Escritos 2
Est 2 Juana de Arco en prisión (julio? de 1896)
Esta estampa doble se compone de un soporte de cartón en el que están
pegadas, al dorso y en el reverso, dos fotografías de Teresa en «Juana de
Arco en su prisión» (VTL, nº 13 y 14; DLTH, pp. 220-221, 285). La foto de
VTL 13 lleva como leyenda: «La Ven. Juana de Arco en su prisión», y la de
VTL 14: «La Ven. Juana de Arco consolada en su prisión por Sta. Catalina,
v.m.» (virgen y mártir). Los versículos bíblicos elegidos traducen a la vez
las Pasión de Juana de Arco y la «prueba de la fe» de Teresa.
De esta estampa ha habido al menos cinco ejemplares (con tres
borradores).
Ultima cita del anverso: Sal 41,6.5; la segunda del anverso: Mt 5,10; y
luego, Mt 5,5 y 2 Tim 4,7-8.
Anverso:
El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con
su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el
que la pierda por mí, la encontrará.
Mt XV, 24-25
Ten piedad de mí, Señor, que soy la burla de mis enemigos, el espanto de
mis conocidos... Me han olvidado como a un muerto. Pero yo confío en ti,
Señor..., te digo: ¡Tú eres mi Dios...!
Sal XXX,12.13.15
Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda
infecundo; pero si muere, da mucho fruto.
Juan XII,24-25
Alma mía, ¿por qué estás triste...?, ¿por qué te me turbas...? Sí, marcharé
entre la multitud de los justos y entraré con ellos en la casa de Dios, entre
gritos de júbilo y cánticos de alabanza, entre la multitud de las vírgenes
transportada de alegría...
Anverso:
Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido
estas cosas a los sabios y a los entendidos y se las has revelado a los
pequeños.
Lucas X,21.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el
reino de los cielos.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios...
Mateo, c. V.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados...
He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta. Ahora sólo me
queda recibir la corona de justicia...
San Pablo
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de
cualquier modo por mi causa... Estad contentos y saltad de alegría, porque
vuestra recompensa será grande en el cielo.
Mateo V,11-12.
Est 3 La adoración de los pastores (segundo semestre de 1898)
Sobre un soporte de cartón, reproducción en medallón de la «Navidad» de
Müller. Las citas son las siguientes: Lc 2,14; Mt 12,46-50; Jn 17,25-
26.3.10.23.
Gloria a Dios en el cielo
y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad...
El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi
madre.
Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo he dado a conocer tu
nombre a los que me has dado, y ellos han conocido que tú me has
enviado... Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, a ti y a Jesucristo tu
enviado... En ellos he sido glorificado... Yo en ellos y tú en mí, porque tú
los has amado como me has amado a mí...
San Juan XVII,25-3-23
Est 4 La Sagrada Familia (verano de 1896)
La misma presentación que la de la estampa anterior. En el centro, «La
Sagrada Familia» de Müller. A Teresa le gustaba esta estampa (cf CA
10.9.2). La dimensión misionera del grupo está bien caracterizada. Cf Cta
264 y CG, p. 1281.
La segunda cita del anverso: P 15, estr. 15 y 17 con variantes; luego, Mt
9,37-38; Jn 4,35-37; Lc 12,49.
Anverso:
Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la
siega...
San Juan IV,35
Para que tu cosecha recoger pronto puedas,
mi Dios, todos los días me inmolo y te suplico.
Son mi dolor y gozo
para tu segadores...
Yo quisiera, Dios mío,
llevar lejos tu fuego...
La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al
dueño de la mies que mande trabajadores a su mies...
Uno siembra y otro siega, y se alegran lo mismo sembrador y segador...
He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo...!
Mt 9 - Juan IV - Lc ,49
Reverso: (Fórmulas conclusivas de las oraciones del Oficio divino, en
latín.)
Est 5 y 6 «Recuerdo del breve destierro» (agosto-septiembre de 1896)
Soporte de cartón con tres citratos ovalados, en el anverso, que
representan a los hermanitos y hermanitas de Teresa muertos en
temprana edad. Debajo, simbolizando a la primera «Teresita», de la que
no existe ninguna foto, una delicada miniatura: una paloma que levanta el
vuelo desde la tierra y se eleva hacia unos rayos dorados (cf DLTH, p.
227). La estampa 6 es muy parecida a la estampa 7, con muy pocas
variantes; Teresa la guardó para sí, y la madre Inés se quedó con ella tras
la muerte de su hermana.
Las citas bíblicas, al dorso, son las siguientes: Mc 10,14; Mt 18,10; Mt
18,4; Mc 10,16; Rom 4,6.4 y 3,24; Is 40,11; Ap 14,2-5.
Anverso:
Recuerdo del breve destierro de nuestros angelitos y de su nacimiento
para el cielo:
María Elena, 13 oct. 1896 - 22 febr. 1897
María José Luis, 20 sept. 1866 - 14 febr. 1867
María José Juan Bautista, 19 dic. 1867 - 25 agosto 1868
María Melania Teresa, 16 agosto 1870 - 8 oct. 1870.
Reverso:
Dejad que los niños se acerquen a mí, de ellos es el reino de los cielos...
Sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre
celestial... El que se haga pequeño como un niño, ése es el más grande en
el reino de los cielos.
... Jesús abrazaba a los niños después de bendecirlos.
Evangelio.
Dichoso aquel a quien Dios otorga la justificación prescindiendo de sus
obras, pues al que hace un trabajo el jornal no se le cuenta como un favor
sino como algo debido... Y los que no hacen un trabajo son justificados
gratuitamente por Su gracia, en virtud de la redención cuyo autor es Cristo
Jesús.
Cta. de san Pablo a los Romanos.
El Señor apacentará a su rebaño. Su brazo lo reúne, toma en brazos los
corderos.
Isaías, c. LX
Oí una voz que bajaba del cielo; era como el son de arpistas que tañían
sus arpas. Y cantaban un cántico nuevo ante el trono de Dios, y nadie
podía cantar este cántico excepto las vírgenes. Estos son los que siguen al
Cordero adondequiera que vaya... Han sido rescatados como primicias de
la humanidad para Dios y el Cordero. En sus labios no hubo mentira y han
sido encontrados sin mancha ante el trono de Dios.
