Parte 1
MANUSCRITOS AUTOBIOGRÁFICOS (HISTORIA DE UN ALMA)
MANUSCRITO DEDICADO A LA REVERENDA MADRE INÉS DE JESÚS
Manuscrito «A»
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CAPÍTULO I
ALENÇON (1873 - 1877) [2rº]
El cántico de las Misericordias del Señor
Rodeada de amor
Viaje a Le Mans
Mi carácter
Yo lo escojo todo
CAPÍTULO II
EN LOS BUISSONNETS (1877-1881)
Muerte de mamá
Lisieux
Delicadezas de papá
Primera confesión
Fiestas y domingos en familia
Visión profética
Trouville
CAPÍTULO III
AÑOS DOLOROSOS (1881 - 1883)
Alumna en la Abadía
Días de vacación
Primera comunión de Celina
Paulina en el Carmelo
Extraña enfermedad
La sonrisa de la Virgen
CAPÍTULO IV
PRIMERA COMUNION - EN EL COLEGIO (1883-1886)
Estampas y lecturas
Primera comunión
Confirmación
Enfermedad de los escrúpulos
Señora de Papinau
Hija de María
Nuevas separaciones
CAPÍTULO V
DESPUÉS DE LA GRACIA DE NAVIDAD (1886-1887)
La sangre de Jesús
Pranzini, mi primer hijo
La Imitación y Arminjon
Deseos de entrar en el Carmelo
Confidencia a mi padre
Mi tío cambia de opinión
Oposición del superior
Viaje a Bayeux
CAPÍTULO VI
EL VIAJE A ROMA (1887)
París: Nuestra Señora de las Victorias
Suiza
Milán, Venecia, Bolonia, Loreto
El coliseo y las catacumbas
Audiencia con León XIII
Nápoles, Asís, regreso a Francia
Tres meses de espera
CAPÍTULO VII
PRIMEROS AÑOS EN EL CARMELO (1888-1890)
Confesión con el P. Pichon
Teresa y sus superioras
La Santa Faz
Toma de hábito
Enfermedad de papá
Pequeñas virtudes
CAPÍTULO VIII
DESDE LA PROFESIÓN HASTA LA OFRENDA AL AMOR
Toma de velo
Madre Genoveva de Santa Teresa
Epidemia de la gripe
Retiro del P. Alejo
Priorato de la madre Inés
Entrada de Celina
ESCUDO DE ARMAS Y SU EXPLICACIÓN
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CARTA A SOR MARÍA DEL SAGRADO CORAZÓN
Manuscrito «B»
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CAPÍTULO IX
MI VOCACION: EL AMOR (1896) [1rº]
Los secretos de Jesús
La Venerable Ana de Jesús
Todas las vocaciones
Arrojar flores
El pajarillo
El águila divina
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MANUSCRITO DIRIGIDO A LA MADRE MARIA DE GONZAGA
Manuscrito «C»
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CAPÍTULO X
LA PRUEBA DE LA FE
Teresa y su priora
El ascensor divino
Primeras hemoptisis
La mesa de los pecadores
La vocación misionera
La caridad
CAPÍTULO XI
LOS QUE USTED ME DIO
Novicias y hermanos espirituales
Instrumentos de Dios
El pincelito
Poder de la oración y el sacrificio
Sor San Pedro
Los misioneros
Atráeme, y correremos
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MANUSCRITO DEDICADO A LA REVERENDA MADRE INÉS DE JESÚS
Manuscrito «A»
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CAPÍTULO I
ALENÇON (1873 - 1877) [2rº]
J.M.J.T.
Jesús
Enero de 1895
Historia primaveral de una Florecita blanca,
escrita por ella misma
y dedicada a la Reverenda Madre Inés de Jesús.
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El cántico de las Misericordias del Señor
A ti, Madre querida, a ti que eres doblemente mi madre, quiero confiar la
historia de mi alma... El día que me pediste que lo hiciera, pensé que eso
disiparía mi corazón al ocuparlo de sí mismo; pero después Jesús me hizo
comprender que, obedeciendo con total sencillez, le agradaría. Además,
sólo pretendo una cosa: comenzar a cantar lo que un día repetiré por toda
la eternidad: «¡¡¡Las misericordias del Señor !!!»...
Antes de coger la pluma, me he arrodillado ante la imagen de María (la
que tantas pruebas nos ha dado de las predilecciones maternales de la
Reina del cielo por nuestra familia), y le he pedido que guíe ella mi mano
para que no escriba ni una línea que no sea de su agrado. Luego, abriendo
el Evangelio, mis ojos se encontraron con estas palabras: «Subió Jesús a
una montaña y fue llamando a los que él quiso, y se fueron con él» (San
Marcos, cap. II, v. 13). He ahí el misterio de mi vocación, de mi vida entera,
y, sobre todo, el misterio de los privilegios que Jesús ha querido dispensar
a mi alma... El no llama a los que son dignos, sino a los que él quiere, o,
como dice san Pablo: «Tendré misericordia de quien quiera y me apiadaré
de quien me plazca. No es, pues, cosa del que quiere o del que se afana,
sino de Dios que es misericordioso» (Cta. a los Romanos, cap. IX, v. 15 y
16).
