Parte f
17 de agosto
17.8.1
(Comunión)
Estoy segura de que Dios quiere que sufra. Los remedios que deberían
ayudarme y que alivian a los demás enfermos, a mí me perjudican.
17.8.2
Acababan de levantarla y le habían hecho daño, y como la habían hecho
sufrir también al dispensarle ciertos cuidados, pidió un pañito. Dudaban si
dárselo o no, por no saber para qué lo quería. Entonces, dijo mansamente:
Deberíais creerme cuando pido algo, pues soy un sol de criatura...
(Es decir, que sólo pide lo indispensable.)
Una vez vuelta a la cama, sintiéndose al límite de sus fuerzas:
Soy una "niña" muy enferma, ¡sí, muy enferma!
17.8.3
Puso una vincapervinca en la estampa de Teófano Vénard. Yo guardé esa
vincapervinca.
17.8.4
Voy a rezar a la Santísima Virgen para que disminuya tu opresión.
No, hay que dejarles las manos libres allá arriba.
17.8.5
Durante Maitines, mirando la estampa de Teófano Vénard:
No sé qué me pasa, ya no puedo mirarlo sin llorar.
17.8.6
Después de Maitines se encontraba menos sofocada, y dijo a sor
Genoveva señalándome a mí:
Le rezó a María, y ya no he vuelto a hipar.
(Usaba esta palabra en plan de broma y con un soniquete muy gracioso,
cuando quería decir que tosía hasta ahogarse.)
18 de agosto
18.8.1
Sufro mucho, ¿pero sufro bien? Esa es la cuestión.
18.8.2
¡El "bebé" está agotado...!
Durante el silencio del mediodía, yo me había escondido un poco detrás de
la cama, para escribir.
Vuélvete de lado para que te vea.
18.8.3
Mamá, tienes que leerme la carta que has recibido para mí <47>. No quise
pedírtela durante la oración, para prepararme para la comunión de mañana
y porque no está permitido.
(Era durante la recreación.)
Y al ver que yo cogía el lápiz para escribirlo:
¿Perderé acaso el mérito por habértelo dicho y por escribirlo tú?
¿O sea, que quieres adquirir méritos?
Sí, pero no para mí: para los pobres pecadores, por las necesidades de
toda la Iglesia, en una palabra, para arrojar flores a todo el mundo, a justos
y a pecadores.
18.8.4
Le decía que tenía mucha paciencia.
Todavía no he tenido ni un minuto de paciencia. Mi paciencia no es mía...
¡Siempre os equivocáis!
18.8.5
Ya que dicen que todas las almas sufren las tentaciones del demonio en el
momento de la muerte, también yo tendré que pasar por ello. Pero no, yo
soy demasiado pequeña. Y con los pequeñitos no puede <48>...
18.8.6
Yo le decía: ¡Qué extraño te parecería, si recobrases la salud!
Si ésa fuese la voluntad de Dios, me sentiría muy feliz de ofrecerle ese
sacrificio. Pero te aseguro que me costaría mucho, porque haber ido tan
lejos para tener que volver... ¡Vamos...!
18.8.7
En el estado de debilidad en que me encuentro, me pregunto qué sería de
mí si viese una araña grande en la cama. Pero, en fin, quiero aceptar
también ese miedo por Dios
¿... Y si tú le pides a la Santísima Virgen que no suceda eso?
19 de agosto
19.8.1
Poco faltó para que se desmayase antes de la comunión al oír salmodiar,
aunque en voz baja, el Miserere. Más tarde me dijo, derramando lágrimas:
¡A ver si pierdo el conocimiento...! Si supiesen la debilidad que tengo <49>...
Esta noche ya no podía más. Le pedí a la Santísima Virgen que me
cogiese la cabeza entre sus manos para poder soportar esa debilidad.
19.8.2
Quédate conmigo, Madrecita, que sólo tenerte a mi lado me resulta ya una
ayuda.
19.8.3
Sor Genoveva le presentó el crucifijo, y ella lo besó tiernamente en la cara.
En ese momento era hermosa como un ángel. El crucifijo tenía caída la
cabeza, y ella dijo contemplándolo:
¡Está muerto... ! Prefiero que lo representen muerto, porque pienso que ya
no sufre.
19.8.4
Pidió ciertos cuidados que le costaban mucho, pero que el doctor y nuestra
Madre había recomendado. Sor Genoveva le dijo como a un niñito: ¿Quién
ha pedido eso a la «chacha» <50>?
Ha sido el «bebé», por fidelidad.
19.8.5
Acariciaba en las dos mejillas a Teófano Vénard. (La estampa estaba
prendida en la cortina, un poco lejos de ella.)
¿Por qué la acaricias así?
Porque no puedo besarle.
19.8.6
A sor María de la Eucaristía:
NO hay que sentarse así, de través, en las sillas; está escrito.
