Sta. Teresita de Lisieux

Parte 9

Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor

lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares... En una

palabra, ¡que el amor es eterno...!

 

Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío..., al

fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor...!

 

Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú

quien me lo ha dado... En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el

amor... Así lo seré todo... ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad...!!!

 

¿Por qué hablar de alegría delirante? No, no es ésta la expresión justa. Es,

más bien, la paz tranquila y serena del navegante al divisar el faro que ha

de conducirle al puerto... ¡Oh, faro luminoso del amor, yo sé cómo llegar

hasta ti! He encontrado el secreto para apropiarme tu llama.

 

No soy más que una niña, impotente y débil. Sin embargo, es

precisamente mi debilidad lo que me da la audacia para ofrecerme como

víctima a tu amor, ¡oh Jesús! Antiguamente, sólo las hostias puras y sin

mancha eran aceptadas por el Dios fuerte y poderoso. Para satisfacer a la

justicia divina, se necesitaban víctimas perfectas. Pero a la ley del temor le

ha sucedido la ley del amor, y el amor me ha escogido a mí, débil e

imperfecta criatura, como holocausto... ¿No es ésta una elección digna del

amor...? Sí, para que el amor quede plenamente satisfecho, es preciso que

se abaje hasta la nada y que transforme en fuego esa nada...

 

[4rº] Lo sé, Jesús, el amor sólo con amor se paga. Por eso he buscado y

hallado la forma de aliviar mi corazón devolviéndote amor por amor.

 

«Ganaos amigos con el dinero injusto, para que os reciban en las moradas

eternas». Este es, Señor, el consejo que diste a tus discípulos después de

decirles que «los hijos de las tinieblas son más astutos en sus negocios

que los hijos de la luz».

 

Y yo, como hija de la luz, comprendí que mis deseos de serlo todo, de

abarcar todas las vocaciones, eran riquezas que podían muy bien hacerme

injusta; por eso me he servido de ellas para ganarme amigos...

 

Acordándome de la oración de Eliseo a su Padre Elías, cuando se atrevió

a pedirle su doble espíritu, me presenté ante los ángeles y los santos y les

dije: «Yo soy la más pequeña de las criaturas. Conozco mi miseria y mi

debilidad. Pero sé también cuánto les gusta a los corazones nobles y

generosos hacer el bien. Os suplico, pues, bienaventurados moradores del

cielo, os suplico que me adoptéis por hija. Sólo vuestra será la gloria que


 

 

 

me hagáis adquirir, pero dignaos escuchar mi súplica. Ya sé que es

temeraria, sin embargo me atrevo a pediros que me alcancéis: vuestro

doble amor ».

 

Jesús, no puedo ir más allá en mi petición, temería verme aplastada bajo

el peso de mis audaces deseos...

 

La excusa que tengo es que soy una niña, y los niños no piensan en el

alcance de sus palabras. Sin embargo sus padres, cuando ocupan un

trono y poseen inmensos tesoros, no dudan en satisfacer los deseos de

esos pequeñajos a los que aman tanto como a sí mismos; por

complacerles, hacen locuras y hasta se vuelven débiles...

 

Pues bien, yo soy la HIJA de la Iglesia, y la Iglesia es Reina, pues es tu

Esposa, oh, divino Rey de reyes...

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Arrojar flores

 

No son riquezas ni gloria (ni siquiera la gloria del cielo) lo que pide el

corazón del niñito... El entiende muy bien que la gloria pertenece a sus

hermanos, los ángeles y los santos... La suya será un reflejo de la que

irradia de la frente de su madre.

 

Lo que él pide es el amor... No sabe más que una cosa: amarte, Jesús...

Las obras deslumbrantes le están vedadas: no puede predicar el

Evangelio, ni derramar su sangre... Pero ¿qué importa?, sus hermanos

trabajan en su lugar, y él, como un niño pequeño, se queda muy cerquita

del trono del Rey y de la Reina y ama por sus hermanos que luchan...

 

¿Pero cómo podrá demostrar él su amor, si es que el amor se demuestra

con obras? Pues bien, el niñito arrojará flores, aromará con sus perfumes

el trono real, cantará con su voz argentina el cántico del amor...

 

Sí, Amado mío, así es como se consumirá mi vida... No tengo otra forma

de demostrarte mi amor que arrojando flores, es decir, no dejando escapar

ningún pequeño sacrificio, ni una sola mirada, [4vº] ni una sola palabra,

aprovechando hasta las más pequeñas cosas y haciéndolas por amor...

 

Quiero sufrir por amor, y hasta gozar por amor. Así arrojaré flores delante

de tu trono. No encontraré ni una sola en mi camino que no deshoje para

ti. Y además, al arrojar mis flores, cantaré (¿puede alguien llorar mientras

realiza una acción tan alegre?), cantaré aun cuando tenga que coger las


 

 

 

flores entre las espinas, y tanto más melodioso será mi canto, cuanto más

largas y punzantes sean las espinas.

 

¿Y de qué te servirán, Jesús, mis flores y mis cantos...? Sí, lo sé muy bien:

esa lluvia perfumada, esos pétalos frágiles y sin valor alguno, esos

cánticos de amor del más pequeño de los corazones te fascinarán.

