Parte h
24.9.5
Me daban ganas de decirle al Sr. de Cornière: Me río porque, a pesar de
todo, usted no ha podido impedirme ir al cielo. Pero en castigo, cuando yo
esté allá, no le dejaré a usted ir tan pronto <26>.
24.9.6
Dentro de poco ya sólo hablaré el lenguaje de los ángeles.
24.9.7
En el cielo tú estarás entre los serafines.
Puede... Pero si estoy entre ellos, no haré como ellos. Ellos se cubren con
las alas delante de Dios; yo me guardaré muy bien de cubrirme con las
alas.
24.9.8
... ¡Dios mío..., ten piedad de la ni... ni...ña!
(Dándose vuelta con gran dificultad.)
24.9.9
_ Cuando Teresa acaricia a su "Teófano", él se siente muy honrado.
_ No se trata de honores...
_ ¿Entonces de qué se trata?
_ Simplemente de caricias.
(Estaba acariciando el retrato de Teófano Vénard.)
24.9.10
¿Así que no tienes ninguna intuición sobre el día de tu muerte?
¿Intuiciones yo? ¡Si supieras la pobreza en que me encuentro! Yo no sé
más de lo que sabes tú; yo no adivino nada a no ser por lo que veo y por lo
que siento. Pero mi alma, a pesar de las tinieblas, goza de una paz
asombrosa.
24.9.11
¡Quién te quiere como nadie en la tierra...!
25 de septiembre
25.9.1
Le conté lo que habían dicho en la recreación a propósito del Sr. Youf, que
tenía mucho miedo a la muerte. Las hermanas habían estado hablando de
la responsabilidad de los que tienen cura de almas y han vivido mucho
tiempo.
... Los pequeños serán juzgados con gran benignidad. Y se puede muy
bien ser pequeño hasta en los cargos más temibles, aun viviendo muchos
años. Si yo muriese a los 80 años, si hubiese estado en China, o en
cualquier otra arte, estoy segura de que moriría tan pequeña como hoy. Y
está escrito que al final «el Señor se pondrá en pie para salvar a los
humildes de la tierra». No dice juzgar, sino salvar.
25.9.2
Uno de estos últimos días, de terribles sufrimientos, me había dicho:
Madre, es muy fácil escribir cosas bonitas sobre el sufrimiento. Pero
escribir no significa nada, ¡nada! ¡Hay que pasar por él para saber...!
Guardaba yo de estas palabras una impresión dolorosa, cuando, ese
mismo día, como si recordase lo que me había dicho, me miró de una
manera muy especial, y hasta solemne, y pronunció estas palabras:
Ahora sé que lo que he dicho y escrito es todo verdad... Es verdad que
deseaba sufrir mucho por Dios, y es verdad que sigo deseándolo.
25.9.3
Le decían: ¡Es horroroso lo que estás sufriendo!
No, no es horroroso. A una víctima de amor no puede parecerle horroroso
lo que su Esposo le envía por amor.
26 de septiembre
26.9
Estaba ya sin fuerzas.
¡Ay, qué acabada estoy...!
Mirando por la ventana una hoja muerta desprendida del árbol y
suspendida en el aire por un ligero hilo:
Mira, ésa es mi imagen, mi vida sólo pende de un ligero hilo.
Después de su muerte, la noche misma del 30 de septiembre, la hoja, que
hasta entonces había estado balanceándose a merced del viento, cayó al
suelo, y yo la recogí con el hilo de araña que todavía estaba adherido a
ella.
27 de septiembre
27.9
Entre las dos y las tres de la tarde, le ofrecimos de beber. Nos pidió agua
de Lourdes, diciendo:
Hasta las tres, prefiero el agua de Lourdes; es más piadoso.
28 de septiembre
28.9.1
...¡Mamá...! Me falta el aire de la tierra, ¿cuándo me dará Dios el aire del
cielo...?
¡... Nunca esto ha sido tan escaso!
(Su respiración.)
28.9.2
¡Pobrecita mía, estás como los mártires en el anfiteatro: ya no podemos
hacer nada por ti!
Sí, sí, el solo hecho de veros me hace mucho bien.
Toda la tarde estuvo prodigándonos sus sonrisas.
Me escuchó con atención cuando le leí estos pasajes del Oficio de San
Miguel:
«Vino el arcángel Miguel con una multitud de ángeles. A él le ha confiado
Dios las almas de los santos para que las haga llegar a los gozos del
paraíso».
«Arcángel Miguel, yo te he constituido príncipe entre todos los elegidos».
Me hizo una seña, extendiendo la mano hacia mí y posándola luego sobre
el pecho, para darme a entender que yo estaba allí, en su corazón.
29 de septiembre
29.9.1
Desde la madrugada, parecía estar en agonía. Tenía un estertor muy
penoso y no podía respirar. Fue llamada la comunidad, que se reunió
alrededor de su cama para recitar las preces del Manual. Al cabo de una
hora, poco más o menos, nuestra Madre despidió a las hermanas.
