Sta. Teresita de Lisieux

Parte 6

nuestra de destierro que no ha de durar más que un día...! No tenía ojos

bastantes para mirar. De pie, pegada a la ventanilla, casi se me cortaba la

respiración. Hubiera querido estar a los dos lados del vagón, pues, al

volverme, contemplaba paisajes de auténtica fantasía y totalmente

diferentes de los que se extendían ante mí.

 

Unas veces nos hallábamos en la cima de una montaña. A nuestros pies,

[58rº] precipicios cuya profundidad no podía sondear nuestra mirada

parecían dispuestos a engullirnos...

 

Otras veces era un pueblecito encantador, con sus esbeltas casitas de

montaña y su campanario sobre el que se cernían blandamente algunas

nubes resplandecientes de blancura...

 

Allá más lejos, un ancho lago, dorado por los últimos rayos del sol. Sus

ondas, serenas y claras, teñidas del color azul del cielo mezclado con las

luces rojizas del atardecer, ofrecían a nuestros ojos maravillados el

espectáculo más poético y encantador que se pueda imaginar...

 

En lontananza, sobre el vasto horizonte, se divisaban las montañas cuyos

contornos imprecisos hubieran escapado a nuestra vista si sus cumbres

nevadas, que el sol volvía deslumbrantes, no hubiesen añadido un encanto

más al hermoso lago que nos fascinaba...

 

La contemplación de toda esa hermosura hacía nacer en mi alma

pensamientos muy profundos. Me parecía comprender ya en el tierra la

grandeza de Dios y las maravillas del cielo...

 

La vida religiosa se me aparecía tal cual es, con sus sujeciones y sus

pequeños sacrificios realizados en la sombra. Comprendía lo fácil que es

replegarse sobre uno mismo y olvidar el fin sublime de la propia vocación,

y pensaba: Más tarde, en la hora de la prueba, cuando, prisionera en el

Carmelo, no pueda contemplar más que una esquinita del cielo estrellado,

me acordaré de lo que estoy viendo hoy; y ese pensamiento me dará valor;

y al ver la grandeza y el poder de Dios -el único a quien quiero amar-,

olvidaré fácilmente mis pobres y mezquinos intereses. Ahora que «mi

corazón ha vislumbrado lo que Jesús tiene preparado para los que lo

aman», no tendré la desgracia de apegarme a unas pajas...

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Milán, Venecia, Bolonia, Loreto

 

Después de haber admirado el poder de Dios, pude también admirar el

que él ha concedido sus criaturas.


 

 

 

 

 

La primera ciudad de Italia que visitamos fue Milán. La catedral, toda de

mármol blanco, y con sus estatuas suficientemente numerosas como para

formar un pueblo innumerable, [58vº] la visitamos hasta en sus mas

pequeños detalles.

 

Celina y yo éramos intrépidas. Siempre íbamos las primeras y seguíamos

muy de cerca a Monseñor para ver todo lo referente a las reliquias de los

santos y escuchar bien las explicaciones. Por ejemplo, mientras él

celebraba el santo sacrificio sobre la tumba de san Carlos, nosotras

estábamos con papá detrás del altar, con la cabeza apoyada en la urna

que guarda el cuerpo del santo revestido de sus ornamentos pontificales. Y

así hacíamos en todas partes... Excepto cuando se trataba de subir

adonde la dignidad de un obispo no lo permitía, pues en tales casos

sabíamos muy bien separarnos de Su Excelencia...

 

Dejando a las tímidas señoras tapándose la cara con las manos después

de subir a los primeros campaniles que coronaban la catedral, nosotras

seguimos a los peregrinos más audaces y llegamos hasta lo alto del último

campanario de mármol, y tuvimos el placer de contemplar a nuestros pies

la ciudad de Milán, cuyos numerosos habitantes parecían un pequeño

hormiguero...

 

Bajamos de nuestro pedestal, y comenzamos nuestros paseos en coche,

que iban a durar un mes ¡y que iban a saciarme para siempre de mis

ganas de rodar sin nunca cansarme!

 

El camposanto nos gustó todavía más que la catedral. Todas aquellas

estatuas de mármol blanco, a las que el cincel del genio parece haber

insuflado vida, están colocadas por el enorme campo de los muertos con

una especie de estudiado descuido que, para mi gusto, aumenta aún más

su encanto... Uno casi se siente tentado de acercarse a consolar a

aquellos personajes idealizados que te rodean. Su expresión es tan real, y

su dolor tan sereno y resignado, que uno no puede por menos de

reconocer los pensamientos de inmortalidad que debían llenar el corazón

de los artistas que realizaron esas obras de arte

 

Hay una niña arrojando flores sobre la tumba de sus padres. Parece como

si el mármol hubiera perdido su pesadez y los delicados pétalos se

deslizaran entre los dedos de la niña; el viento parece dispersarlos, y

parece [59rº] también hacer flotar el velo ligero de las viudas y las cintas

con que las jóvenes adornan sus cabellos.


 

 

 

Papá estaba tan encantado como nosotras. En Suiza se había sentido

cansado; pero aquí recobró su jovialidad y disfrutó del hermoso

espectáculo que contemplábamos. Su alma de artista se reflejaba en las

expresiones de fe y de admiración que aparecían en su hermoso rostro.

 

Un señor ya mayor (francés), que no tenía, sin duda, un alma tan poética,

nos miraba con el rabillo del ojo y decía malhumorado, como con aire de

lamentar el no poder compartir nuestra admiración: «¡Pero qué entusiastas

son los franceses»! Creo que aquel pobre señor hubiera hecho mejor

quedándose en su casa, pues no me pareció que estuviera satisfecho del

viaje; con frecuencia se ponía a nuestro lado, y de su boca no salían mas

que quejas: estaba descontento de los coches, de los hoteles, de las

personas, de las ciudades, en suma, de todo... Papá, con su habitual

grandeza de alma, trataba de animarlo, le cedía su sitio, etc.; en definitiva,

se encontraba siempre a gusto en todas partes y era de un temperamento

diametralmente opuesto al de su desagradable vecino... ¡Cuántos y cuán

diferentes personajes encontramos! ¡Y qué interesante el estudio del

mundo cuando uno está a punto de abandonarlo...!

