Parte 5
Sí, seguíamos muy ligeras las huellas de Jesús. Las centellas de amor que
él sembraba a manos llenas en nuestras almas y el vino fuerte y delicioso
que nos daba a beber hacían desaparecer de nuestra vista las cosas
pasajeras, y de nuestros labios brotaban emisiones de amor inspiradas por
él.
¡Qué dulces eran las conversaciones que todas las noches teníamos en el
mirador! Con la mirada hundida en la lejanía, contemplábamos la blanca
luna que se elevaba lentamente por detrás de los altos árboles... y los
reflejos plateados que derramaba sobre la naturaleza dormida, las
brillantes estrellas que titilaban en el azul profundo..., el soplo ligero de la
brisa nocturna que hacía flotar las nubes de nieve. Y todo elevaba
nuestras almas hacia el cielo, del que no contemplábamos todavía más
que «el límpido reverso»...
No sé si me equivoco, pero creo que la expansión de nuestras almas se
parecía a la de santa Mónica y su hijo, cuando en el puerto de Ostia caían
los dos sumidos en éxtasis a la vista de las maravillas del creador...
Me parece que recibíamos gracias de un orden tan elevado como las
concedidas a los grandes santos. Como dice la Imitación, a veces Dios se
comunica en medio de un fuerte resplandor, a veces «tenuemente velado,
bajo sombras y figuras». De esta manera se dignaba manifestarse a
nuestras alma, ¡pero qué fino y transparente era el velo que ocultaba a
Jesús de nuestras miradas...! No había lugar para la duda, ya no eran
necesarias la fe ni la esperanza: el amor nos hacía encontrar en la tierra al
que buscábamos. «Al encontrarlo solo en la calle, nos besó, para que en
adelante nadie pudiera despreciarnos».
Gracias tan grandes no podían quedar sin frutos, y éstos fueron
abundantes. La práctica de la virtud se nos hizo dulce y natural. Al
principio, mi rostro delataba muchas veces el combate, pero poco a poco
esa impresión fue desapareciendo y la renuncia se me hizo fácil, incluso
desde el primer momento. Ya lo dijo Jesús: «Al [48vº] que tiene se le dará,
y tendrá de sobra». Por una gracia acogida con fidelidad, me otorgaba
cantidad de gracias nuevas...
Se entregaba a mí en la sagrada comunión con mucha más frecuencia de
la que yo me hubiera atrevido a esperar. Yo tenía como norma de
conducta comulgar todas las veces que el confesor me lo permitiera, sin
fallar una sola vez, pero dejando que fuese él quien decidiese cuántas, sin
pedírselo nunca yo. En esa época no tenía la audacia que ahora tengo; de
haberla tenido, hubiera actuado de distinta manera, pues estoy convencida
de que un alma debe decir a su confesor el deseo que siente de recibir a
su Dios. El no baja del cielo un día y otro día para quedarse en un copón
dorado, sino para encontrar otro cielo que le es infinitamente más querido
que el primero: el cielo de nuestra alma, creada a su imagen y templo vivo
de la adorable Trinidad...
Jesús, que veía mis deseos y la rectitud de mi corazón, permitió que mi
confesor me dijese que durante el mes de mayo comulgase cuatro veces
por semana; y cuando pasó ese hermoso mes, todavía añadió una quinta
más cada vez que cayese alguna fiesta. Al salir del confesonario, brotaron
de mi ojos lágrimas muy dulces. Me parecía como si Jesús mismo quisiera
entregarse a mí, pues echaba muy poco tiempo para confesarme y nunca
dije ni una palabra acerca de mis sentimientos interiores.
El camino por el que iba eran tan recto y luminoso, que no necesitaba más
guía que a Jesús... Comparaba a los directores a espejos fieles que
reflejaban a Jesús en las almas, y decía que en mi caso Dios no se servía
de intermediarios, sino que actuaba directamente él...
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Deseos de entrar en el Carmelo
Cuando un jardinero rodea de cuidados a una fruta que quiere que madure
antes de tiempo, no es para dejarla colgada en el árbol, sino para
presentarla en una mesa ricamente servida. Con parecida intención [49rº]
prodigaba Jesús sus gracias a su florecita... El, que en los días de su vida
mortal exclamó en un transporte de alegría: «Te doy gracias, Padre,
porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las
has revelado a la gente sencilla», quería hacer resplandecer en mí su
misericordia. Porque yo era débil y pequeña, se abajaba hasta mí y me
instruía en secreto en las cosas de su amor. Si los sabios que se pasan la
vida estudiando hubiesen venido a preguntarme, se hubieran quedado
asombrados al ver a una niña de catorce años comprender los secretos de
la perfección, unos secretos que toda su ciencia no puede descubrirles a
ellos porque para poseerlos es necesario ser pobres de espíritu...
Como dice san Juan de la Cruz en su Cántico:
«Sin otra luz ni guía
sino la que en el corazón ardía.
Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía».
Ese lugar era el Carmelo. Pero antes de «sentarme a la sombra de Aquel a
quien deseaba», tenía que pasar por muchas pruebas. Pero la llamada
divina era tan apremiante, que si hubiera tenido que pasar entre llamas, lo
habría hecho por ser fiel a Jesús...
Sólo encontré un alma que me animase en mi vocación: la de mi Madre
querida... Mi corazón encontró en el suyo un eco fiel; y sin ella, yo no
habría llegado en modo alguno a la ribera bendita que la había acogido a
ella cinco años antes en su suelo impregnado del rocío celestial...
