Sta. Teresita de Lisieux

Parte 3

El día de la primera comunión de Celina me dejó una impresión parecida a

la de la mía. Al despertarme por la mañana, yo sola en aquella cama tan

grande, me sentí inundada de alegría. «¡Es hoy...! Ha llegado el gran

día...» No me cansaba de [25vº] repetir estas palabras. Me parecía que era

yo la que iba a hacer la primera comunión. Creo que ese día recibí


 

 

 

grandes gracias, y lo considero como uno de los más hermosos de mi

vida...

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Paulina en el Carmelo

 

He vuelto un poco atrás para evocar este delicioso y dulce recuerdo. Ahora

quiero hablarte de la dolorosa prueba que vino a destrozar el corazón de

Teresita cuando Jesús le arrebató a su querida mamá, a su Paulina ¡a la

que tan tiernamente quería...!

 

Un día, yo había dicho a Paulina que me gustaría ser solitaria, irme con

ella a un desierto lejano. Ella me contestó que ése era también su deseo y

que esperaría a que yo fuese mayor para marcharnos. La verdad es que

aquello no lo dijo en serio, pero Teresita sí lo había tomado en serio. Por

eso, ¿cuál no sería su dolor al oír un día hablar a su querida Paulina con

María de su próxima entrada en el Carmelo...?

 

Yo no sabía lo que era el Carmelo, pero comprendí que Paulina iba a

dejarme para entrar en un convento, comprendí que no me esperaría y que

iba a perder a mi segunda madre... ¿Cómo podré expresar la angustia de

mi corazón...? En un instante comprendí lo que era la vida. Hasta entonces

no me había parecido tan triste, pero entonces se me apareció en todo su

realismo, y vi que no era más que un puro sufrimiento y una continua

separación. Lloré lágrimas muy amargas, pues aún no comprendía la

alegría del sacrificio. Era débil, tan débil, que considero una gracia muy

grande el haber podido soportar una prueba como aquella, que parecía

muy superior a mis fuerzas... Si me hubiese ido enterando poco a poco de

la partida de mi Paulina querida, tal vez no hubiera sufrido tanto; pero

[26rº] al saberlo de repente, fue como si me hubieran clavado una espada

en el corazón.

 

Siempre recordaré, Madre querida, con qué ternura me consolaste...

Luego me explicaste la vida del Carmelo, que me pareció muy hermosa.

Evocando en mi interior todo lo que me habías dicho, comprendí que el

Carmelo era el desierto adonde Dios quería que yo fuese también a

esconderme... Lo comprendí con tanta evidencia, que no quedó la menor

duda en mi corazón. No era un sueño de niña que se deja entusiasmar

fácilmente, sino la certeza de una llamada de Dios: quería ir al Carmelo, no

por Paulina, sino sólo por Jesús... Pensé muchas cosas que las palabras

no pueden traducir, pero que dejaron una gran paz en mi alma.


 

 

 

Al día siguiente, confié mi secreto a Paulina, quien, viendo en mis deseos

la voluntad del cielo, me dijo que pronto iría con ella a ver a la madre priora

del Carmelo y que tendríamos que decirle lo que Dios me hacía sentir...

 

Se escogió un domingo para esta solemne visita, y mi apuro fue grande

cuando supe que María G. debería acompañarme, por ser yo aún

demasiado pequeña para ver a las carmelitas. Sin embargo, yo tenía que

encontrar la forma de quedarme a solas con la priora, y he aquí lo que se

me ocurrió. Le dije a María que, ya que teníamos el privilegio de ver a la

madre priora, debíamos ser muy amables y educadas con ella, y que por

eso debíamos confiarle nuestros secretos; así que cada una tendría que

salir un momento, y dejar a la otra a solas con la Madre. María creyó lo

que le decía, y, a pesar de su repugnancia a confiar secretos que no tenía,

nos quedamos a solas, una después de otra, con la madre María de

Gonzaga.

 

[26vº] Después de escuchar mis importantes confidencias, la Madre creyó

en mi vocación, pero me dijo que no recibían postulantes de nueve años, y

que tendría que esperar hasta los dieciséis... Yo me resigné, a pesar de

mis vivos deseos de entrar cuanto antes y de hacer la primera comunión el

día de la toma de hábito de Paulina...

 

Ese día me echaron piropos por segunda vez. Sor Teresa de San Agustín,

que había bajado a verme, no se cansaba de llamarme guapa. Yo no

pensaba venir al Carmelo para recibir alabanzas; así que, después de la

visita, no cesaba de repetirle a Dios que yo quería ser carmelita sólo por él.

 

Durante las pocas semanas que mi querida Paulina permaneció todavía en

el mundo, procuré aprovecharme bien de ella. Todo los días, Celina y yo le

comprábamos un pastel y bombones, pensando que ya pronto no volvería

a comerlos. Estábamos continuamente a su lado, sin dejarle ni un minuto

de descanso.

 

Por fin, llegó el 2 de octubre, día de lágrimas y de bendiciones, en que

Jesús cortó la primera de su flores, destinada a ser la madre de las que

pocos años después irían a reunirse con ella.

 

Aún me parece estar viendo el lugar donde recibí el último beso de

Paulina. Luego, mi tía nos llevó a todas a Misa, mientras papá subía a la

montaña del Carmelo para ofrecer su primer sacrificio...

 

Toda la familia lloraba, de modo que, al vernos entrar en la iglesia, la gente

nos miraba extrañada. A mí me daba igual, y no por eso dejé de llorar.

Creo que, si el mundo entero se hubiera derrumbado a mi alrededor, no


 

 

 

me habría dado cuenta. Miraba al hermoso cielo azul, y me maravillaba de

que el sol pudiese seguir brillando con [27rº] tanto resplandor mientras mi

alma estaba inundada de tristeza...

 

Tal vez, Madre querida, te parezca que exagero la pena que sentí...

