Sta. Teresita de Lisieux

Parte 10

incapacidad13 y sé que, aun haciendo todo lo posible, no lograría hacer

nada de provecho, pues, como decía hace un momento, no tengo el menor

conocimiento de las cosas de la tierra. Mi único objetivo sería, pues, hacer

la voluntad de Dios y sacrificarme por él de la manera que a él más le

agradase.

 

Estoy segura de que no sufriría la menor decepción, pues cuando se

espera un sufrimiento puro y sin mezcla de ninguna clase, la menor alegría

resulta una sorpresa inesperada. Y además, usted sabe, Madre, que el

mismo sufrimiento, cuando se lo busca como el más preciado tesoro, se

convierte en la mayor de las alegrías.

 

No, tampoco quiero partir con la intención de gozar del fruto de mis

trabajos. Si eso fuera lo que busco, no sentiría esta dulce paz que me

inunda, e incluso sufriría por no poder hacer realidad mi vocación en las

lejanas misiones.

 

Hace ya mucho tiempo que no me pertenezco a mí misma, vivo totalmente

entregada a Jesús. Por lo tanto, él es libre de hacer de mí lo que le plazca.

El me dio la vocación del destierro total, y me hizo comprender todos los

sufrimientos que en el iba a encontrar, preguntándome si quería beber ese

cáliz hasta las heces. Yo quise coger sin tardanza esa copa que Jesús me

ofrecía; pero él, retirando la mano, me dio a entender que se conformaba

con mi aceptación.

 

[11rº] ¡De cuántas inquietudes nos libramos, Madre mía, al hacer el voto

de obediencia! ¡Qué dichosas son las simples religiosas! Al ser su única

brújula la voluntad de los superiores, tienen siempre la seguridad de estar

en el buen camino. No tienen por qué temer equivocarse, aun cuando les

parezca seguro que los superiores se equivocan.

 

Pero cuando dejamos de mirar a esa brújula infalible, cuando nos

separamos del camino que ella nos señala, bajo pretexto de cumplir la

voluntad de Dios, que no ilumina bien a los que sin embargo están en su

lugar, entonces el alma se extravía por áridos caminos en los que pronto le

faltará el agua de la gracia.

 

Madre queridísima, usted es la brújula que Jesús me ha dado para

guiarme con seguridad a las riberas eternas. ¡Qué bueno es para mí fijar

en usted la mirada y luego cumplir la voluntad del Señor! Desde que él

permitió que sufriese tentaciones contra la fe, ha hecho crecer

enormemente en mi corazón el espíritu de fe, que me hace ver en usted,

no sólo a una madre que me ama y a quien amo, sino que, sobre todo, me


 

 

 

hace ver a Jesús que vive en su alma y que me comunica por medio de

usted su voluntad.

 

Sé muy bien, Madre, que usted me trata como a un alma débil, como a una

niña mimada; por eso, no me resulta pesado cargar con el yugo de la

obediencia. Pero, a juzgar por lo que siento en el fondo del corazón, creo

que no cambiaría de conducta y que el amor que le tengo no sufriría

merma alguna aunque [11vº] me tratase con severidad, pues seguiría

pensando que era voluntad de Jesús que usted actuase así para el mayor

bien de mi alma.

------------------------------------------------------------------------

 

La caridad

 

Este año, Madre querida, Dios me ha concedido la gracia de comprender

lo que es la caridad. Es cierto que también antes la comprendía, pero de

manera imperfecta. No había profundizado en estas palabras de Jesús:

«El segundo mandamiento es semejante al primero: Amarás a tu prójimo

como a ti mismo».

 

Yo me dedicaba sobre todo a amar a Dios. Y amándolo, comprendí que mi

amor no podía expresarse tan sólo en palabras, porque: «No todo el que

me dice Señor, Señor entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple

la voluntad de Dios». Y esta voluntad, Jesús la dio a conocer muchas

veces, debería decir que casi en cada página de su Evangelio. Pero en la

última cena, cuando sabía que el corazón de sus discípulos ardía con un

amor más vivo hacia él, que acababa de entregarse a ellos en el inefable

misterio de la Eucaristía, aquel dulce Salvador quiso darles un

mandamientos nuevo. Y les dijo, con inefable ternura: os doy un

mandamiento nuevo: que os améis unos a otros, que os améis unos a

otros igual que yo os he amado. La señal por la que conocerán todos que

sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros.

 

[12rº] ¿Y cómo amó Jesús a sus discípulos, y por qué los amó? No, no

eran sus cualidades naturales las que podían atraerle. Entre ellos y él la

distancia era infinita. El era la Ciencia, la Sabiduría eterna; ellos eran unos

pobres pescadores, ignorantes y llenos de pensamientos terrenos. Sin

embargo, Jesús los llama sus amigos, sus hermanos. Quiere verles reinar

con él en el reino de su Padre, y, para abrirles las puertas de ese reino,

quiere morir en una cruz, pues dijo: Nadie tiene amor más grande que el

que da la vida por sus amigos.

 

Madre querida, meditando estas palabras de Jesús, comprendí lo

imperfecto que era mi amor a mis hermanas y vi que no las amaba como


 

 

 

las ama Dios. Sí, ahora comprendo que la caridad perfecta consiste en

soportar los defectos de los demás, en no extrañarse de sus debilidades,

en edificarse de los más pequeños actos de virtud que les veamos

practicar. Pero, sobre todo, comprendí que la caridad no debe quedarse

encerrada en el fondo del corazón: Nadie, dijo Jesús, enciende una

lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el

candelero y que alumbre a todos los de la casa.

 

Yo pienso que esa lámpara representa a la caridad, que debe alumbrar y

alegrar, no sólo a los que me son más queridos, sino a todos los que están

en la casa, sin exceptuar a nadie.