Durante mucho tiempo me he preguntado por qué tenía Dios preferencias,
por qué no recibían todas las almas las gracias en igual medida. Me
extrañaba verle prodigar favores extraordinarios a los santos que le habían
[2vº] ofendido, como san Pablo o san Agustín, a los que forzaba, por así
decirlo, a recibir sus gracias; y cuando leía la vida de aquellos santos a los
que el Señor quiso acariciar desde la cuna hasta el sepulcro, retirando de
su camino todos los obstáculos que pudieran impedirles elevarse hacia él y
previniendo a esas almas con tales favores que no pudiesen empañar el
brillo inmaculado de su vestidura bautismal, me preguntaba por qué los
pobres salvajes, por ejemplo, morían en tan gran número sin haber oído ni
tan siquiera pronunciar el nombre de Dios...
Jesús ha querido darme luz acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el
libro de la naturaleza y comprendí que todas las flores que él ha creado
son hermosas, y que el esplendor de la rosa y la blancura del lirio no le
quitan a la humilde violeta su perfume ni a la margarita su encantadora
sencillez... Comprendí que si todas las flores quisieran ser rosas, la
naturaleza perdería su gala primaveral y los campos ya no se verían
esmaltados de florecillas...
Eso mismo sucede en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. El
ha querido crear grandes santos, que pueden compararse a los lirios y a
las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de
conformarse con ser margaritas o violetas destinadas a recrear los ojos de
Dios cuando mira a sus pies. La perfección consiste en hacer su voluntad,
en ser lo que él quiere que seamos...
Comprendí también que el amor de Nuestro Señor se revela lo mismo en
el alma más sencilla que no opone resistencia alguna a su gracia, que en
el alma más sublime. Y es que, siendo propio del amor el abajarse, si
todas las almas se parecieran a las de los santos doctores que han
iluminado a la Iglesia [3rº] con la luz de su doctrina, parecería que Dios no
tendría que abajarse demasiado al venir a sus corazones. Pero él ha
creado al niño, que no sabe nada y que sólo deja oír débiles gemidos; y ha
creado al pobre salvaje, que sólo tiene para guiarse la ley natural. ¡Y
también a sus corazones quiere él descender! Estas son sus flores de los
campos, cuya sencillez le fascina...
Abajándose de tal modo, Dios muestra su infinita grandeza. Así como el
sol ilumina a la vez a los cedros y a cada florecilla, como si sólo ella
existiese en la tierra, del mismo modo se ocupa también Nuestro Señor de
cada alma personalmente, como si no hubiera más que ella. Y así como en
la naturaleza todas las estaciones están ordenadas de tal modo que en el
momento preciso se abra hasta la más humilde margarita, de la misma
manera todo está ordenado al bien de cada alma.
Seguramente, Madre querida, te estés preguntando extrañada adónde
quiero ir a parar, pues hasta ahora nada he dicho todavía que se parezca a
la historia de mi vida. Pero me has pedido que escribiera lo que me viniera
al pensamiento, sin trabas de ninguna clase. Así que lo que voy a escribir
no es mi vida propiamente dicha, sino mis pensamientos acerca de las
gracias que Dios se ha dignado concederme.
Me encuentro en un momento de mi existencia en el que puedo echar una
mirada hacia el pasado; mi alma ha madurado en el crisol de las pruebas
exteriores e interiores. Ahora, como la flor fortalecida por la tormenta,
levanto la cabeza y veo que en mí se hacen realidad las palabras del
salmo XXII: «El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me
hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas...
Aunque camine por cañadas [3vº] oscuras, ningún mal temeré, ¡porque tú,
Señor, vas conmigo!» Conmigo el Señor ha sido siempre compasivo y
misericordioso..., lento a la ira y rico en clemencia... (Salmo CII, v. . Por
eso, Madre, vengo feliz a cantar a tu lado las misericordias del Señor...
Para ti sola voy a escribir la historia de la florecita cortada por Jesús. Por
eso, te hablaré con confianza total, sin preocuparme ni del estilo ni de las
numerosas digresiones que pueda hacer. Un corazón de madre
comprende siempre a su hijo, aun cuando no sepa más que balbucir. Por
eso, estoy segura de que voy a ser comprendida y hasta adivinada por ti,
que modelaste mi corazón y que se lo ofreciste a Jesús...
Me parece que si una florecilla pudiera hablar, diría simplemente lo que
Dios ha hecho por ella, sin tratar de ocultar los regalos que él le ha hecho.
No diría, so pretexto de falsa humildad, que es fea y sin perfume, que el
sol le ha robado su esplendor y que las tormentas han tronchado su tallo,
cuando está íntimamente convencida de todo lo contrario.
La flor que va a contar su historia se alegra de poder pregonar las
delicadezas totalmente gratuitas de Jesús. Reconoce que en ella no había
nada capaz de atraer sus miradas divinas, y que sólo su misericordia ha
obrado todo lo bueno que hay en ella...