Comprendo muy bien que no debiera haber sido tan grande, pues tenía la

esperanza de volver a encontrarte en el Carmelo, pero mi alma estaba

LEJOS de estar madura y tenía que pasar por muchos crisoles antes de

alcanzar la meta que tanto deseaba...

 

El 2 de octubre era el día fijado para volver a la Abadía, y no tuve más

remedio que ir, a pesar de mi tristeza...

 

Por la tarde, nuestra tía vino a buscarnos para ir al Carmelo, y vi a mi

Paulina querida detrás de las rejas... ¡Ay, cuánto he sufrido en ese

locutorio del Carmelo...!

 

Como estoy escribiendo la historia de mi alma, debo decírselo todo a mi

Madre querida, y confieso que los sufrimientos que precedieron a su

entrada no fueron nada en comparación con los que vinieron después...

 

Todos los jueves, íbamos en familia al Carmelo. Y yo, que estaba

acostumbrada a hablar con Paulina de corazón a corazón, apenas si

conseguía dos o tres minutos al final de la visita, que, por supuesto, me

pasaba llorando, y luego me iba con el corazón desgarrado... No

comprendía que si tú dirigías preferentemente la palabra a Juana y María,

en vez de hablar con tus hijitas, era por delicadeza hacia nuestra tía... No

lo comprendía, y pensaba en lo más hondo del corazón: «¡¡¡He perdido a

Paulina!!!»

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Extraña enfermedad

 

Es asombroso ver cómo se desarrolló mi espíritu en medio del sufrimiento.

Se desarrolló de tal manera, que no tardé en caer enferma.

 

La enfermedad que me aquejó provenía, ciertamente, del demonio.

Furioso por tu entrada en el Carmelo, quiso vengarse en mí del daño que

nuestra familia iba a causarle en el futuro. Pero lo que él no sabía era que

la [27vº] amorosa Reina del cielo velaba por su frágil florecilla, que ella le

sonreía desde lo alto de su trono y que se aprestaba a calmar la

tempestad en el mismo momento en que su flor iba a quebrarse sin

remedio...


 

 

 

Hacia finales de año, me sobrevino un continuo dolor de cabeza, pero que

se podía aguantar bien. Podía seguir estudiando, y nadie se preocupó por

mí. Esto duró hasta el día de Pascua de 1883.

 

Papá había ido a París con María y Leonia, y nuestra tía nos llevó a su

casa a Celina y a mí. Una tarde, nuestro tío me llevó con él y empezó a

hablarme de mamá y de recuerdos pasados con tal bondad, que me

emocionó profundamente y me hizo llorar. Entonces me dijo que era

demasiado sensible y que necesitaba mucho distraerme, y que mi tía y él

habían decidido tratar de hacérnoslo pasar bien durante las vacaciones de

Pascua. Esa tarde teníamos que ir al Círculo Católico; pero viendo que

estaba demasiado cansada, mi tía me hizo acostar. Al desnudarme, me

entró un extraño temblor. Creyendo que tenía frío, mi tía me envolvió entre

mantas y me puso botellas calientes, pero nada pudo reducir mi agitación,

que duró casi toda la noche. Al volver mi tío del Círculo Católico con mis

primas y Celina, se quedo muy sorprendido al encontrarme en aquel

estado, que juzgó muy grave, pero no quiso decirlo por no asustar a mi tía.

Al día siguiente, fue a buscar al doctor Notta, el cual coincidió con mi tío en

que tenía una enfermedad muy grave, que nunca había padecido una niña

tan joven como yo.

 

Todos estaban consternados. Mi tía tuvo que dejarme en su casa y me

cuidó con una solicitud verdaderamente maternal.

 

Cuando papá volvió de París con mis hermanas mayores, Amada los

recibió con una cara tan triste, que María [28rº] creyó que me había

muerto... Pero esta enfermedad no era de muerte, sino, como la de

Lázaro, para que Dios fuera glorificado...

 

Y así lo fue, en efecto, por la admirable resignación de mi pobre papaíto,

que creyó que «su hijita se iba a volver loca o que se iba a morir».

 

¡Lo fue también por la de María...! ¡Cuánto sufrió por causa mía...! ¡Y qué

agradecida le estoy por los cuidados que tan desinteresadamente me

prodigó...! Su corazón le dictaba lo que yo necesitaba, y, verdaderamente,

un corazón de madre es mucho más sabio que el de un médico y sabe

adivinar lo que conviene para la enfermedad de su hijo...

 

La pobre María tuvo que venir a instalarse en casa de mi tío, pues era

imposible trasladarme por entonces a los Buissonnets.

 

Entretanto, se acercaba la toma de hábito de Paulina. Delante de mí

evitaban hablar de ello, pues sabían la pena que sentía por no poder ir;


 

 

 

pero yo hablaba de ello con frecuencia, diciendo que para entonces ya

estaría lo bastante bien para ir a ver a mi Paulina querida.

 

Y en efecto, Dios no quiso negarme ese consuelo, o, mejor, quiso consolar

a su querida prometida, que tanto había sufrido con la enfermedad de su

hijita... He observado que Jesús no quiere probar a su hijas en el día de

sus esponsales, esta fiesta debe ser una fiesta sin nubes, un anticipo de

las alegrías del paraíso. ¿No lo ha demostrado ya cinco veces...?

 

Pude, pues, abrazar a mi Madre querida, sentarme en su regazo y

colmarla de caricias... Pude contemplarla radiante con su blanco vestido

de desposada... ¡Sí, fue un hermoso día, en medio de mi oscura prueba!

Pero aquel día pasó veloz... Pronto hube de subir al coche que me llevó

muy lejos de Paulina..., muy lejos de mi Carmelo querido.