 

Sí, esas naderías te gustarán y harán sonreír a la Iglesia triunfante, que

recogerá mis flores deshojadas por amor y las pasará por tus divinas

manos, Jesús. Y luego esa Iglesia del cielo, queriendo jugar con su hijito,

arrojará también ella esas flores -que habrán adquirido a tu toque divino un

valor infinito- arrojará esas flores sobre la Iglesia sufriente para apagar sus

llamas, y las arrojará también sobre la Iglesia militante para hacerla

alcanzar la victoria...

 

¡Jesús mío, te amo! Amo a la Iglesia, mi Madre. Recuerdo que «el más

pequeño movimiento depuro amor es más útil a la Iglesia que todas las

demás obras juntas».

 

¿Pero hay de verdad puro amor en mi corazón...? Mis inmensos deseos

¿no serán un sueño, una locura...? ¡Ay!, si así fuera, dame luz tú, Jesús.

Tú sabes que busco la verdad... Si mis deseos son temerarios, hazlos tú

desaparecer, pues estos deseos son para mí el mayor de los martirios...

 

Sin embargo, Jesús, siento en mi interior que, si después de haber ansiado

con toda el alma llegar a las más elevadas regiones del amor, no llegase

un día a alcanzarlas, habré saboreado una mayor dulzura en medio de mi

martirio, en medio de mi locura, que la que gozaría en el seno de los gozos

de la patria; a no ser que, por un milagro, me dejes conservar allí el

recuerdo de las esperanzas que he tenido en la tierra.

 

Así pues, déjame gozar durante mi destierro las delicias del amor. Déjame

saborear las dulces amarguras de mi martirio...

 

Jesús, Jesús, si tan delicioso es el deseo de amarte, ¿qué será poseer al

Amor, gozar del Amor...?

 

¿Cómo puede aspirar un alma tan imperfecta como la mía a poseer la

plenitud del Amor...?

 

 

 

 

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El pajarillo

 

¡Oh, Jesús, mi primer y único amigo, el UNICO a quien yo amo!, dime qué

misterio es éste. ¿Por qué no reservas estas aspiraciones tan inmensas

para las almas grandes, para las águilas que se ciernen en las alturas...?

Yo me considero un débil pajarito cubierto únicamente por un ligero

plumón. Yo no soy un águila, sólo tengo de águila los ojos y el corazón,

pues, a pesar de mi extrema pequeñez, me atrevo a mirar fijamente al Sol

divino, al Sol del Amor, y mi corazón siente en sí todas las [5rº]

aspiraciones del águila...

 

El pajarillo quisiera volar hacia ese Sol brillante que encandila sus ojos;

quisiera imitar a sus hermanas las águilas, a las que ve elevarse hacia el

foco divino de la Santísima Trinidad... Pero, ¡ay,! lo más que puede hacer

es alzar sus alitas, ¡pero eso de volar no está en su modesto poder!

 

¿Qué será de él? ¿Morirá de pena al verse tan impotente...? No, no, el

pajarillo ni siquiera se desconsolará. Con audaz abandono, quiere seguir

con la mirada fija en su divino Sol. Nada podrá asustarlo, ni el viento ni la

lluvia. Y si oscuras nubes llegaran a ocultarle el Astro del amor, el pajarito

no cambiará de lugar: sabe que más allá de las nubes su Sol sigue

brillando y que su resplandor no puede eclipsarse ni un instante.

 

Es cierto que, a veces, el corazón del pajarito se ve embestido por la

tormenta, y no le parece que pueda existir otra cosa que las nubes que lo

rodean. Esa es la hora de la alegría perfecta para ese pobre y débil ser.

¡Qué dicha para él seguir allí, a pesar de todo, mirando fijamente a la luz

invisible que se oculta a su fe...!

 

Jesús, hasta aquí puedo entender tu amor al pajarito, ya que éste no se

aleja de ti... Pero yo sé, y tú también lo sabes, que muchas veces la

imperfecta criaturita, aun siguiendo en su lugar (es decir, bajo los rayos del

Sol), acaba distrayéndose un poco de su único quehacer: coge un granito

acá y allá, corre tras un gusanito...; luego, encontrando un charquito de

agua, moja en él sus plumas apenas formadas; ve una flor que le gusta, y

su espíritu débil se entretiene con la flor... En una palabra, el pobre

pajarito, al no poder cernerse como las águilas, se sigue entreteniendo con

las bagatelas de la tierra.

 

Sin embargo, después de todas sus travesuras, el pajarillo, en vez de ir a

esconderse en un rincón para llorar su miseria y morirse de

arrepentimiento, se vuelve hacia su amado Sol, expone a sus rayos

bienhechores sus alitas mojadas, gime como la golondrina; y, en su dulce

canto, confía y cuenta detalladamente sus infidelidades, pensando, en su


 

 

 

temerario abandono, adquirir así un mayor dominio, atraer con mayor

plenitud el amor de Aquel que no vino a buscar a los justos sino a los

pecadores...

 

Y si el Astro adorado sigue sordo a los gorjeos lastimeros de su criaturita,

si sigue oculto..., pues bien, entonces la criaturita seguirá allí mojada,

aceptará estar aterida de frío, y seguirá alegrándose de ese sufrimiento

que en realidad ha merecido...

 

¡Qué feliz, Jesús, es tu pajarito de ser débil y pequeño! Pues ¿qué sería de

él si fuera grande...? Jamás tendría la audacia de comparecer en tu

presencia, de dormitar delante de ti...