 

Cuando el Señor mandó a su pueblo amar al prójimo [12vº] como a sí

mismo, todavía no había venido a la tierra. Por eso, sabiendo bien hasta

qué grado se ama uno a sí mismo, no podía pedir a sus criaturas un amor

mayor al prójimo. Pero cuando Jesús dio a sus apóstoles un mandamiento

nuevo -su mandamiento, como lo llama más adelante-, ya no habla de

amar al prójimo como a uno mismo, sino de amarle como él, Jesús, le amó

y como le amará hasta la consumación de los siglos...

 

Yo sé, Señor, que tú no mandas nada imposible. Tú conoces mejor que yo

mi debilidad, mi imperfección. Tú sabes bien que yo nunca podría amar a

mis hermanas como tú las amas, si tú mismo, Jesús mío, no las amaras

también en mí. Y porque querías concederme esta gracia, por eso diste un

mandamiento nuevo...

 

¡Y cómo amo este mandamiento, pues me da la certeza de que tu voluntad

es amar tú en mí a todos los que me mandas amar...!

 

Sí, lo se: cuando soy caritativa, es únicamente Jesús quien actúa en mí.

Cuanto más unida estoy a él, más amo a todas mis hermanas. Cuando

quiero hacer que crezca en mí ese amor, y sobre todo cuando el demonio

intenta poner ante los ojos de mi alma los defectos de tal o cual hermana

que me cae menos simpática, me apresuro a buscar sus virtudes y sus

buenos deseos, pienso que si la he visto caer una vez, puede haber

conseguido un gran [13rº] número de victorias que oculta por humildad, y

que incluso lo que a mí me parece una falta puede muy bien ser, debido a

la recta intención, un acto de virtud. Y no me cuesta convencerme de ello,

pues yo misma viví un día una experiencia que me demostró que no

debemos juzgar a los demás..

 

Fue durante la recreación. La portera tocó dos campanadas, había que

abrir la puerta de clausura a unos obreros para que metieran unos árboles

destinados al belén. La recreación no estaba animada, pues faltaba usted,


 

 

 

Madre querida. Así que pensé que me gustaría mucho que me mandasen

como tercera; y justo la madre subpriora me dijo que fuese yo a prestar

ese servicio, o bien la hermana que estaba a mi lado. Inmediatamente

comencé a desatarme el delantal, pero muy despacio para que mi

compañera pudiese quitarse el suyo antes que yo, pues pensaba darle un

gusto dejándola hacer de tercera. La hermana que suplía a la procuradora

nos miraba riendo, y, al ver que yo me había levantado la última, me dijo:

Ya sabía yo que no eras tú quien iba a ganarse una perla para tu corona,

ibas demasiado despacio...

 

Toda la comunidad, a no dudarlo, pensó que yo había actuado siguiendo

mi impulso natural. Pero es increíble el bien que una cosa tan insignificante

hizo a mi alma y lo comprensiva que me volvió ante las debilidades de las

demás.

 

Eso mismo me impide también tener vanidad cuando me juzgan

favorablemente, pues razono así: Si mis pequeños actos de virtud los

toman por imperfecciones, lo mismo pueden [13vº] engañarse tomando por

virtud lo que sólo es imperfección. Entonces digo con san Pablo: Para mí,

lo de menos es que me pida cuentas un tribunal humano; ni siquiera yo me

pido cuentas. Mi juez es el Señor. Por eso, para que el juicio del Señor me

sea favorable, o, mejor, simplemente para no ser juzgada, quiero tener

siempre pensamientos caritativos, pues Jesús nos dijo: No juzguéis, y no

os juzgarán.

 

Madre, al leer lo que acabo de escribir, usted podría pensar que la práctica

de la caridad no me resulta difícil. Es cierto que, desde hace algunos

meses, ya no tengo que luchar para practicar esta hermosa virtud. No

quiero decir con esto que no cometa algunas faltas. No, soy demasiado

imperfecta para eso. Pero cuando caigo, no me cuesta mucho levantarme,

porque en un cierto combate conseguí la victoria, y desde entonces la

milicia celestial viene en mi ayuda, pues no puede sufrir verme vencida

después de haber salido victoriosa en la gloriosa batalla que voy a tratar

de describir.

 

Hay en la comunidad una hermana que tiene el don de desagradarme en

todo. Sus modales, sus palabras, su carácter me resultan sumamente

desagradables. Sin embargo, es una santa religiosa, que debe de ser

sumamente agradable a Dios.

 

Entonces, para no ceder a la antipatía natural que experimentaba, me dije

a mí misma que la caridad no debía consistir en simples sentimientos, sino

en obras, y [14rº] me dediqué a portarme con esa hermana como lo

hubiera hecho con la persona a quien más quiero. Cada vez que la


 

 

 

encontraba, pedía a Dios por ella, ofreciéndole todas sus virtudes y sus

méritos.

 

Sabía muy bien que esto le gustaba a Jesús, pues no hay artista a quien

no le guste recibir alabanzas por sus obras. Y a Jesús, el Artista de las

almas, tiene que gustarle enormemente que no nos detengamos en lo

exterior, sino que penetremos en el santuario íntimo que él se ha escogido

por morada y admiremos su belleza.

 

No me conformaba con rezar mucho por esa hermana que era para mí

motivo de tanta lucha. Trataba de prestarle todos los servicios que podía; y

cuando sentía la tentación de contestarle de manera desagradable, me

limitaba a dirigirle la más encantadora de mis sonrisas y procuraba

cambiar de conversación, pues, como dice la Imitación: Mejor es dejar a

cada uno con su idea que pararse a contestar.

 

Con frecuencia también, fuera de la recreación (quiero decir durante las

horas de trabajo), como tenía que mantener relaciones con esta hermana

a causa del oficio14, cuando mis combates interiores eran demasiado

fuertes, huía como un desertor.

