Parte 11
Yo, sin pensarlo demasiado, le dije que podía muy bien intentarlo, pero
que antes tenía que pedir permiso a nuestra madre.
Como la cuaresma estaba todavía lejos de tocar a su fin, usted, Madre
querida, se quedó muy sorprendida de semejante petición, que le parecía
demasiado prematura. Y, ciertamente inspirada por Dios, le contestó que
las carmelitas no [25rº] tienen que salvar las almas con cartas, sino con la
oración.
Al conocer su decisión, vi enseguida que era la de Jesús, y le dije a sor
María de la Trinidad: «Pongamos manos a la obra, recemos mucho. ¡Qué
alegría si al final de la cuaresma hubiésemos sido escuchadas...!»
Y ¡oh, misericordia infinita del Señor, que se digna escuchar la oración de
sus hijos...!, al final de la cuaresma, una nueva alma se consagraba a
Jesús. Fue un verdadero milagro de la gracia, ¡un milagro alcanzado por el
fervor de una humilde novicia!
¡Qué grande es, pues el poder de la oración! Se diría que es como una
reina que en todo momento tiene acceso libre al rey y que puede alcanzar
todo lo que pide.
Para ser escuchadas, no hace falta leer en un libro una hermosa fórmula
compuesta para esa ocasión. Si fuese así..., ¡qué digna de lástima sería
yo...! Fuera del Oficio divino, que tan indigna soy de recitar, no me siento
con fuerzas para sujetarme a buscar en los libros hermosas oraciones; me
produce dolor de cabeza, ¡hay tantas..., y cada cual más hermosa...! No
podría rezarlas todas, y, al no saber cuál escoger, hago como los niños
que no saben leer: le digo a Dios simplemente lo que quiero decirle, sin
componer frases hermosas, y él siempre me entiende...
Para mí, la oración es un impulso del corazón, una simple mirada lanzada
hacia el cielo, un grito de gratitud y de amor, tanto en medio del sufrimiento
como en medio de la alegría. En una palabra, es algo [25vº] grande, algo
sobrenatural que me dilata el alma y me une a Jesús.
No quisiera, sin embargo, Madre querida, que pensara que rezo sin
devoción las oraciones comunitarias en el coro o en las ermitas. Al
contrario, soy muy amiga de las oraciones comunitarias, pues Jesús nos
prometió estar en medio de los que se reúnen en su nombre; siento
entonces que el fervor de mis hermanas suple al mío.
Pero rezar yo sola el rosario (me da vergüenza decirlo) me cuesta más que
ponerme un instrumento de penitencia... ¡Sé que lo rezo tan mal! Por más
que me esfuerzo por meditar los misterios del rosario, no consigo fijar la
atención... Durante mucho tiempo viví desconsolada por esta falta de
atención, que me extrañaba, pues amo tanto a la Santísima Virgen, que
debería resultarme fácil rezar en su honor unas oraciones que tanto le
agradan. Ahora me entristezco ya menos, pues pienso que, como la Reina
de los cielos es mi Madre, ve mi buena voluntad y se conforma con ella.
A veces, cuando mi espíritu está tan seco que me es imposible sacar un
solo pensamiento para unirme a Dios, rezo muy despacio un
«Padrenuestro», y luego la salutación angélica. Entonces, esas oraciones
me encantan y alimentan mi alma mucho más que si las rezase
precipitadamente un centenar de veces...
La Santísima Virgen me demuestra que no está disgustada [26rº] conmigo.
Nunca deja de protegerme en cuanto la invoco. Si me sobreviene una
inquietud o me encuentro en un aprieto, me vuelvo rápidamente hacia ella,
y siempre se hace cargo de mis intereses como la más tierna de las
madres. ¡Cuántas veces, hablando a las novicias, me ha ocurrido invocarla
y sentir los beneficios de su protección maternal...
Con frecuencia me dicen las novicias: «Tú tienes respuesta para todo.
Creía que esta vez iba a ponerte en un apuro... ¿De dónde sacas lo que
nos dices?» Hay incluso algunas tan cándidas, que creen que leo en sus
almas porque me ha sucedido anticiparme a decirles lo que pensaban.
Una noche, una de mis compañeras había decidido ocultarme una pena
que la hacía sufrir mucho. La encuentro por la mañana, me habla con cara
sonriente, y yo, sin contestar a lo que me decía, le digo muy segura: Tú
tienes una pena. Creo que si hubiese hecho caer la luna a sus pies, no me
habría mirado con mayor asombro. Su estupor era tan grande, que se me
contagió también a mí: por un instante, se apoderó de mí una especie de
pavor sobrenatural. Estaba segura de no poseer el don de leer en las
almas, y por eso me sorprendía más haber dado tan en el clavo. Sentí que
Dios estaba allí muy cerca y que, sin darme cuenta, había dicho, como un
niño, palabras que no provenían de mí sino de él.
