Sta. Teresita de Lisieux

Parte 8

En esa época, yo estaba sola en la sacristía, por estar muy gravemente

enferma mi primera de oficio. Yo tenía que preparar los entierros, abrir las

rejas del coro para la misa, etc. Dios me dio muchas gracias de fortaleza

en aquellos momentos. Ahora me pregunto cómo pude hacer todo lo que

hice sin sentir miedo. La muerte reinaba por doquier. Las más enfermas

eran cuidadas por las que apenas se tenían en pie. En cuanto una

hermana exhalaba su último suspiro, había que dejarla sola.

 

Una mañana, al levantarme, tuve el presentimiento de que sor Magdalena

se había muerto. El claustro estaba a oscuras y nadie salía de su celda.

Por fin, me decidí [79vº] a entrar en la celda de la hermana Magdalena,

que tenía la puerta abierta. Y la vi, vestida y acostada en su jergón. No

sentí el menor miedo. Al ver que no tenía cirio, se lo fui a buscar, y también

una corona de rosas.

 

La noche en que murió la madre subpriora, yo estaba sola con la

enfermera. Es imposible imaginar el triste estado de la comunidad en

aquellos días. Sólo las que quedaban de pie pueden hacerse una idea.

 

Pero en medio de aquel abandono, yo sentía que Dios velaba por

nosotras. Las moribundas pasaban sin esfuerzo a mejor vida, y enseguida

de morir se extendía sobre sus rostros una expresión de alegría y de paz,

como si estuviesen durmiendo un dulce sueño. Y así era en realidad, pues,

cuando haya pasado la apariencia de este mundo, se despertarán para

gozar eternamente de las delicias reservadas a los elegidos...

 

Durante todo el tiempo que duró esta prueba de la comunidad, yo tuve el

inefable consuelo de recibir todos los días la sagrada comunión... ¡Qué

felicidad...! Jesús me mimó mucho tiempo, mucho más tiempo que a sus

fieles esposas, pues permitió que a mí me lo dieran, cuando las demás no

tenían la dicha de recibirle.

 

También me sentía feliz de poder tocar los vasos sagrados y de preparar

los corporales destinados a recibir a Jesús. Sabía que tenía que ser muy

fervorosa y recordaba con frecuencia estas palabras dirigidas a un santo

diácono: «Sé santo, tú que tocas los vasos del Señor».

 

No puedo decir que haya recibido frecuentes consuelos durante las

acciones de gracias; tal vez sean los momentos en que menos los he

tenido... Y me parece muy natural, pues me he ofrecido a Jesús, no como

quien desea recibir su visita para propio consuelo, sino, al contrario, para

complacer al que se entrega a mí.


 

 

 

Me imagino a mi alma como un terreno libre, y pido a la Santísima Virgen

que quite los escombros que pudieran impedirle [80rº] esa libertad. Luego

le suplico que monte ella una gran tienda digna del cielo y que la adorne

con sus propias galas. Después invito a todos los ángeles y santos a que

vengan a dar un magnífico concierto. Y cuando Jesús baja a mi corazón,

me parece que está contento de verse tan bien recibido, y yo estoy

contenta también...

 

Pero todo esto no impide que las distracciones y el sueño vengan a

visitarme. Pero al terminar la acción de gracias y ver que la he hecho tan

mal, tomo la resolución de vivir todo el día en una continua acción de

gracias...

 

Ya ves, Madre querida, que Dios está muy lejos de llevarme por el camino

del temor. Sé encontrar siempre la forma de ser feliz y de aprovecharme

de mis miserias... Y estoy segura de que eso no le disgusta a Jesús, pues

él mismo parece animarme a seguir por ese camino...

 

Un día, contra mi costumbre, estaba un poco turbada al ir a comulgar; me

parecía que Dios no estaba contento de mí y pensaba en mi interior: «Si

hoy sólo recibo la mitad de una hostia, me llevaré un disgusto, pues creeré

que Jesús viene como de mala gana a mi corazón». Me acerco... y, ¡oh,

felicidad!, por primera vez en mi vida veo que el sacerdote ¡toma dos

hostias bien separadas y me las da...! Comprenderás mi alegría y las

dulces lágrimas que derramé ante tan gran misericordia...

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Retiro del P. Alejo

 

Al año siguiente de mi profesión, es decir, dos meses antes de la muerte

de la madre Genoveva, recibí grandes gracias durante los ejercicios

espirituales.

 

Normalmente, los ejercicios predicados me resultan más penosos todavía

que los que hago sola. Pero ese año no fue así.

 

Había hecho con gran fervor una novena de preparación, a pesar del

presentimiento íntimo que tenía, pues me parecía que el predicador no iba

a poder comprenderme, ya que se dedicaba sobre todo a ayudar a los

grandes pecadores y no [80vº] a las almas religiosas. Pero Dios, que

quería demostrarme que sólo él era el director de mi alma, se sirvió

precisamente de este Padre, al que yo fui la única que apreció en la

comunidad...