El la hizo nacer en una tierra santa e impregnada toda ella como de un
perfume virginal. El hizo que la precedieran ocho lirios deslumbrantes de
blancura. El, en su amor, quiso preservar a su florecita del aliento
envenenado del mundo; y apenas empezaba a entreabrirse su corola, este
divino Salvador la trasplantó a la montaña del Carmelo, donde los dos lirios
que la habían rodeado de cariño y acunado dulcemente en la primavera de
su vida expandían ya [4rº] su suave perfume...
Siete años han pasado desde que la florecilla echó raíces en el jardín del
Esposo de las vírgenes, y ahora tres lirios -contándola a ella- cimbrean allí
sus corolas perfumadas; un poco más lejos, otro lirio se está abriendo bajo
la mirada de Jesús. Y los dos tallos benditos de los que brotaron estas
flores están ya reunidos para siempre en la patria celestial... Allí se han
encontrado con los otros cuatro lirios que no llegaron a abrir sus corolas en
la tierra... ¡Ojalá Jesús tenga a bien no dejar por mucho tiempo en tierra
extraña a las flores que aún quedan el destierro! ¡Ojalá que pronto el ramo
de lirios se vea completo en el cielo!
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Rodeada de amor
Acabo, Madre, de resumir en pocas palabras lo que Dios ha hecho por mí.
Ahora voy a entrar en los detalles de mi vida de niña. Sé muy bien que
donde cualquier otro no vería más que un relato aburrido, tu corazón de
madre encontrará verdaderas delicias... Además, los recuerdos que voy a
evocar son también tuyos, pues a tu lado fue transcurriendo mi niñez y
tengo la dicha de haber tenido unos padres incomparables que nos
rodearon de los mismos cuidados y del mismo cariño. ¡Que ellos bendigan
a la más pequeña de sus hijas y le ayuden a cantar las misericordias del
Señor...!
En la historia de mi alma, hasta mi entrada en el Carmelo, distingo tres
períodos bien definidos. El primero, a pesar de su corta duración, no es el
menos fecundo en recuerdos. Se extiende desde el despertar de mi razón
hasta la partida de nuestra madre querida para la patria del cielo.
[4vº] Dios me concedió la gracia de despertar mi inteligencia en muy
temprana edad y de que los recuerdos de mi infancia se grabasen tan
profundamente en mi memoria, que me parece que las cosas que voy a
contar ocurrieron ayer. Seguramente que Jesús, en su amor, quería
hacerme conocer a la madre incomparable que me había dado y que su
mano divina tenía prisa por coronar en el cielo...
Durante toda mi vida, Dios ha querido rodearme de amor. Mis primeros
recuerdos están impregnados de las más tiernas sonrisas y caricias... Pero
si él puso mucho amor a mi lado, también lo puso en mi corazón,
creándolo cariñoso y sensible. Y así, quería mucho a papá y a mamá, y les
demostraba de mil maneras mi cariño, pues era muy efusiva.. Sólo que los
medios que empleaba, a veces eran raros, como lo demuestra este pasaje
de una carta de mamá:
«La niña es un verdadero diablillo, que viene a acariciarme deseándome la
muerte: "¡Cómo me gustaría que te murieras, mamaíta...!" La riñen, y me
dice: "¡Pero si es para que vayas al cielo! ¿No dices que tenemos que
morirnos para ir allá?" Y cuando está con estos arrebatos de amor, desea
también la muerte a su padre». [5rº]
Y mira lo que el 25 de junio de 1874, cuando yo tenía apenas 18 meses,
decía mamá de mí:
«Tu padre acaba de instalar un columpio. Celina está loca de contenta,
¡pero hay que ver columpiarse a la pequeña! Es de risa; se sostiene como
una jovencita, no hay peligro de que suelte la cuerda, y cuando va
demasiado despacio se pone a gritar. La sujetamos por delante con otra
cuerda, pero a pesar de todo yo no me siento tranquila cuando la veo
colgada allá arriba.
«Ultimamente me ocurrió una curiosa aventura con la pequeña. Tengo
costumbre de ir a la Misa de cinco y media. Los primeros días, no me
atrevía a dejarla sola; pero al ver que nunca se despertaba, me decidí a
hacerlo. La acuesto en mi cama y arrimo la cuna de manera que sea
imposible que se caiga. Pero un día me olvidé de acercar la cuna. Llego, y
la pequeña ya no estaba en la cama. En ese mismo momento escuché un
grito; miro y la veo sentada en una silla que había frente a la cabecera de
mi cama, con la cabecita apoyada en el respaldo y durmiendo un mal
sueño, pues estaba enfadada. No puedo explicarme cómo pudo caer
sentada en aquella silla, pues estaba acostada. Di gracias a Dios de que
no le hubiera pasado nada; fue realmente providencial, pues debería haber
caído rodando al suelo. El ángel de la guarda ha velado por ella, y las
almas del purgatorio, a las que todos los días rezo una oración por la
pequeña, la protegieron. Así me explico yo lo sucedido..., tú explícatelo
como quieras...».
