Sta. Teresita de Lisieux

Parte 4

Aquel día recibí la fortaleza para sufrir, ya que pronto iba a comenzar el

martirio de mi alma...

 

[37rº] Mi Leonia querida fue la madrina, y estaba tan emocionada, que no

dejó de llorar durante toda la ceremonia. Recibió conmigo la sagrada

comunión, pues aquel día feliz tuve la dicha de volver a unirme a Jesús.

 

Pasadas estas fiestas deliciosas e inolvidables, mi vida volvió a la

normalidad; es decir, tuve que reanudar la vida de pensionista, que tan

penosa me resultaba.

 

Aquellos días que rodearon mi primera comunión, me gustaba convivir con

las niñas de mi edad, todas ellas llenas de buena voluntad y decididas,

como yo, a tomar en serio la práctica de la virtud. Pero ahora tenía que

volver a ponerme en contacto con alumnas muy diferentes, disipadas, que

no querían guardar el reglamento, y eso me hacía muy desgraciada.

 

Yo era de carácter alegre, pero no sabía jugar a los juegos de las niñas de

mi edad. Muchas veces, en el recreo, me apoyaba en un árbol y desde allí

contemplaba el espectáculo sumida en profundas reflexiones.

 

Había inventado un juego que me gustaba mucho. Consistía en enterrar a

los pobres pajaritos que encontrábamos muertos bajo los árboles. Muchas

alumnas se animaron a ayudarme, de forma que nuestro cementerio

quedó muy bonito, todo plantado de árboles y flores proporcionados al

tamaño de nuestros pajaritos.

 

También me gustaba contar historietas que yo misma inventaba a medida

que me iban viniendo a la imaginación. Entonces mis compañeras me

rodeaban presurosas, y a veces algunas de las mayores se unían al grupo

de las oyentes. Una misma historia solía durar varios días, pues me

gustaba hacerla cada vez más interesante a medida que iba viendo en los

rostros de mis compañeras la impresión que producía. Pero la profesora

no tardó en prohibirme ese oficio de orador, pues quería vernos jugar y

correr, en lugar de discurrir...

 

Retenía con facilidad el sentido de lo que estudiaba, pero me costaba

trabajo aprender de memoria. Por eso, el año que precedió a mi primera

comunión, pedía [37vº] permiso casi todos los días para estudiar el

catecismo durante el recreo. Mi esfuerzos se vieron coronados por el éxito,

y fui siempre la primera. Si, por casualidad, perdía ese puesto por una sola

palabra que hubiera olvidado, mi dolor se exteriorizaba en lágrimas

amargas que el Sr. abate Domin no sabía cómo calmar... Estaba muy


 

 

 

contento de mí (excepto cuando lloraba) y me llamaba su doctorcito,

debido a mi nombre de Teresa.

 

Una vez, la alumna que me seguía no supo hacer a su compañera la

pregunta del catecismo. El Sr. abate preguntó en vano a toda la fila de

alumnas, hasta llegar a mí, y entonces dijo que quería ver si merecía el

primer puesto. Yo, en mi profunda humildad, no deseaba otra cosa, y,

levantándome, muy segura de mí misma, contesté a lo que se me

preguntaba sin cometer ni un solo error, con gran asombro de toda la

clase...

 

Mi interés por el catecismo continuó, después de mi primera comunión,

hasta que salí del internado.

 

Me iba muy bien en los estudios y era casi siempre la primera. En lo que

más descollaba era en historia y en redacción. Todas mis profesoras me

tenían por una alumna muy inteligente. Pero no sucedía lo mismo en casa

de mi tío, donde pasaba por ser una pequeña ignorante, buena y dulce, sí,

pero poco capaz y torpe...

 

No me extraña esa opinión que mis tíos tenían de mí, y que sin duda aún

siguen teniendo, pues apenas hablaba y era muy tímida, y cuando

escribía, mi letra de gato y mi ortografía, que no es más que normalita, no

eran para entusiasmar a nadie...

 

Verdad es que las pequeñas labores de costura, de bordado y otras por el

estilo se me daban bien y a gusto de mis profesoras. Pero la manera torpe

y desmañada de sujetar la labor justificaba la opinión poco favorable que

tenían de mí.

 

Todo esto lo considero como una gracia, pues Dios, que quería mi corazón

[38rº] sólo para él, escuchaba ya mi súplica, «cambiándome en amargura

todos los consuelos de la tierra». Y, por cierto, que tenía una gran

necesidad de ello, pues no era precisamente insensible a los elogios. Con

bastante frecuencia alababan delante de mí la inteligencia de las demás,

pero nunca la mía, por lo que llegué a la conclusión de que no era

inteligente, y me resigné a no serlo...

 

Mi corazón sensible y cariñoso se hubiera entregado fácilmente si hubiera

encontrado un corazón capaz de comprenderlo.

 

Intenté trabar amistad con algunas niñas de mi edad, sobre todo con dos

de ellas. Yo las quería, y también ellas me querían a mí en la medida en

que podían. Pero, ¡¡¡ay, qué raquítico y voluble es el corazón de las


 

 

 

criaturas...!!! Pronto comprobé que mi amor no era correspondido. Una de

mis amigas tuvo que irse a su casa, y regresó pocos meses después.

Durante su ausencia, yo la había recordado y había guardado

cuidadosamente un pequeña sortija que me había regalado. Al ver de

nuevo a mi compañera, me alegré mucho, pero, ¡ay!, sólo logré de ella una

mirada indiferente... Mi amor no era comprendido. Lo sentí mucho, y no

quise mendigar un cariño que me negaban. Pero Dios me ha dado un

corazón tan fiel, que cuando ama a alguien limpiamente, lo ama para

siempre; por eso, seguí rezando por mi compañera y aún la sigo

queriendo...

