ciencia, haciendo sin cesar nuevos progresos, lo

explicará todo naturalmente, y conoceremos la razón suprema de todo lo

que existe y que sigue siendo hoy un problema, pues aún quedan muchas

cosas por descubrir..., etc. etc.

Yo quiero hacer el bien después de mi muerte, ¡pero no podré! Ocurrirá

como con la madre Genoveva: esperábamos verla hacer milagros, y un

silencio total cayó sobre su tumba...

¡Ay, Madrecita!, ¿cómo se puede tener esa clase de pensamientos cuando

se ama tanto a Dios?

En fin..., ofrezco esos sufrimientos tan grandes para alcanzar la luz de la fe

a los pobres incrédulos, y por todos los que viven alejados del credo de la

Iglesia".

Y añadió que ella nunca entraba en discusión con esos pensamientos

tenebrosos:

Los sufro a la fuerza —me dijo—, pero mientras los sufro no ceso de hacer

continuos actos de fe».

36 Cf 21.8.3* final; y Cta 137.

37 Cf 4.6.1; 5.8.4; 11.8.5; 11.9.7; RP 7,1vº; Or 16; pero en cambio, Cta 56,

n. 2.

38 Invierno 1891-1892; cf Ms A 79rº.

39 La mujer de Jeroboam se había disfrazado para ir a consultar al profeta

Ajías.

40 Cf el final del Ms C.

41 Sobre estos antojos de enferma, cf 26.8.4; 31.8.5; 4.9.5; UC p. 687.


 

 

 

42 Cf Ll 1,6,30; un pasaje éste que, en la enfermería, Teresa había

señalado con varias crucecitas a lápiz en su ejemplar (UC p. 419).

43 Entre el mediodía y la una de la tarde.

44 Sor Genoveva dormía en una celdita contigua a la enfermería.

45 [Teresa dice «pas cor»], expresión popular normanda por «pas

encore».

46 Tomado del «Credo» de Herculano, ópera de F. David.

47 Sin duda, la carta del abate Bellière, del 17 de agosto (LC 194, en CG

p. 1063s).

48 Cf 25.8.6; 29.9.3; Ms A 10vº; y el estudio sobre el demonio en TrH pp.

128-135.

49 Debido a esta debilidad, Teresa ya no volverá a comulgar hasta su

muerte; cf 20.8.10 y la nota a la misma a pie de página.

50 Sobrenombre que Teresa daba, en los últimos meses de su vida, a su

hermana Celina; cf 22.9.4; 23.9.3.

51 Cf 3.9.3.

52 Su nombre civil era Clara Bertrand. Sobre esa frase, cf «Escritos

Varios», p. 1009.

53 Sobre estos gemidos, cf UC p. 677.

54 Teresa habla también de la vida de la Sagrada Familia en Ms A 59vº, y

RP 6, Acto I.

55 Cf Ms C 25vº.

56 Cf sin embargo RP 6,2vº.

57 Cf PN 54.

58 «Libres», especifica en otra parte la madre Inés.

59 Alusión a las posturas atormentadas con que la iconografía presenta a

menudo a esta santa.

60 PN 54,16; cf CA 10.6.

61 Cf Cta 167, P.D. párr. 1, y sus notas 1 y 9.

62 PN 54,6.

63 «Lo hacía con buena intención», señala la madre Inés.

64 Cf 14.6; 11.8.3; 15.8.6; 23.8.1; 25.8.8; 29.9.11.

65 Sobre esas «quejas» y esa aceptación, cf 22.8.10; 23.8.10; 28.8.4;

5.9.3; 20.9.1; 30.9.

66 Compárese con la escena que sor Genoveva sitúa en el 16 de agosto

(infra).

67 Ese mismo dicho, en una carta de sor María de la Eucaristía a su

padre, del 27 de agosto (UC p. 680).

