Sta. Teresita de Lisieux

Poemas 12 a 16

 

P 12 MI CIELO EN LA TIERRA

 

1 Es tu imagen inefable(1)

astro que guía mis pasos.

Tu dulce rostro, Jesús,

bien lo sabes,

es en la tierra mi cielo.

Mi amor descubre el encanto(2)

de tu rostro

embellecido de llanto.

Y a través de mis lágrimas

yo sonrío

contemplando tus dolores.

2 Quiero, para consolarte(3),

vivir ignorada(4) y sola

aquí en la tierra.

Tu hermosura,

que tan bien sabes velar,

me descubre

todo su inmenso misterio,

y a ti quisiera volar.

3 Tu faz es mi sola patria,

ella es mi reino(5) de amor,

es mi riente pradera

y mi sol de cada día.


 

 

Ella es el lirio del valle,

cuyo aroma misterioso(6)

a mi alma desterrada

en su destierro consuela,

dándole a gustar la paz

de los cielos.

4 Es mi descanso y dulzura

y mi lira melodiosa...

Es tu rostro,

¡oh mi dulce Salvador!,

el ramillete divino

de mirra, que guardar quiero

prendido sobre mi pecho(7).

5 Es tu faz

mi única y sola riqueza,

ninguna otra cosa pido.

En ella, escondida siempre(8),

a ti me pareceré(9).

Deja en mí, Jesús, la huella

de tus dulcísimos rasgos,

y muy pronto seré santa,

y hacia ti los corazones

atraeré.

6 A fin de poder juntar

abundante mies dorada,

con tu fuego quémame.

No tardes, Amado mío,

en darme tu eterno beso.

¡Con tus labios bésame!

12 de agosto de 1895

 

NOTAS P 12 - MI CIELO EN LA TIERRA

Fecha: 12 de agosto de 1895. - Compuesta para: sor María de la Trinidad

(entonces María Inés de la Santa Faz), para sus veintiún años. -

Publicación: HA 98, cinco versos corregidos. - Melodía: Les regrets de

Mignon.

Al día siguiente de la Transfiguración, en ese clima de resplandor del

Tabor, Teresa siente que todo su ser se dilata, seducido por el Rostro

divino. Y al igual que en la santa montaña, sus versos evocan los

«dolores» de la pasión, pero para embellecerlos enseguida y bañarlos de

dulzura. En pleno corazón del verano de 1895, este poema es como un

anticipo del Cara a cara del que hablara algunas semanas antes en el Acto

de ofrenda.


 

 

Sin embargo, no tenemos que buscar en esta composición toda la riqueza

que este tema tiene en Teresa. También otros escritos suyos aportan o

aportarán elementos complementarios, por ejemplo las Or 11, 12, 14, 16, ó

RP 2, centrada toda ella en el carácter gozoso, doloroso y glorioso de la

Faz de Jesús. También las Ultimas Conversaciones ofrecen datos del

mayor interés (por ejemplo, CA 5.8.9). Cf Poésies, II, p. 135.

 

(1) La representación de la Santa Faz según el modelo de Tours.

(2) Cf 15,24.

(3) Consolar es la forma teresiana de la reparación ( PN 19,2,3; 41,1,6; P

15,31; 29,5). Y se manifiesta sobre todo con la «semejanza».

(4) Cf Im I,2,3: «querer ser ignorada y tenida en nada», citado en Ms A 71rº

(escrito unas semanas después de P 12), en Cta 145 y 176. Según María

de la Trinidad, esa era la constante aspiración de Teresa: «Muchas veces,

en la recreación o en otras partes, cuando yo le decía: ¿En qué piensas?,

dime algo: -¿Que qué pienso?, respondía con un profundo suspiro, Que

quisiera ser ignorada y tenida en nada...» (PO 466).

(5) Cf Ms A 77vº.

(6) Ese aroma designa la patria con la que sueña Teresa (Ms C 6vº).

(7) Cf en Or 11 la reproducción de la Santa Faz (según el modelo de Tours)

que pronto Teresa «llevará sobre su pecho» permanentemente.

(8) Cf PN 11,3 y 12,8, compuestas para esta misma novicia.

(9) Sobre el deseo y la necesidad de parecerse a Jesús, sobre todo en su

humildad y en su anonadamiento, cf Cta 87, 145 y 201; P 8,1 y 20,E2.

 

 

 

 

 

P 13 CÁNTICO DE UN ALMA QUE HA ENCONTRADO EL LUGAR DE

SU REPOSO

 

1 ¡Hoy rompes, Jesús mis lazos<1>!

En la Orden de María

podré hallar todos los bienes

de verdad.

Si abandono a mi familia

entrañable,

de tus celestes favores tú la sabrás colmar.

Y a mí el perdón me darás de los pobres pecadores...

2 En el Carmelo, Jesús,

debo vivir, pues tu amor

a este oasis me ha llamado.

Aquí te quiero seguir,


 

 

 

amarte, y pronto morir<2>.

¡Aquí, mi Jesús, aquí!

