Sta. Teresita de Lisieux

Parte 7

Cuando digo mortificada, no es para hacer creer que hiciera penitencias,

pues nunca las he hecho. Lejos de parecerme a esas almas grandes que

desde la niñez practicaron toda serie de mortificaciones, yo no sentía por

ellas el menor atractivo. Esto se debía, sin duda, a mi flojedad, pues

hubiera podido encontrar, como Celina, mis pequeños recursos para

mortificarme. En vez de eso, siempre me dejé mecer entre algodones y

cebar como un pajarito que no necesita hacer penitencia...

 

Mis mortificaciones consistían en doblegar mi voluntad, siempre dispuesta

a salirse con la suya; en callar cualquier palabra de réplica; en prestar

pequeños servicio sin hacerlos valer; en no apoyar la espalda cuando

estaba sentada, etc., etc...

 

Con la práctica de estas naderías me fui preparando para ser la prometida

de Jesús, y no sabría decir cuan dulces recuerdos me ha dejado esta

espera...

 

Tres meses se pasan muy pronto, y por fin llegó el momento tan

ardientemente deseado.

 

 

 

 

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CAPÍTULO VII

 

PRIMEROS AÑOS EN EL CARMELO (1888-1890)

 

El lunes 9 de abril, día en que el Carmelo celebraba la fiesta de la

Anunciación, trasladada a causa de la cuaresma, fue el día elegido para mi

entrada.

 

La víspera, toda la familia se reunió en torno a la mesa, a la que yo iba a

sentarme por última vez. ¡Ay, qué desgarradoras son estas reuniones

íntimas...! Cuando una quisiera pasar inadvertida, te prodigan las caricias y

las palabras más tiernas, y te hacen más duro el sacrificio de la

separación...

 

Mi rey querido apenas hablaba, pero su mirada se posaba en mí con

amor... Mi tía lloraba de vez en cuando, y mi tío me dispensaba mil

atenciones de cariño. También Juana y María me colmaban de

delicadezas, sobre todo María, que, [69rº] llevándome aparte, me pidió

perdón por todo lo que creía haberme hecho sufrir. Y finalmente, mi


 

 

 

querida Leonia, que había vuelto de la Visitación hacía algunos meses, me

colmaba como nadie de besos y caricias.

 

Sólo de Celina no he dicho nada. Pero ya puedes imaginarte, Madre

querida, cómo transcurrió la última noche en que dormimos juntas...

 

En la mañana del gran día, tras echar una última mirada a los Buissonnets,

nido cálido de mi niñez que ya no volvería a ver, partí del brazo de mi

querido rey para subir a la montaña del Carmelo...

 

Al igual que la víspera, toda la familia se reunió para escuchar la santa

Misa y recibir la comunión. En cuanto Jesús bajó al corazón de mis

parientes queridos, ya no escuché a mi alrededor más que sollozos. Yo fui

la única que no lloró, pero sentí latir mi corazón con tanta fuerza, que,

cuando vinieron a decirnos que nos acercáramos a la puerta claustral, me

parecía imposible dar un solo paso. Me acerqué, sin embargo, pero

preguntándome si no iría a morirme, a causa de los fuertes latidos de mi

corazón... ¡Ah, qué momento aquél! Hay que pasar por él para

entenderlo...

 

Mi emoción no se tradujo al exterior. Después de abrazar a todos los

miembros de mi familia querida, me puse de rodillas ante mi incomparable

padre, pidiéndole su bendición. Para dármela, también él se puso de

rodillas, y me bendijo llorando...

 

¡El espectáculo de aquel anciano ofreciendo su hija al Señor, cuando aún

estaba en la primavera de la vida, tuvo que hacer sonreír a los ángeles...!

 

Pocos instantes después, se cerraron tras de mí las puertas del arca santa

y recibí los abrazos de las hermanas queridas que me habían hecho de

madres y a las que en adelante tomaría por modelo de mis actos...

 

Por fin, mis deseos se veían cumplidos. Mi alma sentía una PAZ tan dulce

y tan profunda, que no acierto a [69vº] describirla. Y desde hace siete años

y medio esta paz íntima me ha acompañado siempre, y no me ha

abandonado ni siquiera en medio de las mayores tribulaciones.

 

Como a todas las postulantes, inmediatamente después de mi entrada, me

llevaron al coro. Estaba en penumbra, porque estaba expuesto el

Santísimo, y lo primero que atrajo mi mirada fueron los ojos de nuestra

santa Madre Genoveva, que se clavaron en mí. Estuve un momento

arrodillada a sus pies, dando gracias a Dios por el don que me concedía

de conocer a una santa, y luego seguí a nuestra Madre María de Gonzaga

a los diferentes lugares de la comunidad. Todo me parecía maravilloso. Me


 

 

 

creía transportada a un desierto. Nuestra celdita, sobre todo, me

encantaba.

 

Pero la alegría que sentía era una alegría serena. Ni el más ligero céfiro

hacía ondular las tranquilas aguas sobre las que navegaba mi barquilla, ni

una sola nube oscurecía mi cielo azul... Sí, me sentía plenamente

compensada de todas mis pruebas... ¡Con qué alegría tan honda repetía

estas palabras: «Estoy aquí, para siempre, para siempre...»!

 

Aquella dicha no era efímera, no se desvanecería con las ilusiones de los

primeros días. ¡Las ilusiones! Dios me concedió la gracia de no llevar

NINGUNA al entrar en el Carmelo. Encontré la vida religiosa tal como me

la había imaginado. Ningún sacrificio me extrañó. Y sin embargo, tú sabes

bien, Madre querida, que mis primeros pasos encontraron más espinas

que rosas...