 

Al llegar a los Buissonnets, me hicieron acostar a mi pesar, pues

aseguraba [28vº] que estaba totalmente curada y que ya no necesitaba

más cuidados. ¡Pero, ay, sólo estaba todavía en los comienzos de mi

prueba...! Al día siguiente, volví a estar igual que antes, y la enfermedad se

agravó tanto, que, según los cálculos humanos, no tenía remedio...

 

No sé cómo describir una enfermedad tan extraña. Hoy estoy convencida

de que fue obra del demonio, pero durante mucho tiempo después de mi

curación creí que había fingido estar enferma, y eso fue para mi alma un

verdadero martirio.

 

Se lo dije así a María, que me tranquilizó lo mejor que pudo con su bondad

habitual. Lo dije en la confesión, y también mi confesor intentó

tranquilizarme, diciéndome que no era posible que hubiese simulado estar

enferma hasta el punto que yo lo había estado. Dios, que, sin duda, quería

purificarme, y sobre todo humillarme, me dejó en este martirio íntimo hasta

mi entrada en el Carmelo, donde el Padre de nuestras almas barrió como

con la mano todas mis dudas, y desde entonces quedé totalmente

tranquila.

 

No es extraño que temiese haber fingido estar enferma sin estarlo de

verdad, pues decía y hacía cosas que no pensaba. Parecía estar en un

continuo delirio, diciendo palabras que no tenían sentido, y sin embargo

estoy segura de que no perdí ni un solo instante el uso de la razón... Con

frecuencia me quedaba como desmayada, sin hacer el menor movimiento;

en esos momentos, me habría dejado hacer todo lo que hubieran querido,

incluso matarme; sin embargo, oía todo lo que se decía a mi alrededor, y

todavía me acuerdo de todo. En una ocasión me aconteció estar mucho

tiempo sin poder abrir los ojos, y abrirlos un instante al encontrarme sola...


 

 

 

 

 

Pienso que el demonio había recibido un poder exterior sobre mí, pero

[29rº] que no podía acercarse a mi alma ni a mi espíritu, a no ser para

inspirarme grandísimos terrores a ciertas cosas, por ejemplo a las

medicinas sencillísimas que intentaban en vano hacerme tomar..

 

Pero si Dios permitía al demonio acercarse a mí, me enviaba también

ángeles visibles...

 

María no se separaba de mi cama, cuidándome y consolándome con la

ternura de una madre. Nunca me demostró el más ligero enfado, y eso que

yo le daba mucho trabajo, pues no soportaba que se alejase de mi lado.

Sin embargo, tenía necesariamente que ir a comer con papá, pero yo no

cesaba de llamarla durante todo el tiempo que no estaba. Victoria, que se

quedaba a mi cuidado, a veces no tenía más remedio que ir a buscar a mi

querida «mamá», como yo la llamaba... Si María quería salir, tenía que ser

para ir a Misa o para ver a Paulina; sólo entonces yo no decía nada...

 

Nuestros tíos eran también muy buenos conmigo. Mi querida tiíta venía

todos los días a verme y me traía mil golosinas.

 

También fueron a visitarme otras personas amigas de la familia; pero yo

pedí a María que les dijese que no quería recibir visitas. No me gustaba

«ver a la gente sentada alrededor de mi cama como ristras de cebollas y

mirándome como a un bicho raro». La única visita que me gustaba era la

de nuestros tíos.

 

Me sería imposible decir cuánto creció mi cariño hacia ellos a partir de esta

enfermedad. Comprendí como nunca que ellos no eran para nosotros unos

parientes cualquiera. ¡Qué razón tenía nuestro papaíto cuando nos repetía

tantas veces estas palabras que acabo de escribir! Más tarde él mismo

supo por experiencia que no se había equivocado, y seguro que ahora

protege y bendice a quienes le prodigaron tan generosos cuidados... Yo

todavía estoy en el destierro, y no sabiendo cómo demostrarles mi gratitud,

sólo tengo una manera de aligerar mi corazón: ¡rezar por estos familiares

tan queridos que fueron y que siguen siendo tan buenos conmigo!

 

También Leonia era muy buena conmigo, y hacía todo lo posible por

distraerme. Yo, a veces, la hacía sufrir, pues se daba perfectamente

cuenta de que María era insustituible a mi lado...

 

¿Y mi Celina querida? ¿Qué no hizo por su Teresa...? Los domingos, en

vez de salir de paseo, venía a encerrarse horas enteras con una pobre

niña que parecía idiota. Verdaderamente, [29vº] se necesitaba mucho


 

 

 

amor para no huir de mí... ¡Hermanitas queridas, cuánto os hice sufrir...!

Nadie os hizo sufrir tanto como yo, y nadie recibió nunca tanto amor como

el que vosotras me prodigasteis... Gracias a Dios, tendré el cielo para

resarcirme. Mi Esposo es enormemente rico, y yo meteré la mano en sus

tesoros de amor para poder devolveros centuplicado todo lo que sufristeis

por causa mía...

 

Mi mayor consuelo mientras estuve enferma era recibir carta de Paulina.

La leía y la releía hasta sabérmela de memoria... Un día, Madre querida,

me mandaste un reloj de arena y una de mis muñecas vestida de

carmelita. Es imposible decir la alegría que sentí... A mi tío no le gustó.

Decía que, en vez de hacerme pensar en el Carmelo, habría que alejarlo

de mi mente. Yo, por el contrario, pensaba que la esperanza de ser un día

carmelita era lo único que me hacía vivir...

 

Me encantaba trabajar para Paulina. Le hacía pequeños trabajos en

cartulina, y mi ocupación preferida era hacer coronas de margaritas y de

miosotis para la Santísima Virgen. Estábamos en el mes de mayo. Toda la

naturaleza se vestía de flores y respiraba alegría. Sólo la «florecita»

languidecía y parecía marchita para siempre...

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La sonrisa de la Virgen

 

Sin embargo, tenía un sol cerca de ella. Ese sol era la estatua milagrosa

de la Santísima Virgen, que le había hablado por dos veces a mamá, y la

florecita volvía muchas, muchas veces su corola hacia aquel astro

bendito...