3 En este día, Señor, colmas todos mis deseos.

En adelante podré, cerca de la Eucaristía<3>,

inmolarme noche y día, inmolarme silenciosa,

y esperar en paz y en calma tu llegada para el cielo.

Exponiéndome a los rayos de la hostia inmaculada,

en esta hoguera de amor pronto me iré consumiendo,

y te amaré, Jesús mío, como un serafín del cielo.

4 Cuando terminen, Señor,

mis días aquí en la tierra,

que será pronto, a la playa

eterna<4> te seguiré.

¡En el cielo vivir siempre!

¡Amarte y nunca morir!

¡Para siempre! ¡Para siempre...!<5>

 

NOTAS P 13 - CÁNTICO DE UN ALMA QUE HA ENCONTRADO EL

LUGAR DE SU REPOSO

Fecha: 15 de agosto de 1895. - Compuesta para: María Guérin, a su

entrada en el Carmelo (sor María de la Eucaristía). - Publicación: HA 98,

un verso corregido. - Melodía: «Connais-tu le pays» de Mignon.

Era costumbre que la postulante cantase «algo» a la comunidad la noche

de su entrada. María Guérin está dotada de una hermosa voz de soprano;

y Teresa quiere que se luzca eligiendo para ello una romanza apropiada.

Y, cosa muy extraña, la poesía plagia muy de cerca a su modelo, al menos

en el estribillo. Teresa realiza con destreza la transposición del amor

humano al amor místico. A pesar del título [según el original, Cántico de un

alma que ha encontrado el lugar de su reposo], un impulso profundo

atraviesa este poema, que presuntamente iba a ser de «reposo».

Esta palabra aparece cinco veces en las Poesías entre 1895 y 1896 (P

10,9; 12,4; aquí; 15,20 y 32; PN 27,4), y describe acertadamente el clima

espiritual de Teresa en esta época; pero a comienzos de 1896 ella misma

escribirá extrañada: «No puedo vivir siempre así, en el sosiego» (Ms C

31rº).

Teresa dedicará dos poesías más a su prima: Sólo Jesús (P 24, el 15 de

agosto de 1896) y Mis armas (P 32, para su profesión, el 25 de marzo de

1897).

 

<1> Partiendo de un versículo que le ofrece el salmista, Teresa juega con

una anfibología: tristeza por la separación de la familia, pero liberación del

mundo y libertad para Jesús (cf Ms A 67vº).

<2> Acerca de esta profunda aspiración de María Guérin, cf LC 114 (CG, p.

491), Cta 92 y 190.


 

 

 

<3> Esta estrofa -breve compendio teológico sobre la adoración ante la

hostia- demuestra la fuerte atracción de María por la Eucaristía; cf LC 113

y 130 (CG, pp. 485 y 546), Cta 109 y 234.

<4> Larivera eterna, expresión tan frecuente en Teresa (cf Ms A 41r+), es

importante en esta poesía, que habla de travesía más que de reposo.

<5> Cf Ms A 69vº, de redacción casi contemporánea.

 

 

P 14 AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

1 Junto al sepulcro santo,

María Magdalena, en lágrimas deshecha,

se arrodilló en el suelo, buscando a su Jesús.

Los ángeles vinieron a suavizar su pena,

pero no consiguieron suavizar su dolor.

Luminosos arcángeles,

Mas no era vuestro brillo, luminosos arcángeles

lo que esta alma ardiente venía aquí a buscar.

Ella quería ver al Señor de los ángeles,

tomarle en sus brazos y llevarle muy lejos.

2 Junto al sepulcro santo ella quedó la última,

y al sepulcro volvió antes de amanecer.

Su Dios se hizo también

presente, aunque velando su presencia,

no pudo ella vencerle en la lid del amor...

Cuando llegó el momento,

desvelándole él su faz bendita

envuelta en propia luz,

brotóle de los labios una sola palabra,

fruto del corazón.

Jesús el dulce nombre murmuró de: «¡María!»

y devolvió a María la alegría y la paz.

....................................................

3 Un día, mi Señor, como la Magdalena,

quise verte de cerca, y me llegué hasta ti.

Se abismó mi mirada por la inmensa llanura

a cuyo Dueño y Rey yo iba buscando.

Al ver la flor y el pájaro,

el estrellado cielo y la onda pura,

exclamé arrebatada:

«Bella naturaleza, si en ti no veo a Dios,

no serás para mí más que un sepulcro inmenso.

4 «Necesito encontrar

un corazón que arda en llamas de ternura,


 

 

 

que me preste su apoyo sin reserva,

que me ame como soy, pequeña y débil,

que todo lo ame en mí,

y que no me abandone de noche ni de día».

No he podido encontrar ninguna criatura

capaz de amarme siempre y de nunca morir.

Yo necesito a un Dios que, como yo, se vista

de mi misma y mi pobre naturaleza humana,

que se haga hermano mío<2> y que pueda sufrir.