 

Sí, el sufrimiento me tendió los brazos, y yo me arrojé en ellos con amor...

A los pies de Jesús-Hostia, en el interrogatorio que precedió a mi

profesión, declaré lo que venía a hacer en el Carmelo: «He venido para

salvar almas, y, sobre todo, para orar por los sacerdotes».

 

Cuando se quiere alcanzar una meta, hay que poner los medios para ello.

Jesús me hizo comprender que las almas quería dármelas por medio de la

cruz; y mi anhelo de sufrir creció a medida que aumentaba el sufrimiento.

 

Durante cinco años, éste fue mi camino. Pero, [70rº] al exterior, nada

revelaba mi sufrimiento, tanto más doloroso cuanto que sólo yo lo conocía.

¡Qué sorpresas nos llevaremos al fin del mundo cuando leamos la historia

de las almas...! ¡Y cuántas personas se quedarán asombradas al conocer

el camino por el que fue conducida la mía...!

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Confesión con el P. Pichon

 

Esto es tan verdad, que dos meses después de mi entrada, cuando vino el

P. Pichon para la profesión de sor María del Sagrado Corazón, se quedó

sorprendido al ver lo que Dios estaba obrando en mi alma, y me dijo que,

la víspera, al verme hacer oración en el coro, mi fervor le pareció

totalmente infantil y muy dulce mi camino.

 

Mi entrevista con el Padre fue para mí un consuelo muy grande, aunque

velado por las lágrimas a causa de la dificultad que encontré para abrirle

mi alma.


 

 

 

Hice, no obstante, una confesión general, como nunca la había hecho. Al

terminar, el Padre me dijo estas palabras, las más consoladoras que jamás

hayan resonado en los oídos de mi alma: «En presencia de Dios, de la

Santísima Virgen y de todos los santos, declaro que nunca has cometido ni

un solo pecado mortal». Y luego añadió: Da gracias a Dios por todo lo que

hace por ti, pues, si te abandonase, en vez de ser un pequeño ángel,

serías un pequeño demonio.

 

¡No, no me costó nada creerlo! Sabía lo débil e imperfecta que era. Pero la

gratitud embargaba mi alma. Tenía tanto miedo de haber empañado la

vestidura de mi bautismo, que una garantía como aquélla, salida de la

boca de un director espiritual como los quería nuestra Madre santa Teresa

-es decir, que uniesen la ciencia y la virtud-, me parecía como salida de la

misma boca de Jesús...

 

El Padre me dijo también estas palabras que se me grabaron dulcemente

en el corazón: «Hija mía, que Nuestro Señor sea siempre tu superior y tu

maestra de novicias».

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Teresa y sus superioras

 

De hecho, lo fue. Y también «mi director espiritual». No quiero decir con

esto que mi alma estuviese cerrada a cal y canto para mis superioras. No,

más bien siempre he procurado que fuese para ellas un libro [70vº] abierto.

Pero nuestra Madre estaba enferma con frecuencia y tenía poco tiempo

para ocuparse de mí. Sé que me quería mucho y que hablaba muy bien de

mí. Sin embargo, Dios permitió que, sin darse cuenta, fuese MUY DURA.

No podía cruzarme con ella sin tener que besar el suelo. Y lo mismo

ocurría en las escasas conferencias espirituales que tenía con ella...

 

¡Qué gracia inestimable...! ¡Cómo actuaba Dios visiblemente a través de la

que estaba en su lugar...! ¿Qué habría sido de mí si, como pensaba la

gente del mundo, hubiese sido «el juguete» de la comunidad...? Quizás, en

lugar de ver a Nuestro Señor en mis superioras, no me hubiera fijado más

que en las personas; y entonces mi corazón, que había estado tan

protegido en el mundo, se habría atado humanamente en el claustro...

Gracias a Dios, no caí en esa trampa. Cierto, que yo quería mucho a

nuestra Madre, pero con un afecto puro que me elevaba hacia el Esposo

de mi alma...

 

Nuestra maestra de novicias era una verdadera santa, el tipo acabado de

las primitivas carmelitas. Yo pasaba todo el día a su lado, pues era la que

me enseñaba a trabajar.


 

 

 

 

 

Su bondad para conmigo no tenía límites, y, sin embargo, mi alma no

lograba expansionarse con ella... Me suponía un gran esfuerzo hacer con

ella la conferencia espiritual. Como no estaba acostumbrada a hablar de

mi alma, no sabía cómo expresar lo que sucedía en mi interior. Una Madre

ya mayor intuyó un día lo que me pasaba y me dijo, sonriendo, en la

recreación: -«Hijita, me parece que tú no debes de tener gran cosa que

decir a las superioras».-«¿Por qué dice eso, Madre...?» -«Porque tu alma

es extremadamente sencilla ; y cuando seas perfecta, serás más sencilla

todavía, pues cuanto uno más se acerca a Dios, más se simplifica».

 

Aquella anciana Madre tenía razón. No obstante, la dificultad que yo tenía

para abrir mi alma, aun cuando proviniese de mi sencillez, era un auténtico

problema para mí. Lo reconozco hoy que, sin dejar de ser sencilla, [71rº]

expreso con gran facilidad lo que pienso.

