Poemas 35 a 36
P 35 A SOR MARÍA DE LA TRINIDAD
1 Señor, me has elegido
desde mi tierna infancia<1>;
puedo en verdad llamarme la obra de tu amor.
¡Cómo quisiera yo poder, Dios mío,
pagarte, agradecida,
devolviéndote amor.
Jesús, Amado mío, ¿qué privilegio es éste?
Yo, pobrecita nada<2>, ¿qué había hecho por ti?
¡Y me veo en el blanco cortejo de las vírgenes
que componen tu corte,
dulce y divino Rey!
2 Sabes que soy, Dios mío,
pura debilidad,
sabes también, Señor,
que no tengo virtud.
Pero igualmente sabes que mi único amigo<3>,
el único a quien yo amo, el que me ha cautivado,
eres tú, mi Jesús.
Cuando en mi joven corazón la llama
se encendió del amor,
tú viniste, Jesús, a quemarte en tu fuego.
¡Y sólo tú pudiste saciarme el alma entera,
pues mi urgencia de amar era infinita!
3 Cual tierno corderillo lejos de la majada,
jugueteaba alegre
ignorando el peligro.
Mas ¡oh Reina del cielo, mis pastora querida!,
tu blanca, tu invisible, dulce mano
sabía protegerme.
Y así, aunque yo jugaba
al borde de los hondos precipicios,
ya tú me señalabas la cumbre del Carmelo,
y ya yo comprendía
las austeras delicias que habría de abrazar
para volar al cielo.
4 Si amas, mi Señor, la pureza del ángel
-de ese brillante espíritu que nada en el azul-,
¿no amarás la blancura
del lirio que se eleva sobre el fango,
del lirio que tu amor
supo conservar limpio?
Si el ángel de alas rojas
goza de presentarse ante tus ojos
radiante de pureza,
yo me gozo también, porque ya en este mundo
el ropaje que visto al suyo se parece,
pues poseo el tesoro
de la virginidad<4>...
NOTAS P 35 - A SOR MARÍA DE LA TRINIDAD
Fecha: mayo de 1897. - Compuesta para: sor María de la Trinidad, a
petición suya. - Publicación: HA 98 («Un lis au milieu des épines»), trece
versos corregidos. - Melodía: L'envers du ciel.
A pesar de su tonalidad lamartiniana, este poema -de una firmeza que se
ve confirmada por la grafía, y de una energía sorprendente en una enferma
de esa índole- es sobrio, con una impronta clásica y una notable reducción
de adjetivos,
Teresa ofrece a María de la Trinidad un verdadero «canto de las
misericordias». Esta, «débil y sin virtudes», gracias al humillamiento
constante a que se somete, es una candidata de primera calidad para la
obra del «amor consumidor y transformante» (Cta 197). Y sobre todo para
Teresa, ahora más que nunca, ya sólo cuenta el amor (Cf Cta 242, final).
Un toque de travesura ilumina la estrofa 3 al evocar las escapadas de la
adolescencia al torbellino de las atracciones de París: estampa simpática y
pintoresca, con «el cordero lejos de la majada», que «retoza alegre
ignorando el peligro»..., y la Virgen Santísima como «pastora»..., una
antítesis alpestre de los «precipicios» y de la «cumbre del Carmelo»..., y
todo ello endulzando de antemano las «austeras delicias» de los dos
últimos versos.
<1> La elección divina; cf prólogo del Ms A, 2rº; PN 16,6; P 16,8; 25,6.
<2> La misma tonalidad de la Rosa deshojada. La prueba de la fe y el
debilitamiento producido por la enfermedad producen en Teresa una toma
de conciencia más aguda de su «nada». Cf Ms B (cuatro veces) y Cta 197;
y sobre todo, en la primavera de 1897: Cta 226, 243, 261 y Ms C 2rº. Lo
mismo en la enfermería: CA 6.8.8; 7.8.4; 8.8.1; 13.8.1.