5 Tú me escuchaste, amado Esposo mío.

Por cautivar mi corazón, te hiciste

igual que yo, mortal,

derramaste tu sangre, ¡oh supremo misterio!,

y, por si fuera poco,

sigues viviendo en el altar por mí.

Y si el brillo no puedo contemplar de tu rostro

ni tu voz escuchar, toda dulzura,

puedo, ¡feliz de mí!,

de tu gracia vivir, y descansar yo puedo

en tu sagrado corazón, Dios mío.

6 ¡Corazón de Jesús, tesoro de ternura,

tú eres mi dicha, mi única esperanza!

Tú que supiste hechizar mi tierna juventud,

quédate junto a mí hasta que llegue

la última tarde de mi día aquí.

Te entrego, mi Señor, mi vida entera,

y tú ya conoces todos mis deseos.

En tu tierna bondad, siempre infinita,

quiero perderme toda, Corazón de Jesús.

7 Sé que nuestras justicias y todos nuestros méritos

carecen de valor a tus divinos ojos.

Para darles un precio,

todos mis sacrificios echar quiero

en tu inefable corazón de Dios.

No encontraste a tus ángeles sin mancha.

En medio de relámpagos tú dictaste tu ley

¡Oh corazón sagrado, yo me escondo en tu seno

y ya no tengo miedo, mi virtud eres tú<3>!

8 Para poder un día contemplarte en tu gloria,

antes hay que pasar por el fuego, lo sé.

En cuanto a mi me toca, por purgatorio escojo

tu amor consumidor<4>, corazón de mi Dios.

Mi desterrada alma, al dejar esta vida,

quisiera hace un acto de purísimo amor,


 

 

 

y luego, dirigiendo su vuelo hacia la patria,

¡entrar ya para siempre

en tu corazón...!

 

NOTAS P 14 - AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Fecha: 21 de junio o de octubre de 1895. - Compuesta para: sor María del

Sagrado Corazón, a petición de ésta. - Publicación: HA 98, nueve versos

corregidos. - Melodía: Le petit soulier de Noël.

Para no alterar la nueva numeración de las Poésies de 1975, se ha

conservado en la Edición del Centenario la fecha que se conjeturaba como

más probable -octubre de 1895- y que desde 1907 atribuía generalmente a

este texto (HA 07, p. 388). Sin embargo, la fecha del 21 de junio parece

más probable. (cf Poésies, II, p. 147), lo cual nos llevaría a colocar Al

Sagrado Corazón después del Cántico de Celina.

La cuestión de este pequeño problema cronológico estriba en que la

contemplación del Sagrado Corazón -tal como la «ve» Teresa- habría

preparado y acompañado la iluminación del domingo de la Trinidad. Sea

como fuere, es innegable la similitud entre el Acto de Ofrenda (Or 6), P 14

y Ms A 84rº/vº.

Teresa no se queda en el símbolo, entonces tan en boga, del Corazón

herido por la lanza. Ella ve directamente a la realidad: al amor personal de

Jesús, a sus sentimientos profundos, al amor que llena su Corazón. Y la

manifestación suprema de este amor, Teresa la encuentra, no en la

escena de Getsemaní o en el Corazón traspasado por la lanza en el

Calvario, sino en la respuesta del Resucitado a la búsqueda apasionada

de María Magdalena: en el murmullo de su nombre.

Fortalecida con esa respuesta, que le garantizaba que «el corazón de su

Esposo era sólo para ella, como el suyo era sólo para él», la confianza de

la esposa ya no conocerá barreras. Irá cada vez más lejos en su audacia,

hasta entrar ya «sin reserva» alguna en el Corazón de su Dios. Este

extraordinario dinamismo es lo que da unida al poema. Un cuadro de gran

fuerza expresiva en el que se ve plasmado un amor a la vez humano y

sobrenatural de enorme intensidad.

 

<1> Cf P 15,15 y 30,3.

<2> Aquí Jesús es el Hermano-Amigo, es decir, el Esposo del Cantar de los

Cantares (Ct 4,9 ó 5,2); cf, por ejemplo, Cta 158, 164; RP 3,23rº bis; P

20,5; Or 12. Pero el sentido de nuestra fraternidad con Jesús reviste

muchos matices.

<3> Cf Ms A 32rº y Cta 197.

<4> ¿Alusión (que sólo ella entiende) a la herida de amor que ha sufrido

poco tiempo antes (14/6/1895, cf CA 7.7.2)? Es conocida la insistencia con

que san Juan de la Cruz recuerda la fuerza purificadora de la Llama de


 

 

 

amor viva, semejante a la del purgatorio (canción 2, explicación del verso

5). Cf P 10,6+.

 

 

 

P 15 JESÚS, AMADO MÍO, ACUÉRDATE

 

«Hija mía, busca entre mis palabras las que respiren más amor;

escríbelas, y luego, guardándolas como preciosas reliquias, procura leerlas

con frecuencia. Cuando un amigo quiere reavivar en el corazón de su

amigo el fuego de su primer afecto, le dice: Acuerdate de lo que sentiste al

decirme un día tal o cual palabra. O bien: ¿Te acuerdas de tus

sentimientos en tal época, en tal día, en tal lugar...? Créeme, hija: las

reliquias más preciosas que de mí quedan en la tierra son las palabras de

mi amor, las palabras salidas de mi dulcísimo Corazón».