 

Como ella ignoraba por completo lo que yo sentía hacia su persona, nunca

sospechó los motivos de mi conducta, y vive convencida de que su

carácter me resultaba agradable.

 

Un día, en la recreación, me dijo con aire muy satisfecho más o menos

estas palabras: «¿Querría decirme, hermana Teresa del Niño Jesús, qué

es lo que la atrae tanto en mí? Siempre que me mira, la veo sonreír». ¡Ay!,

lo que me atraía era Jesús, escondido en el fondo de su alma... Jesús, que

hace dulce hasta lo más amargo... Le respondí que sonreía porque me

alegraba verla (por supuesto que no añadí que era bajo un punto de vista

espiritual).

 

[14vº] Madre querida, como le he dicho, mi último recurso para no ser

vencida en los combates es la deserción. Este recurso lo empleaba ya

durante el noviciado, y siempre me dio muy buenos resultados. Quiero,

Madre, citarle un ejemplo que la va a hacer sonreír.

 

Durante una de sus bronquitis, fui una mañana muy despacito a dejar en

su celda las llaves de la reja de la comunión, pues era sacristana. En el

fondo, no me disgustaba aquella ocasión que tenía de verla a usted,

incluso me agradaba mucho, aunque trataba de disimularlo. Una hermana,

animada de un santo celo, pero que sin embargo me quería mucho, al

verme entrar en su celda, pensó, Madre, que iba a despertarla, y quiso


 

 

 

cogerme las llaves; pero yo era demasiado lista para dárselas y ceder de

mis derechos. Le dije, lo más educadamente que pude, que yo tenía tanto

interés como ella en no despertarla, y que me tocaba a mí entregar las

llaves...

 

Ahora comprendo que habría sido mucho más perfecto ceder ante aquella

hermana, joven, es cierto, pero al fin más antigua que yo15. Pero entonces

no lo comprendí; y por eso, queriendo a toda costa entrar a su pesar

detrás de ella, que empujaba la puerta para no dejarme pasar, pronto

ocurrió la desgracia que las dos nos temíamos: el ruido que hacíamos le

hizo a usted abrir los ojos...

 

Entonces, Madre, toda la culpa recayó sobre mí. La pobre hermana a la

que yo había opuesto resistencia se puso a echar un discurso, cuyo fondo

sonaba así: Ha sido sor Teresa del Niño Jesús la que ha hecho ruido...

¡Dios mío, qué hermana tan antipática...!, etc. [15rº] Yo, que pensaba todo

lo contrario, sentía unas ganas enormes de defenderme. Afortunadamente,

me vino una idea luminosa: pensé en mi interior que, si empezaba a

justificarme, no iba a poder conservar la paz en mi alma; sabía también

que no tenía la suficiente virtud como para dejarme acusar sin decir nada.

Así que mi única tabla de salvación era la huida. Pensado y hecho: me fui

sin decir ni mus, dejando que la hermana continuase su discurso, que se

parecía a las imprecaciones de Camila contra Roma.

 

Me latía tan fuerte el corazón, que no pude ir muy lejos, y me senté en la

escalera para disfrutar en paz los frutos de mi victoria. Aquello no era

valentía, ¿verdad, Madre querida? Pero creo que, cuando la derrota es

segura, vale más no exponerse al combate.

 

¡Ay!, cuando vuelvo con el pensamiento al tiempo de mi noviciado, me doy

cuenta de lo imperfecta que era... Me angustiaba por tan poca cosa, que

ahora me río de ello. ¡Qué bueno es el Señor, que hizo crecer a mi alma y

le dio alas...! Ahora ya ni todas las redes juntas de los cazadores me dan

miedo, «pues de nada sirve tender redes a la vista de las aves» (Prov.).

 

Seguramente que más adelante el tiempo en que ahora vivo me parecerá

también lleno de imperfecciones, pero ahora no me sorprendo ya de nada

ni me aflijo al ver que soy la debilidad misma; al contrario, me glorío de ello

y espero descubrir cada día en mí nuevas imperfecciones. Acordándome

de que la caridad cubre la multitud de los [15vº] pecados, exploto esta

mina fecunda que Jesús ha abierto ante mí.

 

El Señor explica en el Evangelio en qué consiste su mandamiento nuevo.

Dice en san Mateo: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y


 

 

 

aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros

enemigos, y rezad por los que os persiguen».

 

La verdad es que en el Carmelo una no encuentra enemigos, pero sí que

hay simpatías. Se siente atracción por una hermana, mientras que ante

otra darías un gran rodeo para evitar encontrarte con ella, y así, sin darse

cuenta, se convierte en motivo de persecución. Pues bien, Jesús me dice

que a esa hermana hay que amarla, que hay que rezar por ella, aun

cuando su conducta me indujese a pensar que ella no me ama: «Pues si

amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores

aman a los que los aman». San Lucas, VI.

 

Y no basta con amar, hay que demostrarlo. Es natural que nos guste hacer

un regalo a un amigo, y sobre todo que nos guste dar sorpresas. Pero eso

no es caridad, pues también los pecadores lo hacen. Y Jesús nos dice

también: «A todo el que te pide, dale, y al que se lleve lo tuyo no se lo

reclames».

 

Dar a todas las que pidan gusta menos que ofrecer algo una misma por

propia iniciativa. Más aún, cuando se nos pide algo amablemente, no nos

cuesta dar. Pero si, por desgracia, no se emplean palabras bastante

delicadas, enseguida el alma se rebela si no está firmemente afianzada en

la caridad. Encuentra mil razones para negar [16rº] lo que le piden y sólo

después de haber convencido de su falta de delicadeza a la que pide

acaba dándole como un favor lo que reclama, o le presta un ligero

servicio16 que le habría exigido veinte veces menos tiempo del que le llevó

hacer valer sus derechos imaginarios.