19.8.7
A sor Genoveva, que le arreglaba las almohadas sin tener cuidado con las
estampas de las cortinas:
¡Cuidado con Teofanito!
19.8.8
Cuando estábamos las tres juntas a su lado, hablábamos demasiado. Esto
la cansaba, porque le hacíamos demasiadas preguntas a la vez.
«¿Qué quieres que digamos hoy?».
Será mejor no decir absolutamente nada, porque a decir verdad no hay
nada que decir.
«Todo está ya dicho, ¿no?».
Con una graciosa inclinación de cabeza:
Sí.
19.8.9
No importa lo que me digas, aunque sean las cosas más insignificantes.
Me haces el efecto de un gracioso trovador que canta sus leyendas con
melodías siempre nuevas.
Y daba sorbitos para hacerme ver que se bebía mis palabras.
19.8.10
Sólo sufro en este momento. Si alguien se desalienta y se desespera, es
porque piensa en el pasado y en el futuro.
20 de agosto
20.8.1
A sor Genoveva, con tono infantil:
Tú sabes muy bien que estás cuidando a un "bebé" que se está
muriendo... Así que (mostrando el vaso) habría que echar un buen vaso de
algo bueno, pues el «bebé» tiene mal muy sabor de boca.
20.8.2
Había pedido que la besasen poco, pues, al estar tan débil, el aliento la
fatigaba.
¿Podemos por lo menos hacerte una caricia?
Sí, las manos no respiran.
20.8.3
Le hablaban de la lata que daba a las enfermeras la pobre madre Corazón
de Jesús <51>.
¡Cómo me habría gustado ser enfermera! No por motivos naturales, «sino
por razones de gracia». Y creo que hubiera hecho muy feliz a la madre
Corazón de Jesús. Sí, me hubiera gustado... Y habría puesto en ello
mucho amor, pensando en las palabras de Dios. «Estuve enfermo, y me
aliviasteis». Hasta en el Carmelo es difícil encontrar ocasiones tan
hermosas como éstas.
20.8.4
Con aire alegre y travieso:
¡Pronto estaré sumida en los horrores del sepulcro! Y también tú,
Madrecita, estarás un día allí... Y cuando te vea llegar junto a mí, «se
estremecerán de alegría mis huesos quebrantados».
20.8.5
En cuanto veo algo de beber, me pasa esto. (Tose y le dice al vaso de
agua de Bottot): ¡No es para beber! (Aparte:) No me entiende... (Más alto:)
¡Te he dicho que no es para beber!
20.8.6
Ya no podía ni ver la leche, que, por otra parte, nunca le había gustado, y
que entonces le causaba una enorme repugnancia. Yo le dije: «¿Beberías
esta taza por salvarme la vida?».
¡Claro que sí...! ¿Y crees que no la tomaría por amor de Dios?
Y se bebió la taza de un trago.
20.8.7
Hacíamos comentarios acerca de la marca que tenía la capa de la
enfermería: «+.F.».
No, no significa lo que decís. Quiere decir que hay que llevar la cruz (+)
para poder llegar más allá del firmamento (F).
20.8.8
Cuando sufro mucho, estoy contenta de ser yo quien sufre, y me alegro de
que no seáis una de vosotras.
20.89
«Contigo, Clarita, es con quien me encuentro más a gusto».
(Frase que decía a la madre Genoveva <52> su hermanito.)
20.8.10
A causa de lo mucho que sentía no poder recibir ya la comunión, y como
consecuencia de los muchos comentarios que tuvo que oír a este
respecto, pasó un día de angustias y de tentaciones que a mi entender
debieron de ser terribles (*). Por la tarde me pidió que estuviera un rato en
silencio y que ni siquiera la mirara. Me dijo muy bajito:
Si ahora mismo te contara mis pesares, no pararía de llorar, y estoy tan
agotada, que sin duda me ahogaría.
Tras un silencio que duró más de una hora, me habló, pero poniendo
delante de los ojos el abanico que le habían dado para las moscas, pues
estaba todavía muy emocionada.
(*) Los Cuadernos verdes aclaran:
Aquel día sufrió angustias muy agudas. He aquí por qué:
La comunión, que tanto deseaba antes, se convirtió para ella en un motivo
de tormento durante su enfermedad. A causa de los vómitos, de la
opresión y de la debilidad, temía que le sobreviniese algún percance, y
hubiese querido que fuéramos nosotras quienes le dijésemos que no la
recibiera. Ella no quería cargar por propia iniciativa con esa
responsabilidad, pero, como no decía nada, nosotras pensábamos darle
gusto insistiendo en que comulgase. Ella seguía callando, pero aquel día
ya no pudo más y estalló en lágrimas.
No sabíamos a qué atribuir aquel disgusto y le rogábamos
encarecidamente que nos lo dijese. Pero la opresión que le producían los
sollozos era tan fuerte, que no sólo no pudo respondernos sino que nos
hizo señas de que no le dijésemos ni una sola palabra y de que ni siquiera
la miráramos.