 

 

 

Yo sufría por aquel entonces grandes pruebas interiores de todo tipo

(hasta llegar a preguntarme a veces si existía un cielo ). Estaba decidida a

no decirle nada acerca de mi estado interior, por no saber explicarme. Pero

apenas entré en el confesonario, sentí que se dilataba mi alma. Apenas

pronuncié unas pocas palabras, me sentí maravillosamente comprendida,

incluso adivinada... Mi alma era como un libro abierto, en el que el Padre

leía mejor incluso que yo misma... Me lanzó a velas desplegadas por los

mares de la confianza y del amor, que tan fuertemente me atraían, pero

por los que no me atrevía a navegar... Me dijo que mis faltas no

desagradaban a Dios, y que, como representante suyo, me decía de su

parte que Dios estaba muy contento de mí...

 

¡Qué feliz me sentí al escuchar esas consoladoras palabras...! Nunca

había oído decir que hubiese faltas que no desagradaban a Dios. Esas

palabras me llenaron de alegría y me ayudaron a soportar con paciencia el

destierro de la vida... En el fondo del corazón yo sentía que eso era así,

pues Dios es más tierno que una madre. ¿No estás tú siempre dispuesta,

Madre querida, a perdonarme las pequeñas indelicadezas de que te hago

objeto sin querer...? ¡Cuántas veces lo he visto por experiencia...! Ningún

reproche me afectaba tanto como una sola de tus caricias. Soy de tal

condición, que el miedo me hace retroceder, mientras que el amor no sólo

me hace correr sino volar...

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Priorato de la madre Inés

 

Y desde el día bendito de tu elección, Madre querida, sí, desde ese día

volé por los caminos del amor... Ese día, ¡Paulina pasó a ser mi Jesús

viviente... y se convirtió por segunda vez en mi «mamá»...!

 

[81rº] De tres años a esta parte, vengo teniendo la dicha de contemplar las

maravillas que obra Jesús por medio de mi Madre querida... Veo que sólo

el sufrimiento es capaz de engendrar almas, y estas sublimes palabras de

Jesús se revelan como nunca en toda su profundidad: «Os aseguro que si

el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere,

da mucho fruto».

 

¡Y qué cosecha tan abundante has recogido...! Has sembrado entre

lágrimas, pero pronto verás el fruto de tus trabajos y volverás llena de

alegría trayendo en tus manos las gavillas...

 

Entre esas gavillas floridas, Madre mía, va oculta ahora la florecilla blanca;

pero en el cielo tendrá voz para cantar tu dulzura y las virtudes que te ve


 

 

 

practicar día tras día a la sombra y en el silencio de esta vida de

destierro...

 

Sí, en estos últimos tres años he comprendido muchos misterios que hasta

entonces estaban escondidos para mí. Dios me ha mostrado la misma

misericordia que mostró al rey Salomón. No ha querido que yo tuviese un

sólo deseo que no viese realizado. Y no sólo mis deseos de perfección,

sino      también      aquellos       cuya     vanidad       comprendía       sin     haberla

experimentado.

 

Como siempre te he mirado, Madre querida, como mi ideal, deseaba

parecerme a ti en todo. Al verte pintar primorosamente y componer

poesías tan encantadoras, pensaba: «¡Cómo me gustaría poder pintar y

saber expresar en versos mi pensamiento, y hacer así el bien a las

almas...!»

 

No quería pedir estos dones naturales, y mis deseos permanecían ocultos

en el fondo de mi corazón. Pero Jesús, oculto también él en mi pobre

corazón, tuvo a bien demostrarle que todo es vanidad y aflicción de

espíritu bajo el sol... Con gran extrañeza de las hermanas, me pusieron a

pintar, y Dios permitió que supiese sacar jugo a las lecciones que mi

Madre querida me dio... Y quiso también [81vº] que, a ejemplo suyo,

pudiese hacer poesías y componer piezas teatrales que a las hermanas

les parecieron bonitas...

 

Al igual que Salomón, después de examinar todas las obras de sus manos

y la fatiga que le costó realizarlas, vio que todo era vanidad y caza de

viento, así también yo conocí por EXPERIENCIA que la felicidad sólo se

halla en esconderse y en vivir en la ignorancia de las cosas creadas.

Comprendí que, sin el amor, todas las obras son nada, incluso las más

brillantes, como resucitar a los muertos o convertir a los pueblos...

 

Los dones que Dios me ha prodigado (sin yo pedírselos), en lugar de

perjudicarme y de producirme vanidad, me llevan hacia él. Veo que sólo él

es inmutable y que sólo él puede llenar mis inmensos deseos...

 

Hay también deseos de otra índole que Jesús ha querido convertirme en

realidad, deseos infantiles como el de la nieve para mi toma de hábito. Tú

sabes bien, Madre querida, cómo me gustan las flores. Al hacerme

prisionera a los 15 años, renuncié para siempre a la dicha de correr por los

campos esmaltados con los tesoros de la primavera. Pues bien, nunca he

tenido tantas flores como desde que entré en el Carmelo...