 

Un día vi que papá entraba en la habitación de María, donde yo estaba

acostada, y, dándole varias monedas de oro con expresión muy triste, le

dijo que escribiera a París y encargase unas misas a Nuestra Señora de

las Victorias para que le curase a su pobre hijita. ¡Cómo me emocionó ver

la fe y el amor de mi querido rey! [30rº] Hubiera deseado poder decirle que

estaba curada, ¡pero le había dado ya tantas alegrías falsas! No eran mis

deseos los que podían hacer ese milagro, pues la verdad es que para

curarme se necesitaba un milagro...

 

Se necesitaba un milagro, y fue Nuestra Señora de las Victorias quien lo

hizo.

 

Un domingo (durante el novenario de misas), María salió al jardín,

dejándome con Leonia, que estaba leyendo al lado de la ventana.


 

 

 

Al cabo de unos minutos, me puse a llamar muy bajito: «Mamá... mamá».

Leonia, acostumbrada a oírme llamar siempre así, no hizo caso. Aquello

duró un largo rato. Entonces llamé más fuerte, y, por fin, volvió María. La vi

perfectamente entrar, pero no podía decir que la reconociera, y seguí

llamando, cada vez más fuerte: «Mamá...» Sufría mucho con aquella lucha

violenta e inexplicable, y María sufría quizás todavía más que yo. Tras

intentar inútilmente hacerme ver que estaba allí a mi lado, se puso de

rodillas junto a mi cama con Leonia y Celina. Luego, volviéndose hacia la

Santísima Virgen e invocándola con el fervor de una madre que pide la

vida de su hija, María alcanzó lo que deseaba...

 

También la pobre Teresita, al no encontrar ninguna ayuda en la tierra, se

había vuelto hacia su Madre del cielo, suplicándole con toda su alma que

tuviese por fin piedad de ella...

 

De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa, que yo

nunca había visto nada tan bello. Su rostro respiraba una bondad y una

ternura inefables. Pero lo que me caló hasta el fondo del alma fue la

«encantadora sonrisa de la Santísima Virgen».

 

En aquel momento, todas mis penas se disiparon. Dos gruesas lágrimas

brotaron de mis párpados y se deslizaron silenciosamente por mis mejillas,

pero eran lágrimas de pura alegría... ¡La Santísima Virgen, pensé, me ha

sonreído! ¡Qué feliz soy...! Sí, [30vº] pero no se lo diré nunca a nadie,

porque entonces desaparecería mi felicidad.

 

Bajé los ojos sin esfuerzo y vi a María que me miraba con amor. Se la veía

emocionada, y parecía sospechar la merced que la Santísima Virgen me

había concedido... Precisamente a ella y a sus súplicas fervientes debía yo

la gracia de las sonrisa de la Reina de los cielos. Al ver mi mirada fija en la

Santísima Virgen, pensó: «¡Teresa está curada!» Sí, la florecita iba a

renacer a la vida. El rayo luminoso que la había reanimado no iba ya a

interrumpir sus favores. No actuó de golpe, sino que lentamente,

suavemente fue levantando a su flor y la fortaleció de tal suerte, que cinco

años más tarde abría sus pétalos en la montaña del Carmelo.

 

Como he dicho, María había adivinado que la Santísima Virgen me había

concedido alguna gracia secreta. Así que, cuando me quedé a solas con

ella, me preguntó qué había visto. No pude resistirme a sus tiernas e

insistentes preguntas; y sorprendida de ver que mi secreto había sido

descubierto sin que yo lo revelara, se lo confié enteramente a mi querida

María...


 

 

 

Pero, ¡ay!, como lo había imaginado, mi dicha iba a desaparecer y a

convertirse en amargura... El recuerdo de aquella gracia inefable que

había recibido fue para mí, durante cuatro años, un verdadero sufrimiento

del alma. Sólo volvería en encontrar mi dicha a los pies de Nuestra Señora

de las Victorias, y entonces la recibí en toda su plenitud... Más adelante

volveré a hablar de esta segunda gracia de la Santísima Virgen. Ahora

quiero contarte, Madre mía, cómo mi dicha se convirtió en tristeza.

 

María, después de escuchar el ingenuo y sincero relato de «mi gracia», me

pidió permiso para contarlo en el Carmelo, y no podía decirle que no....

 

En mi primera visita a ese Carmelo querido me sentí inundada de gozo al

ver a mi Paulina vestida con el hábito de la Virgen. [31rº] Fue un momento

muy dulce para las dos... Teníamos tantas cosas que decirnos, que a mí

no me salía nada, me ahogaba de emoción...

 

La madre María de Gonzaga también estaba allí y me daba mil muestras

de cariño. Vi también a otras hermanas, y delante de ellas me preguntaron

por la gracia que había recibido, y [María] me preguntó si la Santísima

Virgen llevaba al Niño Jesús, y si había mucha luz, etc.

 

Todas estas preguntas me turbaron y me hicieron sufrir. Yo no podía decir

más que una cosa: «La Santísima Virgen me había parecido muy

hermosa..., y la había visto sonreírme. Lo único que me había

impresionado era su rostro.

 

Por eso, al ver que las carmelitas se imaginaban otra cosa muy distinta

(mis sufrimientos del alma respecto a mi enfermedad ya había

comenzado), me imaginé que había mentido...

 

Seguramente, si hubiera guardado mi secreto, habría conservado también

mi felicidad. Pero la Santísima Virgen permitió este tormento para bien de

mi alma. Sin él, tal vez hubiera tenido algún pensamiento de vanidad,

mientras que, tocándome en suerte la humillación, no podía mirarme a mí

misma sin un sentimiento de profundo horror...

 

¡Sólo en el cielo podré decir cuánto sufrí...!