Sí, hacía cinco años que yo estaba separada de ti, Madre querida, y creía
que te había perdido. Pero en el momento de la prueba fue tu mano la que
me indicó el camino que debía seguir... Necesitaba ese consuelo, pues las
visitas al locutorio del Carmelo me resultaban cada vez más penosas; no
podía hablar de mis deseos de entrar, sin verme rechazada. María
pensaba que era demasiado joven y hacía todo lo posible por impedirme
entrar; y tú misma, Madre, a fin de probarme, tratabas a veces de moderar
mi entusiasmo [49vº]. En fin, que si no hubiese tenido verdadera vocación,
me hubiera vuelto atrás desde el primer momento, pues en cuanto empecé
a responder a la llamada de Jesús me encontré con obstáculos.
No quise hablarle a Celina de mis deseos de entrar tan joven en el
Carmelo, y eso aumentó mi sufrimiento, pues me resultaba muy difícil
ocultarle nada... Pero este sufrimiento no duró mucho, pues pronto mi
hermanita querida se enteró de mi determinación, y, lejos de intentar
disuadirme, aceptó con un valor admirable el sacrificio que Dios le pedía;
para entender cuán grande era ese sacrificio, habría que saber hasta qué
punto estábamos unidas...
Una misma alma, por así decirlo, nos hacía vivir. Desde hacía algunos
meses, disfrutábamos juntas de la vida más dulce que unas jóvenes
puedan soñar. Todo alrededor de nosotras respondía a nuestros gustos.
Teníamos una gran libertad. En una palabra, yo solía decir que nuestra
vida era en la tierra el ideal de la felicidad...
Pero apenas habíamos comenzado a saborear este ideal de la felicidad,
tuvimos que renunciar libremente a él, y mi querida Celina no se rebeló ni
por un instante.
Sin embargo, podría haberse quejado, ya que Jesús no la llamaba a ella la
primera... Tenía la misma vocación que yo, por lo cual le tocaba a ella
partir antes... Pero así como, en tiempos de los mártires, los que quedaban
en la cárcel daban gozosos el beso de paz a sus hermanos que partían
primero para combatir en la arena, y se consolaban pensando que tal vez
a ellos se les reservaba para combates todavía mayores, igualmente
Celina dejó alejarse a su Teresa y se quedó sola para el glorioso y
sangriento combate al que Jesús la tenía destinada como privilegiada de
su amor...
Celina, pues, se convirtió en confidente de mis luchas y de mis
sufrimientos, y tomó en ellos tanta parte como si se hubiera tratado de su
propia vocación. De parte de ella no temía yo ninguna oposición.
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Confidencia a mi padre
Lo que no sabía era qué medio emplear para decírselo a papá... ¿Cómo
hablarle de separarse de su reina, a él que acababa de sacrificar a sus tres
hijas mayores...? ¡Cuántas luchas interiores no tuve que sufrir antes [50rº]
de sentirme con ánimos para hablar...! Sin embargo, tenía que decidirme.
Yo iba cumplir catorce años y medio, y sólo seis meses nos separaban de
la hermosa noche de Navidad, en que había decidido ingresar a la misma
hora en que el año anterior había recibido «mi gracia».
Escogí el día de Pentecostés para hacerle a papá mi gran confidencia.
Todo el día estuve suplicando a los santos apóstoles que intercedieran por
mí y que me inspiraran ellos las palabras que habría de decir... ¿No eran
ellos, en efecto, quienes tenían que ayudar a aquella niña tímida que Dios
tenía destinada a ser apóstol de apóstoles por medio de la oración y el
sacrificio...?
Hasta por la tarde, al volver de Vísperas, no encontré la ocasión de hablar
a mi papaíto querido. Había ido a sentarse al borde del aljibe, y desde allí,
con las manos juntas, contemplaba las maravillas de la naturaleza. El sol,
cuyos rayos habían perdido ya su ardor, doraba las copas de los altos
árboles, en los que los pajarillos cantaban alegres su oración de la tarde.
El hermoso rostro de papá tenía una expresión celestial. Comprendí que la
paz inundaba su corazón. Sin decir una sola palabra, fui a sentarme a su
lado, con los ojos bañados ya en lágrimas. Me miró con ternura, y
cogiendo mi cabeza la apoyó en su pecho, diciéndome: »¿Qué te pasa,
reinecita... Cuéntamelo...» Luego, levantándose, como para disimular su
propia emoción, echó a andar lentamente, manteniendo mi cabeza
apoyada en su pecho.
A través de las lágrimas, le confié mi deseo de entrar en el Carmelo, y
entonces sus lágrimas se mezclaron con las mías; pero no dijo ni una
palabra para hacerme desistir de mi vocación. Simplemente se contentó
con hacerme notar que yo era todavía muy joven para tomar una decisión
tan grave.
Pero yo defendí tan bien mi causa, que papá, con su modo de ser sencillo
y recto, quedó pronto convencido de que mi deseo era el de Dios; y con su
fe profunda, me dijo que Dios le hacía un gran honor al pedirle así a sus
hijas.
Seguimos paseando un largo rato. Mi corazón, confortado por la bondad
con que aquel padre incomparable había acogido mis confidencias, [50vº]
se volcó dulcemente en el suyo. Papá parecía gozar de esa alegría serena
que da el sacrificio consumado. Me habló como un santo, y me gustaría
acordarme de sus palabras para transcribirlas aquí, pero sólo conservo de
ellas un recuerdo demasiado perfumado para poderlo expresar.