68 Sobre esa capacidad de sufrimiento, cf Ms C 10rº; 29.7.14.

69 Teresa hace aquí un juego de palabras: «Je suis bourrée» («bourrée»:

p.p. del verbo «Bourrer» = atiborrar, atracar, comer en exceso), y «Je suis

une bourrée» («Bourrée»: sustantivo fem., que significa haz de leña

menuda de baja calidad) [Nota retocada por el traductor].

70 La Virgen de la Sonrisa.


 

 

 

71 Foto VTL nº 45.

72 Cf Ms A 83rº; Ll 1,6,30; y nota 90 de julio.

 

 

 

2 de septiembre

2.9.1

Morirás con toda seguridad en un día de fiesta.

_ ¡Ese día será una fiesta muy hermosa! Nunca he deseado morir en un

día de fiesta<1>.

2.9.2

... Hacía tal vez dos años que estaba aquí cuando el Señor hizo que

cesase mi prueba respecto a sor María de los Angeles<2> y que pudiese

abrirle mi alma... Por fin pudo realmente consolarme.

1.9.3

... Una cosa que me costaba mucho era pedir permiso para hacer

mortificaciones en el refectorio, porque era muy tímida y me ponía

colorada; pero lo hacía fielmente mis dos días por semana. Cuando esta

prueba de la timidez se pasó, ponía menos cuidado, y seguro que más de

una vez me olvidé de mis dos mortificaciones.

1.9.4

Le decíamos que ella era el jefe de la banda, que había vencido a todos

los enemigos, y que sólo teníamos que seguirla. Entonces hizo el gesto,

tan familiar para nosotras, de poner las manos una sobre otra a una

distancia muy pequeña, diciendo:

«¡Así de encumbrada en la familia!».

Luego, haciendo ademán de sembrar algo:

¡Pulgarcito!

1.9.5

Le decía sor Genoveva: «¡Y pensar que aún te esperan en Saigón!».

Iré, iré dentro de poco; ¡si supieras qué pronto haré ese viaje!

1.9.6

Cuando una acepta el disgusto de haber sido mala, Dios vuelve

enseguida.

1.9.7

He ofrecido muy especialmente mi prueba interior contra la fe por un

allegado de nuestra familia que no tiene fe<3>.

(El Sr. Tostain.)

1.9.8

... ¡Sí, sí, deseo el cielo! «¡Rompe la tela de este dulce encuentro»<4>,

Dios mío!

 

 

 

3 de septiembre

3.9.1


 

 

 

Le contaba lo que me había dicho acerca de los honores rendidos en

Francia al zar de Rusia.

¡Nada de eso me deslumbra! Háblame de Dios, del ejemplo de los santos,

de todo lo que es verdad...

3.9.2

¡Y pensar que estamos cuidando a una santita!

¡Bien, pues tanto mejor! Pero querría que fuera Dios quien lo dijese.

3.9.3

La pobre madre Corazón de Jesús<5> se volvía cada vez más exigente, y

las enfermeras se quejaban de verse obligadas a ceder a sus manías.

¡Cómo me hubiera atraído todo eso!

 

 

 

4 de septiembre

4.9.1

Comentaban que sor San Estanislao decía de ella que era «un ángel»

debido a las sonrisas y a las caricias<6> que ella le hacía a cambio del

menor servicio.

... Así es como he conquistado a Dios, y por eso me va a recibir él tan bien

a la hora de mi muerte.

4.9.2

Me alegro mucho de que me repugne la carne, porque así, al menos, no

siento gusto al comerla.

(Se le servía un poco de carne).

4.9.3

En el momento en que yo salía de la enfermería para ir al refectorio:

¡Te quiero!

4.9.4

Tocaban al ángelus.

¿Tengo que abrir las manitas?

No, hasta para rezar el ángelus estás demasiado débil. Basta con que

invoques a la Santísima Virgen diciendo: «¡Virgen María!». Ella prosiguió:

Virgen María, te quiero con todo el corazón.