 

En Venecia la escena cambió por completo. Allí, en lugar de los ruidos de

las grandes ciudades, sólo se oyen, en medio del silencio, los gritos de los

gondoleros y el murmullo del agua agitada por los remos.

 

Venecia no carece de encantos, pero a mí me pareció una ciudad triste. El

palacio de los Duces es espléndido; pero resulta también triste, con sus

enormes salones en los que se hace una verdadera ostentación de oro, de

maderas, de los mármoles más preciosos y de los cuadros de los más

célebres maestros. Hace ya muchos años que sus bóvedas sonoras han

dejado de escuchar la voz de los gobernadores pronunciando sentencias

de vida o de muerte en aquellas salas que atravesábamos... Han dejado

de sufrir los desdichados prisioneros encerrados por los duces en los

calabozos y en las [59vº] mazmorras subterráneas...

 

Al visitar aquellas espantosas prisiones, me parecía estar viviendo en los

tiempos de los mártires, ¡y me habría gustado poder quedarme allí para

imitarlos...! Pero tuvimos que salir prontamente y pasar el puente de los

suspiros, así llamado a causa de los suspiros de alivio que daban los

condenados al verse libres del horror de los sótanos, a los que preferían la

muerte...

 

Desde Venecia nos dirigimos a Padua, donde veneramos la lengua de san

Antonio. Y de allí a Bolonia, donde vimos el cuerpo de santa Catalina, que

conserva la huella del beso del Niño Jesús.


 

 

 

Muchos son los detalles interesantes que podría dar sobre cada ciudad y

sobre las mil peripecias de nuestro viaje, pero sería para nunca acabar,

por lo que sólo voy a escribir los detalles más importantes.

 

Respiré al salir de Bolonia. Esa ciudad se me había hecho insoportable a

causa de los estudiantes que la llenaban y que formaban un auténtico

cerco a nuestro alrededor cuando teníamos la desgracia de salir a pie, y

sobre todo a causa de la pequeña aventura que me sucedió con uno de

ellos. Me alegré de emprender el camino hacia Loreto.

 

No me extraña que la Santísima Virgen haya elegido este lugar para

transportar a él su bendita casa. Allí la paz, la alegría y la pobreza reinan

como soberanas. Todo es sencillo y primitivo. Las mujeres han conservado

su vistoso traje italiano y no han adoptado, como en otras ciudades, la

moda de París. En una palabra, ¡Loreto me encantó!

 

¿Y qué puedo decir de la santa casa...? Me emocionó profundamente

encontrarme bajo el mismo techo que la Sagrada Familia, contemplar las

paredes en las que Jesús posó sus ojos divinos, pisar la tierra que José

regó con su sudor y donde María llevó en brazos a Jesús después de

haberlo llevado en su seno virginal... Visité la salita donde el ángel se

apareció a la Santísima Virgen... Metí mi rosario en la pequeña escudilla

del Niño Jesús... ¡Qué recuerdos tan maravillosos...!

 

[60rº] Pero nuestra mayor alegría fue recibir al mismo Jesús en su casa y

convertirnos en su templo vivo en el mismo lugar que él honró con su

presencia.

 

Es costumbre en Italia conservar el Santísimo, en las iglesias, sólo en un

altar, y solamente allí se puede recibir la sagrada comunión. Este altar se

encuentra en la misma basílica donde está la Santa Casa, encerrada como

un diamante precioso en un estuche de mármol blanco. Esto no nos gustó,

pues queríamos recibir la comunión, no en el estuche, sino en el mismo

diamante.

 

Papá, con su finura habitual, hizo como todo el mundo. Pero Celina y yo

fuimos a buscar a un sacerdote que nos acompañaba por todas partes, y

que en aquel preciso momento se disponía a celebrar la santa misa, por un

privilegio especial, en la Santa Casa. Pidió dos hostias pequeñas, que

puso en la patena con la hostia grande. Ya comprenderás, Madre querida,

cuál sería nuestra ilusión al recibir las dos juntas la sagrada comunión en

aquella casa bendita... Fue una alegría totalmente celestial que no se

puede expresar en palabras. ¿Qué será entonces cuando recibamos la

comunión en la morada celestial del rey de los cielos...? Allí ya no veremos


 

 

 

que se nos acaba la alegría, ni existirá ya la tristeza de la partida, y para

llevarnos un recuerdo no tendremos que rascar furtivamente las paredes

santificadas por la presencia divina, pues su casa será la nuestra por toda

la eternidad....

 

Dios no quiere darnos su casa de la tierra; se conforma con enseñárnosla

para hacernos amar la pobreza y la vida escondida. La que nos reserva es

su propio palacio de la gloria, donde ya no le veremos escondido bajo las

apariencia de un niño o de una blanca hostia, ¡¡¡sino tal cual es en el

esplendor de su gloria infinita...!!!

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El coliseo y las catacumbas

 

Ahora sólo me falta ya hablar de Roma. ¡De Roma, meta de [60vº] nuestro

viaje, donde yo esperaba encontrar el consuelo, pero donde encontré la

cruz...!

 

Llegamos a Roma de noche y dormidos. Nos despertaron los empleados

de la estación, que gritaban: «Roma, Roma». No era un sueño, ¡estaba en

Roma...!