 

Si es difícil dar a todo el que nos pide, lo es todavía mucho más dejar que

nos cojan lo que nos pertenece, sin reclamarlo. Digo, Madre, que es difícil,

pero debería más bien decir que parece difícil, pues el yugo del Señor es

suave y ligero. Cuando lo aceptamos, sentimos enseguida su suavidad y

exclamamos con el salmista: «Corrí por el camino de tus mandatos cuando

me ensanchaste el corazón».

 

Sólo la caridad puede ensanchar mi corazón. Y desde que esta dulce

llama lo consume, Jesús, corro alegre por el camino de tu mandato

nuevo... Y quiero correr por él hasta que llegue el día venturoso en que,

uniéndome al cortejo de las vírgenes, pueda seguirte por los espacios

infinitos cantando tu cántico nuevo, que será el cántico del amor.

 

Decía que Jesús no quiere que reclame lo que me pertenece. Y debería

parecerme fácil y natural, pues no tengo nada mío. Por el voto de pobreza

he renunciado a los bienes de la tierra. No tengo, pues, derecho a


 

 

 

quejarme si me quitan algo que no me pertenece; al contrario, debería

alegrarme cuando se me ofrece la ocasión de vivir la pobreza.

 

Tiempo atrás creía no estar apegada a nada. Pero desde que comprendí

las palabras de Jesús, veo que, cuando llega la ocasión, [16vº] soy aún

muy imperfecta.

 

Por ejemplo, en el oficio de pintura nada es mío, lo sé muy bien. Pero si, al

ponerme a trabajar, encuentro los pinceles y las pinturas en completo

desorden, si ha desaparecido una regla o un cortaplumas, ya me pongo en

un tris de perder la paciencia y tengo que armarme de todo mi valor para

no reclamar con aspereza los objetos que me faltan.

 

A veces, ¿cómo no?, hay que pedir las cosas indispensables; pero si se

hace con humildad, no se falta al mandamiento de Jesús, al contrario, se

obra como los pobres, que tienden la mano para recibir lo que necesitan, y,

si son rechazados, no se extrañan, pues nadie les debe nada.

 

¡Y qué paz inunda el alma cuando se eleva por encima de los sentimientos

de la naturaleza...! No, no existe alegría comparable a la que saborea el

verdadero pobre de espíritu. Si pide con desprendimiento algo que

necesita, y no sólo se lo niegan sino que hasta intentan quitarle lo que

tiene, está siguiendo el consejo de Jesús: «Al que quiera ponerte pleito

para quitarte la túnica, dale también la capa...» Darle también la capa es,

creo yo, renunciar una a sus últimos derechos, considerarse como la

sierva y la esclava de las demás.

 

Cuando se ha entregado la capa, es más fácil caminar, correr. Por eso

Jesús añade: «Y al que te exija caminar con él mil pasos, acompáñale dos

mil».

 

Así que [17rº] no basta con dar a quien me pida; debo adelantarme a su

deseos, mostrarme muy agradecida y muy honrada de poder prestarle un

servicio; y si me cogen una cosa que tengo a mi uso, no he de hacer ver

que lo siento, sino, por el contrario, mostrarme contenta de que me hayan

quitado de en medio ese estorbo.

 

Madre querida, estoy muy lejos de practicar lo que entiendo tan bien, pero

el simple deseo que tengo de hacerlo me da paz.

 

Me doy cuenta, más aún que los días anteriores, que me he explicado

rematadamente mal. He hecho una especie de discurso sobre la caridad,

cuya lectura ha tenido que cansarla.


 

 

 

Perdóneme, Madre querida, y piense que en este momento las

enfermeras17 están practicando conmigo lo que acabo de escribir: no les

importa caminar dos mil pasos cuando veinte bastarían. ¡He podido, pues,

contemplar la caridad en acción18! Sin duda que mi alma debe sentirse

perfumada por ello. Pero mi mente confieso que se ha paralizado un poco

ante semejante abnegación, y mi pluma ha perdido agilidad.

 

Para poder trasladar al papel mis pensamientos, tendría que estar como el

pájaro solitario19, y pocas veces tengo esa suerte. En cuanto cojo la

pluma, aparece una hermana que pasa junto a mí con la horca al hombro y

que cree que me distraerá dándome un poco de palique: el heno, los

patos, las gallinas, la visita del médico, todo sale a relucir.

 

A decir verdad, la escena no dura mucho; pero hay más de una hermana

caritativa, y de pronto otra heneadora me deja unas flores sobre las

rodillas, pensando quizás inspirarme pensamientos poéticos. Y yo, que en

ese momento no los busco, [17vº] preferiría que las flores siguieran

meciéndose en sus tallos.

 

Por fin, cansada de abrir y cerrar este famoso cuaderno, abro un libro (que

no quiere quedarse abierto), y digo muy decidida que estoy copiando

algunos pensamientos de los salmos y del Evangelio para el santo de

nuestra Madre. Y es muy cierto, pues no economizo precisamente las

citas...

 

Madre querida, creo que la divertiría mucho si le contase todas mis

aventuras en los bosquecillos del Carmelo. No sé si habré podido escribir

diez líneas sin verme interrumpida. Esto no debería hacerme reír, ni

divertirme; pero, por amor a Dios y a mis hermanas (tan caritativas

conmigo), trato de parecer contenta, y sobre todo de estarlo...

 

Ahora mismo acaba de irse una heneadora después de decirme con tono

compasivo: -«Pobre hermanita, ¡cómo tiene que cansarte estar escribiendo

así todo el día! -«No te preocupes, le contesté, parece que escribo mucho,

pero en realidad no escribo casi nada». -«Me alegro, me dijo ya más

tranquila; de todas formas, me alegro de que estemos con la siega, pues

eso no dejará de distraerte un poco».