 

 

 

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CAPÍTULO IV

 

PRIMERA COMUNION - EN EL COLEGIO (1883-1886)

 

Al hablar de las visitas a las carmelitas, me viene a la memoria la primera,

que tuvo lugar poco después de la entrada de Paulina. Me olvidé de hablar

de ella más arriba, pero hay un detalle que no quiero omitir.

 

La mañana del día en que debía ir al locutorio, reflexionando sola en la

cama (pues era allí donde hacía yo mis meditaciones más profundas y

donde, a diferencia de la esposa del Cantar de los Cantares, encontraba

yo siempre a mi Amado), me preguntaba cómo me llamaría en el Carmelo.

Sabía que había ya en él una sor Teresa de Jesús; sin embargo, no

podían quitarme mi bonito nombre de Teresa. De pronto, pensé [31vº] en

el Niño Jesús, a quien tanto quería, y me dije: «¡Cómo me gustaría

llamarme Teresa del Niño Jesús!»

 

En el locutorio no dije nada del sueño que había tenido completamente

despierta. Pero al preguntar la madre María de Gonzaga a las hermanas

qué nombre me pondrían, se le ocurrió darme el nombre que yo había

soñado... Me alegré enormemente, y aquella feliz coincidencia de

pensamientos me pareció una delicadeza de mi Amado, el Niño Jesús.

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Estampas y lecturas

 

Me he olvidado también de algunos pequeños detalles de ni niñez de antes

de tu entrada en el Carmelo. No te he hablado de mi amor a las estampas

y a la lectura... Y, sin embargo, a las preciosas estampas que tú me dabas

como premio debo una de las más dulces alegrías y de las más fuertes

impresiones que me han incitado a la práctica de la virtud... Me pasaba las

horas muertas mirándolas. Por ejemplo, la «florecita del divino Prisionero»

era tan sugestiva, que me quedaba ensimismada mirándola. Al ver que el

nombre de Paulina estaba escrito al pie de la florecita, me hubiera gustado

que el de Teresa estuviera también allí, y me ofrecía a Jesús para ser su

florecita...

 

No sabía jugar, pero me gustaba mucho la lectura, y me hubiera pasado la

vida leyendo. Afortunadamente tenía unos ángeles de la tierra que me

elegían unos libros que, a la vez que me distraían, alimentaban mi espíritu

y mi corazón. Además, no podía dedicar a la lectura más que un

determinado tiempo, lo cual era para mí motivo de grandes sacrificios,

pues muchas veces tenía que interrumpirla en lo más interesante de un

pasaje...


 

 

 

 

 

Esta afición a la lectura duró hasta mi entrada en el Carmelo. Me sería

imposible decir el número de libros que pasaron por mis manos; pero

nunca permitió Dios que leyera ni uno sólo que pudiera hacerme daño. Es

cierto que, al leer ciertos relatos caballerescos, no siempre percibía en un

primer momento la realidad de la vida; pero pronto Dios me daba a [32rº]

entender que la verdadera gloria es la que ha de durar para siempre y que

para alcanzarla no es necesario hacer obras deslumbrantes, sino

esconderse y practicar la virtud de manera que la mano izquierda no sepa

lo que hace la derecha...

 

Así, al leer los relatos de las hazañas patrióticas de las heroínas francesas,

y en especial las de la venerable JUANA DE ARCO, me venían grandes

deseos de imitarlas. Me parecía sentir en mi interior el mismo ardor que las

había animado a ellas y la misma inspiración celestial.

 

Por entonces recibí una gracia que siempre he considerado como una de

las más grandes de mi vida, ya que en esa edad no recibía las luces de

que ahora me veo inundada. Pensé que había nacido para la gloria, y,

buscando la forma de alcanzarla, Dios me inspiró los sentimientos que

acabo de escribir. Me hizo también comprender que mi gloria no brillaría

ante los ojos de los mortales, sino que consistiría en ¡¡¡llegar a ser una

gran santa...!!!

 

Este deseo podría parecer temerario, si se tiene en cuenta lo débil e

imperfecta que yo era, y que aún soy después de siete años vividos en

religión. No obstante, sigo teniendo la misma confianza audaz de llegar a

ser una gran santa, pues no me apoyo en mis méritos -que no tengo

ninguno-, sino en Aquel que es la Virtud y la Santidad mismas. Sólo él,

contentándose con mis débiles esfuerzos, me elevará hasta él y,

cubriéndome con sus méritos infinitos, me hará santa.

 

Yo no pensaba entonces que para llegar a la santidad había que sufrir

mucho. Dios no tardó en mostrármelo, enviándome las pruebas que he

contado antes...

 

Ahora he de reanudar mi relato en el punto en que lo había dejado.

 

Tres meses después de mi curación, papá nos llevó de viaje a Alençon.

Era la primera vez que volvía allí, y fue muy grande mi alegría al volver a

ver los parajes en los que había transcurrido ni niñez, [32vº] y sobre todo al

poder rezar sobre la tumba de mamá y pedirle que me protegiera

siempre...


 

 

 

Dios me concedió la gracia de no conocer el mundo, a no ser justo para

despreciarlo y alejarme de él. Podría decir que durante mi estancia en

Alençon fue cuando hice mi presentación en sociedad. Todo era alegría y

felicidad en torno a mí. Me veía festejada, mimada, admirada. En una

palabra, durante quince días mi vida sólo se vio sembrada de flores... Y

confieso que aquella vida tenía sus encantos para mí. La Sabiduría tiene

mucha razón cuando dice: «El hechizo de las bagatelas del mundo seduce

hasta a las mentes sin malicia». A los diez años, el corazón se deja

fácilmente deslumbrar. Por eso considero como una gracia muy grande el

no haberme quedado en Alençon. Los amigos que teníamos allí eran

demasiado mundanos y compaginaban demasiado las alegrías de la tierra

con el servicio de Dios. No pensaban lo bastante en la muerte, y sin

embargo la muerte ha venido a visitar a un gran número de personas a las

que yo conocí, ¡¡¡jóvenes, ricas y felices!!! Me gusta volver con el

pensamiento a los lugares encantadores donde vivieron, preguntarme

dónde están, qué les queda hoy de los castillos y los parques donde las vi

disfrutar de las comodidades de la vida... Y veo que todo es vanidad y

aflicción de espíritu bajo el sol..., y que el único bien que vale la pena es

amar a Dios con todo el corazón y ser pobres de espíritu aquí en la tierra...