 

 

 

Es costumbre que los novios regalen con frecuencia ramos de flores a sus

novias. Jesús no lo echó en olvido y me mandó, a montones, gavillas de

acianos, margaritas gigantes, amapolas, etc., todas las flores que más me

gustan. Hay incluso una florecita, llamada la neguilla de los trigos, que yo

no había vuelto a encontrar desde cuando vivíamos en Lisieux; tenía

muchas ganas de volver a ver esa flor de mi niñez que yo cogía en los

campos de Alençon. Pues también ella vino a sonreírme en el Carmelo y a

mostrarme que, tanto en las cosas más pequeñas como en las grandes,

Dios da el ciento por uno ya en esta vida a las almas que lo han dejado

todo por su amor.

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Entrada de Celina

 

Pero mi deseo más entrañable, el mayor de todos, el que nunca pensé

[82rº] que vería hecho realidad, era la entrada de mi Celina querida en el

mismo Carmelo que nosotras... Vivir bajo el mismo techo, compartir las

alegrías y las penas de la compañera de mi infancia me parecía un sueño

inverosímil. Por eso, había hecho por completo el sacrificio. Había puesto

en manos de Jesús el porvenir de mi hermana querida y estaba dispuesta

a verla partir, si era necesario, para el último rincón del mundo.

 

Lo único que no podía aceptar era que no fuese esposa de Jesús, pues, al

quererla tanto como a mí misma, se me hacía imposible verla entregar su

corazón a un mortal.

 

Ya había sufrido mucho sabiendo que en el mundo estaba expuesta a

peligros que yo no había conocido. Puedo decir que mi cariño a Celina,

desde mi entrada en el Carmelo, era un amor de madre tanto como de

hermana...

 

Un día en que tenía que ir a una fiesta nocturna, tenía yo un disgusto tan

grande que supliqué a Dios que no la dejase bailar, y hasta derramé

(contra mi costumbre) un torrente de lágrimas. Jesús se dignó escucharme

y no permitió que su joven prometida pudiese bailar aquella noche (aunque

sabía hacerlo muy bien cuando era necesario). La sacaron a bailar y no

podía negarse, pero el caballero fue absolutamente incapaz de hacerle dar

un solo paso de baile, y, con gran confusión de su parte, se vio condenado

a caminar sencillamente a su lado para acompañarla a su sitio; luego se

esfumó y no volvió a aparecer por la velada.

 

Aquella aventura, única en su género, me hizo crecer en confianza y en

amor hacia Aquel que, al depositar su señal en mi frente, la estampó al

mismo tiempo sobre la de mi Celina querida...


 

 

 

 

 

El 29 de julio del año pasado, cuando Dios rompió la ataduras de su

incomparable servidor, llamándole a las recompensas eternas, rompió a la

vez las que retenían en el mundo a su querida prometida. Ella había

cumplido ya su primera misión: encargada de representarnos a todas

nosotras al lado de nuestro padre, al que amábamos con tanta ternura, la

cumplió como un ángel... Y los ángeles no se quedan [82vº] en la tierra:

una vez que han cumplido la voluntad de Dios, vuelven enseguida hacia él,

que para eso tienen alas...

 

También nuestro ángel batió sus blancas alas. Estaba dispuesto a volar

muy lejos para encontrarse con Jesús, pero Jesús le hizo volar muy

cerca... Se conformó con aceptar el gran sacrificio, que fue

extremadamente doloroso para Teresita... Durante dos años su Celina le

había ocultado un secreto. ¡Y cuánto había sufrido también ella...!

 

Por fin, desde lo alto del cielo, mi rey querido, al que en la tierra no le

gustaban las demoras, se dio prisa en arreglar los embrollados asuntos de

su Celina, ¡y el 14 de septiembre se reunía con nosotras...!

 

Un día en que las dificultades parecían insuperables, le dije a Jesús

durante mi acción de gracias: «Tú sabes, Dios mío, cuánto deseo saber si

papá ha ido derecho al cielo. No te pido que me hables, sólo dame una

señal. Si sor A. de J. consiente en la entrada de Celina, o al menos no

pone obstáculos para ello, será la respuesta de que papá ha ido derecho a

estar contigo».

 

Como tú sabes, Madre querida, esta hermana pensaba que tres éramos ya

demasiadas, y por consiguiente no quería admitir otra más. Pero Dios, que

tiene en sus manos el corazón de las criaturas y lo inclina hacia donde él

quiere, cambió los pensamientos de esa hermana: la primera persona que

encontré después de la acción de gracias fue precisamente a ella, que me

llamó con un semblante muy amable, me dijo que subiera a tu celda y me

habló de Celina con lágrimas en los ojos...

 

¡Cuántas cosas tengo que agradecer a Jesús, que ha sabido colmar todos

mis deseos...!

 

Ahora no tengo ya ningún deseo, a no ser el de amar a Jesús con locura...

Mis deseos infantiles han desaparecido. Ciertamente que aún me gusta

adornar con flores al altar del Niño Jesús. Pero desde que él me dio la flor

que yo anhelaba, mi querida Celina, ya no deseo ninguna más: ella es

[83r] el ramillete más precioso que le ofrezco...