 

He dicho que Jesús había sido «mi director espiritual». Cuando entré en el

Carmelo, conocí al que podía haberlo sido. Pero apenas me había

admitido entre el número de sus hijas, tuvo que partir para el exilio... Así

que sólo lo conocí para perderle enseguida... Reducida a no recibir de él

más que una carta al año, por doce que yo le escribía, pronto mi corazón

se volvió hacia el Director de los directores, y él fue quien me instruyó en

esa ciencia escondida a los sabios y a los prudentes, que él quiere revelar

a los más pequeños...

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La Santa Faz

 

La florecita trasplantada a la montaña del Carmelo tenía que abrirse a la

sombra de la cruz; las lágrimas y la sangre de Jesús fueron su rocío, y su

Faz adorable velada por el llanto fue su sol...

 

Hasta entonces todavía no había yo sondeado la profundidad de los

tesoros escondidos en la Santa Faz. Fuiste tú, Madre querida, quien me

enseñó a conocerlos. Lo mismo que, hacía años, nos habías precedido a

las demás en el Carmelo, así también fuiste tú la primera en penetrar los

misterios de amor ocultos en el rostro de nuestro Esposo. Entonces tú me

llamaste, y comprendí...

 

Comprendí en qué consistía la verdadera gloria. Aquel cuyo reino no es de

este mundo me hizo ver que la verdadera sabiduría consiste en «querer

ser ignorada y tenida en nada», en «cifrar la propia alegría en el desprecio

de sí mismo».


 

 

 

Sí, yo quería que «mi rostro», como el de Jesús, «estuviera

verdaderamente escondido, y que nadie en la tierra me reconociese».

Tenía sed de sufrir y de ser olvidada...

 

¡Qué misericordioso es el camino por donde me ha llevado siempre Dios!

Nunca me ha hecho desear algo que luego no me haya concedido. Por

eso, su cáliz amargo siempre me ha parecido delicioso...

 

Pasadas las fiestas radiantes del mes de mayo -las fiestas de la profesión

y de la toma de velo [71vº] de nuestra querida María, la mayor de la

familia, a quien la más pequeña tuvo la dicha de coronar el día de sus

bodas-, tenía que visitarnos la tribulación...

 

Ya el año anterior, en el mes de mayo, papá había sufrido un ataque de

parálisis en las piernas, y la cosa nos preocupó mucho. Pero la fuerte

constitución de mi querido rey hizo que se recuperara pronto, y nuestros

temores desaparecieron. Sin embargo, durante el viaje a Roma, notamos

más de una vez que se cansaba fácilmente y que no estaba tan alegre

como de costumbre...

 

Lo que yo observé, sobre todo, fueron los progresos que papá hacía en la

perfección. A ejemplo de san Francisco de Sales, había llegado a dominar

su impulsividad natural hasta tal punto, que parecía tener el temperamento

más dulce del mundo... Las cosas de la tierra apenas parecían rozarle, y

se sobreponía fácilmente a las contrariedades de la vida.

 

En una palabra, Dios lo inundaba de consuelos. Durante sus visitas diarias

al Santísimo, se le llenaban con frecuencia los ojos de lágrimas y su rostro

reflejaba una dicha celestial...

 

Cuando Leonia salió de la Visitación, no se disgustó ni se quejó a Dios

porque no hubiera escuchado las oraciones que le había dirigido para

obtener la vocación de su querida hija. Hasta fue a buscarla con cierta

alegría...

 

Y he aquí con qué fe aceptó papá la separación de su reinecita. Se la

anunció en estos términos a sus amigos de Alençon: «Queridísimos

amigos: ¡Teresa, mi reinecita, entró ayer en el Carmelo...! Sólo Dios puede

exigir tal sacrificio... No me tengáis lástima, pues mi corazón rebosa de

alegría.»

 

Había llegado la hora de que un servidor tan fiel recibiera el premio de sus

trabajos. Y era justo que su salario fuera parecido al que Dios dio al Rey

del cielo, a su Hijo único... Papá acababa de hacer a Dios ofrenda de un


 

 

 

altar, y él fue la víctima escogida para ser inmolada en él con el Cordero

sin mancha.

 

[72rº] Tú ya conoces, Madre querida, nuestras amarguras del mes de junio

-y, sobre todo, las del día 24- del año 1888. Esos recuerdos han quedado

demasiado grabados en el fondo de nuestros corazones para que haga

falta escribirlos... ¡Cuánto sufrimos, Madre querida...! ¡Y aquello no era

más que el principio de nuestra tribulación...!

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Toma de hábito

 

Entretanto, había llegado la fecha de mi toma de hábito. Fui aprobada por

el capítulo conventual. Pero ¿cómo pensar en una ceremonia solemne? Ya

se hablaba de darme el santo hábito sin hacerme salir de la clausura,

cuando se optó por esperar.

 

Contra toda esperanza, nuestro padre querido se repuso de su segundo

ataque, y Monseñor fijó la ceremonia para el día 10 de enero.

 

La espera había sido larga, pero, también, ¡qué hermosa fue la fiesta...! No

faltó nada, nada, ni siquiera la nieve...

 

No sé si te he hablado ya de mi amor a la nieve... Cuando aún era muy

pequeña, me fascinaba su blancura. Uno de mis mayores deleites era

pasearme bajo los copos de nieve. ¿De dónde me venía esta afición a la

nieve...? Tal vez de que, siendo yo una florecita invernal, el primer ropaje

con que mis ojos de niña vieron adornada a la naturaleza debió ser su

manto blanco...

 

Lo cierto es que siempre había deseado que, el día de mi toma de hábito,

la naturaleza estuviese vestida de blanco como yo. La víspera de ese

hermoso día, yo miraba tristemente el cielo plomizo, del que de vez en

cuando se desprendía una lluvia fina; pero la temperatura era tan suave,

que ya no esperaba que nevase.