De lo que sí me acuerdo perfectamente es de la acción simbólica que mi
querido rey realizó sin saberlo. Acercándose a un muro poco elevado, me
mostró unas florecillas blancas, parecidas a lirios en miniatura ; y tomando
una de aquellas flores, me la dio, explicándome con cuánto esmero Dios la
había hecho nacer y la había conservado hasta aquel día. Al oírle hablar,
me parecía estar escuchando mi propia historia, tanta semejanza había
entre lo que Jesús había hecho con aquella florecilla y con Teresita ...
Recibí aquella flor como una reliquia, y observé que, al querer cogerla,
papá había arrancado todas sus raíces sin troncharlas, como si estuviera
destinada a seguir viviendo en otra tierra más fértil que el blando musgo en
el que habían transcurrido sus primeras alboradas... Era exactamente lo
mismo que papá acababa de hacer conmigo poco antes al permitirme subir
a la montaña del Carmelo y abandonar el dulce valle testigo de mis
primeros pasos por la vida.
Puse mi florecita blanca en mi libro de la Imitación, en el capítulo titulado:
«Del amor a Jesús sobre todas las cosas», y todavía sigue allí. Sólo el tallo
se ha roto muy cerca de la raíz, y Dios parece decirme con eso que pronto
romperá los lazos de su florecita y que no la dejará marchitarse en la tierra.
Una vez obtenido el consentimiento de papá, pensé que podría volar ya sin
temor alguno hacia el Carmelo. Pero muchos y muy dolorosos
contratiempos debían aún someter a prueba mi vocación.
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Mi tío cambia de opinión
Cuando fui a comunicarle a mi tío la decisión que había tomado, lo hice
temblando. Me prodigó las mayores muestras de ternura, pero no me dio
permiso para irme; al contrario, me prohibió [51rº] hablarle de mi vocación
antes de cumplir los 17 años. Era un atentado a la prudencia humana,
decía, dejar entrar en el Carmelo a una niña de 15 años. Siendo la vida de
las carmelitas a los ojos del mundo una vida propia de filósofos, sería
hacer un grave daño a la religión permitir que la abrazase una niña sin
experiencia... Todo el mundo hablaría, etc... etc... Hasta llegó a decir que
para decidirle a dejarme partir haría falta un milagro.
Vi claro que todos mis razonamientos serían inútiles, así que me fui con el
corazón sumido en la más profunda amargura.
Mi único consuelo era la oración. Suplicaba a Jesús que hiciese el milagro
que exigía mi tío, ya que sólo a ese precio podría yo responder a su
llamada.
Pasó bastante tiempo hasta que me atreví a volver a hablarle a mi tío; me
costaba horrores ir a su casa. El, por su parte, no parecía pensar ya en mi
vocación; pero supe más tarde que mi enorme tristeza lo predispuso
mucho a mi favor.
Antes de hacer brillar en mi alma un rayo de esperanza, Dios quiso
enviarme un martirio sumamente doloroso, que duró tres días. Nunca
como en aquella prueba comprendí de bien el dolor de la Santísima Virgen
y de san José mientras buscaban al divino Niño Jesús... Me encontraba en
un triste desierto, o, mejor, mi alma parecía un frágil esquife, abandonado
sin piloto a merced de las olas tempestuosas...
Lo sé, Jesús estaba allí, dormido en mi barquilla; pero la noche era tan
negra, que me era imposible verle. Ni una luz. Ni siquiera un relámpago
que viniese a surcar las sombrías nubes... Es cierto que es muy triste el
resplandor de los relámpagos; pero, al menos, si la tormenta hubiese
estallado abiertamente, habría podido ver por un momento a Jesús... Pero
era la noche, la noche profunda del alma... Y como Jesús en el huerto de
la agonía, me sentía sola, sin encontrar consuelo alguno ni en la tierra ni
en el cielo. ¡¡¡Como si el mismo Dios me hubiese abandonado...!!!
La naturaleza parecía participar también de mi amarga tristeza: durante
esos tres días, el sol no hizo brillar ni uno de [51vº]sus rayos y la lluvia
cayó a torrentes. (He observado que en todas las ocasiones importantes
de mi vida la naturaleza ha sido como una imagen de mi alma. En los días
de lágrimas el cielo lloraba conmigo; en los días de alegría el cielo enviaba
con profusión sus alegres rayos y ni una sola nube oscurecía el cielo
azul...)
Por fin, al cuarto día, que era sábado, día dedicado a la dulce Reina del
cielo, fui a ver a mi tío. ¡Y cuál no sería mi sorpresa al ver que me miraba y
que me hacía entrar en su despacho sin que yo le hubiese manifestado
deseo alguno de hacerlo...! Empezó dirigiéndome tiernos reproches por
portarme con él como si le tuviera miedo, y luego me dijo que no hacía
falta pedir un milagro: que él sólo había pedido a Dios que le diera «una
simple inclinación del corazón», y que había sido escuchado...
Ya no sentí la tentación de pedir un milagro, pues para mí el milagro ya
estaba concedido: mi tío no era el mismo.
Sin hacer la menor alusión a la «prudencia humana», me dijo que yo era
una florecita que Dios quería cortar, y que él no seguiría oponiéndose a
ello...
Esta respuesta definitiva era realmente digna de él. Por tercera vez, este
cristiano de otros tiempos permitía que una de las hijas adoptivas de su
corazón fuera a sepultarse lejos del mundo.
También mi tía fue admirable por su ternura y su prudencia. No recuerdo
que, durante el tiempo de mi prueba, me haya dicho una sola palabra que
pudiera aumentarla. Yo veía que le daba mucha pena su pobre Teresita.