Apoc. c. XIV
Est 7 La Navidad (agosto de 1896 - marzo de 1897)
En un soporte de cartón, citrato pegado da «La Navidad» o «Adoración de
los pastores», pintada por Celina en 1882; ésta escribió a lápiz al margen:
«Estampa que perteneció a sor María de la Eucaristía: los textos son de
Sta. Teresa del Niño Jesús».
Referencias de las citas: Lc 2,14; san Bernardo, cf Cta 162; Pr 9,4; Mt
18,4; Is 40,11; Is 66,13.12; Sal 102,13.12.8; Mt 12,50; Jn 17,24.23. Varios
textos se encuentran en el Ms B 1rº/vº. El reverso está reproducido en
facsímil en CSG, p. 38, y en DLTH, p. 226.
Anverso:
Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena
voluntad...
Jesús, ¿quién te ha hecho tan pequeño? El amor.
Reverso:
El que sea pequeñito, que venga a mí... (Prov.)
El que se haga pequeño como un niño, ése es el más grande en el reino
de los cielos... (Ev.)
El Señor reunirá a los corderitos y los tomará en brazos.
Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo. Os llevaré en mis
brazos y sobre mis rodillas os acariciaré.
(Isaías)
Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor compasión por
nosotros. Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros los delitos
de que somos culpables. El Señor es compasivo y misericordioso, lento
para castigar y rico en misericordia. (Sal CII)
El que cumple la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano y mi hermana y
mi madre. (Ev.)
Padre, a los que me diste tú los has amado como me has amado a mí.
(Ev.)
Est 8 Ecce Homo - Virgen de los Dolores (agosto de 1897?)
En el anverso, litografía del Ecce Homo de Guido Reni, ovalada. A Teresa
el gustaba esta reproducción; la pegará, muy reducida, en la parte inferior
de la estampa de Teófano Vénard que tenía prendida en las cortinas de su
lecho en la enfermería (UC, pp. 447s). En el reverso, reproducción de una
Mater Dolorosa de Carlo Dolci, ovalada (cf DLTH, p. 226). Teresa pegará
también una reducción de esta imagen en la estampa de Teófano. Este
montaje estaba destinada a sor Genoveva. La última cita está sacada de
Lm 1,12.
Anverso:
Y pronto veréis que el Hijo del Hombre está sentado a la derecha del
Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo...
San Marcos, c XIV. v. 61.62
Reverso:
Ecce Mater tua San Juan, c. XIX, v. 27
Mirad y ved si hay dolor como mi dolor...
Est 9 El Niño Jesús («de Messine» - 1897)
En un cartón está pegado un citrato que representa al Niño Jesús de
Ittenbach, que sor María de la Trinidad había traído del Carmelo de la
avenida de Messine (cf UC, p. 414). En el reverso, imagen de «Totó y Lilí»
(Teresa y Celina: dos niños protegidos por un ángel), de los que habla sor
Genoveva (UC, p. 526 y 546). Teresa será fotografiada con este Niño
Jesús el 7 de junio de 1897 (VTL, nº 41, 42, 43; DLTH, pp. 289 y 291). La
conservará a su lado en la enfermería (UC, p. 251 y 395).
La primera frase está sacada de la leyenda áurea de santa Teresa de
Avila, que estaba escrita en una estampa que Teresa tenía en su breviario.
Un niño viene hacia la Madre y le pregunta: «- ¿Cómo te llamas? - Yo soy
Teresa de Jesús. - Pues yo soy Jesús de Teresa, replico el niño» (cf Or 13
a 16).
La segunda cita es de Pr 9,4; cf Est 7 y Ms C 3rº.
Yo soy Jesús de Teresa...
El que sea pequeñito, que venga a mí. Prov.
2. Memoria sobre la madre Genoveva de Santa Teresa
Estas páginas, inéditas, fueron escritas en base a recuerdos de la niñez
que la madre Genoveva de santa Teresa confió a la joven carmelita. Ya
sabemos la amistad que las unía (cf Ms A 78rº/vº). La fundadora del
Carmelo de Lisieux estaba considerada como un «santa» (Ms A 69vº).
Es probable que Teresa haya escrito estos recuerdos a petición de sor
Inés de Jesús, con miras a la circular necrológica de la antigua priora; pero
no parece que hayan sido utilizados (cf La Fondation du Carmel de Lisieux
et sa Fondatrice, la R. Mère Geneviève de Sainte-Thérèse, OCL, 1912).
Antes de entrar en el Carmelo de Poitiers, la madre Genoveva se llamaba
Clara Bertrand. Murió el 5 de diciembre de 1891, y Teresa soñó que le
legaba su corazón (Ms A 79rº).
Confidencias de la madre Genoveva. Relato
(después del 8 de septiembre de 1890)
J.M.J.T.
«Pues bien, hija mía, voy a confiarte un pequeño secreto. Un día, estando
yo en mi celdita, había hecho una novena a nuestro bienaventurado Padre
san Juan de la Cruz. Y oí una voz que, entre grandes consuelos, me dijo
estas palabras: 'Ser la esposa de todo un Dios', y la voz se detuvo como
para hacerme saborear mejor la dulzura de esas palabras... Y luego la voz
prosiguió: '¡Qué título...!', y la voz se detuvo de nuevo, y continuó: '¡Qué
privilegio!' Yo no sé, hijita, dónde estaba, pero ciertamente saboreé las
alegría del éxtasis, y cuando todo hubo pasado me encontré toda bañada
en lágrimas, pero eran lágrimas muy dulces...
«De esto hace ya mucho tiempo; yo tenía entonces tu edad, diecisiete o
dieciocho años. Pero me quedó tan fuertemente grabado este recuerdo,
que cuando en las tomas de velo oía cantar el Amo Christum, creía, hijita,
que el corazón se me iba a salir del pecho... ¡Comprendía la gracia de
nuestra vocación...!
«Cuando yo era pequeña -tenía entonces unos tres años-, el Sr. de
Beauregard venía a menudo a la comunidad donde yo estaba con tres o
cuatro niñas de mi edad, pero siempre se dirigía a mí: 'Bertrand,
pecadorzuela, sube a mi habitación...' Y más tarde, en el momento de
partir, me dijo que le parecía que desde ese mismo momento Dios había
posado su mano sobre mi cabeza... Y no se equivocó... Reza por mí
cuando me encuentre ante el que juzgará toda justicia...
«Hijita, tú puedes decir que Dios ha hecho milagros contigo al conducirte
como de la mano... ¡Y tu padre que estaba allí, en tu toma de hábito...!