 

Sí, ésta es también otra debilidad del pajarito cuando quiere mirar

fijamente al Sol divino y las nubes no le dejan ver ni un solo rayo: a pesar

suyo, sus ojitos se cierran, su cabecita se esconde bajo el ala, y el

pobrecito se duerme creyendo seguir mirando fijamente a su Astro querido.

 

Pero al despertar, no se desconsuela, su corazoncito sigue en paz. Y

vuelve a comenzar su oficio de amor. Invoca a los ángeles y a los santos,

que se elevan como águilas hacia el Foco devorador, objeto de sus

anhelos, [5vº] y las águilas, compadeciéndose de su hermanito, le

protegen y defienden y ponen en fuga a los buitres que quisieran

devorarlo.

 

El pajarito no teme a los buitres, imágenes de los demonios, pues no está

destinado a ser su presa, sino la del Aguila que él contempla en el centro

del Sol del amor.

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El águila divina

 

¡Oh, Verbo divino!, tú eres el Aguila adorada que yo amo, la que atrae .

Eres tú quien, precipitándote sobre la tierra del exilio, quisiste sufrir y morir

a fin de atraer a las almas hasta el centro del Foco eterno de la Trinidad

bienventurada. Eres tú quien, remontándote hacia la Luz inaccesible que

será ya para siempre tu morada, sigues viviendo en este valle de lágrimas,

escondido bajo las apariencias de una blanca hostia...

 

Aguila eterna, tú quieres alimentarme con tu sustancia divina, a mí, pobre

e insignificante ser que volvería a la nada si tu mirada divina no me diese

la vida a cada instante.


 

 

 

Jesús, déjame que te diga, en el exceso de mi gratitud, déjame, sí, que te

diga que tu amor llega hasta la locura... ¿Cómo quieres que, ante esa

locura, mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo va a conocer límites mi

confianza...?

 

Sí, ya sé que también los santos hicieron locuras por ti, que hicieron obras

grandes porque ellos eran águilas...

 

Jesús, yo soy demasiado pequeña para hacer obras grandes..., y mi locura

consiste en esperar que tu amor me acepte como víctima... Mi locura

consiste en suplicar a las águilas mis hermanas que me obtengan la gracia

de volar hacia el Sol del amor con las propias alas del Aguila divina...

 

Durante todo el tiempo que tú quieras, Amado mío, tu pajarito seguirá sin

fuerzas y sin alas, seguirá con los ojos fijos en ti. Quiere ser fascinado por

tu mirada divina, quiere ser presa de tu amor...

 

Un día, así lo espero, Aguila adorada, vendrás a buscar a tu pajarillo; y,

remontándote con él hasta el Foco del amor, lo sumergirás por toda la

eternidad en el ardiente Abismo de ese amor al que él se ofreció como

víctima

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Fin del Manuscrito B

 

¡Que no pueda yo, Jesús, revelar a todas las almas pequeñas cuán

inefable es tu condescendencia...!

 

Estoy convencida de que, si por un imposible, encontrases un alma más

débil y más pequeña que la mía, te complacerías en colmarla de gracias

todavía mayores, con tal de que ella se abandonase con entera confianza

a tu misericordia infinita.

 

¿Pero por qué estos deseos, Jesús, de comunicar los secretos de tu

amor? ¿No fuiste tú, y nadie más que tú, el que me los enseñó a mí? ¿Y

no puedes, entonces, revelárselos también a otros...?

 

Sí, lo sé muy bien, y te conjuro a que lo hagas. Te suplico que hagas

descender tu mirada divina sobre un gran número de almas pequeñas...

¡Te suplico que escojas una legión de pequeñas víctimas dignas de tu

AMOR...!

 

La insignificante sor Teresa del Niño Jesús de la Sta. Faz, rel. carm. ind.


 

 

 

MANUSCRITO DIRIGIDO A LA MADRE MARIA DE GONZAGA

 

Manuscrito «C»

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CAPÍTULO X

 

LA PRUEBA DE LA FE

 

(1896-1897) [1rº]

 

J.M.J.T.

 

Madre mía querida, me ha manifestado el deseo de que termine de cantar

con usted las misericordias del Señor.

 

Este dulce canto había empezado a cantarlo con su hija querida, Inés de

Jesús, que fue la madre a quien Dios encomendó la misión de guiarme en

los años de mi niñez. Con ella, pues, tenía que cantar las gracias

otorgadas a la florecita de la Santísima Virgen en la primavera de su vida.

 

Pero ahora que los tímidos rayos de la aurora han dado paso a los

ardientes rayos del mediodía, es con usted con quien debo cantar la

felicidad de esa florecilla.

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Teresa y su priora

 

Sí, Madre querida, con usted. Y para responder a su deseo, intentaré

expresar los sentimientos de mi alma, mi gratitud a Dios y también a usted

que lo representa visiblemente a mis ojos. ¿No me entregué toda a El

precisamente entre sus manos maternales?

 

¿Se acuerda, Madre, de aquel día...? Sí, yo sé que su corazón no lo

olvida... En cuanto a mí, tendré que esperar a estar en el cielo, pues aquí

abajo en la tierra no encuentro palabras para traducir lo que aquel día

bendito pasó en mi corazón.

 

Madre querida, hay otro día en que mi alma se unió aún más, si es posible,

a la suya. Fue el día en que Jesús volvió a poner sobre sus hombros la

carga del priorato1. Aquel día, Madre querida, usted sembró entre

lágrimas, pero en el cielo rebosará de alegría [1vº] al ver sus manos

cargadas de preciosas gavillas.