 

 

 

Tampoco deseo ya ni el sufrimiento ni la muerte, aunque sigo amándolos a

los dos. Pero es el amor lo único que me atrae... Durante mucho tiempo

los deseé; poseí el sufrimiento y creí estar tocando las riberas del cielo,

creí que la florecilla iba a ser cortada en la primavera de su vida... Ahora

sólo me guía el abandono, ¡no tengo ya otra brújula...!

 

Ya no puedo pedir nada con pasión, excepto que se cumpla perfectamente

en mi alma la voluntad de Dios sin que las criaturas puedan ser un

obstáculo para ello. Puedo repetir aquellas palabras del Cántico Espiritual

de nuestro Padre san Juan de la Cruz:

 

«En la interior bodega

 

de mi Amado bebí, y cuando salía

 

por toda aquesta vega,

 

ya cosa no sabía;

 

y el ganado perdí que antes seguía.

 

 

 

Mi alma se ha empleado,

 

y todo mi caudal, en su servicio;

 

ya no guardo ganado,

 

ni ya tengo otro oficio,

 

que ya sólo en amar es mi ejercicio».

 

 

 

O bien estas otras:

 

«Hace tal obra el AMOR,

 

después que le conocí,

 

que, si hay bien o mal en mí,

 

todo lo hace de un sabor,

 

y al alma transforma en sí».


 

 

 

 

 

 

¡Qué dulce es, Madre querida, el camino del amor! Es cierto que se puede

caer, que se pueden cometer infidelidades; pero el amor, haciéndolo todo

de un sabor, consume con asombrosa rapidez todo lo que puede

desagradar a Jesús, no dejando más que una paz humilde y profunda en

el fondo del corazón...

 

¡Cuántas luces he sacado de las obras de nuestro Padre san Juan de la

Cruz...! A la edad de 17 y 18 años, no tenía otro alimento espiritual. Pero

más tarde, todos los libros me dejaban en la aridez, y aún sigo en este

estado. Si abro un libro escrito por un autor espiritual (aunque sea el más

hermoso y el más conmovedor), siento que se me encoge el corazón y leo,

por así decirlo, sin entender; o si entiendo, mi espíritu se detiene, incapaz

de meditar...

 

En medio de esta mi impotencia, la Sagrada Escritura y la Imi-[83vº]tación

de Cristo vienen en mi ayuda. En ellas encuentro un alimento sólido y

completamente puro. Pero lo que me sustenta durante la oración, por

encima de todo, es el Evangelio. En él encuentro todo lo que necesita mi

pobre alma. En él descubro de continuo nuevas luces y sentidos ocultos y

misteriosos...

 

Comprendo y sé muy bien por experiencia que «el reino de los cielos está

dentro de nosotros». Jesús no tiene necesidad de libros ni de doctores

para instruir a las almas. El, el Doctor de los doctores, enseña sin ruido de

palabras... Yo nunca le he oído hablar, pero siento que está dentro de mí,

y que me guía momento a momento y me inspira lo que debo decir o

hacer. Justo en el momento en que las necesito, descubro luces en las que

hasta entonces no me había fijado. Y las más de las veces no es

precisamente en la oración donde esas luces más abundan, sino más bien

en medio de las ocupaciones del día...

 

Madre querida, después de tantas gracias, ¿no podré cantar yo con el

salmista: «El Señor es bueno, su misericordia es eterna»?

 

Me parece que si todas las criaturas gozasen de las mismas gracias que

yo, nadie le tendría miedo a Dios sino que todos le amarían con locura; y

que ni una sola alma consentiría nunca en ofenderle, pero no por miedo

sino por amor...

 

Comprendo, sin embargo, que no todas las almas se parezcan; tiene que

haberlas de diferente alcurnias, para honrar de manera especial cada una

de las perfecciones divinas.


 

 

 

 

 

A mí me ha dado su misericordia infinita, ¡y a través de ella contemplo y

adoro las demás perfecciones divinas...! Entonces todas se me presentan

radiantes de amor; incluso la justicia (y quizás más aún que todas las

demás) me parece revestida de amor...

 

¡Qué dulce alegría pensar que Dios es justo!; es decir, que tiene en cuenta

nuestras debilidades, que conoce perfectamente la debilidad de nuestra

naturaleza. Siendo así, ¿de qué voy a tener miedo? El Dios infinitamente

justo, que se dignó [84rº] perdonar con tanta bondad todas las culpas del

hijo pródigo, ¿no va a ser justo también conmigo, que «estoy siempre con

él»...?

 

Fin del Manuscrito A

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Este año, el 9 de junio, fiesta de la Santísima Trinidad, recibí la gracia de

entender mejor que nunca cuánto desea Jesús ser amado.

 

Pensaba en las almas que se ofrecen como víctimas a la justicia de Dios

para desviar y atraer sobre sí mismas los castigos reservados a los

culpables. Esta ofrenda me parecía grande y generosa, pero yo estaba

lejos de sentirme inclinada a hacerla.