Pero si ahora Dios lo prueba con el sufrimiento, es porque le tiene
reservado un lugar muy hermoso en el cielo».
Memoria sobre la madre Genoveva. Relato
(primavera de 1892)
J.M.J.T.
Siendo todavía muy niña, en esa edad en que los niños aún no pueden
sostenerse entre los brazos de sus padres, la madre Genoveva ya se
mantenía erguida: a su padre le gustaba sentarla en su mano, y ella, en
vez de tener miedo a caerse, aguantaba así sin menearse y miraba
altivamente a las personas que había a su alrededor. Y cuando el Sr.
Bertrand la dejaba en el suelo, no dejaba de repetir: «¡Otra vez, otra vez!»
En la casa en que vivía había muchos inquilinos, entre otros la Sra. de
Messemay y otras señoras nobles; había también un joven llamado
Amable. Los modales encantadores de la niña y su talento precoz hacían
que todos en la casa la buscasen. Amable había pegado detrás de un
puerta un gran alfabeto para enseñar a leer a la pequeña Clara, a la que
gustaba mucho este ejercicio; pero en cuanto el bueno de Amable, al
terminar la lección, la posaba en el suelo, la niña se escapaba corriendo.
Le preguntaban por qué, y ella respondía: «Yo no quiero a Amable, porque
me hace muecas». En efecto, Amable, para hacerla reír, se divertía
haciéndole muecas que no le gustaban lo más mínimo a la niña. Sin
embargo, gracias a ese alfabeto, a los dieciocho meses sabía todas las
letras, y poco después, cuando un señor le preguntó si sabía leer,
respondió: «Sí, señor, sé leer muy bien; sólo el latín no sé leerlo todavía de
corrido « (No estoy segura si era el latín o escribir cartas.)
«Había en la casa un señor que sabía varias lenguas. Imagínate lo bonito
e interesante que me parecía eso. Así que iba a menudo a su encuentro y
le decía: 'Señor, ¿tendría la bondad de decirme en inglés cómo tengo que
pedir la merienda a mamá?' Y en cuanto me lo decía, bajaba las escaleras
de cuatro en cuatro y me iba adonde mi mamá para chapurrearle lo que
había aprendido. '¿Pero qué es lo que me estás diciendo?, me decía ella
extrañada. ¿Quieres dejarme en paz?' 'Mamá, te estoy pidiendo la
merienda en inglés...' Luego volvía a subir corriendo la escalera. 'Señor,
¿querría decirme lo mismo en español?' Y volvía a bajar más rápidamente,
recitando mi lección, y cuando llegaba junto a mi mamá se la decía toda
orgullosa; y como no me entendía, me apresuraba a decirle: 'Pero, mamá,
te estoy hablando en español'. Y hacía lo mismo con otras lenguas,
pidiendo a aquel señor que me dijese tal o cual cosa en la lengua en que lo
quería saber.
«Un día que mi mamá estaba enferma, vino a visitarla el Sr. de
Beauregard. Yo estaba sola abajo para recibirle. 'Pequeña, me dijo,
¿puedo ver a tu madre?' Yo, muy orgullosa de recibirlo, le respondí que sí
y que yo lo acompañaría si tenía la amabilidad de subir. Pero, hijita, yo no
sabía que mi madre estuviese tan enferma, pues el médico había prescrito
que le pusiesen sanguijuelas, y precisamente se las estaban poniendo
mientras yo subía la escalera de cháchara con el Sr. B. Cuando llegué a la
puerta, la abrí toda decidida; entonces mi padre se volvió para ver quien
había allí. ¡Cuál no sería su sorpresa al ver al Sr. de B.! Yo, por mi parte,
me quedé muy asustada al ver a mi madre acostada con todo aquel collar
de sanguijuelas que le ponían alrededor del cuello. El Sr. de B. dijo a mi
madre: 'Señora Bertrand, ya veo que hoy no está para visitas, volveré otro
día'. Entonces mi padre se deshizo en excusas, pidiendo perdón por su
hija. (Esta tendría en aquellas fechas a lo sumo unos tres años). Luego
acompañé al Señor Cura a la puerta, pero ahora toda avergonzada y sin
saber qué decirle. Entonces lo sentí mucho, pero ahora, cuando pienso en
esta escena, no puedo por menos de reírme, pues la verdad es que fue
cómico.
Estando un día en casa de su maestra, quiso mirar por una ventana alta.
Como era muy pequeña para llegar, se izó como pudo subiéndose a algo.
Pero no sabía que la gata de la maestra esta en la parte de afuera de la
ventana, durmiendo sobre una almohada. Así que, al subirse, la tiró y la
gata cayó allá lejos con su cama. No se hizo ningún daño, pero algunas
compañeras malintencionadas, felices de tener algo que contar a la
maestra, corrieron a buscar la gata y le dijeron a la maestra que Clarita le
había roto una pata tirándola adrede por la ventana. Entonces la maestra
le impuso a la pobre niña el castigo más severo que se estilaba en el
internado y que consistía en cubrirse la cabeza con un sombrero
penitencial. La actuación de las compañeras de la madre Genoveva fue
tanto más ruin cuanto que, al ser mucho mayores que ella, estaban
seguras de que la castigarían más fácilmente. La madre Genoveva soportó
este castigo con una paciencia de ángel; no dijo nada para excusarse;
únicamente, me dijo, «tenía mi corazoncito muy apenado, pero no dije
nada en absoluto».
La víspera del nacimiento de su hermano pequeño, la madre Genoveva,
que entonces tenía nueve años, estaba con su hermano Julio en una
habitación que se hallaba en un edificio separado de aquel en el que
estaba la habitación de sus padres. La madre Genoveva, que iba a ser la
madrina, no paraba de hablar con su hermano de sus proyectos de futuro
para su ahijada, pues estaba segura de que sería una hermanita.»Julio, la
llamaré Joé...» Y añadía a este nombre muchos otros que eran sus
preferidos. Pero en mitad de la noche, impaciente por ver si tenía ya una
hermanita, se levantó, se puso tan sólo su faldita y se puso en camino
hacia la habitación de su madre. Iba muy despacito caminando de
puntillas, pero al llegar al final de su viaje tuvo una gran decepción, pues
su padre, al oír un ligero ruido, salió de su habitación y, al ver a su hijita a
esas horas de la noche viajando tan ligeramente vestida por la enorme
casa, y con riesgo de coger una enfermedad, la riñó por ser curiosa y le
dijo que, como penitencia, no sabría hasta el día siguiente si Dios le había
regalado o no una hermanita.