 

A la mañana siguiente, el cielo no había cambiado. Sin embargo, la fiesta

resultó maravillosa, y la flor más bella, la más preciosa de todas, fue mi rey

querido. Nunca había estado tan guapo y tan digno... Fue la admiración de

todo el mundo. Aquel día fue su triunfo, su última fiesta aquí en la tierra.

Había entregado todas sus hijas a Dios, pues cuando Celina le confió su

vocación, él había llorado de alegría, y había ido a dar gracias a Quien «le

hacía el honor de tomar para sí a todas sus hijas».


 

 

 

[72vº] Al final de la ceremonia, Monseñor entonó el Te Deum. Un

sacerdote trató de advertirle que aquel cántico sólo se cantaba en las

profesiones, pero ya estaba entonado, y el himno de acción de gracias se

cantó hasta el final.

 

¿No debía ser completa aquella fiesta, si en ella se resumían todas las

demás...? Después de abrazar por última vez a mi rey querido, volví a

entrar en la clausura. Lo primero que vi en el claustro fue a «mi Niño Jesús

color rosa» sonriéndome en medio de flores y de luces. Inmediatamente

después mi mirada se posó sobre los copos de nieve... ¡El patio estaba

blanco, como yo!

 

¡Qué delicadeza la de Jesús! En atención a los deseos de su prometida, le

regalaba nieve... ¡Nieve! ¿Qué mortal, por poderoso que sea, puede hacer

caer nieve del cielo para hechizar a su amada...? Tal vez la gente del

mundo se hizo esta pregunta; lo cierto es que la nieve de mi toma de

hábito les pareció un pequeño milagro y que toda la ciudad se extrañó. Les

pareció rara mi afición por la nieve... ¡Tanto mejor! Eso hizo resaltar aún

más la incomprensible condescendencia del Esposo de las vírgenes..., de

ese Dios que siente un cariño especial por los lirios blancos como la

NIEVE...

 

Monseñor entró en clausura después de la ceremonia, y estuvo conmigo

muy paternal. Creo que estaba orgulloso de que lo hubiera conseguido, y

decía a todo el mundo que yo era «su hijita». Siempre que Su Excelencia

volvió a visitarnos después de aquella hermosa fiesta, se mostró muy

bueno conmigo. Me acuerdo muy especialmente de su visita con ocasión

del centenario de N. P. san Juan de la Cruz. Me tomó la cabeza entre sus

manos y me acarició de mil maneras. ¡Nunca me había visto tan honrada!

En aquel momento Dios me hizo pensar en las caricias [73rº] que un día él

me prodigará delante de los ángeles y los santos, de las que me daba ya

en este mundo una tenue imagen. Por eso, fue muy grande el consuelo

que sentí...

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Enfermedad de papá

 

Como acabo de decir, la jornada del 10 de enero fue el triunfo de mi rey.

Yo la comparo a la entrada de Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos.

Su gloria de un día, como la de nuestro divino Maestro, fue seguida de una

pasión dolorosa, y esa pasión no fue sólo para él. Así como los dolores de

Jesús atravesaron como una espada el corazón de su divina Madre, así

también se desgarraron nuestros corazones ante los sufrimientos de aquel

a quien más tiernamente amábamos en la tierra...


 

 

 

 

 

Recuerdo que en el mes de junio de 1888, cuando empezaron nuestras

primeras angustias, yo decía: «Sufro mucho, pero creo que puedo soportar

todavía mayores sufrimientos». No sospechaba entonces los que Dios me

tenía reservados... No sabía que el 12 de febrero, un mes después de mi

toma de hábito, nuestro padre querido bebería el más amargo, el más

humillante de todos los cálices...

 

¡¡¡No, ese día ya no dije que podía sufrir todavía más...!!! Las palabras no

pueden expresar nuestras angustias; por eso, no intentaré describirlas.

Algún día, en el cielo, nos gustará hablar de nuestras gloriosas

tribulaciones, ¿no nos alegramos ya ahora de haberlas sufrido...? Sí, los

tres años del martirio de papá me parecen los más preciosos, los más

fructíferos de toda nuestra vida. No los cambiaría por todos los éxtasis y

revelaciones de los santos. Mi corazón rebosa de gratitud al pensar en ese

tesoro que debe de despertar una santa envidia en los ángeles de la corte

celestial...

 

Mi deseo de sufrir se vio colmado. No obstante, mi amor al sufrimiento no

decreció, por lo que pronto mi alma participó también en los sufrimientos

de mi [73vº] corazón. La sequedad se hizo mi pan de cada día. Mas

aunque estaba privada de todo consuelo, era la más feliz de las criaturas,

pues veía cumplidos todos mis deseos...

 

¡Madre mía querida, qué hermosa ha sido nuestra gran tribulación, ya que

de todos nuestros corazones no brotaron más que suspiros de amor y de

gratitud...! No era ya caminar por los senderos de la perfección:

¡volábamos las cinco! Las dos pobres desterraditas de Caen, aunque

estaban en el mundo, no eran ya del mundo... ¡Y qué maravillas operó el

dolor en el alma de mi Celina querida...! Todas las cartas que escribió en

esas fechas están impregnadas de resignación y de amor... ¿Y quién será

capaz de describir las conversaciones que teníamos juntas en el

locutorio...? Las rejas del Carmelo, lejos de separarnos, unían todavía más

estrechamente        nuestras      almas.      Teníamos       las     dos     los     mismos

pensamientos, los mismos deseos, el mismo amor a Jesús y a las almas...