(Nuestro Señor a santa Gertrudis<1>)

1 Acuérdate, Jesús, de la gloria del Padre,

del esplendor divino que dejaste en el cielo

al bajar a esta tierra, al desterrarte

de aquella eterna patria

por rescatar a todos los pobres pecadores.

Bajando a las entrañas de la Virgen María,

velaste tu grandeza y tu gloria infinita.

Del seno maternal

de tu segundo cielo

¡acuérdate!

2 Acuérdate que el día en que naciste

los ángeles bajaron a la tierra

y cantaron a coro:

«¡Gloria, honor y potencia a nuestro Dios,

y la paz a los hombres de buena voluntad!»

Tras diecinueve siglos,

sigues cumpliendo siempre tu promesa.

La paz es la riqueza de tus hijos.

Para gustar por siempre

la inefable paz tuya,

¡yo vengo a ti!

3 Yo vengo a ti, en tu cuna

quiero, Niño, quedarme para siempre,

entre esos tus pañales<2> escóndeme contigo.

Ahí podré cantar a coro con los ángeles,

recordarte las fiestas de estos días.

Acuérdate, Jesús, de los pastores,

y de los Reyes Magos,

que con gozo sus dones te ofrecieron,


 

 

 

corazón y homenaje.

Del cortejo inocente

que por ti dio su sangre

¡acuérdate!

4 Acuérdate de que los dulces brazos

de María, tu Madre, preferiste

a tu trono de rey.

Para sostener tu vida, pequeño Niño mío,

sólo tenías la leche virginal.

A ese festín de amor que tu madre te da,

invítame, Jesús, tú que eres mi hermanito.

De tu pequeña hermana,

que te hizo palpitar,

¡acuérdate!

5 Acuérdate de que llamaste padre

al humilde José, quien por orden del cielo

supo, sin despertarte del materno regazo,

arrancarte a las iras de un mortal.

Verbo de Dios, acuérdate de aquel misterio extraño:

¡Tú guardaste silencio e hiciste hablar a un ángel!

Del lejano destierro

a la orilla del Nilo

¡acuérdate!

6 Acuérdate, Jesús, de que en otras riberas

los mismos astros de oro y la luna de plata

que yo contemplo en el azul sin nubes

tus ojitos de niño

encendieron de gozo y maravilla.

Con la misma manita

con que a tu dulce Madre acariciabas

sostenías el mundo y le dabas la vida.

Y pensabas en mí<3>,

¡oh mi pequeño Rey!,

¡acuérdate!

7 Acuérdate, Señor, de que en la soledad

con tus divinas manos trabajaste.

Vivir en el olvido fue tu mayor cuidado,

despreciaste la ciencia de los hombres.

Tú que con sola una palabra dicha

por tu divina boca

sumir podías en asombro al mundo,

te complaciste en esconder a todos

tu profundo saber, ciencia infinita.

Pareciste ignorante,


 

 

 

siendo el Omnipotente,

¡acuérdate!

8 Acuérdate de haber vivido errante,

extranjero en la tierra, ¡oh Verbo eterno!

Ni una piedra tuviste ni un abrigo,

ni tan siquiera el nido que los pájaros tienen...

Ven, ¡oh Jesús!, a mí, reclina tu cabeza,

ven..., para recibirte tengo dispuesta el alma.

Sobre mi corazón

descansa, Amado mío,

¡mi corazón es tuyo!

9 Acuérdate de qué ternura inmensa

tú colmaste a los niños pequeñitos.

¡Yo deseo también recibir tus caricias,

dame tus deliciosos, suaves besos!

Para gozar un día

de tu dulce presencia allá en el cielo,

practicaré en la tierra

las pequeñas virtudes de la infancia.

Muchas veces dijiste:

«El cielo es de los niños...»,

¡acuérdate!

10 Acuérdate, Jesús: junto al brocal de un pozo,

un viajero, cansado del camino,

hizo que rebosaran<4> sobre cierta mujer samaritana

los raudales de amor que encerraba su pecho.

¡Yo sé quién es aquel que pidió de beber<5>:

él es el Don de Dios, la fuente de la gloria!

Es él,agua que brota,

Es él, que nos ha dicho:

«¡Venid a mí!

11 Venid a mí vosotras, pobres almas cargadas,

vuestras pesadas cargas pronto se harán ligeras,

y, saciada la sed ya para siempre,

de vuestro seno fuentes manarán».

YO tengo sed, Jesús, esa agua pido,

que me inunden el alma sus divinos torrentes.

Por fijar mi morada

en el mar del amor

¡yo vengo a ti!

12 Acuérdate, Jesús, de que, a pesar de ser

hija yo de la luz<6>,

¡ay!, de servir a mi Rey me olvido con frecuencia.

De mi miseria inmensa ten piedad


 

 

 

y en tu infinito amor perdóname.