Sor Genoveva le dijo: «Dile que la quieres también por mí». Entonces

añadió muy bajito:

Por «la señorita Lilí», por la mamá, por la madrina, por Leonia, por Mariíta,

por mi tío, por mi tía, por Juana, por Francis, por «Mauricio», por «el

pequeño Roulland» y por todos los que amo<7>.

4.9.5

Le apetecía cierto plato, por cierto muy sencillo, y una de nosotras se lo

hizo saber a nuestro tío.

¡Tiene gracia que hagamos saber esto a los del mundo! En fin, se lo he

ofrecido a Dios.


 

 

 

Le dije que no era culpa mía, pues de hecho yo lo había prohibido. Ella,

tomando el platito, replicó:

Ya está ofrecido a Dios. No me importa nada. Que piensen lo que quieran.

4.9.6

Durante Maitines:

Mamaíta ¡cuánto te quiero!

Con una hermosa sonrisa, haciendo esfuerzos por hablar:

Digamos algo, sin embargo, digamos...

... ¡Si supieras la paz que me produce el pensamiento de que pronto me iré

al cielo! Me siento muy feliz, sí, pero no puedo decir que experimente una

intensa alegría y transportes de júbilo, no.

4.9.7

No obstante, ¿prefieres morir a seguir viviendo?

No, mamaíta, no prefiero ni una cosa ni otra. Yo no puedo decir como

nuestra Madre santa Teresa: «Que muero porque no muero»<8>. Lo que

más me gusta es lo que Dios prefiera y elija para mí.

 

 

 

5 de septiembre

5.9.1

¿No sientes, entonces, dejar a "mamá"?

(con aire infantil.)

No... Si no hubiese vida eterna, entonces sí... Pero la hay, tal vez...

¡Seguro que la hay!

5.9.2

Si te dijeran que vas morir de repente, en este mismo instante, ¿sentirías

algo de miedo?

... ¡Ay, qué felicidad! ¡Querría irme!

¿Entonces prefieres morir a seguir viviendo?

No, de ninguna manera. Si me curase, los médicos me mirarían

boquiabiertos y yo les diría: «Señores, estoy muy contenta de haberme

curado para seguir sirviendo a Dios en la tierra, ya ésa es su voluntad. He

sufrido como si fuera a morir; pues bien, volveré a comenzar otra vez».

5.9.3

Señalándome con el dedo el vaso de agua un poco coloreada de vino, con

semblante alegre y muy gracioso:

Dame de beber, mamaíta, por favor. Tiene hielo, está buena.

Después de un trago:

¡He bebido sin sed! Son un pequeño «bebe sin sed».

Le decía que durante el silencio había sufrido menos:

No, lo mismo. ¡Mucho, he sufrido mucho! Pero sólo me he quejado a la

Santísima Virgen.

5.9.4


 

 

 

Visita del Dr. La Néele, que después de haberle dicho en la consulta

anterior que estaba a las puertas de la muerte y que incluso podía morir de

repente al darse vuelta en la cama, hoy le dijo: «Eres como un buque que

ni avanza ni retrocede».

Ella, de momento, se quedó estupefacta.

¡Ya lo has oído, me dijo, ya ves cómo cambia esto! Pero yo no quiero

cambiar, yo quiero seguir totalmente abandonada en las manos de Dios.

 

 

 

6 de septiembre

6.9.1

Después de lo que me pasó ayer<9>, dime algunas palabras tiernas.

¿Qué puedo hacer para consolarte, criatura? Me siento totalmente

incapaz.

... con semblante apacible:

No necesito que me consuelen...

6.9.2

Por la tarde lloró de alegría cuando le llevaron una reliquia del venerable

Teófano Vénard.

Me ofreció con mucho cariño una pequeña margarita por mi cumpleaños.

Durante toda la tarde estuvo muy cariñosa con nosotras tres, y

extraordinariamente encantadora. Yo le dije:

He observado que en cuanto puedes, vuelves a ser la misma de siempre.

Es verdad. Sí, cuando puedo hago todo lo posible por estar alegre y por

agradar.