 

El primer día lo pasamos extramuros, y fue quizás el más delicioso de

todos, pues todos los monumentos han conservado su sello de

antigüedad, mientras que en el centro de Roma, ante el fausto de los

hoteles y de las tiendas, uno tiene la impresión de estar en París.

 

Aquel paseo por la campiña romana me ha dejado un gratísimo recuerdo.

No hablaré de los lugares que visitamos, pues hay bastantes libros que los

describen por extenso, sino solamente de las principales emociones que

viví.

 

Una de las más dulces fue la que me hizo estremecerme a la vista del

Coliseo. Por fin, podía ver aquella arena en la que tantos mártires habían

derramado su sangre por Jesús, y ya me disponía a besar la tierra que

ellos habían santificado. ¡Pero qué decepción la mía! El centro no era más

que un montón de escombros que los peregrinos tenían que conformarse

con mirar, pues una valla les impedía entrar. Por otra parte, nadie sintió la

tentación de intentar meterse por en medio de aquellas ruinas...

 

¿Pero valía la pena haber venido a Roma y quedarse sin bajar al

Coliseo...? Aquello me parecía imposible. Ya no escuchaba las

explicaciones del guía, sólo un pensamiento me rondaba por la cabeza:

bajar a la arena...


 

 

 

 

 

Al ver pasar a un obrero con una escalera, estuve a punto de pedírsela.

Afortunadamente no puse en práctica mi idea, pues me habría tomado por

loca...

 

Se dice en el Evangelio que la Magdalena, perseverando junto al sepulcro

y agachándose insistentemente para mirar dentro, acabó por ver dos

ángeles. Yo, igual que ella, aun reconociendo la imposibilidad de ver

cumplidos mis deseos, [61rº] seguía agachándome hacia las ruinas,

adonde quería bajar.

 

Por fin, no vi ángeles, pero sí lo que buscaba. Lancé un grito de alegría y

le dije a Celina: «¡Ven corriendo, vamos a poder pasar...!»

 

Inmediatamente sorteamos la valla, hasta la que en aquel sitio llegaban los

escombros, y comenzamos a escalar las ruinas, que se hundían bajo

nuestros pies.

 

Papá nos miraba, completamente asombrado de nuestra audacia, y no

tardó en indicarnos que volviéramos. Pero las dos fugitivas ya no oían

nada. Lo mismo que los guerreros sienten aumentar su valor en medio del

peligro, así nuestra alegría iba en aumento en proporción al trabajo que

nos costaba alcanzar el objeto de nuestros deseos.

 

Celina, más previsora que yo, había escuchado al guía, y acordándose de

que éste acababa de señalar un pequeño adoquín marcado con una cruz

como el lugar en el que combatían los mártires, se puso a buscarlo. No

tardó en encontrarlo, y, arrodillándonos sobre aquella tierra sagrada,

nuestras almas se fundieron en una misma oración...

 

Al posar mis labios sobre el polvo purpurado por la sangre de los primeros

cristianos, me latía fuertemente el corazón. Pedí la gracia de morir también

mártir por Jesús, y sentí en el fondo del corazón que mi oración había sido

escuchada...

 

Todo esto sucedió en muy poco tiempo, y después de coger algunas

piedras, volvimos hacia los muros en ruinas para volver a comenzar

nuestra arriesgada empresa. Papá, al vernos tan contentas, no tuvo valor

para reñirnos, y me di cuenta de que estaba orgulloso de nuestra

valentía...

 

Dios nos protegió visiblemente, pues los peregrinos no se dieron cuenta de

nuestra empresa por estar algo más lejos que nosotros, ocupados sin duda

en contemplar las magníficas arcadas, de las que el guía estaba


 

 

 

resaltando «las pequeñas cornisas y los cupidos colocados sobre ellas». Y

así, ni él ni los «señores abates» se enteraron de la alegría que

embargaba nuestros corazones...

 

También las catacumbas me dejaron una gratísima impresión. Son [61vº]

tal como me las había imaginado leyendo su descripción en la vida de los

mártires. La atmósfera que allí se respira está tan llena de fragancia, que,

después de pasar en ellas buena parte de la tarde, me daba la impresión

de haber estado tan sólo unos instantes...

 

Teníamos que llevarnos algún recuerdo de las catacumbas. Así que,

dejando que se alejase un poco la procesión, Celina y Teresa se

deslizaron las dos juntas hasta el fondo del antiguo sepulcro de santa

Cecilia y cogieron un poco de la tierra santificada por su presencia.

 

Antes del viaje a Roma, yo no tenía especial devoción a esta santa. Pero

al visitar su casa, convertida en iglesia, y el lugar de su martirio, al saber

que había sido proclamada reina de la armonía, no por su hermosa voz ni

por su talento musical, sino en memoria del canto virginal que hizo oír a su

Esposo celestial escondido en el fondo de su corazón, sentí por ella algo

más que devoción: una auténtica ternura de amiga... Se convirtió en mi

santa predilecta, en mi confidente íntima... Todo en ella me fascina, sobre

todo su abandono y su confianza sin límites, que la hicieron capaz de

virginizar a unas almas que nunca habían deseado más alegrías que las

de la vida presente...

 

Santa Cecilia se parece a la esposa del Cantar de los Cantares. Veo en

ella «un coro en medio de un campo de batalla...» Su vida no fue más que

un canto melodioso, aun en medio de las mayores pruebas, y no me

extraña, pues «el santo Evangelio reposaba sobre su corazón» y en su

corazón reposaba el Esposo de las vírgenes...

 

También la visita a la iglesia de Santa Inés fue para mí muy dulce. Allí iba

a visitar en su casa a una amiga de la infancia. Le hablé largamente de la

que tan dignamente lleva su nombre, e hice todo lo posible por conseguir

una reliquia de la angelical patrona de mi Madre querida para traérsela.