Al cabo de varias horas que pasé sola a su lado, me atreví a acercarme y
le dije que había adivinado muy bien el motivo de sus lágrimas. La consolé
lo mejor que pude; parecía estar a punto de morir de dolor. Nunca la había
visto sumida en semejantes angustias.
Ya no volvió a comulgar hasta su muerte. El 19 de agosto, día de su última
comunión y fiesta de san Jacinto, la había ofrecido por la conversión del
desventurado P. Jacinto. A esta conversión se había dedicado durante
toda su vida [Cf UC, II, Anexos, p. 324. N. del T.]
20.8.11
Me habló de la carta de un sacerdote que decía que la Santísima Virgen
no conocía por experiencia los sufrimientos físicos.
Al mirar esta noche a la Santísima Virgen, comprendí que eso no es
verdad. Comprendí que ella no sólo sufrió en el alma, sino también en el
cuerpo. Sufrió mucho en los viajes, de frió, de calor, de cansancio. Ayunó
muchas veces.
... Sí, ella sabe bien lo que es sufrir.
... Pero ¿acaso está mal querer que la Santísima Virgen haya sufrido? ¡Yo,
que tanto la quiero!
20.8.12
Se ahogaba mucho.
Desde hacía algún tiempo, encontraba un cierto alivio para sus opresiones,
tan penosas, emitiendo algo así como un gritito acompasado <53>, algo así
como: «¡Oh, là là!», o bien «¡Agne! Agne!».
Cuando la opresión viene desde abajo, es cuando digo: «¡Agne! ¡Agne!».
Pero eso no es de buena educación, y no me gusta. Ahora diré: «Anne!
¡Anne!».
Pondrán eso en tu circular.
¡Parecerá una receta de cocina!
20.8.13
Tú fuiste quien me dio la alegría de tener el retrato de Teófano Vénard,
una alegría inmensamente grande. ¡Y eso que pudiera muy bien no
haberme gustado...! Pero es muy coquetón, es muy mono (*).
(*) Expresiones que ella había oído y que le hacían gracia.
20.8.14
¡Qué hermoso será conocer en el cielo todo lo que ocurrió en el seno de la
Sagrada Familia! Cuando el Niño Jesús empezó a ser mayorcito, al ver
ayunar a la Santísima Virgen, tal vez le diría: «A mí también me gustaría
ayunar». Y la Santísima Virgen le contestaría: «No, Jesusito, tú eres
todavía demasiado pequeño, no tienes fuerzas». O quizás no se atrevía a
negárselo.
¿Y san José? ¡Ay, cuánto lo quiero! El no podía ayunar, debido a su
trabajo.
Lo veo acepillar, y después secarse la frente de vez en cuando. ¡Qué
lástima me da de él! ¡Qué sencilla me parece que debió de ser la vida de
los tres!
Las mujeres la aldea irían a charlar familiarmente con la Santísima Virgen.
A veces le pedirían que dejase que el Niño Jesús fuese a jugar con sus
hijos. Y el Niño Jesús miraría a la Virgen para saber si debía ir o no. Otras
veces, aquellas buenas mujeres irían directamente al Niño Jesús y le
dirían sin ninguna clase de ceremonias: «Ven a jugar con mi niño», etc.
... Lo que me hace mucho bien, cuando pienso en la Sagrada Familia, es
imaginármela llevando una vida totalmente ordinaria. No todo eso que se
nos cuenta y todo eso que se supone. Por ejemplo, que el niño Jesús
hacía pajaritos de barro y después, soplando sobre ellos, les daba la vida.
No, el Niño Jesús no hacía milagros inútiles como ésos, ni siquiera por
complacer a su Madre. Y si no, ¿por qué no fueron transportados a Egipto
en virtud de un milagro, que, por lo demás, habría sido más necesario y
tan fácil para Dios? En un abrir y cerrar de ojos habrían sido llevados allá.
Pero no, en su vida todo discurrió como en la nuestra.
¡Y cuántas penas, cuántas decepciones! ¡Cuántas veces se le habrán
hecho reproches al bueno de san José! ¡Cuántas veces se habrán negado
a pagarle su trabajo! ¡Qué sorprendidos quedaríamos si supiésemos todo
lo que sufrieron!, etc. etc.
Me habló largo y tendido sobre este tema y no pude escribirlo todo <54>.
20.8.15
Quisiera estar segura de que la Santísima Virgen me ama.
20.8.16
¡Y pensar que toda la vida me ha costado tanto rezar el rosario <55>!