6.9.3

Esperaba al Sr. Youf para confesarse; pero no pudo venir, lo cual fue para

ella una verdadera decepción. Pero recobró enseguida su semblante

sereno.

6.9.4

Le trajeron algo de comer; estaba mejor del estómago.

¡Ay!, ¿qué se ha hecho de mi enfermedad? ¡Ahora resulta que voy a

comer!

 

 

 

7 de septiembre

7.9

No me había dicho ni una sola palabra en todo el día, y por la tarde yo

pensaba: hoy no voy a tener nada que escribir.

Pero casi enseguida me dijo:

¡No hay nadie como tú!

Y a continuación comenzó a derramar gruesas lágrimas por el miedo que

tenía de haberme hecho sufrir por algo en lo que yo mi siquiera me había

fijado.


 

 

 

 

 

 

8 de septiembre

8.9

Entró un pequeño petirrojo y se puso a dar saltitos sobre su cama.

Leonia le envió la caja de música que aún se conserva, y las melodías,

aunque profanas, son tan tiernas, que las escuchó con auténtico placer.

Por último, le trajeron un manojo de flores silvestres para festejar el

aniversario de su profesión. Al verse tan colmada de atenciones, lloró de

agradecimiento y nos dijo:

Lloro por las delicadezas que Dios tiene conmigo. Por fuera me veo

colmada de ellas, pero por dentro sigo en la prueba..., pero también en la

paz.

 

 

 

9 de septiembre

9.9.1

Habíamos dado demasiada cuerda a la caja de música y parecía

estropeada. Augusto <10> la arregló, pero desde entonces falló (durante un

tiempo) la nota más bonita. Yo estaba disgustada y le pregunté si ella

también lo estaba.

En absoluto. Sólo lo estoy porque tú lo estás.

9.9.2

¡Sé muy bien lo que es sufrir!

 

 

 

10 de septiembre

10.9.1

En la consulta, el Sr. de Cornière quedó consternado ante su estado.

Bueno, ¿estás contenta?, le dije una vez que se fue el doctor.

Sí, pero ya estoy un poco acostumbrada. Dicen y se desdicen.

10.8.2

Mientras le arreglaban, por la noche, las almohadas, apoyó en mí la

cabeza mirándome con ternura. Aquello me recordó la mirada del Niño

Jesús a la Santísima Virgen cuando escucha la música del ángel, en la

estampa de la que ella decía refiriéndose a la Virgen: «Es Paulina en

ideal» <11>.

 

 

11 de septiembre

11.9.1

La mamaíta morirá la última. Vendremos a buscarla Teófano y yo cuando

haya terminado de trabajar para mí...

... a no ser que las almas la necesiten.


 

 

 

11.9.2

¡Te quiero mucho, pero que mucho!

Cuando oigo abrir la puerta, siempre creo que eres tú, y si no vienes, me

quedo muy triste.

Dame un beso, pero un beso que haga ruido; o sea, que los labios hagan

«¡pit!».

Sólo en el cielo sabrás lo que eres para mí... Eres una lira, un cántico...,

muchísimo más que una caja de música, ¡que sí!, incluso cuando estás

callada.

11.9.3

Había hecho (Teresa) dos coronas de acianos para la Santísima Virgen, y

ésta las tenía una a sus pies y otra en la mano. Le dije:

Seguro que piensas que la que tiene en la mano es para dártela a ti.

No, que haga con ella lo que quiera. Lo que yo le doy es para que se

deleite.

11.9.4

... Temo haber tenido miedo a la muerte... Pero no tengo miedo a lo que

haya después, ¡eso no! Y no lamento la vida, no. Sólo me he preguntado:

¿qué será esa misteriosa separación del alma y del cuerpo? Es la primera

vez que me ha sucedido eso, pero me he abandonado enseguida a Dios.

11.9.5

¿Quieres darme el crucifijo para besarlo después del acto de contrición y

ganar la indulgencia plenaria en favor de las almas del purgatorio? ¡No les

doy más que eso!