En las cosas del cielo, Señor, hazme una experta,

muéstrame los secretos que tu Evangelio esconde.

Haz que este libro de oro

sea mi gran riqueza,

¡acuérdate!

13 Acuérdate, Jesús, del poder asombroso

que tu divina Madre tuvo y tiene

sobre tu corazón.

Acuérdate de haber cambiado un día

el agua clara en delicioso vino<7>,

obedeciendo a su sencilla súplica.

Dígnate transformar mis mortecinas obras

y a la voz de tu Madre, dales vida.

De que yo soy tu hija,

mi Jesús, con frecuencia

¡acuérdate!

14 Acuérdate, Señor: muchas veces subías

a las altas colinas al caer de la tarde.

Recuerda tu oración, tus divinas plegarias

y tus himnos de amor mientras todos dormían.

Y yo en mis oraciones, en mi oficio divino,

ofrezco con delicia mi oración, ¡oh Dios mío!

Junto a tu corazón

canto entonces gozosa,

¡acuérdate!

15 Acuérdate de que al mirar los campos,

tu corazón divino presagiaba la siega,

con los ojos alzados<8> a la santa Montaña,

murmurabas los nombres de tus predestinados...

Para que tu cosecha recoger pronto puedas,

mi Dios, todos los días me inmolo y te suplico.

Son mi llanto y mi gozo

para tus segadores,

¡acuérdate!

16 Acuérdate, Jesús, del gozo de los ángeles,

del júbilo que habrá en tu reino del cielo

entre sus elegidos moradores,

al ver que un pecador alza hacia ti sus ojos.

Yo quiero acrecentar esa gran alegría,

y por los pecadores rogaré sin cesar.

Porque al Carmelo vino

para poblar tu cielo,

¡acuérdate!


 

 

 

17 Acuérdate de aquella dulce llama

que hacer arder querías en nuestros corazones.

En mi alma has encendido ese fuego del cielo<9>,

y yo quiero, también, derramar sus ardores.

Una débil centella, ¡oh misterio de vida!,

levantar puede sola un grandísimo incendio <10>.

Muy lejos quiero llevar

¡oh Dios mío!, tu fuego <11>,

¡acuérdate!

18 Acuérdate de la grandiosa fiesta

que te dignaste <12> da al hijo arrepentido.

Acuérdate igualmente de que al alma que es pura

tú mismo la alimentas día a día.

Recibes con amor al hijo pródigo,

mas las olas de amor

que de tu corazón al mío vienen,

ésas no tienen número ni dique.

Tus bienes míos son,

mi Rey, Amado mío,

¡acuérdate.

19 Acuérdate de que al, obrar milagros,

despreciaste la gloria y exclamaste:

«¿Cómo podéis creer

los que buscáis la estima de los hombres?

Halláis maravillosas las obras que yo hago,

mayores las harán los que son mis amigos».

¡Qué humilde y dulce fuiste,

Jesús, mi tierno Esposo!,

¡acuérd`te!

20 Acuérdate de que, en un trance santo

de divina embriaguez, tu apóstol virgen

descansó su cabeza sobre tu corazón.

¡Señor, en su descanso

conoció tu ternura, comprendió sus secretos!

No me siento celosa del discípulo amado,

también yo tus secretos conozco, soy tu esposa.

Duermo sobre tu pecho,

divino Salvador,

¡él es mío! <13>,

¡acuérdate!

21 Acuérdate de aquella triste noche,

noche de tu agonía,

en la que con tu sangre se mezclaron tus lágrimas.

¡Perlas de amor, cuyo infinito precio


 

 

 

hizo que germinaran

en esta tierra virginales flores!

Un ángel, al mostrarte esta mies escogida,

renacer hizo el gozo de tu bendita alma.

Mas tú, Jesús, me viste

en medio de tus lirios,

¡acuérdate!

22 Acuérdate, Señor, que tu rocío fecundo,

virginizando el cáliz de las flores,

capaces las volvió, ya en esta vida,

de engendrar multitud de corazones.

Soy virgen, ¡oh Jesús! No obstante, ¡qué misterio!,

al unirme yo a ti, soy madre de almas <14>.

De las vírgenes flores

que salvan pecadores,

¡acuérdate!

23 Acuérdate: un Condenado a muerte,

abrevado de amargo sufrimiento,

alzó al cielo los ojos y exclamó:

«¡Un día me veréis aparecer con gloria

nimbado de poder sobre las nubes!»

Nadie creer quería que el Hijo de Dios fuese,

pues su gloria inefable permanecía oscura.

Príncipe de la paz,

yo sí te reconozco,

¡yo creo en ti...!

24 Acuérdate de que hasta entre los tuyos

siempre desconocido fue tu divino rostro.

Pero a mí me dejaste tu dulce y pura imagen,

y bien sabes, Señor, que siempre

yo te reconocí...

Te reconozco, sí, ¡oh rostro eterno!,

aun a través del velo de tus lágrimas

descubro tus encantos.