20.8.17
Después de recibir la absolución, en vez de perderme en oraciones para
dar gracias a Dios, pienso sencillamente con gratitud que él me ha puesto
un vestido muy blanco y me ha cambiado el delantal. Ni uno ni otro
estaban muy sucios, pero es igual: mis vestiditos son más brillantes y todo
el cielo me mira con mejores ojos
20.8.18
No cabe duda que cuando sor María del Sagrado Corazón fue procuradora
me hizo hacer muchas mortificaciones. Me quiere tanto, que yo parecía su
niña mimada; pero en estos casos la mortificación mucho mayor todavía.
Me cuidaba según sus gustos, completamente opuestos a los míos...
21 de agosto
21.8.1
Sufría mucho, y yo la estaba mirando de rodillas y con el alma a los pies.
_ Ojitos tristes, ¿por qué?
_ Porque estás sufriendo mucho.
_ Sí, pero también paz, paz...
21.8.2
Ya no hay más que cama para el bebé..., ¡todo, todo hace sufrir!
Casi enseguida empezó de nuevo a toser y no pudo dormirse.
¡Ni siquiera cama ya para el bebé! ¡Se acabó! ¡Cualquier noche me
ahogaré, lo sé!.
21.8.3*
¡Cuánto me hubiera gustado ser sacerdote para predicar sobre la
Santísima Virgen! Un solo sermón me habría bastado para decir todo lo
que pienso al respecto.
Ante todo, hubiera hecho ver qué poco se conoce su vida.
No habría que decir de ella cosas inverosímiles o que no sabemos; por
ejemplo que de muy pequeñita, a los tres años, la Santísima Virgen fue al
templo para ofrecerse a Dios con ardientes sentimientos de amor,
totalmente extraordinarios, cuando tal vez fue allá sencillamente por
obedecer a sus padres.
¿Y por qué decir también, al hablar de las palabras proféticas del anciano
Simeón, que la Santísima Virgen, a partir de ese momento, tuvo
constantemente ante los ojos la pasión del Señor? "Una espada te
atravesará el alma", le dijo el anciano. Por lo tanto, no se trataba del
presente, ¿te das cuenta, Madrecita?; era una predicción genérica para el
futuro <56>.
Para que un sermón sobre la Virgen me guste y me aproveche, tiene que
hacerme ver su vida real, no su vida supuesta; y estoy segura de que su
vida real fue extremadamente sencilla. Nos la presentan inaccesible,
habría que presentarla imitable, hacer resaltar sus virtudes, decir que ella
vivía de fe igual que nosotros, probarlo por el Evangelio, donde leemos.
«No comprendieron lo que quería decir». Y esta otra frase, no menos
misteriosa: «Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía
del niño». Esta admiración supone una cierta extrañeza, ¿no te parece,
Madrecita?
Sabemos muy bien que la Santísima Virgen es la Reina del cielo y de la
tierra, pero es más madre que reina; y no se debe decir que a causa de
sus prerrogativas eclipsa la gloria de todos los santos, como el sol al
amanecer hace que desaparezcan las estrellas. ¡Dios mío, que cosa más
extraña! ¡Una madre que hace desaparecer la gloria de sus hijos...!Yo
pienso todo lo contrario, yo creo que ella aumentará con mucho el
esplendor de los elegidos.
Está bien hablar de sus privilegios, pero no hay que quedarse ahí; y si en
un sermón nos vemos obligados a exclamar desde el principio hasta el
final «¡oh! ¡oh!», acaba uno harto. ¡Y quién sabe si en ese caso algún alma
no llegará incluso a sentir cierto distanciamiento de una criatura tan
superior y a decir: «Si eso es así, mejor irse a brillar como se pueda en un
rincón».
Lo que la Santísima Virgen tiene sobre nosotros es que ella no podía pecar
y que estaba exenta del pecado original. Pero por otra parte, tuvo menos
suerte que nosotros, porque ella no tuvo una Santísima Virgen a quien
amar, y eso es una dulzura más para nosotros y una dulzura menos para
ella.
Finalmente, en mi cántico «Por qué te amo, María» he dicho todo lo que
predicaría sobre ella.
22 de agosto
22.8.1
Hoy es el santo del abuelito.
(San Joaquín.)
22.8.2
¿Qué sería de mí, Madrecita, si Dios no me diese fuerzas? ¡Ya no tengo
más que manos <58>...!. Nadie sabe lo que es sufrir así. No, hay que
pasarlo.
22.8.3
... En tal ocasión te tuvieron por imperfecta.
Con satisfacción: Bueno, ¡tanto mejor!
22.8.4
Del lado de los intestinos y... en otras partes sufría intensamente; se temió
la gangrena (*).
Bueno, al fin y al cabo, es preferible sufrir mucho y en todo el cuerpo y
tener varias enfermedades juntas. Es como un viaje, en el que se soportan
toda clase de incomodidades sabiendo que pronto todo pasará y que, en
cuanto se llegue al final, ya todo será disfrutar.