Por eso, cuando obtuve el consentimiento de mi tío, también ella me dio el
suyo, aunque no sin hacerme ver de mil maneras que mi partida le iba a
costar mucho... ¡Ay, qué lejos estaban nuestros queridos parientes de
sospechar [52rº] entonces que tendrían que renovar otras dos veces ese
mismo sacrificio...! Pero Dios, al tender la mano para seguir pidiendo, no la
presentó vacía: sus amigos más queridos pudieron beber en ella, y con
abundancia, la fuerza y el valor que tanto necesitaban...
Pero mi corazón me ha llevado muy lejos del tema; vuelvo a él casi a
disgusto.
Después de la respuesta de mi tío, ya comprenderás, Madre mía, [51vº
sigue] con qué alegría emprendí el camino de regreso a los Buissonnets
bajo «un hermoso cielo en el que las nubes se habían disipado por
completo»...
También en mi alma había cesado la noche. Jesús, despertándose, me
había devuelto la alegría, el ruido de la olas se había calmado. En lugar del
viento de la prueba, henchía mi vela una brisa ligera, y yo creía que pronto
llegaría a la ribera bendita que ya divisaba muy cerca de mí. Y esa ribera
estaba, en efecto, muy cerca de mi barquilla; pero aún debía levantarse
más de una tormenta, que ocultaría a su vista el faro luminoso, haciéndole
temer que se había alejado para siempre de la playa tan ardientemente
deseada...
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Oposición del superior
Pocos días después de haber conseguido el consentimiento de mi tío, fui a
verte, Madre querida, y te hablé de mi alegría por que todas mis pruebas
hubiesen ya pasado. Pero ¡cuáles no fueron mi sorpresa y mi aflicción al
oírte decir que [52rº] el Superior no permitía que entrara antes de los 21
años...!
Nadie había pensado en esta oposición, la más invencible de todas. Sin
embargo, sin desanimarme, yo misma fui con papá y con Celina a ver a
nuestro Padre, para intentar conmoverle haciéndole ver que tenía
verdadera vocación de carmelita.
Nos recibió con gran frialdad. Y por más que mi incomparable papaíto unió
sus instancias a las mías, nada pudo hacerle cambiar de parecer. Me dijo
que no había ningún peligro en esperar, que yo podía llevar vida de
carmelita en mi casa, que no estaría todo perdido porque no me diera
disciplina, etc... etc... Por último, añadió que él no era más que el delegado
de Monseñor, y que si éste quería permitirme entrar en el Carmelo, él no
tendría nada que decir...
Salí de la rectoral hecha un mar de lágrimas; gracias a Dios, estaba
escondida bajo el paraguas, pues la lluvia caía torrencialmente.
Papá no sabía cómo consolarme... Me prometió llevarme a Bayeux en
cuanto se lo pedí, pues estaba decidida a conseguir mi propósito. Llegué
incluso a decir que iría hasta el Santo Padre, si Monseñor no quería
permitirme entrar en el Carmelo a los 15 años...
Muchas cosas pasaron antes del viaje a Bayeux. Exteriormente, mi vida
parecía la misma. Seguía estudiando, Celina me daba clases de dibujo, y
mi experta profesora encontraba en mí muchas cualidades para su arte.
Sobre todo, crecía en el amor de Dios. Sentía en mi corazón unos ímpetus
que hasta entonces no conocía. A veces tenía verdaderos transportes de
amor. Una noche, no sabiendo cómo decirle a Jesús que le amaba y cómo
deseaba que fuese amado y glorificado en todas partes, pensé con dolor
que él nunca podría recibir en el infierno un solo acto de amor; y entonces
le dije a Dios que, por agradarle, aceptaría gustosa verme sumergida allí, a
fin de que fuese amado eternamente en ese lugar de blasfemias... Yo
sabía bien que eso no podía glorificarle, porque él sólo desea nuestra
felicidad. Pero cuando se [52vº] ama, una siente necesidad de decir mil
locuras.
Si hablaba de esa manera, no era porque el cielo no atrajera mis deseos,
sino porque en aquel entonces mi único cielo era el amor, y sentía, como
san Pablo, que nada podría apartarme del objeto divino que me había
hechizado...
Antes de abandonar el mundo, Dios me concedió el consuelo de
contemplar de cerca las almas de los niños . Al ser la más pequeña de la
familia, nunca había tenido esta suerte. He aquí las tristes circunstancias
que me la depararon.
Una buena mujer, pariente de nuestra sirvienta, murió en la flor de la edad,
dejando tres niños muy pequeños. Durante su enfermedad, trajimos a
nuestra casa a las dos niñas pequeñas, la mayor de la cuales no tenía
todavía seis años. Yo me encargaba de cuidarlas durante todo el día, y era
para mí un auténtico placer ver con qué candor creían todo lo que les
decía. Tiene que dejar el santo bautismo en las almas un germen muy
profundo de las virtudes teologales, ya que aparecen ya desde la infancia,
y basta la esperanza de los bienes futuros para hacerles aceptar los
sacrificios.
Cuando quería ver a mis dos niñas haciendo buenas migas entre ellas, en
vez de prometer juguetes o bombones a la que cediese primero, les
hablaba de las recompensas eternas que el Niño Jesús daría en el cielo a
los niñitos buenos. La mayor, cuya razón empezaba ya a despertarse, me
miraba con ojos resplandecientes de alegría, me hacía mil preguntas
encantadoras sobre el Niño Jesús y su hermoso cielo, y me prometía
entusiasmada ceder siempre ante su hermana. Y me decía que jamás en
la vida olvidaría lo que la «gran señorita», como ella me llamaba, le había
enseñado...