 

Al ver que Celina se había encariñado de una de nuestras profesoras, yo

quise imitarla; pero como no sabía ganarme la simpatía de las criaturas, no

pude conseguirlo.

 

¡Feliz ignorancia, que me ha librado de tantos males...! ¡Cómo le

agradezco a Jesús que no me haya hecho encontrar más que «amargura

en las amistades de la tierra»! Con un corazón como el mío, me habría

dejado atrapar y cortar las alas, y entonces ¿cómo hubiera podido «volar y

hallar reposo»? ¿Cómo va a poder unirse íntimamente a Dios un corazón

entregado al afecto de las criaturas?... Pienso que es imposible. Aunque

no he llegado a beber de la copa emponzoñada [38vº] del amor demasiado

ardiente de las criaturas, sé que no me equivoco. ¡He visto a tantas almas

volar como pobres mariposas y quemarse las alas, seducidas por esta luz

engañosa, y luego volver a la verdadera, a la dulce luz del amor, que les

daba nuevas alas, más brillantes y más ligeras, para poder volar hacia

Jesús, ese Fuego divino «que arde sin consumirse»!

 

¡Sí, lo sé! Jesús me veía demasiado débil para exponerme a la tentación.

Tal vez me hubiera dejado quemar toda entera por esa luz engañosa, si la

hubiera visto brillar ante mis ojos... Pero no fue así. Yo sólo he encontrado

amargura donde otras almas más fuertes encuentran alegría y se desasen

de ella por fidelidad.

 

No tengo, pues, ningún mérito por no haberme entregado al amor de las

criaturas, ya que sólo la misericordia de Dios me preservó de hacerlo...

Reconozco que, sin El, habría podido caer tan bajo como santa María

Magdalena, y las profundas palabras de Nuestro Señor a Simón resuenan

con gran dulzura en mi alma... Lo sé muy bien: «Al que poco se le

perdona, poco ama». Pero sé también que a mí Jesús me ha perdonado

mucho más que a santa María Magdalena, pues me ha perdonado por

adelantado, impidiéndome caer.


 

 

 

¡Cómo me gustaría saber explicar lo que pienso...! Voy a poner un

ejemplo.

 

Supongamos que el hijo de un doctor muy competente encuentra en su

camino una piedra que le hace caer, y que en la caída se rompe un

miembro. Su padre acude enseguida, lo levanta con amor y cura sus

heridas, valiéndose para ello de todos los recursos de su ciencia; y pronto

su hijo, completamente curado, le demuestra su gratitud. ¡Qué duda cabe

de que a ese hijo le sobran motivos para amar a su padre!

 

Pero voy a hacer otra suposición. El padre, sabiendo que en el camino de

su hijo hay una piedra, se apresura a ir antes que él y la retira (sin que

nadie lo vea). Ciertamente que el hijo, [39rº] objeto de la ternura previsora

de su padre, si DESCONOCE la desgracia de que su padre lo ha librado,

no le manifestará su gratitud y le amará menos que si lo hubiese curado...

Pero si llega a saber el peligro del que acaba de librarse, ¿no lo amará

todavía mucho más?

 

Pues bien, yo soy esa hija, objeto del amor previsor de un Padre que no ha

enviado a su Verbo a rescatar a los justos sino a los pecadores. El quiere

que yo le ame porque me ha perdonado, no mucho, sino todo. No ha

esperado a que yo le ame mucho, como santa María Magdalena, sino que

ha querido que YO SEPA hasta qué punto él me ha amado a mí, con un

amor de admirable prevención, para que ahora yo le ame a él ¡con

locura...!

 

He oído decir que no se ha encontrado todavía un alma pura que haya

amado más que un alma arrepentida. ¡Cómo me gustaría desmentir esas

palabras...!

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Enfermedad de los escrúpulos

 

Veo que me he alejado mucho del tema, así que me apresuro a volver a él.

 

El año que siguió a mi primera comunión transcurrió, casi todo él, sin

pruebas interiores para mi alma. Pero durante el retiro para la segunda

comunión me vi asaltada por la terrible enfermedad de los escrúpulos...

Hay que pasar por ese martirio para saber lo que es. ¡Imposible decir lo

que sufrí durante un año y medio...! Todos mis pensamientos y mis

acciones, aun los más sencillos, se me convertían en motivo de turbación.

La única forma de recobrar la paz era contárselo a María, lo cual me

costaba mucho, pues me creía obligada a decirle hasta los pensamientos

extravagantes que tenía acerca de ella misma. En cuanto soltaba mi carga,


 

 

 

disfrutaba por un momento de paz; pero esa paz pasaba como un

relámpago, y enseguida volvía a comenzar mi martirio.

 

¡Cuánta paciencia tuvo que tener mi querida María para escucharme

[39vo] sin dar nunca muestras de cansancio...!

 

Apenas volvía de la Abadía, ya se ponía a rizarme el pelo para el día

siguiente (pues, para dar gusto a papá, la reinecita llevaba todos los días

el pelo rizado, con gran admiración de sus compañeras, y especialmente

de las profesoras, que no veían a niñas tan bien atendidas por sus

padres). Durante la sesión, yo no dejaba de llorar, contando todos mis

escrúpulos.

 

Al terminar el año, Celina terminó sus estudios y regresó a casa. Y la

pobre Teresa, que tuvo que volver sola al colegio, no tardó en caer

enferma. El único atractivo que la retenía en el internado era vivir con su

inseparable Celina; sin ella, «su hijita» ya no podía seguir allí...

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Señora de Papinau

 

Salí, pues, de la Abadía a la edad de 13 años, y continué mi educación

recibiendo varias clases a la semana en casa de la «Sra. de Papinau». Era

una persona muy buena, y muy culta, pero con ciertos aires de solterona.