(*) Los Cuadernos verdes precisan (CV. I, pp. 8_9):
(...) Sufre terribles dolores en los intestinos, tiene el vientre duro como una
piedra, y no puede realizar sus funciones sino entre horrorosos
sufrimientos. Si la sentamos, para evitar una opresión mayor cuando tose
mucho, le parece estar sentada «sobre clavos». Nos conjura a que
recemos por ella, porque, dice, «es como para perder la razón». No quiere
que se dejan a su alcance los medicamentos para uso externo que
contengan veneno, y aconseja que no se dejen nunca cerca de los
enfermos que padezcan esas mismas torturas; y siempre por la misma
razón: porque «es como para perder la razón», y porque, al no saber lo
que hacen, podrían incluso quitarse la vida. Y que ella misma, si no tuviese
fe, no habría dudado un instante en quitarse la vida.
22.8.5
A propósito de un comentario que le hacían (ya no recuerdo con qué
motivo):
¿Tú crees que la Santísima Virgen se deshizo en contorsiones como san
María Magdalena <59>? Pues no, no habría estado bien. ¡Me hace bien
hipar!
22.8.6
Había derramado tila sobre la cama, y para consolarla le decíamos que no
tenía importancia.
Como queriendo decir que tenía que sufrir por todo:
¡No tiene importancia, qué va!
22.8.7
Me miró durante la oración, y luego miró la estampa de Teófano Vénard
con su mirada serena y profunda.
Poco después quiso hablar para complacerme, pues apenas podía
respirar. Yo le dije que se callara.
¿No, no tengo que hablar...? Pues... yo creía... ¡Te quiero tanto...! ¡Voy a
portarme bien..., Madrecita!
22.8.8
Querían impedirle que se esforzase por consolarnos.
Tenéis que dejarme hacer mis «monadas».
22.8.9
Me alegré al pensar que rezan por mí, y entonces le dije a Dios que quería
que esas oraciones se aplicasen por los pecadores.
_ ¿Entonces no quieres que sirvan para aliviarte a tí?
No.
22.8.10
Sufría mucho y se quejaba.
¡Madrecita...! ¡Sí...! ¡Lo acepto...!
... No tengo que quejarme más, no sirve de nada. Rezad por mí,
hermanitas queridas, pero no de rodillas, sentadas.
(Estábamos de rodillas.)
23 de agosto
23.8.1
No había pasado nunca una noche tan mala. ¡Qué bueno tiene que ser
Dios para que yo pueda resistir todo lo que sufro! Nunca creí que pudiera
sufrir tanto. Y no obstante, creo que todavía no he llegado al límite del
sufrimiento. Pero él no me abandonará.
23.8.2
Tú cantaste a la Santísima Virgen:
«Puede tomar de nuevo Jesús lo que me ha dado,
dile que por mí nunca se moleste» <60>.
Ella se lo ha dicho y él te coge la palabra.
Me alegro, y no me arrepiento.
23.8.3
No, Dios no me da el presentimiento de una muerte próxima, sino el de
sufrimientos mucho mayores... Pero no me preocupo, sólo quiero pensar
en el momento presente.
23.8.4
Le decía que me habían dado una manta grande para el invierno, y que la
verdad es que era demasiado grande.
No, no, nunca se tiene demasiado calor en invierno.
... Tú tendrás frío cuando yo ya no tenga frío. ¡Qué lástima!
23.8.5
Bésame en la frente.
A sor Genoveva:
Reza mucho por mí a la Santísima Virgen, tú que eres mi enfermera, pues
si tú estuvieses enferma, yo rezaría mucho por ti a la Santísima Virgen.
Por una misma no se atreve una a hacerlo.
23.8.6
Había ofrecido sus sufrimientos por el Sr. abate de Cornière, que todavía
era seminarista <61> y se encontraba muy tentado. Él lo supo y escribió una
carta de lo más humilde y emotiva.
¡Qué consuelo me ha proporcionado esta carta! He visto que mis pobres
sufrimientos han dado su fruto. ¿Te has fijado en los sentimientos de
humildad que en ella se expresan? Eso es precisamente lo que yo
esperaba.
... ¡Y cuánto bien me ha hecho ver cómo en tan poco tiempo se puede
sentir tanto amor y tanta gratitud hacia un alma que te ha ayudado y a la
que hasta entonces no conocías! ¡Qué será, pues, en el cielo cuando las
almas conozcan a quienes las salvaron!
23.8.7
En medio de sus grandes sufrimientos:
¡Mamaíta...! ¡Mamaíta...! ¡Ah...! ¡Ah...! ¡Sí...! ¡Mamá! ¡mamá! ¡mamá!
23.8.8
Cuando se ha pedido algo a la Santísima Virgen y no nos escucha, es
señal de que no quiere. Entonces hay que dejarla a su aire y no
preocuparse.
23.8.9
Me decía que todo lo que había oído predicar sobre la Virgen la había
dejado indiferente.