Viendo de cerca a estas almas inocentes, comprendí la desgracia que
supone el no formarlas bien desde su mismo despertar, cuando se
asemejan a la cera blanda sobre la que se puede dejar grabada la huella
de las virtudes, pero también la huella del mal... Comprendí lo que dice
Jesús en el Evangelio: «Mejor sería ser arrojado al mar que escandalizar a
uno solo de estos pequeños».
[53rº] ¡Cuántas almas llegarían a la santidad si fuesen bien dirigidas...!
Sé muy bien que Dios no tiene necesidad de nadie para realizar su obra.
Pero así como permite a un hábil jardinero cultivar plantas delicadas y le
da para ello los conocimientos necesarios, reservándose para sí la misión
de fecundarlas, de la misma manera quiere Jesús ser ayudado en su
divino cultivo de las almas.
¿Qué ocurriría si un jardinero desmañado no injertase bien los árboles?
¿Si no conociese bien la naturaleza de cada uno de ellos y se empeñase
en hacer brotar rosas de un melocotonero...? Haría morir al árbol, que, sin
embargo, era bueno y capaz de producir frutos.
De la misma manera hay que saber reconocer desde la infancia lo que
Dios pide a las almas y secundar la acción de su gracia, sin acelerarla ni
frenarla nunca.
Como los pajaritos aprender a cantar escuchando a sus padres, así los
niños aprenden la ciencia de las virtudes, el canto sublime del amor de
Dios, de las almas encargadas de formarles para la vida.
Recuerdo que entre mis pájaros tenía un canario que cantaba de maravilla.
Tenía también un pardillo al que le prodigaba cuidados verdaderamente
maternales porque lo había adoptado antes que pudiese gozar la dicha de
la libertad. Este pobre prisionerito no tenía padres que le enseñasen a
cantar, pero como oía de la mañana a la noche a su compañero el canario
lanzar sus alegres trinos, quiso imitarlo... Empresa difícil para un pardillo,
por lo que a su dulce voz le costó mucho acordarse a la voz vibrante de su
profesor de música. Era asombroso ver los esfuerzos que hacía el
pobrecito, pero al fin se vieron coronados por el éxito, pues su canto,
aunque un poco más apagado, era absolutamente idéntico al del canario.
[53vº] ¡Madre mía querida! Tu fuiste quien me enseñó a mí a cantar... Tu
voz me cautivó desde la infancia, y ahora ¡¡¡me encanta oír decir que me
parezco a ti!!! Sé cuánto me falta para ello, pero, a pesar de mi debilidad,
espero cantar eternamente el mismo cántico que tú...
Antes de mi entrada en el Carmelo, tuve también otras muchas
experiencias sobre la vida y las miserias del mundo. Pero esos detalles me
llevarían demasiado lejos. Voy a reanudar el relato de mi vocación.
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Viaje a Bayeux
El 31 de octubre fue el día fijado para mi viaje a Bayeux. Partí sola con
papá, con el corazón henchido de esperanza, pero también muy
emocionada al pensar que iba a presentarme al obispo. Por primera vez en
mi vida iba a hacer un visita sin que me acompañaran mis hermanas, ¡y
esta visita era nada menos que a un obispo! Yo, que nunca hablaba, a no
ser para contestar a las preguntas que me hacían, tenía que explicar por
mí misma el motivo de mi visita y exponer las razones que me movían a
solicitar la entrada en el Carmelo. En una palabra, iba a tener que
demostrar la solidez de mi vocación.
¡Cuánto me costó hacer ese viaje! Tuvo que concederme Dios una gracia
muy especial para que pudiera vencer mi gran timidez... Aunque también
es verdad que «para el amor nada hay imposible, porque todo lo cree
posible y permitido». Y realmente sólo el amor de Jesús podía hacerme
vencer aquellas dificultades y las que vendrían más tarde, pues quiso
hacerme comprar mi vocación a costa de pruebas muy grandes...
Hoy, que gozo de la soledad del Carmelo (descansando a la sombra de
Aquel a quien tan ardientemente deseé), creo que he comprado mi dicha a
muy bajo precio y estaría dispuesta a soportar sufrimientos mucho
mayores para alcanzarla si aún no la tuviese.
Cuando llegamos a Bayeux, llovía a cántaros. Papá, que no quería ver a
su reinecita entrar en el obispado con su hermoso vestido hecho una sopa,
la hizo subir a un ómnibus que nos llevó a la catedral. Allí comenzaron mis
desgracias.
Monseñor, con todo su presbiterio, estaba asistiendo a un solemne funeral.
La iglesia estaba llena de señoras vestidas de luto, y todo el mundo me
miraba a mí con mi [54rº] vestido claro y mi sombrero blanco. Hubiera
querido salir de la iglesia, pero no había ni que pensarlo a causa de la
lluvia. Y para humillarme más todavía, Dios permitió que papá, con su
sencillez patriarcal, me hiciese pasar hasta el fondo de la catedral; yo, por
no disgustarlo, obedecí de buen grado y ofrecí aquella distracción a los
habitantes de Bayeux, a los que deseaba no haber conocido en mi vida...
Por fin pude respirar tranquila en una capilla que había detrás del altar
mayor, y allí me quedé un largo rato rezando con fervor, en espera de que
la lluvia cesase y nos dejase salir.
Al salir, papá me hizo admirar la belleza del edificio, que al estar vacío
parecía mucho mayor. Pero a mí sólo una idea me ocupaba el
pensamiento, y no podía encontrarle gusto a nada.