 

Tal vez Jesús quiso mostrarme el mundo antes de hacerme la primera

visita, para que eligiera más libremente el camino que iba a prometerle

seguir.

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Primera comunión

 

La época de mi primera comunión ha quedado grabada en mi corazón

como un recuerdo sin nubes. Creo que no podía estar mejor preparada de

lo que lo estuve, y mis sufrimientos del alma desaparecieron durante casi

un año. Jesús quería darme a gustar la alegría más plena posible en este

valle de lágrimas...

 

[33rº] ¿Recuerdas, Madre querida, el precioso librito que me preparaste

tres meses antes de mi primera comunión...? Aquel librito me ayudó a

preparar metódica y rápidamente mi corazón; pues si bien es cierto que ya

lo venía preparando desde hacía mucho tiempo, era necesario darle un

nuevo impulso, llenarlo de flores nuevas para que Jesús pudiese

descansar a gusto en él...

 

Todos los días hacía un gran número de prácticas, que eran otras tantas

flores. Decía también un número todavía mayor de jaculatorias, que tú me

habías escrito para cada día en el librito, y esos actos de amor eran los

capullos de las flores...


 

 

 

 

 

Todas las semanas tú me escribías una linda cartita, que me llenaba el

alma de pensamientos profundos y me ayudaba a practicar la virtud.

Aquella carta era un consuelo para tu pobre hijita, que hacía un sacrificio

tan grande al aceptar que no fueras tú quien la preparara cada tarde en tu

regazo, como lo habías hecho con Celina....

 

María reemplazó a Paulina. Me sentaba en su regazo y allí escuchaba con

avidez lo que me decía. Creo que todo su corazón, tan grande y tan

generoso, se volcaba en el mío. Como los grandes guerreros enseñan a

sus hijos el oficio de las armas, así me hablaba ella de las luchas de la

vida y de la palma que se entregará a los vencedores... María me hablaba

también de las riquezas inmortales que podemos atesorar fácilmente cada

día, y de la desgracia que sería pasar junto a ellas sin querer tomarse la

molestia de extender la mano para cogerlas. Luego me enseñaba la forma

de ser santa por la fidelidad en las cosas más pequeñas. Me dio la hojita

«El renunciamiento», que yo meditaba con auténtico placer...

 

¡Y qué elocuente que era mi querida madrina! Me hubiera gustado no ser

yo la única que escuchase sus profundas enseñanzas. Me llegaban tan a

lo hondo, que, en mi ingenuidad, pensaba que hasta los más grandes

pecadores se habrían conmovido como yo, y que, abandonando sus

riquezas perecederas, sólo querrían ganar ya [33vº] las del cielo...

 

Hasta entonces, nadie me había enseñado todavía la forma de hacer

oración, a pesar de que tenía muchas ganas. Pero María pensaba que era

ya bastante piadosa, y no me dejaba hacer más que mis oraciones.

 

Un día, una de las profesoras de la Abadía me preguntó qué hacía los días

libres cuando estaba sola. Yo le contesté que me metía en un espacio

vacío que había detrás de mi cama y que podía cerrar fácilmente con la

cortina, y que allí «pensaba». -¿Y en qué piensas?, me dijo. -Pienso, en

Dios, en la vida..., en la ETERNIDAD, bueno, pienso... La religiosa se rió

mucho de mí. Más tarde, le gustaba recordarme aquel tiempo en que yo

pensaba, y me preguntaba si todavía seguía pensando... Ahora

comprendo que, sin saberlo, hacía oración y que ya Dios me instruía en lo

secreto.

 

Los tres meses de preparación pasaron rápidamente, y pronto tuve que

entrar en ejercicios, y para ello hacerme pensionista interna y dormir en la

Abadía.

 

Me resulta imposible expresar el dulce recuerdo que me dejaron estos

ejercicios. Verdaderamente, si había sufrido mucho en el internado, la


 

 

 

dicha inefable de aquellos pocos días pasados a la espera de Jesús me

compensó abundantemente... No creo que se puedan saborear estas

alegrías en otra parte que en las comunidades religiosas.

 

Como éramos pocas niñas, era fácil ocuparse de cada una en particular, y

nuestras profesoras nos prodigaron en esos días unos cuidados

verdaderamente maternales. De mí se ocupaban aún más que de las

otras. Todas las noches, la primera profesora venía con su linternita a

darme un beso en la cama y me demostraba un gran cariño. Una noche,

ganada por su bondad, le dije que iba a confiarle un secreto; y sacando

misteriosamente mi precioso librito de debajo de la almohada, se lo enseñé

con los ojos resplandecientes de alegría...

 

Por la mañana, me resultaba muy divertido ver a todas las alumnas

levantarse apenas nos despertaban [34rº], y hacer lo que todas. Pero yo

no estaba acostumbrada a arreglarme sola, y María no estaba allí para

rizarme el pelo. Así que tenía ir tímidamente a presentar mi peine a la

profesora encargada del cuarto de tocador, la cual se reía al ver a una

jovencita de once años que no sabía arreglarse por sí sola; pero me

peinaba, aunque no con la delicadeza de María; sin embargo, no me

atrevía a chillar, como hacía todos los días bajo la delicada mano de mi

madrina...