Madre querida, usted sabe muy bien que a las novicias todo les está
permitido. [26vº] Tienen que poder decir lo que piensan con total libertad,
lo bueno y lo malo. Conmigo esto les resulta más fácil, pues a mí no me
deben el respeto que se tiene a una maestra de novicias.
No puedo decir que Jesús me lleve externamente por el camino de las
humillaciones. Se conforma con humillarme en lo hondo del alma. A los
ojos de las criaturas todo me sale bien, sigo el camino de los honores, en
cuanto es posible en la vida religiosa. Comprendo que si tengo que
marchar por este camino que parece tan peligroso, no es por mí, sino por
las demás. En efecto, si pasase por ser una religiosa llena de defectos,
inepta, poco inteligente y alocada, usted, Madre, no podría dejarse ayudar
por mí. Por eso Dios ha echado un velo sobre todos mis defectos,
exteriores e interiores.
A veces ese velo me vale algunos cumplidos por parte de las novicias. Yo
sé que no me los hacen por adularme, sino que son una expresión de sus
sentimientos inocentes. Y la verdad es que no me producen la menor
vanidad, pues traigo siempre presente en la memoria el recuerdo de lo que
soy.
No obstante, a veces siento un gran deseo de escuchar algo que no sean
alabanzas. Usted, Madre querida, sabe que prefiero la vinagreta al azúcar.
También mi alma se cansa de los alimentos demasiado azucarados, y
entonces Jesús permite que le sirvan una buena ensaladita, [27rº] con
mucha vinagre y muchas especias, y en la que nada falta excepto el
aceite, lo cual le da un nuevo sabor...
Esta buena ensaladita me la sirven las novicias cuando menos lo espero.
Dios levanta el velo que oculta mis imperfecciones, y entonces mis
queridas hermanitas, al verme tal cual soy, ya no me encuentran
totalmente de su agrado. Con una sencillez que me encanta, me cuentan
todas las luchas que les produzco y lo que no les gusta de mí. En una
palabra, no se muerden más la lengua que si se tratara de cualquier otra y
no de mí, sabiendo que me producen un gran placer actuando así.
Y verdaderamente es más que un placer, es un festín delicioso que me
llena el alma de alegría. No puedo explicarme cómo algo que desagrada
tanto a la naturaleza puede producir tanta felicidad; si no lo hubiese
experimentado, no podría creerlo...
Un día en que deseaba particularmente ser humillada, una novicia se
encargó de colmar tan bien mis deseos, que me acordé de Semeí
maldiciendo a David, y pensé: Sí, es el Señor quien le ordena decirme todo
eso... Y mi alma saboreaba con verdadero deleite la amarga comida que le
servían en tanta abundancia.
Así es como Dios cuida de mí. No siempre puede darme el pan
reconfortante de la humillación exterior; pero de vez en cuando me permite
alimentarme de las migajas que caen de la mesa de los hijos. ¡Qué grande
es su misericordia! Sólo podré [27vº] cantarla en el cielo.
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Madre querida, ya que trato de empezar a cantar con usted aquí en la
tierra esa misericordia infinita, debo contarle otra gran ganancia que saqué
de la misión que usted me confió.
Antes, cuando una hermana hacía algo que no me gustaba y que me
parecía contrario a la ley, pensaba: ¡qué tranquila me quedaría si pudiese
decirle lo que pienso, hacerle ver que está actuando mal! Desde que
vengo ejercitando un poco ese oficio, le aseguro, Madre, que he cambiado
por completo de parecer. Cuando me acontece ver que una hermana hace
algo que me parece imperfecto, lanzo un suspiro de alivio y me digo a mí
misma: ¡Qué suerte!, no es una novicia, no estoy obligada a reprenderla. Y
luego, trato enseguida de disculpar a la hermana y de atribuirle unas
buenas intenciones, que seguramente tiene.
Madre querida, desde que estoy enferma, los cuidados que usted me
prodiga me han enseñado también mucho sobre la caridad. Ningún
remedio le parece demasiado caro; y si no da resultado, prueba con otro
sin cansarse.
Cuando yo iba todavía a la recreación, ¡cómo se preocupaba porque
estuviera en un buen lugar, al abrigo de las corrientes de aire! En una
palabra, si quisiera contarlo todo, no acabaría nunca.
Pensando en todo esto, me dije a mí misma que yo debía ser tan
compasiva con las enfermedades espirituales de mis hermanas como
usted, Madre querida, lo es cuidándome con tanto amor.
He observado (y es muy natural) que las hermanas más santas son
también las [28rº] más queridas. Se busca su conversación, se les hacen
favores sin que los pidan. En una palabra, estas almas, tan capaces de
soportar faltas de consideración o de delicadeza, se ven rodeadas del
afecto de todas. A ellas puede aplicarse esta frase de nuestro Padre san
Juan de la Cruz: «Cuando con propio amor no lo quise, dióseme todo sin ir
tras ello».
Por el contrario, a las almas imperfectas no se las busca; se las trata,
ciertamente, conforme a las reglas de la educación religiosa; pero, por
miedo a decirles alguna palabra menos delicada, se evita su compañía.