Fuimos directamente a ver al Sr. Révérony, que estaba informado de
nuestra llegada y que había fijado él mismo la fecha del viaje; pero estaba
ausente. Así que tuvimos que andar errando por las calles, que me
parecieron muy tristes.
Por fin, volvimos cerca del obispado, y papá me llevó a un hotel en el que
no hice honor al buen cocinero.
Mi pobre papaíto me demostraba una ternura casi increíble. Me decía que
no me preocupase, que seguro que Monseñor me concedería lo que iba a
pedirle.
Después de descansar un poco, volvimos en busca del Sr. Révérony.
Llegó al mismo tiempo que nosotros un señor, pero el Vicario general le
pidió cortésmente que esperara y nos hizo entrar a nosotros primero en su
despacho (el pobre señor tuvo tiempo de aburrirse, pues nuestra visita fue
larga).
El Sr. Révérony se mostró muy amable, pero creo que le sorprendió
mucho el motivo de nuestro viaje. Después de mirarme sonriente y de
hacerme algunas preguntas, nos dijo: «Voy a presentarles a Monseñor,
tengan la bondad de acompañarme». Y al ver brillar lágrimas en mis ojos,
añadió: «¡Pero bueno!, estoy viendo diamantes... ¡No podemos
enseñárselos a Monseñor...!»
Nos hizo atravesar varios aposentos muy amplios, adornados [54vº] con
retratos de obispos. Viéndome en aquellos enormes salones, me sentía
como una pobre hormiguita y me preguntaba qué me atrevería a decirle a
Monseñor.
El estaba paseando por una galería con dos sacerdotes. Vi que el Sr.
Révérony le decía unas palabras y volvía con él. Nosotros lo esperábamos
en su despacho, donde había tres enormes sillones colocados delante de
la chimenea en la que chisporroteaba un buen fuego.
Al ver entrar a Su Excelencia, papá se arrodilló a mi lado para recibir su
bendición. Luego Monseñor hizo tomar asiento a papá en uno de los
sillones, se sentó frente a él, y el Sr. Révérony quiso que yo ocupara el del
medio. Rehusé cortésmente, pero él insistió, diciéndome que tenía que
demostrar si era capaz de obedecer. Me senté enseguida, sin pensarlo dos
veces, y tuve que pasar por la vergüenza de verle a él tomar una silla
mientras yo me veía arrellanada en un sillón donde habrían cabido
cómodamente cuatro como yo (y más cómodas que yo, ¡pues me hallaba
muy lejos de estarlo...!)
Yo esperaba que hablaría papá, pero me dijo que explicara yo misma a
Monseñor el motivo de nuestra visita. Lo hice lo más elocuentemente que
pude. Pero Su Excelencia, acostumbrado a la elocuencia, no pareció
conmoverse mayormente por mis razones. Una sola palabra del Superior
me hubiera valido mucho más que todas ellas, pero lamentablemente no la
tenía y su oposición no abogaba precisamente en mi favor...
Monseñor me preguntó si hacía mucho tiempo que deseaba entrar en el
Carmelo. -«Sí, Monseñor, muchísimo tiempo...» -«¡Vamos!, replicó riendo
el Sr. Révérony, ¿no dirás que hace quince años que lo estás deseando?»
-«Desde luego, respondí yo riendo también. Pero no hay que quitar
muchos años, porque deseo ser religiosa desde que tengo uso de razón, y
deseé el Carmelo desde que lo conocí, porque me parecía que en esta
Orden se verían satisfechas todas las aspiraciones de mi alma».
[55rº] No sé, Madre querida, si fueron éstas exactamente mis palabras,
creo que lo dije todavía peor; pero, bueno, ese fue el sentido.
[54vº sigue] Monseñor, creyendo agradar a papá, intentó hacer que me
quedara con él algunos años más. Por eso, no fue poca su sorpresa y su
edificación al verlo ponerse de mi parte e interceder para que me
concediera permiso para volar a los quince años.
Sin embargo, todo fue inútil. Dijo que antes de tomar una decisión, era
indispensable tener una entrevista con el Superior del Carmelo.
Nada podía yo escuchar que me causase una pena mayor, pues conocía
la abierta oposición de nuestro Padre. Así que, sin tener en cuenta ya la
recomendación del Sr. Révérony, hice algo más que enseñar diamantes a
Monseñor: ¡se los regalé...!
Vi muy bien que estaba emocionado. Poniendo su mano en mi cuello,
apoyó mi cabeza sobre su hombro y me acarició como creo que nunca
[55rº] había acariciado a nadie. Me dijo que no todo estaba perdido, que
estaba muy contento de que hiciese el viaje a Roma para afianzar mi
vocación, y que, en vez de llorar, debería alegrarme. Añadió que, a la
semana siguiente, tenía que ir a Lisieux y que le hablaría de mí al párroco
de Santiago, y que no dudase que en Italia recibiría su respuesta.
Comprendí que era inútil seguir insistiendo. Además, ya no tenía nada más
que decir, pues había agotado todos los recursos de mi elocuencia.
Monseñor nos acompañó hasta el jardín. Papá le hizo reír mucho
contándole que, para aparentar más edad, me había hecho recoger el
pelo. (Este detalle no lo echó Monseñor en saco roto, pues cuando habla
de su «hijita» nunca deja de contar las historia de su pelo...)
El Sr. Révérony quiso acompañarnos hasta la puerta del jardín del
obispado, y dijo a papá que nunca se había visto una cosa así: «¡Un padre
tan deseoso de entregar a Dios su hija como ésta de ofrecerse a él!»