 

Y, en efecto, es una distracción tan grande la que tengo (sin contar las

visitas de las enfermeras), que no miento cuando digo que no escribo casi

nada.


 

 

 

Por suerte, no me desanimo fácilmente. Para demostrárselo, Madre, voy a

terminar de explicarle lo que Jesús me ha hecho comprender acerca de la

caridad.

 

Hasta aquí sólo le he hablado de lo exterior. Ahora quisiera decirle cómo

entiendo yo la [18rº] caridad puramente espiritual.

 

Estoy segura, Madre, de que no tardaré en mezclar una con otra. Pero

como es a usted a quien le hablo, sé que no le será difícil captar mi

pensamiento y desenredar la madeja de su hija.

 

No siempre es posible en el Carmelo practicar al pie de la letra las

enseñanzas del Evangelio. A veces una se ve obligada, en razón de su

oficio, a negarse a hacer un favor. Pero cuando la caridad ha echado

hondas raíces en el alma, se manifiesta al exterior. Hay una forma tan

elegante de negar lo que no se puede dar, que la negativa agrada tanto

como el mismo don. Es cierto que cuesta menos pedir un favor a una

hermana que está siempre dispuesta a complacernos. Pero Jesús dijo: «Al

que te pide prestado, no lo rehuyas». Así pues, no debemos huir de las

hermanas que tienen la costumbre de estar siempre pidiendo favores, con

el pretexto de que tendremos que negárselos. Ni debemos tampoco ser

serviciales por parecerlo, o con la esperanza de que en otra ocasión la

hermana a la que ahora ayudamos nos devolverá el favor, pues Nuestro

Señor nos dice también: «Y si prestáis a aquellos de los esperáis recibir,

¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestar a otros pecadores con

intención de cobrárselo. No, vosotros prestad sin esperar nada, y tendréis

un gran premio».

 

Sí, el premio es grande, incluso en esta tierra... En este camino, sólo

cuesta dar el primer paso. Prestar sin esperar nada a cambio parece duro

a la naturaleza; preferiríamos dar, pues lo que damos [18vº] ya no nos

pertenece.

 

Cuando alguien viene a decirnos con aire muy sincero: «Hermana,

necesito tu ayuda durante unas horas; pero no te preocupes, que ya tengo

permiso de nuestra Madre, y en otra ocasión te devolveré el tiempo que

me dediques, pues sé lo ocupada que estás», como realmente sabemos

muy bien que ese tiempo que prestamos nunca se nos devolverá,

preferiríamos decir: Te lo regalo

 

Esto satisfaría nuestro amor propio, pues dar es un acto más generoso

que prestar, y además así hacemos saber a la hermana que no contamos

con sus servicios...


 

 

 

¡Qué contrarias a los sentimientos de la naturaleza son las enseñanzas de

Jesús! Sin la ayuda de su gracia, no sólo no podríamos ponerlas por obra,

sino ni siquiera comprenderlas.

 

------------------------------------------------------------------------

 

CAPÍTULO XI

 

LOS QUE USTED ME DIO

 

(1896-1897)

 

Madre, Jesús ha concedido a su hija la gracia de penetrar en las

profundidades misteriosas de la caridad. Si ella pudiese expresar todo lo

que se la ha dado a entender, usted escucharía una melodía de cielo.

Pero, ¡ay!, lo único que puedo hacerle oír son simples balbuceos

infantiles... Si no vinieran en mi ayuda las propias palabras de Jesús, me

sentiría tentada de pedirle disculpas y de dejar la pluma... Pero no, he de

terminar por obediencia lo que comencé por obediencia.

------------------------------------------------------------------------

 

Novicias y hermanos espirituales

 

Madre querida, yo escribía ayer que, al no ser míos los bienes de aquí

abajo, no debería resultarme difícil no reclamarlos nunca si alguien me los

quita.

 

Tampoco los bienes del cielo me pertenecen. Me han sido prestados por

Dios, que puede [19rº] quitármelos sin que yo tenga ningún derecho a

quejarme.

 

Sin embargo, los bienes que vienen directamente de Dios, las intuiciones

de la inteligencia y del corazón, los pensamientos profundos, todo eso

constituye una riqueza a la que solemos apegarnos como a un bien propio

que nadie tiene derecho a tocar...

 

Por ejemplo, si durante la licencia comunicamos a una hermana alguna luz

recibida en la oración, y poco después esa hermana, hablando con otra, le

dice lo que le habíamos confiado como si lo hubiese pensado ella misma,

parece que se apropia de algo que no era suyo.

 

O bien, cuando en la recreación decimos por lo bajo a nuestra compañera

una frase ingeniosa o que viene como anillo al dedo, si ella la repite en voz

alta sin decir la fuente de donde procede, parece también un robo a la


 

 

 

propietaria, que no reclama nada pero que tiene muchas ganas de hacerlo

y que aprovechará la primera ocasión para hacer saber sutilmente que se

han apropiado de sus pensamientos.

------------------------------------------------------------------------

 

Instrumentos de Dios

 

Madre, yo no sabría explicarle tan bien estos tristes sentimientos de la

naturaleza si yo misma no los hubiese experimentado en mi propio

corazón. Y me gustaría mecerme en la dulce ilusión de que sólo han

visitado el mío, si usted no me hubiese mandado escuchar las tentaciones

de sus queridas novicias.

 

En el cumplimiento de la misión que usted me confió he aprendido mucho.

Sobre todo, me he visto obligada a practicar yo misma lo que enseñaba a

las demás. Y así, ahora puedo decir que Jesús me ha concedido la gracia

de no estar más apegada a los bienes del espíritu y del corazón que a los

de la tierra.