De todos los corazones

que recogen tus lágrimas, Jesús,

¡acuérdate!

25 Acuérdate de la amorosa queja

que, clavado en la cruz, se te escapó del pecho.

¡En el mío quedó, Señor, grabada,

y por eso comparte el ardor de tu sed <15>!

Y cuanto más herido se siente por tu fuego,

más sed tiene, Jesús, de darte almas.

De que una sed de amor


 

 

 

me quema noche y día

¡acuérdate!

26 ¡Acuérdate, Jesús, Verbo de vida,

de que tanto me amaste, que moriste por mí!

También yo quiero <16> amarte con locura,

también por ti vivir y morir quiero yo.

Bien sabes, ¡oh Dios mío!, que lo que yo deseo

es hacer que te amen y ser mártir un día.

Quiero morir de amor.

Señor, de mi deseo

¡acuérdate!

27 Acuérdate de aquello que dijiste

el día de tu triunfo:

«¡Dichoso el que sin ver en plenitud de gloria

al Hijo del Altísimo, sin embargo creyó!»

Desde la oscura noche de mi fe

yo te amo ya y te adoro.

Para verte, Jesús, espero en paz la aurora.

De que no es mi deseo

aquí en la tierra verte <17>

¡acuérdate!

28 Acuérdate de que, subiendo al Padre,

no podías dejarnos aquí huérfanos,

y haciéndote en la tierra prisionero

supiste velar bien tu resplandor divino.

Pero es pura y radiante la sombra de tu velo,

Pan vivo de la fe, alimento celeste.

¡Oh misterio de amor!

¡Mi pan de cada día

Jesús, eso eres tú!

29 No obstante las sacrílegas blasfemias

con que insultarte intentan

los enemigos que en el mundo tiene

el dulce Sacramento de tu amor,

tú me muestras, Jesús, cuánto me amas,

pues en mi corazón a morar vienes.

¡Oh Pan del desterrado! ¡Hostia santa y divina!

Ya no soy yo quien vive,

sino que vivo de tu propia vida.

¡Tu dorado copón <18>

preferido entre todos,

Jesús, soy yo!

30 Soy para ti un santuario vivo,

que los malvados profanar no pueden.


 

 

 

Quédate siempre en mí, ¿no es, acaso, un parterre

mi corazón

donde todas las flores se vuelven hacia ti?

Mas si tú te alejaras, blanco Lirio del valle,

tú lo sabes muy bien, mis flores

serían prestamente deshojadas.

¡Siempre, Jesús, mi Amado

y perfumado Lirio,

florece en mí!

31 Acuérdate de que en la tierra quiero

consolarte, Señor, del negro olvido

al que los pecadores te condenan.

¡Amor único mío, escucha mi plegaria,

para amarte, Jesús, dame mil corazones!

Pero no basta aún,

¡oh Belleza suprema! ¡Para amarte

dame tu propio corazón divino! <19>

De mi deseo ardiente,

Señor, a cada instante

¡acuérdate!

32 Acuérdate, Señor,

de que es tu santa voluntad mi dicha

y mi único reposo <10>.

Sin temor en tus brazos me duermo y abandono,

divino Salvador.

Si mientras ruge el huracán tú duermes,

yo seguiré sumida en una paz profunda.

Mas, Jesús, mientras duermes,

para tu despertar

¡prepárame!

33 Acuérdate, Señor,

de que vivo en la espera del gran día.

Que, por fin, aparezca

el ángel

y nos convoque a todos:

«¡El tiempo se acabó, despertad ya!»

Yo hendiré entonces rápida el espacio

y muy cerca de ti ocuparé un lugar.

En la morada eterna

mi cielo serás tú,

¡acuérdate!

 

NOTAS P 15 - JESÚS, AMADO MÍO, ACUÉRDATE


 

 

 

Fecha: 21 de octubre de 1895. - Compuesta para: sor Genoveva, con

ocasión de su santo (Celina), a petición de ésta. - Publicación: HA 98,

cuarenta y tres versos corregidos. - Melodía: Rapelle-toi.

El noviciado de Celina sigue su curso desde el 5 de febrero de 1895.

Suficientemente generoso para que Teresa proponga a su hermana, el 9

de junio, que se entregue totalmente al Amor. Y suficientemente laborioso

para que Celina sienta la necesidad de animarse haciendo un recuento de

sus méritos pasados. Y acude al genio poético de Teresa para «recordar a

Jesús (...) los inmensos sacrificios que ha hecho por él». Pero Teresa

invierte la perspectiva, enumerando «los sacrificios de Jesús» por Celina...

No por espíritu de contradicción, sino sencillamente para dar una

«pequeña lección» a su novicia (CSG, p. 73). Pero, sobre todo, porque su

inspiración la lleva en una dirección completamente distinta. El nervio vital

de su existencia se encuentra ahora en una convicción extremadamente

fuerte del amor preveniente y gratuito de Jesús hacia su criatura. En treinta

y tres estrofas (¿número intencionado para recordar los treinta y tres años

de Cristo?) va desarrollando una vida de Jesús a partir del Evangelio, en el

que «cada día descubre luces nuevas, sentidos ocultos y misteriosos» (Ms

A 83vº). Junto con P 35, este poema es un lugar privilegiado para un

estudio escriturístico en Teresa.