 

Cuando hablaban Celina y Teresa, ni una sola palabra de las cosas de la

tierra se mezclaba nunca en sus conversaciones, que eran ya totalmente

del cielo. Como tiempo atrás en el mirador, soñaban con las realidades

eternas. Y para poder gozar cuanto antes de esa dicha sin fin, elegían aquí

en la tierra por único lote «el sufrimiento y el desprecio».

 

Así transcurrió el tiempo de mis esponsales..., ¡que se le hizo muy largo a

la pobre Teresita!


 

 

 

 

 

Al terminar mi año de noviciado, nuestra Madre me dijo que ni soñara en

pedir la profesión, pues con toda seguridad el superior rechazaría mi

petición. Tuve que esperar ocho meses más...

 

En un primer momento se me hizo muy difícil aceptar ese gran sacrificio;

pero pronto se hizo la luz en mi alma. Estaba meditando, aquellos días, los

«Fundamentos de la vida espiritual» del P. Surin. Un día, durante la

oración, comprendí que mi deseo tan intenso de hacer la profesión iba

mezclado con un gran amor propio. Si me había entregado a Jesús para

agradarle y consolarle, [74rº] no debía obligarle a hacer mi voluntad en

lugar de la suya.

 

Comprendí también que una prometida debería estar engalanada para el

día de sus bodas, y que yo no había hecho nada para ello... Y entonces le

dije a Jesús: «Dios mío, no te pido pronunciar los santos votos, esperaré

todo el tiempo que quieras. Lo único que deseo es que mi unión contigo no

se vea diferida por mi culpa. Por eso, voy a poner todo mi empeño en

prepararme un hermoso vestido recamado de piedras preciosas. Cuando

tú creas que ya está lo suficientemente rico y adornado, estoy segura de

que ni todas las criaturas juntas podrán impedirte bajar hasta mí para

unirme a ti para siempre, Amado mío...»

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Pequeñas virtudes

 

A partir de la toma de hábito, yo había recibido ya abundantes luces sobre

la perfección religiosa, especialmente respecto al voto de pobreza. Durante

el postulantado, me gustaba tener cosas bonitas para mi uso y encontrar a

mano todo lo que necesitaba. «Mi Director» soportaba aquello con

paciencia, pues no es amigo de enseñárselo todo a las almas de una vez.

Normalmente va dando sus luces poco a poco.

 

(Al principio de mi vida espiritual, hacia los 13 ó los 14 años, me

preguntaba qué progresos tendría que hacer más adelante, pues creía que

no podría comprender ya mejor la perfección. Pero no tardé en

convencerme de que cuanto más adelanta uno en este camino, más lejos

se ve del final. Por eso, ahora me resigno a verme siempre imperfecta, y

encuentro en ello mi alegría...)

 

Vuelvo a las enseñanzas de «mi Director». Una noche, después de

Completas, busqué en vano nuestra lamparita en los estantes destinados a

ese fin. Era tiempo de silencio riguroso, por lo que no podía reclamarla...

Supuse que alguna hermana, creyendo coger su lámpara, había cogido la


 

 

 

nuestra, que, por cierto, yo necesitaba mucho. En vez de disgustarme por

verme privada de ella, me alegré mucho, pensando que la pobreza

consiste en verse una privada, no sólo de las cosas superfluas, sino

también [74vº] de las indispensables. Y de esa manera, en medio de las

tinieblas exteriores, fui iluminada interiormente...

 

En esa época me entró un verdadero amor a los objetos más feos e

incómodos. Y así, sentí una gran alegría cuando me quitaron de la celda el

precioso cantarillo que tenía y me dieron en su lugar un cántaro tosco y

todo desportillado...

 

Hacía también grandes esfuerzos por no disculparme, lo cual me resultaba

muy difícil, sobre todo con nuestra maestra de novicias, a la que no quería

ocultarle nada.

 

He aquí mi primera victoria, que no fue grande, pero que me costó mucho.

Se encontró roto un vasito colocado detrás de una ventana. Nuestra

maestra, creyendo que había sido yo quien lo había tirado, me lo enseñó,

diciendo que otra vez tuviera más cuidado. Sin decir nada, besé el suelo y

prometí ser más cuidadosa en adelante.

 

Debido a mi poca virtud, estos actos de vencimiento me costaban mucho,

y tenía que pensar que en el juicio final todo saldrá a la luz. Me hacía

también esta reflexión: cuando uno cumple con su deber, sin excusarse

nunca, nadie lo sabe; las imperfecciones, por el contrario, se dejan ver

enseguida...

 

Me aplicaba, sobre todo, a la práctica de las virtudes pequeñas, al no tener

facilidad para practicar las grandes. Así, por ejemplo, me gustaba plegar

las capas que dejaban olvidadas las hermanas y prestarles todos los

pequeños servicios que podía.

 

También se me concedió el amor a la mortificación, que era tanto mayor

cuanto que no me permitían hacer nada para satisfacerlo... La única

mortificación que yo hacía en el mundo, que consistía en no apoyar la

espalda cuando me sentaba, me la prohibieron, debido a la propensión

que tenía a encorvarme. Claro, que si me hubiesen dado permiso para

hacer muchas penitencias, seguramente ese entusiasmo no me habría

durado mucho... Las únicas que podía hacer sin pedir permiso consistían

en mortificar mi amor propio, lo cual me aprovechaba mucho más que las

penitencias corporales...