Que los sacerdotes nos presenten virtudes practicables. Está bien hablar
de sus privilegios, pero sobre todo es necesario que podamos imitarla. Ella
prefiere la imitación a la admiración, ¡y su vida fue tan sencilla! Por
hermoso que sea un sermón sobre la Virgen, si nos vemos obligados a
exclamar continuamente «¡oh! ¡oh!», acaba uno harto.
Me encanta cantarle:
«Nos has hecho visible (ella decía: fácil)
el estrecho camino que va al cielo
con el constante empleo de virtudes humildes» <62>.
23.8.10
¡Mamá...! ¡Ay, no paro de quejarme...! ¡Pero vamos...! Acepto, sí, estar
enferma..., pero cuando toso continuamente y no puedo más...
(Hoy ha terminado el régimen de leche)
Acariciaba yo su frente después de Maitines:
¡Qué gusto da!
24 de agosto
24.8.1
¿Estás desanimada?
¡No...! Sin embargo, esto va cada vez peor. Con cada respiración sufro
intensamente. De todas formas, todavía no es como para gritar.
(Aquella mañana tenía una expresión muy dulce y serena.)
24.8.2
... ¡Cómo me gustaría hablarte...! ¡Qué sacrificio...! ¡Pero me cuesta!
24.8.3
... Mamaíta, a pesar de todo, ¿quieres que te hable?
(Yo llevaba ya mucho tiempo mirándola en silencio.)
Una media hora más tarde, durante la recreación:
¡Mamaíta...!, ¡yo que te quiero tanto...!
Despertándose durante Maitines:
¡Ay, el tiempo que hace que te estoy hablando! ¡Y veo que no te has
enterado de nada!
(Me había explicado su enfermedad durante una pesadilla.)
... ¡Y ahora siento que me amenaza la tos! ¡En fin...!
_ Todo va peor, ¿verdad?
_ No, va mejor.
24.8.4
Yo la había compadecido, y ante el comentario de sor Genoveva de que
con eso no se arreglaba nada:
¡Al contrario!, es eso justamente lo que alivia a los enfermos.
25 de agosto
25.8.1
Le expresaba mi deseo de conocer la fecha de su muerte.
¡Pues yo no lo deseo! Siento una gran paz. Eso apenas me preocupa.
Durante el silencio, la puerta de la enfermería estaba abierta, y sor San
Juan de la Cruz entraba todas las noches y poniéndose a los pies de la
cama la miraba riéndose durante un buen rato <63>.
_ ¡Qué visita más indiscreta y cómo debe de cansarte!
Pues sí, cuando se sufre resulta muy penoso que te miren riéndose. Pero
pienso que a Nuestro Señor, en medio de sus padecimientos, también lo
miraban así en la cruz. Y aquello era todavía peor, pues se burlaban de él
de verdad: ¿no se dice en el Evangelio que lo miraban meneando la
cabeza? Este pensamiento me ayuda a ofrecerle gustosa ese sacrificio.
25.8.2
¡Cuánto sufres! ¡Y qué duro es! ¿Estás triste?
No. No me siento en absoluto desdichada. Dios me da justamente lo que
puedo soportar <64>.
25.8.3
Le habían traído de parte de nuestra tía unos preciosos ramos de miosotis
artificiales. Los pusieron para adornar sus estampas.
Durante el silencio, con expresión infantil y muy graciosa:
Tenía ganas de que me regalaran algo, no sabía muy bien qué ni por qué,
pero lo estaba deseando; y van y me regalan esto.
25.8.4
¡Pobre hija mía!, bien puedes decir: «¡Ay, qué largo es mi destierro!».
_ Pues a mí no me parece largo. Porque sufra, no es más largo.
25.8.5
Gemía suavemente:
¡Ay, cómo me quejo! Y sin embargo, no quisiera sufrir menos <65>.
25.8.6
Nos pedía insistentemente que rezáramos y que hiciéramos rezar por ella.
¡Cuánto se debe rezar por los agonizantes! Si se supiera...
Creo que el demonio ha pedido permiso a Dios para tentarme con
sufrimientos extremados, para hacerme faltar a la paciencia y a la fe.
A sor María del Sagrado Corazón le habló del himno de Completas, a
propósito de las tentaciones del espíritu de las tinieblas y de los fantasmas
de la noche <66>.
25.8.7
Era la fiesta de san Luis, y había hecho una ferviente oración a papá sin
ser escuchada.
... A pesar de lo que me dolió en un primer momento, le repetí a Dios que
lo amaba todavía más, y a todos los santos también.
25.8.8
Le hablaba de mi tristeza al pensar en lo que todavía tendría que sufrir:
Estoy dispuesta a todo... Sin embargo, ya ves que hasta ahora no me ha
pasado nada que fuera superior a mis fuerzas.