 

Si alguna vez me ocurre pensar y decir algo [19vº] que les gusta a mis

hermanas, me parece completamente natural que se apropien de ello

como de un bien suyo propio. Ese pensamiento pertenece al Espíritu

Santo y no a mí, pues san Pablo dice que, sin ese Espíritu de amor, no

podemos llamar «Padre» a nuestro Padre que está en el cielo. El es, pues,

muy libre de servirse de mí para comunicar a un alma un buen

pensamiento. Si yo creyera que ese pensamiento me pertenece, me

parecería al «asno que llevaba las reliquias», que pensaba que los

homenajes tributados a los santos iban dirigidos a él.

 

No desprecio los pensamientos profundos que alimentan el alma y la unen

a Dios. Pero hace mucho tiempo ya que he comprendido que el alma no

debe apoyarse en ellos, ni hacer consistir la perfección en recibir muchas

iluminaciones. Los pensamientos más hermosos no son nada sin las

obras.

 

Es cierto que los demás pueden sacar mucho provecho de las luces que a

ella se le conceden, si se humillan y saben dar gracias a Dios por

permitirles tomar parte en el festín de un alma a la que él se digna

enriquecer con sus gracias. Pero si esta alma se complace en sus grandes

pensamientos y hace la oración del fariseo, entonces viene a ser como una

persona que se muere de hambre ante una mesa bien surtida mientras

todos sus invitados disfrutan en ella de comida abundante y hasta dirigen

de vez en cuando una mirada de envidia al personaje poseedor de tantos

bienes.


 

 

 

 

 

¡Qué gran verdad es que sólo Dios conoce el fondo de los corazones...! ¡Y

qué cortos son los pensamientos de las criaturas...! Cuando ven un alma

con más luces que las otras, enseguida [20rº] sacan la conclusión de que

Jesús las ama a ellas menos que a esa alma y de que no las llama a la

misma perfección.

 

¿Desde cuándo no tiene ya derecho el Señor a servirse de una de sus

criaturas para conceder a las almas que ama el alimento que necesitan?

En tiempos del faraón el Señor aún tenía ese derecho, pues en la Sagrada

Escritura le dice a este monarca: «Te he constituido rey para mostrar en ti

mi poder y para hacer famoso mi nombre en toda la tierra». Desde que el

Todopoderoso pronunció estas palabras han pasado siglos y siglos, y su

forma de actuar sigue siendo la misma: siempre se ha servido de sus

criaturas como de instrumentos para realizar su obra en las almas.

------------------------------------------------------------------------

 

El pincelito

 

Si el lienzo que pinta un artista pudiera pensar y hablar, seguramente no

se quejaría de que el pincel lo toque y lo retoque sin cesar; ni tampoco

envidiaría la suerte de ese instrumento, pues sabría que la belleza que lo

adorna no se la debe al pincel sino al artista que lo maneja.

 

El pincel, por su parte, no puede gloriarse de haber hecho él la obra de

arte. Sabe que los artistas no se atan a un instrumento, que se ríen de las

dificultades, que a veces les gusta escoger instrumentos débiles y

defectuosos...

 

Madre querida, yo soy un pincelito que Jesús ha escogido para pintar su

imagen en las almas que usted me ha confiado. Un artista no utiliza

solamente un pincel, necesita al menos dos. El primero es el más útil, con

él da los colores comunes, [20vº] y cubre totalmente el lienzo en muy poco

tiempo; del otro, del más pequeño, se sirve para los detalles.

 

Madre querida, usted representa el precioso pincel que la mano de Jesús

toma con amor cuando quiere hacer un gran trabajo en el alma de sus

hijas; y yo soy el pequeñito del que luego quiere servirse para los detalles

menores.

 

La primera vez que Jesús se sirvió de su pincelito fue hacia el 8 de

diciembre de 1892. Siempre recordaré aquella época como un tiempo de

gracias. Voy a confiarle, Madre querida, aquellos dulces recuerdos.


 

 

 

Cuando, a los 15 años, tuve la dicha de entrar en el Carmelo, me encontré

con una compañera de noviciado que había ingresado unos meses antes.

Tenía ocho años más que yo; pero su temperamento infantil borraba la

diferencia de los años, así que pronto usted, Madre, tuvo la alegría de ver

que sus dos postulantes se entendían a las mil maravillas y se hacían

inseparables.

 

En orden a propiciar aquel afecto naciente, que le parecía que había de

dar buenos frutos, nos permitió que tuviéramos juntas, de vez en cuando,

algunas charlas espirituales.

 

Mi querida compañera me encantaba por su inocencia y por su carácter

abierto. Pero, por otro lado, me extrañaba ver cuán distinto era el afecto

que ella le tenía a usted del que le tenía yo. Había también, en su

comportamiento con las hermanas, muchas otras cosas que yo hubiera

deseado que cambiase...

 

Ya en aquella época Dios me hizo [21rº] comprender que hay almas a las

que su misericordia no se cansa de esperar, a las que no concede su luz

sino paso a paso. Por eso, yo me cuidaba muy bien de adelantar su hora y

esperaba pacientemente a que Jesús tuviese a bien hacerla llegar.

 

Reflexionando un día sobre el permiso que usted nos había dado para

hablar y así inflamarnos más en el amor de nuestro Esposo, como dicen

nuestras santas Constituciones, me di cuenta con tristeza de que nuestras

conversaciones no alcanzaban el fin deseado. Entonces Dios me dio a

entender que había llegado el momento y que ya no tenía por qué tener

miedo a hablar, o que, de lo contrario, debería poner fin a unas

conversaciones que tanto se parecían a las de dos amigas del mundo

 

Aquel día era sábado. Al día siguiente, durante la acción de gracias, le

pedí a Dios que pusiera en mi boca palabras tiernas y convincentes, o,

más bien, que hablase él mismo por mi boca. Jesús escuchó mi oración y

permitió que el resultado colmase ampliamente mi esperanza, pues los

que vuelvan su mirada hacia él quedarán radiantes (Sal XXXIII) y la luz

brillará en las tinieblas para los rectos de corazón. Las primeras palabras

se aplican a mí y las segundas a mi compañera, que realmente tenía un

corazón recto...