<3> Cf P 14,5. La amistad con Jesús, que implica igualdad en la confianza y
en la ternura, floreció muy pronto en el alma de Teresa; cf Ms A 40vº; Cta
57 (dos veces), 74, 92, 109, 141, 157, 158, 169; Ms B 4vº; y en este mes
de mayo, el «tierno amigo» de Cta 226. En las poesías: PN 15,5 y 9; P
14,5; 25,6.
<4> Unas brillantes imágenes (estr. 4, vv. 2, 5, 7, 9, 12-13) concurren a
exaltar la «virginidad», última palabra y coronación del poema.
P 36 POR QUE TE AMO, MARÍA
1 Cantar, Madre, quisiera
por qué te amo .
Por qué tu dulce nombre
me hace saltar de gozo<1> el corazón,
y por qué el pensamiento de tu suma grandeza
a mi alma no puede inspirarle temor.
Si yo te contemplase en tu sublime gloria,
muy más brillante sola
que la gloria de todos los elegidos juntos,
no podría creer que soy tu hija,
María, en tu presencia bajaría los ojos...
2 Para que una hija pueda a su madre querer,
es necesario que ésta sepa llorar con ella,
que con ella comparta sus penas y dolores.
¡Oh dulce Reina mía,
cuántas y amargas lágrimas lloraste en el destierro
para ganar mi corazón, ¡oh Reina!
Meditando tu vida
tal como la describe el Evangelio,
yo me atrevo a mirarte y hasta a acercarme a ti.
No me cuesta creer que soy tu hija,
cuando veo que mueres,
cuando veo que sufres
como yo<2>.
3 Cuando un ángel del cielo te ofrece ser la Madre
de un Dios que ha de reinar eternamente,
veo que tú prefieres, ¡oh asombroso misterio!,
el tesoro inefable de la virginidad.
Comprendo que tu alma, inmaculada Virgen,
le sea a Dios más grata
que su propia morada de los cielos.
Comprendo que tu alma, humilde y dulce valle,
contenga a mi Jesús, océano de amor<3>.
4 Te amo cuando proclamas
que eres la siervecilla del Señor,
del Señor a quien tú con tu humildad cautivas.
Esta es la gran virtud que te hace omnipotente
y a tu corazón lleva la Santa Trinidad.
Entonces el Espíritu, Espíritu de amor,
te cubre con su sombra,
y el Hijo, igual al Padre,
se encarna en ti...
¡Muchos habrán de ser
sus hermanos
pecadores
para que se le llame: Jesús, tu primogénito!
5 María, tú lo sabes: como tú<4>,
no obstante ser pequeña, poseo y tengo en mí
al todopoderoso.
Mas no me asuste mi gran debilidad,
pues todo los tesoros de la madre
son también de la hija,
y yo soy hija tuya, Madre mía querida.
¡Acaso no son mías tus virtudes
y tu amor también mío?
Así, cuando la pura y blanca Hostia
baja a mi corazón,
tu Cordero, Jesús, sueña estar reposando
en ti misma, María.
6 Tú me haces comprender, ¡oh Reina de los santos!,
que no me es imposible caminar tras tus huellas.
Nos hiciste visible
el estrecho camino que va al cielo
con la constante práctica de virtudes humildes.
Imitándote a ti,
permanecer pequeña es mi deseo,
veo cuán vanas son las riquezas terrenas.
Al verte ir presurosa a tu prima Isabel,
de ti aprendo, María,
a practicar la caridad ardiente.
7 En casa de Isabel escucho, de rodillas,
el cántico sagrado, ¡oh Reina de los ángeles!,
que de tu corazón brota exaltado<5>.
Me enseñas a cantar los loores divinos,
a gloriarme en Jesús, mi Salvador.
Tus palabras de amor son las místicas rosas
que envolverán en su perfume vivo<6>
a los siglos futuros.
En ti el Omnipotente obró sus maravillas,
yo quiero meditarlas y bendecir a Dios.
8 A san José, que ignora
el milagro asombroso
que en tu humildad<7> quisieras ocultar,
tú le dejas llorar cerca del tabernáculo
donde se oculta y vela
la divina beldad del Salvador.
¡Oh, cuánto amo, María, tu elocuente silencio!