 

[75rº] El refectorio, que fue mi oficio nada más tomar el hábito, me ofreció

más de una ocasión para poner mi amor propio en su lugar, es decir,


 

 

 

debajo de los pies... Es cierto que para mí era una gran alegría, Madre

querida, estar en el mismo oficio que tú y poder ver de cerca tus virtudes.

Pero esa misma cercanía era para mí motivo de sufrimiento. No me sentía

libre, como antaño, para decírtelo todo. Teníamos que observar la regla, y

no podía abrirte mi alma. En una palabra, ¡yo estaba ya en el Carmelo, y

no en los Buissonnets bajo el techo paterno...!

 

Entretanto, la Santísima Virgen me ayudaba a preparar el vestido de mi

alma; y en cuanto ese vestido estuvo terminado, los obstáculos

desaparecieron solos. Monseñor me envió el permiso que había solicitado,

la comunidad me aprobó, y se fijó la profesión para el 8 de septiembre...

 

Todo lo que acabo de escribir en pocas palabras requeriría muchas

páginas de pormenores y detalles, pero esas páginas no se leerán nunca

en la tierra. Pronto, Madre querida, te hablaré de todo ello en nuestra casa

paterna, ¡en ese hermoso cielo hacia el que se elevan los suspiros de

nuestros corazones...!

 

Mi traje de bodas estaba listo. Se hallaba recamado con las antiguas joyas

que mi Prometido me había regalado; pero aún no era suficiente para su

generosidad. Quería regalarme un nuevo diamante de innumerables

destellos.

 

Las antiguas joyas eran la tribulación de papá, con todas sus dolorosas

circunstancias; el nuevo diamante fue una prueba, muy pequeña en

apariencia, pero que me hizo sufrir mucho.

 

Desde hacía algún tiempo, a nuestro pobre papaíto, que estaba un poco

mejor, lo sacaban a pasear en coche. Incluso se pensó en hacerle tomar el

tren para venir a vernos.

 

Y, naturalmente, Celina pensó enseguida que había que escoger para ese

viaje el día de mi toma de velo. Para que no se canse, decía, no le haré

[75vº] asistir a toda la ceremonia; sólo al final iré a buscarle y le llevaré

muy despacito hasta la reja para que Teresa reciba su bendición.

 

¡Qué bien retratado estaba ahí el corazón de mi Celina...! ¡Qué gran

verdad es que «al amor nada le parece imposible, porque para él todo es

posible y permitido...!» La prudencia humana, por el contrario, tiembla a

cada paso y no se atreve, por así decirlo, a posar el pie en el suelo.

 

Así, Dios, que quería probarme, se sirvió de ella como de un instrumento

dócil en sus manos, y el día de mis bodas estuve realmente huérfana de


 

 

 

padre en la tierra, pero pudiendo mirar con confianza al cielo y decir con

toda verdad: «Padre nuestro, que estás en el cielo».

 

 

 

 

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CAPÍTULO VIII

 

DESDE LA PROFESIÓN HASTA LA OFRENDA AL AMOR

 

(1890-1895)

 

Antes de hablarte de esta prueba, Madre querida, debería haberte hablado

de los ejercicios espirituales que precedieron a mi profesión. Esos

ejercicios, no sólo no me proporcionaron ningún consuelo, sino que en

ellos la aridez más absoluta y casi casi el abandono fueron mis

compañeros. Jesús dormía, como siempre, en mi navecilla.

 

¡Qué pena!, tengo la impresión de que las almas pocas veces le dejan

dormir tranquilamente dentro de ellas. Jesús está ya tan cansado de ser él

quien corra con los gastos y de pagar por adelantado, que se apresura a

aprovecharse del descanso que yo le ofrezco. No se despertará,

seguramente, hasta mi gran retiro de la eternidad; pero esto, en lugar de

afligirme, me produce una enorme alegría...

 

Verdaderamente, estoy lejos de ser santa, y nada lo prueba mejor que lo

que acabo de decir. En vez de alegrarme de mi sequedad, debería

atribuirla a mi falta de fervor y de fidelidad. Debería entristecerme por

dormirme (¡después de siete años!) en la oración y durante la acción de

gracias. Pues bien, no me entristezco... Pienso que los niños agradan

tanto a sus padres mientras duermen como cuando están despiertos;

pienso que los médicos, para hacer las operaciones, [76rº] duermen a los

enfermos. En una palabra, pienso que «el Señor conoce nuestra masa, se

acuerda de que no somos más que polvo».

 

Mis ejercicios para la profesión fueron, pues, como todos los que vinieron

después, unos ejercicios de gran aridez. Sin embargo, Dios me mostró

claramente, sin que yo me diera cuenta, la forma de agradarle y de

practicar las más sublimes virtudes.

 

He observado muchas veces que Jesús no quiere que haga provisiones.

Me alimenta momento a momento con un alimento totalmente nuevo, que

encuentro en mí sin saber de dónde viene... Creo simplemente que Jesús


 

 

 

mismo, escondido en el fondo de mi pobre corazón, es quien me concede

la gracia de actuar en mí y quien me hace descubrir lo que él quiere que

haga en cada momento.

 

Unos días antes de mi profesión tuve la dicha de recibir la bendición del

Sumo Pontífice. La había solicitado, a través del hermano Simeón, para

papá y para mí, y fue para mí una inmensa alegría el poder devolverle a mi

querido papaíto la gracia que él me había proporcionado llevándome a

Roma.

 

Por fin, llegó el hermoso día de mis bodas. Fue un día sin nubes. Pero la

víspera, se levantó en mi alma la mayor tormenta que había conocido en

toda mi vida...