 

 

 

Perdóneme, Madre, mi sencillez infantil. Yo sé que me va a permitir

hablarle sin andar rebuscando lo que a una joven religiosa le está

permitido decirle a su priora. Tal vez no siempre me mantenga dentro de

los límites prescritos a los súbditos; pero, Madre, me atrevo a decir que la

culpa será suya, pues yo la trato como una hija2, ya que usted no me trata

como priora sino como madre...

 

Sé muy bien, Madre querida, que a través de usted me habla Dios.

 

Muchas hermanas piensan que usted me ha mimado, que desde mi

entrada en el arca santa no he recibido de usted más que halagos y

caricias. Sin embargo, no es así.

 

En el cuaderno que contiene mis recuerdos de la infancia, podrá ver lo que

pienso sobre la educación recia y maternal que usted me dio. Desde lo

más hondo de mi corazón le agradezco que no me haya tratado con

miramientos. Jesús sabía muy bien que su florecita necesitaba el agua

vivificante de la humillación, que era demasiado débil para echar raíces sin

esa ayuda, y quiso prestársela, Madre, por medio de usted.

 

De un año y medio a esta parte, Jesús ha querido cambiar la forma de

hacer crecer a su florecita; sin duda pensó que estaba ya suficientemente

regada, pues ahora es el sol quien la hace crecer. Jesús no quiere ya para

ella más que su sonrisa divina, y esa sonrisa se la da también por medio

de usted, Madre querida. Y ese dulce sol, lejos de ajar a la florecita, la [2rº]

hace crecer de una manera maravillosa. En el fondo de su cáliz conserva

las preciosas gotas de roció que recibió, y esas gotas le recuerdan

incesantemente que es pequeña y débil...

 

Ya pueden todas las criaturas inclinarse hacia ella, admirarla, colmarla de

alabanzas. No sé por qué, pero nada de eso lograría añadir ni una gota de

falsa alegría a la verdadera alegría que saborea en su corazón al ver lo

que es en realidad a los ojos de Dios: una pobre nada, y sólo eso.

 

Digo que no sé por qué, ¿pero no será porque hasta tanto que su pequeño

cáliz no estuvo lo suficientemente lleno del rocío de la humillación, se vio

privada del agua de las alabanzas? Ahora ya no existe ese peligro; al

contrario, a la florecita le parece tan delicioso el rocío que la llena, que no

lo cambiaría por el agua insípida de los halagos.

 

No quiero hablar, Madre querida, de las muestras de amor y de confianza

que usted me ha dado3. Pero no piense que el corazón de su hija sea

insensible a ellas. Lo que pasa es que sé muy bien que ahora no tengo

nada que temer; al contrario, puedo gozarme de ellas, atribuyendo a Dios


 

 

 

todo lo bueno que él ha querido poner en mí. Si a él le gusta hacerme

parecer mejor de lo que soy, no es cosa mía, es muy libre de hacer lo que

quiera...

 

¡Por qué caminos tan diferentes, Madre, lleva el Señor a las almas! En la

vida de los santos, vemos que hay muchos que no han querido dejar nada

de sí mismos [2vº] después de su muerte: ni el menor recuerdo, ni el

menor escrito; hay otros, en cambio, como nuestra Madre santa Teresa,

que han enriquecido a la Iglesia con sus sublimes revelaciones, sin temor

alguno a revelar los secretos del Rey, a fin de que sea más conocido y

más amado de las almas.

 

¿Cuál de estos dos tipos de santo agrada más a Dios? Me parece, Madre,

que ambos le agradan por igual, pues todos ellos han seguido las

mociones del Espíritu Santo, y el Señor dijo: Decid al justo que todo está

bien. Sí, cuando sólo se busca la voluntad de Jesús, todo está bien. Por

eso, yo, pobre florecita, obedezco a Jesús tratando de complacer a mi

Madre querida.

 

Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!,

cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo

existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde

en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en

vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar

deseos irrealizables4; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar

a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual

soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al

cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente

nuevo.

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El ascensor divino

 

Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo

de subir los peldaños de una [3rº] escalera: en las casas de los ricos, un

ascensor la suple ventajosamente.

 

Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús,

pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección.

Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto

de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de Sabiduría eterna: El

que sea pequeñito, que venga a mí.


 

 

 

Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y

queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el que pequeñito que

responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré:

Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis

brazos y sobre mis rodillas os meceré.

 

Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El

ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para

eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña,

tengo que empequeñecerme más y más.

 

Tú, Dios mío, has rebasado mi esperanza, y yo quiero cantar tus

misericordias: «Me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus

maravillas, y las seguiré publicando hasta mi edad más avanzada». Sal.

LXX.

 

¿Cuál será para mí esta edad avanzada? Me parece que podría ser ya

ahora, pues dos mil años no son más a los ojos de Dios que veinte años...,

que un solo día...

 

No piense, Madre querida, que su hija quiera dejarla... No crea que estime

como una [3vº] gracia mayor morir en la aurora de la vida que al atardecer.

Lo que ella estima, lo único que desea es agradar a Jesús... Ahora que él

parece acercarse a ella para llevarla a la morada de su gloria, su hija se

alegra. Hace ya mucho que ha comprendido que Dios no tiene necesidad

de nadie (y mucho menos de ella que de los demás) para hacer el bien en

la tierra.