Es para mí un concierto muy dulce y melodioso,
que canta a mis oídos la grandeza,
y hasta la omnipotencia,
de un alma que su auxilio sólo del cielo espera...
9 Luego, en Belén, os veo, ¡oh María y José!,
rechazados por todos.
Nadie quiere acoger en su posada
a dos pobres y humildes forasteros.
¡Sólo para los grandes tienen sitio...!
Y en un establo mísero, rudo y destartalado,
tiene que dar a luz la Reina de los cielos
a su Hijo Dios.
¡Madre del Salvador,
qué amable me pareces, qué grande me pareces
en tan pobre lugar!
10 Cuando veo al Eterno en vuelto en los pañales
y oigo el tierno vagido del Verbo entre las pajas,
¿podría yo, María, en ese instante,
envidiar a los ángeles?
¡Su Señor adorable es mi hermano querido!
¡Cómo te amo, María, cuando en nuestra ribera
abres para nosotros esa divina Flor!
¡Cómo te amo, Virgen, cuando escuchas
a los simples pastores, y a los magos,
y guardas y meditas todo eso
dentro del corazón!
11 Te amo cuando te mezclas con las demás mujeres
que dirigen sus pasos al templo del Señor.
Te amo cuando presentas al Niño que nos salva
al venerable anciano que le toma en sus brazos.
Al principio yo escucho sonriendo
su cántico, mas pronto sus acentos
hacen correr mis lágrimas.
Hundiendo en el futuro su mirada profética,
Simeón te presenta la espada del dolor.
12 ¡Oh Reina de los mártires, la espada dolorosa
traspasará tu pecho
hasta la tarde misma de tu vida!
Ya te ves obligada
a abandonar el suelo de tu patria
por escapar, huyendo,
del furor sanguinario de un envidioso rey.
Jesús duerme tranquilo
bajo los suaves pliegues de tu velo
cuando José te advierte que hay que partir aprisa.
Y es pronto tu obediencia:
tú partes sin demora y sin razonamientos.
13 En la tierra de Egipto, me parece, ¡oh María!,
que, a pesar de vivir en la suma pobreza,
lleno de gozo y paz vive tu corazón.
¿Qué te importa el destierro? ¿No es, acaso, Jesús
la patria de las patrias, la más bella?
Poseyéndole a él, tú posees el cielo.
Mas en Jerusalén, una amarga tristeza
te envuelve y, como un mar, tu corazón inunda.
Por tres días Jesús se esconde a<8> tu ternura,
y entonces si, sobre tu vida cae
un oscuro, implacable, riguroso destierro.
14 Por fin logras hallarle, y al tenerle,
rompe tu corazón en transporte amoroso.
Y le dices al Niño, encanto de doctores:
«Hijo mío, ¿por qué has obrado así?
Tu padre y yo, con lágrimas, te estábamos buscando».
Y el Niño Dios responde, ¡oh profundo misterio!,
a la Madre querida que hacia él tiende los brazos:
«¿A qué buscarme, Madre? ¿No sabías, acaso,
que en las cosas que son del Padre mío
he de ocuparme ya?»
15 Me enseña el Evangelio que sumiso
a María y José permanece Jesús,
mientras crece en sabiduría.
¡Y el corazón me dice
con qué inmensa ternura a sus padre queridos
él obedece siempre!
Ahora es cuando comprendo el misterio del templo,
las palabras ocultas del amable Rey mío:
Tu dulce Niño, Madre,
quieres que seas tú el ejemplo vivo
del alma que le busca
a oscuras, en la noche de la fe.
16 Puesto que el Rey del cielo quiso ver a su Madre
sometida a la noche,
sometida a la angustia
del corazón<9>,
¿será, acaso, merced sufrir aquí en la tierra?
¡Oh, sí...! ¡Sufrir amando es la dicha más pura <10>!
Puede tomar de nuevo Jesús lo que me ha dado,
dile que por mí nunca se moleste.
Puede, si a bien lo tiene, esconderse de mí,
me resigno a esperarle
hasta que llegue el día sin ocaso
en el que para siempre se apagará mi fe <11>...