«Al día siguiente por la mañana, dice la madre Genoveva, mientras yo
desayunaba con mi hermano, vi entrar a mi padre que, poniéndose junto a
Julio, se quitó majestuosamente el sombrero y le dijo saludándolo: «Julio,
te anuncio que tienes un hermanito». Puedes imaginarte mi decepción...
Julio estaba radiante y me decía con ironía: «Lo llamaré Joé, lo llamará
así, lo llamaré asá...». Y decía todos los preciosos nombres que la
madrinita había decidido poner a su ahijada.
Sin embargo, el día del bautizo estuvo contenta, pues tuvo un compañero,
que se llamaba Armando, que le regaló un hermoso par de guantes y unas
deliciosas almendras garrapiñadas.
«Cuando llegamos a la iglesia, el sacerdote que celebraba el bautismo,
tras las ceremonias de costumbre, preguntó: '-¿Qué nombre queréis dar la
niño? -Armando, me apresuré yo a responder. -No existe ningún san
Armando, respondió el sacerdote, escoged otro nombre. -Se llamará
Augusto, dijo mi padre. -¿Por qué, me dijo por lo bajo mi compañerito, por
qué no dijiste Bonifacio? Yo me llamo también así. -Bueno, no podía
adivinar que te llamases Bonifacio, tenías que habérmelo dicho antes'. Ya
había sufrido muchas decepciones, pero todavía no había llegado al final:
cuando llegamos a la sacristía, no dijeron que firmásemos. Armando firmó,
pero cuando me llegó el turno a mí, como no sabía hacerlo, dije sin
desconcertarme lo más mínimo: 'Armando, firma por mí'. Pero el sacerdote
se dio cuenta y me dijo: '¿Cómo? ¡Una madrina que no sabe firmar...?'
Imagínate mi confusión...
«Perdí de vista a mi compañero, pero dos años después me mandaron a
hacer un recado a casa de sus padres; nos saludamos muy educadamente
respeto, pero cuando terminé la visita, estando ya en la puerta del jardín,
su madre, que era de una cortesía exagerada, lo riñó muy fuerte
diciéndole: '¡Maleducado!, ¿cómo dejas cómo permites que esta señorita
vuelva sola, sin acompañarla hasta la puerta?' Armando corrió enseguida
detrás de mí lagrimeando: '-Perdón, señorita, discúlpeme. -Pero, Señor, no
hay de qué, usted no me ha ofendido'»
Tras muchas ceremonias, reverencias y cortesías, la ilustre señorita de
once años se separó, riéndose con todas las ganas, de su antiguo
compañero convertido ahora en un señor tan cortés y bien educado.
Detrás de la casa había un espacio cubierto donde se podía caminar. El
techo daba a la casa de un vecino que tenía unas magníficas acacias
cuando estaban en flor. La madre Genoveva, con su primita y sus
hermanos se divertían mucho pasando a través de una buhardilla para ir a
cortar hermosos ramos de flores y luego hacer una solemne procesión por
el tejado. Pero la cosa no le gustaba al Sr. Bertrand, que decía que los
niños le rompían las pizarras; y así, en cuanto oían el menor ruido, se
apresuraban a volver a entrar a toda prisa por la ventana.
El Sr. Bertrand tenía un certificado que lo autorizaba a llevar una
condecoración. La madre Genoveva pensó que también ella debería llevar
una; así que compró una, de plomo y se la llevó a la Sra. de Messemay,
que la quería mucho; este señora le puso una preciosa cinta blanca para
que la sujetase a su vestidito. Un señor, al verla así, le dijo: «Pero, criatura,
¿tienes autorización para llevar esa condecoración? No puede llevarse sin
permiso». Se lo decía en bromas, pero la madre Genoveva contestó con
cómica gravedad: «Señor, papá la tiene».
Al lado de la casa había un muchachito que vendía flores de lis pintadas
en pedazos de tela. La madre Genoveva le compró uno y después de
recortar la flor, lo pegó en un banderín blanco y se lo regaló a su
hermanito; a los demás niños les parecía tan bonito, que querían
comprárselo, pero ella no se lo quiso vender. Un día en que el pequeño
Augusto estaba sentado en un mueble de una sala de la planta baja, y se
había quedado la puerta abierta, pasaron unos locos, y, al ver a aquel niño
que tenía en la mano su banderita blanca, le dieron con la hoja de su sable
en las piernecitas, con peligro de rompérselas, y todo por odio a la flor de
lis. El Sr. Bertrand cogió a su hijo, que por suerte no tenía más que
algunas magulladuras, y se fue al ayuntamiento a enseñar las piernas del
niño y pedir justicia.
Habiéndose ido la señora de Messemay para otra ciudad, la madre
Genoveva y su prima se imaginaron que en el gran armario donde antes
guardaba sus hermosos vestidos igual podían encontrar alguna cosa,
dejada allí, para sus muñecas. Como la madre Genoveva era la más
pequeña, se encargó de hacer la exploración; así que subió de estante en
estante, pero no encontró ni perlas, ni cintas, ni el menor trocito de seda o
de bordado. Totalmente decepcionada, bajó del gran armario. Sin duda sin
darse cuenta, dio un empujón al mueble; el caso es que en cuanto la niña
puso pie en tierra, apenas hubo dado un paso hacia un lado cuando el
gigantesco armario cayó y se rompió con gran estrépito. La señora de
Bertrand llegó toda asustada, pensando encontrar aplastada a una de las
niñas, pero su hija no tenía nada, ni siquiera un solo rasguño.
La madre Genoveva no podía por menos de decir que, sin una ayuda de
tipo extraordinario, el armario tenía que haber caído sobre ella y matarla.
La madre Genoveva tenía un cuervo que se llamaba Santiagón. Lo dejaba
en libertad, y cuando quería hacerlo volver, se ponía a la ventana y lo
llamaba: «Santiagón, Santiagón», y el pájaro se apresuraba a volver de
inmediato.