29.9.2
A mediodía, dijo a nuestra Madre:
Madre, ¿es esto la agonía...? ¿Cómo haré para morir? ¡No voy a saber
morir...!
29.93
Volví a leerle algunos pasajes del Oficio de San Miguel y las preces de los
agonizantes en francés <28>. Cuando mencioné a los demonios, hizo un
gesto infantil, como para amenazarles, y exclamó sonriendo:
¡Oh! ¡Oh!,
con un tono de voz que quería decir: No les tengo miedo.
29.9.4
Después de la visita del doctor, le dijo a nuestra Madre:
¿Es para hoy, Madre?
_Sí, hijita.
Una de nosotras dijo entonces: Hoy Dios está muy alegre.
¡Y yo también!
¡Qué felicidad si muriese ahora mismo!
29.9.5
... ¡Cuándo me ahogaré del todo...! ¡No puedo más! ¡Que recen por mí...!
¡Jesús! ¡María!
¡Sí! Quiero..., acepto...
29.9.6
Vino sor María de la Trinidad, y, al cabo de unos instantes, ella le pidió con
mucha amabilidad que se retirara. Cuando se marchó, yo le dije:
¡Pobrecita! ¡Te quería tanto!
¿He hecho mal diciéndole que se fuera?
Y su rostro cobró una expresión de tristeza, pero yo la tranquilicé
inmediatamente.
29.9.7
(6 de la tarde). Se le había metido en una manga una especie de insecto, y
la molestaban para sacarlo:
Dejadlo, no importa.
_Sí, que te va a picar...
No, dejadlo, dejadlo, os aseguro que conozco bien a esos animalitos.
29.9.8
Yo tenía un fuerte dolor de cabeza y cerraba los ojos, muy a pesar mío, al
mirarla.
Duérmete... y yo también.
Pero ella no podía dormir, y me dijo:
¡Ay, Madre, cómo me duelen los nervios!
29.9.9
Durante la recreación de la noche:
... ¡Ay, si supierais!
(Si supierais cómo sufro.)
29.9.10
Quisiera sonreíros continuamente, ¡y os doy la espalda! ¿Os disgusta?
(Era durante el silencio.)
29.9.11
Después de Maitines, cuando nuestra Madre vino a verla, tenía las manos
juntas, y dijo con voz dulce y resignada:
Sí, Dios mío, sí, Dios mío, lo acepto todo...
Es atroz lo que estás sufriendo, ¿verdad?, dijo nuestra Madre.
_ No, Madre, no es atroz, pero es mucho, mucho..., justo lo que puedo
soportar.
Pidió quedarse sola durante la noche, pero nuestra Madre no quiso. Sor
María del Sagrado Corazón y sor Genoveva se repartieron el consuelo de
velarla (*). Yo me quedé en la celda contigua a la enfermería, que da al
claustro.
(*) Los Cuadernos verdes añaden:
No había consentido que pasasen las noches junto a ella durante su
enfermedad. La noche del 29 al 30 de septiembre, que fue la última de su
vida, insistió aún en que la dejaran sola. Por fin, sor María del Sagrado
Corazón y sor Genoveva consiguieron compartir ese consuelo... La vieron
atenta únicamente a no turbar el descanso de la que la velaba. ¡Y sin
embargo, ¡qué sufrimientos soportó!
Sor María del Sagrado Corazón, después de darle una poción, se durmió,
¡y cuál no sería su enternecimiento cuando, al despertarse, vio que la
pobrecita seguía sosteniendo en sus manos, temblorosas de fiebre, el
vasito, esperando pacientemente a que su hermana se despertase para
que volviera a ponerlo sobre la mesa!
30 de septiembre
Jueves,
día de su preciosa muerte.
+
Por la mañana, estuve velándola durante la Misa. No me decía ni una
palabra. Estaba agotada, jadeante. Adivinaba que sus sufrimientos eran
indecibles. Juntó un momento las manos, y mirando la estatua de la
Santísima Virgen:
¡Con qué fervor la he invocado! Pero es la agonía pura, sin mezcla alguna
de consuelo.
Le dije algunas palabras de compasión y de cariño, y añadí que me había
edificado mucho durante su enfermedad.
_ ¿Y tú? ¡Todos los consuelos que me has proporcionado...! ¡Han sido
muy grandes!
Se puede decir sin exagerar que pasó todo el día, sin un solo instante de
respiro, entre verdaderos tormentos.
Parecía estar al límite de sus fuerzas, y sin embargo, con gran sorpresa
nuestra, podía moverse y sentarse en la cama.
... ¡Ya veis, nos decía, con cuántas fuerzas me encuentro hoy! ¡No, no
estoy para morir! ¡Tengo todavía para meses, tal vez para años!
_ Y si Dios así lo quisiera, dijo nuestra Madre, ¿lo aceptarías?
Comenzó a contestar, sumida en la angustia:
No habría más remedio...
Pero rehaciéndose enseguida, dijo con acento de resignación sublime,
dejándose caer sobre las almohadas:
¡Lo acepto!