Al decir almas imperfectas, no me refiero solamente a las imperfecciones
espirituales, pues ni las más santas serán perfectas hasta que lleguen al
cielo. Quiero decir faltas de discreción, de educación, la susceptibilidad de
ciertos caracteres, cosas todas que no hacen la vida muy agradable.
Sé muy bien que estas enfermedades morales son crónicas y que no hay
esperanza de curación; pero sé también que mi Madre no dejaría de
cuidarme y de tratar de aliviarme aunque siguiera enferma toda la vida.
Y ésta es la conclusión que yo saco: en la recreación y en la licencia, debo
buscar la compañía de las hermanas que peor me caen y desempeñar con
esas almas heridas el oficio de buen samaritano. Una palabra, una sonrisa
amable bastan muchas veces para alegrar a un alma triste.
Pero no quiero en modo alguno practicar la caridad con este fin, pues sé
muy bien que pronto cedería al desaliento: una palabra dicha con la mejor
intención puede ser interpretada completamente al revés. Por eso, para no
perder el tiempo, quiero ser amable con todas [28vº] (y especialmente con
las hermanas menos amables) por agradar a Jesús y seguir el consejo que
él da en el Evangelio, poco más o menos en estos términos: «Cuando des
un banquete, no invites a tus parientes ni a tus amigos, porque
corresponderán invitándote y así quedarás pagado. Invita a pobres, cojos,
paralíticos; dichoso tú, porque no pueden pagarte: tu Padre, que ve en lo
escondido, te lo pagará».
¿Y qué banquete puede ofrecer una carmelita a sus hermanas sino un
banquete espiritual compuesto de caridad atenta y gozosa? Yo no conozco
ningún otro, y quiero imitar a san Pablo, que se alegraba con los que
estaban alegres. Es cierto que también lloraba con los tristes, y que las
lágrimas han de aparecer también algunas veces en el banquete que yo
quiero servir; pero siempre intentaré que al final esas lágrimas se
conviertan en alegría, pues el Señor ama a los que dan con alegría.
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Sor San Pedro
Recuerdo un acto de caridad que el Señor me inspiró hacer siendo todavía
novicia. No fue nada importante, pero nuestro Padre, que ve en lo
escondido y que mira más a la intención que a la importancia de la obra,
ya me lo ha pagado sin esperar a la otra vida.
Era en la época en que sor San Pedro iba todavía al coro y al refectorio.
En la oración de la tarde se ponía delante de mí. Diez minutos antes de las
seis, una hermana tenía que encargarse de llevarla al refectorio, pues las
enfermeras tenían en aquel entonces demasiadas enfermas para venir a
[29rº] buscarla a ella.
Me costaba mucho ofrecerme para prestar ese pequeño servicio, pues
sabía que no era fácil contentar a la pobre sor San Pedro, que sufría tanto
que no le gustaba andar cambiando de conductora. Sin embargo, no
quería perder una ocasión tan hermosa de practicar la caridad, recordando
que Jesús había dicho: Lo que hagáis al más pequeño de los míos, a mí
me lo hacéis. Me ofrecí, pues, con mucha humildad a conducirla, ¡y no me
costó poco trabajo conseguir que aceptara mis servicios! Al fin puse manos
a la obra, y fue tanta mi buena voluntad, que el éxito fue completo.
Todas las tardes, cuando veía que sor San Pedro comenzaba a agitar su
reloj de arena, sabía que eso quería decir: Vamos. Es increíble lo que me
costaba hacer aquel esfuerzo, sobre todo al principio. Sin embargo, acudía
inmediatamente, y a continuación comenzaba toda una ceremonia.
Había que mover y llevar la banqueta de una determinada manera, y,
sobre todo, no ir de prisa. Luego venía el paseo. Había que ir detrás de la
pobre enferma, sosteniéndola por la cintura. Yo lo hacía con toda la
suavidad posible; pero si, por desgracia, ella daba un paso en falso, ya le
parecía que la sostenía mal y que se iba a caer. «¡Dios mío, vas
demasiado deprisa, voy a romperme la crisma!» Si trataba de ir más
despacio: «¡Pero sígueme, no siento tu mano, me has soltado, me voy a
caer! Ya decía yo que tú eras demasiado joven para acompañarme»
Por fin, llegábamos sin contratiempos al refectorio. Allí surgían nuevas
dificultades. Había que sentar a sor San Pedro y actuar hábilmente para
[29vº] no lastimarla; luego, había que recogerle las mangas (también de
una manera determinada); y entonces ya quedaba libre para marcharme.
Con sus pobres manos deformadas, echaba el pan en la escudilla como
mejor podía. No tardé en darme cuenta de ello, y ya ninguna tarde me iba
sin haberle prestado ese pequeño servicio. Como ella no me lo había
pedido, esa atención la conmovió mucho, y gracias a esa atención, que yo
no había buscado intencionadamente, me gané por completo sus
simpatías, y sobre todo (lo supe más tarde) porque, después de cortarle el
pan, le dirigía antes de marcharme mi más hermosa sonrisa.