 

Durante estos ejercicios pude comprobar que era una niña mimada y

rodeada de cariño como pocas en el mundo, sobre todo entre las niñas

huérfanas de madre... Todos los días, María y Leonia venían a verme con

papá, que me colmaba de caricias. Así que no sufrí por estar lejos de la

familia y no hubo nada que oscureciese el hermoso cielo de mis ejercicios.

 

Escuchaba con mucha atención las pláticas que nos daba el Sr. abate

Domin, y hasta escribía un resumen de las mismas. En cuanto a mis

propios pensamientos, no quise escribir ninguno, segura de que me

acordaría bien de ellos, como así fue...

 

Me gustaba mucho ir con las religiosas a todos los oficios. Llamaba la

atención entre mis compañeras por un gran crucifijo que me había

regalado Leonia y que llevaba puesto en el cinturón como los misioneros.

Aquel crucifijo despertaba la envidia de las religiosas, que pensaban que,

al llevarlo, yo quería imitar a mi hermana la carmelita...

 

¡Y sí, hacia ella volaban mis pensamientos! Yo sabía que mi Paulina

estaba de ejercicios como yo, no para que Jesús se entregase a ella, sino

para entregarse ella a Jesús, y aquella soledad, pasada en la espera, me

resultaba por eso doblemente grata...


 

 

 

 

 

Recuerdo que una mañana me habían llevado a la enfermería porque tosía

mucho (desde mi enfermedad, las profesoras se preocupaban mucho por

mi salud: por un ligero dolor de cabeza, o si me veían más pálida que de

[34vº] costumbre, me mandaban ya a tomar el aire o a descansar en la

enfermería). Vi entrar a mi Celina querida; había conseguido permiso para

verme, a pesar de estar en ejercicios, para regalarme una estampa que me

gustó mucho; era «La florecita del Divino Prisionero». ¡Cómo me gustó

recibir este recuerdo de manos de Celina...! ¡Cuántos sentimientos de

amor no me ha inspirado...!

 

La víspera del gran día recibí por segunda vez la absolución. La confesión

general me dejó una gran paz en el alma, y Dios no permitió que viniera a

turbarla ni la más ligera nube.

 

Por la tarde pedí perdón a toda la familia, que fue a verme, pero sólo pude

hablar el lenguaje de las lágrimas, pues estaba demasiado emocionada...

Paulina no estaba allí, pero sabía que estaba muy cerca de mí con el

corazón. Me había mandado con María un preciosa estampa, que no me

cansaba de admirar y de hacer admirar a todo el mundo...

 

Había escrito al P. Pichon para encomendarme a sus oraciones, y

diciéndole también que pronto sería carmelita y que entonces él sería mi

director espiritual. (Y así ocurrió efectivamente cuatro años más tarde,

pues en el Carmelo pude abrirle mi alma...). María me entregó una carta

suya. ¡Realmente, era feliz...! Todas las alegrías me llegaban juntas. Lo

que más me gustó de su carta fue esta frase: «¡Mañana celebraré el santo

sacrifico por ti y por Paulina!» El 8 de mayo Paulina y Teresa quedaron

más unidas que nunca, pues Jesús parecía fundirlas en una, inundándolas

de sus gracias...

 

Finamente llegó el más hermoso de los días. ¡Qué inefables recuerdos han

dejado en mi alma hasta los más pequeños detalles de esta jornada de

cielo...! El gozoso despertar de la aurora, los besos respetuosos y tiernos

de las profesoras y de las [35rº] compañeras mayores... La gran sala

repleta de copos de nieve, con los que nos iban vistiendo a las niñas una

tras otra. Y sobre todo, la entrada en la capilla y el precioso canto matinal

«¡Oh altar sagrado, que rodean los ángeles!»

 

Pero no quiero entrar en detalles. Hay cosas que si se exponen al aire

pierden su perfume, y hay sentimientos del alma que no pueden traducirse

al lenguaje de la tierra sin que pierdan su sentido íntimo y celestial. Son

como aquella «piedra blanca que se dará al vencedor, en la que hay

escrito un nombre nuevo que sólo conoce el que la recibe».


 

 

 

 

 

¡Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma...! Fue un beso de amor.

Me sentía amada, y decía a mi vez: «Te amo y me entrego a ti para

siempre».

 

No hubo preguntas, ni luchas, ni sacrificios. Desde hacía mucho tiempo,

Jesús y la pobre Teresita se habían mirado y se habían comprendido...

Aquel día no fue ya una mirada, sino una fusión. Ya no eran dos: Teresa

había desaparecido como la gota de agua que se pierde en medio del

océano. Sólo quedaba Jesús, él era el dueño, el rey. ¿No le había pedido

Teresa que le quitara su libertad, pues su libertad le daba miedo? ¡Se

sentía tan débil, tan frágil, que quería unirse para siempre a la Fuerza

divina...!

 

Su alegría era demasiado grande y demasiado profunda para poder

contenerla. Pronto la inundaron lágrimas deliciosas, con gran asombro de

sus compañeras, que más tarde comentaban entre ellas: «-¿Por qué

lloraba? ¿Habría algo que la atormentaba? -No, sería porque no tenía a su

madre a su lado, o a su hermana la carmelita a la que tanto quiere». No

comprendían que cuando toda la alegría del cielo baja a un corazón, este

corazón desterrado no puede soportarlo sin deshacerse en lágrimas...

 

No, el día de mi primera comunión, no me entristecía la ausencia de

mamá: ¿no estaba el cielo [35vº] dentro de mi alma, y no ocupaba en él un

lugar mi mamá desde hacía mucho tiempo? Entonces, al recibir la visita de

Jesús, recibía también la de mi madre querida, que me bendecía y se

alegraba de mi felicidad...