Pude recoger las siguientes exclamaciones, pero es imposible reproducir
el acento con que las dijo:
Ya no creo en mi muerte... Ya no creo más que en el sufrimiento... Pues
bien, ¡mejor que mejor!
¡Dios mío...!
¡Amo a Dios!
¡Querida Virgen Santísima, ven en mi ayuda!
Si esto es la agonía, ¿qué será la muerte?
¡Ay, mi buen Dios...! Sí, es muy bueno, me parece muy bueno...
Mirando a la Santísima Virgen:
¡Tú sabes que me estoy ahogando!
A mí:
¡Si supieras lo que es ahogarse!
_ Dios te ayudará, pobrecita, y pronto terminará todo.
Sí, ¿pero cuándo?
... ¡Dios mío, ten compasión de tu pobre hijita! ¡Ten compasión de ella!
A nuestra Madre:
¡Ay, Madre, le aseguro que el cáliz está lleno hasta los bordes...!
... Pero Dios no me abandonará, seguro...
... Nunca me ha abandonado.
... Sí, Dios mío, todo lo que quieras, ¡pero ten piedad de mí!
... Hermanitas, hermanitas, ¡rezad por mí!
... ¡Dios mío, Dios mío! ¡¡Tú que eres tan bueno!!
... ¡Sí, eres bueno! Lo sé...
Después de Vísperas, nuestra Madre le puso sobre las rodillas una
estampa de Nuestra Señora del Carmen.
La miró un instante y, cuando nuestra Madre le dijo que pronto acariciaría
a la Santísima Virgen como el Niño Jesús lo hacía en aquella estampa,
dijo:
Madre, presénteme pronto a la Santísima Virgen, ¡que soy un bebé que no
puede más...! Prepáreme a bien morir.
Nuestra Madre le contestó que, como ella siempre había comprendido y
practicado la humildad, ya estaba preparada. Reflexionó un instante y
pronunció humildemente estas palabras:
Sí, me parece que nunca he buscado más que la verdad. Sí, he
comprendido la humildad del corazón... Me parece que soy humilde.
Y volvió a repetir:
Todo lo que he escrito sobre mis deseos de sufrir es, con todo, una gran
verdad.
... Y no me arrepiento de haberme entregado al Amor.
Con insistencia:
No, no me arrepiento, ¡al contrario!
Un poco más tarde:
¡Nunca hubiera creído que fuese posible sufrir tanto (*)! ¡Nunca! ¡Nunca!
No puedo explicármelo, a no ser por los ardientes deseos que he tenido de
salvar almas.
(*) No se le administró ni una sola inyección de morfina.
Hacia las cinco, yo estaba sola a su lado. Su semblante cambió de pronto
y comprendí que era la última agonía.
Cuando la comunidad entró en la enfermería, acogió a todas las hermanas
con una dulce sonrisa. Tenía en las manos el crucifijo y lo miraba sin
cesar.
Durante más de dos horas, desgarró su pecho un terrible estertor. Tenía el
rostro congestionado, las manos amoratadas, los pies helados y le
temblaban todos los miembros. Un sudor abundante perlaba su frente con
gotas enormes y le resbalaba por las mejillas. La opresión era creciente y
de vez en cuando, para respirar, emitía débiles gritos involuntarios.
Durante todo este tiempo, tan cargado de angustia para nosotras, entraba
por la ventana _y me hacía sufrir mucho_ todo un gorjeo de petirrojos y de
otros pajarillos, ¡pero tan fuerte, tan cerca y tan largo rato! Yo pedía a Dios
que los hiciese callar, pues aquel concierto me traspasaba el corazón y
temía que fatigase a nuestra pobre Teresita.
En un determinado momento, parecía tener tan reseca la boca, que sor
Genoveva, pensando aliviarla, le puso en los labios un trocito de hielo. Ella
lo aceptó, dirigiéndole una sonrisa que jamás olvidaré. Era como un
supremo adiós.
A las seis, cuando sonó el ángelus, miró largamente la estatua de la
Santísima Virgen.
Por fin, a las siete y algunos minutos, habiendo despedido nuestra Madre a
la comunidad, suspiró:
Madre, ¿no es esto aún la agonía...? ¿No me voy a morir...?
_ Sí, pobrecita mía, es la agonía, pero tal vez Dios quiera prolongarla
algunas horas.
Ella continuó valientemente:
Pues bien... ¡adelante...! ¡adelante...!
No quisiera sufrir menos tiempo...
Y mirando al crucifijo:
¡Lo amo...!
....................................................................
¡Dios mío..., te amo!
.....................................................................
Y de pronto, tras pronunciar estas palabras, cayó suavemente hacia atrás,
con la cabeza inclinada hacia la derecha. Nuestra Madre mandó que
tocasen a toda prisa la campana de la enfermería, para llamar a la
comunidad.
_ «Abrid todas las puertas», decía al mismo tiempo. Estas palabras tenían
un no sé qué de solemne, y me hicieron pensar que en el cielo Dios se las
decía también a los ángeles.