Vivía con su madre, y era una maravilla ver las buenas migas que hacían

las tres (pues la gata era también de la familia, y yo tenía que soportar que

ronronease sobre mis cuadernos, e incluso admirar su linda figura).

 

Tenía la ventaja de vivir en la intimidad de la familia. Como los Buissonnets

quedaban demasiado lejos para las piernas ya un poco viejas de mi

profesora, había pedido que fuera yo a su casa para las clases.

 

Cuando llegaba, normalmente no encontraba más que a la anciana señora

de Cochain, que me miraba «con sus grandes ojos claros» y luego llamaba

con voz serena y juiciosa: «¡Señora de Papinau..., la se...ñorita Te...resa

está aquí...!» Su hija le contestaba inmediatamente, con voz infantil: «Ya

voy, mamá». Y luego empezaba la clase.

 

Estas clases tenían también la ventaja (además de la instrucción que en

ellas recibía) de hacerme conocer el mundo... ¡Quién lo hubiera creído...!

En aquella sala, amueblada a la antigua, yo asistía con frecuencia,

rodeada de libros y de cuadernos, [40rº] a visitas de toda índole:

sacerdotes, señoras, señoritas, etc. La señora de Cochain llevaba la batuta

de la conversación todo lo que podía, para que su hija pudiera darme la


 

 

 

clase; pero esos días no aprendía apenas nada: con la nariz encima del

libro, escuchaba todo lo que decían, e incluso lo que más me valiera no

haber escuchado, pues la vanidad se desliza muy fácilmente en el

corazón... Una señora decía que yo tenía un pelo precioso; otra, al

despedirse, creyendo que yo no la oía, preguntaba quién era aquella

muchacha tan bonita. Y esas palabras, tanto más halagadoras cuanto que

no se decían delante de mí, dejaban en mi alma una sensación de placer

que me demostraba a las claras lo llena de amor propio que yo estaba.

 

¡Qué lástima me dan las almas que se pierden...! Es tan fácil extraviarse

por los senderos floridos del mundo... Ciertamente, para un alma un tanto

elevada, la dulzura que él ofrece va mezclada de amargura, y el vacío

inmenso de los deseos nunca podrá llenarse con las alabanzas de un

instante... Pero si mi corazón no se hubiese elevado hacia Dios desde su

primer despertar, si el mundo me hubiese sonreído desde mi entrada en la

vida, ¿qué habría sido de mí...?

 

¡Madre querida, con cuánta gratitud canto las misericordias del Señor...!

¿No me retiró él del mundo, según las palabras de la Sabiduría, «antes

que la malicia pervirtiera mi conciencia y que la perfidia sedujera mi

alma...»?

 

También la Santísima Virgen velaba por su florecita, y no queriendo que se

marchitase al contacto con las cosas de la tierra, se la llevó a su montaña

antes de que se abriese su corola... Mientras esperaba la llegada de ese

momento feliz, Teresita iba creciendo en el amor a su Madre del cielo, y

para demostrarle ese amor hizo algo que le costó mucho y que voy a

contar en pocas palabras a pesar de su extensión.

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Hija de María

 

[40vº] Casi inmediatamente después de mi entrada en la Abadía, ingresé

en la Congregación de los Santos Angeles. Me gustaban mucho los

ejercicios de devoción que en ella se prescribían, pues sentía una especial

inclinación a invocar a los bienaventurados espíritus celestiales, y en

particular al que Dios me dio para que fuera el compañero de mi destierro .

 

Poco tiempo después de mi primera comunión, la banda de aspirante a las

Hijas de María sustituyó a la de los Santos Angeles, pero abandoné la

Abadía sin haber sido recibida en esa congregación de la Santísima

Virgen. Como salí antes de terminar los estudios, no se me permitía entrar

en ella como antigua alumna. Confieso que ese privilegio no me atraía

demasiado; pero pensando que todas mis hermanas habían sido «hijas de


 

 

 

María», no quería ser menos hija que ellas de mi Madre del cielo, y fui muy

humildemente (a pesar de lo mucho que costaba) a pedir permiso para

ingresar en la congregación de la Santísima Virgen, en la Abadía. La

primera profesora no quiso negármelo, pero me puso como condición que

tenía que venir al colegio dos días a la semana , por la tarde, para

demostrar que era digna de ser admitida.

 

Este permiso, lejos de agradarme, me costó enormemente. Yo no tenía,

como las demás alumnas, una profesora amiga con quien poder ir a pasar

el tiempo. Así es que me conformaba con ir a saludar a la profesora, y

luego trabajaba en silencio hasta que terminaba la clase de labores. Nadie

se fijaba en mí. Así que subía a la tribuna de la capilla y me estaba allí

delante del Santísimo hasta que papá venía a buscarme.

 

Este era mi único consuelo. ¿No era, acaso, Jesús mi único amigo...? No

sabía hablar con nadie más que con él. Las conversaciones con las

criaturas, incluso las conversaciones piadosas, me cansaban el alma...

Sentía que vale más hablar con Dios que [41rº] hablar de Dios, ¡pues se

suele mezclar tanto amor propio en las conversaciones espirituales...!

 

¡Sólo por la Santísima Virgen iba a la Abadía...!

 

A veces me sentía sola, muy sola. Como en los días de mi vida de

internado, cuando me paseaba triste y enferma por el enorme patio, yo

repetía siempre estas palabras, que hacían renacer siempre la paz y la

fuerza en mi corazón: «La vida es tu navío, no tu morada». Cuando era

pequeñita, estas palabras me levantaban la moral. Y todavía hoy, a pesar

de los años, que hacen que desaparezcan tantos sentimientos de piedad

infantil, la imagen del navío sigue cautivando mi alma y la ayuda a soportar

el destierro... ¿No dice la Sabiduría que la vida es «como nave que surca

las aguas agitadas sin dejar rastro alguno de su travesía...?»