Al final de la carta mamá añadía:
«Ahora la niña ha venido a pasarme la manita por la cara y a darme un
beso. Esta criatura no quiere dejarme ni un instante y no se aparta de mi
lado. Le gusta mucho salir al jardín, [5vº], pero si yo no estoy allí no quiere
quedarse y se echa a llorar y no para de hacerlo hasta que me la traen...»
(Y éste es un pasaje de otra carta):
«Teresita me preguntaba el otro día si iría al cielo. Yo le dije que sí, si se
portaba bien, y me contestó: "Ya, y si no soy buena, iré al infierno... Pero
sé muy bien lo que haré en ese caso: me echaré a volar contigo, que
estarás en el cielo, ¿y cómo se las arreglará Dios para cogerme...? Tú me
apretarás muy fuertemente entre tus brazos." Y leí en sus ojos que estaba
firmemente convencida de que Dios no podría hacerle nada mientras
estuviese en brazos de su madre...
«María quiere mucho a su hermanita, y dice que es muy buena. No es
extraño, pues esta criatura tiene miedo a darle el menor disgusto. Ayer
quise darle una rosa, pues sé que le gustan mucho, pero se puso a
suplicarme que no la cortase, porque María se lo había prohibido. Estaba
excitadísima. No obstante, le di dos y no se atrevía a aparecer por casa.
En vano le decía que las rosas eran mías: "Que no, decía ella, que son de
María..."
«Es un niña que se emociona con gran facilidad. Cuando hace algún
pequeño desaguisado, todo el mundo tiene que saberlo. Ayer rasgó sin
querer una esquinita del empapelado y se puso que daba lástima, había
que decírselo enseguida a su padre. Cuando éste llegó, cuatro horas más
tarde, ya nadie pensaba en lo sucedido, pero ella fue corriendo a decirle a
María: "Dile enseguida a papá que he rasgado el papel". Y estaba allí
como un criminal que espera su condena; pero tiene su teoría de que, si se
acusa, la perdonarán más fácilmente».
[4vº sigue] Quería mucho a mi madrina.
Parecía que no, pero me fijaba mucho en todo lo que se hacía y se decía a
mi alrededor, y me parece que juzgaba ya las cosas como ahora.
Escuchaba muy atentamente lo que María enseñaba a Celina, para actuar
yo como ella. [6rº] Después que salió de la Visitación, para obtener el favor
de ser admitida en su cuarto durante las clases que le daba a Celina, me
portaba muy bien y hacía todo lo que me mandaba. Por eso, me colmaban
de regalos, que, pese a su escaso valor, me hacían mucha ilusión.
Estaba muy orgullosa de mis dos hermanas mayores, pero mi ideal de niña
era Paulina... Cuando estaba empezando a hablar y mamá me preguntaba
«¿En qué piensas?», la respuesta era invariable: «¡En Paulina...!» Otras
veces pasaba mi dedito por el cristal de la ventana y decía: «Estoy
escribiendo: ¡Paulina...!»
Oía decir con frecuencia que seguramente Paulina sería religiosa, y yo
entonces, sin saber lo que era eso, pensaba: Yo también seré religiosa. Es
éste uno de mis primeros recuerdos, y desde entonces ya nunca cambié
de intención... Fuiste tú, Madre querida, la persona que Jesús escogió para
desposarme con él; tú no estabas entonces a mi lado, pero ya se había
creado un lazo entre nuestras almas... Tú eras mi ideal, yo quería
parecerme a ti, y tu ejemplo fue lo que me arrastró, desde los dos años de
edad, hacia el Esposo de la vírgenes. ¡Cuántos hermosos pensamientos
quisiera confiarte! Pero tengo que continuar con la historia de la florecilla,
con su historia completa y general, pues si quisiera hablar detalladamente
de sus relaciones con «Paulina», ¡tendría que dejar de lado todo lo
demás...!
Mi querida Leonia ocupaba también un lugar importante en mi corazón. Me
quería mucho. Por las tardes, cuando toda la familia salía a dar un paseo,
era ella quien me cuidaba... Aún me parece estar escuchando las lindas
tonadas que me cantaba para dormirme... Buscaba la forma de
contentarme en todo; por eso, me habría dolido mucho darle algún
disgusto. [6vº] Me acuerdo muy bien de su primera comunión, sobre todo
del momento en que me cogió en brazos para hacerme entrar con ella en
la casa rectoral. ¡Me parecía tan bonito ser llevada en brazos por una
hermana mayor toda vestida de blanco como yo...! Por la noche, me
acostaron temprano, pues yo era muy pequeña para quedarme al solemne
banquete; pero aún estoy viendo a papá trayéndole, a los postres, a su
reinecita unos trozos de tarta...
Al día siguiente, o pocos días después, fuimos con mamá a casa de la
compañerita de Leonia. Creo que fue ese día cuando nuestra mamaíta nos
llevó detrás de una pared para hacernos beber un poco de vino después
de la comida (que nos había servido la pobre señora de Dagorau), pues no
quería dejar en mal lugar a la buena mujer pero tampoco quería que nos
faltase nada... ¡Qué tierno es el corazón de una madre! ¡Y cómo expresa
su ternura en mil detalles previsores en los que nadie pensaría...!