Dame ahora el agua bendita. Acércame las reliquias de la madre Ana de

Jesús y de Teófano Vénard, que quiero besarlas.

Luego hizo una leve caricia a la estampa de la Virgen Madre: primero al

Niño Jesús y después a la Santísima Virgen.

No lograba dormirse y me dijo:

Yo sé lo que pasa, es la maldad del demonio. Está furioso porque no me

he olvidado de mis devociones. Cuando por un motivo u otro no las hago,

me duermo, y luego me despierto algunos minutos después de la media

noche. Es como si quisiera burlarse de mí porque he dejado de ganar la

indulgencia plenaria.

11.9.6

¿He de tener miedo al demonio? Me parece que no, pues todo lo hago por

obediencia.

11.9.7

No, no deseo ver a Dios en la tierra. Y sin embargo, ¡le amo! También amo

mucho a la Santísima Virgen y a los santos, y tampoco deseo verlos <12>.

 

 

12 de septiembre

12.9


 

 

 

Era la fiesta del Santísimo Nombre de María, y me pidió que le leyera el

Evangelio del domingo. No tenía a mano el misal y le dije sencillamente:

Es el evangelio el que el Nuestro Señor nos advierte que «nadie puede

servir a dos señores». Entonces puso una vocecita de niño que recita la

lección y me lo dijo de punta a rabo.

 

 

 

13 de septiembre

13.9.1

Estaba mucho peor y tenía los pies hinchados desde el día anterior. No se

podía hacer el menor movimiento a su alrededor, como arreglarle un poco

la cama y sobre todo tocarla, sin hacerle mucho daño, de débil que estaba.

No suponíamos que estuviese tan mal, y sor María del Sagrado Corazón,

después de mí, le había tomado el pulso durante un buen rato. Al principio,

no manifestó ninguna señal de cansancio, por no apenarnos, pero al final

ya no pudo más y se echó a llorar. Y luego, cuando le arreglaban las

almohadas y el almohadón, sollozó diciendo dulcemente:

Quisiera... quisiera...

_ ¿Qué?

No hacer sufrir a mis hermanitas, y para eso, irme muy pronto.

En ese momento, miró a sor María del Sagrado Corazón y le dirigió una

sonrisa encantadora; era a ella a quien más temía haber hecho sufrir.

Como no conseguíamos poner bien el almohadón, pues no nos atrevíamos

a moverla mucho, dijo con mucho salero, apoyándose en las manos y

tratando de hacerlo ella misma:

Esperad, voy a correrme a los pies de la cama, saltando como un

saltamontes.

13.9.2

Una hermana <13> había cogido para ella en la huerta una violeta. Se la

ofreció y se retiró. Entonces Teresita me dijo, mirando a la flor:

¡Ay, el perfume de las violetas!

Luego me hizo una seña, como para saber si podía olerla sin faltar a la

mortificación.

 

 

 

14 de septiembre

14.9.1

Le llevaron una rosa. La deshojó sobre su crucifijo con una gran piedad y

amor, cogiendo uno a uno los pétalos y acariciando con ellos las llagas de

Nuestro Señor.

En el mes de septiembre, dijo, Teresita sigue deshojando «la rosa

primavera»:

Quiero...

deshojarte mi rosa


 

 

 

_mi rosa primavera_

y enjugar con sus pétalos

tu llanto, mi Señor <14>.

Y como los pétalos se caían de la cama al suelo de la enfermería, dijo con

gran seriedad:

Recoged cuidadosamente esos pétalos, hermanitas, más tarde os servirán

para hacer obsequios... No perdáis ni uno...

14.9.2

¡Ay, ahora...!

«¡Mi destierro, lo espero, será breve!» <15>.

14.9.3

El Dr. La Néele le había asegurado que no tendría agonía, y como sufría

cada vez más:

... ¡Sin embargo, me habían dicho que no tendría agonía...!

... Pero, a fin de cuentas, acepto tenerla.