Las hermanas tuvieron tiempo de arrodillarse en torno a su lecho y fueron
testigos del éxtasis de la santa moribunda. Su rostro había recuperado el
color de azucena que tenía cuando gozaba de plena salud, sus ojos
estaban fijos en lo alto, refulgentes de paz y de alegría. Hacía unos
movimientos de cabeza como si Alguien la hubiera herido divinamente con
una flecha de amor y luego retirase la flecha para volver a herirla de
nuevo...
Sor María de la Eucaristía se acercó con un cirio para ver más de cerca su
sublime mirada. A la luz de aquel cirio, no se percibió movimiento alguno
en sus pupilas. Este éxtasis duró aproximadamente el espacio de un
credo, y exhaló el último suspiro.
Después de su muerte conservó una sonrisa celestial. La suya era una
belleza encantadora. Tenía tan fuertemente asido el crucifijo, que hubo
que arrancárselo de las manos para amortajarla. Sor María del Sagrado
Corazón y yo cumplimos este oficio con sor Amada de Jesús y nos dimos
cuenta al hacerlo de que no aparentaba tener más de 12 ó 13 años.
Sus miembros permanecieron flexibles hasta su inhumación, que tuvo
lugar el lunes 4 de octubre de 1897.
Sor Inés de Jesús
r.c.i.
APÉNDICE
30 de septiembre
... Todos mis pequeños deseos se han realizado... Por tanto, este gran
deseo (morir de amor) tendrá también que realizarse.
Por la tarde:
¡Con cuántas fuerzas me encuentro hoy...! ¡Tengo para meses! ¡Y
mañana, y todos los días, será todavía peor...!
... Bueno, ¡pues mejor que mejor!
¡No puedo respirar, no puedo morir...! (*)
... ¡Nunca sabré morir...!
(*) No respiró nunca con oxígeno; creo que entonces no se conocía.
... ¡Sí, Dios mío...! ¡Sí!
... Acepto seguir sufriendo…
Hacia las cinco, la madre María de Gonzaga hizo caer las reliquias del
beato Teófano Vénard y de la madre Ana de Jesús, que estaban prendidas
con alfileres en la cortina, a su derecha. Las recogieron, y ella les hizo una
pequeña caricia.
NOTAS Septiembre
Los comienzos de este mes ven cómo se prolonga la mejoría momentánea
—muy relativa— que sucedió a los terribles sufrimientos del período
comprendido entre el 22 y el 27 de agosto. Teresa come un poco y la
familia Guérin se esfuerza por satisfacer sus antojos de enferma. Pero los
síntomas no permiten albergar ninguna esperanza: adelgazamiento
constante, debilidad extrema. Ni siquiera puede ya mover las manos y
tiene muchos dolores. Ya no la pueden tocar. El 12 de septiembre
comienzan a hinchársele los pies. El 14, el Dr. de Cornière no le da más de
quince días de vida. A partir del 21, Teresa confiesa que le parece estar
continuamente en la agonía. No entrará en ella de verdad hasta el 29,
víspera de su muerte.
El contenido del Cuaderno Amarillo en este mes tiene tanto valor por los
gestos que describe como por las palabras que refiere. Ahora más que
nunca, Teresa es maestra experiencial. Sus breves frases llevan el sello
de la autenticidad e incluso el de la literalidad. Temas dominantes: la
enfermedad, el sufrimiento, la muerte. La prueba de la fe continúa
presente. La oración de la enferma se apoya en las estampas y la estatua
que la rodean. Teresa mira la naturaleza con verdadero placer, y a veces
sigue bromeando. Aún podrá celebrar dos aniversarios: el 8, el de su
profesión (ese día escribirá su último autógrafo, Or 21), y el 24 el de su
toma de velo (cf Ms A 77rº).
El gran número de testimonios sobre el 30 de septiembre nos permite
reconstruir casi hora a hora la agonía de Teresa.
1 Ver la nota 32 del mes de julio.
2 Su maestra de novicias; cf Ms A 70vº.
3 Cf Cta 126, n. 1.
4 SAN JUAN DE LA CRUZ, Ll 1,6.
5 La madre Hermancia del Corazón de Jesús; cf 20.8.3.
6 Sor San Estanislao era sorda. Teresa le mostraba su gratitud
acariciándole la mano.
7 Es fácil identificar a los personajes de esta letanía: sor Genoveva, la
madre Inés de Jesús, sor María del Sagrado Corazón, Leonia Martin, sor
María de la Eucaristía, el señor y la señora Guérin, la señora de Néele y el
Doctor, el abate Bellière y el P. Roulland.
8 SAINTE THERESE D'AVILA, Poésie–Glose. [SANTA TERESA DE
JESÚS, Obras Completas. Burgos, Monte Carmelo, 1994, «Poesías» 1, p.
1324. N. del T.]
9 Sin duda, la decepción causada por el diagnóstico del Dr. La Néele.
10 Augusto Acard.
11 Se trata de la «Sagrada Familia» de Müller; cf Cta 264.
12 Cf la nota 37 del mes de agosto.
13 Sor María de San José.
14 PN 34,1.
15 PN 17,9 según la primera versión (Poésies, II, pp. 102s); Cf Cta 220.
16 Cf 30.9.
17 El abate Denis, que se ordenó de sacerdote el 18 de septiembre,
celebraría su primera Misa al día siguiente en el Carmelo de Lisieux.