 

Nunca hasta entonces me había venido al pensamiento una sola duda

acerca de mi vocación. Pero tenía que pasar por esa prueba. Por la noche,

al hacer el Viacrucis después de Maitines, se me metió en la cabeza que

mi vocación era un sueño, una quimera... La vida del Carmelo me parecía

muy hermosa, pero el demonio me insuflaba la convicción de que no

estaba hecha para mí, de que engañaba a los superiores empeñándome

en seguir un camino al que no estaba llamada...

 

Mis tinieblas eran tan oscuras, que no veía ni en-[76vº] tendía más que

una cosa: ¡que no tenía vocación...!

 

¿Cómo describir la angustia de mi alma...? Me parecía (pensamiento

absurdo, que demuestra a las claras que esa tentación venía del demonio)

que si comunicaba mis temores a la maestra de novicias, ésta no me

dejaría pronunciar los votos. Sin embargo, prefería cumplir la voluntad de

Dios, volviendo al mundo, a quedarme en el Carmelo haciendo la mía.

 

Hice, pues, salir del coro a la maestra de novicias, y, llena de confusión, le

expuse el estado de mi alma...

 

Gracias a Dios, ella vio más claro que yo y me tranquilizó por completo.

Por lo demás, el acto de humildad que había hecho acababa de poner en

fuga al demonio, que quizás pensaba que no me iba a atrever a confesar

aquella tentación. En cuanto acabé de hablar, desaparecieron todas las

dudas.

 

Sin embargo, para completar mi acto de humildad, quise confiarle también

mi extraña tentación a nuestra Madre, que se contentó con echarse a reír.


 

 

 

En la mañana del 8 de septiembre, me sentí inundada por un río de paz. Y

en medio de esa paz, «que supera todo sentimiento», emití los santos

votos...

 

Mi unión con Jesús no se consumó entre rayos y relámpagos -es decir,

entre gracias extraordinarias-, sino al soplo de un ligero céfiro parecido al

que oyó en la montaña nuestro Padre san Elías...

 

¡Cuántas gracias pedí aquel día...! Me sentía verdaderamente reina, así

que me aproveché de mi título para liberar a los cautivos y alcanzar

favores del Rey para sus súbditos ingratos. En una palabra, quería liberar

a todas las almas del purgatorio y convertir a los pecadores...

 

Pedí mucho por mi Madre, por mis hermanas queridas..., por toda la

familia, pero sobre todo por mi papaíto, tan probado y tan santo...

 

Me ofrecí a Jesús para que se hiciese en mí con toda perfección su

voluntad, sin que las criaturas fuesen nunca obstáculo para ello...

 

[77rº] Pasó por fin ese hermoso día, como pasan los más tristes, pues

hasta los días más radiantes tienen un mañana. Y deposité sin tristeza mi

corona a los pies de la Santísima Virgen. Estaba segura de que el tiempo

no me quitaría mi felicidad...

 

¡Qué fiesta tan hermosa la de la Natividad de María para convertirme en

esposa de Jesús! Era la Virgencita recién nacida quien presentaba su

florecita al Niño Jesús... Todo fue pequeño, excepto las gracias y la paz

que recibí y excepto la alegría serena que sentí por la noche al ver titilar

las estrellas en el firmamento mientras pensaba que pronto el cielo se

abriría ante mis ojos extasiados y podría unirme a mi Esposo en una

alegría eterna...

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Toma de velo

 

El 24 tuvo lugar la ceremonia de mi toma de velo. Fue un día totalmente

velado por las lágrimas... Papá no estaba allí para bendecir a su reina... El

Padre estaba en Canadá... Monseñor, que iba a ir a comer en casa de mi

tío, estaba enfermo, y tampoco vino. Todo fue tristeza y amargura... Sin

embargo, en el fondo del cáliz había paz, siempre la paz ...

 

Aquel día Jesús permitió que no pudiese contener las lágrimas, y mis

lágrimas no fueron comprendidas... De hecho, ya había soportado pruebas

mucho mayores sin llorar, pero entonces me ayudaba una gracia muy


 

 

 

poderosa; en cambio, el día 24 Jesús me abandonó a mis propias fuerzas,

y demostré lo escasas que éstas eran.

 

Ocho días después de mi toma de velo tuvo lugar la boda de Juana. Me

sería imposible decirte, Madre querida, cuánto me enseñó su ejemplo

acerca de las delicadezas que una esposa debe prodigar a su esposo.

Escuchaba ávidamente todo lo que podría aprender al respecto, pues no

quería hacer yo por mi amado Jesús menos de lo que Juana hacía por

Francis, una criatura ciertamente muy perfecta, ¡pero a fin de cuentas una

criatura...!

 

[77vº] Hasta me divertí componiendo una tarjeta de invitación para

compararla con la suya. Estaba concebida en los siguientes términos:

 

TARJETA DE INVITACIÓN A LAS BODAS

 

DE SOR TERESA DEL NIÑO JESÚS DE LA SANTA FAZ

 

No habiendo podido invitaros a la bendición nupcial que les fue otorgada

en la montaña del Carmelo, el 8 de septiembre de 1890 (a la que sólo fue

admitida la Corte Celestial), se os suplica que asistáis a la Tornaboda, que

tendrá lugar Mañana, Día de la Eternidad, día en que Jesús, el Hijo de

Dios, vendrá sobre las Nubes del Cielo en el esplendor de su Majestad,

para juzgar a vivos y muertos.

 

Dado que la hora es incierta, os invitamos a estar preparados y velar.