¿Y si te dieran a elegir entre tenerla o no tenerla?

No eligiría nada.

 

 

 

15 de septiembre

15.9.1

Cuando estés en el cielo, tus grandes sufrimientos de ahora te parecerán

poca cosa.

Ya aquí en la tierra me parecen muy poca cosa.

15.9.2

Durante la recreación de la noche:

Cuando sor Genoveva decía hace un poco a sor Marta, que preguntaba

por mí: "Está muy cansada", yo pensaba para mis adentros: ¡Qué verdad

es, tiene razón! Sí, soy como un viajero cansado y agotado, que cae sin

fuerzas al llegar al término de su viaje.

... Sí, ¡pero caigo en los brazos de Dios!

15.9.3

Nuestra Madre me ha dicho que no tenía que hacer nada para prepararme

para la muerte, porque ya estaba preparada por adelantado <16>.

 

 

16 de septiembre

16.9

A mí sola, a preguntas que yo le hacía:

Una cosa que nos atrae las luces y la ayuda de Dios para guiar y consolar

a las almas es el no contar nuestras propias penas en busca de consuelo.

Y es que, además, eso no es un verdadero consuelo: en vez de calmar,

excita.


 

 

 

 

 

17 de septiembre

17.9.1

Junto a las enfermas hay que estar alegres.

(Y es que le manifestábamos nuestra tristeza)

Vamos a ver: No tenéis que lamentaros como los que no tienen esperanza.

Con un aire un poco travieso:

Acabaréis por hacerme lamentar la vida.

_ ¡No, lo sentiríamos mucho!

¡Es verdad! Lo dije para meteros miedo.

17.9.2

Hablándome de su niñez, me contó que un día le regalaron un canastillo y

que había exclamado, loca de alegría:

¡Ahora ya no deseo nada más en la tierra!

Y que luego había cambiado de opinión y que había dicho a toda prisa:

Sí, todavía deseo algo: ¡el cielo!

 

 

 

18 de septiembre

18.9.1

Le decía yo que tenía miedo a cansarla con mi charla:

Madrecita, tu conversación me es muy agradable. No, no me cansa. Es

para mí como una música... No hay dos como tú en la tierra. ¡Cuánto te

quiero!

18.9.2

Mirando por la ventana la viña loca, toda roja, sobre la ermita de la Santa

Faz:

La Santa Faz está en todo su esplendor. Fíjate, hay ramas de viña loca

hasta por encima de los castaños.

18.9.3

Esta tarde estoy mejor.

En efecto, se interesaba por todo. Miraba con verdadero gusto el mantel

que estaba haciendo sor Genoveva para el altar del oratorio, y luego los

ornamentos para el señor abate Denis<7>.

Pero por la mañana, cuando sor Amada de Jesús la había cogido en

brazos para arreglarle un poco la cama, creí que se moría.

 

 

 

19 de septiembre

19.9

Habían traído de fuera un ramo de dalias. Las miró con gusto y pasó los

dedos muy delicadamente por sus pétalos.


 

 

 

Después de la primera Misa del señor abate Denis, pidió que le enseñaran

el cáliz. Como mirara largo rato el fondo de la copa, le dijeron: ¿Por qué

miras tan atentamente el fondo del cáliz?

Porque me reflejo en él. En la sacristía, me gustaba hacerlo. Me sentía

feliz al pensar: mis facciones se han reflejado en el mismo lugar donde ha

reposado y adonde volverá a bajar la sangre de Jesús.

¡Cuántas veces he pensado también que en Roma mi rostro se reprodujo

en los ojos del Santo Padre <18>!

 

 

20 de septiembre

20.9.1

Visita del Dr. de Cornière, que nos dice que debe de estar sufriendo un

verdadero martirio. Al salir, se hacía lenguas de su heroica paciencia. Le

repetí a ella algo de esto.

¿Cómo puede decir que tengo paciencia? ¡Eso no es cierto! No paro de

quejarme, suspiro, exclamo continuamente: ¡Ay, ay!. Y también: ¡Dios mío,

no puedo más! ¡Ten compasión, ten compasión de mí!