... Hay que abandonarse. Y quisiera que tú te alegraras.
25.8.9
¡Sí, sí, lo acepto! ¡Sí! ¡Pero es eso...!
¿El qué?
¡Que me ahogaré!
26 de agosto
26.8.1
Le habían dejado toda la noche encendido el cirio bendito.
Gracias al cirio bendito no he pasado demasiado mala noche.
26.8.2
A nuestra madre, durante la oración:
Me alegro mucho de no haber pedido nada a Dios; así, él está obligado a
darme valor <67>.
26.8.3
Yo le decía que estaba hecha para sufrir mucho, que su alma tenía temple
para eso:
Para el sufrimiento del alma, sí, puedo mucho...; pero para los sufrimientos
del cuerpo soy como un niño pequeñito. No me doy cuenta, sufro minuto a
minuto <68>.
26.8.4
Tenía que confesarse:
Madrecita, tendría que hablarte, si pudiese. No sé si ser necesario que
diga al Sr. Youf que he tenido pensamientos de gula, porque he pensado
en cosas que me gustan, pero se las ofrezco a Dios.
26.8.5
Se ahogaba.
... ¡Ay, me ahogaré...! ¡Sí...!
(ese "sí", dicho con voz suave y lastimera, era como un gritito.)
26.8.6
Durante Maitines, le dije que se moviera a su antojo para ver si encontraba
un poquito de alivio.
... ¡Qué difícil es, con lo que tengo, encontrar alivio!
26.8.7
Se le había saltado un punto en el ribete de la túnica y yo intentaba
cogerlo, pero era muy difícil y no acababa de acertar, cansándola mucho;
ella ya no podía más, y luego me dijo:
Madrecita, no hay que extrañarse de que una pobre enfermera se enfade a
veces con las enfermas. ¡Ya ves lo difícil que soy! ¡Cuánto te quiero...!
Eres muy dulce. ¡Te estoy muy agradecida, lloraría de buena gana!
26.8.8
¡Qué larga es tu enfermedad, pobrecita!
No, no, a mí no me parece larga. Cuando todo haya acabado, ya verás
cómo no te parece larga.
26.8.9
Mamaíta, ¡qué necesaria es la ayuda de Dios cuando se sufre tanto!
27 de agosto
27.8.1
¡Qué desgraciado es uno cuando está enfermo!
¡Qué va!, uno no es desgraciado cuando se va a morir. ¡Qué curioso tener
miedo a morir!
A fin de cuentas, cuando una está casada, cuando se tiene un marido y
unos hijos, se comprende; pero yo, que no tengo nada...
27.8.2
Me gustaría mucho que Monseñor no viniera a verme. De todas formas,
siempre es una gracia la bendición de un obispo.
Riéndose:
¡Si al menos fuera san Nicolás, que resucitó a tres niños...!
(Mons. Hugonin se encontraba en Lisieux.)
27.8.3
¿No estás admirada, Madrecita, de cómo llevo mis sufrimientos?
... A fin de cuentas, en el fondo del alma tengo una gran paz.
27.8.4
No has tomado nada desde esta mañana.
¿Que no he tomado nada? Tomé dos tazas de leche. Estoy atiborrada.
Soy un haz de leña <69>, ya no hace falta comprarla.
27.8.5
¡Hago pasar las noches en blanco a la pobrecita sor Genoveva!
27.8.6
Durante la recreación del mediodía:
Esta mañana me decías que no tenías a nadie, y tienes unas hermanitas y
una Madrecita.
No, no tengo a nadie a quien dejar, porque a ellas no las dejo.
Con aire travieso:
¡Anda, que si pensase que las dejo...!
27.8.7
¿Y si tuvieras que seguir enferma hasta la próxima primavera? Yo tengo
miedo, ¿tú qué dirías?
Bueno, pues diría que tanto mejor.
27.8.8
Por la tarde pasó un rato muy aliviada y nos hizo toda clase de monerías.
27.8.9
Sufría continuamente de sed (*). Sor María del Sagrado Corazón le dijo:
¿Quieres agua bien fría?
_ Sí, ¡qué ganas tengo!
_ Nuestra Madre te ha mandado pedir todo lo que necesites.
_ Ya pido todo lo que necesito.
_ ¿No pides más que lo necesario? ¿Nunca lo que te puede aliviar?
_ No, sólo lo necesario. Por eso, cuando no tengo uvas, no las pido.
Poco después de haber bebido, miraba el vaso de agua fría.
_ Bebe un poco más, le dijeron.
_ No, no tengo la lengua demasiado seca.
(*) Los Cuadernos verdes matizan:
Seguía sufriendo extremadamente a causa de la sed. "Nunca se me quita
la sed, decía. Cuando bebo, la sed aumenta. Es como si echase fuego
dentro". Por las mañanas tenía la lengua tan reseca, que parecía una
escofina o un pedazo de madera.