17 Yo sé que en Nazaret, Virgen llena de gracia,
viviste pobremente sin ambición de más.
Ni éxtasis ni raptos ni milagros
tu vida hermosearon, ¡Reina de los electos!
Muchos son en la tierra los pequeños,
y ellos pueden alzar, sin miedo, a ti los ojos.
Por el común camino, oh Madre incomparable,
caminas tú, guiándonos al cielo!
18 Vivir contigo quiero, Madre amada,
a la espera del cielo,
seguirte en el destierro día a día.
En tu contemplación yo me hundo absorta,
y de tu inmenso corazón descubro
los abismos de amor.
Tu maternal mirada desvanece mis miedos,
y m enseña a llorar, y me enseña a reír.
Lejos de despreciar las fiestas de la tierra,
las fiestas que son santas,
tú, Madre, las comparte y bendices.
19 Al ver que los esposos de Caná
no pueden ocultar al gran apuro
en que se encuentran por faltarles vino,
con maternal solicitud acudes
al Salvador, tu Hijo,
de su poder divino esperando la ayuda.
Jesús parece rechazar tu súplica
en un primer momento:
«Mujer, ¿qué no importa esto a ti y a mí?»
Mas de su corazón allá en el fondo
madre suya te llama,
y para ti y por ti Jesús realiza
su milagro primero.
20 Te veo un día, Madre, en la colina,
entre los pecadores <12> que escuchan la palabra
de aquel que más nadie
desea recibirles a todos en el cielo.
Alguien dice a Jesús que quieres verle.
Entonces él, Hijo divino tuyo, ante la gente
muestra lo inmensamente que nos ama:
«¿Quién es mi hermano -dice-, quién mi hermana,
y mi madre quién es, sino el que cumple
mi voluntad en todo?»
21 Al escucharle, tú, Virgen inmaculada,
¡oh Madre, la más tierna!,
no te entristeces <13>, antes bien te alegras
de que nos haga comprender entonces
que aquí abajo, en la tierra, nuestra alma
se hace familia suya.
¡Oh, sí, te alegras, Virgen, de que él nos dé su vida,
el tesoro infinito de su divinidad!
¿Cómo no amarte y bendecirte, viendo
en ti tanto amor, tanta humildad?
22 Tú nos amas, María, como Jesús nos ama,
por nosotros aceptas verte alejada de él.
Amar es darlo todo, darse incluso a sí mismo:
quisiste demostrarlo quedando con nosotros
como fuerte y visible ayuda nuestra.
¡Conocía Jesús tus íntimos secretos
y la inmensa ternura
de tu divino corazón de madre!
Te nos dejó a nosotros,
como refugio fiel de pecadores,
cuando, para esperarnos en el cielo,
abandonó la cruz.
23 Te me apareces, Virgen,
en la sombría cumbre del Calvario,
de pie junto a la cruz,
igual que un sacerdote en el altar,
ofreciendo tu Víctima,
tu Jesús amadísimo,
nuestro dulce Emmanuel,
para desenfadar la justicia del Padre.
Un profeta lo dijo, ¡oh Madre desolada!:
«¡No hay dolor semejante a tu dolor!»
¡Oh Reina de los mártires, quedando en el destierro,
prodigas por nosotros
toda la sangre de tu corazón!
24 La casa de san Juan se hace tu único asilo,
de Zebedeo el hijo reemplaza a tu Jesús...
Y es éste ya el último detalle
que nos da el Evangelio <14,
de la Virgen María no vuelve ya a hablar más.
Pero, Madre querida, su silencio profundo
¿acaso no revela
que el Verbo eterno -él mismo- cantar quiere
de tu vida los íntimos secretos,
para gozosa gloria de tus hijos,
los santos moradores de la patria del cielo?
25 Yo escucharé muy pronto esa dulce armonía,
iré muy pronto a verte en , el hermoso cielo.
Tú que viniste a sonreírme, Madre,
en la suave mañana de mi vida,
ven otra vez a sonreírme ahora...,
pues ha llegado ya de mi vida la tarde.