18 En la audiencia del 20 de noviembre de 1887; cf Ms A 63vº.
19 Carta a la madre María de Gonzaga, del 19 de septiembre; puede verse
un extracto en CG p. 1163.
20 [La expresión que usa la santa es «fûtée]», «cansada», en lenguaje
popular.
21 La madre Inés tenía que fregar los platos dos días a la semana, lo cual
la privaba de la recreación con su hermana.
21a He aquí en qué basaba el juego de palabras: «à la terre» (a la tierra)
— «Alaterre» (apellido del sacerdote). N. del T.
22 Sobre el apelativo «muñeca» que Teresa daba a sor María de la
Trinidad, cf Cta 236 y 249; y CSM nº 56 en VT nº 77, pp. 66s.
23 Cf CG p. 1192.
24 Cf PN 54,16; y la nota 79 del mes de julio.
25 Cf el tema de sus sueños en Ms A 79rº; y PN 18, estr. 33.
26 El Dr de Cornière murió a los 80 años (1922).
27 La madre Inés; cf nota 104 de julio.
28 Traducción de las oraciones que la comunidad había rezado esa misma
mañana en latín, y que se encontraban en el libro Prières de la
Recommandation de l'âme (L.-J. Biton, 1894).
ÚLTIMAS CONVERSACIONES
ÚLTIMOS DICHOS DE TERESA A CELINA
Julio _ Septiembre de 1897
+
12 de julio
1
En medio de una conversación Teresa se interrumpió de repente
mirándome con compasión y con ternura, y dijo:
«... Sor Genoveva será la que más va a sentir mi partida; y me parece que
ella es ciertamente la más digna de compasión, pues, en cuanto tiene un
problema, viene a buscarme, y ya no va a tener a nadie...
... Sí, pero Dios le dará fuerzas... Y además, ¡yo volveré!»<1>.
Y dirigiéndose a mí:
«Vendré a buscarte lo antes posible, y haré que papá forme parte de la
comitiva; ya sabes que siempre tenía prisa... (*)».
(*) (Con eso no quería decir que fuese un precipitado, sino que aludía a su
temperamento que no le permitía dejar para el día siguiente lo que podía
hacer la víspera. Una vez que tomaba una decisión, nunca se le quedaba
mucho tiempo entre las manos.)
2
Más tarde, mientras yo desempeñaba a su lado mi oficio de enfermera,
hablando como siempre de la cercana separación, se puso a canturrear,
poniéndose en mi lugar, esta coplilla que iba componiendo a medida que
cantaba (melodía del cántico «Il est à moi»):
«Es mía aquella a quien el mismo cielo,
el cielo entero vino a arrebatarme.
Es mí, y yo la quiero, sí, la quiero.
Nada podrá nunca separarnos».
3
Yo le decía: «Dios no podrá llevarme inmediatamente después de tu
muerte, pues no habré tenido tiempo de ser buena». Contestó:
_ «Eso no importa. Acuérdate de san José de Cupertino: tenía una
inteligencia mediocre, era ignorante y no conocía a fondo más que este
evangelio: Beatus venter qui te portavit. Le preguntaron precisamente por
este tema, y respondió tan bien que todos se quedaron admirados y fue
admitido con grandes honores al sacerdocio, junto con sus tres
compañeros, sin más examen. Pues, juzgaron, de sus sublimes
respuestas, que sus compañeros debían de saber tanto como él.
Así que yo responderé por ti y Dios te dará gratis todo lo que me haya
dado a mí».
4
Ese mismo día, mientras yo iba de acá para allá por la enfermería, dijo
mirándome:
«Mi pequeño Valeriano...».
(Algunas veces comparaba nuestra unión a la de santa Cecilia y Valeriano
<2>.)
Julio
1
Al mirarme, le brotaban espontáneamente comentarios como éstos:
«Seremos como dos patitos, ya sabes qué de cerca se siguen uno a otro».
«¡Qué disgusto me voy a llevar si veo a cualquier otro sentado en las
rodillas de Dios! Me pasaré todo el día llorando...».
A mi Teresita le había impresionado mucho el pasaje del Evangelio en que
Jesús niega a los hijos del Zebedeo el estar en el cielo a su derecha y a su
izquierda, y decía: «Me imagino que Dios tiene reservados esos lugares
para «dos niños»... Y esperaba que esos dos niños privilegiados fuésemos
ella y yo... (Eso es lo que explica mis reiteradas preguntas reveladoras del
temor, ¡por cierto, fundado!, de no ser nunca digna de esa merced.) La
gracia del Haec facta est mihi, acaecida unas tres semanas después de su
muerte, fue la respuesta a la siguiente pregunta íntima que le formulé de
pronto durante el Oficio de Tercia: «Teresa no me ha dicho si ha recibido el
sitio que esperaba: estar sobre las rodillas de Dios...». En ese preciso
momento el coro estaba diciendo: «Haec facta est mihi»... Y no entendía
estas palabras, cuya traducción busqué una vez terminado el Oficio:
«Haec facta est mihi»... «Esto es lo que a mi me toca...».