 

Cuando pienso en estas cosas, mi alma se abisma en el infinito y me

parece estar tocando ya las riberas eternas... Me parece estar ya

recibiendo el abrazo de Jesús... Creo ver a mi Madre del cielo salirme al

encuentro con papá..., con mamá... y con los cuatro angelitos... Creo estar

gozando, por fin, para siempre de la verdadera, de la única vida de

familia...

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Nuevas separaciones

 

Pero antes de ver a la familia reunida en el hogar paterno del cielo, tenía

que sufrir aún muchas separaciones.


 

 

 

 

 

El mismo año en que fui recibida como hija de la Santísima Virgen, ésta

me arrebató a mi querida María, el único sostén de mi alma... María era

quien me guiaba, quien me consolaba, quien me ayudaba a practicar la

virtud, ella era mi único oráculo. Es cierto que Paulina ocupaba un lugar

privilegiado en mi corazón, pero Paulina estaba lejos, muy lejos de mí...

Me había costado un verdadero martirio acostumbrarme a vivir sin ella, a

ver interpuestos entre ella y yo unos muros infran-[41vº]queables, pero al

fin había acabado por aceptar la triste realidad: había perdido a Paulina,

casi como si se hubiera muerto. Ella me seguía queriendo, sí, y rezaba por

mí; pero a mis ojos, mi Paulina querida se había convertido en una santa

que ya no sabía de las cosas de la tierra, y las miserias de su pobre

Teresa, si las conociera, le extrañarían y la llevarían a no quererla tanto...

Además, aunque hubiera querido confiarle mis secretos, como en los

Buissonnets, no hubiera podido hacerlo, pues las visitas en el locutorio

eran sólo para María. Celina y yo no teníamos permiso para entrar más

que al final, y justo el tiempo para que se nos oprimiese el corazón...

 

Por eso, no tenía en realidad más que a María, que me era, por así decirlo,

indispensable. Sólo a ella le contaba mis escrúpulos; y la obedecía tan

ciegamente, que mi confesor nunca llegó a conocer mi vergonzosa

enfermedad: yo sólo le decía el número de pecados que María me permitía

confesar, ni uno mas. Así que podría haber pasado por el alma menos

escrupulosa del mundo, a pesar de serlo en sumo grado.

 

María sabía, pues, todo lo que pasaba en mi alma y conocía también mis

deseos del Carmelo; y yo la quería tanto, que no podía vivir sin ella. Todos

los años, nuestra tía nos invitaba a ir, turnándonos, a su casa de Trouville.

A mí me gustaba mucho ir, pero con María; cuando no la tenía a mi lado,

me aburría mucho.

 

Una vez, sin embargo, me lo pasé bien en Trouville. Fue el año en que

papá realizó el viaje a Constantinopla. Para distraernos un poco (pues

estábamos muy tristes porque papá estaba tan lejos), María nos mandó a

Celina y a mí a pasar quince días en la playa. Yo me divertí mucho, porque

tenía conmigo a Celina. Nuestra tía nos daba todos los gustos posibles:

paseos en burro, pesca de agujas, etc.

 

Yo era todavía muy niña [42rº], a pesar de mis doce años y medio. Me

acuerdo de la alegría que sentí cuando me puse las preciosas cintas

azules que mi tía me regaló para el pelo; y también me acuerdo que me

confesé en Trouville de esa complacencia infantil, que me parecía

pecado...


 

 

 

Una noche, tuve una experiencia que me abrió mucho los ojos. María

(Guérin), que casi siempre estaba enferma, lloriqueaba con frecuencia, y

entonces mi tía la mimaba y le prodigaba los nombres más tiernos, sin que

por eso mi querida primita dejase de lloriquear y de quejarse de que le

dolía la cabeza. Yo, que tenía también casi todos los días dolor de cabeza,

y no me quejaba, quise una noche imitar a María y me puse a lloriquear

echada en un sillón, en un rincón de la sala. Enseguida Juana y mi tía

vinieron solícitas a mi lado, preguntándome qué tenía. Yo les contesté,

como María: «Me duele la cabeza». Pero al parecer eso de quejarme no

se me daba bien, pues no puede convencerlas de que fuese el dolor de

cabeza lo que me hacía llorar. En lugar de mimarme, me hablaron como a

una persona mayor y Juana me reprochó el que no tuviera confianza con

mi tía, pues pensaba que lo que yo tenía era un problema de conciencia...

En fin, salí sin más daño que el haber trabajado en balde y muy decidida a

no volver a imitar nunca a los demás, y comprendí la fábula de «El asno y

el perrito». Yo era como el asno, que, viendo las caricias que le hacían al

perrito, fue a poner su pesada pata sobre la mesa para recibir también él

su ración de besos. Pero, ¡ay!, si no recibí palos, como el pobre animal,

recibí realmente el pago que me merecía, y la lección me curó para toda la

vida del deseo de atraer sobre mí la atención de los demás. ¡El único

intento que hice para ello me costó demasiado caro...!

 

Al año siguiente, que fue el de la partida de mi querida madrina, nuestra tía

me volvió a invitar, pero en esta ocasión a mí sola, y me encontré tan

perdida y tan fuera de lugar, que al [42vº] cabo de dos o tres días caí

enferma y tuvieron que llevarme de vuelta a Lisieux. La enfermedad, que

temían que fuese grave, no era más que nostalgia de los Buissonnets, y

apenas puse los pies en ellos me curé ...

 

Bien, pues a esa niña iba Dios a arrebatarle el único apoyo que la ataba a

la vida...

 

En cuanto supe la decisión de María, tomé la resolución de no volver a

apegar mi corazón a nada en la tierra...