 

Perdóneme, Madre, si la estoy poniendo triste..., me gustaría tanto

alegrarla... Pero si sus oraciones no son escuchadas en la tierra, si Jesús

separa durante algunos días a la Madre de la hija, ¿cree que esas

oraciones no serán escuchadas en el cielo...?

 

Yo sé que su deseo es que yo realice junto a usted una misión muy5 dulce

y muy fácil. ¿Pero no podría concluirla desde el cielo...? Como un día

Jesús dijo a san Pedro, también usted le dijo a su hija: «Apacienta mis

corderos». Y yo me quedé atónita, y le dije que «era demasiado

pequeña...», y le pedí que apacentase usted misma a sus corderitos, y que

me cuidase también a mí y me concediera la gracia de pastar con ellos. Y

usted, Madre querida, respondiendo en parte a mi justo deseo, cuidó de

los corderitos a la vez que de las ovejas6, encargándome a mí de llevarlos

a ellos con frecuencia a pacer a la sombra, de enseñarles las hierbas

mejores y las más nutritivas, y también de mostrarles las flores de


 

 

 

brillantes colores que nunca deben tocar a no ser para aplastarlas con sus

pies...

 

Usted no ha temido, Madre querida, que yo extraviase a sus corderitos. Ni

mi inexperiencia ni mi [4rº] juventud la han asustado. Tal vez se acordó de

que el Señor se suele complacer en conceder la sabiduría a los pequeños,

y de que un día, exultante de gozo, bendijo a su Padre por haber

escondido sus secretos a los sabios y entendidos y habérselas revelado a

los más pequeños.

 

Usted, Madre, sabe bien que son muy pocas las almas que no miden el

poder divino por la medida de sus cortos pensamientos y que quieren que

haya excepciones a todo en la tierra. ¡Sólo Dios no tiene derecho alguno a

hacerlas! Sé que hace mucho tiempo que entre los humanos se practica

esta forma de medir la experiencia por los años, pues ya el santo rey David

en su adolescencia cantaba al Señor: «Soy joven y despreciado». Sin

embargo, no teme decir en ese mismo salmo 118: «Soy más sagaz que los

ancianos, porque busco tu voluntad... Tu palabra es lámpara para mis

pasos... Estoy dispuesto para cumplir tus mandatos, y nada me turba...»

 

Madre querida, usted no tuvo reparo en decirme un día que Dios iluminaba

mi alma, que hasta me daba la experiencia de los años... Madre, yo soy

demasiado pequeña para sentir vanidad, soy demasiado pequeña también

para hacer frases bonitas con el fin de hacerle creer que tengo una gran

humildad. Prefiero reconocer con toda sencillez que el Todopoderoso ha

hecho obras grandes en el alma de la hija de su divina Madre, y que la

más grande de todas es haberle hecho ver su pequeñez, su impotencia.

 

[4vº] Madre querida, usted sabe cómo Dios ha querido que mi alma pasara

por muchas clases de pruebas. He sufrido mucho desde que estoy en la

tierra. Pero si en mi niñez sufría con tristeza, ahora ya no sufro así: lo hago

con alegría y con paz, soy realmente feliz de sufrir.

 

Madre, muy bien tiene que conocer usted todos los secretos de mi alma

para no sonreír al leer estas líneas. Pues, a juzgar por las apariencias,

¿existe acaso un alma menos probada que la mía? Pero ¡qué extrañada

se quedaría mucha gente si la prueba que desde hace un año vengo

sufriendo apareciese ante sus ojos...!

 

Usted, Madre querida, conoce ya esta prueba. Sin embargo, quiero volver

a hablarle de ella, pues la considero como una gracia muy grande que he

recibido durante su bendito priorato.

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Primeras hemoptisis

 

El año pasado, Dios me concedió el consuelo de observar los ayunos de

cuaresma en todo su rigor. Nunca me había sentido tan fuerte, y estas

fuerzas se mantuvieron hasta Pascua.

 

Sin embargo, el día de Viernes Santo7 Jesús quiso darme la esperanza de

ir pronto a verle en el cielo... ¡Qué dulce es el recuerdo que tengo de ello...!

Después de haberme quedado hasta media noche ante el monumento,

volví a nuestra celda. Pero apenas había apoyado la cabeza en la

almohada, cuando sentí como un flujo que subía, que me subía

borboteando hasta los labios.

 

Yo no sabía lo que era, pero pensé que a lo mejor me iba a morir, y mi

alma se sintió inundada [5rº] de gozo... Sin embargo, como nuestra

lámpara estaba apagada, me dije a mí misma que tendría que esperar

hasta la mañana para cerciorarme de mi felicidad, pues me parecía que lo

que había vomitado era sangre.

 

La mañana no se hizo esperar mucho, y lo primero que pensé al

despertarme fue que iba a descubrir algo muy hermoso. Acercándome a la

ventana, pude comprobar que no me había equivocado..., ¡y mi alma se

llenó de una enorme alegría! Estaba íntimamente convencida de que

Jesús, en el aniversario de su muerte, quería hacerme oír una primera

llamada. Era como un tenue y lejano murmullo que me anunciaba la

llegada del Esposo...

 

Asistí con gran fervor a Prima y al capítulo de los perdones8. Estaba

impaciente porque me llegara el turno, para, al pedirle perdón, Madre

querida, poder confiarle mi esperanza y mi felicidad. Pero añadí que no

sufría lo más mínimo (lo cual era muy cierto), y le pedí, Madre, que no me

diese nada especial. Y, en efecto, tuve la alegría de pasar el Viernes Santo

como deseaba. Nunca me parecieron tan deliciosas las austeridades del

Carmelo. La esperanza de ir al cielo me volvía loca de alegría.