[62rº] Pero no pudimos conseguir más que una piedrecita roja que se

desprendió de un rico mosaico cuyo origen se remonta a los tiempos de

santa Inés y que ella debió de mirar muchas veces. ¿No resulta

encantadora la amabilidad de la santa, al regalarnos ella misma lo que

buscábamos y que nos estaba prohibido tomar...? Siempre me ha parecido

aquello una delicadeza y una prueba del amor con que la dulce santa Inés

mira y protege a mi Madre querida...

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Audiencia con León XIII

 

Seis días pasamos visitando las principales maravillas de Roma, y el

séptimo vi la mayor de todas: «León XIII...»

 

Deseaba que llegase aquel día, y al mismo tiempo lo temía. De él

dependía mi vocación, pues la respuesta que debía recibir de Monseñor no

había llegado y había sabido, Madre querida, por una carta tuya, que ya no

estaba muy bien dispuesto en mi favor. Así que mi única tabla de salvación

era el permiso del Santo Padre...

 

Pero para obtenerlo, había que pedirlo. Tenía que atreverme a hablar «al

Papa» delante de todo el mundo. Y simplemente el pensarlo me hacía

temblar. Sólo Dios sabe, y mi querida Celina, lo que sufrí antes de la

audiencia. Nunca olvidaré cómo me acompañó ella en todas mis pruebas;

parecía como si mi vocación fuese la suya.

 

(Los sacerdotes de la peregrinación se dieron cuenta de cómo nos

queríamos. Una noche estábamos en una reunión tan numerosa, que

faltaban sillas; entonces Celina me sentó sobre sus rodillas y nos miramos

con tanto cariño, que un sacerdote exclamó: «¡Cómo se quieren! ¡Esas

dos hermanas serán siempre inseparables!» Sí, nos queríamos; pero

nuestro cariño era tan puro y tan fuerte, que el pensamiento de la

separación no nos inquietaba, pues sabíamos que nada en el mundo, ni

siquiera el océano, podría alejarnos una de otra... Celina veía tranquila

cómo mi [62vº] barquilla se iba acercando a la ribera del Carmelo y se

resignaba a quedarse en el mar tempestuoso del mundo todo el tiempo

que Dios quisiera, segura de que un día también ella llegaría a la ribera

objeto de nuestros deseos...)

 

El domingo 20 de noviembre, vestidas según la etiqueta del Vaticano (es

decir, de negro, y con mantilla de encaje por tocado) y adornadas con una

gran medalla de León XIII que colgaba de una cinta azul y blanca, hicimos

nuestra entrada en el Vaticano, en la capilla del Sumo Pontífice.

 

A las 8, nuestra emoción fue muy profunda al verle entrar para celebrar la

santa Misa... Tras bendecir a los numerosos peregrinos congregados a su

alrededor, subió las gradas del altar y nos demostró con su piedad, digna

del Vicario de Jesús, que era verdaderamente «el Santo Padre». Cuando

Jesús bajó a las manos de su Pontífice, mi corazón latió con fuerza y mi

oración se hizo ardiente. Sin embargo, la confianza llenaba mi corazón. El

Evangelio de ese día contenía estas palabras: «No temas, pequeño

rebaño, porque mi Padre ha tenido a bien daros su reino».


 

 

 

 

 

No, no temía. Esperaba que muy pronto sería mío el reino del Carmelo. No

pensaba entonces en aquellas otras palabras de Jesús: «Yo os transmito

el reino como me lo transmitió mi Padre a mí». Es decir, te reservo cruces

y tribulaciones; así te harás digna de poseer ese reino por el que suspiras.

Si fue necesario que Cristo sufriera, para entrar así en su gloria, si tú

quieres tener un sitio a su lado, ¡tendrás que beber el cáliz que él mismo

bebió...! Ese cáliz me lo presentó el Santo Padre, y mis lágrimas fueron a

mezclarse con la amarga bebida que se me ofrecía.

 

Después de la misa de acción de gracias que siguió a la de Su Santidad,

comenzó la audiencia.

 

León XIII estaba sentado en un gran sillón. Vestía simplemente [63rº] una

sotana blanca y una muceta del mismo color, y en la cabeza no llevaba

más que un pequeño solideo. A su lado estaban, de pie, varios cardenales,

arzobispos y obispos, pero yo sólo los vi globalmente, pues mi atención

estaba centrada en el Santo Padre.

 

Ibamos desfilando procesionalmente ante él. Cada peregrino, cuando le

llegaba su turno, se arrodillaba, besaba el pie y la mano de León XIII,

recibía su bendición y dos guardias nobles le tocaban, por ceremonia,

indicándole así que debía levantarse (al peregrino, pues me explico tan

mal, que podría entenderse que era al Papa).

 

Antes de entrar en el salón pontificio, yo estaba completamente decidida a

hablar; pero sentí que mi valor flaqueaba cuando vi a la derecha del Santo

Padre ¡al «Señor Révérony...! Casi en aquel mismo instante nos dijeron de

su parte que prohibía hablar a León XIII, pues la audiencia se estaba

prolongando demasiado...

 

Yo me volví hacia mi Celina querida para conocer su opinión. «¡Habla!»,

me dijo. Un momento después estaba yo a los pies del Santo Padre.

Después de besarle la sandalia, me presentó la mano; pero en lugar de

besársela, junté las mías y elevando hacia su rostro mis ojos bañados en

lágrimas, exclamé:

 

«¡Santísimo Padre, tengo que pediros una gracia muy grande...!»

 

Entonces el Sumo Pontífice inclinó hacia mí su cabeza, de manera que mi

rostro casi tocaba el suyo, y vi sus ojos negros y profundos que se fijaban

en mí y parecían querer penetrarme hasta el fondo del alma.