20.9.2

Por la tarde le cambiaron la túnica, y nos impresionó su delgadez, pues la

cara era la misma. Yo fui a pedirle a nuestra Madre que viniera a verle la

espalda. Tardó mucho en venir, y me admiró la expresión tan dulce y

paciente de nuestra enfermita mientras la esperaba. Nuestra Madre quedó

penosamente sorprendida, y dijo con bondad: «¿Pero qué es una niña tan

delgada?».

¡Un esqueleto!

 

 

 

21 de septiembre

21.9.1

Había estado yo vaciando la escupidera, sin decir nada, y la dejé a su

lado, pensando en mi interior: ¡Qué feliz me sentiría si me dijese en el cielo

me lo pagará! E inmediatamente, volviéndose hacia mí, me dijo:

En el cielo te lo pagaré.

21.9.2

¡Cuando pienso que se va a morir...!, dijo sor Genoveva.

¡Claro que sí! ¡Y de resultas de esto, según creo!

21.9.3

¡Y pensar que ella no tiene una Teresita a quien amar!

... ¡Él me llama su Teresita!

¿Quién?

¡Pues el P. Bellière!


 

 

 

El Padre acababa de escribir <19>, y quise volver a leerle su carta,

pensando que le gustaría volver a encontrarse con esa expresión, pero

estaba demasiado cansada y me dijo:

¡No, basta! ¡Estoy harta <20> de Teresita!

Luego, volviéndose hacia mí con aire zalamero:

¡Pero no harta de mi Paulinita! ¡Eso no!

21.9.4

Me voy a fregar los platos, tengo doble turno <21>.

¡Muy duro para mí, sí!

21.9.5

Sor Genoveva me pedía un lápiz, yo también lo necesitaba, pero no

obstante le di el mío. Entonces dijo con tono claro y preciso:

Es un gesto muy bonito.

21.9.6

¡Ay! ¿Qué es la agonía? ¡Me parece estar en ella de continuo...!

21.9.7

Al secarse los ojos, se le desprendieron algunas pestañas de los

párpados:

Recoge esas pestañas, sor Genoveva querida, hay que entregar lo menos

posible a la tierra...

E hizo un juego de palabras con el nombre del P. Alaterre <21a> (un obrero),

hermano de sor San Vicente de Paúl:

De todas formas, si eso le gusta al pobre...

Así de alegre estaba siempre, a pesar de sus grandes sufrimientos

anímicos y corporales.

 

 

 

22 de septiembre

22.9.1

Después de recordarle varias ocasiones en las que había sido muy

humillada durante su vida religiosa, añadí: ¡Cuántas veces te tuve lástima!

Te aseguro que no tenías por qué tenerme tanta lástima. ¡Si supieras

cómo sobrevolaba por encima de todo eso! Salía fortalecida de las

humillaciones. No había nadie más valiente que yo en la familia.

22.9.2

Quería decirme algo y no podía.

... ¡Qué duro es verse en semejante impotencia!

... ¡Y precisamente contigo! ¡Era tan bonito cuando podía hablarte! Esto es

lo más duro.

22.9.3

Decía yo, mirando la estampa de Teófano Vénard: ¡Ahí lo tienes, con su

sombrero en la mano, y, para colmo de males, no viene a buscarte!

Sonriendo:

Yo no me burlo de los santos... Los quiero mucho... Ellos quieren ver...


 

 

 

¿Qué? ¿Si vas a perder la paciencia?

Con aire travieso y profundo a la vez:

Sí..., pero sobre todo si voy a perder la confianza..., hasta dónde voy a

llevar mi confianza...

22.9.4

Llamaba a sor Genoveva su "chacha", y a sor María de la Trinidad su

"muñeca" porque le parecía que tenía cara de muñeca. Lo hacía por

entretenernos, y nunca por disipación o por infantilismo. Pero abusábamos

de esos apelativos, y nos dijo:

No hay que llamarse de cualquier forma. No es religioso <22>.