Madre querida, quizás le extrañe que le haya escrito este pequeño acto de
caridad que tuvo lugar hace tanto tiempo. Si lo he hecho, es porque,
gracias a él, tengo que cantar las misericordias del Señor. Dios ha querido
que conserve este recuerdo como un perfume que me mueve a practicar la
caridad. A veces recuerdo ciertos detalles que son para mi alma como una
brisa de primavera. He aquí uno que me viene a la memoria.
Una tarde de invierno estaba yo, como de costumbre, cumpliendo con mi
tarea. Hacía frío y era de noche... De pronto, oí a lo lejos el sonido
armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy
iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; unas jóvenes
elegantemente vestidas se hacían unas a otras toda suerte de cumplidos y
de cortesías mundanas. Luego mi mirada se posó sobre la pobre enferma
a la que estaba sosteniendo: en vez de una melodía, escuchaba de tanto
en tanto sus gemidos lastimeros; en vez de ricos dorados, [30rº] veía los
ladrillos de nuestro austero claustro apenas alumbrado por una lucecita.
No puedo expresar lo que pasó en mi alma. Lo que sí sé es que el Señor
la iluminó con los rayos de la verdad, que excedían de tal forma el brillo
tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad...
No, no cambiaría los diez minutos que me llevó realizar mi humilde servicio
de caridad por gozar mil años de fiestas mundanas...
Si ya en el sufrimiento y en medio de la lucha es posible gozar un instante
de una dicha que excede a todas las alegrías de la tierra sólo con pensar
que Dios nos ha sacado del mundo, ¡qué será en el cielo cuando,
abismadas en un júbilo y en un descanso eternos, veamos la gracia
incomparable que el Señor nos ha concedido al elegirnos para habitar en
su casa, verdadero pórtico del cielo...!
No siempre he practicado la caridad entre estos transportes de júbilo. Pero
en los comienzos de mi vida religiosa Jesús quiso hacerme sentir qué
dulce es verle a él en el alma de sus esposas. Así, cuando llevaba a la
hermana sor San Pedro, lo hacía con tanto amor, que no hubiera podido
hacerlo mejor si hubiese tenido que llevar al mismo Jesús.
No, la práctica de la caridad no me ha sido siempre tan dulce, como acabo,
Madre, de decirle. Para demostrárselo, voy a contarle algunos pequeños
combates que seguramente la harán sonreír.
Durante mucho tiempo, en la oración de la tarde, yo me colocaba delante
de una hermana que tenía una curiosa manía, y pienso que también...
muchas luces interiores, pues rara vez se servía de algún libro. Verá cómo
[30vº] me di cuenta.
En cuanto llegaba esa hermana, se ponía a hacer un extraño ruido,
parecido al que se haría frotando dos conchas una contra otra. Sólo yo lo
notaba, pues tengo un oído extremadamente fino (demasiado a veces).
Imposible decirle, Madre, cómo me molestaba aquel ruidito. Sentía unas
ganas enormes de volver la cabeza y mirar a la culpable, que seguramente
no se daba cuenta de su manía. Era la única forma de hacérselo ver. Pero
en el fondo del corazón sentía que era mejor sufrir aquello por amor de
Dios y no hacer sufrir a la hermana. Así que seguía quieta y trataba de
unirme a Dios y de olvidar el ruidito...
Todo inútil. Me sentía bañada de sudor, y me veía forzada a hacer
sencillamente una oración de sufrimiento.
Pero a la vez que sufría, buscaba la manera de hacerlo sin irritarme, sino
con alegría y paz, al menos allá en lo íntimo del alma. Trataba de amar
aquel ruidito tan desagradable: en vez de procurar no oírlo (lo cual era
imposible), centraba toda mi atención en escucharlo bien, como si se
tratara de un concierto maravilloso, y pasaba toda la oración (que no era
precisamente de quietud) ofreciendo aquel concierto a Jesús.
En otra ocasión, en la lavandería, tenía enfrente de mí a una hermana que,
cada vez que golpeaba los pañuelos en la tabla de lavar, me salpicaba la
cara de agua sucia. Mi primer impulso fue echarme hacia atrás y [31rº]
secarme la cara, con el fin de hacer ver a la hermana que me estaba
asperjando que me haría un gran favor si ponía más cuidado. Pero
enseguida pensé que sería bien tonta si rechazaba unos tesoros que me
ofrecían con tanta generosidad, y me guardé bien de manifestar mi lucha
interior. Me esforcé todo lo que pude por desear recibir mucha agua sucia,
de manera que acabé por sacarle verdadero gusto a aquel nuevo tipo de
aspersión e hice el propósito de volver otra vez a aquel venturoso sitio en
el que tantos tesoros se recibían.