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Madre Genoveva de Santa Teresa

 

[78rº] Ahora, Madre querida, ¿qué me queda por decirte?

 

Creía haber terminado, pero aún no te he dicho nada sobre la suerte que

tuve de haber conocido a nuestra santa madre Genoveva... Ha sido una

gracia inestimable. Pues Dios, que ya me había dado tantas, quiso que

viviese con una santa, no de ésas inimitables, sino una santa que se

santificó por medio de virtudes ocultas y ordinarias...

 

Más de una vez he recibido de ellas grandes consuelos, especialmente un

domingo. Ese día fui, como de costumbre, a hacerle una breve visita, y

encontré a otras dos hermanas con la madre Genoveva. La miré

sonriendo, y me disponía a salir, pues no nos está permitido estar tres con

una enferma, pero ella, mirándome con aire inspirado, me dijo: «Espera,

hija mía, sólo quiero decirte unas palabritas. Siempre que vienes a verme,


 

 

 

me pides que te dé un ramillete espiritual. Bueno, pues hoy voy a darte

éste: Sirve a Dios con paz y con alegría. Recuerda, hija mía, que nuestro

Dios es el Dios de la paz».

 

Le di las gracias con sencillez y salí emocionada hasta las lágrimas y

convencida de que Dios le había revelado el estado de mi alma: aquel día

me encontraba duramente probada, casi triste, en una noche tal, que no

sabía ya si Dios me amaba. ¡Puedes, pues, adivinar, Madre querida, la

alegría y el consuelo que sentí...!

 

Al domingo siguiente, quise saber qué revelación había tenido la madre

Genoveva. Me aseguró que no había tenido ninguna, y entonces mi

admiración subió de punto al comprobar en qué grado eminente Jesús

vivía en ella y la hacía hablar y actuar.

 

Sí, esa santidad me parece la más auténtica, la más santa, y es la que yo

deseo para mí, pues en ella no cabe ilusión...

 

[78vº] El día de mi profesión recibí otra gran alegría al saber de labios de la

madre Genoveva que también ella había pasado por la misma prueba que

yo antes de pronunciar sus votos...

 

¿Te acuerdas, Madre querida, del consuelo que encontramos a su lado en

los momentos de nuestros grandes sufrimientos?

 

En una palabra, el recuerdo que la madre Genoveva dejó en mi corazón es

un recuerdo impregnado de fragancia...

 

El día de su partida para el cielo viví una emoción muy especial. Era la

primera vez que asistía a una muerte, y el espectáculo fue realmente

encantador... Yo estaba colocada justamente a los pies de la cama de la

santa moribunda y veía perfectamente sus más ligeros movimientos.

 

Durante las dos horas que pasé allí, me parecía que mi alma debería estar

llena de fervor; por el contrario, se apoderó de mí una especie de

insensibilidad. Pero en el momento mismo en que nuestra santa madre

Genoveva nacía para el cielo, mis disposiciones interiores dieron un

vuelco: en un abrir y cerrar de ojos me sentí henchida de una alegría y de

un fervor inexplicables. Era como si la madre Genoveva me hubiese dado

una parte de la felicidad de que ella ya gozaba, pues estoy plenamente

convencida de que fue derecha al cielo...

 

Cuando aún vivía, le dije una vez:


 

 

 

-«Usted, Madre, no irá al purgatorio».

 

-«Así lo espero», me contestó con dulzura.

 

Y seguro que Dios no defraudó una esperanza tan llena de humildad.

Prueba de ello son todos los favores que de ella hemos recibido...

 

Todas las hermanas se apresuraron a pedir alguna reliquia, y tú ya sabes,

Madre querida, la que yo tengo la dicha de poseer... Durante la agonía de

la madre Genoveva, vi que una lágrima brillaba en uno de sus párpados

como un diamante. Esa lágrima, la última de todas las que derramó, no

llegó a desprenderse, y vi que seguía brillando en el coro sin que nadie

pensara en recogerla. Entonces, tomando un pañito fino, me acerqué por

la noche, sin que nadie me viera, y recogí como reliquia la última lágrima

de una santa... Desde entonces la he llevado siempre en la [79rº] bolsita

donde guardo encerrados mis votos.

 

No doy importancia a mis sueños. Por otra parte, rara vez tengo sueños

simbólicos, e incluso me pregunto cómo es posible que, pensando como

pienso todo el día en Dios, no ocupe él un mayor lugar en mis sueños...

 

Normalmente sueño con bosques, con flores, con arroyos, con el mar; casi

siempre veo preciosos niñitos, o cazo mariposas y pájaros que nunca he

visto. Ya ves, Madre, que si mis sueños tienen un aspecto poético, están

muy lejos de ser místicos...

 

Una noche, después de la muerte de la madre Genoveva, tuve uno más

entrañable. Soñé que la Madre estaba haciendo testamento, y que a cada

una de las hermanas le dejaba algo de lo que le había pertenecido.

Cuando me llegó el turno a mí, pensé que no iba a recibir nada, pues ya no

le quedaba nada. Pero, incorporándose, me dijo por tres veces con acento

penetrante: «A ti te dejo mi corazón».

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Epidemia de la gripe

 

Un mes después de la partida de nuestra santa Madre, se declaró la gripe

en la comunidad. Sólo otras dos hermanas y yo quedamos en pie. Nunca

podré expresar todo lo que vi, y lo que me pareció la vida y todo lo que es

pasajero...

 

El día en que cumplí 19 años, lo festejamos con una muerte, a la que

pronto siguieron otras dos.


 
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