Ahora me falta hablar de mi querida Celina, la compañerita de mi infancia,
pero son tantos los recuerdos, que no sé cuáles elegir. Voy a extraer
algunos pasajes de las cartas que mamá te escribía a la Visitación, pero
no voy a copiarlo todo, pues sería demasiado largo...
El 10 de julio de 1873 (año de mi nacimiento), te decía:
«La nodriza trajo el jueves a Teresita. Se pasó todo el tiempo riendo. La
que más le gustó fue la pequeña Celina. Se reía con ella a carcajadas. Se
diría que ya tiene ganas de jugar, no tardará en hacerlo. Se sostiene sobre
las piernecitas, más tiesa que una estaca. Creo que pronto empezará a
andar y que tendrá buen carácter. Parece muy inteligente y tiene pinta de
predestinada...»
[7rº] Pero cuando mostré mi cariño a mi querida Celinita, fue sobre todo
después de dejar a mi nodriza. Nos entendíamos muy bien; sólo que yo
era mucho más vivaracha y mucho menos ingenua que ella. Aunque tenía
tres años y medio menos, me parecía que fuésemos de la misma edad.
Este pasaje de una carta de mamá te hará ver lo buena que era Celina y lo
mala que era yo:
«Mi Celinita está decididamente inclinada a la virtud. Es ésta una
inclinación profunda de su ser. Tiene un alma candorosa y siente horror al
pecado. En cuanto al huroncillo, no sabemos lo que saldrá de él. ¡Es tan
pequeño y tan atolondrado! Tiene una inteligencia superior a la de Celina,
pero es mucho menos dulce, y, sobre todo, de una terquedad casi
indomable. Cuando dice "no", no hay nada que la haga ceder; aunque la
metiésemos un día entero en el cuarto de los trastos, dormiría allí antes
que decir "sí"...
«Sin embargo, tiene un corazón de oro, es muy cariñosa y sincera. Es
curioso verla correr tras de mí para acusarse: -Mamá, he empujado a
Celina, pero sólo una vez, la he pegado una vez, pero no lo volveré a
hacer. (Y así, en todo lo que hace). El jueves por la tarde, fuimos a dar un
paseo hacia la estación, y se empeñó en entrar en la sala de espera para ir
a buscar a Paulina. Corría delante con una alegría que daba gloria verla.
Pero cuando vio que teníamos que volvernos sin subir al tren para ir a
buscar a Paulina, se pasó todo el camino llorando».
Esta última parte de la carta me recuerda la dicha que sentía al verte
volver de la Visitación. Tú, Madre querida, me cogías en brazos y María
cogía en los suyos a Celina. Entonces yo te hacía mil caricias y me echaba
[7vº] hacia atrás para admirar tu larga trenza... Luego me dabas una
tableta de chocolate que habías guardado durante tres meses. ¡Imagínate
qué reliquia era eso para mí...!
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Viaje a Le Mans
Me acuerdo también del viaje que hice a Le Mans . Era la primera vez que
iba en tren. ¡Qué alegría verme viajar sola con mamá...! Sin embargo, ya
no recuerdo por qué, me eché a llorar, y nuestra pobre mamaíta sólo pudo
presentar a nuestra tía de Le Mans a un feo bichito todo enrojecido por las
lágrimas que había derramado en el camino... No guardo ningún recuerdo
de la visita al locutorio, a no ser del momento en que mi tía me pasó un
ratoncito blanco y una cestita de cartulina llena de bombones, sobre los
que campeaban dos preciosos anillos de azúcar, justamente del tamaño
de mi dedo. Inmediatamente exclamé: «¡Qué bien! ¡Ya tengo un anillo para
Celina!» Pero, ¡ay dolor!, cojo la cesta por el asa, doy la otra mano a
mamá y nos vamos. A los pocos pasos, miro la cesta y veo casi todos los
bombones desparramados por la calle, como si fueran los guijarros de
Pulgarcito... Miro más atentamente y veo que uno de los preciosos anillos
había corrido la suerte fatal de los bombones... ¡Ya no tenía nada que
llevar a Celina...! Entonces estalla mi dolor, pido volver sobre mis pasos,
pero mamá no parece hacerme caso. ¡Aquello era demasiado! A mis
lágrimas siguieron mis gritos... No podía comprender que mamá no
compartiese mi dolor, y eso acrecentaba todavía más mi sufrimiento...
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Mi carácter
Vuelvo ahora a las cartas en las que mamá te habla de Celina y de mí. Es
el mejor medio que puedo emplear para darte a conocer mi carácter. He
aquí un pasaje en el que mis defectos brillan en todo su esplendor:
[8rº] «Celina está entretenida con la pequeña jugando a los dados, y riñen
de vez en cuando. Celina cede para añadir una perla a su corona. Yo me
veo obligada a reprender a esta pobre niña, que coge unas rabietas
terribles cuando las cosas no salen a su gusto y se revuelca por el suelo
como una desesperada pensando que todo está perdido. Hay momentos
en que es más fuerte que ella, y se le corta la respiración. Es una niña muy
nerviosa. De todas maneras, es un encanto, y muy inteligente, y se
acuerda de todo».