 

«Dios mío, exclamé desde el fondo de mi corazón, ¿sólo tu justicia

aceptará almas que se inmolen como víctimas...? ¿No tendrá también

necesidad de ellas tu amor misericordioso...? En todas partes es

desconocido y rechazado. Los corazones a los que tú deseas prodigárselo

se vuelven hacia las criaturas, mendigándoles a ellas con su miserable

afecto la felicidad, en vez de arrojarse en tus brazos y aceptar tu amor

infinito...

 

«¡Oh, Dios mío!, tu amor despreciado ¿tendrá que quedarse encerrado en

tu corazón? Creo que si encontraras almas que se ofreciesen como

víctimas de holocausto a tu amor, las consumirías rápidamente. Creo que

te sentirías feliz si no tuvieses que reprimir las oleadas de infinita ternura

que hay en ti...

 

«Si a tu justicia, que sólo se extiende a la tierra, le gusta descargarse,

¡cuánto más deseará abrasar a las almas tu amor misericordioso, pues u

misericordia se eleva hasta el cielo...!

 

«¡Jesús mío!, que sea yo esa víctima dichosa. ¡Consume tu holocausto

con el fuego de tu divino amor...!»


 

 

 

 

 

Madre mía querida, tú que me permitiste ofrecerme a Dios de esa manera,

tú conoces los ríos, o, mejor los océanos de gracias que han venido a

inundar mi alma... Desde aquel día feliz, me parece que el amor me

penetra y me cerca, me parece que ese amor misericordioso me renueva a

cada instante, purifica mi alma y no deja en ella el menor rastro de pecado.

Por eso, [84vº] no puedo temer el purgatorio...

 

Sé que por mí misma ni siquiera merecería entrar en ese lugar de

expiación, al que sólo pueden tener acceso las almas santas. Pero sé

también que el fuego del amor tiene mayor fuerza santificadora que el del

purgatorio. Sé que Jesús no puede desear para nosotros sufrimientos

inútiles, y que no me inspiraría estos deseos que siento si no quisiera

hacerlos realidad...

 

¡Qué dulce es el camino del amor...! ¡Cómo deseo dedicarme con la mayor

entrega a hacer siempre la voluntad de Dios...!

 

Esto es, Madre querida, todo lo que puedo decirte de la vida de tu Teresita.

Tú conoces mucho mejor por ti misma cómo es y todo lo que Jesús ha

hecho por ella. Por eso, me perdonarás que haya resumido mucho la

historia de su vida religiosa...

 

¿Cómo acabará esta «historia de una florecita blanca»...? ¿Será tal vez

cortada en plena lozanía, o quizás trasplantada a otras riberas...? No lo sé.

Pero de lo que sí estoy segura es de que la misericordia de Dios la

acompañará siempre, y de que nunca la florecita dejará de bendecir a la

madre querida que la entregó a Jesús. Eternamente se alegrará de ser una

de las flores de su corona... Y eternamente cantará con esa madre querida

el cántico siempre nuevo del amor...

 

 

 

 

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ESCUDO DE ARMAS Y SU EXPLICACIÓN [85Vº]

 

El blasón JHS es el que Jesús se dignó entregar como dote a su pobre

esposa. La huérfana de la Bérésina se ha convertido en Teresa del NIÑO

JESÚS de la SANTA FAZ. Estos son sus títulos de nobleza, su riqueza y

su esperanza.


 

 

 

La vid que divide en dos el blasón es también figura de Aquel que se dignó

decirnos: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos, quiero que deis mucho

fruto»

 

Las dos ramas que rodean, una a la Santa Faz y la otra al Niño Jesús, son

la imagen de Teresa, que no tiene otro deseo aquí en la tierra que el de

ofrecerse como un racimito de uvas para refrescar a Jesús niño, para

divertirlo, para dejarse estrujar por él a capricho y poder así apagar la sed

ardiente que sintió durante su pasión.

 

El arpa representa también a Teresa, que quiere cantarle incesantemente

a Jesús melodías de amor.

 

El blasón FMT es el de María Francisca Teresa, la florecita de la Santísima

Virgen. Por eso, esa florecita aparece representada recibiendo los rayos

bienhechores de la dulce Estrella de la mañana.

 

La tierra verde representa a la familia bendita en cuyo seno creció la

florecita.

 

Más a lo lejos se ve una montaña, que representa al Carmelo. Este es el

lugar bendito que Teresa ha escogido para representar en su escudo de

armas el dardo inflamado del amor que ha de merecerle la palma del

martirio, en espera de que un día pueda dar verdaderamente su sangre

por su Amado. Pues para responder a todo el amor de Jesús, ella quisiera

hacer por él lo que él hizo por ella...

 

Pero Teresa no olvida que ella no es más que una débil caña, y por eso la

ha colocado en su blasón.

 

El triángulo luminoso representa a la adorable Trinidad, que no cesa de

derramar sus dones inestimables sobre el alma de la pobre Teresita, que,

agradecida, no olvidará jamás esta divisa: «El amor sólo con amor se

paga».


 

 

 

CARTA A SOR MARÍA DEL SAGRADO CORAZÓN

 

Manuscrito «B»

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CAPÍTULO IX

 

MI VOCACION: EL AMOR (1896) [1rº]

 

J.M.J.T.