 

 

 

«¡Santísimo Padre, en honor de vuestras bodas de oro, permitidme entrar

en el Carmelo a los 15 años...!»

 

Sin duda, la emoción hacía temblar mi voz. Por lo que el Santo Padre,

volviéndose hacia el Sr. Révérony, que me miraba asombrado y

disgustado, le dijo:

 

«No comprendo bien».

 

Si Dios lo hubiera permitido, le habría sido fácil al Sr. Révérony

alcanzarme lo que deseaba, pero Dios quería darme cruz, y no consuelo.

 

«Santísimo Padre (respondió el Vicario General), se trata de una niña que

desea entrar en el Carmelo a los 15 años; pero los superiores están en

estos momentos estudiando la cuestión».

 

«Bueno, hija mía, respondió el Santo Padre mirándome bondadosamente,

haz lo que te digan los superiores»:

 

Entonces, apoyando mis manos [63vº] en sus rodillas, hice un último

intento y le dije con voz suplicante:

 

«¡Sí, Santísimo Padre! Pero si usted dijese que sí, todo el mundo estaría

de acuerdo».

 

Me miró fijamente y pronunció estas palabras, recalcando cada sílaba:

 

«Vamos... vamos... Entrarás si Dios lo quiere...» (Y su acento tenía un no

sé qué de tan penetrante y convincente, que aún me parece estar

oyéndole).

 

Animada por la bondad del Santo Padre, quise seguir hablando, pero los

dos guardias nobles me tocaron cortésmente, para que me levantase; y

viendo que con eso no bastaba, me cogieron por los brazos y el Sr.

Révérony les ayudó a levantarme, pues seguía con las manos juntas

apoyadas en las rodillas del Santo Padre, y tuvieron que arrancarme de

sus pies a viva fuerza...

 

Mientras me quitaban de en medio de esa manera, el Santo Padre acercó

su mano a mis labios y después la levantó para bendecirme. Entonces los

ojos se me llenaron de lágrimas, y el Sr. Révérony pudo contemplar al

menos tantos diamantes como había visto en Bayeux...


 

 

 

Los dos guardias nobles me llevaron en volandas, por así decirlo, hasta la

puerta, donde un tercero me dio un medalla de León XIII.

 

Celina, que iba detrás de mí, acababa de ser testigo de la escena que

acababa de ocurrir. Casi tan emocionada como yo, tuvo no obstante valor

para pedir al Santo Padre una bendición para el Carmelo. El Sr. Révérony,

con voz, malhumorada, respondió:

 

«El Carmelo ya está bendecido».

 

Y el Santo Padre contestó con ternura:

 

«Sí, sí, ¡ya está bendecido!»

 

Papá se había acercado a los pies de León XIII antes que nosotras (con

los caballeros). El Sr. Révérony había estado con él encantador,

presentándolo como el padre de dos carmelitas. El Santo Padre, como

muestra de especial benevolencia, posó su mano sobre la cabeza

venerable de mi querido rey, como marcándole con un sello misterioso en

nombre de Aquel de quien era verdadero representante...

 

Ahora que este padre de cuatro carmelitas está en el cielo, ya no es la

mano del Pontífice la que reposa sobre su frente, [64rº] profetizándole el

martirio... Es la mano del Esposo de las Vírgenes, la del Rey de la gloria, la

que hace resplandecer la cabeza de su fiel servidor. ¡Y ya nunca esa mano

adorada dejará de apoyarse en la frente que ella misma ha glorificado...!

 

Mi papá querido se llevó un disgusto muy grande cuando, al salir de la

audiencia, me encontró deshecha en lágrimas, e hizo todo lo posible por

consolarme; pero en vano...

 

En el fondo del corazón yo sentía una gran paz, puesto que había hecho

absolutamente todo lo que estaba en mis manos para responder a lo que

Dios pedía de mí. Pero esa paz estaba en el fondo, mientras la amargura

inundaba mi alma, pues Jesús callaba. Parecía estar ausente, nada me

revelaba su presencia... Tampoco aquel día el sol se atrevió a brillar, y el

hermoso cielo de Italia, cargado de oscuros nubarrones, no cesó de llorar

conmigo...

 

Todo había terminado. El viaje no tenía ya el menor atractivo para mí, pues

su objetivo había fracasado

 

Sin embargo, las últimas palabras del Santo Padre deberían haberme

consolado: ¿no eran, en realidad, una verdadera profecía? A pesar de


 

 

 

todos los obstáculos, se realizó lo que Dios quiso. No permitió a las

criaturas hacer lo que ellas querían, sino lo que quería él...

 

Desde hacía algún tiempo, me había ofrecido al Niño Jesús para ser su

juguetito. Le había dicho que no me tratase como a uno de esos juguetes

caros que los niños se contentan con mirar sin atreverse a tocarlos, sino

como a una pelotita sin valor que pudiera tirar al suelo, o golpear con el

pie, o agujerear, o dejarla en un rincón, o bien, si le apetecía, estrecharla

contra su corazón. En una palabra, quería divertir al Niño Jesús, agradarle,

entregarme a sus caprichos infantiles... Y él había escuchado mi oración...

 

En Roma Jesús agujereó su juguetito. Quería ver lo que había dentro. Y

luego, una vez que lo vio, satisfecho de su descubrimiento, dejó caer su

[64vº] pelotita y se quedó dormido...

 

¿Y qué hizo mientras dormía dulcemente, y qué fue de la pelotita

abandonada...? Jesús soñó que seguía divirtiéndose con su juguete,

tirándolo y cogiéndolo una y otra vez; y luego, que, después de haberlo

echado a rodar muy lejos, lo estrechaba contra su corazón sin dejarlo

alejarse ya nunca más de su manita...