¡Ya ves, Madre mía, qué lejos estaba yo de ser una niña sin defectos! Ni
siquiera se podía decir de mí «que fuese buena cuando estaba dormida»,
pues de noche era todavía más revoltosa que de día. Mandaba a paseo
todas las mantas, y (dormida y todo) me daba golpes contra los largueros
de mi camita; el dolor me despertaba, y entonces decía: «¡Mamá, me he
golpeado...! Nuestra pobre mamaíta se veía obligada a levantarse y
comprobaba que, en efecto, tenía chichones en la frente y me había
golpeado. Me tapaba bien y volvía a acostarse; pero al cabo de un
momento yo volvía a golpearme. De suerte que se vieron obligados a
atarme en la cama. Todas las noches, la pequeña Celina venía a anudar
las incontables cuerdas destinadas a evitar que el diablillo se golpease y
despertara a su mamá. Esta medida dio buen resultado, y desde entonces
ya fui buena mientras dormía...
Tenía también otro defecto (estando despierta), del que mamá no habla en
sus cartas, que era un gran amor propio. No voy a darte más que dos
ejemplos para no alargar demasiado mi narración. Un día, me dijo mamá:
«Teresita, si besas el suelo, te doy cinco céntimos». Cinco céntimos eran
para mí toda una fortuna, y para ganarlos no tenía que bajar demasiado de
mi altura, pues mi exigua estatura no me separaba muchos palmos de
suelo. Sin embargo, mi orgullo se rebeló a [8vº] la sola idea de besar el
suelo, y poniéndome muy tiesa le dije a mamá: -¡No, mamaíta, prefiero
quedarme sin los cinco céntimos...!
En otra ocasión teníamos que ir a Grogny, a visitar a la señora de Monnier.
Mamá le dijo a María que me pusiese mi precioso vestido azul celeste,
adornado de encajes, pero que no me dejara los brazos al aire, para que el
sol no me los tostase. Yo me dejé, con la indiferencia propia de las niñas
de mi edad; pero interiormente pensaba que habría estado mucho más
bonita con los bracitos al aire.
Con una forma de ser como la mía, si hubiera sido educada por unos
padres sin virtud, o incluso si hubiese sido mimada por Luisa como Celina,
habría salido muy mala, y tal vez hasta me habría perdido... Pero Jesús
velaba por su pequeña prometida y quiso que todo redundase en su bien;
incluso sus defectos, que, corregidos a tiempo, le sirvieron para crecer en
la perfección...
Como tenía amor propio y también amor al bien, en cuanto empecé a
pensar seriamente (y lo hice desde muy pequeña), bastaba que me dijeran
que algo no estaba bien para que se me quitasen las ganas de hacérmelo
repetir dos veces... Veo con agrado que en las cartas de mamá, a medida
que iba creciendo, le daba mayores alegrías. Como no tenía más que
buenos ejemplos a mi alrededor, quería seguirlos como la cosa más
natural del mundo. Esto es lo que escribía en 1876:
«Hasta Teresa quiere ponerse a veces a hacer prácticas... Es una niña
encantadora, más lista que el hambre, muy vivaracha, pero de corazón
sensible. Celina y ella se quieren mucho. Se bastan solas para
entretenerse. Todos los días, en cuanto acaban de comer, Celina va a
buscar su gallo y atrapa al primer golpe la gallina de Teresa. Yo no consigo
hacerlo, pero ella es tan hábil que la coge a la primera. Después se van las
dos con sus animalitos a sentarse al amor de la [9rº] lumbre, y así se
entretienen un buen rato. (La gallina y el gallo me los había regalado
Rosita, y yo le di el gallo a Celina).
«El otro día Celina durmió conmigo y Teresa se acostó en el segundo piso
en la cama de Celina. Había pedido a Luisa que la bajase abajo para
vestirla, y cuando Luisa subió a buscarla encontró la cama vacía. Teresa
había oído a Celina y había bajado con ella. Luisa le dijo: -¿O sea, que no
quieres bajar a vestirte? -No, Luisa, no, nosotras somos como las dos
gallinitas, que no pueden separarse. Y al decir esto, se abrazaban y se
estrechaban la una contra la otra...
«Luego, por la tarde, Luisa, Celina y Leonia se fueron al Círculo Católico y
dejaron en casa a la pobre Teresa, que entendía perfectamente que ella
era demasiado pequeña para ir, y decía: -¡Si por lo menos quisieran
acostarme en la cama de Celina...! Pero no, no quisieron... Ella no dijo
nada y se quedó sola con su lamparita. Al cuarto de hora estaba ya
profundamente dormida...»