2
Yo había dicho que, al perderla, me volvería loca. Respondió:
«Si te vuelves loca, chacha, el «Bon_Sauveur» [el Salvador] vendrá a
buscarte»<3>.
(«Chacha» era un sobrenombre que ella me daba, con permiso de nuestra
Madre, porque yo la atendía y porque, al tener que llamarme
continuamente, la cansaba menos pronunciar ese nombre que el mío.)
3
Al ver que la madre Inés de Jesús escribía todos los preciosos dichos de
nuestro Angel, mientras que yo sólo podía anotar a toda prisa los que se
referían personalmente a mí, manifesté así mi pesar por no poder escribirlo
todo:
«Yo no hago como las otras, no tomo nota de lo que dices». Ella respondió
inmediatamente:
«Tú no lo necesitas, yo vendré a buscarte...».
(Antes de que la bajasen a la enfermería, allá por el mes de junio,
viéndome un día desolada ante la perspectiva de su cercana partida, se
dirigió al Niño Jesús y, apuntándole con el dedo en un gesto encantador, le
dijo como si quisiera leerle la cartilla:
«Jesusito, Jesusito, si me llevas a mí, tendrás que llevarte también a la
Señorita Lili (*). Estas son mis condiciones, así que mira bien lo que
haces... Nada de términos medios: o lo tomas o lo dejas.
(*) Sobrenombre familiar que se remontaba a nuestra niñez y que ella me
daba en la intimidad. Nos lo había inspirado un cuento infantil titulado «El
señor Totó y la señorita Lilí»: ella era el Sr. Totó y yo la Srta. Lilí.
4
El 22 de julio escribía yo a mi tía, la señora de Guérin:
... El otro día le leía yo a mi enfermita un pasaje sobre la bienaventuranza
del cielo (*), y me interrumpió para decirme:
«No es eso lo que me atrae...».
_ ¿Pues qué es?, le contesté.
_ «¡El amor! Amar, ser amada y volver a la tierra para hacer amar al amor»
<4>.
(esto no está en el autógrafo.)
(*) Yo estaba sentada junto a la ventana.
5
Por la noche había expectorado sangre. De tanto en tanto, con sus
modales infantiles, me enseñaba toda contenta el plato<5>. Con frecuencia,
me señalaba el borde con cierto aire de tristeza que quería decir: «yo lo
quisiera lleno hasta aquí».
Yo le contesté también tristemente:
_«¿Qué importa que haya mucho o que haya poco? El hecho en sí es ya
una señal de tu muerte...».
Y luego añadí: «¡Ay, tú tienes más suerte que yo, pues yo no tengo
ninguna señal de la mía!
Ella replicó de inmediato:
¡Sí, tienes una señal! Mi muerte es señal de la tuya...
21 de julio
Mientras cumplía mi oficio en la enfermería, ordenando la habitación, ella
me seguía con la mirada, y de pronto rompió el silencio con una frase que
nada había provocado:
«En el cielo tú te sentarás a mi lado».
Y más tarde, citando un pasaje de una hermosa poesías sobre Luis VXVII
<6>:
«Pronto vendrás conmigo
... a acunar al niño que llora,
y, en su ardiente morada,
con soplo luminoso, a renovar los soles...».
«Y después te pondré las alas azul marino de un rojo querubín... Te las
sujetaré yo misma, pues tú no vas a saber, tú te las pondrías o demasiado
bajas o demasiado altas».
24 de julio
1
Conocía multitud de historietas, y recordaba cantidad de anécdotas, de las
que se servía en el momento oportuno, lo cual hacía que su conversación
fuera muy gráfica y aguda.
«Eres un alma de buena voluntad; no temas, tienes una "perrita" que te
salvará de todos los peligros...».
(Alusión a la confesión que el demonio había hecho al P. Surin en el curso
de un exorcismo: «Salgo adelante con todo; excepto con esta perra de
buena voluntad, contra la que nada puedo»).
2
Yo le decía: «Tú eres mi ideal, y ese ideal no puedo alcanzarlo, ¡qué
horrible! Creo que no tengo lo que se necesita para ello. Soy como un niño
pequeño que no tiene conciencia de las distancias: desde los brazos de su
madre tiende la manita para coger la cortina o cualquier otro objeto..., ¡sin
darse cuenta de que están muy lejos!».
«Sí, pero en el último día, Jesús acercará su Celinita a todo lo que había
deseado, y entonces lo cogerá todo».
3 de agosto
«Tú eres pequeñita, no lo olvides, y cuando uno es pequeñito no tiene
grandes pensamientos»<7>.