 

Cuando llegó la noche de aquel venturoso día, nos fuimos a descansar.

Pero, como la noche anterior, Jesús me dio la misma señal de que mi

entrada en la vida eterna no estaba lejos...

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La mesa de los pecadores

 

Yo gozaba por entonces de una fe tan viva y tan clara, que el pensamiento

del cielo constituía toda mi felicidad. No me cabía en la cabeza [5vº] que


 

 

 

hubiese incrédulos que no tuviesen fe. Me parecía que hablaban por

hablar cuando negaban la existencia del cielo, de ese hermoso cielo donde

el mismo Dios quería ser su eterna recompensa.

 

Durante los días tan gozosos del tiempo pascual, Jesús me hizo conocer

por experiencia que realmente hay almas que no tienen fe, y otras que, por

abusar de la gracia, pierden ese precioso tesoro, fuente de las única

alegrías puras y verdaderas.

 

Permitió que mi alma se viese invadida por las más densas tinieblas, y que

el pensamiento del cielo, tan dulce para mí, sólo fuese en adelante motivo

de lucha y de tormento...

 

Esta prueba no debía durar sólo unos días, o unas semanas: no se

extinguirá hasta la hora marcada por Dios..., y esa hora no ha sonado

todavía...

 

Quisiera poder expresar lo que siento, pero, ¡ay!, creo que es imposible.

Es preciso haber peregrinado por este negro túnel para comprender su

oscuridad. Trataré, sin embargo, de explicarlo con una comparación.

 

Me imagino que he nacido en un país cubierto de espesa niebla, y que

nunca he contemplado el rostro risueño de la naturaleza inundada de luz y

transfigurada por el sol radiante. Es cierto que desde la niñez estoy oyendo

hablar de esas maravillas. Sé que el país en el que vivo no es mi patria y

que hay otro al que debo aspirar sin cesar. Esto no es una historia

inventada por un habitante del triste país donde me encuentro, sino que es

una verdadera realidad, porque el Rey de aquella patria del sol radiante ha

venido a vivir 33 años [6rº] en el país de la tinieblas.

 

Las tinieblas, ¡ay!, no supieron comprender que este Rey divino era la luz

del mundo... Pero tu hija, Señor, ha comprendido tu divina luz y te pide

perdón para sus hermanos. Acepta comer el pan del dolor todo el tiempo

que tú quieras, y no quiere levantarse de esta mesa repleta de amargura,

donde comen los pobres pecadores, hasta que llegue el día que tú tienes

señalado... ¿Y no podrá también decir en nombre de ellos, en nombre de

sus hermanos: Ten compasión de nosotros, Señor, porque somos

pecadores...? ¡Haz, Señor, que volvamos justificados...! Que todos los que

no viven iluminados por la antorcha luminosa de la fe la vean, por fin,

brillar...

 

¡Oh, Jesús!, si es necesario que un alma que te ama purifique la mesa que

ellos han manchado, yo acepto comer sola en ella el pan de la tribulación


 

 

 

hasta que tengas a bien introducirme en tu reino luminoso... La única

gracia que te pido es la de no ofenderte jamás...

 

Madre querida, esto que le estoy escribiendo no tiene la menor ilación. Mi

pequeña historia, que se parecía a un cuento de hadas, se ha cambiado

de pronto en oración.

 

Yo no sé qué interés pueda usted encontrar en leer todos estos

pensamientos confusos y mal expresados. De todas maneras, Madre, no

escribo para hacer una obra literaria, sino por obediencia. Si la aburro,

verá al menos que su hija ha dado pruebas de su buena voluntad. Voy,

pues, [6vº] a continuar con mi comparación, sin desanimarme, desde el

punto en que la dejé.

 

Decía que desde niña crecí con la convicción de que un día me iría lejos

de aquel país triste y tenebroso. No sólo creía por lo que oía decir a

personas más sabias que yo, sino porque en el fondo de mi corazón yo

misma sentía profundas aspiraciones hacia una región más bella. Lo

mismo que a Cristóbal Colón su genio le hizo intuir que existía un nuevo

mundo, cuando nadie había soñado aún con él, así yo sentía que un día

otra tierra me habría de servir de morada permanente.

 

Pero de pronto, las nieblas que me rodean se hacen más densas, penetran

en mi alma y la envuelven de tal suerte, que me es imposible descubrir en

ella la imagen tan dulce de mi patria. ¡Todo ha desaparecido...! Cuando

quiero que mi corazón, cansado por las tinieblas que lo rodean, descanse

con el recuerdo del país luminoso por el que suspira, se redoblan mis

tormentos. Me parece que las tinieblas, adoptando la voz de los

pecadores, me dicen burlándose de mí: «Sueñas con la luz, con una patria

aromada con los más suaves perfumes; sueñas con la posesión eterna del

Creador de todas esas maravillas; crees que un día saldrás de las nieblas

que te rodean. ¡Adelante, adelante! Alégrate de la muerte, que te dará, no

lo que tú esperas, sino una noche más profunda todavía, la noche de la

nada».

 

[7rº] Madre querida, la imagen que he querido darle de las tinieblas que

oscurecen mi alma es tan imperfecta como un boceto comparado con el

modelo. Sin embargo, no quiero escribir más, por temor a blasfemar...