Otro día, mamá escribía también:
«Celina y Teresa son inseparables, no es fácil ver a dos niñas que se
quieran tanto. Cuando María viene a buscar a Celina para la clase, la
pobre Teresa se queda hecha un mar de lágrimas. ¡Ay, qué va a ser de
ella si se va su amiguita...! María se compadece y se la lleva también, y la
pobre criatura se pasa dos o tres horas sentada en una silla. Le dan unas
cuentas para que las ensarte o algún trapo para que cosa; no se atreve a
rebullir y lanza con frecuencia profundos suspiros. Cuando se le
desenhebra la aguja, intenta volver a enhebrarla, y es curioso verla cuando
no lo consigue y sin atreverse a molestar a María. Pronto se ven dos
gruesas lágrimas correr por sus mejillas... María [9vº] la consuela
inmediatamente y le vuelve a enhebrar la aguja, y el pobre angelito sonríe
a través de sus lágrimas...»
Recuerdo, en efecto, que no podía vivir sin Celina, y que prefería
levantarme de la mesa sin terminar el postre a no irme tras ella. En cuanto
se levantaba, me volvía en mi silla alta, pidiendo que me bajasen, y nos
íbamos las dos juntas a jugar.
A veces nos íbamos con la hija de gobernador, lo cual me gustaba mucho
a causa del parque y de los preciosos juguetes que nos enseñaba; pero
más que nada iba allí por complacer a Celina, ya que prefería quedarme
en nuestro jardincito raspando las tapias, pues quitábamos todas las
brillantes lentejuelas que había en ellas y luego íbamos a vendérsela a
papá que nos las compraba muy serio.
Los domingos, como yo era muy pequeña para ir a las funciones
religiosas, mamá se quedaba a cuidarme. Yo me portaba muy bien y
andaba de puntillas mientras duraba la misa. Pero en cuanto veía abrirse
la puerta, se producía una explosión de alegría sin igual: me precipitaba al
encuentro de mi preciosa hermanita, que llegaba adornada como una
capilla..., y le decía: «¡Celina, dame enseguida pan bendito!» A veces no lo
traía, porque había llegado demasiado tarde... ¡Qué hacer entonces? Yo
no podía pasarme sin él, era «mi misa»... Pronto encontré la solución:
«¿No tienes pan bendito? ¡Pues hazlo!» Dicho y hecho: Celina cogía una
silla, abría la alacena, cogía el pan, cortaba una rebanada, y rezaba muy
seria un Ave María sobre él. Luego me lo ofrecía, y yo, después de hacer
con él la señal de la cruz, lo comía con gran devoción, encontrándole
exactamente el mismo gusto [10rº] que el del pan bendito...
Con frecuencia hacíamos juntas conferencias espirituales. He aquí un
ejemplo que entresaco de las cartas de mamá:
«Nuestras dos queridas pequeñas, Celina y Teresa, son ángeles de
bendición, tienen una naturaleza verdaderamente angelical. Teresa
constituye la alegría y la felicidad de María, y su gloria. Es increíble lo
orgullosa que está de ella. La verdad es que tiene salidas de lo más
sorprendentes para su edad y le da cien vueltas a Celina, que tiene el
doble de años. El otro día decía Celina: "¿Cómo puede estar Dios en una
hostia tan pequeña?" Y la pequeña contesto: "Pues no es tan extraño,
porque Dios es todopoderoso". "¿Y qué quiere decir todopoderoso?"
"¡Pues que hace todo lo que quiere"...»
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Yo lo escojo todo
Un día, Leonia, creyéndose ya demasiado mayor para jugar a las
muñecas, vino a nuestro encuentro con una cesta llena de vestiditos y de
preciosos retazos para hacer más. Encima de todo venía acostada su
muñeca. «Tomad, hermanitas -nos dijo-, escoged, os lo doy todo para
vosotras». Celina alargó la mano y cogió un mazo de orlas de colores que
le gustaba. Tras un momento de reflexión, yo alargué a mi vez la mano,
diciendo: «¡Yo lo escojo todo!», y cogí la cesta sin más ceremonias. A los
testigos de la escena la cosa les pereció muy justa, y ni a la misma Celina
se le ocurrió quejarse (aunque la verdad es que juguetes no le faltaban,
pues su padrino la colmaba de regalos, y Luisa encontraba la forma de
agenciarle todo lo que deseaba).
Este insignificante episodio de mi infancia es el resumen de toda mi vida.
Más tarde, cuando se ofreció ante mis ojos el horizonte de la perfección,
comprendí que para ser santa había que sufrir mucho, buscar siempre lo
más perfecto y olvidarse de sí misma. Comprendí que en la perfección
había muchos grados, y que cada alma [10vº] era libre de responder a las
invitaciones del Señor y de hacer poco o mucho por él, en una palabra, de
escoger entre los sacrificios que él nos pide. Entonces, como en los días
de mi niñez, exclamé: «Dios mío, yo lo escojo todo. No quiero ser santa a
medias, no me asusta sufrir por ti, sólo me asusta una cosa: conservar mi
voluntad. Tómala, ¡pues "yo escojo todo" lo que tú quieres...!
Pero tengo que cortar. No debo adelantarme todavía a hablarte de mi
juventud, sino de aquel diablillo de cuatro años.