 

Cuando llegó la hora en que habíamos quedado para encontrarnos, al

poner los ojos en mí la pobre hermanita se dio cuenta enseguida de que yo

no era la misma. Se sentó a mi lado, sonrojada, y yo, apoyando su cabeza

en mi corazón, le dije, con llanto en [21vº] la voz, todo lo que pensaba de


 

 

 

ella, pero con palabras tan tiernas y manifestándole tanto cariño, que

pronto sus lágrimas se mezclaron con las mías.

 

Reconoció con gran humildad que todo lo que le decía era verdad, me

prometió comenzar una nueva vida y me pidió, como un favor, que le

advirtiese siempre sus faltas. Al final, en el momento de separarnos,

nuestro afecto se había vuelto totalmente espiritual, no había ya en él nada

de humano. Se hacía realidad en nosotras aquel pasaje de la Sagrada

Escritura: «Hermano ayudado por su hermano es como una plaza fuerte».

 

Lo que Jesús hizo con su pincelito se hubiera borrado pronto si él, Madre,

no hubiese echado mano de usted para consumar su obra en aquella alma

que él quería toda para sí.

 

A mi pobre compañera la prueba le pareció muy amarga, pero la firmeza

que usted usó con ella acabó por triunfar. Y entonces fue cuando yo,

tratando de consolarla, pude explicarle a quien usted me había dado por

hermana entre todas las demás en qué consiste el verdadero amor. Le

hice ver que era a sí misma a quien amaba, y no a usted. Le conté cómo la

amaba a usted yo, y los sacrificios que me había visto obligada a hacer en

los comienzos de mi vida religiosa para no encariñarme con usted de

manera puramente material, como el perro se encariña con su dueño. El

amor se alimenta de sacrificios; y de cuantas más satisfacciones naturales

se priva el alma, más fuerte y desinteresado se hace su cariño.

 

Recuerdo que, siendo postulante, me venían a veces tan fuertes [22rº]

tentaciones de entrar en su celda por mi satisfacción personal, por

encontrar algunas gotas de alegría, que me veía obligada a pasar a toda

prisa por delante de la procura y a agarrarme fuertemente al pasamanos

de la escalera; me venían a la cabeza un montón de permisos que pedir.

En una palabra, encontraba mil razones para dar gusto a mi naturaleza...

------------------------------------------------------------------------

 

Poder de la oración y el sacrificio

 

¡Cuanto me alegro ahora de todas las renuncias que me impuse desde el

comienzo de mi vida religiosa! Ahora gozo ya del premio prometido a los

que luchan valientemente. Siento que ya no necesito negarme todos los

consuelos del corazón, pues mi alma está afianzada en el Unico a quien

quería amar. Veo feliz que, amándolo a él, el corazón se ensancha y que

puede dar un cariño incomparablemente mayor a los que ama que si se

encerrase en un amor egoísta e infructuoso.


 

 

 

Madre querida, le he recordado el primer trabajo que usted y Jesús

quisieron llevar a cabo sirviéndose de mí. No era más que el preludio de

los que iban a serme confiados.

 

Cuando me fue dado penetrar en el santuario de las almas, vi enseguida

que la tarea era superior a mis fuerzas. Entonces me eché en los brazos

de Dios como un niñito, y, escondiendo mi rostro entre sus cabellos, le dije:

Señor, yo soy demasiado pequeña para dar de comer a tus hijas. Si tú

quieres darle a cada una, por medio de mí, lo que necesita, llena tú mi

mano; y entonces, sin separarme de tus brazos y sin volver siquiera la

cabeza, [22vº] yo entregaré tus tesoros al alma que venga a pedirme su

alimento. Si lo encuentra de su gusto, sabré que no me lo debe a mí, sino

a ti; si, por el contrario, se queja y encuentra amargo lo que le ofrezco, no

perderé la paz, intentaré convencerla de que ese alimento viene de ti y me

guardaré muy bien de buscarle otro.

 

Madre, desde que comprendí que no podía hacer nada por mí misma, la

tarea que usted me encomendó dejó de parecerme difícil. Vi que la única

cosa necesaria era unirme cada día más a Jesús y que todo lo demás se

me daría por añadidura. Y mi esperanza nunca ha sido defraudada. Dios

ha tenido a bien llenar mi manita cuantas veces ha sido necesario para

que yo pudiese alimentar el alma de mis hermanas.

 

Le confieso, Madre querida, que si me hubiese apoyado lo más mínimo en

mis propias fuerzas, pronto le hubiera entregado las armas...

 

De lejos, parece de color de rosa eso de hacer bien a las almas, hacerlas

amar más a Dios, en una palabra modelarlas según los propios puntos de

vista y los criterios personales. De cerca ocurre todo lo contrario: el color

rosa desaparece..., y una ve por experiencia que hacer el bien es algo tan

imposible sin la ayuda de Dios como hacer brillar el sol en plena noche...

Se comprueba que hay que olvidarse por completo de los propios gustos y

de las ideas personales, y guiar a las almas por los caminos que Jesús ha

trazado para ellas, sin pretender hacerlas ir [23rº] por el nuestro.

 

Pero esto no es todavía lo más difícil. Lo que más me cuesta de todo es

tener que estar pendiente de las faltas y de las más ligeras imperfecciones

y declararles una guerra a muerte. Iba a decir: por desgracia para mí; pero

no, eso sería cobardía. Así que digo: por suerte para mis hermanas.

 

Desde que me puse en brazos de Jesús, soy como el vigía que observa al

enemigo desde la torre más alta de una fortaleza. Nada escapa a mis ojos.