4 de agosto
1
En mis primeros años de vida religiosa asistí a una verdadera destrucción
de mi naturaleza; no veía en torno a mí más que ruinas, y esto hacía que
me lamentase con frecuencia. En una de esas ocasiones, la oí cantar
(melodía) (*):
«Chacha imperfecta en la tierra,
¡serás perfecta en el cielo!» (ter).
(*) La melodía de estas dos últimas líneas es la de un canto a san José:
«José, desconocido en la tierra,
¡qué grande eres en el cielo!» (ter).
La primera estrofa de este canto comenzaba así: «Sangre noble corría por
tus venas...», y el primer verso del estribillo: «La gloria del hombre es
pasajera»).
2
Para aliviar un dolor muy fuerte que mi hermanita tenía en el hombro y en
el brazo derechos, se me ocurrió sujetar en el dosel de su cama una larga
cinta, que hice doblando una tela, dentro de la cual el brazo le quedaba
suspendido en el vacío. Este alivio no duró mucho; ella, sin embargo,
quedó muy agradecida y me dijo con cariño:
«Dios hará también colgaderos para la chacha».
3
Interrumpiendo una conversación, exclamé con tristeza, pensando en su
muerte:
«¡Yo no podré vivir sin ella!».
«Tienes razón, contestó con viveza, por eso te traeré dos» <7a> ... (alas).
4
Cuando me encontré a solas con Teresa, le dije: «Quieres que de un
huevo de gorrión salga un pájaro precioso como tú, y eso ¡es imposible!».
«Sí, pero haré un experimento de física para divertir a los santos. Cogeré
ese huevecito y diré a los santos: Fijaos bien, voy a hacer un juego de
manos:
Aquí tenéis un huevecito de gorrión; bueno, pues yo voy a hacer salir de él
un hermoso pajarito como yo.
Entonces le diré muy bajito a Dios, presentándole el huevecito, pero muy
bajito, muy bajito: «Cambia la naturaleza del huevecito soplando sobre
él...». Luego, cuando me lo devuelva, se lo daré a la Santísima Virgen y le
pediré que lo bese... Después se lo pasaré a san José y le rogaré que lo
acaricie... Y por último diré muy alto a todos los santos:
_ ¡Decid todos que queréis tanto como yo al pajarito que va a salir de este
huevecito!
Y todos los santos exclamarán: ¡Queremos tanto como tú al pajarito que va
a salir de ese huevecito!
Entonces, con aire triunfal, yo romperé el huevecito, y un precioso pajarito
vendrá a ponerse a mi lado sobre las rodillas de Dios, y todos los santos
estallaron en un alborozo imposible de describir, al oír cantar a los dos
pajaritos...».
5 de agosto
1
Sobre este pasaje del Evangelio: «Dos mujeres estarán moliendo juntas: a
una se la llevarán y a la otra la dejarán...».
«Nosotras dos llevamos juntas el negocio. Yo veré que tú no puedes moler
el trigo sola, así que vendré a buscarte... Por lo tanto, estáte en vela,
porque no sabes a qué hora vendrá tu Señor».
Me recordaba con frecuencia que éramos como dos socios. ¿Qué importa
que uno de los dos sea insolvente? Mientras no se separen, un día
participarán de los mismos beneficios.
Mi Teresita siempre me decía que en su metáfora del pajarillo que a la
puerta del nido espera al Aguila Divina<8>, y que no cesa de mirarla con
amor, no se imaginaba sola sino que allí había dos pajaritos...
2
Con dichos como éste, se esforzaba por inculcarme la pobreza de espíritu
y de corazón:
«La chacha debe mantenerse en su posición social, y no tratar nunca de
ser una gran dama».
Y como me faltaba por rezar una de las Horas Menores del Oficio divino,
me dijo con tono infantil:
«Vete a rezar Nona. Y recuerda que eres una monja muy pequeña, la
última de las monjas» <8a>.
3
_ ¡Así que vas a dejarme!
_ «¡Ni a sol ni a sombra!».
Y volviendo a mi tema favorito: «¿Crees que puedo seguir esperando estar
contigo en el cielo? Me parece imposible, es como si se hiciera concursar
a un manco para coger algo que está en lo alto de una cucaña»<9>.
Sí, pero... ¿y si hay allí un gigante que coge en brazos al manco lo levanta
muy alto y él mismo le da el objeto deseado?
Pues eso es lo que Dios hará contigo. Pero no tienes que preocuparte por
ello, basta que digas a Dios: «Sé muy bien que nunca seré digna de lo que
espero, pero te tiendo la mano como un pobre mendigo y estoy segura de
que me escucharás plenamente, ¡pues eres tan bueno...!».
8 de agosto
_ Si, una vez que te vayas, se escribe tu vida <10>, yo quisiera irme antes...,
¿lo crees?
_ «Sí, lo creo, pero no tendrás que perder la paciencia; mírame a mí que
buenecita soy, tú tendrás que hacer lo mismo».