Recuerdo un sueño que debí tener por esta edad, y que se me grabó
profundamente en la imaginación. Una noche soñé que salía a dar un
paseo, yo sola, por el jardín. Al llegar al pie de la escalera que tenía que
subir para llegar él, me paré, sobrecogida de espanto. Delante de mí,
cerca del emparrado, había un bidón de cal y sobre el bidón estaban
bailando dos horribles diablillos con una agilidad asombrosa a pesar de las
planchas que llevaban en los pies. De repente, fijaron en mí sus ojos
encendidos y luego, en ese mismo momento, como si estuvieran todavía
más asustados que yo, saltaron del bidón al suelo y fueron a esconderse
en la ropería, que estaba allí enfrente. Al ver que eran tan poco valientes,
quise saber lo que iban a hacer y me acerqué a la ventana. Allí estaban los
pobres diablillos, corriendo por encima de las mesas y sin saber qué hacer
para huir de mi mirada; a veces se acercaban a la ventana mirando
nerviosos si yo seguía allí, y, al verme, volvían a echar a correr como
desesperados.
Seguramente este sueño no tiene nada de extraordinario. Sin embargo,
creo que Dios ha querido que lo recuerde siempre para hacerme ver que
un alma en estado de gracia no tiene nada que temer de los demonios,
que son unos cobardes, capaces de huir ante la mirada de un niño...
[11rº] Voy a copiar aquí otro pasaje que encuentro en las cartas de mamá.
Nuestra pobre mamaíta presentía ya el final de su destierro:
«Las dos pequeñas no me preocupan. Están muy bien las dos, son
naturalezas privilegiadas; sin duda alguna, serán buenas. María y tú
podréis educarlas perfectamente. Celina no comete nunca la menor falta
voluntaria. También la pequeña será buena; no diría una mentira ni por
todo el oro del mundo. Tiene una agudeza como no la he visto en ninguna
de vosotras».
«El otro día estaba en la tienda con Celina y con Luisa. Hablaba de sus
prácticas y discutía animadamente con Celina. La señora le preguntó a
Luisa: ¿Qué es lo que quiere decir? Cuando juega en el jardín, no se oye
hablar más que de prácticas? La señora de Gaucherin se asoma a la
ventana para tratar de entender qué significa esa discusión sobre las
prácticas...
«Esta criatura constituye nuestra felicidad. Será buena, se le ve ya el
germen: no sabe hablar más que de Dios, y por nada del mundo dejaría de
rezar sus oraciones. Me gustaría que la vieras contar cuentos, no he visto
nunca cosa más graciosa. Encuentra ella solita la expresión y el tono
apropiados, sobre todo cuando dice: "Niño de rubios cabellos, ¿dónde
crees que está Dios?" Y cuando llega a aquello de "Allá arriba, en lo alto
del cielo azul", dirige la mirada hacia lo alto con una expresión angelical.
No nos cansamos de hacérselo repetir, ¡resulta tan hermoso! Hay algo tan
celestial en su mirada, que uno se queda extasiado...»
Madre mía querida, ¡qué feliz era yo a esa edad! Empezaba ya a gozar de
la vida, se me hacía atractiva la virtud y creo que me hallaba en las
mismas disposiciones que hoy, con un gran [11vº] dominio ya sobre mis
actos.
¡Ay, qué rápidos pasaron los años soleados de mi niñez! Pero también
¡qué huella tan dulce dejaron en mi alma! Recuerdo ilusionada los días en
que papá nos llevaba al Pabellón. Hasta los más pequeños detalles se me
grabaron en el corazón...
Recuerdo, sobre todo, los paseos del domingo, en los que siempre nos
acompañaba mamá... Aún siento en mi interior las profundas y poéticas
impresiones que nacían en mi alma a la vista de los campos de trigo
esmaltados de acianos y de flores silvestres. Me gustaban ya los amplios
horizontes... El espacio y los gigantescos abetos, cuyas ramas tocaban el
suelo, dejaban en mi alma una impresión parecida a la que siento hoy
todavía a la vista de la naturaleza...
Con frecuencia, durante esos largos paseos, nos encontrábamos con
algún pobre, y Teresita era siempre la encargada de llevarles la limosna,
cosa que le encantaba. Pero a menudo también, pareciéndole a papá que
el camino era demasiado largo para su reinecita, la llevaba a casa antes
que a las demás (muy a su pesar); y entonces, para consolarla, Celina
llenaba de margaritas su linda cestita y, a la vuelta, se las daba. Pero, ¡ay!,
la pobre abuelita pensaba que su nieta tenía demasiadas y cogía una
buena parte de ellas para su Virgen... Esto no le gustaba a Teresita, pero
se guardaba muy bien de decir nada, pues había adquirido la buena
costumbre de no quejarse nunca. Incluso cuando le quitaban lo que era
suyo o cuando la acusaban injustamente, prefería callarse y no excusarse,
lo cual no era mérito suyo sino virtud natural... ¡Qué lastima que esta
buena disposición se haya desvanecido...!