En esa época Teresa vive en un baño de luz. Su fe es viva y transparente.

Y sus versos son una clara expresión de su inteligencia de la fe, por la

forma tan personal de leer y releer los textos evangélicos.

 

<1> Este epígrafe (añadido por Teresa en julio de 1896) proviene de

L'Année de Sainte Gertrude del P. Cros (Toulouse, 1871).

<2> Cf RP 1,12rº; RP 2,2rº y 7vº; RP 5,3rº; RP 6,2vº; Or 8, de octubre de

1895; P 36,10.

<3> Teresa no habla de Jesús en tercera persona, sino en segunda persona

del singular, como lo hace habitualmente en su oración (CSG, p. 82). En

todas las estrofas, salvo alguna rara excepción, el Tú y el yo se van

conjugando en una exquisita reciprocidad de ternura. Tal vez pueda

parecer extraño que «acapare» de esa manera a su Señor; pero lo único

que hace es apropiarse las palabras de san Pablo: «Me amó hasta

entregarse por mí» (Gal 2,20).

<4> Cf estr. 18 y Or 6.

<5> En 1889-1890, la sed de Jesús que Teresa deseaba apagar era sobre

todo la del Crucificado (Jn 19,28; cf LC 145 en CG, p. 631). En 1893,

pensaba más en el episodio de la Samaritana (Cta 141). En 1895, combina

los dos temas en el Ms A (45vº y 46vº) y aquí (estr. 10 y 25). Finalmente,

en 1896 los escribirá, junto con otros textos evangélicos, en una estampa

de Cristo en la cruz, con referencias explícitas (Est 1). Cf también Cta 196

(= Ms B 1vº).

<6> Expresión que sólo se encuentra aquí y en Ms B 4rº.


 

 

 

<7> Junto con una furtiva alusión a la tempestad calmada, es éste el único

milagro que se menciona en la poesía. Teresa usa siempre una gran

discreción al referirse a los milagros.

<8> Teresa recoge aquí de nuevo, aplicándola a Jesús, su exégesis tan

personal, de 1892, de la invitación a «levantar los ojos»: «Levantad los

ojos y ved. Ved cómo en mi cielo hay sitios vacíos, a vosotros os toca

llenarlos...» (Cta 135).

<9> Posible alusión a la herida de amor de junio de 1895 (CA 7.7.2).

<10> Unica vez que emplea en este sentido esa expresión en sus escritos,

no obstante la importancia del fuego en el vocabulario de Teresa.

<11> La madre Inés escogió en un primer momento estos dos versos para

adornar la cruz de la tumba de Teresa y definir así su misión póstuma,

netamente apostólica; cf CSG, p. 200. Cf también RP 4,4vº y P 31,6.

<12> El padre del hijo pródigo, para Teresa, es el propio Jesús en seis de

los ocho pasajes en que ella menciona (RP 2,3rº; Cta 142; aquí; Ms C 34vº

y 36vº; Cta 261).

<13> Cf Cta 122: «El corazón de mi Esposo es sólo para mí, como el mío es

sólo para él».

<14> Los escritos de Teresa evocan con frecuencia este «misterio» de la

maternidad espiritual de la virgen consagrada que se une a Jesús; cf, por

ejemplo, Cta 124 (la flor Celina); Cta 129, 135, 182, 183, 185; Ms A 81rº y

Ms B 2vº; P 29,6; etc.

<15> De las siete palabras de Cristo en la cruz, la que más veces cita

Teresa es la queja «Tengo sed» (Ms A 45vº, 46vº, 85vº; P 20, estr. 5 y 6.

Cf supra, nota 5.

<16> «También» sugiere que la muerte de Jesús es ya una locura de amor,

que justifica el deseo de Teresa: «amarte con locura». Y esta aspiración no

es nueva: cf Cta 85, 93, 96, 169; Ms A 39rº, 82rº (finales de 1895). Y se

hace más acuciante en 1896: cf Ms B (en el que la palabra «locura»

recurre hasta diez veces) y Cta 25.

<17> A pesar de la fuerza de su amor, Teresa prefiere amar a Jesús de

acuerdo al estilo que ha elegido para sí (cf RP 7,1vº). Muy poco antes de

morir, reafirmará su deseo de «no ver» a Dios o a los santos aquí abajo (cf

CA 4.6.1; 5.8.4; 11.8.5; 11.9.7).

<18> La misma idea en Ms A 48vº y en P 16,6.

<19> Amar a Dios no sólo con «mil corazones», sino con su propio Amor,

con su «propio Corazón divino», es una aspiración que va creciendo en

Teresa hasta el final (cf Ms B 3vº y Ms C 35rº; PN 41,2,7-8).