«Me gustan mucho los cuervos, me dijo la madre Genoveva. En la vida de
los santos se habla de ellos muchas veces: uno de ellos era el encargado
de alimentar a san Pablo, el primer ermitaño, y Dios se sirvió a menudo de
estos pájaros para hacer prodigios. Yo quería mucho a mi Santiagón; a mi
madre no le gustaba lo mismo, y, cuando el cuervo venía a su habitación,
ella se apresuraba a ahuyentarlo; pero mi amigo veía venir el golpe: con
gran elegancia, volaba sobre la cama o sobre la mesa donde mi madre
había dejado la labor de punto y le tiraba todas las agujas, y luego se
marchaba graznando con aire burlón sin haber recibido un solo golpe.
«Vivíamos por aquel entonces en una casa alejada de la ciudad; por eso,
para hacer venir al cristalero, esperábamos a que hubiese varios cristales
rotos, y, en su lugar, pegábamos papel. Una mañana, encontramos en el
comedor, en el que todavía no se había levantado la mesa, todos los
vasos volcados. Nuestra sorpresa fue grande, pero no duró mucho, pues
no tardamos en comprender que había sido obra de nuestro Santiagón. En
efecto, por la noche habíamos oído ruido: era mí pájaro que había
perforado valientemente los cristales de papel para entrar en la sala y
luego había estado volando ágilmente por encima de la mesa; con su
patita, había volcado suavemente un vaso, de manera que el vino que
quedaba le cayó en el pico, que él había tenido cuidado de poner debajo
de la mesa; la misma ceremonia había tenido lugar con todos los demás
vasos, de los que ni uno solo se rompió.
Pero si a Santiagón le gustaba el vino, no le gustaba menos la carne. Un
día, dos religiosas estaban a punto de sentarse a la mesa en una de las
habitaciones de la planta baja; pero mi Santiagón lo divisó y, saltándole
encima, se lo llevó, mientras las pobres religiosas se quedaban
boquiabiertas. En esta ocasión, por más que lo llamé, no me respondió
hasta que no hubo dejado nada de su asado, que comió cómodamente
instalado sobre un tejado vecino.
«Era también muy piadoso e iba a la iglesia en compañía de las religiosas,
se ponía en su reclinatorio y danzaba haciendo exactamente los mismos
movimientos que ellas, (cantando): «cua-cua-cua, cua-cua» en el mismo
tono en el que las hermanas decían sus rezos. Santiagón tuvo un final
digno de él, pues murió en la pila de agua bendita de la iglesia.
El Sr de B(eauregard), además de reprocharle sus rizos, también la
reprochó por llevar collares.
«Yo llevaba por entonces unos collarcitos, como era la moda. Eran, con
todo, muy sencillos, pero, no sé por qué, al Sr. de B. no le gustaron y me
dijo que no los volviera a llevar. Esta vez tuve que hacer un sacrificio,
(pues), cuando se lo dije a mi madre, ésta me respondió: «Hija, tienes que
obedecer a tu confesor». Desde entonces no usé más los collarcitos, que,
sin embargo, eran muy monos. Tenía también un chal rojo que le
desagradaba mucho; sin embargo, yo no sentía vanidad al llevarlo, pues
no era más que un chal indio que yo había dado a la hija de un granjero
para que me lo terminara.
En la iglesia, mi madre y yo nos colocábamos cerca del banco de los
sacerdotes frente al púlpito. Había también frente a nosotras dos personas
de mala catadura, a las que yo no les prestaba la más mínima atención.
No ocurría lo mismo con ellas, pues, sin que yo me diera cuenta, se
pasaban todo el tiempo de la misa observándome y tratando de hacerme
reír haciendo muecas.
«En el banco de los sacerdotes había un joven clérigo que se llamaba Sr.
Duchesne. Yo no lo conocía más que de vista y nunca había hablado con
él. Un día, lo encontré en la calle donde vivían las dos personas de que te
he hablado; yo estaba en una acera y él en la otra. Lo saludé, como tenía
por costumbre hacer con todos los sacerdotes, y seguí mi camino; pero
apenas había dado unos pasos, cuando unas personas conocidas salieron
de su casa pidiéndome que entrase. 'Señorita Bertrand, me dijeron, ¿no
sabe lo que se dice de usted? Pues mire enfrente'. Yo miré, y vi en la casa
que me indicaban a mis dos vecinos de la iglesia que se reían, que
hablaban fuerte y que hacían grandes demostraciones de alegría. Yo no
entendía nada de todo aquello, pero las personas que me invitaron a en
entrar en su casa me lo explicaron: 'Señorita, nos sentimos en la
obligación de informarla de la calumnia que le han levantado: esas
persona que está viendo reírse la llaman a usted por todas partes señorita
Duchesne, dicen que en misa usted le dirige sonrisitas al joven sacerdote
que está delante de usted, y van a la iglesia sólo para espiarla'.
«Yo contuve la emoción y les agradecí la advertencia; pero, cuando llegué
a casa, me arrojé, deshecha en lágrimas, en brazos de mi madre. Cuando
supo el motivo de mis lágrimas, se quedó tan atónita como yo ante esa
negra calumnia que nada podía justificar, ya que las personas que la
habían inventado nunca habían tenido relación alguna con nosotros.
Inmediatamente salí con mi madre y nos fuimos directamente a su casa;
su sorpresa fue grande al vernos entrar. 'Señoras, les dijo mi madre, he
venido a preguntarles qué daño les ha hecho mi hija para que se hayan
atrevido a atacar de esa manera su reputación...' Nuestras interlocutoras
se quedaron sin decir palabra, y yo proseguí: 'Ustedes, señoras, dicen que
yo le dirijo sonrisitas a un joven sacerdote que se encuentra frente a mí en
la iglesia; para lograrlo, ustedes no saben ya qué muecas inventar; yo no
recuerdo haber sonreído nunca, pero sepan que si me ha sucedido alguna
vez, sólo han sido sonrisas de compasión'. Después de esta visita, no he
vuelto a oír hablar de esas personas, ni siquiera las he vuelto a ver.
J.M.J.T.
«A mi hermano pequeño le gustaban mucho las alcachofas crudas, pero
yo no se las daba todavía, por miedo a que le hiciesen daño. Un día,
escondió una en el bolso y fue a regalarse él solo lejos de la casa. Cuando
volvió, le noté, por sus dientecitos negros, que había comido del fruto
prohibido: 'Augusto, ¡has vuelto a comer alcachofas!' Su sorpresa fue
grande. 'Pero, querida Clarita, quién ha podido decírtelo? ¡Es increíble...!
¡Me había escondido tan bien...! ¿Es que lo sabes todo...?'