 

+ Jesús

 

Querida hermana, me pides que te deje un recuerdo de mis ejercicios

espirituales, ejercicios que quizás sean los últimos...

 

Puesto que nuestra Madre lo permite, me alegro mucho de ponerme a

conversar contigo que eres dos veces mi hermana; contigo, que me

prestaste tu voz cuando yo no podía hablar, prometiendo en mi nombre

que no quería servir más que a Jesús...

 

Querida madrinita, aquella niña que tú ofreciste a Jesús es la que te habla

esta noche, la que te ama como sólo una hija sabe amar a su madre...

Sólo en el cielo conocerás toda la gratitud de que rebosa mi corazón...

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Los secretos de Jesús

 

Hermana querida, tú querrías escuchar los secretos que Jesús confía a tu

hijita. Yo sé que esos secretos te los confía también a ti, pues fuiste tú

quien me enseñó a acoger las enseñanzas divinas. Sin embargo, trataré

de balbucir algunas palabras, aunque siento que a la palabra humana le

resulta imposible expresar ciertas cosas que el corazón del hombre

apenas si puede vislumbrar...

 

No creas que estoy nadando entre consuelos. No, mi consuelo es no

tenerlo en la tierra. Sin mostrarse, sin hacerme oír su voz, Jesús me

instruye en secreto; no lo hace sirviéndose de libros, pues no entiendo lo

que leo. Pero a veces viene a consolarme una frase como la que he

encontrado al final de la oración (después de haber aguantado en el

silencio y en la sequedad): «Este es el maestro que te doy, él te enseñará

todo lo que debes hacer. Quiero hacerte leer en el libro de la vida, donde

está contenida la ciencia del amor».


 

 

 

¡La ciencia del amor! ¡Sí, estas palabras resuenan dulcemente en los

oídos de mi alma! No deseo otra ciencia. Después de haber dado por ella

todas mis riquezas, me parece, como a la esposa del Cantar de los

Cantares, que no he dado nada todavía... Comprendo tan bien que, fuera

del amor, no hay nada que pueda hacernos gratos a Dios, que ese amor

es el único bien que ambiciono.

 

Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa

hoguera divina . Ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin

miedo en brazos de su padre... «El que sea pequeñito, que venga a mí»,

dijo el Espíritu Santo por boca de Salomón. Y ese mismo Espíritu de amor

dijo también que «a los pequeños se les compadece y perdona». Y, en su

nombre, el profeta Isaías nos revela que en el último día «el Señor

apacentará como un pastor a su rebaño, reunirá a los corderitos y los

estrechará contra su pecho». Y como si todas esas promesas no bastaran,

el mismo profeta, cuya mirada inspirada se hundía ya en las profundidades

de la eternidad, exclama en nombre del Señor: «Como una madre acaricia

a su hijo, así os consolaré yo, os llevaré en brazos y sobre las rodillas os

acariciaré».

 

Sí, madrina querida, ante un lenguaje como éste, sólo cabe callar y llorar

de agradecimiento [1vº] y de amor... Si todas las almas débiles e

imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de todas las almas, el

alma de tu Teresita, ni una sola perdería la esperanza de llegar a la cima

de la montaña del amor, pues Jesús no pide grandes hazañas, sino

únicamente abandono y gratitud, como dijo en el salmo XLIX: «No

aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños, pues las

fieras de la selva son mías y hay miles de bestias en mis montes; conozco

todos los pájaros del cielo... Si tuviera hambre, no te lo diría, pues el orbe y

cuanto lo llena es mío. ¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de

cabritos?... Ofrece a Dios sacrificios de alabanza y de acción de gracias».

 

He aquí, pues, todo lo que Jesús exige de nosotros. No tiene necesidad de

nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que

declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en

mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed... Pero al decir:

«Dame de beber», lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el

amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor...

 

Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús está sediento. Entre los

discípulos del mundo, sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus

propios discípulos ¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él

sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito!


 

 

 

Hermana querida, ¡dichosas nosotras que comprendemos los íntimos

secretos de nuestro Esposo! Si tú quisieras escribir todo lo que sabes

acerca de ellos, ¡qué hermosas páginas podríamos leer! Pero ya lo sé,

prefieres guardar «los secretos del Rey» en el fondo de tu corazón,

mientras que a mí me dices que «es bueno publicar las obras del

altísimo». Creo que tienes razón en guardar silencio, y sólo por

complacerte escribo yo estas líneas, pues siento mi impotencia para

expresar con palabras de la tierra los secretos del cielo; y además, aunque

escribiera páginas y más páginas, tendría la impresión de no haber

empezado todavía... Hay tanta variedad de horizontes, matices tan

infinitamente variados, que sólo la paleta del Pintor celestial podrá

proporcionarme, después de la noche de esta vida, los colores apropiados

para pintar las maravillas que él descubre a los ojos de mi alma.

 

Hermana querida, me pedías que te escribiera mi sueño y «mi doctrinita»,

como tú la llamas... Lo he hecho en las páginas que siguen; pero tan mal,

que me parece imposible que consigas entender nada. Tal vez mis

expresiones te parezcan exageradas... Perdóname, eso se debe a mi

estilo demasiado confuso. Te aseguro que en mi pobre alma no hay

exageración alguna: en ella todo es sereno y reposado...