<20> El«reposo» saboreado únicamente en la «voluntad» de Jesús, el

deseo de cumplir siempre su voluntad, es un tema teresiano del que

encontramos huellas en todos sus escritos, y muy temprano (cf Poésies, II,

p. 169). En la enfermería, Teresa repetirá esta estrofa 32 «con semblante y

acento celestiales»: cf CA 14.7.3. En ese mismo sentido, véase también

CA 10.6; 10.7.13; 14.7.9; 30.8.2.


 

 

 

 

 

 

P 16 MIS DESEOS JUNTO A JESÚS ESCONDIDO EN SU PRISIÓN<1>

DE AMOR

 

Compuesta a petición de sor San Vicente de Paul. La misma melodía que

la anterior, o bien la de la glosa de santa Teresa.

1 Llavecita, yo te envidio,

porque puedes cada día

abrir y cerrar la puerta

de la cárcel donde mora

el Dios hecho Eucaristía.

Mas ¡oh dichoso milagro!,

por la virtud de mi fe

y de mi amor también puedo

el tabernáculo abrir

y en él esconderme yo<2>

cerca de mi amado Rey.

2 Quisiera en el santuario

junto a mi Dios consumirme,

y, como tú, lamparilla,

brillar siempre en el misterio.

¡Oh qué dicha!, yo también

unas llamas tengo en mí,

y con ellas ganar puedo

para Jesús muchas almas

y abrasarlas en su amor...

3 En cada aurora te envidio,

piedra santa del altar.

Como un día en el establo,

veo en ti nacer a Dios.

Atiende mi humilde ruego,

ven a mi alma, mi Señor.

Lejos de hallar piedra fría,

en ella hallarás el eco

de tu propio corazón.

4 Corporales, rodeados

de ángeles, también yo

envidia os tengo a vosotros.

Como los limpios pañales,

envolvéis a mi Jesús,

mi único y solo tesoro.

Mi corazón cambia, ¡oh Virgen!,

en corporal puro y bello,


 

 

 

para poder recibir

la hostia blanca do se esconde

tu amado y dulce Cordero.

5 Patena santa, te envidio.

En ti viene a reposar

Jesús, el Verbo hecho carne.

¡Que su infinita grandeza

se digne abajarse a mí...!

Jesús colma mi esperanza

sin esperar a que llegue

la tarde de mi destierro.

¡Viene a mí! Con su presencia

me hace su custodia viva...

6 Yo quisiera ser el cáliz

en el que adoro la sangre

de mi Dios y Salvador.

Mas puedo en la santa Misa

recogerla cada día.

A Jesús le gusta mi alma

más que los vasos de oro.

El altar es un Calvario

donde por mí y para mí

se derrama gota a gota

toda su sangre divina.

7 ¡Oh Jesús, viña sagrada!,

lo sabes, mi Rey divino:

soy un racimo dorado<3>

que han de arrancar para ti.

Exprimida en el lagar

del oscuro sufrimiento,

yo te probaré mi amor.

Mi único gozo será

inmolarme cada día.

8 ¡Oh qué suerte para mí!

Fui contada entre los granos

de maduro y puro trigo

destinados a perder

por Jesús su ser y vida.

¡Oh exquisito arrobamiento!

Tu esposa querida soy,

ven, mi Amado, vive en mí.

¡Ven, tu belleza me encanta,

ven a transformarme en ti!


 

 

 

NOTAS P 16 - MIS DESEOS JUNTO A JESÚS ESCONDIDO EN SU

PRISIÓN DE AMOR

Fecha: otoño (?) 1895. - Compuesta para: sor San Vicente de Paúl, a

petición suya. - Publicación: HA 98 con el título «Mis deseos al pie del

tabernáculo»), siete versos corregidos. - Melodía: Par les chants les plus

magnifiques, o bien la Glosa de santa Teresa «Je meurs de ne point

mourir».

En este poema eucarístico-litúrgico, Teresa no deja volar la inspiración. Es

una meditación en un tono sumamente sobrio, centrada en los objetos de

culto, de los que habla como si fueran palabras o imágenes de la Sagrada

Escritura. Tan sólo en la última estrofa da rienda suelta al amor y al

entusiasmo.

La fe de Teresa la lleva a descubrir la forma de hacer realidad sus

«deseos»: «Mas yo puedo...» No tiene ningún motivo para «envidiar» a la

llave del sagrario, a la lámpara, a la piedra del altar, o a los vasos

sagrados. Ella tiene más valor, ella es incomparablemente más valiosa que

esos objetos inanimados. La «esposa» se asocia al sacrificio como

víctima, aun cuando esta palabra no se pronuncia, y con «arrobamiento».

 

<1> Cf Ms A 31vº; PN 19,1; P 15,28; Cta 189 y 201; Or 7.

<2>  Jesús escondido en la hostia, en el sagrario, es uno de los temas

favoritos de la santa del Dios escondido: cf Cta 140; numerosas referencia

en las Poesías y en RP.

<3> Primero de los tres anuncios de la «pasión» de Teresa bajo el símbolo

del «racimo», junto con RP 5,2rº y Ms A 85vº (escudo de armas).

 


 
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