Agosto
[estampa]
1
Mi querida hermanita, en todas las reuniones que teníamos, se esforzaba
por desasirme de mí misma y comparaba nuestra carrera a la de los dos
niños pintados en esta estampa: ella camina despojada de todo, sin llevar
encima nada más que una túnica, y sin nada en las manos, a no ser la
mano de su hermanita a la que arrastra tras de sí; ésta opone resistencia,
tiene que coger flores y cargarse con un enorme ramo que le ocupa las
dos manos...
2
Un día me contó esta historieta alegórica:
«Había una vez una «señorita» que tenía muchas riquezas de esas que
hacen al hombre injusto, y a las que daba mucha importancia.
Tenía un hermanito que no poseía nada y que, sin embargo, nadaba en la
abundancia. El niño cayó enfermo y dijo a su hermana:
_ «Señorita», si quisieras, arrojarías al fuego todas esas riquezas que no
sirven más que para crearte preocupaciones, te convertirías en mi chacha
renunciando a tu título de «señorita»; y cuando yo llegue al país
encantador al que pronto voy a ir, volveré a buscarte pues habrás vivido
pobre como yo y sin preocuparte por el día de mañana.
La «señorita» comprendió que su hermanito tenía razón, se hizo pobre
como él, se convirtió en su chacha y ya nunca más se vio atormentada por
la preocupación de aquellas riquezas perecederas que había arrojado al
fuego...
Su hermanito cumplió su palabra y vino a buscarla una vez que llegó al
país encantador en el que Dios es el Rey y la Santísima Virgen la Reina, y
los dos vivirán eternamente sobre las rodillas de Dios, pues éste es el
lugar que ellos escogieron porque, siendo tan pobres, no pudieron merecer
unos tronos...».
3
En otra ocasión, haciendo de nuevo alusión a la imagen de los dos niños,
y, además, a un ama de casa a la que no le falta de nada en los armarios,
dijo:
«Señorita demasiado rica: varios capullos de rosa, varios pájaros
cantándole al oído (*), unas enaguas, una batería de cocina, pequeños
paquetes...».
(*) Tomado de un pasaje que había leído, en el que el autor ensalzaba así
a su héroe: «Tenía un capullo de rosa en los labios y un pájaro cantándole
al oído».
4
Una noche que me vio desnudarme, sintió lástima ante la miseria de
nuestros vestidos, y sirviéndose de una expresión cómica que había oído,
exclamó:
«¡Pobre, pobre! (*) ¡Estás envuelta en cuerdas (**)! Pero no siempre vas a
estar así, ¡te lo digo yo!».
(*) Sobrenombre que me daba con frecuencia.
(*) «Torée» [dice Teresa], del latín torus = cuerda.
5
«Cuando esté en el cielo, iré a meter m`no en los tesoros de Dios y diré:
Esto para María, esto para Paulina, esto para Leonia, esto para la
chiquitita de Celina.... Y haciéndole señas a papá: «Ahora es la más
pequeña, tenemos que darnos prisa por ir a buscarla».
6
Me contó este sueño que había tenido poco antes de caer enferma:
«Tú estabas a la orilla del mar con dos personas que yo no conocía. Una
de ellas propuso dar un paseo, pero ella y su compañera eran muy avaras
y dijeron que había que alquilar un cordero en vez de un burro para
montaros las tres juntas en él. Pero cuando tú lo viste cargado con ellas
dos, dijiste que tú irías a pie.
El pobre cordero fue salvando a duras penas todos los obstáculos y, no
pudiendo más, cayó agotado bajo la carga.
Entonces, en un recodo del camino, se presentó ante ti un precioso
corderito todo blanco que se ofreció a llevarte. Y entonces comprendiste
que él te sostendría durante el viaje de la vida. Luego, el corderito añadió:
«¿Y sabes?, quiero palpitar también dentro de ti...».
Después comprendí que aquella era la recompensa por la caridad que
habías tenido con aquellas dos personas al soportarlas sin quejarte. Por
eso el mismo Jesús vino a entregarse a ti».
16 de agosto
Habiéndome levantado muy de madrugada, encontré a mi querida
hermanita pálida y desfigurada por el sufrimiento y por la angustia. Me dijo:
«El demonio ronda a mi alrededor. No lo veo, pero lo siento... Me
atormenta, me agarra como con una mano de hierro para impedirme tener
el más ligero alivio, aumenta mis dolores para que me desespere... ¡Y no
puedo rezar! Sólo puedo mirar a la Santísima Virgen y decir: ¡Jesús...!
¡Cuán necesaria es la oración de Completas: «Procul recedant somnia el
noctium fantasmata»! Líbranos de los fantasmas de la noche <12>.
Siento algo misterioso... Hasta ahora me dolía sobre todo el costado
derecho; pero Dios me preguntó si quería sufrir por ti, y yo le contesté
inmediatamente que sí... En ese mismo momento, comenzó a dolerme el
costado izquierdo con increíble intensidad... ¡Sufro por ti, y el demonio no
lo quiere!».
Profundamente impresionada, encendí un cirio bendito y poco después
recobró la calma, pero sin que se le pasara ese nuevo sufrimiento físico.
Desde entonces, llamaba al costado derecho «el costado de Teresa» y al
costado izquierdo «el costado de Celina».