 

(Al escribir, me dirijo a Jesús; así me resulta más fácil expresar mis

pensamientos... Lo cual, ¡ay!, no impide que vayan horriblemente

expresados) [2rº].

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J.M.J.T.

 

8 de septiembre de 1896

 

(A mi querida sor María del Sagrado Corazón.)

 

¡Jesús, Amado mío!, ¿quién podrá decir con qué ternura y con qué

suavidad diriges tú mi pequeña alma, y cómo te gusta hacer brillar el rayo

de tu gracia aun en medio de la más oscura tormenta...?

 

Jesús, la tormenta rugía muy fuerte en mi alma desde la hermosa fiesta de

tu triunfo -la fiesta radiante de Pascua-, cuando un sábado del mes de

mayo, pensando en los sueños misteriosos que a veces concedes a

ciertas almas, me decía a mí misma que debía de ser un consuelo muy

dulce tener uno de esos sueños; pero no lo pedía.


 

 

 

Por la noche, mi alma, observando las nubes que encapotaban su cielo, se

repitió a sí misma que aquellos hermosos sueños no estaban hechos para

ella, y se durmió bajo el vendaval...

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La Venerable Ana de Jesús

 

El día siguiente era el 10 de mayo, segundo domingo del mes de María,

quizás aniversario de aquel día en que la Santísima Virgen se dignó

sonreírle a su florecita...

 

A las primeras luces del alba, me encontraba (en sueños) en una especie

de galería. Había en ella varias personas más, pero alejadas. Sólo nuestra

Madre estaba a mi lado.

 

De pronto, sin saber cómo habían entrado, vi a tres carmelitas, vestidas

con capas blancas y con los grandes velos echados. Me pareció que

venían por nuestra Madre, pero lo que entendí claramente fue que venían

del cielo.

 

Yo exclamé en lo hondo del corazón: ¡Cómo me gustaría ver el rostro de

una de esas carmelitas! Y entonces la más alta de las santas, como si

hubiese oído mi oración, avanzó hacia mí. Al instante caí de rodillas.

 

Y, ¡oh, felicidad!, la carmelita se quitó el velo, o, mejor dicho, lo alzó y me

cubrió con él. Sin la menor vacilación, reconocí a la Venerable Ana de

Jesús, la fundadora del Carmelo en Francia.

 

Su rostro era hermoso, de una hermosura inmaterial. No desprendía

ningún resplandor; y sin embargo, a pesar del velo que nos cubría a las

dos, yo veía aquel rostro celestial iluminado con una luz inefablemente

suave, luz que el rostro no recibía sino que él mismo producía...

 

Me sería imposible decir la alegría de mi alma; estas cosas se sienten,

pero no se pueden expresar... Varios meses han pasado desde este dulce

sueño; pero el recuerdo que dejó en mi alma no ha perdido nada de su

frescor ni de su encanto celestial... Aún me parece estar viendo la mirada y

la sonrisa llenas de amor de la Venerable Madre. Aún creo sentir las

caricias de que me colmó ...

 

... Al verme tan tiernamente amada, me atreví a pronunciar estas palabras:

«Madre, te lo ruego, dime si Dios me dejará todavía mucho tiempo en la

tierra... ¿Vendrá pronto a buscarme...?» Sonriendo con ternura, la santa

murmuró: «Sí, pronto, pronto... Te lo prometo». «Madre, añadí, dime


 

 

 

también si Dios no me pide tal vez algo [2vº] más que mis pobres acciones

y mis deseos. ¿Está contento de mí?» El rostro de la santa asumió una

expresión incomparablemente más tierna que la primera vez que me

habló. Su mirada y sus caricias eran ya la más dulce de las respuestas.

Sin embargo, me dijo: «Dios no te pide ninguna otra cosa. Está contento,

¡muy contento...!»

 

Y después de volver a acariciarme con mucho más amor con que jamás

acarició a su hijo la más tierna de las madres, la vi alejarse... Mi corazón

rebosaba de alegría, pero me acordé de mis hermanas y quise pedir

algunas gracias para ellas. Pero, ¡ay!..., me desperté...

 

¡Jesús!, ya no rugía la tormenta, el cielo estaba en calma y sereno... Yo

creía, sabía que hay un cielo, y que ese cielo está poblado de almas que

me quieren y que me miran como a hija suya...

 

Esta impresión ha quedado grabada en mi corazón. Lo cual es tanto más

curioso, cuanto que la Venerable Ana de Jesús me había sido hasta

entonces del todo indiferente, nunca la había invocado, y su pensamiento

sólo me venía a la mente cuando oía hablar de ella, lo que ocurría raras

veces.

 

Por eso, cuando comprendí hasta qué punto me quería ella a mí, y qué

lejos estaba yo de serle indiferente, mi corazón se deshizo en amor y

gratitud, y no sólo hacia la santa que me había visitado, sino hacia todos

los bienaventurados moradores del cielo...