Otra vez, al volver del internado, me dijo: ¡Si tú supieras, querida Clarita,
cómo nos gustan las fiestas del Santísimo Sacramento! Imagínate que
todo a lo largo de los caminos del jardín has y unas estupendas plantas de
fresas. Cuando suena la campanilla, inmediatamente nos prosternamos
todos con tal diligencia, que nuestro superior se queda encantado; pero tú,
querida Clarita, ya estás pensado, ¡y piensas bien!, que no perdemos el
tiempo: nos comemos todas las fresas que nos caen al alcance de los
dientes'.
«Me gustaba mucho oír cantar a las carmelitas. A menudo asistía allí el
domingo a vísperas con mi hermanito. El era prudente y se mantenía muy
recogido, aunque con frecuencia el oficio le parecía un poco largo. Y
cuando el coro hacía una pausa -por ejemplo, para decir el Pater noster-,
enseguida Augusto me tiraba del vestido diciéndome por lo bajo: 'Se
acabó, vámonos ya, Clarita'. Pero pronto el canto volvía a comenzar, y mi
pobre hermanito se veía obligado a volver a la oración, esperando una
nueva pausa que le permitiese renovar su deseo de salir. Sin embargo, yo
no abandonaba la capilla hasta que las vísperas habían terminado por
completo.
«Tras la muerte de mi madre, yo iba con frecuencia a visitar a mi prima
Teresa; sentía que su piedad y su experiencia podían serme muy
provechosas. Pero a mi hermanito sus conversaciones le parecían
demasiado serias: se movía, daba vueltas a mi alrededor, me tiraba del
vestido y luego, acercándose, me decía muy bajito: 'Ven enseguida,
Clarita, que no estoy a gusto más que contigo'<1>. Entonces mi prima me
decía: '-¿Pero qué le pasa a tu hermanito? ¡Está muy inquieto! ¿Quiere
algo? -No, no, prima, no es nada, va a estarse muy tranquilo'. Y luego
hacía una señal a Augusto, que, al ver que no tenía nada que esperar, me
esperaba pacientemente. ¡Pero qué alegría la suya cuando salíamos!
'Venga, Clarita, cuéntame un cuento, me gusta tanto escucharte...'
Cuando nombraron obispo al Sr. de Beauregard, tenía que escoger
confesor. El capellán del Carmelo, Sr. de Rochemonteux, atrajo
inmediatamente sus miradas; pero era joven, y la madre Genoveva, que ya
sentía vocación, se decía:
«No tengo que elegirlo para confesor, pues mi prima Teresa diría: 'Fíjate,
todos esos sacerdotes jóvenes no valen más que para entusiasmar a las
chicas y enviarlas a un convento'. Mi prima tenía de confesor a un viejo
canónigo de la catedral; sin embargo, fui a verla y le dije: -'Querida prima,
quiero pedirte un favor: que me escojas un confesor. -No, no, elige el que
tú quieras, ya eres lo bastante mayor, y además libre. -Querida prima,
tomaré el que tú me indiques...' Estaba segura de que mi prima me
orientaría hacia algún viejo canónigo de la catedral. Sin embargo, como no
hacía nada sin antes aconsejarse, oyó hablar del capellán de las
carmelitas como de un joven santo, y cuál no sería mi sorpresa cuando me
anunció que su elección había recaído sobre el Sr. de Roche(monteux)...
Yo disimulé mi alegría y simplemente le di las gracias. Ahora, pensé, ya no
podrá hacerme ningún reproche cuando sepa lo de mi vocación».
(Creo que a quien fue a pedir consejo la anciana prima fue al Sr. Dulys).
La madre Genoveva fue por primera vez al Carmelo a la edad de diecisiete
años. Yo no sé si fue para hablar de su vocación, pero ciertamente no fue
para pedir entrar; creo que fue para agradecerle al Sr. Dulys su ayuda. Vio
a varias Madres, creo que fue en el torno y no en el locutorio. Una de ellas
le dijo: «-Señorita, ¿cuántos años tiene? -Soy ya muy vieja, señora, tengo
diecisiete años».
La madre Genoveva debía de tener alrededor de veinte años cuando se
decidió su entrada. Las cosas ocurrieron como se cuenta en su Circular.
En el locutorio no dejó ver en lo más mínimo su emoción, pero cuando
volvió a su habitación derramó un torrente de lágrimas.
«Cuando iba al castañar con mi padre, me gustaba enseñar el catecismo a
los niños de la aldea. Comencé con unos pocos, pero pronto corrieron la
voz entre ellos: '¡Sabes?, la señorita del castañar enseña el catecismo,
¿vamos también nosotros?' Así que pronto tuve a mi alrededor toda una
pequeña muchedumbre. Me acuerdo especialmente que, un día, vinieron a
verme dos niñas y me dijeron: '-Señ'ita, ¿quieres enseñarnos el
catecismo? -¿Cómo no, hijitas? ¿Cómo os llamáis?' La menor, que era la
más graciosa, se apresuró a contestar: 'Yo me llamo Margarita, Señ'ita,
pero me llaman Gothon; usted llámeme como quiera, me da lo mismo. -
Pues bien, chiquilla, te llamaré margarita.. ¿Y tú cómo te llamas?', le dije a
la mayor, que era feúcha pero parecía buena y cariñosa.
'-Yo, Señ'ita, a mí me llaman Madeluche'. Margarita volvió a tomar
enseguida la palabra: '¿Sabe, Señ'ita? Vengo de casa del maestro, pero
no consigo aprender nada, y me gano buenos coscorrones, pero eso no
me hace mejore y no hago absolutamente nada. Es verdad, Señ'ita, que
soy más holgazana que una rata; pero creo que con usted sí que voy a
aprender, porque no soy tonta y tengo muchas ganas de hacer la primera
comunión'
«Animé a mis dos nuevas alumnas y pronto comprobé que era muy
inteligentes; pero todo lo que Madeluche tenía de cariñosa y de dócil, lo
tenía Margarita de vivaz y de ardiente. Durante la catequesis, yo iba a
esconderme detrás de una columna de la iglesia, y cuando volvía,
preguntaba a las niñas: 'Vamos a ver, Margarita, dime lo que dijo esta
mañana el Señor Cura'. Margarita se levantaba, cogía un ángulo del
delantal y lo enrollaba entre los dedos: '-E..., sí lo sé, Señ'ita. El Señor
Cura ha dicho, e..., ha dicho..., sí, lo sé..., lo tengo casi en la punta de la
lengua... Ha dicho..., ha dicho...' Y la pobre criatura se quedaba ahí.