 

Después de salir del internado, me había instalado en el cuarto de pintura

de Paulina y lo había arreglado a mi gusto. Era una verdadera leonera, una

mezcla de objetos de piedad y curiosidades, un jardín y una pajarera...

 

Así, por ejemplo, en el fondo destacaba sobre la pared una gran cruz de

madera negra, sin Cristo, y unos dibujos que me gustaban. En otra pared,

una cesta adornada con muselina y con cintas de color rosa con hierbas

finas y flores. Finalmente, en la otra pared, campeaba el retrato de Paulina

a los diez años. Y bajo este retrato tenía una mesa sobre la que estaba


 

 

 

colocada una gran jaula en la que había encerrados un gran número de

pájaros cuyo gorjeo melodioso aturdía a los visitantes, pero no a su amita,

que los quería mucho...

 

Tenía también el «mueblecito blanco», repleto de mis libros de texto,

cuadernos, etc.; y sobre este mueble tenía colocada una estatua de la

Santísima Virgen con floreros siempre llenos de flores naturales y con

candeleros; y, todo alrededor, una gran cantidad de imagencitas de santos

y santas, cestitas de conchas, cajas de cartulina, etc. Por último, delante

de la ventana, mi jardín colgante, en el que cuidaba macetas (con las

flores más raras que lograba encontrar). Tenía también, en el interior de

«mi museo», una jardinera, en la que ponía mi planta favorita...

 

Frente a la [43rº] ventana, estaba colocada la mesa, cubierta con un tapete

verde, y sobre el tapete, en el medio, tenía puesto un reloj de arena, una

imagencita de san José, un portarrelojes, cestas de flores, un tintero, etc...

Algunas sillas rotas y la preciosa cuna de muñecas de Paulina

completaban mi ajuar.

 

Realmente, esta pobre buhardilla era un mundo para mí, y, como el Sr. de

Maistre, también yo podría componer un libro titulado «Paseo alrededor de

mi cuarto». En esta habitación me gustaba pasarme horas enteras,

estudiando y meditando ante el hermoso panorama que se abría ante mis

ojos...

 

Al conocer la partida de María, mi cuarto perdió para mí todo su encanto.

No quería separarme ni un solo instante de la hermana querida que pronto

iba a levantar el vuelo... ¡Cuántos actos de paciencia le hice practicar!

Cada vez que pasaba ante la puerta de su habitación, llamaba hasta que

me abría y la besaba con toda el alma; quería hacer provisión de besos

para todo el tiempo que iba a verme privada de ellos.

 

Un mes antes de su entrada en el Carmelo, papá nos llevó a Alençon, pero

este viaje estuvo muy lejos de parecerse al primero: todo fue para mí

tristeza y amargura. Imposible decir cuántas lágrimas lloré sobre la tumba

de mamá porque me había olvidado de llevar un ramillete de acianos que

había cogido para ella.

 

Verdaderamente, en todo encontraba motivos para sufrir. Todo lo contrario

que ahora, pues Dios me concede la gracia de no abatirme por nada

pasajero. Cuando me acuerdo del pasado, mi alma desborda de gratitud al

ver los favores que he recibido del cielo. Se ha operado en mí tal cambio,

que estoy desconocida... Verdad es que deseaba alcanzar la gracia «de

tener un dominio absoluto sobre mis acciones, de ser su dueña y no su


 

 

 

esclava». [43vº] Estas palabras de la Imitación me llegaban muy a lo

hondo, pero, por así decirlo, tenía que comprar con mis deseos esta gracia

inestimable. No era todavía más que una niña que no parecía tener otra

voluntad que la de los demás, lo cual hacía decir a la gente de Alençon

que era débil de carácter...

 

Fue durante este viaje cuando Leonia entró a prueba en las clarisas. A mí

me dolió su extraña entrada, pues la quería mucho y no pude darle un

abrazo antes de que se fuera.

 

Nunca olvidaré la bondad y la confusión de nuestro pobre papaíto cuando

vino a comunicarnos que Leonia vestía ya el hábito de clarisa... A él, igual

que a nosotras, le parecía una cosa muy rara, pero no quería decir nada al

ver lo disgustada que estaba María. Nos llevó al convento y allí sentí una

congoja como nunca la había sentido a la vista de un monasterio. Me

produjo el efecto contrario al del Carmelo, donde todo me dilataba el

alma... Tampoco me entusiasmó más la vista de las religiosas, y no sentí

la menor tentación de quedarme con ellas.

 

No obstante, nuestra pobre Leonia estaba muy guapa con su nuevo traje.

Nos dijo que la miráramos bien a los ojos, pues ya no volveríamos a verlos

(las clarisas no se dejan ver más que con los ojos bajos). Pero Dios se

conformó con dos meses de sacrificio, y Leonia volvió a enseñarnos sus

ojos azules, muy a menudo bañados en lágrimas...

 

Al dejar Alençon, yo pensé que Leonia se quedaría con las clarisas, por lo

que me alejé de la triste calle de la Media Luna con el corazón muy

apenado. Ya no quedábamos más que tres, y pronto nuestra querida María

nos iba también a dejar...

 

¡El 15 de octubre fue el día de la separación! De la alegre y numerosa

familia de los Buissonnets ya sólo quedaban las dos últimas hijas... Las

palomas habían huido del nido paterno, y las que aún quedaban hubiesen

querido volar tras ellas, pero sus alas [44rº] eran aún demasiado débiles

para que pudieran levantar el vuelo...

 

Dios, que quería llamar hacia sí a la más pequeña y más débil de todas, se

apresuró a hacerle crecer las alas. El, que se complace en mostrar su

bondad y su poder sirviéndose de los instrumentos menos dignos, quiso

llamarme a mí antes que a Celina, que sin duda merecía más que yo este

favor. Pero Jesús conocía muy bien mi debilidad, y por eso me escondió a

mí primero en las cavernas de la roca.