 

¡Amado mío!, esta gracia no era más que el preludio de otras gracias

mayores con que tú querías colmarme. Déjame, mi único amor, que te las

recuerde hoy..., hoy, sí, sexto aniversario de nuestra unión... Y perdóname,

Jesús mío, si digo desatinos al querer expresarte mis deseos, mis

esperanzas que rayan el infinito, ¡¡¡perdóname y cura mi alma dándole lo

que espera...!!!

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Todas las vocaciones

 

Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de

almas, debería bastarme... Pero no es así... Ciertamente, estos tres

privilegios son la esencia de mi vocación: carmelita, esposa y madre.

 

Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones : siento la vocación de

guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. En una palabra,

siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas


 

 

 

hazañas... Siento en mi alma el valor de un cruzado, de un zuavo

pontificio. Quisiera morir por la defensa de la Iglesia en un campo de

batalla...

 

Siento en mí la vocación de sacerdote . ¡Con qué amor, Jesús, te llevaría

en mis manos cuando, al conjuro de mi voz, bajaras del cielo...! ¡Con qué

amor te entregaría a las almas...! Pero, ¡ay!, aun deseando ser sacerdote,

admiro y envidio la humildad de san Francisco de Asís y siento en mí la

vocación de imitarle renunciado a la sublime dignidad del sacerdocio.

 

¡Oh, Jesús, amor mío, mi vida...!, ¿cómo hermanar estos contrastes? [3rº]

¿Cómo convertir en realidad los deseos de mi pobrecita alma?

 

Sí, a pesar de mi pequeñez, quisiera iluminar a las almas como los

profetas y como los doctores.

 

Tengo vocación de apóstol... Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre

y plantar tu cruz gloriosa en suelo infiel. Pero Amado mío, una sola misión

no sería suficiente para mí. Quisiera anunciar el Evangelio al mismo

tiempo en las cinco partes del mundo, y hasta en las islas más remotas...

Quisiera se misionero no sólo durante algunos años, sino haberlo sido

desde la creación del mundo y seguirlo siendo hasta la consumación de

los siglos...

 

Pero, sobre todo y por encima de todo, amado Salvador mío, quisiera

derramar por ti hasta la última gota de mi sangre...

 

¡El martirio! ¡El sueño de mi juventud! Un sueño que ha ido creciendo

conmigo en los claustros del Carmelo... Pero siento que también este

sueño mío es una locura, pues no puedo limitarme a desear una sola clase

de martirio... Para quedar satisfecha, tendría que sufrirlos todos...

 

Como tú, adorado Esposo mío, quisiera ser flagelada y crucificada...

Quisiera morir desollada, como san Bartolomé... Quisiera ser sumergida,

como san Juan, en aceite hirviendo... Quisiera sufrir todos los suplicios

infligidos a los mártires... Con santa Inés y santa Cecilia, quisiera presentar

mi cuello a la espada, y como Juana de Arco, mi hermana querida, quisiera

susurrar tu nombre en la hoguera, Jesús... Al pensar en los tormentos que

serán el lote de los cristianos en tiempos del anticristo, siento que mi

corazón se estremece de alegría y quisiera que esos tormentos estuviesen

reservados para mí... Jesús, Jesús, si quisiera poner por escrito todos mis

deseos, necesitaría que me prestaras tu libro de la vida, donde están

consignadas las hazañas de todos los santos, y todas esas hazañas

quisiera realizarlas yo por ti...


 

 

 

 

 

Jesús mío, ¿y tú qué responderás a todas mis locuras...? ¿Existe acaso un

alma pequeña y más impotente que la mía...? Sin embargo, Señor,

precisamente a causa de mi debilidad, tú has querido colmar mis

pequeños deseos infantiles, y hoy quieres colmar otros deseos míos más

grandes que el universo...

 

Como estos mis deseos me hacían sufrir durante la oración un verdadero

martirio, abrí las cartas de san Pablo con el fin de buscar una respuesta. Y

mis ojos se encontraron con los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los

Corintios...

 

Leí en el primero que no todos pueden ser apóstoles, o profetas, o

doctores, etc...; que la Iglesia está compuesta de diferentes miembros, y

que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano.

 

... La respuesta estaba clara, pero no colmaba mis deseos ni me daba la

paz...

 

Al igual que Magdalena, inclinándose sin cesar sobre la tumba vacía,

acabó por encontrar [3vº] lo que buscaba, así también yo, abajándome

hasta las profundidades de mi nada, subí tan alto que logré alcanzar mi

intento...

 

Seguí leyendo, sin desanimarme, y esta frase me reconfortó: «Ambicionad

los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino inigualable». Y el

apóstol va explicando cómo los mejores carismas nada son sin el amor... Y

que la caridad es ese camino inigualable que conduce a Dios con total

seguridad.

 

Podía, por fin, descansar... Al mirar el cuerpo místico de la Iglesia, yo no

me había reconocido en ninguno de los miembros descritos por san Pablo;

o, mejor dicho, quería reconocerme en todos ellos...

 

La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia

tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el

más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía

un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor.

 

Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la

Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían

el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre...


 
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