Hasta tengo miedo de haber dicho demasiado...

 

Que Jesús me perdone si le he disgustado. Pero él sabe muy bien que,

aunque yo no goce de la alegría de la fe, al menos trato de realizar sus

obras. Creo que he hecho más actos de fe de un año a esta parte que

durante toda mi vida. Cada vez que se presenta el combate, cuando los


 

 

 

enemigos vienen a provocarme, me porto valientemente: sabiendo que

batirse en duelo es una cobardía, vuelvo la espalda a mis adversarios sin

dignarme siquiera mirarlos a la cara, corro hacia mi Jesús y le digo que

estoy dispuesta a derramar hasta la última gota de mi sangre por confesar

que existe un cielo; le digo que me alegro de no gozar de ese hermoso

cielo aquí en la tierra para que él lo abra a los pobres incrédulos por toda

la eternidad.

 

Así, a pesar de esta prueba que me roba todo goce, aún puedo exclamar:

«Tus acciones, Señor, son mi alegría» (Sal XCI). Porque ¿existe alegría

mayor que la de sufrir por tu amor...? Cuanto más íntimo es el sufrimiento,

tanto menos aparece a los ojos de las criaturas y más te alegra a ti, Dios

mío. Pero si, por un imposible, ni tú mismo llegases a conocer mi

sufrimiento, yo aún me sentiría feliz de padecerlo si con él pudiese impedir

o reparar un solo pecado contra la fe...

 

[7vº] Madre querida, quizás le parezca que estoy exagerando mi prueba.

En efecto, si usted juzga por los sentimientos que expreso en las humildes

poesías que he compuesto durante este año, debo de parecerle un alma

llena de consuelos, para quien casi se ha rasgado ya el velo de la fe. Y sin

embargo, no es ya un velo para mí, es un muro que se alza hasta los

cielos y que cubre el firmamento estrellado...

 

Cuando canto la felicidad del cielo y la eterna posesión de Dios, no

experimento la menor alegría, pues canto simplemente lo que quiero creer.

Es cierto que, a veces, un rayo pequeñito de sol viene a iluminar mis

tinieblas, y entonces la prueba cesa un instante. Pero luego, el recuerdo de

ese rayo, en vez de causarme alegría, hace todavía más densas mis

tinieblas.

 

Nunca, Madre, he experimentado tan bien como ahora cuán compasivo y

misericordioso es el Señor: él no me ha enviado esta prueba hasta el

momento en que tenía fuerzas para soportarla; antes, creo que me

hubiese hundido en el desánimo... Ahora hace que desaparezca todo lo

que pudiera haber de satisfacción natural en el deseo que yo tenía del

cielo... Madre querida, ahora me parece que nada me impide ya volar,

pues no tengo ya grandes deseos, a no ser el de amar hasta morir de

amor... (9 de junio)9.

 

[8rº] Madre querida, estoy completamente asombrada de lo que le escribí

ayer. ¡Qué garabatos...! Me temblaba tanto la mano, que no pude

continuar, y ahora lamento hasta haber intentado seguir escribiendo.

Espero poder hacerlo hoy de manera más legible, pues ya no estoy en la

cama, sino en un precioso silloncito todo blanco.


 

 

 

 

 

Veo, Madre, que todo esto que le digo no tiene la menor ilación; pero antes

de hablarle del pasado, siento la necesidad de hablarle de mis

sentimientos actuales, pues más tarde quizás los haya olvidado

 

Quiero, ante todo, decirle cómo me conmueven todas sus delicadezas

maternales. Créame, Madre querida, el corazón de su hija desborda de

gratitud y nunca olvidará lo mucho que le debe...

 

Madre, lo que más me ha emocionado de todo es la novena que está

haciendo a nuestra Señora de las Victorias, son las Misas que ha

encargado decir para obtener mi curación. Siento que todos esos tesoros

espirituales hacen un gran bien a mi alma.

 

Al empezar la novena, yo le decía, Madre, que la Santísima Virgen tenía

que curarme o bien llevarme al cielo, pues me parecía muy triste para

usted y para la comunidad tener que cargar con una joven religiosa

enferma. Ahora acepto estar toda la vida enferma, si eso le agrada a Dios,

y me resigno incluso a que mi vida sea muy larga. La única gracia [8vº]

que deseo es que mi vida acabe rota por el amor.

 

No, no temo una vida larga, no rehuso el combate, pues el Señor es la

roca sobre la que me alzo, que adiestra mis manos para el combate, mis

dedos para la pelea, él es mi escudo, yo confío en él (Sal CXLIII). Por eso,

nunca he pedido a Dios morir joven10, aunque es cierto que siempre he

esperado que fuera ésa su voluntad.

 

Muchas veces el Señor se conforma con nuestros deseos de trabajar por

su gloria, y usted sabe, Madre mía, que mis deseos son muy grandes.

También sabe que Jesús me ha presentado más de un cáliz amargo y que

lo ha alejado de mis labios antes de que lo bebiera, pero no sin antes

darme a probar su amargura.