 

 

 

Cuando María entró en el Carmelo, yo era todavía muy escrupulosa. Como

ya no podía confiarme a ella, me volví hacia el cielo. Me dirigí a los cuatro

angelitos que me habían precedido allá arriba, pues pensé que aquellas

almas inocentes, que nunca habían conocido ni las turbaciones ni los

miedos, deberían tener compasión de su pobre hermanita que estaba

sufriendo en la tierra.

 

Les hablé con la sencillez de un niño, haciéndoles notar que, al ser la

última de la familia, siempre había sido la más querida y la más colmada

de ternuras por mis hermanas, y que si ellos hubieran permanecido en la

tierra me habrían dado también sin duda alguna pruebas de cariño... Su

partida para el cielo no me parecía una razón suficiente para que me

olvidasen; al contrario, ya que se hallaban en situación de disponer de los

tesoros divinos, debían tomar de ellos la paz para mí y mostrarme así que

también en el cielo se sabe amar...

 

La respuesta no se hizo esperar. Pronto la paz vino a inundar mi alma con

sus olas deliciosas, y comprendí que si era amada en la tierra, también lo

era en el cielo...

 

A partir de aquel momento, fue creciendo mi devoción hacia mis

hermanitos y hermanitas, y me gusta conversar a menudo con ellos y

hablarles de las tristezas del destierro... y de mi deseo de ir pronto a

reunirme con ellos en la patria...

 

 

 

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CAPÍTULO V

 

DESPUÉS DE LA GRACIA DE NAVIDAD

 

(1886-1887)

 

Si el cielo me colmaba de gracias, no era porque yo lo mereciese, pues era

aún muy imperfecta. Es cierto que tenía un gran deseo de practicar [44vº]

la virtud, pero lo hacía de una manera muy peregrina. He aquí un ejemplo.

 

Como era la más pequeña, no estaba acostumbrada a arreglármelas yo

sola. Celina arreglaba la habitación donde dormíamos las dos juntas, y yo

no hacía ni la menor labor de la casa. Después de la entrada de María en

el Carmelo, a veces, por agradar a Dios, intentaba hacer la cama, o bien,

cuando Celina no estaba, le metía por la noche sus macetas de flores.

Como he dicho, hacía esas cosas únicamente por Dios, y por tanto no


 

 

 

tenía por qué esperar el agradecimiento de las criaturas. Pero sucedía

todo lo contrario: si Celina tenía la desgracia de no parecer feliz y

sorprendida por mis pequeños servicios, yo no estaba contenta y se lo

hacía saber con mis lágrimas...

 

Debido a mi extremada sensibilidad, era verdaderamente insoportable. Si,

por ejemplo, sucedía que hacía sufrir involuntariamente un poquito a un

ser querido, en vez de sobreponerme y no llorar, lloraba como una

Magdalena, lo cual aumentaba mi falta en lugar de atenuarla, y cuando

comenzaba a consolarme de lo sucedido, lloraba por haber llorado. Todos

los razonamientos eran inútiles, y no lograba corregirme de tan feo

defecto.

 

No sé cómo podía ilusionarme con la idea de entrar en el Carmelo estando

todavía, como estaba, en los pañales de la infancia...

 

Era necesario que Dios hiciera un pequeño milagro para hacerme crecer

en un momento, y ese milagro lo hizo el día inolvidable de Navidad. En esa

noche luminosa que esclarece las delicias de la Santísima Trinidad, Jesús,

el dulce niñito recién nacido, cambió la noche de mi alma en torrentes de

luz... En esta noche, en la que él se hizo débil y doliente por mi amor, me

hizo a mí fuerte y valerosa; me revistió de sus armas, y desde aquella

noche bendita ya no conocí la derrota en ningún combate, sino que, al

contrario, fui de victoria en victoria y comencé, por así decirlo, «una carrera

de gigante ».

 

[45rº] Se secó la fuente de mis lágrimas, y en adelante ya no volvió a

abrirse sino muy raras veces y con gran dificultad, lo cual justificó estas

palabras que un día me habían dicho: «Lloras tanto en la niñez, que más

tarde no tendrás ya lágrimas que derramar...»

 

Fue el 25 de diciembre de 1886 cuando recibí la gracia de salir de la niñez;

en una palabra, la gracia de mi total conversión.

 

Volvíamos de la Misa de Gallo, en la que yo había tenido la dicha de recibir

al Dios fuerte y poderoso.

 

Cuando llegábamos a los Buissonnets, me encantaba ir a la chimenea a

buscar mis zapatos. Esta antigua costumbre nos había proporcionado

tantas alegrías durante la infancia, que Celina quería seguir tratándome

como a una niña, por ser yo la pequeña de la familia... Papá gozaba al ver

mi alborozo y al escuchar mis gritos de júbilo a medida que iba sacando

las sorpresas de mis zapatos encantados, y la alegría de mi querido rey

aumentaba mucho más mi propia felicidad.


 

 

 

 

 

Pero Jesús, que quería hacerme ver que ya era hora de que me liberase

de los defectos de la niñez, me quitó también sus inocentes alegrías:

permitió que papá, que venía cansado de la Misa del Gallo, sintiese

fastidio a la vista de mis zapatos en la chimenea y dijese estas palabras

que me traspasaron el corazón: «¡Bueno, menos mal que éste es el último

año...!»

 

Yo estaba subiendo las escaleras, para ir a quitarme el sombrero. Celina,

que conocía mi sensibilidad y veía brillar las lágrimas en mis ojos, sintió

también ganas de llorar, pues me quería mucho y se hacía cargo de mi

pena. «¡No bajes, Teresa! -me dijo-, sufrirías demasiado al mirar así de

golpe dentro de los zapatos».