Entonces yo decía a Madeluche: '-Vamos a ver, ¿podrás decirnos tú algo?
-Creo que sí, Señ'ita', y tímidamente ante el asombro de sus compañeras,
iba repitiendo todo lo que había dicho el Señor Cura...
«Un día, al volver de un sermón, pude ver a Margarita en todos estos
estados de ánimo: '¡Sabe, señ'ita, que Señor Cura ha dicho que todas las
que vayan a la asamblea que va a haber, y (ella misma?) no haré la
primera comunión este año? Estoy muy enfadada, pues me había hecho
tantas ilusiones... -¿Y tú?, le dije a Madeluche, ¿siente tú no ir a la
asamblea? -No, Señ'ita, a mí da igual. -Sí, replicó Margarita, yo te conozco
bien, ¿qué crees?, hazte la santa todo lo que quieras, yo te digo que estoy
enfadada por no poder ir a la asamblea'. Otra vez, margarita me dijo: 'Si
supiera, Señ'ita, qué preciosa voy a estar el día de mi primera comunión...
Mi mamá me ha comprado un hermoso vestido blanco y una hermosa
cofia, todo muy bonito'. Pregunté a Madeluche cómo iría vestida ella: 'No lo
sé, Señ'ita, no me preocupo lo más mínimo, mi mamá me pondrá como
ella quiera'.
Sin embargo, y a pesar de este sorprendente contraste, Margarita hacía
progresos reales. Se acercaba el gran día, pero, ¡ay!, la pobrecita cayó
enferma. Yo me apresuré a ir a verla, y en cuanto su madre me vio a lo
lejos, corrió a mi encuentro... '¡Ay!, Señ'ita, ¿cómo se lo voy a agradecer?
Mi hija está irreconocible: ella, que antes no quería hacer nada, ahora
busca la ocasión de ser servicial; ya no es la misma; yo no sé como lo ha
hecho usted'.
«Afortunadamente, mi enfermita se puso pronto buena, y el día de su
primera comunión llamó la atención de todo el mundo por su piedad y su
elegancia. No ocurrió lo mismo con mi pobrecita Madeluche: '¿La has
visto?, decían. Está fea y tiene un aire tonto con su boca abierta...' ¡Ay!,
me decía yo por dentro al oír hablar así, si su rostro no es bonito, su alma
es muy hermosa y agradable a Dios.
Más tarde, estando ya en el Carmelo, vinieron a decirme que Margarita me
esperaba en el locutorio. Seguía siendo buena y atenta y se hacía querer
por todos los que la rodeaban. 'Se acuerda de Madeluche, ¿no?, me dijo.
Pues sigue igual que cuando usted la conoció. Se ha casado, tiene hijos y
es un ejemplo para todo el pueblo'. Si hubiese querido, Margarita habría
venido a verme muchas veces más; pero no hice nada por comprometerla
a ello, prefiriendo ir lo menos posible al locutorio.
«Otra vez, dos niños vinieron juntos a verme. '-Señ'ita, ¿quiere enseñarnos
a leer? -Sí, chiquitos, ¿cuántos años tenéis? -Yo, dijo el mayor, tengo seis
años y me llamo Pedro; mi hermano tiene cinco y se llama Juan'. Me puse
a explicarles la religión y, entre otras cosas, les recomendé que no dijeran
nunca blasfemias, diciéndoles que eso era muy feo y que desagradaba
mucho a Dios. Al día siguiente, Pedro entró en mi casa muy enfadado con
su hermanito: '¿Sabe, Señ'ita?, usted nos dijo que no dijéramos
blasfemias, y Juan acaba de decir una. -¿Cómo has hecho algo tan feo,
Juanito? -Señ'ita, ¿no tenía motivos para hacerlo? ¡Pedro cogió polvo del
camino y me lo echó en la boca...! -Pedro, tu qué eres el mayor, has hecho
mal en echarlo polvo a tu hermano en la boca; pero tú, Juan, no tenías que
haber dicho una blasfemia'».
«El día que se había fijado para mi entrada en el Carmelo, yo tenía que
estar libre a las 6 de la tarde. Como había arreglado todos mis asuntos, mi
confesor me dijo que, si quería, podía esperar al día siguiente. Pero yo le
respondí: 'Padre, ya que esta tarde quedo libre a las 6, entraré a las 6'.
Dígame, hija mía, si no fue una buena inspiración: al día siguiente de mi
entrada, recibí una carta de la residencia en la que mi hermano pequeño
estaba de interno. Me decía que mi hermano estaba enfermo y que, con
mis cuidados y el aire del campo, no tardaría en restablecerse. Así que, si
no hubiese entrado la víspera del día en que quedé libre, quizás habría
perdido la vocación: los obstáculos que se sucedieron uno a otro me
habrían hecho aplazar la fecha y tal vez habrían terminado por impedirme
entrar en el Carmelo.
«En el Carmelo estaba una de mis amigas, a la que yo había conocido en
el mundo (ella era entonces novicia de velo blanco). Antes de mi entrada,
hablaban un día en la recreación de mí y de otra postulante que iba a
entrar próximamente, pero que encontraba obstáculos a su vocación. Mi
amiga dijo simplemente: '¡Bueno, con tal que entre la señorita Bertrand...!
La otra no me preocupa, puede quedarse muy bien donde está! Enseguida
varias religiosas comentaron entre ellas: '¡Vaya!, ya va a comenzar una
amistad particular».
«Yo no sabía nada de todo esto. Por eso, cuál no sería mi sorpresa,
después de mi entrada, al ver cómo había cambiado mi amiga respecto a
mí. Me acompañaba a todos los lugares adonde tenía que ir, pero se
mostraba reservada, e incluso fría. Yo no le pregunté qué era lo que había
motivado ese cambio, pero más tarde, una vez admitida a pronunciar los
sagrados votos, me contó durante la licencia el motivo de su conducta, y
admiré su prudencia y su virtud.
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«El día de mi profesión, por la mañana, me encontraba tan turbada, que
pedí permiso para ir a hablar con mi confesor, y sólo por orden suya
pronuncié los sagrados votos.
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«En el monasterio había varias hermanas que usaban vejigatorios. Poco
tiempo después de mi entrada, apareció una más, que no quería decirlo.