 

Madre querida, tenía razón el santo rey David cuando cantaba: Ved qué

dulzura, qué delicia convivir los hermanos unidos. Es verdad, y yo lo he

experimentado muchas veces, pero esa unión tiene que realizarse en la

tierra a base de sacrificios. Yo no vine al Carmelo para vivir con mis

hermanas, sino sólo por responder a la llamada de Jesús. Intuía

claramente que vivir con las propias hermanas, cuando una no quiere

hacer la menor concesión a la naturaleza, iba a ser un motivo de continuo

sacrificio,

 

¿Cómo se puede decir que es más perfecto alejarse de los suyos...? ¿Se

les ha reprochado alguna vez a los hermanos que combatan en el mismo


 

 

 

campo de batalla? ¿Se les ha reprochado el volar juntos a recoger la

palma del martirio...? Al contrario, se ha pensado, [9rº] y con razón, que se

animaban mutuamente, pero también que el martirio de cada uno de ellos

se convertía en el martirio de todos los demás.

 

Lo mismo ocurre en la vida religiosa, a la que los teólogos llaman martirio.

El corazón, al entregarse a Dios, no pierde su cariño natural; al contrario,

ese cariño crece al hacerse más puro y más divino.

 

Madre querida, con este cariño la amo yo a usted y amo a mis hermanas.

Soy feliz de combatir en familia11 por la gloria del Rey de los cielos. Pero

estoy dispuesta también a volar a otro campo de batalla, si el divino

General me expresa su deseo de que lo haga. No haría falta una orden,

bastaría una mirada, una simple señal.

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La vocación misionera

 

Desde mi entrada en el arca bendita, siempre he pensado que si Jesús no

me llevaba muy pronto al cielo, mi suerte sería la misma que la de la

palomita de Noé: que un día el Señor abriría la ventana del arca y me

mandaría volar muy lejos, muy lejos, hacia las riberas infieles, llevando

conmigo la ramita de olivo.

 

Este pensamiento, Madre, ha hecho que mi alma creciera, y me ha hecho

cernerme por encima de todo lo creado. Comprendí que incluso en el

Carmelo podía haber separaciones y que sólo en el cielo la unión será

completa y eterna. Y entonces quise que mi alma habitase en el cielo y

que sólo de lejos mirase las cosas de la tierra. Acepté no sólo desterrarme

yo a un pueblo desconocido, sino que también -lo cual me resultaba

mucho más amargo- acepté el destierro [9vº] de mis hermanas.

 

Nunca olvidaré el 2 de agosto de 1896. Aquel día, que coincidió

precisamente con el de la partida de los misioneros12, se trató muy en

serio de la partida de la madre Inés de Jesús. Yo no hubiera movido un

solo dedo para impedirle partir; sin embargo, sentía una gran tristeza en mi

corazón. Me parecía que su alma, tan sensible y delicada, no estaba

hecha para vivir entre unas almas que no sabrían comprenderla. Otros mil

pensamientos se agolpaban en mi mente. Y Jesús callaba, no increpaba a

la tempestad... Y yo le decía: Dios mío, por tu amor lo acepto todo. Si así

lo quieres, acepto sufrir hasta morir de pena.

 

Jesús se contentó con la aceptación. Pero algunos meses después se

habló de la partida de sor Genoveva y de sor María de la Trinidad. Aquélla


 

 

 

fue otra clase de sufrimiento, muy íntimo, muy profundo. Me imaginaba

todos los trabajos y todas las decepciones que iban a tener que sufrir. En

una palabra, mi cielo estaba cargado de nubarrones... Sólo el fondo de mi

corazón seguía en calma y en la paz.

 

Su prudencia, Madre querida, supo descubrir la voluntad de Dios, y en su

nombre prohibió a las novicias pensar por el momento en abandonar la

cuna de su infancia religiosa.

 

No obstante, usted comprendía sus aspiraciones, pues usted misma,

Madre, había pedido en su juventud ir a Saigón. Ocurre con frecuencia que

los deseos de las madres hallan eco en el alma [10rº] de sus hijas. Y usted

sabe, Madre querida, que su deseo apostólico halla en mi alma un eco fiel.

Permítame confiarle por qué he deseado, y aún sigo deseándolo, si la

Santísima Virgen me cura, cambiar por una tierra extranjera el oasis donde

vivo tan feliz bajo su mirada maternal.

 

Para vivir en los Carmelos extranjeros -usted, Madre, me lo dijo- hay que

tener una vocación muy especial. Muchas almas se creen llamadas a ello

sin estarlo en realidad. Usted también me dijo que yo tenía esa vocación, y

que el único obstáculo para ello era mi salud. Sé que, si Dios me llamara a

tierras lejanas, ese obstáculo desaparecería. Por eso, vivo sin la menor

inquietud.

 

Si un día tuviese que dejar mi querido Carmelo, no lo haría, no, sin dolor.

Jesús no me ha dado un corazón insensible; y justamente porque mi

corazón es capaz de sufrir, deseo que le dé a Jesús todo lo que puede

darle. Aquí, Madre querida, vivo sin la menor preocupación por las cosas

de esta tierra miserable; mi único quehacer es cumplir la dulce y fácil

misión que usted me ha encomendado.

 

Aquí me veo colmada de sus atenciones maternales; no sé lo que es la

pobreza, pues nunca me ha faltado nada.

 

Pero, sobre todo, aquí me siento amada, por usted y por todas las

hermanas, y este afecto es muy dulce para mí.

 

Por eso sueño con un monasterio donde nadie me conociese, donde

tuviese que sufrir la pobreza, la falta de cariño, en una palabra, el destierro

del corazón.

 

No, la razón para abandonar todo esto que tanto amo no sería la de

prestar una serie de servicios al Carmelo que [10vº] quisiera recibirme.

Ciertamente, haría todo lo que dependiese de mí; pero conozco mi


 
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