No temo el resplandor de tu gloria suprema <16>,
he sufrido contigo,
y ahora quiero
cantar en tus rodillas, Virgen, por qué te amo
¡y repetir por siempre y para siempre
que yo soy hija tuya...!
La pequeña Teresa...
NOTAS P 36 - POR QUE TE AMO, MARÍA
Fecha: mayo de 1897. - Compuesta espontáneamente (pero también a
petición de sor María del Sagrado Corazón). - Publicación: HA 98, treinta y
nueve versos corregidos. - Melodía: La plainte du mousse.
«Todavía tengo que hacer una cosa antes de morir», le decía Teresa a
Celina: «Siempre he soñado con exponer en un canto a la Santísima
Virgen todo lo que pienso sobre ella» (PA, Roma, p. 268). En este mes de
mayo comienza a vislumbrar la posible difusión de sus escritos. Y juzga
que sus «pensamientos» sobre María son parte integrante de la «obra
importantísima» que se está preparando (CA 1.8.2).
Ahora más que nunca, Teresa «no puede alimentarse más que de la
verdad» (5.8.4). Necesita «ver las cosas tal como son» (CA 21.7.4). Y
respecto a la Virgen María, lo único que le interesa es «su vida real, no su
vida supuesta» (CA 21.8.3*). E instintivamente vuelve su mirada al
Evangelio, su única fuente ya de inspiración.: «Este libro me basta» (CA
15.5.3 y cf Cta 226). Y nos informa incluso sobre el «método» que ella
sigue: «Me enseña el Evangelio ... y el corazón me dice» (estr. 15).
Y el corazón le hace «comprender», por connaturalidad, el sentido
escondido de los hechos y el alcance de los mismos para su vida de hoy y
muy pronto también para su eternidad. Estos últimos meses la mirada del
corazón se ha ido afinando en ella de mil maneras, pero sobre todo en dos
campos muy concretos: el misterio del sufrimiento bajo el crisol de la
prueba; la amplitud de las exigencias de la caridad, gracias a luces muy
intensas que recibió; y todo ello rodeado de silencio.
Este largo poema hay que acogerlo, ante todo, en actitud de oración: es,
en efecto, una especie de himno litúrgico, de doscientos versos
alejandrinos, que traducen a la perfección «la objetividad» a la que quiere
ceñirse la autora. Pero, no obstante, una emoción contenida recorre estas
estrofas que alcanzan momentos de gran altura (estr. 8, 16, 22...). Bellas
imágenes vienen a enriquecerlo (3,8-9; 7,6-8...); brotan fórmulas lapidarias
(10,5; 16,6, que son como el Credo de Teresa; y el famoso 22,3). Lo
corona todo una estrofa realmente magnífica.
«La pequeña Teresa» firma estas líneas con mano desfalleciente: humilde
y conmovedor punto final a toda su obra poética.
<1> Expresión fuerte que merece tanta más atención cuanto que Teresa,
acrisolada por la prueba, «ya no sabe lo que son las alegrías vivas» (CA
13.7.17); «El pensamiento de la felicidad eterna apenas si hace
estremecerse a mi corazón» (Cta 254). Ese verbo [«Tressaillir» = saltar de
gozo, estremecerse. N. del T.] aparece usado catorce veces en los escritos
(Ms A 60vº; Ms B 3rº; Cta 74, 107, 134, 254, 258, 261; y cinco veces en las
RP), y además en CA 17.7 y 20.8.4.
<2> Ese parecido en la debilidad es como una constante que tiene el don de
emocionar a Teresa; cf, por ejemplo, P 34,11. Sobre el sufrimiento de
María, cf 20.8.11.
<3> Esta hermosa imagen del «humilde y dulce valle», lecho del «océano
de amor» sugiere muy a las claras la plenitud de paz y de sosiego que
Dios pide y ofrece a la criatura que acepta recibirlo a él.