Muchas veces yo misma me sorprendo de ver tan claro, y me parece muy

digno de excusas el profeta Jonás por haber huido en vez de ir a anunciar


 

 

 

la ruina de Nínive. Preferiría mil veces ser reprendida que reprender yo a

las demás. Pero entiendo que es muy necesario que eso me resulte

doloroso, pues cuando obramos por impulso natural, es imposible que el

alma a quien queremos hacer ver sus faltas entienda sus errores, ya que

no ve más que una cosa: la hermana encargada de guiarme está

enfadada, y pago los platos rotos yo, que estoy llena de la mejor voluntad.

 

Sé muy bien que a tus corderitos les parezco severa. Si leyeran estas

líneas, dirían que no parece costarme lo más mínimo correr detrás de

ellos, hablarles en tono severo mostrándoles su hermoso vellón

manchado, o bien traerles algún ligero mechón de lana que han dejado

prendido en los espinos del camino.

 

Los corderitos pueden decir lo que quieran. En el fondo, saben que les

amo con verdadero amor y que yo nunca imitaré al mercenario, que, al ver

venir al lobo, abandona el rebaño y [23vº] huye. Yo estoy dispuesta a dar

mi vida por ellos. Pero mi afecto es tan puro, que no deseo que lo sepan.

Nunca, por la gracia de Jesús, he tratado de granjearme sus corazones.

Siempre he tenido muy claro que mi misión consistía en llevarlos a Dios y

en hacerles comprender que, aquí en la tierra, usted, Madre, era el Jesús

visible a quien deben amar y respetar.

 

Le he dicho, Madre querida, que yo misma había aprendido mucho

instruyendo a las demás. Lo primero que descubrí es que todas las almas

sufren más o menos las mismas luchas, pero que, por otra parte, son tan

diferentes las unas de las otras, que no me resulta difícil comprender lo

que decía el P. Pichon: «Hay mucha más diferencia entre las almas que

entre los rostros».

 

Por tanto, no se las puede tratar a todas de la misma manera. Con ciertas

almas, veo que tengo que hacerme pequeña, no tener reparo en

humillarme confesando mis luchas y mis derrotas. Al ver que yo tengo las

mismas debilidades que ellas, mis hermanitas me confiesan a su vez las

faltas que se reprochan a sí mismas y se alegran de que las comprenda

por experiencia. Con otras, por el contrario, he comprobado que, para

ayudarlas, hay que tener una gran firmeza y no dar nunca marcha atrás de

lo que se ha dicho. Abajarse no sería humildad, sino debilidad.

 

Dios me ha concedido la gracia de no temer el combate. Tengo que

cumplir con mi deber al precio que sea. Más de una vez he oído decir esto:

«Si quieres conseguir algo de mí, tendrás que ganarme por el camino de la

dulzura; por [24rº] el de la fuerza no conseguirás nada». Sé que nadie es

buen juez en propia causa, y que un niño al que el médico somete a una

operación dolorosa no dejará de chillar y de decir que es peor el remedio


 

 

 

que la enfermedad; sin embargo, cuando a los pocos días se encuentre

curado, se sentirá feliz de poder jugar y correr.

 

Lo mismo ocurre con las almas. No tardan en reconocer que, en

ocasiones, un poco de acíbar es preferible al azúcar, y no tienen reparo en

confesarlo.

 

A veces no puedo dejar de sonreír en mi interior al ver qué cambio se

opera de un día para otro. ¡Parece cosa de magia...! Vienen a decirme:

«Tuviste razón ayer al ser tan severa. En un primer momento me sublevó

lo que me dijiste, pero luego fui recordándolo todo y vi que tenías razón...

Ya ves, cuando me fui de tu lado, pensé que todo había terminado, y me

decía: Iré a ver a nuestra Madre y le diré que ya no volveré más con sor

Teresa del Niño Jesús. Pero me di cuenta de que era el demonio quien me

inspiraba esas cosas. Además, me pareció que tú estabas rezando por mí.

Entonces recobré la paz y la luz empezó a brillar. Pero ahora necesito que

me acabes de iluminar, y por eso he venido».

 

Y enseguida entablamos conversación. Y me siento feliz de seguir los

dictados de mi corazón no teniendo ya que servir ningún plato amargo.

 

Sí, pero... no tardo en darme cuenta de que no debo precipitarme, de que

una sola palabra podría derribar todo el edificio construido entre lágrimas.

Si tengo la mala suerte de decir una palabra que pueda atenuar lo que dije

la víspera, veo que mi hermanita [24vº] intenta agarrarse a ella como a un

clavo ardiendo; entonces rezo interiormente una oracioncita, y la verdad

acaba triunfando.

 

Sí, toda mi fuerza se encuentra en la oración y en el sacrificio; son las

armas invencibles que Jesús me ha dado, y logran mover los corazones

mucho más que las palabras. Muchas veces lo he comprobado por

experiencia. Pero hay una, entre todas ellas, que me ha dejado una grata y

profunda impresión.

 

Fue durante la cuaresma. Yo me encargaba por entonces de la única

novicia que había en el convento, pues era su ángel. Un mañana vino a

verme toda radiante: «Si supieras, me dijo, lo que soñé anoche... Estaba

con mi hermana e intentaba desasirla de todas las vanidades a que está

tan apegada. Para lograrlo, me puse a explicarle esta estrofa del Vivir de

amor: «¡Jesús, amarte es pérdida fecunda! / Tuyos son mis perfumes para

siempre». Yo veía que mis palabras penetraban en su alma, y estaba loca

de alegría. Esta mañana, al despertarme, pensé que quizás Dios quería

que le ofreciera esta alma. ¿Y si le escribiera después de la cuaresma

contándole mi sueño y diciéndole que Jesús la quiere toda para sí?»


 
Este sitio web fue creado de forma gratuita con PaginaWebGratis.es. ¿Quieres también tu sitio web propio?
Registrarse gratis