28 de agosto
28.8.1
Le habían vuelto la cama hacia la ventana.
¡Qué contenta estoy! Ponte ahí en frente, Mamaíta, para que te vea bien.
28.8.2
Nuestra madre y otras hermanas decían que era muy guapa, y se lo
contaron.
¡Y eso qué me importa! No me importa nada, me molesta. Cuando una
está tan cerca de la muerte, no puede alegrarse por cosas así.
28.8.3
Durante el silencio del mediodía:
¡Fíjate!, ¿ves allá abajo aquel agujero negro (debajo de los castaños, cerca
del cementerio) en el que no se puede distinguir nada? Pues en un agujero
como ése me encuentro yo, tanto en el alma como en el cuerpo. ¡Sí, qué
tinieblas! Pero siento paz.
28.8.4
Ya no aguantaba más, y se quejaba.
Creo que Dios estaría más contento si no dijese nada.
28.8.5
Mamaíta, cógeme esa preciosa cosita blanca.
¿El qué?
Ya se fue. Era una preciosa cosita de ésas que vuelan en verano.
(Un gusano de seda.)
28.8.6
Mirando por una pequeña abertura de la cortina la estatua de la Santísima
Virgen, que estaba frente a ella <70>:
¡Fíjate, me está vigilando!
28.8.7
Me gustan mucho las flores, las rosas, las flores rojas y las preciosas
margaritas rosadas.
28.8.8
Cuando tosía o hacía el menor movimiento en la cama, los ramos de
miosotis se agitaban en torno a las estampas.
Las flores tiemblan conmigo, me gusta.
28.8.9
Querida Santísima Virgen, ¿sabes por qué tengo ganas de irme? Porque
canso demasiado a mis hermanitas, y además las hago sufrir al estar tan
enferma... ¡Sí, quisiera irme!
28.8.10
Después de Maitines:
Querida Santísima Virgen, ten compasión de mí... «¡por esta vez!».
29 de agosto
29.8.1
Le leía el Evangelio del domingo: la parábola del buen samaritano.
Yo estoy como ese pobre caminante "semivivo": medio viva, medio muerta.
29.8.2
Es muy duro sufrir sin ningún consuelo interior.
Sí, pero es un sufrimiento sin inquietud. Me alegro de sufrir, ya que Dios lo
quiere.
29.8.3
¿Mamaíta?
(Me llamaba.)
¿Qué quieres?
Acabo de contar 9 peras en el peral que está junto a la ventana. Debe de
haber muchas más. Me alegro, las comerás. ¡Qué buena es la fruta!
29.8.4
Esta noche nos dio un beso.
30 de agosto
30.8.1
Pasó la noche muy tranquila, como la noche de 6 de agosto, feliz de
pensar que quizás moriría.
... Juntaba las manos con mucha gracia esperando a la muerte.
30.8.2
¿Estarías contenta si te anunciasen que ibas a morir indefectiblemente
dentro de unos días a más tardar? ¿Preferirías eso a que te anunciasen
que ibas a sufrir cada vez más durante meses y aun durante años?
No, no estaría en modo alguno más contenta. Lo único que me contenta es
cumplir la voluntad de Dios.
30.8.3
La pusieron en la cama plegable y la llevaron hasta la puerta del coro que
da al claustro. Allí la dejaron sola un largo rato. Rezaba con una mirada
muy profunda hacia la reja. Luego arrojó hacia allá pétalos de rosa.
Antes de volverla a meter, la fotografiaron <71>.
Vino el doctor La Néele y le dijo: «Es para pronto, hermanita, estoy
seguro». Y ella lo miró con una sonrisa de felicidad.
También vino el Sr. Youf y le dijo estas palabras que ella me refirió: «Ha
sufrido más de que le queda por sufrir. ... Terminamos al mismo tiempo
nuestro ministerio, usted como carmelita y yo como sacerdote».
31 de agosto
31.8.1
Nueva visita del Dr. La Néele.
31.8.2
Si murieses mañana, ¿no tendrías un poco de miedo? ¡Sería tan pronto!
No, aunque fuese esta misma noche, no tendría nada de miedo, sólo
tendría alegría.
31.8.3
¡Cuánto me cuesta hacer la señal de la cruz!
... ¡Ay, hermanitas! ¡Ay, Dios mío, Dios mío! ... ¡Dios mío, ten compasión
de mí! ... Ya no sé decir otra cosa.
31.8.4
Pronto esta cama en la que te vemos estará vacía, ¡qué dolor para
nosotras!
Pues yo, en vuestro lugar, estaría muy contenta.
31.8.5
... Tengo más hambre que en toda mi vida. Siempre he comido como un
pajarito, y ahora lo devoraría todo. Me parece que me estoy muriendo de
hambre.
... ¡Cuánto debió de sufrir santa Verónica!
(Había leído que esta santa había muerto de hambre.)