Papá le pidió algunas explicaciones sobre la peregrinación, entre otras
cómo había que ir vestidos para presentarse ante el Santo Padre. Aún lo
estoy viendo darse vuelta ante el Sr. Révérony, diciéndole: «¿Estaré bien
así...?»
El le había dicho también a Monseñor que si él no me daba permiso para
entrar en el Carmelo, yo pediría esta gracia al Sumo Pontífice.
Era muy sencillo en sus palabras y en sus modales mi querido rey, pero
era tan guapo... Tenía una distinción tan natural, que debió de agradarle
mucho a Monseñor, acostumbrado a verse rodeado de personajes que
conocían todas las reglas de la etiqueta, pero no al Rey de Francia y de
Navarra en persona con su reinecita ...
Cuando llegué a la calle, volvieron a correr las lágrimas, pero no tanto a
causa de mi disgusto cuanto por ver que mi papaíto querido acababa de
hacer un viaje inútil... El, que saboreaba ya por adelantado la alegría de
enviar un telegrama al Carmelo anunciando la feliz respuesta de
Monseñor, se veía obligado a [55vº] volver sin respuesta de ninguna
clase...
¡Qué disgusto tan grande tenía yo...! Me parecía que mi futuro estaba roto
para siempre. Cuanto más me acercaba a la meta, más veía embrollarse
mis asuntos.
Mi alma estaba hundida en la amargura, pero también en la paz, pues lo
único que buscaba era la voluntad de Dios.
En cuanto llegamos a Lisieux, fui a buscar consuelo en el Carmelo, y lo
encontré a tu lado, Madre querida. ¡No!, nunca olvidaré todo lo que tú
sufriste por mi causa. Si no temiera profanarlas sirviéndome de ellas,
podría repetir las palabras que Jesús dirigió a los apóstoles la noche de su
Pasión: «Tú has permanecido siempre conmigo en mis pruebas...»
También mis queridísimas hermanas me ofrecieron muy dulces
consuelos...
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CAPÍTULO VI
EL VIAJE A ROMA (1887)
Tres días después del viaje a Bayeux, tenía que emprender otro mucho
más largo: el viaje a la ciudad eterna...
¡Qué viaje aquél...! Sólo en él aprendí más que en largos años de estudios,
y me hizo ver la vanidad de todo lo pasajero y que todo es aflicción de
espíritu bajo el sol...
Sin embargo, vi cosas muy hermosas; contemplé todas las maravillas del
arte y de la religión; y, sobre todo, pisé la misma tierra que los santos
apóstoles y la tierra regada con la sangre de los mártires, y mi alma se
ensanchó al contacto con las cosas santas...
Me alegro mucho de haber estado en Roma; pero comprendo a quienes,
en el mundo, pensaron que papá me había hecho hacer este largo viaje
para hacerme cambiar de idea sobre la vida religiosa. Y la verdad es que
hubo cosas en él capaces de hacer vacilar una vocación poco firme.
Celina y yo, que nunca habíamos vivido entre gentes del gran mundo, nos
encontramos metidas en medio de la nobleza, de la cual se componía casi
exclusivamente la peregrinación. Pero todos aquellos títulos y aquellos
«de», lejos de deslumbrarnos, no nos parecían más que humo...Vistos de
lejos, me habían ofuscado un poco alguna vez, pero de cerca, vi que «no
todo lo que brilla es oro» y comprendí estas palabras [56rº] de la Imitación:
«No vayas tras esa sombra que se llama el gran nombre, ni desees tener
muchas e importantes relaciones, ni la amistad especial de ningún
hombre».
Comprendí que la verdadera grandeza está en el alma, y no en el nombre,
pues como dice Isaías: «El Señor dará otro nombre a sus elegidos», y san
Juan dice también: «Al vencedor le daré una piedra blanca, en la que hay
escrito un nombre nuevo que sólo conoce quien lo recibe». Sólo en el cielo
conoceremos, pues, nuestros títulos de nobleza. Entonces cada cual
recibirá de Dios la alabanza que merece. Y el que en la tierra haya querido
ser el más pobre y el más olvidado, por amor a Jesús, ¡ése será el primero
y el más noble y el más rico...!
La segunda experiencia que viví se refiere a los sacerdotes. Como nunca
había vivido en su intimidad, no podía comprender el fin principal de la
reforma del Carmelo. Orar por los pecadores me encantaba; ¡pero orar por
las almas de los sacerdotes, que yo creía más puras que el cristal, me
parecía muy extraño...!
En Italia comprendí mi vocación. Y no era ir a buscar demasiado lejos un
conocimiento tan importante...
Durante un mes conviví con muchos sacerdotes santos, y pude ver que si
su sublime dignidad los eleva por encima de los ángeles, no por eso dejan
de ser hombres débiles y frágiles... Si los sacerdotes santos, a los que
Jesús llama en el Evangelio «sal de la tierra», muestran en su conducta
que tienen una enorme necesidad de que se rece por ellos, ¿qué habrá
que decir de los que son tibios? ¿No ha dicho también Jesús: «Si la sal se
vuelve sosa, ¿con qué la salarán?»
¡Qué hermosa es, Madre querida, la vocación que tiene como objeto
conservar la sal destinada a las almas! Y ésta es la vocación del Carmelo,
pues el único fin de nuestras oraciones y de nuestros sacrificios es ser
apóstoles de apóstoles, rezando por ellos mientras ellos evangelizan a las
almas con su palabra, y sobre todo con su ejemplo...
[56vº] He de detenerme, pues si continuase hablando de este tema, ¡no
acabaría nunca...!