 

Y no lloraba tampoco la ausencia de Paulina. Qué duda cabe que me

habría encantado verla a mi lado, pero hacía mucho tiempo que había

aceptado ese sacrificio. Aquel día, sólo la alegría llenaba mi corazón; y yo

me unía a mi Paulina, que se estaba entregando de manera irrevocable a

Quien tan amorosamente se entregaba a mí...

 

Por la tarde, fui yo la encargada de pronunciar el acto de consagración a la

Santísima Virgen. Era justo que yo, que había sido privada tan joven de la

madre de la tierra, hablase en nombre de mis compañeras a mi Madre del

cielo. Puse toda mi alma al hablarle y al consagrarme a ella, como una

niña que se arroja en los brazos de su Madre y le pide que vele por ella. Y

creo que la Santísima Virgen debió de mirar a su florecita y sonreírle. ¿No

la había curado ella con su sonrisa visible...? ¿No había ella depositado en

el cáliz de su florecita a su Jesús, la Flor de los campos y el Lirio de los

valles...?


 

 

 

Al atardecer de aquel hermoso día, volví a encontrarme con mi familia de

la tierra. Ya por la mañana, después de Misa, había abrazado a papá y a

todos mis queridos parientes. Pero ahora fue la verdadera reunión. Papá,

tomando de la mano a su reinecita, se dirigió al Carmelo... Allí vi a mi

Paulina, convertida en esposa de Cristo. La vi con su velo, blanco como el

mío, y con su corona de rosas... ¡Fue una alegría sin amarguras!

¡Esperaba reunirme pronto con ella, y esperar juntas el cielo!

 

No fui insensible a la fiesta de familia que tuvo lugar en aquel atardecer de

mi primera comunión. El precioso reloj que me regaló mi rey me gustó

muchísimo. Pero mi alegría era serena, y nada vino a turbar mi paz

interior.

 

María me acostó con ella la noche que siguió a aquel hermoso día, pues a

los días más radiantes les sigue la oscuridad, y sólo el día de la primera,

de la única, [36rº] de la eterna comunión del cielo será un día sin ocaso...

 

El día siguiente a mi primera comunión fue también un día hermoso, pero

estuvo teñido de melancolía. Ni el precioso vestido que María me había

comprado, ni todos los regalos que había recibido me llenaban el corazón.

Sólo Jesús podía saciarme. Ansiaba el momento de poder recibirle por

segunda vez.

 

Aproximadamente un mes después de mi primera comunión, fui a

confesarme para la fiesta de la Ascensión, y me atreví a pedir permiso

para comulgar. Contra toda esperanza, el Sr. abate me lo concedió, y tuve

la dicha de arrodillarme a la Sagrada Mesa entre papá y María. ¡Qué dulce

recuerdo he conservado de esta segunda visita de Jesús! De nuevo

corrieron las lágrimas con inefable dulzura. Me repetía a mí misma sin

cesar estas palabras de san Pablo: «Ya no vivo yo, ¡es Jesús quien vive

en mí...!»

 

A partir de esta comunión, se fue haciendo cada vez mayor mi deseo de

recibir al Señor. Obtuve permiso para comulgar en todas las fiestas

importantes. La víspera de estos días dichosos, María me ponía al

atardecer en su regazo y me preparaba como lo había hecho para mi

primera comunión. Recuerdo que una vez me habló del sufrimiento,

diciéndome que probablemente yo no transitaría por ese camino, sino que

Dios me llevaría siempre como a una niña...

 

Al día siguiente, después de comulgar, me volvieron a la memoria las

palabras de María. Y sentí nacer en mi corazón un gran deseo de sufrir, y,

al mismo tiempo, la íntima convicción que Jesús me tenía reservado un


 

 

 

gran número de cruces. Y me sentí inundada de tan grandes consuelos,

que los considero como una de las mayores gracias de mi vida.

 

El sufrimiento se convirtió en mi sueño dorado. Tenía un hechizo que me

fascinaba, aun sin acabar de conocerlo. Hasta entonces, había sufrido sin

amar el sufrimiento; a partir de ese día, sentí por él [36vº] un verdadero

amor.

 

Sentía también el deseo de no amar más que a Dios y de no hallar alegría

fuera de él. Con frecuencia, durante las comuniones, le repetía estas

palabras de la Imitación: «¡Oh, Jesús, dulzura infinita, cámbiame en

amargura todos los consuelos de la tierra...!» Esta oración brotaba de mis

labios sin esfuerzo y sin dificultad alguna. Me parecía repetirla, no por

propia voluntad, sino como una niña que repite las palabras que le inspira

un amigo...

 

Más adelante te diré, Madre querida, cómo tuvo a bien Jesús hacer

realidad mi deseo y cómo sólo él fue siempre mi dulzura inefable. Si te

hablase de ello ahora, tendría que anticipar el relato de mis años de

juventud, y aún me quedan por contar muchos detalles de mi vida de niña.

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Confirmación

 

Poco después de mi primera comunión entré de nuevo en ejercicios

espirituales para la confirmación. Me preparé con gran esmero para recibir

la visita del Espíritu Santo. No entendía cómo no se cuidaba mucho la

recepción de este sacramento de amor. Normalmente, para la

confirmación sólo se hacía un día de retiro. Pero como Monseñor no pudo

venir para el día fijado, tuve el consuelo de pasar dos días de soledad.

Para distraernos, la profesora nos llevó al Monte Casino, donde cogí a

manos llenas margaritas gigantes para la fiesta del Corpus.

 

¡Qué gozo sentía en el alma! Al igual que los apóstoles, esperaba jubilosa

la visita del Espíritu Santo... Me alegraba al pensar que pronto sería una

cristiana perfecta, y, sobre todo, que iba a llevar eternamente marcada en

la frente la cruz misteriosa que traza el obispo al administrar este

sacramento...

 

Por fin, llego el momento feliz. No sentí ningún viento impetuoso al

descender el Espíritu Santo, sino más bien aquella brisa tenue cuyo

susurro escuchó Elías en el monte Horeb...


 
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