 

Imagínate, Madre querida, lo triste que se sentiría la pelotita al verse tirada

por el suelo... Sin embargo, no dejé de esperar contra toda esperanza.

 

Unos días después de la audiencia con el Santo Padre, papá fue a visitar

al hermano Simeón, y encontró allí al Sr. Révérony, que se mostró muy

amable. Papá le reprochó jovialmente que no me hubiese ayudado en mi

difícil empresa, y luego le contó la historia de su reina al hermano Simeón.

El venerable anciano escuchó su relato con gran interés, tomó incluso

algunas notas y dijo emocionado: «¡Estas cosas no se ven en Italia!»

 

Creo que aquella entrevista causó muy buena impresión al Sr. Révérony,

que a partir de entonces no dejó de darme muestras de que por fin estaba

convencido de mi vocación.

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Nápoles, Asís, regreso a Francia

 

Al día siguiente de la memorable jornada, tuvimos que salir de madrugada

para Nápoles y Pompeya. El Vesubio, en nuestro honor, no dejó de meter

ruido en todo el día, dejando escapar entre sus cañonazos una espesa

columna de humo. Las huellas que ha dejado en las ruinas de Pompeya

son horribles y muestran el poder de Dios, que «mira a la tierra y la hace

temblar, toca los montes y humean...»


 

 

 

 

 

Me hubiera gustado pasearme sola por entre las ruinas y meditar en la

fragilidad de las realidades humanas, pero la cantidad de viajeros quitaba

a la ciudad destruida buena parte de su melancólico encanto...

 

En Nápoles fue todo lo contrario. La gran cantidad de coches de dos

caballos hizo que resultara espléndido nuestro paseo al monasterio de San

Martín, situado en la cima de [65rº] una alta colina que dominaba toda la

ciudad. Lamentablemente, los caballos que nos conducían se desbocaban

a cada paso, y más de una vez creí llagada mi última hora. Por más que el

cochero repetía continuamente la palabra mágica de los conductores

italianos: «Appipó, appipó...», los pobres caballos estaban empeñados en

volcar el coche. Por fin, gracias a la protección de nuestros ángeles de la

guarda, llegamos a nuestro magnífico hotel.

 

A lo largo de todo nuestro viaje nos alojamos en hoteles principescos.

Nunca antes me había visto rodeada de tanto lujo. Y aquí sí que cabe decir

que la riqueza no hace la felicidad, pues yo me habría sentido mucho más

feliz bajo un techo de paja con la esperanza del Carmelo, que entre

artesonados de oro, escaleras de mármol blanco y tapices de seda, con

amargura en el corazón...

 

Comprendí bien que la alegría no se halla en las cosas que nos rodean,

sino en lo más íntimo de nuestra alma; se la puede poseer lo mismo en

una prisión que en un palacio. La prueba está en que yo soy más feliz en

el Carmelo, aun en medio de mis sufrimientos interiores y exteriores, que

entonces en el mundo, rodeada de las comodidades de la vida y sobre

todo de la ternura del hogar paterno...

 

Llevaba el alma sumida en la tristeza. Sin embargo, exteriormente era la

misma, pues creía que nadie conocía la petición que había hecho al Santo

Padre. Pronto me convencí de lo contrario. Habiéndome quedado sola con

Celina en el vagón (los demás peregrinos habían bajado a la cantina de la

estación, aprovechando unos pocos minutos de parada), vi que el Sr.

Legoux, Vicario General de Coutances, abría la puerta y mirándome me

decía sonriendo: «¿Cómo está nuestra pequeña carmelita...?» Entonces

comprendí que toda la peregrinación conocía mi secreto. Gracias a Dios,

nadie me habló sobre ello, pero, por la simpatía con que me miraban, me

di cuenta de que mi petición no les había producido mala [65vº] impresión,

sino todo lo contrario...

 

En la pequeña ciudad de Asís tuve ocasión de subir al coche del Sr.

Révérony, un honor que no le fue concedido a ninguna dama durante todo

el viaje. Te cuento cómo conseguí ese privilegio.


 

 

 

 

 

Después de visitar los lugares impregnados por el aroma de las virtudes de

san Francisco y santa Clara, terminamos en el monasterio de Santa Inés,

hermana de santa Clara.

 

Yo había estado contemplando a mis anchas la cabeza de la santa y

cuando me retiraba, una de las últimas, me di cuenta de que había perdido

el cinturón. Lo busqué en medio de la muchedumbre. Un sacerdote se

compadeció de mí y me ayudó; pero después de habérmelo encontrado, le

vi alejarse, y yo me quedé sola buscando, pues aunque tenía el cinturón

no me lo podía poner, pues faltaba la hebilla... Por fin, la vi brillar en un

rincón. Cogerla y ajustarla al cinturón no me llevó mucho tiempo, pero todo

el trabajo anterior sí que me lo había llevado. Así que me quedé de una

pieza al ver que estaba sola al salir de la iglesia. Todos los coches, y eran

muchos, habían desaparecido, excepto el del Sr. Révérony. ¿Qué decisión

tomar? ¿Echarme a correr detrás de los coches, que ya no se veían,

exponiéndome a perder el tren, con la consiguiente preocupación de mi

querido papá, o bien pedir un sitio en la calesa del Sr. Révérony...?

 

Me decidí por esta última solución. Con la mayor amabilidad y lo menos

apurada que pude, a pesar de mi apuro, le expuse mi crítica situación y lo

puse a él mismo en un apuro, pues su coche iba lleno de los más

distinguidos caballeros de la peregrinación. Imposible encontrar una plaza

libre. Pero un caballero muy galante se apresuró a bajar, me hizo ocupar

su asiento, y se puso él modestamente al lado del cochero. Parecía una

ardilla atrapada en un cepo, y estaba muy lejos de encontrarme a gusto,

rodeada de todos aquellos personajes ilustres, y sobre todo del más

temible de todos ellos, frente al cual iba sentada... Sin embargo, estuvo

muy [66rº] amable conmigo, interrumpiendo de vez en cuando su

conversación con los caballeros para hablarme del Carmelo.