Un día, durante el lavado, dijo irreflexivamente: 'Seguro que sor Genoveva
tiene un vejigatorio; no quiere decirlo, por miedo a que no se la reciba'. Mi
maestra, que estaba presente, al oírlo, pensó que era verdad y que se lo
había ocultado, y desde entonces se mostraba muy severa conmigo. Yo,
que no sospechaba nada, seguía conduciéndome con ella normalmente,
sin poder explicarme su severidad, que me resultaba incomprensible. Un
día, fui a su celda para pedirle permiso para lavarme los pies. '-¿No tiene
nada más que pedirme?, me dijo severamente. -No, hermana, creo que no
tengo nada más. -¡Cómo, hipocritilla, embustera!, ¿no tienes nada más
que eso? ¿Y el vejigatorio que tienes en el brazo y que nos estás
ocultando...?' Mi sorpresa fue supina. Le aseguré que yo no tenía ningún
vejigatorio, pero no conseguí tranquilizarla, y tuve que acabar enseñándole
los brazos para demostrarle que no la estaba engañando.
«Poco tiempo antes de mi toma de hábito, la buena de la hermana ropera
me llamó y me dijo: 'Hermana Genoveva, la voy a tratar como a
privilegiada: mire qué capa le voy a dar'. Y sacó del armario la capa en
cuestión. Era una capa que había pertenecido a una monja que había
muerto muy anciana. Como esta hermana había estado sentada
continuamente en un sillón durante los últimos años de su vida, nadie se
había dado cuenta de que su capa era extraordinariamente corta (yo creo
que había encogido a fuerza de lavados) y que estaba totalmente amarilla.
«Al verla, se me encogió el corazón..., ¡yo que me había hecho tantas
ilusiones con tener una hermosa capa blanca...! Me entraron muchas
ganas de llorar; sin embargo, le di las gracias a la ropera, sin decirle nada
de mi pena. Varios días después, una novicia que acababa de tomar el
hábito, al enterarse de que yo no tendría una capa nueva, se echó a llorar,
diciendo: '¡Y yo, que tanto había deseado tener una capa vieja! ¡Qué
suerte la de sor Genoveva!' ¡Ay, me dije a mí misma, qué imperfecta tengo
que ser! Mi compañera llora por que no tiene una capa vieja, ¡y yo llorando
porque la tengo!
(La madre priora no permitió que la madre Genoveva llevase aquella capa,
que, aunque era pequeña de estatura, no le llegaba ni a las rodillas.)
«Yo tenía el oficio de ropera, junto con una religiosa joven, y teníamos
como primera de oficio a una buena viejecita. Un día, teníamos una cesta
llena de túnicas para arreglar con urgencia. Mi compañera y yo nos dimos
tan buena mano, que a la noche toda la cesta estaba vacía. Nos hacíamos
grandes ilusiones por la sorpresa que le íbamos a dar a nuestra primera de
oficio. Pero cuando llegó la buena anciana, puso manos a la obra como de
costumbre, sin decirnos una sola palabra. Las dos nos miramos
consternadas, pero mi joven compañera no tardó en tomar la palabra: '-
Hermana, ¿no está contenta? Fíjese lo bien que hemos trabajado... -
Perdón, hermanitas, no sabía que hubierais hecho por mí toda esa labor;
yo creía que habíais trabajado por Dios, y por eso no os di las gracias;
pero ahora que lo sé, os estoy muy agradecida... Gracias..., gracias,
queridas hermanitas'. Puedes imaginarte, hijita, la impresión que nos
produjeron esas palabras; tanta, que también nosotras tuvimos la tentación
de volver a empezar.
«En Poitiers era costumbre que la última profesa fuese la tercera
enfermera; así que, enseguida de profesar, me pusieron en esta oficio.
Pero era tan torpe, que no podía tocar nada sin dejarlo caer. Un día, me
pusieron en las manos un plato de ciruelas, recomendándome que lo
llevara con cuidado; pero apenas hube dado tres pasos, ¡cataplún!, el plato
a tierra y las ciruelas por el suelo. La madre priora, los días que yo rompía
algo, como castigo, no me dejaba comulgar. Una mañana, antes de Misa,
rompí un objeto. Estuve muy tentada de no decirlo hasta después de la
Misa, pero pensé que no debía hacer eso, pues sabía que nuestra Madre
me quitaría la comunión si se enteraba. Así que fui a decírselo: '-Madre,
acabo de romper tal cosa. -Quítese la capa, hermana Genoveva'.
«En la enfermería había una hermana de velo blanco, la hermana
Radegunda, que era una verdadera santa. El olor que despedía a su
alrededor era tan repelente, que, la víspera de su muerte, el médico que la
atendía sólo se quedó muy poco tiempo, y, al salir del monasterio, fue a
pedir a las tornera algo de beber, pues le fallaba el corazón. 'Estas
mujeres, dijo, tienen que ser muy santas para soportar semejante olor, ¡no
se puede soportar!' Pues bien, hijita, el día de su muerte desapareció todo
el mal olor. Fue un verdadero milagro, pues no esperábamos poder velarla,
como nos había dicho el médico. En vez de eso, alrededor de su lecho se
respiraba un auténtico perfume. Era verano y hacía mucho calor. ¡Con qué
alegría y devoción me entregué a prepararle coronas de rosas y a
cambiarlas enseguida cuando se marchitaban...!
«Había en la enfermería una enferma que, para cerrar las mangas de la
túnica, tenía un gran número de cordoncitos (creo que eran veinticuatro).
Un día, me pidió que le cambiase los cordones, que estaban ya muy
gastados. Me fui enseguida a buscar a la primera enfermera para pedirle
cordones; ella me indicó dónde estaban, e hice ese trabajo, que fue un
poco largo. Cuando terminé, fui a llevarle mi trabajo a la enferma, que se
puso muy contenta. Pero no tardó en venir a buscarme la enfermera:
'Pero, sor Genoveva, ¿qué has hecho? Has puesto cordones nuevos a la
túnica. Tenías que haber dado la vuelta a los que tenía. -Gracias, hermana
por decírmelo; ya voy a descoser los que he cosido y a poner los viejos'. Y
volví a toda prisa al lado de la enferma, rogándole que me devolviese la
túnica. -Pobrecita, me dijo, cuánto trabajo te doy. -No se preocupe,
hermana, pronto se la vuelvo a traer'. Y volví a comenzar mi trabajo, pues
tenía mucho miedo a cometer una falta contra la santa pobreza».