Madre querida, ya ve que yo soy una alma muy pequeña que no puede
ofrecer a Dios más que cosas muy pequeñas. Con todo, muchas veces me
ocurre que dejo escapar algunos de esos pequeños sacrificios que dan al
alma tanta paz. Pero no me desanimo por eso: me resigno a tener un poco
menos de paz, y procuro poner más cuidado la próxima vez.
El Señor es tan bueno conmigo, que no puedo tenerle miedo. Siempre me
ha dado lo que deseaba, o, mejor dicho, me ha hecho desear lo que quería
darme.
Así, poco tiempo antes de que comenzase mi prueba contra la fe, yo
pensaba en mi interior: Realmente, no tengo grandes pruebas exteriores, y
para tenerlas interiores Dios tendría que cambiar mi camino. No creo que
lo haga. De todas formas, no puedo vivir siempre así, en el sosiego...
¿Cómo se las arreglará, pues, Jesús para probarme?
La respuesta no se hizo esperar, y me hizo ver que mi Amado no es pobre
en recursos. Sin cambiar mi camino, me envió una prueba que iba a
mezclar una saludable amargura en todas mis alegrías.
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Los misioneros
Pero Jesús no se limita [31vº] a hacérmelo presentir y desear cuando
quiere probarme.
Desde hacía mucho tiempo, yo venía deseando algo que me parecía
totalmente irrealizable: el de tener un hermano sacerdote. Pensaba con
frecuencia que, si mis hermanitos no hubiesen volado al cielo, yo tendría la
dicha de verles subir al altar. Pero como Dios los escogió para convertirlos
en angelitos, ya no podía esperar ver mi sueño hecho realidad.
Y he aquí que Jesús no sólo me ha concedido la gracia que deseaba, sino
que me ha unido con los lazos del alma a dos de sus apóstoles, que se
han convertido en hermanos míos...
Quiero contarle detalladamente, Madre querida, cómo Jesús colmó mi
deseo, e incluso lo superó, pues yo sólo deseaba un hermano sacerdote
que se acordase de mí a diario en el altar santo.
Fue nuestra Madre santa Teresa quien, en 1895, me envió como ramillete
de fiesta a mi primer hermanito. Estaba yo en el lavadero, muy ocupada en
mi faena, cuando la madre Inés de Jesús me llamó aparte y me leyó una
carta que acababa de recibir. Se trataba de un joven seminarista que,
inspirado por santa Teresa -decía él-, pedía una hermana que se dedicase
especialmente a la salvación de su alma y que, cuando fuese misionero, le
ayudase con sus oraciones y sacrificios a salvar muchas almas. Por su
parte, él prometía tener siempre un recuerdo por la que fuese su hermana
cuando pudiera ofrecer el santo sacrificio. Y la madre Inés de Jesús me
dijo que quería que fuese yo la hermana de ese futuro misionero.
[32rº] Imposible, Madre, decirle la dicha que sentí. El ver mi deseo
colmado de manera inesperada hizo nacer en mi corazón una alegría que
yo llamaría infantil, pues tengo que remontarme a los días de mi niñez para
encontrarme con el recuerdo de unas alegrías tan intensas que el alma es
demasiado pequeña para contenerlas.
Hacía muchos años que no saboreaba esta clase de felicidad. Sentía que,
en ese aspecto, mi alma estaba sin estrenar. Era como si alguien hubiese
pulsado por primera vez en ella unas cuerdas musicales hasta entonces
olvidadas.
Sabía las obligaciones que asumía, así que puse manos a la obra,
tratando de redoblar mi fervor. Tengo que confesar que al principio no
conté con ningún consuelo que estimulara mi celo. Mi hermanito, tras
escribir una carta preciosa, muy emotiva y llena de nobles sentimientos,
para darle las gracias a la madre Inés de Jesús, no dio más señales de
vida hasta el mes de julio siguiente, excepto una tarjeta que envió en el
mes de noviembre para decirnos que se incorporaba al servicio militar.
Dios le reservaba a usted, Madre querida, la consumación de la obra
comenzada. Es muy cierto que a los misioneros podemos ayudarlos por
medio de la oración y el sacrificio. Pero a veces, cuando Jesús quiere unir
dos almas para su gloria, permite que de tanto en tanto puedan
comunicarse sus pensamientos y animarse así mutuamente a amar más a
Dios.
Pero para ello se requiere la voluntad expresa de la autoridad, pues me
parece que de lo contrario esa correspondencia haría más mal que bien, si
no al misionero, sí al menos a la carmelita, llamada de continuo por su
género de vida [32vº] a vivir replegada sobre sí misma. Y entonces esa
correspondencia (incluso esporádica) pedida por ella, en vez de unirla a
Dios, ocuparía su espíritu; imaginándose el oro y el moro, no haría otra
cosa que buscarse, bajo color de celo, una distracción inútil.
A mi modo de ver, ocurre con esto como con todo lo demás. Creo que,
para que mis cartas hagan provecho, he de escribirlas por obediencia y
experimentar, al escribirlas, más repugnancia que placer.