 

Pero Teresa ya no era la misma, ¡Jesús había cambiado su corazón!

Reprimiendo las lágrimas, bajé rápidamente la escalera, y conteniendo los

latidos del corazón, cogí los zapatos y, poniéndolos delante de papá, fui

sacando alegremente todos los regalos, con el aire feliz de una reina. Papá

reía, recobrado ya su buen humor, y Celina creía estar soñando ...

Felizmente, era un hermosa realidad: ¡Teresita había vuelto a encontrar la

fortaleza de ánimo que había perdido a los cuatro años y medio, y la

conservaría ya para siempre...!

 

[45vº] Aquella noche de luz comenzó el tercer período de mi vida, el más

hermoso de todos, el más lleno de gracias del cielo...

 

La obra que yo no había podido realizar en diez años Jesús la consumó en

un instante, conformándose con mi buena voluntad, que nunca me había

faltado.

 

Yo podía decirle, igual que los apóstoles: «Señor, me he pasado la noche

bregando, y no he cogido nada». Y más misericordioso todavía conmigo

que con los apóstoles, Jesús mismo cogió la red, la echó y la sacó repleta

de peces... Hizo de mí un pescador de almas, y sentí un gran deseo de

trabajar por la conversión de los pecadores, deseo que no había sentido

antes con tanta intensidad... Sentí, en una palabra, que entraba en mi

corazón la caridad, sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar

gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz...!

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La sangre de Jesús

 

Un domingo, mirando una estampa de Nuestro Señor en la cruz, me sentí

profundamente impresionada por la sangre que caía de sus divinas manos.


 

 

 

Sentí un gran dolor al pensar que aquella sangre caía al suelo sin que

nadie se apresurase a recogerla. Tomé la resolución de estar siempre con

el espíritu al pie de la cruz para recibir el rocío divino que goteaba de ella,

y comprendí que luego tendría que derramarlo sobre las almas...

 

También resonaba continuamente en mi corazón el grito de Jesús en la

cruz: «¡Tengo sed!». Estas palabras encendían en mí un ardor

desconocido y muy vivo... Quería dar de beber a mi Amado, y yo misma

me sentía devorada por la sed de almas... No eran todavía las almas de

los sacerdotes las que me atraían, sino las de los grandes pecadores;

ardía en deseos de arrancarles del fuego eterno... Y para avivar mi celo,

Dios me mostró que mis deseos eran de su agrado.

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Pranzini, mi primer hijo

 

Oí hablar de un gran criminal que acababa de ser condenado a muerte por

unos crímenes horribles. Todo hacía pensar que moriría impenitente. Yo

quise evitar a toda costa que cayese en el infierno, y para conseguirlo

empleé todos los medios imaginables.

 

Sabiendo que por mí misma no podía nada, ofrecí [46rº] a Dios todos los

méritos infinitos de Nuestro Señor y los tesoros de la santa Iglesia; y por

último, le pedí a Celina que encargase una Misa por mis intenciones, no

atreviéndome a encargarla yo misma por miedo a verme obligada a

confesar que era por Pranzini, el gran criminal.

 

Tampoco quería decírselo a Celina, pero me hizo tan tiernas y tan

apremiantes preguntas, que acabé por confiarle mi secreto. Lejos de

burlarse de mí, me pidió que la dejara ayudarme a convertir a mi pecador.

Yo acepté, agradecida, pues hubiese querido que todas las criaturas se

unieran a mí para implorar gracia para el culpable.

 

En el fondo de mi corazón yo tenía la plena seguridad de que nuestros

deseos serían escuchados. Pero para animarme a seguir rezando por los

pecadores, le dije a Dios que estaba completamente segura de que

perdonaría al pobre infeliz de Pranzini, y que lo creería aunque no se

confesase ni diese muestra alguna de arrepentimiento, tanta confianza

tenía en la misericordia infinita de Jesús; pero que, simplemente para mi

consuelo, le pedía tan sólo «una señal» de arrepentimiento...

 

Mi oración fue escuchada al pie de la letra. A pesar de que papá nos había

prohibido leer periódicos, no creí desobedecerle leyendo los pasajes que

hablaban de Pranzini. Al día siguiente de su ejecución, cayó en mis manos


 

 

 

el periódico «La Croix». Lo abrí apresuradamente, ¿y qué fue lo que vi...?

Las lágrimas traicionaron mi emoción y tuve que esconderme... Pranzini no

se había confesado, había subido al cadalso, y se disponía a meter la

cabeza en el lúgubre agujero, cuando de repente, tocado por una súbita

inspiración, se volvió, cogió el crucifijo que le presentaba el sacerdote ¡y

besó por tres veces sus llagas sagradas...! Después su alma voló a recibir

la sentencia misericordiosa de Aquel que dijo que habrá más alegría en el

cielo por un solo pecador que se convierta que por los noventa y nueve

justos que no necesitan convertirse...

 

Había obtenido «la señal» pedida, y esta señal era la fiel reproducción de

las [46vº] gracias que Jesús me había concedido para inclinarme a rezar

por los pecadores. ¿No se había despertado en mi corazón la sed de

almas precisamente ante las llagas de Jesús, al ver gotear su sangre

divina? Yo quería darles a beber esa sangre inmaculada que los purificaría

de sus manchas, ¡¡¡y los labios de «mi primer hijo» fueron a posarse

precisamente sobre esas llagas sagradas...!!! ¡Qué respuesta de inefable

dulzura...!

 

A partir de esta gracia sin igual, mi deseo de salvar almas fue creciendo de

día en día. Me parecía oír a Jesús decirme como a la Samaritana: «¡Dame

de beber!»