<4> Misterio de la omnipotencia que se realiza en la pequeñez de la
criatura: éste es el «tesoro» que tienen en común la madre y la hija. Una y
otra han recibido «el tesoro inefable de la virginidad» (3,4), «tierra natal de
Jesús» (Cta 122). Las dos tienen en ellas al «Hijo igual al Padre» (4,8),
una por el misterio único de la Encarnación (estr. 4), la otra por la
inhabitación trinitaria (5,2-3, que no remite a P 10,2) y especialmente por la
comunión eucarística (5,10-11). Madre e hija acogen en ellas a «Jesús, (el)
Cordero» con idénticas disposiciones.
<5> Como ya ocurría en P 15, también en este poema el corazón» ocupa un
lugar importante: catorce veces se menciones, y diez de ellas se refiere a
María.
<6> Imagen profundamente teresiana, en la que el Magnificat se compara a
una rosaleda que «envuelve en su perfume» (toda la riqueza de la rosa y
del perfume, en Teresa...).
<7> Tema difícil, que viene tratado con sobriedad. Teresa expresa con
bellas imágenes la dolorosa expectación de José y el «elocuente» silencio
de la Virgen.
<8> «Esconderse» (13,9; 16,9; y 15,6 en el original francés), «buscar» (14,5
y 7; 15,10): éste es el austero drama que describen todos esos versos
consagrados al «misterio del templo». Y la meditación se va haciendo cada
vez más profunda, hasta llegar a esa asombrosa proclama de paciencia de
la estrofa 16,7-12, cúspide del poema, en que volvemos a encontrar aquel
patético despojo de la Rosa deshojada.
<9> Estos cuatro versos (1-4) desarrollan la intuición anunciada en 15,9-12:
es el propio Jesús quien quiere la prueba para los que más ama. Esta
certeza, que es una constante en Teresa, aparece afirmada muchas veces
en las cartas; cf, entre muchas otras, Cta 190.
<10> Esta alegría en el sufrimiento está ampliamente documentada en esta
época de la vida de Teresa: Cf Ms C 7rº; Cta 253; P 31,3; y en las Ultimas
conversaciones. Podrá comprobarse el progreso realizado desde enero,
releyendo P 29, donde la «alegría» es aún un acto de fe voluntario, y se
diría que no muy alegre... Después de haber alcanzado el punto más alto
del abandono («Una rosa deshojada), la encontraremos, en la enfermería,
con una naturalidad total y con una alegría sin fisuras ya.
<11> No sólo será la fe lo que se «apagará» para ella, como para todo el
mundo, en último día, sino también «la angustia del corazón»; cf Ms C 5vº.
Teresa «se resigna» -mejor, acepta- a tener una paciencia ilimitada.
Abandono realmente heroico, admirablemente expresado por la imagen de
«la fe» (esa «antorcha de la fe» en el corazón de la noche, Ms C 6rº) que
«se apagará» cuando amanezca «el día sin ocaso» de la visión cara a
cara.
<12> La«colina» donde se reunirán los «pecadores»: una precisión que no
encontramos en ninguno de los sinópticos, pero que está acorde con el
espíritu del Ms C.
<13> María no se reserva codiciosamente su condición única de «Madre» de
Jesús. Acepta ser desapropiada de ese título, a la espera de la
desapropiación efectiva y real cuando Juan «reemplace a Jesús» (24,2).
<14> El velo vuelve a caer sobre la existencia de María. Teresa no menciona
el descendimiento de la cruz. «Ve... mira... oye... escucha» lo que relata el
evangelista, y no va más allá con la imaginación. Omite, pues, los
«misterios gloriosos». El propio Jesús se reserva para sí el ser su canto en
el cielo (cf estr. 24).
<15> La sonrisa de la Virgen en los Buissonnets, el 13 de mayo de 1883, cf
Ms A 30rº. El 8 de julio, cuando baje a la enfermería, encontrará allí, para
recibirla, a la Virgen de la Sonrisa: «Nunca me pareció tan hermosa»
(Ultimas Conversaciones, Burgos, Monte Carmelo, 1973, pp. 385s). Una
hora antes de morir, volverá a clavar largamente en ella su mirada (Ib., p
335).
<16> El poema vuelve sobre sí mismo, y el lazo se cierra con el verso 7 que
responde a la estrofa 1.
FIN DE LAS POESÍAS