22.9.5

Se te tiene que hacer muy largo el tiempo...

No, el tiempo no se me hace largo. Me parece que fue ayer cuando

todavía seguía los actos de comunidad u cuando escribía el cuaderno. (Su

vida).

22.9.6

¡Qué enfermedad tan terrible y cuánto llevas sufrido!

¡¡¡Sí!!! ¡Y qué gracia tener fe! Si no hubiese tenido fe, me habría quitado la

vida sin dudarlo un instante <23>.

 

 

23 de septiembre

23.9.1

... ¡Cuánto te debo! ¡Por eso te quiero tanto...! Pero no quiero hablar más

de ello, porque me echaría a llorar...

(Llorar la perjudicaba mucho.)

23.9.2

Mañana será el aniversario de tu toma de velo, y seguramente el día de tu

muerte.

No sé cuando será, lo espero de continuo, pero sé muy bien que no puede

tardar.

23.9.3

Nos sonreía con frecuencia, a una o a otra, pero no siempre nos dábamos

cuenta.

... Muchas veces he dirigido radiantes sonrisas a la "chacha" y a otras,

pero se han perdido...

23.9.4

Por la noche se había oído como el arrullo de un pájaro en la ventana

cerrada, y nos preguntábamos qué podría ser aquello. Una decía: es una

tórtola; otra: es un ave de rapiña.

Bueno, si es un ave de rapiña, ¡peor para mí! Las aves de rapiña venían

precisamente a comer a los mártires.

23.9.5


 

 

 

A propósito de una confidencia de poca importancia que una hermana le

había hecho pidiéndole que guardara el secreto:

... Cuando las hermanas lo imponen, el secreto es sagrado... Aunque se

tratase de cosa más insignificante, no habría que decirlo.

23.9.6

Después de un silencio muy largo, mirándonos a sor María del Sagrado

Corazón y a mí, que en aquel momento estábamos solas con ella:

¡Hermanitas queridas, vosotras me habéis educado...!

y los ojos se le llenaron de lágrimas.

 

 

 

24 de septiembre

24.9.1

En el aniversario de su toma de velo, yo había encargado la Misa por ella.

¡Gracias por la Misa!

Como la veía sufrir tanto, contesté con tristeza: ¿Pero ya ves que te

encuentras más aliviada?

¿O sea, que has obtenido permiso para mandar decir la Misa para

aliviarme?

Lo hice por tu bien.

Mi bien consiste, sin duda alguna, en sufrir <24>...

24.9.2

Me contó un disgusto que había tenido tiempo atrás, un año en que

habíamos podado demasiado tarde los castaños.

Al principio fue una amarga tristeza, acompañada de grandes combates.

¡Me gustaban tanto las sombras! Y ese año no las íbamos a tener. Las

ramas, ya verdes, estaban en gavillas en el suelo, ¡y no quedaban más

que troncos! Luego, de pronto, me sobrepuse, diciéndome: Si estuviera en

otro Carmelo, ¿qué me importaría que cortasen aunque fuera todos los

castaños del Carmelo de Lisieux? Y sentí una gran paz y una alegría de

cielo.

24.9.3

Visita del Sr. de Cornière, que está cada vez más edificado. Le dice a

nuestra Madre: «¡Es un ángel! Tiene cara de ángel, su rostro no se ha

alterado lo más mínimo, a pesar de sus enormes sufrimientos. Nunca he

visto cosa igual. Dado su estado de adelgazamiento general, es cosa

sobrenatural».

24.9.4

... Quisiera correr por las praderas del cielo...

... Quisiera correr por praderas donde la hierba no se aplastara, donde

hubiera hermosas flores que no se marchitaran y preciosos niños que

fuesen ángeles <25>.

No pareces nunca cansada de sufrir. ¿Lo estás en realidad?

Pues no. Cuando no puedo más, no puedo más, eso es todo.


 
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