De la misma manera, cuando hablo con una novicia, procuro hacerlo
mortificándome y evito hacerle preguntas que puedan satisfacer mi
curiosidad. Si ella empieza a hablar de una cosa interesante y luego, sin
terminar la primera, pasa a otra que me aburre, me guardo muy bien de
recordarle el tema que ha dejado a un lado, pues creo que no se puede
hacer bien alguno cuando uno se busca a sí mismo.
Madre querida, veo que nunca me corregiré. Una vez más, con mis
disertaciones, me he ido muy lejos del tema que estaba tratando. Le ruego
que me perdone, y disculpe si a la primera ocasión vuelvo a caer otra vez,
pues no lo puedo remediar....
Usted hace como Dios, que nunca se cansa de escucharme cuando le
cuento con sencillez mis penas y mis alegrías como si él no las conociera
ya... Usted, Madre, también conoce desde hace mucho tiempo lo que
pienso y todos los acontecimientos un poco señalados de mi vida, por lo
que no puede contarle nada nuevo.
Cuando pienso que le estoy escribiendo pormenorizadamente tantas cosas
que usted conoce tan bien como yo, no puedo evitar la risa. [33rº] En fin,
Madre querida, no hago más que obedecerla. Y si ahora no le encuentra el
menor interés a leer estas páginas, quizás le sirvan de distracción en los
días de su vejez y la ayuden también a avivar el fuego del amor, y así no
habré perdido el tiempo... Pero me divierto hablando como un niño. No
crea, Madre, que me pregunto por la utilidad que pueda tener mi humilde
trabajo. Lo hago por obediencia, y eso me basta. Y si usted lo quemase
ante mis ojos antes de leerlo, no lo sentiría lo más mínimo.
Es hora ya de que reanude la historia de mis hermanos, que ocupan ahora
un lugar tan importante en mi vida.
Recuerdo que el año pasado, un día de finales del mes de mayo, usted me
mandó llamar antes de ir al refectorio. Cuando entré en su celda, Madre
querida, me latía muy fuerte el corazón; me preguntaba a mí misma qué
sería lo que tenía que decirme, pues era la primera vez que me mandaba
llamar de esa manera. Después de decirme que me sentara, me hizo esta
propuesta: «¿Quieres encargarte de los intereses espirituales de un
misionero que se va a ordenar de sacerdote y que partirá dentro de
poco»? Y a continuación, me leyó la carta de ese joven Padre para que
supiera exactamente lo que pedía.
Mi primer sentimiento fue un sentimiento de alegría, que inmediatamente
dio paso al de miedo. Yo le expliqué, Madre querida, que, al haber ofrecido
ya mis pobres méritos por un futuro apóstol, no creía poder ofrecerlos
también por las intenciones de otro, y que, además, había muchas
hermanas mejores que yo, que podrían responder a sus deseos.
Todas mis objeciones fueron inútiles. Usted [33vº] me contestó que se
podían tener varios hermanos. Entonces yo le pregunté si la obediencia no
podría duplicar mis méritos. Usted me respondió que sí, añadiendo varias
razones que me hicieron ver que debía aceptar sin ningún escrúpulo un
nuevo hermano.
En el fondo, Madre, yo pensaba igual que usted. Es más: ya que «el celo
de una carmelita debe abarcar el mundo entero», espero, con la gracia de
Dios, ser útil a más de dos misioneros y nunca me olvidaré de rezar por
todos, sin dejar de lado a los simples sacerdotes, cuya misión es a veces
tan difícil de cumplir como la de los apóstoles que predican a los infieles.
En una palabra, quiero ser hija de la Iglesia, como nuestra Madre santa
Teresa, y rogar por las intenciones de nuestro Santo Padre el papa,
sabiendo que sus intenciones abarcan todo el universo.
Esta es la meta global de mi vida. Pero esto no me habría impedido rezar y
unirme de una manera muy especial a la actividad de mis angelitos
queridos si ellos hubiesen sido sacerdotes.
Pues bien, así es como me he unido espiritualmente a los apóstoles que
Jesús me ha dado por hermanos: todo lo mío es de cada uno de ellos. Sé
muy bien que Dios es demasiado bueno para andarse con repartos. Es tan
rico, que me da sin medida todo lo que le pido... Pero no vaya a creer,
Madre, que me pierdo en largas enumeraciones.
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Atráeme, y correremos
Si desde que tengo a estos dos hermanos y a mis hermanitas, las novicias,
quisiera pedir para cada alma lo que cada una necesita y detallarlo todo
bien, los días se me harían demasiado cortos y temería olvidarme de
alguna cosa importante.
Las almas sencillas no necesitan usar medios complicados. Y como yo soy
una de ellas, una mañana, durante la acción de gracias, Jesús me inspiró
un medio muy sencillo de cumplir mi misión. Me hizo [34rº] comprender
estas palabras del Cantar de los Cantares: «Atráeme, y correremos tras el
olor de tus perfumes».