Voy a contarte mi viaje, Madre querida, con algún detalle; perdóname si te
doy demasiados, pues no pienso lo que voy a escribir, y lo hago en tantos
ratos perdidos, debido al poco tiempo libre que tengo, que mi narración
quizás te resulte aburrida... Me consuela pensar que en el cielo volveré a
hablarte de las gracias que he recibido y que entonces podré hacerlo con
palabras amenas y arrobadoras... Allí nada vendrá ya a interrumpir
nuestros desahogos íntimos y con una sola mirada lo comprenderás todo...
Mas como ahora necesito todavía emplear el lenguaje de esta triste tierra,
trataré de hacerlo con la sencillez de un niño que conoce el amor de su
madre...
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París: Nuestra Señora de las Victorias
La peregrinación salía de París el 7 de noviembre, pero papá nos llevó allí
unos días antes para que la visitáramos.
Una mañana, a las tres de la madrugada, atravesaba la ciudad de Lisieux,
que aún dormía. Muchas emociones pasaron en esos momentos por mi
alma. Sabía que iba hacia lo desconocido y que allá lejos me esperaban
grandes cosas... Papá iba feliz. Cuando el tren arrancó, él se puso a cantar
aquella vieja canción: «Rueda, rueda, diligencia, que ya estamos en
camino».
Llegamos a París por la mañana, y comenzamos enseguida a visitar la
ciudad. Nuestro pobre papaíto se desvivió por complacernos, así que en
poco tiempo teníamos vistas todas las maravillas de la capital.
Yo sólo encontré una que verdaderamente me encantara, y esa maravilla
fue: «Nuestra Señora de las Victorias». ¡Imposible decir lo que sentí a sus
pies...! Las gracias que me concedió me emocionaron tan profundamente,
que sólo mis lágrimas traducían mi felicidad, como en el día de mi primera
comunión... La Santísima Virgen me hizo sentir que había sido realmente
ella quien me había sonreído y curado. Comprendí que velaba por mí y
que yo era su hija; y que, entonces, yo no podía darle ya [57rº] otro
nombre que el de «mamá», que me parecía mucho más tierno que el de
Madre...
¡Con qué fervor le pedí que me amparara siempre y que convirtiera pronto
mi sueño en realidad, escondiéndome a la sombra de su manto virginal...!
Ese había sido uno de mis primeros deseos de niña... Luego, al crecer,
había comprendido que sólo en el Carmelo podría encontrar de verdad el
manto de la Santísima Virgen, y hacia esa fértil montaña volaban todos mis
deseos...
Supliqué también a Nuestra Señora de las Victorias que alejase de mí todo
lo que pudiese empañar mi pureza. No ignoraba que en un viaje como éste
a Italia, se encontrarían muchas cosas capaces de turbarme, sobre todo
porque, al no conocer el mal, temía descubrirlo, por no haber
experimentado todavía que para el puro todo es puro y que las almas
sencillas y rectas no ven mal en ninguna parte, pues el mal sólo existe en
los corazones impuros y no en los objetos inanimados...
Rogué también a san José que velase por mí. Desde mi niñez le tenía una
devoción que se confundía con mi amor a la Santísima Virgen. Todos los
días le rezaba la oración: «San José, padre y protector de las vírgenes».
Con esto, emprendí sin miedo el largo viaje. Iba tan bien protegida, que me
parecía imposible tener miedo.
Después de consagrarnos al Sagrado Corazón en la basílica de
Montmartre, salimos de París el lunes 7 muy de madrugada. No tardamos
en ir conociendo a las demás personas de la peregrinación. Yo, que era
tan tímida que no solía atreverme casi a hablar, me hallé completamente
libre de tan molesto defecto. Con gran sorpresa mía, hablaba libremente
con todas las grandes damas, con los sacerdotes, e incluso con el obispo
de Coutances. Como si hubiese vivido siempre en ese mundo.
Creo que [57vº] todo el mundo nos quería, y a papá se le veía orgulloso de
sus hijas. Pero si él estaba orgulloso de nosotras, nosotras no lo
estábamos menos de él, pues en toda la peregrinación no había un
caballero más apuesto ni distinguido que mi querido rey. Le gustaba verse
acompañado de Celina y de mí, y muchas veces, cuando no íbamos en
coche y yo me alejaba de su lado, me llamaba para que le diese el brazo
como en Lisieux...
El Sr. abate Révérony se fijaba muy atentamente en todo lo que hacíamos.
Con frecuencia le sorprendía mirándonos de lejos. En la mesa, cuando yo
no estaba enfrente de él, encontraba la manera de inclinarse para verme y
para escuchar lo que decía. Quería, sin duda, conocerme para saber si yo
era realmente capaz de ser carmelita. Y creo que debió quedar satisfecho
del examen, pues al final del viaje pareció estar bien dispuesto en mi favor.
Pero en Roma estuvo muy lejos de serme favorable, como luego diré.
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Suiza
Antes de llegar a la ciudad eterna, meta de nuestra peregrinación, tuvimos
ocasión de contemplar muchas maravillas. Primero fue Suiza, con sus
montañas cuyas cimas se pierden entre las nubes, y sus impetuosas
cascadas despeñándose de mil diferentes maneras, y sus profundos valles
plagados de helechos gigantes y de brezos rosados.
¡Cuánto bien, Madre querida, hicieron a mi alma todas aquellas maravillas
de la naturaleza derramadas con tanta profusión! ¡Cómo la hicieron
elevarse hacia Quien quiso sembrar de tanta obra maestra esta tierra