 

Era un verdadero intercambio de amor: yo daba a las almas la sangre de

Jesús, y a Jesús le ofrecía esas mismas almas refrescadas por su rocío

divino. Así me parecía que aplacaba su sed. Y cuanto más le deba de

beber, más crecía la sed de mi pobre alma, y esta sed ardiente que él me

daba era la bebida más deliciosa de su amor...

 

En poco tiempo Dios supo sacarme del estrecho círculo en el que yo daba

vueltas y vueltas sin acertar a salir. Al contemplar ahora el camino que él

me hizo recorrer, es grande mi gratitud.

 

Pero he de reconocer que, si el paso más importante estaba dado, todavía

eran muchas las cosas que tenía que dejar.

 

Mi espíritu, liberado ya de los escrúpulos y de su excesiva sensibilidad,

comenzó a desarrollarse. Yo siempre había amado lo grande, lo bello, pero

en esta época me entraron unos deseos enormes de saber. No me

conformaba con las clases y con los deberes que me ponía mi profesora, y

me dediqué a hacer por mi cuenta estudios extras de historia y de ciencias.

Las otras materias me eran indiferentes, pero estos dos campos del saber

despertaban todo mi interés. Y así, en pocos meses adquirí más

conocimientos que durante todos mis años de estudio.


 

 

 

 

 

¡Pero eso no era más que vanidad y aflicción de espíritu...! Me venía con

frecuencia a la memoria el capítulo de la Imitación en que se habla de las

ciencias. Pero, no obstante, yo encontraba la forma de seguir, diciéndome

a mí misma que, estando en edad de estudiar, ningún mal había [47rº] en

hacerlo.

 

No creo haber ofendido a Dios (aunque reconozco que perdí inútilmente el

tiempo), pues sólo le dedicaba un número limitado de horas, que no quería

rebasar, a fin de mortificar mi deseo exacerbado de saber...

 

Estaba en la edad más peligrosa para las chicas. Pero Dios hizo conmigo

lo que cuenta Ezequiel en sus profecías: «Al pasar junto a mí, Jesús vio

que yo estaba ya en la edad del amor. Hizo alianza conmigo, y fui suya...

Extendió su manto sobre mí, me lavó con perfumes preciosos, me vistió de

bordados y me adornó con collares y con joyas sin precio... Me alimentó

con flor de harina, miel y aceite en abundancia... Me hice cada vez más

hermosa a sus ojos y llegué a ser como una reina...»

 

Sí, Jesús hizo todo eso conmigo. Podría repetir esas palabras que acabo

de escribir y demostrar que todas ellas, una por una, se han realzado en

mí; pero las gracias que he referido más arriba son ya prueba suficiente de

ello. Sólo voy a hablar del alimento que me dio «en abundancia».

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La Imitación y Arminjon

 

Desde hacía mucho tiempo yo me venía alimentando con «la flor de

harina» contenida en la Imitación. Este era el único libro que me ayudaba,

pues no había descubierto todavía los tesoros escondidos en el Evangelio.

Me sabía de memoria casi todos los capítulos de mi querida Imitación, y

ese librito no me abandonaba nunca; en verano lo llevaba en el bolsillo, y

en invierno en el manguito, era ya una costumbre. En casa de mi tía se

divertían mucho a costa de eso, y abriéndolo al azar, me hacían recitar el

capítulo que tenían ante los ojos.

 

A mis 14 años, con mis deseos de saber, Dios pensó que era necesario

añadir a «la flor de harina miel y aceite en abundancia». Esa miel y ese

aceite me los hizo encontrar en las charlas del Sr. abate Arminjon sobre el

fin del mundo presente y los misterios de la vida futura. Este libro se lo

habían prestado a papá mis queridas carmelitas; por eso, contra mi [47vº]

costumbre (pues yo no leía los libros de papá), le pedí permiso para leerlo.


 

 

 

Esa lectura fue también una de las mayores gracias de mi vida. La hice

asomada a la ventana de mi cuarto de estudio, y la impresión que me

produjo es demasiado íntima y demasiado dulce para poder contarla...

 

Todas las grandes verdades de la religión y los misterios de la eternidad

sumergían mi alma en una felicidad que no era de esta tierra...

Vislumbraba ya lo que Dios tiene reservado para los que le aman (pero no

con los ojos del cuerpo, sino con los del corazón). Y viendo que las

recompensas eternas no guardaban la menor proporción con los

insignificantes sacrificios de la vida, quería amar, amar apasionadamente a

Jesús y darle mil muestras de amor mientras pudiese...

 

Copié varios pasajes sobre el amor perfecto y sobre la acogida que Dios

dispensará a sus elegidos cuando él mismo sea su grande y eterna

recompensa. Y repetía sin cesar las palabras de amor que habían

abrasado mi corazón...

 

Celina se había convertido en la confidente íntima de mis pensamientos.

Desde la noche de Navidad ya podíamos comprendernos: la diferencia ya

no existía, pues yo había crecido en estatura, y sobre todo en gracia.

 

Anteriormente a esta época, yo me quejaba con frecuencia de no conocer

los secretos de Celina; ella me contestaba que yo era demasiado pequeña,

y que tendría que crecer la altura de un taburete para que pudiese tener

confianza en mí... A mí me gustaba subirme a aquel precioso taburete

cuando estaba junto a ella, y le decía que me hablase íntimamente; pero la

treta no me daba resultado, la distancia nos seguía separando...

 

Jesús, que quería hacernos progresar juntas, formó en nuestros corazones

unos lazos más fuertes que los de la sangre. Nos hizo hermanas del alma.

Se hicieron realidad en nosotras las palabras del Cántico Espiritual de san

Juan de la Cruz (cuando la esposa exclama, hablando al Esposo):

 

«A zaga de tu huella,

 

las jóvenes discurren al camino,

 

al toque de [48rº] centella,

 

al adobado vino,

 

emisiones de bálsamo divino».


 
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