¡Oh, Jesús!, ni siquiera es, pues, necesario decir: Al atraerme a mí, atrae
también a las almas que amo. Esta simple palabra, «Atráeme», basta.
Lo entiendo, Señor. Cuando un alma se ha dejado fascinar por el perfume
embriagador de tus perfumes, ya no puede correr sola, todas las almas
que ama se ven arrastradas tras de ella. Y eso se hace sin tensiones, sin
esfuerzos, como una consecuencia natural de su propia atracción hacia ti.
Como un torrente que se lanza impetuosamente hacia el océano
arrastrando tras de sí todo lo que encuentra a su paso, así, Jesús mío, el
alma que se hunde en el océano sin riberas de tu amor atrae tras de sí
todos los tesoros que posee...
Señor, tu sabes que yo no tengo más tesoros que las almas que tú has
querido unir a la mía. Estos tesoros tú me los has confiado. Por eso, me
atrevo a hacer mías las palabras que tú dirigiste al Padre celestial la última
noche que te vio, peregrino y mortal, en nuestra tierra. Jesús, Amado mío,
yo no sé cuándo acabará mi destierro... Más de una noche me verá
todavía cantar en el destierro tus misericordias. Pero, finalmente, también
para mí llegará la última noche, y entonces quisiera poder decirte, Dios
mío: «Yo te he glorificado en la tierra, he coronado la obra que me
encomendaste. He dado a conocer tu nombre a los que me diste. Tuyos
eran y tú me los diste. Ahora han conocido que todo lo que me diste
procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y
ellos las han recibido y han creído que tú me has enviado. Te ruego por
éstos que tú me diste y que son tuyos.
[34vº] Yo no voy a estar ya en el mundo, pero ellos están en el mundo
mientras yo voy a ti. Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me
has dado. Ahora voy a ti, y digo esto mientras estoy en el mundo para que
ellos puedan participar plenamente de mi alegría. No te ruego que los
saques del mundo, sino que los preserves del mal. No son del mundo,
como tampoco yo soy del mundo. Pero no sólo por ellos ruego, sino
también por los que creerán en ti gracias a su palabra.
Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo y que el
mundo sepa que tú los has amado como me has amado a mí».
Sí, Señor, esto es lo que yo quisiera repetir contigo antes de volar a tus
brazos. ¿Es tal vez una temeridad? No, no. Hace ya mucho tiempo que tú
me has permitido ser audaz contigo. Como el padre del hijo pródigo
cuando hablaba con su hijo mayor, tú me dijiste: «Todo lo mío es tuyo».
Por tanto, tus palabras son mías, y yo puedo servirme de ellas para atraer
sobre las almas que están unidas a mí las gracias del Padre celestial.
Pero, Señor, cuando digo que deseo que los que tú me diste están
también donde yo esté, no pretendo que ellos no puedan llegar a una
gloria mucho más alta de la que quieras darme a mí. Quiero simplemente
pedir que un día nos veamos todos reunidos en tu hermoso cielo.
Tú sabes, Dios mío, que yo nunca he deseado otra cosa que amarte. No
ambiciono otra gloria. [35rº] Tu amor me ha acompañado desde la infancia,
ha ido creciendo conmigo, y ahora es un abismo cuyas profundidades no
puedo sondear.
El amor llama al amor. Por eso, Jesús mío, mi amor se lanza hacia ti y
quisiera colmar el abismo que lo atrae. Pero, ¡ay!, no es ni siquiera una
gota de rocío perdida en el océano... Para amarme como tú me amas,
necesito pedirte prestado tu propio amor. Sólo entonces encontraré
reposo.
Jesús mío, tal vez sea una ilusión, pero creo que no podrás colmar a un
alma de más amor del que has colmado la mía. Por eso me atrevo a
pedirte que ames a los que me has dado como me has amado a mí. Si un
día en el cielo descubro que los amas más que a mí, me alegraré, pues
desde ahora mismo reconozco que esas almas merecen mucho más amor
que la mía. Pero aquí abajo no puedo concebir una mayor inmensidad de
amor del que te has dignado prodigarme a mí gratuitamente y sin mérito
alguno de mi parte.
Madre querida, vuelvo a estar con usted. Estoy asombrada de lo que
acabo de escribir, pues no tenía intención de hacerlo. Ya que está escrito,
habrá que dejarlo.
Pero antes de volver a la historia de mis hermanos, quiero decirle, Madre,
que las primeras palabras que he tomado del Evangelio -«Yo les he
comunicado las palabras que tú me diste», etc.- no se las aplico a ellos,
sino a mis hermanitas, pues no me creo capaz de enseñar nada a un
misionero. ¡Gracias a Dios, todavía no soy tan orgullosa como para eso! Ni
hubiera sido tampoco capaz [35vº] de dar ningún consejo a mis hermanas
si usted, madre, que representa a Dios, no me hubiese confiado esa
misión.