 

Antes de llegar a la estación, todos aquellos grandes personajes sacaron

sus grandes monederos para dar una propina al cochero (que ya estaba

pagado). Yo hice lo mismo, y saqué mi diminuto monedero, pero el Sr.

Révérony no me permitió sacar mis preciosas moneditas y prefirió dar él

una grande de las suyas por los dos.

 

En otra ocasión volví a encontrarme a su lado en el ómnibus. Estuvo más

amable todavía, y me prometió hacer todo lo que pudiera para que entrase

en el Carmelo...

 

Aunque estos breves encuentros pusieron un poco de bálsamo en mis

llagas, no pudieron evitar que el regreso fuese mucho menos placentero

que la ida, pues ya no tenía la esperanza «del Santo Padre». No


 

 

 

encontraba ayuda alguna en la tierra, que me parecía un desierto agostado

y sin agua. Sólo en Dios tenía puesta toda mi esperanza... Acababa de

conocer por experiencia que vale más recurrir a él que a sus santos...

 

La tristeza de mi alma no fue obstáculo para que pusiese un gran interés

en los santos lugares que visitábamos.

 

En Florencia tuve la dicha de contemplar a santa María Magdalena de

Pazzis, colocada en medio del coro de las carmelitas, que nos abrieron la

reja. Como no sabíamos que íbamos a disfrutar de tal privilegio, y muchas

personas deseaban hacer tocar sus rosarios en el sepulcro de la santa, no

había nadie más que yo que pudiese pasar la mano por entre la reja que

nos separaba de él. Por eso, todos me traían sus rosarios, y yo me sentía

muy orgullosa de mi oficio...

 

 

 

Siempre tenía que encontrar la forma de tocarlo todo. Así, en la iglesia de

la Santa Cruz de Jerusalén (en Roma) pudimos venerar varios fragmentos

de la verdadera Cruz, dos espinas y uno de los sagrados clavos,

encerrado en un magnífico relicario de oro labrado, pero sin cristal, por lo

que, al venerar la sagrada reliquia, encontré la forma de pasar mi dedito

por una [66vº] de las aberturas del relicario y pude tocar el clavo que bañó

la sangre de Jesús...

 

La verdad es que era demasiado atrevida... Por suerte, Dios, que conoce

el fondo de los corazones, sabe que mi intención era pura y que por nada

del mundo hubiera querido desagradarle. Me portaba con él como un niño

que piensa que todo le está permitido y mira como suyos los tesoros de su

padre.

 

Todavía hoy sigo sin comprender por qué en Italia se excomulga tan

fácilmente a las mujeres. A cada paso nos decían: «¡No entréis aquí... No

entréis allá, que quedaréis excomulgadas...!» ¡Pobres mujeres! ¡Qué

despreciadas son...! Sin embargo, ellas aman a Dios en número mucho

mayor que los hombres, y durante la pasión de Nuestro Señor las mujeres

tuvieron más valor que los apóstoles, pues desafiaron los insultos de los

soldados y se atrevieron en enjugar la Faz adorable de Jesús...

Seguramente por eso él permite que el desprecio sea su lote en la tierra,

ya que lo escogió también para sí mismo... En el cielo demostrará

claramente que sus pensamientos no son los de los hombres, pues

entonces los últimos serán los primeros...

 

Más de una vez, durante el viaje, no tuve la paciencia de esperar al cielo

para ser la primera... Un día en que visitábamos un convento de Padres


 

 

 

carmelitas, no me conformé con seguir a los peregrinos por las galerías

exteriores y me metí por los claustro interiores... De pronto vi a un anciano

carmelita que desde lejos me hacía señas de que me alejase; pero yo, en

vez de marcharme, me acerqué a él y, señalándole los cuadros del

claustro, le di a entender por señas que eran bonitos. El se dio cuenta, por

mis cabellos que caían sobre la espalda y por mi aspecto juvenil, que era

una niña, me sonrió con bondad y se alejó, al ver que no tenía delante de

él a una enemiga. Si hubiese podido hablarle en italiano, le habría dicho

que era un futura carmelita; pero por culpa de los constructores de la torre

de Babel, no pude hacerlo.

 

Después de visitar también Pisa y Génova, volvimos a Francia.

 

En el trayecto, [67rº] el panorama era magnífico. A veces bordeábamos el

mar, y la vía del tren pasaba tan cerca de él, que me parecía que las olas

iban a llegar hasta nosotros (aquel espectáculo fue debido a una

tempestad, y era de noche, lo que hacía que la escena fuese aún más

impresionante). Otras veces atravesábamos llanuras cubiertas de naranjos

con su fruta ya madura, o de verdes olivos de escaso follaje, o de esbeltas

palmeras... A la caída de la tarde, veíamos los numerosos puertecitos de

mar iluminarse con multitud de luces, mientras en el cielo empezaban a

brillar las primeras estrellas...

 

Y a la vista de todas aquellas cosas, que yo miraba por primera y por

última vez en mi vida, ¡mi alma se llenaba de poesía...!

 

Pero las veía desvanecerse sin la menor pena. Mi corazón aspiraba a

otras maravillas. Había contemplado ya bastante las bellezas de la tierra, y

sólo las del cielo eran ya el objeto de sus deseos. Y para ofrecérselas a las

almas, ¡quería convertirme en prisionera ...!