Pero sí que pensaba en sus queridos hijos, que son ya mis hermanos,
cuando escribía estas palabras de Jesús y las que va a continuación de
ellas: «No te ruego que los saques del mundo... Te ruego también por los
que creerán en ti gracias a su palabra». En efecto, ¿cómo podría yo dejar
de rezar por las almas que ellos salvarán en sus misiones lejanas
mediante el sufrimiento y la predicación?
Madre, creo necesario darle alguna explicación más sobre aquel pasaje
del Cantar de los Cantares: «Atráeme y correremos», pues me parece que
no quedó muy claro lo que quería decir.
«Nadie puede venir a mí, dice Jesús, si no lo trae mi Padre que me ha
enviado». Y a continuación, con parábolas sublimes -y muchas veces
incluso sin servirse de este medio, tan familiar para el pueblo-, nos enseña
que basta llamar para que nos abran, buscar para encontrar, y tender
humildemente la mano para recibir lo que pedimos...Dice también que todo
lo que pidamos al Padre en su nombre nos lo concederá. Sin duda, por
eso el Espíritu Santo, antes del nacimiento de Jesús, dictó esta oración
profética: Atráeme y correremos.
¿Qué quiere decir, entonces, pedir ser atraídos, sino unirnos de una
manera íntima al objeto que nos cautiva el corazón? Si el fuego y el hierro
tuvieran inteligencia, y éste último dijera al otro «Atráeme», ¿no estaría
demostrando que quiere identificarse con el fuego de tal manera que éste
lo penetre [36rº] y lo empape de su ardiente sustancia hasta parecer una
sola cosa con él?
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Fin del Manuscrito C
Madre querida, ésa es mi oración. Yo pido a Jesús que me atraiga a las
llamas de su amor, que me una tan íntimamente a él que sea él quien viva
y quien actúe en mí. Siento que cuanto más abrase mi corazón el fuego
del amor, con mayor fuerza diré «Atráeme»; y que cuanto más se
acerquen las almas a mí (pobre trocito de hierro, si me alejase de la
hoguera divina), más ligeras correrán tras los perfumes de su Amado.
Porque un alma abrasada de amor no puede estarse inactiva. Es cierto
que, como santa María Magdalena, permanece a los pies de Jesús,
escuchando sus palabras dulces e inflamadas. Parece que no da nada,
pero da mucho más que Marta, que anda inquieta y nerviosa con muchas
cosas y quisiera que su hermana la imitase.
Lo que Jesús censura no son los trabajos de Marta. A trabajos como ésos
se sometió humildemente su divina Madre durante toda su vida, pues tenía
que preparar la comida de la Sagrada Familia. Lo único que Jesús quisiera
corregir es la inquietud de su ardiente anfitriona.
Así lo entendieron todos los santos, y más especialmente los que han
llenado el universo con la luz de la doctrina evangélica. ¿No fue en la
oración donde san Pablo, san Agustín, san Juan de la Cruz, santo Tomás
de Aquino, san Francisco, santo Domingo y tantos otros amigos ilustres de
Dios bebieron aquella ciencia divina que cautivaba a los más grandes
genios?
Un sabio decía: «Dadme una palanca, un punto de apoyo, y levantaré el
mundo».
Lo que Arquímedes no pudo lograr, porque su petición no se dirigía a Dios
y porque la hacía desde un punto de vista material, los santos lo lograron
[36vº] en toda su plenitud. El Todopoderoso les dio un punto de apoyo: El
mismo, El solo. Y una palanca: la oración, que abrasa con fuego de amor.
Y así levantaron el mundo. Y así lo siguen levantando los santos que aún
militan en la tierra. Y así lo seguirán levantando hasta el fin del mundo los
santos que vendrán.
Madre querida, quisiera decirle ahora lo que yo entiendo por el olor de los
perfumes del Amado.
Dado que Jesús ascendió al cielo, yo sólo puedo seguirle siguiendo las
huellas que él dejó. ¡Pero qué luminosas y perfumadas son esas huellas!
Sólo tengo que poner los ojos en el santo Evangelio para respirar los
perfumes de la vida de Jesús y saber hacia dónde correr... No me
abalanzo al primer puesto, sino al último; en vez de adelantarme con el
fariseo, repito llena de confianza la humilde oración del publicano. Pero,
sobre todo, imito la conducta de la Magdalena. Su asombrosa, o, mejor
dicho, su amorosa audacia, que cautiva el corazón de Jesús, seduce al
mío.
Sí, estoy segura de que, aunque tuviera sobre la conciencia todos los
pecados que pueden cometerse, iría, con el corazón roto de
arrepentimiento, a echarme en brazos de Jesús, pues sé cómo ama al hijo
pródigo que vuelve a él.
Es cierto que Dios, en su misericordia preveniente, ha preservado mi alma
del pecado mortal. Pero no es ésa la razón de que yo me eleve a él [37rº]
por la confianza y el amor.
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FIN DE LOS MANUSCRITOS AUTOBIOGRÁFICOS