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Tres meses de espera

 

Mas antes de ver abrirse ante mí las puertas de la bendita prisión por la

que suspiraba, tenía aún que luchar y que sufrir. Lo presentía al volver a

Francia. Sin embargo, mi confianza era tan grande, que no perdí la

esperanza de que me permitieran entrar en el Carmelo el 25 de

diciembre...

 

Apenas llegamos a Lisieux, nuestra primera visita fue para el Carmelo.

¡Qué encuentro aquél...! ¡Teníamos tantas cosas que decirnos después de

un mes de separación, mes que me pareció larguísimo y en el que aprendí

más que en muchos años...!


 

 

 

 

 

¡Qué dulce fue para mí, Madre querida, volverte a ver y abrirte mi pobre

alma herida! ¡A ti, que sabías comprenderme tan bien; a ti, a quien bastaba

una palabra o una mirada para adivinarlo todo!

 

Me abandoné con entera confianza. Había hecho todo lo que dependía de

mí, todo, hasta hablarle al Santo Padre; por lo que ya no sabía qué más

tenía que hacer. Tú me dijiste que escribiese a Monseñor, recordándole su

promesa. Lo hice enseguida lo mejor que supe, pero en unos términos que

a nuestro tío le parecieron demasiado [67vº] ingenuos. El rehizo la carta.

Cuando yo iba a echarla al correo, recibí una tuya, diciéndome que no

escribiese, que esperase unos días más. Obedecí enseguida, pues estaba

segura de que ésa era la mejor forma de no equivocarme.

 

Por fin, diez días antes de Navidad, ¡salió mi carta! Plenamente

convencida de que la respuesta no se haría esperar, todas las mañanas

iba a correos con papá después de misa, pensando encontrar allí el

permiso para echarme a volar; pero cada mañana me traía una nueva

decepción, que sin embargo no hacía vacilar mi fe...

 

Pedía a Jesús que rompiese mis ataduras. Y las rompió, pero de una

forma totalmente diferente a como yo esperaba... Llegó la fiesta de

Navidad, y Jesús no despertó... Dejó en el suelo a su pelotita, sin echarle

siquiera una mirada...

 

Al ir a la Misa de Gallo llevaba roto el corazón. ¡Tenía tantas esperanzas

de asistir a ella tras las rejas del Carmelo...!

 

Esta prueba fue muy dura para mi fe. Pero Aquel cuyo corazón vela

mientras él duerme me hizo comprender que él obra auténticos milagros y

cambia la montañas de lugar en favor de quienes tienen una fe como un

grano de mostaza, pero que con sus íntimos, con su Madre, él no hace

milagros hasta haber probado su fe. ¿No dejó morir a Lázaro, a pesar de

que Marta y María le habían hecho saber que estaba enfermo...? Y en las

bodas de Caná, cuando la Virgen le pidió que ayudara a los anfitriones,

¿no le contestó que todavía no había llegado su hora...? Pero después de

la prueba, ¡qué recompensa! ¡El agua se convierte en vino...! ¡Lázaro

resucita...!

 

Así actuó Jesús con su Teresita: después de haberla probado durante

mucho tiempo, colmó todos los deseos de su corazón...

 

Por la tarde de aquel radiante día de fiesta, que yo pasé llorando, fui a

visitar a las carmelitas. Me llevé una gran sorpresa cuando, al abrir la [68rº]


 

 

 

reja, vi un precioso Niño Jesús que tenía en la mano una pelota en la que

estaba escrito mi nombre. Las carmelitas, en lugar de Jesús, que era

demasiado pequeño todavía para hablar, me cantaron una canción

compuesta por mi Madre querida. Cada una de sus palabras derramaba en

mi alma un dulce consuelo. Jamás olvidaré aquella delicadeza del corazón

maternal que siempre me colmó de los más exquisitos detalles de

ternura...

 

Después de dar las gracias derramando dulces lágrimas, les conté la

sorpresa que me había dado mi querida Celina al volver de la Misa de

Gallo. En mi habitación, en medio de una preciosa jofaina, había

encontrado un barquito que llevaba al Niño Jesús dormido con una pelotita

a su lado. En la blanca vela Celina había escrito estas palabras: «Duermo,

pero mi corazón vela», y en el barco esta sola palabra: «¡Abandono!»

 

¡Ay!, si Jesús no hablaba todavía a su pequeña prometida, si sus ojos

divinos seguían cerrados, por lo menos se revelaba a ella por medio de

otras almas que comprendían todas las delicadezas y todo el amor de su

corazón...

 

El primer día del año 1888, Jesús me hizo una vez más el regalo de su

cruz. Pero esta vez la llevé yo sola, pues fue tanto más dolorosa cuanto

menos la comprendía... Una carta de Paulina me comunicaba que la

respuesta de Monseñor había llegado el 28, fiesta de los Santos Inocentes,

pero que no me lo había hecho saber porque se había decidido que mi

entrada no tuviera lugar hasta después de la cuaresma. Al pensar en una

espera tan larga, no pude contener las lágrimas.

 

Esta prueba tuvo para mí un carácter muy particular. Veía mis ataduras

rotas por parte del mundo, pero ahora era el arca santa la que negaba la

entrada a la pobre palomita...

 

Convengo en que debí parecer poco razonable al no aceptar gozosa esos

tres meses de destierro. Pero creo también que esta prueba, aunque no lo

pareciese, fue muy grande y me ayudó a crecer mucho en el abandono y

en las demás virtudes.

 

[68vº] ¿Cómo transcurrieron estos tres meses tan ricos en gracias para mi

alma...?

 

Al principio me vino a la cabeza la idea de no molestarme en llevar una

vida tan ordenada como solía. Pero pronto comprendí el valor de aquel

tiempo que se me concedía, y decidí entregarme con más intensidad que

nunca a una vida seria y mortificada.


 
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